Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

EL DESEO DE DIOS EN LA BIBLIA - Germana Strola

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EL DESEO DE DIOS EN La BIBLIA

Germana Strola

germana.strola@virgilio.it

Introducción

Reflexionar sobre el deseo de Dios en la Biblia significa investigar una de las dimensiones fundamentales de la relación del hombre según la Escritura: pero implica hacer el esfuerzo de releer toda la Biblia, por así decirlo, desde el interior. En efecto, sabemos cómo la Sagrada Escritura no contiene afirmaciones abstractas ni especulaciones teóricas: no se detiene en un discurso intelectual ni sobre Dios ni sobre la persona del hombre, sino que narra una historia. Y en esta historia representa existencialmente la parábola del pueblo de Israel como una figura del camino de cada hombre y de cada generación humana. Reflexionar sobre el deseo de Dios significa volver a recorrer esta historia, en su valor antropológico y paradigmático.

Al inicio de esta historia, los relatos de origen (sobre todo Gn 1–2) presentan el don de Dios, como gesto que precede no sólo el deseo del hombre, sino que, creándolo, pone su mismo ser, su conciencia, su libertad. Al inicio de todo, la revelación hebraico-cristiana ve el don de Dios: la Palabra originaria, como principio de vida y promesa de bien. Por tanto, el hombre (en cuanto ser de deseo: nefesh h³ayya\h, Gn 2,7) es creado y estructurado como persona en relación, tensión hacia Alguien en base al gesto de Dios que lo llama y lo plasma, insuflando en él el hálito vital, orientado hacia Él. El don de Dios precede al deseo del hombre, lo fundamenta y lo constituye, disponiéndolo a la comunión interpersonal con el otro / el Otro, como cumplimiento de su mismo ser.

Al inicio de este camino, debemos sin embargo entendernos sobre algunos elementos o términos de fondo, para formular orgánicamente lo que vamos diciendo. Para estudiar el deseo de Dios como un tema bíblico, se podrían examinar:

  1. el léxico;
  2. las imágenes;
  3. algunos textos más significativos.

1) El léxico del deseo

Ante todo, habría que examinar el vocabulario utilizado para hablar del deseo de Dios. Un primer hecho se impone en seguida: el léxico con el que la Escritura habla de la relación del hombre con Dios no es, en sí, diferente del léxico habitual de la vida de todos los días: no hay un vocabulario particular para describir, por ejemplo, las pulsiones primarias, distinguiéndolas de las aspiraciones espirituales. En otras palabras, el anhelo más alto del hombre se inscribe en la totalidad de la persona humana: y si las formas en las cuales éste se expresa son múltiples, los términos directos y explícitos para indicar tanto la brama ardiente de la concupiscencia cuanto la aspiración espiritual, son solamente dos, y relativamente poco usados (´wh h³md). La utilización propiamente religiosa de estas dos raíces (´wh: Is 26,8-9; h³md: Is 64,10; Ez 24,21; Lam 1,10; Jl 4,5, en referencia al Templo y a sus utensilios; también Dios es sujeto de deseo, en la elección de Sión: ´wh: Sal 132,13.14; h³md: Sal 68,17) es bastante limitada respecto al uso generalmente profano que aparece en otros textos, mucho más numerosos [en todas las acepciones semánticas; desde el querer, al ansiar, a la avidez, etc. cf. RivBib 47 (1999) 362-371; 48 (2000) 307-317].

En otras palabras, no se avanza mucho si se parte examinando solamente el léxico específico del deseo; o mejor, se ve esencialmente que es un dinamismo fundamental de la persona, que se revela bueno o malo según sus objetos, o las circunstancias/las motivaciones que lo denotan.

El único término, o fórmula, realmente significativa es la que ya hemos citado, nefesh h³ayya\h (Gn 2,7). Si ustedes consultan los diccionarios teológicos del Antiguo Testamento, nefesh puede indicar sea un órgano físico-corpóreo (la garganta, que permite respirar o tragar; o bien la cavidad oral, el estómago), sea la función fisiológica relacionada con ellos (la respiración, la sed, el deseo de alimento), sea, en sentido traslaticio, la tensión del ansia o del deseo. El sustantivo nefesh a veces se traduce también con vida, alma o incluso con un pronombre personal: en efecto, cuando es utilizado en relación con sentimientos, indica globalmente el centro vital de la persona, en su sentir, aspirar, reaccionar y también decidir. Nefesh puede también ser utilizado, por ende, para designar al hombre viviente como ser de deseo, estructurado hacia la relación con el otro/el Otro para la realización de sí mismo. En este sentido, leemos en Sal 130,6 que mi alma (mi nefesh) tiende al Señor como los centinelas a la mañana. La estructura de mi persona está orientada hacia Dios, como el centinela que espera la aurora.

El deseo, en sentido amplio, si tratamos de tomar conciencia de aquello que vivimos, es esencialmente una atracción hacia algo percibido como bueno. Dejemos de lado, por ahora, la cuestión acerca de si este bien es real o solo aparente; y la estructura antropológica que funda este dinamismo. Existencialmente, el anhelo del desear no se experimenta nunca, por así decirlo, en estado puro, aséptico, sino que se vive concretamente como componente de una experiencia más global, en confluencia con otros movimientos interiores: por ejemplo, en el amor, en la esperanza, en la necesidad, en la pobreza, en la lejanía, etc. Esto significa que se puede hablar de deseo – en la Biblia, pero también en cualquier otro texto – cuando se habla de amor, de oración, de nostalgia, etc.; en otras palabras, si los términos directos que expresan el anhelo espiritual hacia Dios son muy pocos, aquellos correlativos son muchísimos (técnicamente se dice que para examinar el léxico del deseo de Dios es preciso tener en cuenta también términos que pertenecen a los campos semánticos que están relacionados con él, en los respectivos aspectos comunes, confluentes o diferentes; es decir, en palabras más simples, se puede ver en casi todas las experiencias humanas una componente del deseo).

2) Las imágenes

Otro dato se impone con evidencia: la expresión del percibir, del sentir, del experimentar una emoción o un afecto es sugerida, no sólo en la Biblia sino en todas las literaturas, a través de figuras, de representaciones, de metáforas: más aún, a través de las actitudes corpóreas. El sentimiento puede ser evocado, por ejemplo, a través de la elevación del ánimo (a Ti elevo mi alma, Sal 24,1), levantar la mirada (levanto mis ojos a Ti, que habitas en los cielos, Sal 122, 1), alzar las manos (a Ti extiendo mis manos, Sal 142,6), tender hacia un rostro (cuándo vendré y veré el rostro de Dios, Sal 41,3); o bien se puede describir el deseo aludiendo al propio respiro vital, al propio corazón, a los propios riñones (se apocan mi carne y mi corazón, la roca de mi corazón es Dios, Sal 72,26-27). Hablaremos más explícitamente, si Dios quiere, de las imágenes de la sed (mi alma tiene sed de Dios, Sal 41,2; a Ti anhela mi carne, como tierra árida, sin agua, Sal 62,2b, etc.), de la vigilia (oh Dios, tu eres mi Dios, desde la aurora te busco, Sal 62,2a; cf. Is 26,9: mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por Ti), de la peregrinación, del exilio, etc.

Todo esto quiere decir que, en una investigación sobre el deseo, y del deseo de Dios, el examen lexicográfico de los términos directos y de aquellos de los campos semánticos correlativos debería enriquecerse con la profundización de las imágenes plásticas del deseo, además de las expresiones afines traslaticias o metafóricas, y el estudio de los términos corpóreos utilizados como ámbitos u órganos del sentimiento. En consecuencia, un trabajo inmenso, que dejo … a vuestra lectio monástica y a vuestro gusto personal, de los años de formación… y post profesión solemne. Nosotros nos limitaremos a los aspectos más simples y más concretos, relacionados con la historia de Israel y la representación que en ella se nos da, de la visión del hombre.

