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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
P. Dr. Albert Vanhoye, S.J. |
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Los
carismas en la comunidad de corinto
P. Dr. Albert Vanhoye, S.J. |
Para esta conferencia me ha parecido interesante elegir como tema “Los carismas en la comunidad de Corinto”. Tal elección puede suscitar cierta perplejidad: ¿porqué considerar concretamente la comunidad de Corinto? ¿Porqué no hablar más bien de la Iglesia primitiva de Jerusalén, o bien de alguna otra comunidad más antigua o más importante que la de los corintios, como la Iglesia de Antioquía o la Iglesia de Roma?
Las razones son simples: en el Nuevo Testamento la
palabra griega ca,risma nunca es usada para describir a la Iglesia de
Jerusalén ni a la de Antioquía; en cuanto a la Iglesia de Roma, no tenemos
ninguna descripción al respecto. San Pablo, es cierto, ha escrito una larga
carta a los cristianos de Roma, en la cual habla también de carismas (Rm 12,6-8), pero no había estado aún
entre ellos, y por tanto no estaba en condición de describir la comunidad, sino
solamente con expresiones muy genéricas, como: “La fama de vuestra fe se expande
por todo el mundo” (Rm 1,8). En
cambio, para “la Iglesia de Dios establecida en Corinto” (1 Cor 1,2;
2 Cor 1,1)
tenemos en las dos cartas de Pablo una descripción muy interesante de la vida
comunitaria; y esta descripción nos atestigua la importancia atribuida a los
carismas. Las manifestaciones carismáticas sobreabundaban en Corinto, a tal
punto que el Apóstol sintió la necesidad de tratar el problema de modo
profundo. Esta discusión ocupa tres capítulos de la primera a los Corintios
(12-14). La palabra griega ca,risma
es usada cinco veces en el capítulo doce y otras dos veces en los capítulos
precedentes (1,7; 7,7), por ende siete veces en total, mientras que se
encuentra solamente diez veces en todo el resto del Nuevo Testamento.
Otra razón que nos mueve a
interesarnos de los carismas en Corinto reside en el hecho de que, en las
discusiones modernas sobre la organización de la Iglesia, muchos autores
presentan la comunidad de Corinto como modelo de Iglesia carismática y la
contraponen a la Iglesia institucional, provista de presbíteros como en
Jerusalén. Esta tesis ha aparecido en Alemania en el siglo pasado. Un teólogo
protestante, F.C. Baur, publicó un libro sobre el apóstol Pablo, en el cual
contraponía paulinismo y petrismo. Más tarde, otro teólogo protestante, A.
Harnack, propuso la distinción de dos especies de ministerios en la Iglesia
primitiva, los ministerios carismáticos y los ministerios administrativos.
Naturalmente, él daba la preferencia a los ministerios carismáticos. Otros, más
sistemáticamente, negaron decididamente la compatibilidad de estas dos especies
de ministerios y afirmaron que en realidad, al inicio la Iglesia era solamente
carismática, posteriormente se volvió jurídica.
Un célebre artículo de E. Käsemann, con el título “Amt und Gemeinde” (“Función y comunidad”), no hace más que hablar de los carismas y
termina con una invitación a crear una Iglesia que sea solamente carismática.
Käsemann se pregunta con disgusto “porqué ni siquiera el Protestantismo nunca
ha intentado seriamente de crear una organización comunitaria bajo el perfil de
la doctrina paulina de los carismas”. En su libro sobre la Iglesia, H. Küng se
inspira en Käsemann en muchos puntos y describe la comunidad de Corinto como un
claro ejemplo de “organización carismática”, expresión de la “constitución
paulina de la Iglesia”. A tal ejemplo se refiere Küng para fundar la tesis de
la “estructura carismática” de la Iglesia. Más moderado que Käsemann y que
otros autores protestantes, Küng no niega la validez del otro modelo –la
“estructura palestina” de la Iglesia, con el presbiterado institucional-, pero
defiende el derecho a la existencia de un modelo puramente carismático como
aquel que pretende ver en Corinto: “La comunidad de Corinto, escribe Küng, era
una comunidad de cristianos carismáticos, en la cual cada uno tenía la
responsabilidad específica según el propio carisma”. “La Iglesia de Corinto,
por ejemplo, no conocía ni presbíteros, ni epíscopos, ni ordenación: a
excepción de la autoridad del Apóstol, la comunidad vivía únicamente de la
aparición de los carismas en su seno”. Y Küng concluye que este tipo de
organización –digamos, más bien, de ausencia de organización- se debería
admitir todavía hoy en la Iglesia, al menos en circunstancias excepcionales.
La discusión continúa y el ejemplo de la comunidad
de Corinto siempre se cita para sostener los ataques contra la “Iglesia
institucional”. Todavía el año pasado (1998) un artículo de Michael Theobald
sobre “El futuro del ministerio eclesial”, publicado en la revista Stimmen der Zeit 216 (1998) 195-208 y
resumido en Selecciones de Teología 38
(1998) 10-17, pretendía que en las comunidades paulinas “todos los servicios
eran «dones de la gracia» (“carismas”) que no actuaban sujetos al principio de
autoridad” (Sel. de T., p. 13), afirmación que no tiene ninguna consideración
de 1 Cor 14, 27-33.37.
Probaremos,
por tanto, de hacernos una idea de las manifestaciones carismáticas que se
verifican en la comunidad de Corinto; luego veremos de qué manera reacciona el
apóstol Pablo; finalmente, examinaremos aquello que resulta de la relación
entre carisma e institución.
1.
Manifestaciones carismáticas en Corinto
La primera carta a los Corintios nos muestra con
evidencia que las manifestaciones carismáticas eran abundantes en la comunidad
de Corinto. Desde el inicio de la carta, Pablo hace referencia a esto cuando
dice a los corintios: “Habéis sido enriquecidos con toda clase [de gracia] en
Cristo” (1,5); “no os falta ningún carisma” (1,7). Más adelante podemos
advertir que los corintios eran ávidos de manifestaciones carismáticas; todo el
discurso del apóstol a este propósito lo deja entender y, en un cierto momento,
Pablo dice explícitamente: “Anheláis los dones espirituales, literalmente
anheláis los espíritus
(zhlwtai, evste pneuma,twn),
lo cual se puede traducir ávidos de
manifestaciones carismáticas” (14,12).