3) Los textos más significativos

Algunas páginas de la Biblia se prestan, más que otras, a la reflexión sobre el deseo y sobre el deseo de Dios: antes de todo, algunos textos proféticos, o algunos pasajes particulares de los salmos (41-42; 62; etc.) o de la literatura sapiencial (Ct; Qo; Prov; etc.). Sin embargo, quisiera ayudaros a ver cómo el deseo de Dios atraviesa toda la historia sagrada, y esencialmente bajo la parábola del exilio (como nostalgia y tensión hacia el regreso al paraíso perdido, a Jerusalén, al Templo). El acento no recae, en efecto, sobre la dinámica interior del hombre, sobre su tensión hacia Dios, sino sobre el don de Dios que la precede, la suscita y la realiza. Y cuando luego hablemos del Nuevo Testamento, quisiera ver con vosotros cómo el misterio de Jesús se pone en relación con el deseo del hombre, y en qué modo lo supone y responde a él.

Pero son necesarias aún otras dos premisas, para que podamos entendernos.

4) Relación entre el deseo y el mundo emotivo de la persona

Reflexionar sobre el deseo del hombre significa tomar en consideración el sentir de la persona – por tanto, no sólo su inteligencia o su voluntad: sus dimensiones racionales o decisionales – como relevante en la relación con Dios. El sentir, el percibir del hombre (es decir, sus percepciones vitales, no quiero subrayar aquí el aspecto por así decir sentimental de la persona) lo coloca de manera privilegiada en relación existencial con el otro, externo a sí.

La riqueza del mundo emotivo, de modo complementario y quizás más rico que las facultades racionales, media entre el sujeto, el mundo que lo circunda y las realidades del espíritu. Como ha sido escrito: “Las emociones (feelings) dan a la conciencia intencional su masa, su momento, su energía, su fuerza. Sin estas emociones nuestro conocer y nuestro decidir serían débiles como papel. Es a partir de nuestras emociones, de nuestros deseos y de nuestros temores, de nuestra esperanza y de nuestra desesperación, de nuestras alegrías y de nuestros dolores, de nuestro entusiasmo y de nuestra indignación… que nuestra orientación dentro de un mundo mediado por el significado deriva su peso y su dinamismo.” Esta mediación específica del sentir humano asume una importancia particular en la dimensión religiosa, justamente por sus valencias meta-racionales, meta-físicas: la percepción o disposición intuitivo/instintiva son frecuentemente más agudas y penetrantes que la inteligencia racional (cf. la diversa capacidad intuitivo / cognoscitiva de las mujeres y de los hombres), aunque deban ser regidas / corregidas / integradas por las facultades intelectivas y espirituales.

¿Pero el deseo – y el deseo de Dios – se puede definir un sentimiento, o una emoción específica en el complejo vibrar del sentir humano? Diremos más bien que se trata de una dinámica constitutiva de la persona en su ser de relación, como carente deaspirante a.

Aquí nos puede ser aún de ayuda la concepción unitaria que la Biblia tiene del hombre. Dice San Pablo en la 1 Tes 5,23: El Dios de la paz os santifique plenamente, y que todo lo que es vuestro, espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha para la Venida de nuestro Señor Jesucristo.

La persona humana es una unidad viviente que, en la relación con el otro /el Otro de sí, se asoma a tres horizontes: el primero es el del espíritu, es decir, la disposición a trascender a sí mismo para vivir de Dios / para Dios /en Dios (en el Espíritu Santo: en términos técnicos, en la elección de ideales autotrascendentes teocéntricos). En el segundo horizonte, la persona se asoma a la relación social: es el mundo complejo de la vida interpersonal cotidiana, donde la libertad enfrenta continuamente el desafió de elegir el bien real no en función de sí, sino en la construcción del cuerpo social, eligiendo valores humanos auténticos, por su misma validez. Y hay un tercer horizonte, relativo a aquellas áreas de la persona donde está más fácilmente tentada de salvaguardarse o protegerse a sí misma.

El deseo atraviesa estas tres dimensiones como una fuerza existencial, holística, que mueve, o que atrae, hacia el bien: el punto de discernimiento, a nivel moral, consistirá en distinguir entre el bien real (bien en sí) y el bien aparente (bien para mí).

5) La imagen de Dios, fundamento del deseo

El sujeto humano, la persona, dice Santo Tomás, está estructuralmente orientada hacia el bien. Bonum est quod omnia appetunt. Aquello que es bueno para el hombre, como para cualquier otra criatura, le conviene (conveniens), le es de algún modo connatural (IIIª, q. 1, a. 1c: Unicuique rei conveniens est illud quod competit sibi secundum rationem propriae naturae). Inversamente, aquello que es malo, atrae en otra parte, lo arrebata lejos de su verdad estructural.

Fundamentalmente, es necesaria una cierta semejanza original (similitudo), para que algo pueda ser percibido como un bien, de modo que la dinámica del deseo pueda ser suscitada y atraída por el objeto (I-IIae, q. 27, a. 3 c: Similitudo, proprie loquendo, est causa amoris).

El bien sumo para el hombre, en cuanto criatura intelectual, el objeto al cual tiende su deseo natural es el conocimiento de Dios. El impulso del deseo lo conduce hasta el umbral del don gratuito de la visión beatífica (intelligere Deum est finis omnis intellectualis substantiae; Summa contra gentiles, III, 25). A nivel filosófico, la concepción del hombre – sobre todo en su inteligencia y espiritualidad – como imagen de Dios es, en consecuencia, para Santo Tomás el fundamento del deseo natural de ver a Dios. La semejanza no es solamente el signo, en el ser creado, de la causa primera (agens agit simile sibi), sino que implica, en el orden del obrar, una tendencia a la plena asimilación.

En sus elecciones concretas, la persona es más atraída por aquello que toca sus dimensiones emotivas más que aquellas intelectivas (I-IIae, q. 22, a. 2 c: magis autem trahitur anima ad rem per vim appetitivam quam per vim apprehensivam), ya que la emoción sella, como decíamos más arriba, una interacción existencial con la realidad, mientras que el conocimiento se limita a una interacción intencional.

El deseo – dice Santo Tomás, y nosotros lo veremos a partir de los textos de la Escritura – nace en el corazón del hombre porque de algún modo él ya ha recibido el don del amor de Dios, que lo atrae a una plenitud siempre más grande (I-IIae, q. 25, a. 2 c: amor praecedit desiderium; Summa contra gentiles, IV, 54: desiderium autem fruitionis alicuius rei ex amore illius rei causatur). En la raíz del amor se halla un don, y por tanto la acogida del Otro: de esto nace el movimiento de la búsqueda activa del deseo (I-IIae, q. 26, a. 2 c: appetibile movet appetitum, faciens se quodammodo in eius intentione; et appetitus tendit in appetibile realiter consequendum (…) Ex hac complacentia sequitur motus in appetibile, qui est desiderium).

Se da por ende una precedencia ontológica del amor (es decir, del don de Dios) sobre el deseo, y sobre toda acción en general: la unión afectiva es presupuesta por el movimiento mismo del deseo (I-IIae, q. 25, a. 2 ad 2: amor unionem [affectivam] importat. Quae quidam unio praecedit motum desiderii), el cual, en cuanto tal, tiende a alcanzar la plenitud de la comunión real con el amado (I-IIae, q, 25, a. 2 ad 2: unio realis… pertinet ad gaudium vel delectationem, quae sequitur desiderium).

Si por tanto el don inicial precede y funda el surgir del deseo, la imagen del movimiento hacia la plena comunión es intrínseca a su dinámica. En la experiencia de la lejanía o de la ausencia del bien amado, el deseo emerge a la conciencia como tensión hacia la plenitud. El límite, la carencia, el ser incompleto constituyen no su negación sino aquello que alimenta su impulso.