¿Cuáles eran las manifestaciones carismáticas más
admiradas y por tanto más deseadas en Corinto? Para saberlo, basta analizar
algunos pasajes de la carta. En 14,26 Pablo escribe: “Cuando os reunís, cada
uno tiene un salmo, tiene una enseñanza, tiene una revelación, tiene un
discurso en lenguas, tiene una interpretación”. Así queda descrita al vivo la
abundancia de los carismas, y al mismo tiempo se recuerda sutilmente el ingenuo
orgullo de los corintios carismáticos: cada uno es consciente de tener un
carisma. Pablo repite cinco veces el verbo tener (e;cei);
frecuentemente los traductores descuidan esta repetición y se sirven de un solo
verbo para los cinco complementos. Al hacer así, no captan el valor expresivo
de la frase. En efecto, Pablo nos sugiere que cada miembro de la comunidad
ponía delante el propio carisma de manera de crear una atmósfera de competición
y de rivalidad. “Yo tengo un salmo inspirado, de inspiración mía”, dice uno;
“Yo tengo una revelación secreta, que me ha sido dada personalmente”, dice
entonces otro; “Yo poseo el don de las lenguas”, dice otro; “Yo poseo la
capacidad de interpretar”, etc., etc. Observamos que todos estos carismas
pertenecen a la esfera del conocimiento o de la expresión –salmo, enseñanza,
revelación, lengua, interpretación-, y esto corresponde a la declaración
inicial del apóstol: “Habéis sido enriquecidos con todos los dones, los de la
palabra y los del conocimiento” (1,5), y a diversas notas sobre la palabra
(1,17; 2,13; 4,19-20; 12,8; 14,19), sobre lenguas (12,10.28.30; 13,1.8;
14,2.4.5, etc.) y sobre el conocimiento (8,1.7.10-11; 12,8; 13,2.8; en griego
gnw,sij;
frecuentemente traducido con “ciencia”, mas no se trataba de nuestro concepto
de ciencia, fruto de una investigación racional metódica, sino más bien de
conocimiento inspirado, obtenido de modo misterioso). Los corintios por tanto
estaban fascinados con cada fenómeno de iluminación sobrenatural y de
inspiración extraordinaria. Los dos carismas que los impresionaban en mayor
grado eran la glosolalia y la profecía; lo vemos en el modo con el que Pablo
insiste sobre estos temas. Inmediatamente después de la enumeración de los
carismas en 14,26 él retoma el tema de la glosolalia, es decir, del hablar en
lenguas, de lo cual ya había tratado extensamente en la primera parte del
capítulo. Del hablar en lenguas pasa luego al don de la profecía (14,29-32),
como ya había hecho precedentemente (14,3-5).
¿Qué cosa se entiende con la expresión “hablar en
lenguas”? Pablo no es el único en el Nuevo Testamento en referir este carisma.
También el final del evangelio de Marcos dice algo respecto de esto; entre “los
signos que acompañarán a los que creen” pone el “hablar en lenguas”, precisando
“lenguas nuevas” (Mc 16,17). Lucas
atestigua el fenómeno en los Hechos de los Apóstoles. Mientras en Marcos se
trata de una promesa para el futuro: “hablarán lenguas nuevas”, en los Hechos
por el contrario se trata de eventos acaecidos sea en Jerusalén en el día de
Pentecostés (He 2,4-11), sea en
Cesarea durante la predicación de Pedro en lo de la familia de Cornelio
(10,46), sea en Efeso después de la imposición de manos hecha por Pablo a un
grupo de neófitos (19,6). Sin embargo, en ningún texto encontramos tantos
detalles como los que tenemos en la primera a los Corintios. Notemos a
propósito de esto que esta carta es la única en la que Pablo habla de este
carisma. En la lista de carismas que él elenca en la carta a los Romanos
(12,6.8), no se menciona el “hablar en lenguas”. En cambio, en la primera a los
Corintios esta carisma ocupa el puesto más amplio; no digo que Pablo lo ponga
en primer lugar, pero habla de él más extensamente, mostrando así que los
corintios le atribuían especial importancia. Lo que Pablo dice al respecto nos
permite individuar bien esta manifestación carismática; en efecto, podemos
observar que se trata de un fenómeno netamente diverso de aquel descrito en los
Hechos el día de Pentecostés. De hecho, Lucas refiere que la gente venida para
escuchar a los apóstoles “quedó maravillada porque cada uno los oía hablar la
propia lengua” (He 2,6); todos decían
estupefactos: “Los oímos anunciar en nuestras lenguas las grandes obras de
Dios” (2,11). En cambio, el hablar en lenguas descrito por Pablo no es
comprensible. Pablo escribe: “El que habla en lenguas no habla a los hombres,
sino a Dios; en efecto, ninguno entiende, sino que él bajo la acción de un
espíritu dice cosas misteriosas” (1 Cor
14,2). Este carismático emite sonidos que parecen formar palabras, pero no es
una exposición que los otros puedan comprender. Más aún, el carismático mismo
no percibe el sentido de cuanto pronuncia. Habla a Dios, pero no sabe qué cosa
dice a Dios. Pablo precisa este punto en otra frase: “Cuando oro en lengua, mi
espíritu ora, pero mi inteligencia queda sin fruto” (14,14), y luego contrasta
“orar con el espíritu” y “orar con la inteligencia”, “salmodiar con el
espíritu” y “salmodiar con la inteligencia” (14,15). Pablo observa que si uno
alaba a Dios en espíritu, es decir, hablando en lenguas, los otros no pueden
luego decir “amén” para asociarse a su plegaria porque no saben qué cosa ha
dicho (14,16).