El deseo y la experiencia histórica de Israel

Dt 4,27-31: El Señor os dispersará entre los pueblos y no quedaréis más que unos pocos, en medio de las naciones adonde el Señor os lleve. Allí serviréis a dioses hechos por manos de hombre, de madera y piedra, que ni ven ni oyen, ni comen ni huelen. Desde allí buscarás al Señor tu Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. Cuando estés angustiado y te alcancen todas estas palabras, al fin de los tiempos, te volverás al Señor tu Dios y escucharás su voz; porque el Señor tu Dios es un Dios misericordioso: no te abandonará ni te destruirá, y no se olvidará de la alianza que con juramento concluyó con tus padres.

El Antiguo Testamento – en sus dos primeras partes, según la tradición hebrea: Torah y Profetas – ha sido compuesto en la unidad que constituye ahora, simplificando mucho, en tardía época post-exílica (después de Esdras y Nehemías, aproximadamente). Las antiguas tradiciones religiosas – no nos adentramos ahora en un discurso de carácter, por así decirlo, arqueológico: todos sabéis que existían varias colecciones de tradiciones patriarcales, cultuales, poéticas, legales, tribales, etc. – han sido redactadas en una obra unitaria cuando todas las vicisitudes históricas de Israel, en sus elementos fundantes, se habían cumplido (caída de los dos reinos, destrucción de Jerusalén, pérdida de todas las mediaciones históricas de la alianza, deportación, exilio y retorno a la patria).

Al inicio de la historia sagrada del pueblo de Dios han sido colocados, como un prefacio – por los autores de la escuela sacerdotal – los así llamados relatos de origen (Gn 1–11): narraciones de carácter histórico-simbólico que contienen el fundamento teológico esencial sobre el cual se apoya todo el acontecer histórico sucesivo.

Visitando nuevamente las memorias del pasado – que todas las generaciones deben volver a recorrer, a la búsqueda de una luz que ilumine el futuro – Israel ve, en el origen de cada cosa, como significado y fundamento, el gesto de Dios, que con su Palabra, crea la existencia del hombre, en el vértice de la creación, para un destino de bien (Gn 1,1-–2,25). Pero con el misterioso evento de la primera desobediencia (Gn 3), el mal hace irrupción en el mundo con su fuerza expansiva y destructora (Gn 4; cf. vv. 23-24); el hombre, en consecuencia, es expulsado del jardín del Edén, el ámbito vital originario (Gn 2,8) y la llama de la espada fulgurante de los querubines impedirá desde ahora en adelante el acceso al árbol de la vida (3,24).

La experiencia del exilio (del jardín del Edén – del Templo, lugar de la comunión con Dios – de Jerusalén y de todas las mediaciones de la alianza) es colocada desde el inicio de la Escritura como intrínseca a la existencia del hombre, del creyente. El hombre bíblico es esencialmente un exiliado. Es aquí donde, de modo muy simple y concreto, se escribe esencialmente, según la Biblia, la tensión del deseo (anhelo hacia el cumplimiento del destino originario de bien, la comunión con Dios, volviendo a la tierra prometida). El don de Dios se halla por tanto en el origen del hombre, precede a todo su consciente estar tendido en el deseo, en todo el camino que recorre en su historia. Es Dios quien dona gratuitamente la creación, la elección, la promesa, la alianza, etc., y por ende despierta, suscita, guía y pedagógicamente forma toda la parábola del desear del pueblo y del individuo.

El deseo, según esta estructuración de fondo, se concreta en la búsqueda, en el volverse, en el tornar a Dios en la experiencia de la carencia del bien perdido (Lc 15, el Hijo Pródigo; Sal 78,34-35: Cuando los hacía perecer, le buscaban, se convertían, se volvían a él, y recordaban que Dios era su roca, su redentor, el Dios Altísimo). Es, por tanto, una dinámica intrínseca al vivir y que emerge a la conciencia en conexión con la prueba, es decir, cuando se percibe la ausencia de plenitud, su propia indigencia y contradicción (cf. Dante Alighieri, Purgatorio XXIII, 81: il buon dolor ch’a Dio ne rimarita).

Busquemos ahora de ver, a través de alguna veloz instantánea sobre unos textos de los libros históricos, cómo la Biblia describe existencialmente al hombre como ser de deseo, en sus manifestaciones más simples y vitales.

1. La creación de la mujer: el deseo del amor humano.

Gn 2,18-24 presenta con una narración simbólica el misterio del amor del hombre y de la mujer. Notemos que es Dios mismo que afirma: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda similar (v. 18). Por tanto, no es el hombre quien ante todo experimenta su soledad existencial y por eso desea el cumplimiento de su ser mediante la comunión con el otro / con la otra, sino que es Dios quien, en vista del bien, le concede una ayuda que le es similar, como un alter ego, (literalmente: que le está de frente), que colma su carencia de plenitud: es Dios mismo quien para él crea la mujer, y la conduce a él, como plenitud de bien.

La descripción de la mujer tomada de la costilla del hombre representa, como don de Dios, la imagen de una unidad originaria, que funda la atracción recíproca y se consuma en la experiencia matrimonial. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (v. 24). El texto no se extiende en la descripción del deseo amoroso: en síntesis, pone la comunión esponsal como imagen originaria de una plenitud de bien para el hombre.

2. La dinámica de la tentación:

el deseo que se distorsiona en la concupiscencia (tomar para sí un bien prohibido).

En Gn 3 la mujer, aquella ayuda similar a él, que le está en frente y habría tenido que constituir para el hombre la plenitud de un destino de bien, lo induce a la tentación. Más allá de los innegables matices misóginos del texto, o de la reconstrucción histórica – inalcanzable – del evento, destaquemos el alto interés que suscita aquí la descripción de la tentación, como distorsión del deseo.

El texto bíblico describe con gran fineza la dinámica, incluso psicológica, de la tentación. La voz (imaginaria) de la serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho (Gn 3,1), representa una tendencia insidiosa y potente que surge en el hombre, que lo coloca frente a la necesidad de una elección. Ante todo, distorsiona totalmente el mandamiento (no debéis comer de ningún árbol del jardín: Gn 3,1), y luego contradice su sentido, proyectando sobre Dios una voluntad perversa (de ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios: Gn 3,5).

De la percepción sensorial, visiva, externa, nace la atracción y luego la acción: la mujer vio que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría (Gn 3,6). Desde aquí, debemos decir que la percepción, en sí, no es moralmente negativa: el punto focal, neurálgico, se halla en la valoración, el discernimiento y la decisión de la libertad. No obstante, el texto sagrado sugiere que la mirada concupiscible y ansiosa es ya un preludio a la elección de tomar y de comer, de apropiarse del bien prohibido: la mujer tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió (Gn 3,6). Aquí no aparece ningún término explícito ni alguna referencia directa al tema del desear: sin embargo, es claro que se describe en concreto la desviación del deseo.

3. La ejemplaridad de Abraham.

La figura de Abraham es paradigmática, en la religiosidad hebraico-cristiana, esencialmente por su fe (Gn 12.15; Ro 4; Ga 3,6-8; etc.) y su obediencia (Gn 22; Heb 11,17-19; etc.). Pero aquí interesa hacer resaltar sintéticamente su importancia también para reflexionar con acierto sobre el deseo.

El don de Dios (vocación, elección, promesa, alianza: Gn 12.15.17) precede a todo gesto de Abraham, que responde ejecutando cuanto le había ordenado el Señor (Gn 12,4) y cumpliendo gestos de adoración (erigiendo altares en cada lugar donde el Señor se le aparece o lo conduce: Gn 12,7.8; 13,18; 22,9).