Hace cincuenta años, esta descripción de la
glosolalia suscitaba solamente perplejidad. Nos explicaban que era un carisma
reservado a los primeros tiempos de la Iglesia; manifestación extraordinaria
del Espíritu Santo, útil en aquel tiempo para atraer la atención sobre el
mensaje cristiano y para facilitar el crecimiento de la Iglesia. Ya en el siglo
V un obispo explicaba a sus oyentes que la glosolalia ya no era más útil
porque, después de la conversión de tantas naciones diversas, la fe se
expresaba cada día en lenguas diversas. Por tanto, la glosolalia se consideraba
como una especie de curiosidad arqueológica. Ahora, con la difusión del
movimiento carismático, las cosas han cambiado. Nuevamente el hablar en lenguas
ha llegado a ser una experiencia viva entre los cristianos y, quizás, muchas
personas aquí presentes podrían dar un testimonio directo al respecto. La
diversidad de las experiencias es grande, pero muchas de las descripciones
hechas corresponden bastante bien a los datos referidos por San Pablo: se trata
de una actividad lingüística del todo particular, en el sentido de que la voz
produce una sucesión de sonidos que asemeja más o menos a un lenguaje, donde a
veces se reconocen incluso palabras de lenguas desconocidas; pero no es
inteligible, corresponde a un cierto nivel de intensidad espiritual y a una
actitud de unión con Dios y de alabanza; se podría comparar quizás a un modo
musical de expresarse, a pesar de no ser música.
En la descripción de San Pablo hay que notar el
paralelismo expresado entre lengua y espíritu y, por otra parte, la distinción
establecida entre espíritu e inteligencia. Para Pablo “orar en lengua” es un
modo de “orar con el espíritu” sin “orar con la inteligencia”. Esta distinción
entre espíritu e inteligencia es más bien desconcertante para nosotros porque
en nuestras lenguas estos dos términos han llegado a ser casi sinónimos. Es
pues tanto más importante aferrar bien el pensamiento de Pablo al respecto.
Aquí se encuentra la clave del problema de los carismas, así como también la
explicación del gusto de los corintios por el hablar en lenguas. Para
comprender el sentido antiguo de “espíritu” (“spiritus” en latín, “pneu/ma”
en griego) es necesario observar la relación entre “espíritu” y “respirar”. Spiritus significaba ante todo “soplo”,
el soplo de la respiración o el soplo del viento. “El espíritu sopla donde
quiere” dice Jesús a Nicodemo (Jn
3,8). La idea fundamental expresada por la palabra “spiritus” y “pneuma” no es por tanto la de una
capacidad intelectual, sino la de un impulso, comparable al del viento. En la
Biblia la primera función del espíritu no es hacer entender, sino poner en
movimiento; no es iluminar, sino comunicar un dinamismo. La palabra
du,namij,
“fuerza”, está frecuentemente asociada a la palabra pneuma, “espíritu”. Lucas,
por ejemplo, dice que Jesús inauguró su ministerio “en la fuerza del espíritu”
(Lc 4,14) y que prometió a los
Apóstoles: “Tendréis fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros” (He 1,8). Pablo, por su parte, declara a
los corintios que el propio apostolado no se basaba sobre razonamientos
hábiles, sino sobre una manifestación de espíritu y de fuerza” (1 Cor 2,4). La cultura griega conocía
desde los tiempos antiguos la tensión entre la luz de la razón, simbolizada por
el dios Apolo, y el impulso oscuro del dinamismo irracional, simbolizado por
Dionisios. Diversas sectas religiosas proponían a sus adherentes experiencias
de este último género. Es ciertamente exaltante el sentirse invadidos por
fuerzas sobrenaturales y ser así liberados de las inhibiciones que la educación
racional impone a cada uno. Visiblemente los cristianos de Corinto probaban un
fuerte atractivo por este género de experiencia religiosa. Estaban “deseosos de
espíritu”, como les escribe san Pablo (zhlwtai, evste pneuma,twn: 14,12), y consideraban que la manifestación más
evidente de la presencia activa del Espíritu de Dios en ellos era el hablar en
lenguas, porque quien habla así no dirige la lengua con la propia mente de
manera de formar frases inteligibles, sino que se abandona a la acción de una
fuerza misteriosa que dirige la lengua de un modo imprevisible, no sometido a
las reglas del lenguaje ordinario. De hecho, en los Hechos, el que Cornelio y
los suyos hablen en lenguas es inmediatamente reconocido como manifestación del
Espíritu de Dios, prueba de que “también sobre estos paganos se había difundido
el don del Santo Espíritu” (He
10,45-46).
El otro don espiritual más apreciado era el don de
profecía. Por profecía no se entiende necesariamente la predicción de eventos
futuros, aun cuando tales predicciones entran en el concepto del don de
profecía (en los Hechos, Lucas refiere dos casos de tales predicciones hechas
por un profeta cristiano, de nombre Ágabo, quien anuncia una vez una carestía y
otra vez el encarcelamiento de Pablo: He
11,28; 21,10-11). El don de profecía no se define con la capacidad de preanunciar
el futuro, sino con la capacidad de pronunciar palabras inspiradas. El punto
común entre la glosolalia y la profecía es la inspiración, es decir, el impulso
recibido del Espíritu. La diferencia está en el hecho de que, en el primer
caso, la inspiración produce un lenguaje que no es inteligible, mientras que en
el segundo caso, produce frases que tienen sentido. Pablo expresa claramente
esta diferencia (1 Cor 14,2-4): “El
que habla en lenguas no habla a los hombres sino a Dios, puesto que ninguno comprende...
Quien profetiza, en cambio, habla a los hombres para su edificación y
consolación. El que habla en lenguas se edifica a sí mismo, el que profetiza
edifica a la asamblea”. También Lucas indica esta función eclesial de los
profetas, cuando refiere que, una vez llegados a Antioquía, “Judas y Silas,
siendo también ellos profetas, hablaron mucho para animar a los hermanos y los
fortalecieron” (He 15,32).
Evidentemente, aun cuando fuesen inteligibles, las palabras de los profetas
eran frecuentemente desconcertantes para la razón humana. “El hombre natural
–escribe Pablo- no comprende las cosas del Espíritu de Dios; ellas son locura
para él; y no es capaz de entenderlas, porque sólo se las puede juzgar por
medio del Espíritu” (1 Cor 2,14).
Parece que a los corintios les agradaban las palabras más desconcertantes; las
consideraban signo más manifiesto de la intervención del Espíritu. Una frase de
Pablo deja pensar que algún cristiano, que se consideraba inspirado, había
gritado: “Jesús es anatema” (12,3). De cualquier manera, todos querían
profetizar durante la reunión de la comunidad. Había también mujeres que
profetizaban, esto es, pronunciaban palabras inspiradas (11,5); y podía suceder
que estuviesen tan exaltadas como para tomar actitudes poco correctas,
siguiendo el ejemplo de las profetisas paganas, si no incluso el de las ménadas
o las bacantes. A veces, mientras un miembro de la comunidad estaba
profetizando, otro, bajo la acción de una inspiración súbita, se levantaba y lo
interrumpía para comunicar a todos la revelación recibida (cf. 14,30).
Junto
a estas manifestaciones más vistosas del Espíritu, había también cosas más
ordinarias. En la frase ya citada (14,26) Pablo no habla solamente de
glosolalia y de revelación profética, sino también de enseñanza (didach,)
y de interpretación. La enseñanza no presupone un estado de exaltación
espiritual, ni una irrupción violenta de palabras desconcertantes. ¡Todo lo
contrario! Requiere la explicación ordinaria y metódica de diversos aspectos de
la realidad. Sin embargo, Pablo no da en aquel momento ninguna instrucción al
respecto. Este silencio indica que la enseñanza no creaba problemas en las
reuniones de la Iglesia de Corinto, no originaba confusión como la profecía y
la glosolalia. Advertimos la razón: el enseñar no se presenta como una
manifestación extraordinaria del Espíritu; no era por tanto objeto de
competición entre los corintios.
2.
Valoración paulina
Veamos ahora de qué modo Pablo reacciona ante el
entusiasmo de los corintios por las manifestaciones del Espíritu. Es útil notar
que según toda probabilidad los corintios no hablaban, al respecto, de
“carismas”. Hablaban de “hechos espirituales” (ta.
pneuma,tica). Pablo, en efecto, toma esta expresión
para iniciar la argumentación: “Respecto a los hechos espirituales, hermanos,
no quiero que quedéis en la ignorancia” (1
Cor 12,1).
Su modo de proceder nos desconcierta. Comienza
recordando a los corintios su experiencia religiosa pagana: “Sabéis –escribe-
que cuando erais paganos, os dejabais arrastrar hacia los ídolos mudos, según
el impulso del momento” (12,2). ¿Qué significa este reclamo? Significa que
Pablo ve un peligro de ambigüedad en el gusto de los corintios por las
experiencias espirituales; y por ende quiere inculcarles la necesidad de un discernimiento.
No todo entusiasmo es digno de aprobación de parte de un cristiano. Hay
fenómenos espirituales turbios, una especie de comunión con fuerzas
sobrenaturales oscuras, que constituyen en realidad un retorno al paganismo,
una recaída en las tinieblas. No todo “espíritu” es “espíritu de Dios”. Los
corintios, “deseosos de espíritu” (14,12), corrían el riesgo de abandonarse a
gravísimas desviaciones. Pablo denuncia una: “Por esto –escribe- yo os declaro
que ninguno que hable bajo la acción del Espíritu Santo dice: Jesús es anatema”
(12,3). Si por tanto un miembro de la comunidad ha tenido la inspiración, es
decir, el impulso interno irresistible, de proferir esta blasfemia, esta
inspiración no venía del Espíritu de Dios. Pablo, notémoslo, no dice que esta
persona no estaba inspirada, sino que no era una inspiración proveniente de
Dios.
Inmediatamente después, el apóstol expresa otro
principio, que se opone a una posible actitud negativa frente a cada
inspiración. Puesto que en las experiencias de inspiración y de entusiasmo
existen graves peligros para la fe y para la vida cristiana, algunos podrían
haber adoptado una actitud de desconfianza sistemática hacia todo género de
inspiración, hacia cada elemento de misticismo: “Atengámonos a las fórmulas de
fe, dirán, fórmulas garantizadas por la predicación apostólica; atengámonos al
modo ordinario de rezar; atengámonos a las instituciones; no busquemos ninguna
experiencia «espiritual». A esta gente, Pablo rebate que, sin acoger el
Espíritu Santo, no es posible pronunciar ni siquiera la fórmula de fe más breve
y más fundamental, no es posible vivir como cristiano: “Ninguno puede decir:
Jesús es Señor, si no bajo la acción del Espíritu Santo” (12,3).
He aquí por tanto dos principios fundamentales:
necesidad de discernir los espíritus, necesidad de acoger el Espíritu Santo.
Estos dos principios guiarán toda la exposición hechas por Pablo en los
capítulos sucesivos. Podemos notar que la unión de estos dos principios define
la relación entre carisma e institución. El segundo principio muestra claro que
la institución no basta. Por sí sola sería un cuerpo sin espíritu, es decir,
sin soplo vivificante, sin dinamismo vital. El primer principio, sin embargo,
revela la necesidad de la institución, porque sin institución no es posible un
real discernimiento de los espíritus. El que debe discernir tiene necesidad de
confrontar la experiencia subjetiva con un conjunto de datos objetivos. De otro
modo, todo es vago, confuso, incierto.
Una vez dicho esto, veamos más de cerca la táctica
de Pablo con sus corintios, deseosos de experiencias espirituales
sensacionales. Podemos distinguir tres secciones sucesivas: la primera consiste
en un movimiento amplio para ampliar el debate (12,4-30); la segunda sección
consiste en un movimiento de profundización (12,31-13,13); la tercera consiste
en instrucciones más precisas sobre los puntos en cuestión en Corinto
(14,1-40).