Es la promesa de Dios que suscita, orienta y plasma su deseo: Mi Señor Dios, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos...? (Gn 15,2). Más aún, cuanto Dios le promete excede siempre la medida de su deseo: A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara. Yo la bendeciré, y de ella también te daré un hijo. La bendeciré, y se convertirá en naciones; reyes de pueblos procederán de ella. Abraham cayó rostro en tierra y se echó a reír, diciendo en su interior: ¿A un hombre de cien años va a nacerle un hijo?, ¿y Sara, a sus noventa años, va a dar a luz? » Y dijo Abraham a Dios: « ¡Si al menos Ismael viviera en tu presencia! » Respondió Dios: «Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Isaac. Yo estableceré mi alianza con él, una alianza eterna, de ser el Dios suyo y el de su posteridad. En cuanto a Ismael, también te he escuchado: « He aquí que le bendigo, le hago fecundo y le haré crecer sobremanera. Doce príncipes engendrará, y haré de él un gran pueblo (Gn 17,15-20).

La palabra de Dios vuelve a Abraham exiliado y peregrino sobre la tierra, sostenido por el deseo de que ella se cumpla, en la hora establecida por el Señor. De hecho, él poseerá en la tierra de Canaán solamente el sepulcro de Macpelá (lugar que se abre hacia la tierra prometida definitiva): Yo soy un simple forastero que reside entre vosotros. Dadme una propiedad sepulcral entre vosotros… (Gn 23,4). La Carta a los Hebreos, como sabemos, lee su figura como representación ejemplar de la búsqueda / del deseo del cielo / de Dios, es decir, de la tensión hacia el cumplimiento de la promesa: En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria (Heb 11,13-14).

4. El deseo como movimiento: las migraciones, la búsqueda de pastos y de pozos, las peregrinaciones de las tradiciones patriarcales.

Todo movimiento del hombre está motivado, en su raíz, por un porqué y tiende hacia un fin. Si observamos con atención, en efecto, todo desplazamiento, aún físico, tiene en su origen una causa y se dirige hacia un objetivo. Y viceversa: cuando surge una necesidad, un reclamo o un deseo, el hombre se pone en camino. El deseo mismo es tensión, movimiento desde una percepción de carencia hacia aquello que puede colmarla.

Pensemos, por ejemplo, en el simple ir día a día al pozo, para sacar agua, y la relevancia que asumen en Gn y Ex los encuentros – en perspectiva nupcial – que suceden en estas circunstancias (Gn 24,11-20.62-67; 29,2-14; Ex 2,16-21), pero también los choques entre aquellos que se disputan la propiedad (Gn 21,25-31; 26,15-25). Muy vistosos son los desplazamientos narrados en la historia de los patriarcas, motivados por el alternarse de las estaciones, por la carestía y por la consiguiente necesidad de procurarse el alimento (Gn 12,10; 26,1; 42,5; 43,1; 47,4, mas también 2 Re 8,1; Rut 1,1): como para todos los nómades, el andar errante de los padres de Israel está motivado esencialmente por la búsqueda de pastos para la grey y para el rebaño.

Muy a menudo, la sequía está en el origen de las migraciones de los individuos y de los grupos: las tradiciones del Éxodo retoman varias veces el tema de la búsqueda del agua indispensable para vivir (Ex 15,22; 17,3; Num 20,2; Dt 8,15, etc.); allí donde no basta el desplazamiento físico para encontrar el agua, la murmuración del pueblo y el grito de Moisés hacia Dios señalan el inicio de un movimiento simbólico para apagar la sed.

Las ejemplificaciones precedentes – que se podrían desarrollar ulteriormente – permiten intuir, en el sentido más amplio, cómo cualquier necesidad suscita un dinamismo hacia una meta o un objetivo para alcanzar, en sentido real o tal vez simbólico: el deseo se podrá expresar a veces también sólo en un sentido físico, que delinea idealmente la tensión hacia el cumplimiento (hablamos ya de las posturas o de la gestualidad instintiva de los miembros del cuerpo: alzar los brazos, extender las manos, dirigir el rostro, lanzarse a la carrera, etc.). Análogamente, se puede decir que el grito, la invocación y la súplica pueden considerarse como el inicio de un movimiento, si bien sólo simbólico, de la persona a la búsqueda de la relación con el Tú.

5. La experiencia de Moisés (Ex 33,12-23)

La grandeza de la figura de Moisés, como mediador entre Dios y los hombres, se alza sin igual en el Antiguo Testamento: la autoridad única y excepcional que ejercita frente al pueblo de Israel está estrechamente conectada con la relación del todo privilegiada que vive con Dios (Ex 33,11; Num 12,3.6-8; Dt 34,10; Sir 45,5: mientras que ninguno puede ver a Dios sin morir – Ex 19,21; Lev 16,2; Num 4,20; etc. – el Señor habla a Moisés cara a cara, como un hombre habla a su amigo). A través de la mediación de su servicio profético, el Señor cumple el evento que funda la constitución histórico-religiosa del antiguo pueblo de Israel (Éxodo, Alianza, don de la Ley): él solo entra en la nube, símbolo de la presencia divina, que envuelve la cumbre del Monte Sinaí y allí permanece 40 días y 40 noches (Ex 24,17-18; cf. su ir y venir entre el pueblo y la cima de la montaña – lugar en el que habita Dios – en Ex 19; y el encuentro que el Señor le reserva en la Tienda del Encuentro: Ex 33,9-10).

La oración de Moisés en Ex 33,12-23 debe leerse en referencia a esta representación de la unicidad de la mediación de Moisés entre YHWH y su pueblo. El episodio del becerro de oro (Ex 32, inmediatamente después de la ratificación de la alianza) atestiguaba la radical incapacidad de Israel para ser fiel, la dureza de su cerviz y por tanto la imposibilidad de que el Dios Santo more en medio de él, so pena de su destrucción (Ex 33,3.5; la Tienda del Encuentro es luego desplazada fuera del campamento: Ex 33,7).

¿Cómo es posible, sin embargo, que el pueblo de Dios – constituido como tal por la alianza y por tanto por la pertenencia a Dios – se aleje del Señor (que habita en el Monte Sinaí) y se ponga en camino hacia el desierto, sin Él (Ex 33,12-14)[1]? El punto central del texto consiste en la absoluta imposibilidad de que Israel parta sin ser acompañado y conducido por la presencia misma de Dios (cf. Ex 33,2; como antes 23,20ss.; Jue 2,1).

En este contexto, Moisés explicita su deseo de ver la gloria de Dios, es decir, de introducirse al máximo en el encuentro con Él, la plena visión (osaremos afirmar que, a través de su experiencia, alcanza el vértice de la presencia de Dios que, en medio de su pueblo, lo acompañará hacia la tierra prometida, Ex 34,9). Sabemos cómo su oración será escuchada (33,19-23; 34,5): Dios no puede ser visto, como diríamos nosotros, en su esencia (33,20), pero se puede tener experiencia de Él en las huellas que deja en la historia el paso de su bondad y la efusión de su misericordia, en estrecha relación con la revelación de su Nombre (Ex 33,19.23; 34,6-7).

Esta expresión culminante del deseo, repetimos, es colocada aquí en referencia a Moisés, entre la ruptura y la renovación de la alianza, no primariamente como tensión del ánimo humano, sino en el centro de la obra que Dios realiza gratuitamente, por su misericordia, a favor de su pueblo.