1. Primera sección: Pablo amplia el debate. Los
corintios pensaban casi únicamente a las dos experiencias espirituales que
suscitaban su entusiasmo: la glosolalia y la profecía. Muchos querían hablar en
lenguas, muchos querían profetizar. Naturalmente, un entusiasmo tal no podía
darse sin inconvenientes visibles. Provocaba la confusión en las reuniones de
la comunidad y probablemente provocaba incomodidad a un cierto número de
cristianos menos dotados bajo este aspecto, y más deseosos de orden y de
recogimiento. Los cristianos menos “inspirados” se sentían despreciados, y
había tensiones y divisiones en la comunidad (cf. 1,11). Para remediar esta
situación, Pablo ensancha la visual y dirige la atención sobre la multiplicidad
de los dones divinos y sobre la relación de todos estos dones con la unidad de
la Iglesia. Es tonto fijarse solamente en la glosolalia y en la profecía, olvidando
muchos otros dones de Dios, ciertamente menos sensacionales pero no menos
preciosos. Los corintios hablaban de “hechos espirituales” en el sentido de
impulsos extraordinarios. Pablo usa tres términos diversos, ninguno de los
cuales significa impulso extraordinario, e insiste en la diversidad: “Hay
–dice- diversidad de carismas... hay diversidad de servicios... hay diversidad
de operaciones...” (12,4-6). El primer término, carisma, no significa
manifestación extraordinaria del Espíritu, sino simplemente “don gratuito”;
viene del verbo griego
cari,zomai, “hacer un
favor”, y está en relación con la palabra
ca,rij,
“favor gratuito, gracia”. En el uso posterior, el sentido de carisma se vuelve
más limitado. Una enciclopedia francesa lo define: “Nom donné à des dons
spirituels extraordinaires (glossolalie, miracles, prophétie, vision...)”:
nombre dado a dones espirituales extraordinarios (glosolalia, milagros,
profecía, visión...). Tal definición no corresponde enteramente a la intención
de Pablo, el cual quiere más bien conservar un sentido mucho más amplio y
luchar contra la fascinación de las cosas extraordinarias. Esta intención suya
se manifiesta claramente con los otros términos agregados, esto es, “servicios”
y “operaciones”. La palabra “servicio” (diakoni,a)
no sugiere nada de extraordinario, no es exaltante para la fantasía, sino que
por el contrario expresa un trabajo humilde para la utilidad de otras personas.
La palabra “operación” (evne,rghma)
tiene un sentido sumamente genérico, y este aspecto queda incluso remarcado por
el comentario que allí agrega Pablo: “El mismo Dios obra todo en todos” (12,6).
Verdaderamente no era posible tomar una perspectiva más amplia. No sólo quien
habla en lenguas o quien profetiza es instrumento de Dios, sino todo el que
desempeña algún servicio; más aun, todo el que obra de algún modo. También las
acciones más ordinarias y más simples tienen en Dios su origen y han de ser
realizadas, en consecuencia, con acción de gracias a Dios. Un poco antes, Pablo
ha dicho a los corintios: “Sea que comáis, sea que bebáis, sea que hagáis
cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (10,31); en otra
carta dirá: “Todo aquello que hacéis en palabras y en obras, todo [hacedlo] en
el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él” (Col 3,17). Así Pablo rompe la
fascinación de las cosas sensacionales e invita a valorar las cosas más
simples. En la lista de ejemplos dada en las frases sucesivas, Pablo comienza
con los dones menos impresionantes: “A uno le es dada por el Espíritu una
palabra de sabiduría; a otro, una palabra de conocimiento según el mismo
Espíritu; a otro, una actitud de fe en el mismo Espíritu” (1 Cor 12,8-9): solamente después de estos ejemplos él indica los
dones más vistosos, “carismas de sanaciones” y “operaciones de potencias
[milagrosas]”. Relega al final de la lista los dos dones que suscitaban en
Corinto el mayor entusiasmo, la glosolalia y la profecía, y los pone en el
orden inverso a su renombre. Además hace acompañar a cada uno por una especie
de medio de control, es decir, con la “profecía” coloca el “discernimiento de
los espíritus” y con las “clases de lenguas” pone la “interpretación de las
lenguas”.
Pablo subraya por tanto la amplísima diversidad de
los dones y de las capacidades de la Iglesia. Al mismo tiempo, subraya con
vigor los ligámenes que mantienen todos estos dones en la unidad. Es otro modo
de corregir la mentalidad de los corintios. En Corinto, la insistencia excesiva
sobre algunos fenómenos espirituales provocaba –como hemos dicho- confusión y
división en la comunidad. Pablo invita con fuerza a los corintios a no ser tan
exclusivos y a comprender que todos los carismas provienen del mismo Espíritu,
todas las capacidades de servicio provienen del mismo Señor, todas las actividades
provienen del mismo Dios (12,4-6). Por ende, hay una unidad de origen que
constituye un ligamen profundo entre todos los aspectos de la vida de la
Iglesia. “Todas estas cosas, es el único y el mismo Espíritu quien las obra,
distribuyéndolas a cada uno como quiere” (12,11).
A esta unidad de origen corresponde lógicamente una
unidad de destinación. Para expresarla, Pablo habla de la unión de todos los
miembros que forman un único cuerpo. “En efecto, como el cuerpo, a pesar de ser
uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros, a pesar de ser muchos, son un
solo cuerpo, así también Cristo” (12,12). Es preciso aceptar la diversidad de
los dones y de las capacidades, porque esta diversidad no solamente es
conciliable con la unidad del cuerpo, sino que es además necesaria para la
existencia del cuerpo. “Si todo fuese un solo miembro, ¿dónde estaría el
cuerpo?” (12,19). De este dato fundamental, Pablo se sirve para obviar diversos
peligros, provocados en Corinto por la moda de los carismas sensacionales. Él
se preocupa ante todo del caso de los cristianos menos dotados, quienes se
sentían como extraños, y tenían la impresión de no formar más parte de la
comunidad, porque estaban privados de estas inspiraciones potentes. Pablo les
dice: “Si el pie dice: ‘Puesto que yo no soy una mano, no pertenezco al
cuerpo’, no por esto no pertenece al cuerpo” (12,15). Con estas palabras, Pablo
ayuda a los cristianos ordinarios a no ceder al complejo de inferioridad y a
reencontrar la convicción de su plena dignidad cristiana. No es necesario
poseer carismas sensacionales para formar parte de la Iglesia, cuerpo de
Cristo. Pablo se dirige luego a los grandes carismáticos, los cuales estaban
tentados de considerarse los únicos cristianos auténticos, despreciando a los
otros; él se opone con firmeza a la ilusión de éstos: “No puede el ojo
(entendamos: el cristiano profeta, que tiene las visiones) decir a la mano
(esto es, al cristiano que tiene sólo una cierta capacidad de servicio): ‘No
tengo necesidad de vosotros’. Más aun, aquellos miembros del cuerpo que parecen
menos capaces son más necesarios, y aquellas partes del cuerpo que juzgamos
menos honrosas las rodeamos de mayor respeto, y aquellas indecorosas son
tratadas con mayor decencia, mientras que aquellas más decentes no tienen
necesidad” (12,21-24). La lección es transparente. Pablo solicita a los grandes
carismáticos conservar cuidadosamente el sentido de la entera solidaridad
eclesial y tener consideraciones especiales hacia los cristianos más
ordinarios.
Dicho esto, Pablo vuelve a presentar un elenco; no
dice: “de carismas”, sino: “de posiciones en la Iglesia” (en esta lista la
palabra “carisma” se aplica solamente a los “carismas de curaciones”:
12,28.30). Esta vez, Pablo afirma un cierto orden en las posiciones: “Dios ha
puesto a algunos en la Iglesia en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar
como profetas, en tercer lugar como enseñantes, luego milagros, después
carismas de curaciones, asistencia, gobierno, clases de lenguas” (12,28). El
elenco no es homogéneo; Pablo comienza con títulos de personas (apóstoles,
profetas, enseñantes), continúa luego con nombres de acciones o de cosas
(milagros, curaciones, asistencia, gobierno, lenguas). Podemos entender que los
títulos de personas expresan vocaciones estables reconocidas en esta cualidad
en la Iglesia. La cosa es particularmente clara para “apóstoles”; al principio
de su carta, Pablo se presentó como “apóstol por vocación” (1 Cor 1,1; similarmente Ro 1,1). La posición de los “profetas”
nos admira más aún, ya que estamos habituados a reservar este título a los
profetas del Antiguo Testamento y no somos conscientes de la importancia del
profetismo cristiano en los primeros tiempos de la Iglesia. La lectura del
importante artículo de E. Cothenet sobre “Prophétisme
dans le Nouveau Testament” es muy
útil para corregir esta laguna. Demuestra el rol de primer plano tenido por los
profetas cristianos para la formación de la fe y el desarrollo de la vida de la
Iglesia. Contentémonos aquí con observar que la carta a los Efesios une
estrechamente en dos textos el apostolado y la profecía, como fundamento de la
Iglesia (Ef 2,20) e instrumento de la
revelación (3,5); luego, en otro texto, la misma carta propone un elenco de los
dones de Cristo que comienza, como aquel de 1 Cor, con el grupo de los
apóstoles y el grupo de los profetas (4,11). En la 1 Cor, el tercer grupo es
aquel de los “enseñantes” (didaska,álouj,
del verbo
dida,skein, “enseñar”; la
traducción con “maestros” es también posible; aquella con “doctores” en cambio
no conviene más, porque este término ha tomado otros sentidos). Se trata aquí,
evidentemente, de enseñanza eclesial, es decir, de catequesis, una actividad
estable, necesaria para la educación de los cristianos en la fe. En cambio,
para hablar de milagros Pablo no ha utilizado un título de persona; no ha dicho
que Dios ha puesto en la Iglesia taumaturgos, “obradores de milagros”; Pablo ha
usado simplemente el nombre de la cosa (du,nameij,
literalmente: “potencias”). Hacer milagros no es una función estable atribuida
a una persona, no define su rol, su vocación. Lo mismo vale para los “carismas
de curaciones”, nombrados inmediatamente después. Habiendo comenzado de este
modo una serie impersonal, Pablo continua luego en el mismo tono, aun cuando
las actividades mencionadas, las de asistencia y de gobierno, no tienen el
mismo aspecto ocasional y extraordinario, sino que corresponden a una necesidad
de funcionamiento continuo. En todo esto vemos que Pablo no se preocupa por dar
una enseñanza completa sobre la organización de la Iglesia; le basta haber
afirmado que Dios ha puesto un orden bien determinado para las funciones
principales y que por otra parte hay abundancia de dones. Podemos notar sin
embargo que nuevamente la glosolalia es colocada en el último lugar.
2. Ampliada de este modo la perspectiva, Pablo, en
una segunda etapa, invita a los corintios a una profundización; los hace pasar
del exterior al interior, es decir, de la organización externa de la Iglesia,
con la multiplicidad de las funciones, al principio interno de vida, del cual
depende el valor de todo el resto. Encontramos aquí el espléndido himno a la
caridad, que suscita con toda justicia tanta admiración. Es leído, en general,
separadamente, fuera de su contexto, como si fuese una digresión, privada de
relación con la cuestión de los carismas sensacionales. En realidad la relación
es estrechísima. El objetivo de Pablo es el de llevar a los corintios a
redimensionar drásticamente la importancia que daban a los dos carismas más
ambicionados, la glosolalia y la profecía. En la primera frase del himno a la
caridad, Pablo se refiere inmediatamente a la glosolalia; en la segunda, a la
profecía. Sobre la glosolalia exclama: “Aunque hablase las lenguas de los
hombres y de los ángeles, si no tuviese caridad soy un bronce que resuena o un
címbalo que tintinea” (1 Cor 13,1).