6. Las cuatro fases de la historia de los Jueces

En el libro de los Jueces, la historia de Israel es, por así decirlo, esquematizada en cuatro etapas fundamentales, que por ser tan sintéticas, resultan muy significativas. En sentido propio, el autor deuteronomista al cual se atribuye la redacción final del texto, describe estas cuatro fases como características de la época anterior a la monarquía, pero, si se considera su teología y la finalidad de su escrito, él las delinea para una admonición y una enseñanza destinada principalmente a los lectores de la época que inmediatamente precede y sigue al exilio de Babilonia.

a) El primer momento es descrito como alejamiento de Dios y caída en la idolatría (pecado: Los israelitas hicieron lo que desagradaba al Señor. Se olvidaron del Señor su Dios y sirvieron a los Baales y a las Aserás, Jue 3,7; cf. 2,11-13.19; 4,1; 6,1; 10,6; etc.).

b) En el segundo momento se narra la consecuencia inevitable del mal realizado (castigo: Se encendió la ira del Señor contra Israel y los dejó a merced de Kusán Riseatáyim, rey de Edom, y los israelitas sirvieron a Kusán Riseatáyim durante ocho años, Jue 3,8; cf. 2,14-15; 3,12-14; 6,2-5; 10,7-9; etc.).

c) En la situación de opresión e indigencia, Israel grita a Dios: es este tercer momento de la dinámica que quisiéramos subrayar, ya que representa en su concreción histórica una representación del deseo, bajo la figura del grito (los israelitas gritaron al Señor, Jue 3,9; cf. 3,15; 4,3; 6,6b; 10,10-16).

d) Entonces el Señor interviene, cuarto momento, suscitando con su Espíritu un libertador, que obra la salvación (El Señor suscitó a los israelitas un libertador que los salvó: Otniel, hijo de Quenaz y hermano menor de Caleb. El espíritu del Señor vino sobre él, fue juez de Israel y salió a la guerra. El Señor puso en sus manos a Kusán Riseatáyim, rey de Edom y triunfó sobre Kusán Riseatáyim. El país quedó tranquilo cuarenta años, Jue 3,9-11; cf. 2,18; 3,15; 6,14; 10,16; etc.).

¿En qué sentido este esquema de relectura histórica de la historia de Israel resulta pertinente para una reflexión sobre el deseo? Porque existe una estrecha conexión entre aflicción / grito – prueba / deseo. El texto bíblico no se pone a distinguir con una precisión meticulosa la diferencia entre necesidad / deseo, la búsqueda motivada por una necesidad por sí mismos, y el impulso, por así decir, místico, gratuito, suscitado por el amor desinteresado por el Otro. La relación con el Dios Viviente es fuente de vida para el hombre (como individuo y como clan, pueblo, comunidad de fe), que en la relación con Él se halla siempre envuelto en su totalidad existencial, que aspira al pleno cumplimiento de la promesa que lo constituye.

7. La estructura del grito

La misma estructura de fondo organiza muchos textos, más breves, que atestiguan de modo sintético la sucesión grito – escucha – intervención salvífica. Se trata de una suerte de esquema literario que pone en relación directa la invocación y el grito de Israel con la acción salvadora, a veces identificada únicamente con el verbo escuchar (que de hecho significa acceder al ruego).

Citamos sólo algunos textos, como ejemplo, tomados esta vez no solamente de los libros históricos sino también de los profetas o de los salmos: Ex 2,23-25; 3,7-8; Num 20,15-16; Dt 26,6-9; 1 Sam 7,8-9; 12,8-11; Is 19,20; Sal 107, 6.13.19.28; Ne 9,9.28.29-31; cf. 1 Cro 18,31; etc.

En otros textos, la misma dinámica tiene como sujeto – más genéricamente – a un profeta (Abd 1,2), a un pobre (Sal 22,25; 34,7.18; 72,12-13; Job 29,12; 34,28) o a un orante (Sal 18,4.7; 34,16; etc.): el grito es una de las formas fundamentales con las que la Biblia se dirige a Dios en situaciones de necesidad; es la forma más simple y radical de la oración, una de las manifestaciones más concretas y radicales del deseo.

El interés de estos ejemplos es que atestiguan de que ningún grito (expresado verbalmente o no) que el corazón humano eleva a Dios cae en el vacío; ningún deseo o movimiento interior es vano, inútil, sin sentido. El hecho de que Dios no concede lo que pide la oración – del que hablan tal vez los profetas – suscita otra problemática. Fundamentalmente, la frecuencia de esta sucesión estilística formula concretamente y explícita la relación hombre-Dios, la cual, en cuanto tal, se da entre un sujeto en situación de indigencia, carencia y necesidad, y Aquel que lo puede colmar. Dios es, por definición, come vamos a ver más adelante, Aquel que sacia (Sal 16,11; 17,15; 22,27; 37,19; 63,6; 65,5; 78,25; 90,14; 104,13.16.28; etc.).

Los Profetas

Mientras que en la tradición hebrea el Pentateuco, la Torah, constituye el fundamento de los libros sagrados y recoge los libros más importantes de la Escritura, no se puede decir lo mismo en la tradición cristiana, donde los libros proféticos asumen una importancia más relevante respecto a la autoridad que revisten en la concepción judía. Los profetas constituyen, por así decir, la conciencia del pueblo de Dios: el Señor pone su palabra en la boca de ellos (Jer 1,9; 5,14 y también Is 1,20; 40,5; 51,16; 58,14; 59,21; Ez 3,17; 33,7; Miq 4,4; cf. Ex 4,12.15; Num 22,38; 23,5.12.16; Dt 18,18; 2 Sam 14,3; 1 Re 17,24; 2 Cro 36,21.22; Esd 1,1; etc.), y del mismo modo en que lo íntimo de la conciencia – cf. GS 16 – es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde resuena la voz de Dios, ellos tienen la misión de denunciar el pecado y de pronunciar de parte de Dios la invitación a la conversión. Si de Dios viene la muerte y la vida – cf. 1 Sam 2,6; Dt 32,39 – la palabra profética también, la palabra de Dios en los labios de los profetas, es una palabra que vivifica, a condición de que se asuma su aspecto de condena y se acepten sus exigencias de rectitud, de auténtica conversión y de integridad moral.

Una vez más, no encontramos un discurso explícito y orgánico sobre el deseo en el corpus profético de la Escritura: pero las dimensiones del desear humano que se pueden poner en evidencia en él están, incluso en estos libros, intrínsecamente conectadas al don de Dios que precede al hombre y a la realidad existencial en la cual toma cuerpo el acontecer histórico del pueblo de Israel. Y están relacionadas esencialmente con la experiencia de la prueba: en efecto, la saciedad es lamentablemente, por nuestra debilidad creatural, ocasión de embotamiento (Dt 32,13-18), mientras que la invocación y el deseo de Dios surgen imperiosamente en el día de la aflicción (cf. Jer 16,19; Nah 1,7; Sal 49,15; 58,17; 76,3; 85,7; 101,3).

Será necesario limitarse nuevamente a indicar algunas imágenes o representaciones más significativas, sin pretender una exposición completa y exhaustiva. Por ejemplo, no hablaremos – como se debería y se podría hacer – de la expectativa mesiánica que atraviesa no sólo toda la Biblia, sino en particular los libros proféticos: en ella el deseo se concreta como expectativa e invocación del Mediador de la salvación temporal y escatológica (cf. Mal 3,1; etc.); ni tampoco hablaremos de la invocación del día del Señor (Am 5,18; etc.), para la intervención salvífica de Dios en medio de los acontecimientos históricos de Israel, siempre tan complejos. Serán aquí tomadas en consideración sólo algunas metáforas o locuciones más transparentes o cercanas a nuestra experiencia, que podrán servir como método de lectura y clave de acercamiento para una profundización de la búsqueda personal.

1. La imagen de la sed

Ya hemos visto cómo cualquier necesidad, de orden físico o espiritual, suscita un dinamismo (corporal o interior) que instaura una tensión (real o simbólica) hacia una meta por alcanzar. Hemos hecho también alusión, por ejemplo, a la mirada, a las manos alzadas, al volverse de la persona, etc.: la búsqueda del bien deseado (al que de algún modo simboliza la vida) abre hacia el otro / Otro, distinto de sí. En particular, ya se ha dicho que el texto sagrado frecuentemente narra cómo cuando se sufre la sed o se experimenta una urgencia particular, uno se mueve hacia el lugar del agua o donde puede saciarse la propia necesidad: esto en general se entiende en sentido real (una surgente, un pozo, pastos, o cosas similares); pero si no se los encuentra, el movimiento se dirige directamente hacia Dios que hace brotar el agua y provee a cada criatura.