¡Qué balde de agua fría para los entusiastas de la glosolalia! Ser parangonados
con bronces y címbalos, instrumentos rumorosos, que golpean las orejas pero no
expresan ningún significado ni producen melodía alguna. “Pablo –escribe P.
Allo- tiene en mira, por lo que parece, la ininteligibilidad de la glosolalia;
ridiculiza a los virtuosos que no tienen el verdadero amor de Dios como si
imitasen el estrépito pagano los címbalos de Dionisios, de Cibeles, de los
Coribantes, del tímpano de Atis, etc.”. Pablo, sin embargo, tiene la delicadeza
de atenuar la ironía gracias al uso de la primera persona singular: “Aun cuando
yo hablase las lenguas... yo soy un bronce...”. De este modo, los corintios no
se pueden ofender. Para la profecía la descripción es más larga, la valoración
menos imaginativa, pero no menos negativa; en efecto, la frase expresa un
contraste fuerte entre la acumulación de los dones que enorgullecían, por un
lado: “Y si tuviese la profecía y supiese todos los misterios y todo el
conocimiento y si tuviese toda la fe de manera de transportar los montes...”,
y, por otro lado, la sentencia breve y seca: “no soy nada”, que define la
situación del profeta cuando le llega a faltar la caridad. Para dar mayor
amplitud al discurso, Pablo agrega un tercer ejemplo, el de ciertas iniciativas
extraordinarias, que podríamos llamar gestos proféticos: “Y si distribuyese
todos mis bienes y entregase mi cuerpo para ser quemado”, también estas iniciativas
tan impresionantes, que parecen demostrar la más absoluta generosidad, caen
bajo el mismo veredicto cortante, si no están inspiradas enteramente por el
amor: “no tienen ninguna utilidad” (13,3).
Pablo enumera entonces las cualidades del amor
cristiano, contraponiéndolas implícitamente a las tendencias vanidosas de
aquellos que buscaban dones sensacionales: “La caridad es paciente, es
benigna... no es envidiosa, no se jacta, no se engríe...” (13,4). Luego Pablo
retoma la contraposición explícita con los dos carismas más admirados: “La
caridad nunca tendrá fin. En cambio, las profecías desaparecerán; las lenguas
cesarán..” (13,8). Y explica que estos fenómenos corresponden a una etapa
inferior de la existencia, comparables a la edad menor, a la sicología infantil
(13,11). Concluye que tres cosas permanecen: “la fe, la esperanza, la caridad”,
sugiriendo que los cristianos deben aficionarse ante todo a estas tres cosas, y
agrega: “la más grande de estas es la caridad” (13,13).
3. Sigue la tercer y última sección del discurso de
Pablo, que consiste en instrucciones más precisas sobre los puntos en examen,
con una orientación más bien inesperada. Después del gran elogio de la caridad
en contraposición con la glosolalia y la profecía, se esperaría una invitación
urgente a buscar únicamente el progreso de la caridad sin preocuparse más ni de
glosolalia ni de profecía. En cambio, Pablo no adopta esta perspectiva. Invita
sí a “buscar la caridad” (14,1), pero no excluye la búsqueda de las otras
manifestaciones del Espíritu; al contrario, lo alienta, contentándose con
exhortar a preferir la profecía. Escribe: “Buscad la caridad, aspirad también a
los hechos espirituales (esto es, a las manifestaciones del Espíritu), sobre
todo a profetizar” (14,1). Por tanto, a pesar de todos los inconvenientes
posibles del entusiasmo de los corintios por los carismas extraordinarios,
Pablo no toma una actitud negativa de prohibición sino que mantiene una actitud
positiva de aliento, acompañada solamente por una escala de valores. Ya en la
primera de todas sus cartas había rechazado la actitud negativa: “No apaguéis
el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinad cada cosa, quedaos con
aquello que es bueno” (1 Tes
5,19-20). Aquí confirma aquella orientación: “Por tanto, hermanos míos, aspirad
a profetizar, y en cuanto a hablar en lenguas, no lo impidáis” (1 Cor 14,39). Esta actitud es muy
significativa, porque Pablo sabe muy bien que “hablar en lenguas” no es una
cosa racional; más aun, observa que quien habla en lenguas parece loco (14,23);
pero rehusa aprisionar la vida espiritual de sus cristianos en los límites de
la fría razón. Mantiene decididamente la puerta abierta a ciertos modos no
racionales de expresión religiosa, reconociendo que pueden ser el efecto de un
impulso divino. Él mismo practicaba estos modos de oración y los valoraba
positivamente. “Doy gracias a Dios, escribe, que hablo en lenguas más que todos
vosotros” (14,18). No se avergonzaba de hablar en lenguas, como el rey David no
se había avergonzado de manifestar un entusiasmo religioso un poco loco,
saltando y danzando delante del arca del Señor (2 Sam 6,16-23).
La aprobación de Pablo, sin embargo, no es
indiscriminada. Él no acepta el principio de ciertos entusiastas, para quienes
cuanto más irracional es una experiencia religiosa, tanto más divina es, casi
como si la contraseña del Espíritu de Dios fuese el frenesí y la pérdida de la
razón. Según este principio, el carisma más apreciado sería el hablar en
lenguas, puesto que excluye la razón; después vendría la profecía, que produce
discursos inspirados. La escala de valores definida por Pablo va en sentido
contrario. Prefiere la profecía a la glosolalia. “Aquel que profetiza es más
grande que aquel que habla en lenguas” (14,5); prefiere un discurso inspirado
comprensible a una efusión inspirada incomprensible. Su ideal no es la pérdida
de la consciencia en Dios, la absorción de la inteligencia y del ser personal
en el océano de la divinidad, sino más bien la presencia activa de Dios en
todos los niveles de la existencia. Dios no absorbe a las propias criaturas,
sino que las vivifica. Por esto Pablo ya no consideraba divina la experiencia
espiritual que excluyese la inteligencia. Declara: “Oraré con el espíritu, pero
oraré también con la inteligencia; cantaré con el espíritu, pero cantaré
también con la inteligencia” (14,15).
Al valorar la glosolalia y la profecía, Pablo no
olvida el elogio hecho hace instantes de la caridad; más aun, conserva
cuidadosamente esta perspectiva, tomando como criterio la utilidad de la Iglesia.
En vez de pensar solamente en la experiencia espiritual individual, que podría
considerarse más intensa en el caso de la glosolalia, él piensa en la
edificación de toda la comunidad, prefiriendo por tanto la profecía, porque “el
que habla en lenguas se edifica a sí mismo; quien profetiza edifica a la
asamblea” (14,4). Desarrolla mucho este tema. Se coloca a sí mismo en escena y
dice: “Supongamos que yo vaya a vosotros hablando en lenguas; ¿en qué cosa os
será útil?” (14,6). Se dirige a otro y dice: “Si tu bendices con el espíritu
(esto es, hablando en lenguas)... tu puedes hacer una hermosa acción de
gracias, pero el otro no es edificado” (14,16-17). Toma también el caso de no
creyentes a quienes aconteciese de estar presentes en una reunión cristiana
donde todos hablasen en lenguas, “¿no dirían quizás que sois locos?” (14,23).
En cambio, en el caso de la profecía, el no creyente sería llevado a adorar a
Dios (cf. 14,25). El principio general que Pablo ofrece a los corintios es por
ende el orientar su búsqueda de los dones espirituales en el sentido de la
utilidad de la Iglesia: “Por tanto, también vosotros, escribe, puesto que
estáis deseosos de espíritus, para la edificación de la Iglesia buscad de
tenerlos en abundancia” (14,12) .
Cuando pasa a las directivas prácticas, Pablo se
atiene estrictamente a este principio: “Cuando os reunís... todo sea hecho para
la edificación” (14,26). No duda en entrar en los detalles para la aplicación
concreta. Regula primero la glosolalia; no la excluye, pero le coloca límites
rigurosos: solamente dos serán admitidos a hablar en lenguas, “o al máximo
tres, y por orden”. Además, la admisión de la glosolalia estará condicionada
por la presencia de un intérprete. Si no hubiese en la asamblea una persona
capaz de explicar el sentido del discurso en lenguas, este discurso no será
permitido y el inspirado deberá esperar volver a su casa para hablar en lenguas
“a sí mismo y a Dios”; en tanto, en la reunión comunitaria deberá callar (cf.
14,28). Para los profetas, Pablo imparte instrucciones un poco menos severas;
es decir, no contempla un caso en el que la palabra debería rechazarse a los
profetas; pero, excepto en este punto, las exigencias son iguales, es decir,
número limitado, “dos o tres”, e imposición de un control: los mensajes
inspirados de los profetas no deben aceptarse inmediatamente, sino que deben
ser sometidos a discernimiento (14,29). No por casualidad Pablo ha hablado de
“discernimiento de los espíritus” inmediatamente después de haber mencionado la
profecía (12,10) en un pasaje anterior de este discurso. Para evitar cualquier
peligro de confusión, precisa todavía qué cosa se debe hacer cuando uno de los
asistentes se siente de improviso inspirado mientras otro está profetizando; la
palabra debe ser dada entonces al nuevo inspirado; el otro debe callar. La
regla es de profetizar “uno a la vez”, “ para que todos puedan aprender a ser
exhortados” (14,31).
Todas estas exigencias de disciplina
y de orden parecen difícilmente conciliables con el concepto de inspiración
profética. ¿No se debe quizás admitir que, cuando el Espíritu se apodera de una
persona, su acción y su impulso son irresistibles? Muchos episodios del Antiguo
Testamento van en este sentido. Cuando el Espíritu de Yahvé embestía a Sansón,
ninguna resistencia era posible (cf. Jue
14,6.19; 15,14). El profeta Amós recurre a toda una serie de parangones para
proclamar que el impulso profético es incontenible. El último parangón es el
rugido del león: “Ruge el león: ¿quien no tiembla?”, y Amós prosigue: “El Señor
Dios ha hablado: ¿quién puede no profetizar?” (Am 3,8). También Jeremías explica que no le era posible no hablar (Jer 20,9). A pesar de su veneración por
los profetas antiguos, Pablo expresa una posición netamente diversa y dice:
“Los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas” (1 Cor 14,32). Afirmación estupenda,
porque se oponía decididamente al concepto entonces más corriente de
inspiración (es decir, el espíritu concebido como una fuerza irresistible) y se oponía también a los deseos de los
corintios, que aspiraban a ser raptados en espíritu y movidos por fuerzas
sobrehumanas. Pablo no acepta estos sueños de ebriedad mística desordenada;
requiere el dominio de sí y declara que la inspiración no quita a los profetas
cristianos la posibilidad de la autodisciplina. Pablo se cuida de decir que el
Espíritu de Dios está sometido a los profetas; no habla del Espíritu en
singular, sino de los espíritus en plural, es decir, de las inspiraciones
percibidas por los profetas; aun cuando vienen del Espíritu Santo no se
confunden con Él. El Espíritu Santo no está sometido a los profetas; sus
inspiraciones, no obstante, respetan la inteligencia y la voluntad de la
persona que las recibe, y en este sentido les están sometidas. Para fundamentar
este modo de concebir la acción del Espíritu, Pablo agrega: “En efecto, Dios no
es un Dios de desorden sino de paz” (14,33). La posición tomada por el apóstol
en materia de disciplina espiritual está basada sobre la revelación que Dios ha
hecho de sí en Cristo.
Para
completar el discurso, Pablo se refiere a los usos de “todas las Iglesias” y
presenta como “orden del Señor” las exigencias expresadas. “Quien considera ser
profeta u hombre inspirado debe reconocer” este hecho (14,37). “Si alguno no lo
reconoce, ni siquiera él es reconocido” (14,38). Y concluye, resumiendo sus
instrucciones: “Por tanto, hermanos míos, aspirad a profetizar y, en cuanto a
hablar en lenguas, no lo impidáis, sino que todo se desenvuelva decorosamente y
con orden” (14,39-40).