Frecuentemente la Biblia presenta el envío de calamidades naturales o de situaciones de emergencia – la guerra, la carestía, etc., sobre todo la sequedad – como ocasión para que el pueblo de Dios se vuelva hacia Aquel que funda y posibilita la existencia misma de Israel: la calamidad es un castigo que llama nuevamente al pueblo de Israel a asumir el movimiento de conversión (Am 4,6-12; 1 Re 8,35-38 = 2 Cro 6,26-27).

En el texto bíblico, como en todas la literaturas, la sed, al igual que el hambre, es ante todo un estímulo primario, particularmente imperioso en situaciones extenuantes como la fatiga del trabajo o el combate de la guerra; el ámbito más frecuente de las utilizaciones sea en sentido propio, sea en sentido traslaticio, es el del desierto (Dt 8,15; 2 Sam 17,29), donde la tierra es árida (Os 2,5; Sal 63,2), abrasada, como extremada por la sequedad (Sal 63,2; 143,6), y por tanto insaciable (Prov 30,16). En el desierto, el hombre está expuesto a la amenaza de la muerte, si le es imposible encontrar aquello que es indispensable para sobrevivir: se destaca más, entonces, cómo la deshidratación puede conducirlo al fin.

La sed evoca, por una asociación inmediata, el espectro de la muerte (Ex 17,3; Jue 15,18; 2 Cro 32,11; cf. también Sal 22,16; 69,4).

Estaba muy difundida entre los antiguos, sea en el antiguo Medio Oriente, sea en las culturas grecorromanas, la representación del sufrimiento de la muerte justamente a través del tormento de la sed; también para los hebreos, el Sheol es un lugar insaciable (Ab 2,5b) donde la sed es perpetua. Los ritos de libación tenían como finalidad la pacificación de este tormento, simbolizando la disolución total de los difuntos en las aguas primordiales y regeneradoras.

La utilización metafórica de la imagen de la sed – como figura del deseo – se basa en la necesidad del agua para la supervivencia de cualquier viviente. A nivel fisiológico, dado que el cuerpo humano está constituido por alrededor de un 70 % de agua, el estímulo de la sed es más acuciante, persistente y desgastante que el del hambre: los efectos de la deshidratación son por otra parte más graves y rápidamente mortales respecto a los provocados por la desnutrición. Esta verdad de carácter fisiológico subyace probablemente en el uso traslaticio de la metáfora de la sed, vuelta corriente en cualquier lengua. A nivel simbólico, aquí nos interesa subrayar el desarrollo de la imagen, sobre todo en el sentido del anhelo hacia la vida que se recibe en la relación con el Otro.

Concepciones antropológicas ampliamente difundidas (cf. los estudios de M. Eliade) colegan el agua y las fuentes con las simbologías del amor humano, principio de toda fecundidad; más en particular, existe una conexión simbólica profunda entre la sed y el deseo amoroso sublimado a nivel espiritual: cf. los textos donde la esposa es llamada fuente sellada, pozo de agua viva (Ct 4,12.15; cf. Prov 5,15-19). Estas imágenes simbolizan la relación de amor del hombre y la mujer; pero, más profundamente, aluden a la relación en cuanto tal y a la relación con el Otro como principio de vida.

Por el mismo motivo, en la evocación del deseo son utilizados metafóricamente también los términos referidos a otros anhelos primarios para la subsistencia, como el hambre. En la palabra profética de Amós 8,11-12, el hambre y la sed que Dios mandará tienen como objeto la Palabra de YHWH, verdadero principio de la subsistencia de su pueblo. De este modo queda en evidencia que el principio vital que permite a Israel – al hombre, a la creación entera, cf. Gen 1 – subsistir, es la Palabra. La representación de que el hombre vive de aquello que sale de la boca de Dios y no sólo de pan es característica de la predicación deuteronomista (Dt 8,3; en el mismo sentido, Dt 30,15-16; 32,47, y otros textos): por eso los exegetas datan también este texto de Amós en una época tardía, y lo atribuyen a la redacción post-exílica. En el contexto de un oráculo de condena, el ir vagando por los cuatro puntos cardinales sin poder encontrar la palabra vivificadora, esto es, el principio vital insustituible para la propia existencia, señala el fin de la existencia de Israel, el cual, en cuanto pueblo de Dios, subsiste como tal por el don de su Palabra.

2. La sed de los exiliados

En toda una serie de textos proféticos, el retorno al desierto o la condena a morir de sed, aparece como castigo del pecado. Existe una estrecha relación simbólica entre la aridez, la sed y la idolatría (el tema ya se anuncia en Dt 28,23.47-48; pero véase también Is 1,28-30; Jer 2,25; 14,2-7; Ez 6,13-14; 33,29; Os 9,16; 13,15; Am 4,4-8; 8,11.13; y además Is 24,4; 44,12; 64,5; 65,13; Jer 3,2-5; 7,17-20.30-34; 17,5-8; Zac 14,17). El alejamiento del Dios Viviente, la no observancia de la ley, conduce a la esterilidad y a la aridez (Is 6,6.13; Jer 4,26; 5,25; 9,9; 12,4; 23,10; Ez 4,16-17; 19,10-14a; Ag 1,10-11; Mal 1,3; Lam 4,4.8). Más en particular, la sed o la sequedad son un castigo que asume la forma de pena del contrapaso cuando son infligidas a quien comete el pecado de idolatría con Baal, Dios de la lluvia (1 Re 18,18, en relación a 17,1 y 18,1; Os 2,5.14).

En los libros proféticos morir de sed es el castigo al cual el juicio de Dios condena a los impíos (Am 8,11.13; Is 65,13-14). Objeto de tal punición pueden ser, sucesivamente, Israel y sus jefes (Is 5,13; 64,9; Jer 22,6; Os 2,5; Ez 19,13), y también Nínive, Babilonia, o, más en general, a través del uso de fórmulas estereotipadas, el enemigo que viene del Norte (Jer 50,12; 51,43; Jl 2,20; Sof 2,13; cf. también Mal 1,3).

Asimismo, el exilio, por el mismo motivo, es representado como un desierto (Ez 20,35), el lugar donde el pueblo está condenado a sufrir el ardor de la sed (Dt 28,48); los sedientos son los exiliados. El abandono de Dios, fuente de agua viva (Jer 2,13), ha conllevado como pena del contrapaso la servidumbre de la idolatría (Dt 4,28; 28,36.64) y el sufrimiento de la sed, como anhelo inextinguible que induce a retornar al Dios Viviente. En Is 55,1 la metáfora de la sed se articula con la de la ausencia de medios de subsistencia – cf. el paralelismo de miembros – y se desarrolla con los términos técnicos que aluden a los bienes donados por Dios, en la recuperación de la alianza.

El carácter dramático de la sed en el desierto, por el contrario, representa en toda una serie de textos la condición de la cual Dios salva (Is 41,17; Sal 107,4-5; etc.). En la historia de Israel, el ardor de la sed en el desierto se torna una ocasión privilegiada para experimentar la intervención milagrosa de YHWH que transforma en ámbito de vida la región de la muerte (cf. sobre todo las tradiciones del primer Éxodo, recogidas en textos como Ex 17,3-6; Sal 78,15-16.20a; 105,41; Ne 9,15; etc., retomadas en las del segundo Éxodo: Is 48,21; 49,10; etc.). La imagen es nuevamente usada en los oráculos de consolación y en los salmos, como paradigma de la intervención salvífica de Dios: el lugar de la muerte es cambiado por el Señor – por Su Presencia o por el evento de la reconciliación – en un jardín con manantiales de agua y espléndida vegetación (Is 41,18-19; Sal 107,33-35; Is 35,1.6-7; etc.).

3. Preeminencia del Templo en el exilio y en el post-exilio

Estrechamente vinculada a la representación de los exiliados como sedientos, que languidecen en el desierto de las naciones, es la imagen del agua viva que mana del Santuario. Las surgentes vivificadoras del Dios vivo, dador de vida, manan – diríamos nosotros, sacramentalmente – del lugar donde Él ha establecido su Presencia; en efecto, es desde el Templo que brota la fuente de la vida.

En las representaciones míticas del antiguo Medio Oriente la morada de los dioses era frecuentemente colocada en la fuente de las aguas primordiales, en relación con la concepción del agua como principio vital. Según diversos testimonios de la literatura ugarítica, por ejemplo, El está sentado en la surgente de dos ríos, entre las fuentes de los dos abismos que brotan del corazón de la tierra. En la Biblia, la fuente del Templo – y probablemente también el mar de bronce (1 Re 7,23-26) – atestiguarían, según algunos autores, la transposición sobre Jerusalén de la misma concepción de la mitología sirio-cananea (cf. también Sal 46,5). Algunas resonancias del mismo tema se pueden percibir sea en la descripción del jardín del Edén (del cual nace el río que riega todo el paraíso y se subdivide en los cursos de agua que atraviesan el mundo entonces conocido, Gen 2,10-14), sea en las tradiciones relativas al monte Sión, que confluyen en la representación idealizada de Jerusalén y de su Templo. La morada de Dios en el Santuario de Jerusalén es el centro del universo – Ez 38,12 – donde todas las gentes han nacido y donde todas confluyen (Sal 87,7).

La fuente de Gih³on, por ejemplo, cuyas aguas habían sido recogidas en la piscina de Siloé y tenían gran importancia para el aprovisionamiento del agua en Jerusalén en tiempo de asedio, no carecía de referencias simbólicas con el curso homónimo del paraíso (Gen 2,13; cf. 2 Re 20,20; 2 Cro 32,30; recordemos el texto sugestivo de Is 8,6.7: Porque ha rehusado ese pueblo las aguas de Siloé que van de vagar…he aquí que el Señor hace subir contra ellos las aguas del Río embravecidas y copiosas. Desbordará por todos sus cauces, (el rey de Asur y todo su esplendor) invadirá todas sus riberas; Ne 3,15). En perspectiva escatológica, al final del exilio y después del exilio las mismas tradiciones ocurren nuevamente en los textos proféticos que anuncian la fuente del agua viva que manará en aquel día de Jerusalén (Zac 14,8), de la casa de Dios (Jl 4,18) y del altar (Ez 47,1).

Esta simbología, tan significativa a nivel teológico, asume toda la relevancia en algunos textos proféticos datados en la época exílica y post-exílica – por ejemplo: Is 41,17-18 y 55,1-3 – del mismo modo que, en el mismo período histórico, emerge una relación significativa entre el exilio y el Templo. Los sedientos a los que se dirige el profeta son los deportados a Babilonia, o más en general los hebreos de la diáspora, y las aguas prometidas gratuitamente a ellos son imágenes de la salvación en la reconciliación con Dios que representa el retorno a la patria; asimismo, se retoma la relación simbólica entre agua y palabra en Is 55,10-11.

La imagen de Sión se destaca justamente en este momento histórico con un particular relieve (cf. Is 35,10 y 51,11; Jer 31,6; 31,12; Ez 20,35-37.40; Sal 126,1): la representación del retorno a la patria, simbólicamente paralela a la travesía del desierto del primer Éxodo (Ex 15,17), culmina en el Monte Sión. El tema puede ser modulado también en la imagen inversa, el retorno de Dios a Sión (cf. Is 40,9-11; 52,8; Ez 43,1-5) o en la salvación que viene de Sión en relación con el exilio (Sal 14,7 y 53,7).

Para ilustrar el cumplimiento de las aspiraciones de los exiliados que el llegar a Sión realiza idealmente, se encuentran en el texto varios términos pertenecientes al campo semántico de la alegría como antónimos del sufrimiento de la deportación; o bien la repatriación es descripta con las metáforas de la recuperación de la vida, de la saciedad o de la exuberancia similar a las del jardín primordial (cf. Jer 31,12.14).

Así como la deportación a tierra extranjera significaba ser conducidos lejos de Dios en un ámbito de servidumbre, de humillación y de desierto espiritual (Os 2,16; cf. Ez 20,35), al lugar de la idolatría (Dt 4,28; 28,36.64; 29,16); el retorno a Sión representa, en un movimiento inverso, ser readmitidos a la visión de su rostro y por tanto la reconciliación con el Señor: se restablece, física y geográficamente, la comunión con Él en el lugar donde habita. El Monte Santo sobre el cual se levanta el Templo, en el corazón de Jerusalén, simboliza la realeza de Dios y todos los bienes que son donados por Él a su pueblo: éste es, para la fe hebrea, el auténtico centro del mundo (Ez 5,5; 38,12). La nostalgia de la patria y de los propios orígenes familiares y nacionales es sublimada en dimensión religiosa, para concentrarse únicamente en la morada de Dios, de la cual brota simbólicamente, a través del don de todo bien material y espiritual (Jer 31,12.14; cf. Sal 65,5), la plenitud de la vida.

Es en esta perspectiva que deben ser leídos también los textos tardíos de Is 2,2-5 y Miq 4,1-3 (cf. Zac 8,21.22): la relevancia moral del Monte Sión – que se eleva sobre las más excelsas alturas de la tierra – se torna el punto de convergencia de la peregrinación (del deseo encarnado en la historia) de todos los pueblos, unificados en el mismo dinamismo antropológico y religioso, porque desde este Monte Santo, morada del Altísimo sobre la tierra, se irradia la Presencia, la Palabra, la Luz y la Paz.

4. Buscar a Dios

Una perspectiva teológica análoga subyace al tema de la búsqueda de Dios. Buscad al Señor, mientras se deja encontrar, invocadlo, mientras está cercano (Is 55,6). La búsqueda de Dios (cf. RB 53) es el movimiento dinámico que expresa concretamente el deseo de Él. Se busca algo – aún en el sentido banal: un objeto perdido, o alguna otra cosa que no se sabe dónde está – movidos por una necesidad, dirigidos hacia un fin, motivados por un objetivo o una finalidad para alcanzar. Estamos siempre en la dinámica ya puesta en evidencia: carencia – movimiento hacia aquello que la puede colmar.

Para los profetas, buscar a Dios, es decir, estar tendidos en su deseo, significa en general vivir aquello que permite la comunión de alianza, como condición imprescindible para permanecer en la tierra prometida o para que se pueda efectivizar la repatriación: la conversión (Os 3,4-5; Jer 50,4), el temor de Dios (Sof 1,6; 2 Cro 7,14), una humilde fidelidad a la alianza y la rectitud moral (Miq 2,3); en los textos sobre la crítica al culto, significa no disociar la celebración litúrgica de la práctica efectiva de la justicia hacia el prójimo o de la observancia de la ley (Os 5,6; cf. 7,10; Is 58,9).

Una vez más, el contexto más amplio de las citaciones de este tema deja en evidencia cómo el ámbito privilegiado de la búsqueda de Dios es la prueba: la conciencia del pecado, la aridez y la miseria que son consecuencia del alejamiento de Dios (Os 5,15: Voy a volverme a mi lugar, hasta que hayan expiado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán; cf. 2,9); de esta parábola existencial, la deportación en Babilonia constituye la ejemplificación más transparente (cf. Dt 4,19; Jer 29,12-14, sobre todo el v. 13: Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón; 50,4; 2 Cro 15,4).

5. Buscad el rostro de Dios

Si examinamos pues con atención el uso de los términos y las fórmulas más recurrentes, el buscar a Dios en ocasiones es enunciado, sin diferencias relevantes de significado, como buscar la justicia (Is 51,1; Sof 2,3), la humildad (Sof 2,3), o bien desear su nombre y su recuerdo (Is 26,8), y también como búsqueda del rostro de Dios, o todo aquello que pertenece al mundo de Dios. El objeto [el nombre de Dios (Sal 83,17), o aquello que media o representa de alguna manera a Dios] puede variar, como modulación de un mismo paradigma, sin que cambie sustancialmente el sentido de la expresión. Buscar a Dios es un modo de ser y de relacionarse con él, más que un poner acciones singulares y puntuales.

Esto se evidencia aún más si se analiza la expresión Aquellos que buscan el (rostro del) Señor, una fórmula que se repite frecuentemente en los Salmos y en los Libros de las Crónicas: se trata de una denominación estereotipada de los creyentes, de aquellos que viven auténticamente la justicia y la fe (Sal 24,7; 40,17; 69,7; 70,5; 105,3; Prov 28,5; 1 Cro 16,10.11; 2 Cro 11,16; 15,15; Esd 8,22); en ciertos casos la misma modalidad expresiva indica simplemente la oración (Sal 27,4; 104,21; 2 Cro 20,4; Esd 7,6; 8,21.23; Ne 2,4; Dan 9,3; cf. Est 4,8). En pocos casos el buscar a Dios indica la consulta a Dios a través del pedido de un oráculo o la palabra de un hombre de Dios (Ex 33,7; 2 Sam 12,16; 2 Sam 21,1; cf. también Lev 19,31).

Y sin embargo, el buscar el rostro de Dios asume a veces un significado más denso. El deseo de Dios se encarna en la búsqueda de su rostro (Sal 42,3). Pero, ¿qué quiere decir en la Biblia buscar el rostro de Dios (Sal 27,8; 105,4)?

El término rostro (pa\ni[m) en hebreo no siempre se usa en sentido propiamente realista y físico: el significado corpóreo (cerca de un quinta parte de las muchas veces que aparece) se dilata frecuentemente hasta indicar la mirada (2 Re 9,32), la intención (2 Cro 32,2), o el volverse de alguno hacia otro. Ver el rostro significa encontrar personalmente a alguien (Gen 46,30; 48,11). Así como esconder el rostro indica la ruptura de la relación (cf. Sal 13,2; 44,25; 2 Cro 30,9; etc.), la reconciliación puede ser expresada por el ser readmitidos a la visión del rostro (Gen 32,21; 33,10; 2 Sam 14,24.28.32). En el lenguaje de corte, ver el rostro [del rey] es ante todo una particular concesión del soberano o de un personaje insigne (Gen 43,3-5; 44,23.26; 2 Sam 3,13; cf. 1 Re 10,24; Prov 29,26; 2 Cro 9,23), y en ciertas fórmulas denota el alto grado de los ministros llamados a prestar servicio en la presencia del rey (2 Re 25,19; Jer 52,25; Est 1,4).

Ver el rostro de Dios es utilizado como terminología cultual en Ex 34,24; Dt 31,11: parece que también la liturgia adopta el lenguaje de corte, para indicar el ir al Templo (cf. Is 1,12; y también 1 Sam 1,22; Ex 23,15b.17; 34,20b.23; Dt 16,16b; Sal 84,8). Es un uso idiomático, atestiguado en otras lenguas semíticas: poder entrar en el Santuario quiere decir ser admitidos a la Presencia de Dios, simbolizada en Israel no ya por la efigie de la divinidad, como en las otras religiones del tiempo, sino por su trono (los querubines colocados sobre el propiciatorio del arca: Ex 25,22; Sal 80,2; 99,1) o el escabel de sus pies (Sal 99,5; 132,7; Lam 2,1; cf. 1 Cro 28,2), aún cuando no sean directamente accesibles a los fieles.

Mas interpretar el buscar el rostro de Dios solo y siempre como deseo de una peregrinación al Templo o de una admisión a la celebración de la liturgia es un poco reductivo y no hace justicia a la densa riqueza de muchos textos. El mismo ir al Templo es un gesto sacramental, dirigido a la experiencia de un encuentro de comunión, interpersonal, con Dios. La imagen del rostro del Señor vuelto hacia el hombre indica el gratuito (misterioso) manifestarse del Dios Trascendente, quien a pesar de su inaccesibilidad, se torna presente y perceptible a la experiencia creyente: se trata de una expresión lingüística de su Presencia, que no intenta negar nada de su trascendencia. Muchas veces la Biblia dice que no se puede ver a Dios sin morir (Ex 3,6; 19,21; 33,20; etc.; ya lo hemos subrayado); no obstante, por otra parte con frecuencia el texto sagrado afirma que tal experiencia sublime, vértice de la existencia, ha sido vivida históricamente por personajes privilegiados de la historia hebrea (Gen 16,13; Ex 24,10; Num 12,8; Jue 13,22; 1 Re 22,19; Is 6,1; Am 9,1; etc.; cf. también los textos que narran el aparecer de Dios: Gen 12,7; 17,1; Ex 3,16; etc.). El acento de estas narraciones bíblicas, sin embargo, no recae sobre la aspiración a experiencias, diríamos nosotros, de carácter místico, sino sobre el don inaudito e inimaginable de Dios, y las condiciones que vuelven posible la auténtica comunión con Él, en la vida de la alianza.

El movimiento de conversión que conduce a una auténtica búsqueda de Dios lleva a la evidencia que, antes de que el hombre se mueva a la búsqueda de Dios, es Dios mismo que busca al hombre. Es el Señor quien, ante todo, busca su oveja perdida (Is 45,19; Ez 34,6.11.16; Sal 119,176; Qo 3,15; cf. Mt 18,11; Lc 15,4.6.24.32; 19,10); para él, buscar quiere decir elegir (1 Sam 13,14; cf. Ez 22,30). El Señor sólo espera el inicio de su movimiento de conversión para revelar su continuo precedernos en el don (Is 65,1.24).


El deseo de Dios en el libro de los Salmos

La representación del deseo en la Biblia puede asumir diversas formas, como ya hemos visto, y es necesario agudizar la inteligencia para penetrar en el léxico, en las figuras y en las afirmaciones o negaciones de los textos para encontrar respuesta a nuestros interrogantes. No se puede pretender ni tampoco ilusionarse con encontrar en la Escritura una exposición directa, lógica y completa del deseo, como en un tratado de antropología: estamos frente a testimonios de fe de un pueblo, transmitidos en distintos géneros literarios, cada uno de los cuales representa una experiencia religiosa según un ángulo característico y singular. Esto es más verdadero aún en el libro de los Salmos: cada página es un texto de oración que refleja la relación de Dios con el hombre / del hombre con Dios, y por tanto en cada uno de ellos emergen diversos matices de la tensión de la criatura hacia su estatura definitiva, la comunión con Dios (en términos de salvación, liberación, o incluso simplemente de percepción, respuesta, escucha, etc.).

También por lo que respecta al libro de los Salmos, nos limitamos a lanzar algunos flashes, a registrar instantáneas, de modo que se pueda suscitar el interés por una profundización personal. No nos detendremos en un solo texto, sino que haremos alusión a algunas de entre las multas perspectivas posibles, ofreciendo sugerencias y pistas a vuestra creatividad.

I. Las multiformes expresiones del deseo

En el Salterio, la relación con Dios se describe no desde el exterior, por así decir – como en las narraciones bíblicas, o en las representaciones esquemáticas que dan de esto las leyes o las rúbricas del culto – sino desde el interior. La oración de los salmos ofrece un corte transversal de la vida vivida, personal y comunitaria, de la alianza, en la que late la densidad de una experiencia existencial en todas sus dimensiones (comprendidas, sobre todo, las emocionales). La actualidad siempre renovada de los salmos encuentra su secreto propiamente en la verdad con la que reflejan sin máscaras ni recato todo el vibrar del alma: angustia, miedo, deseo, nostalgia, amor, etc.

Individuar las características propias del deseo, en este tumulto complejo y circular de sensaciones, reacciones instintivas, llamamiento apasionado y apasionante, no es algo fácil: por ejemplo, ¿qué diferencia, propiamente, al amor del deseo? ¿O al deseo de la esperanza? Los textos entrelazan unos con otros los sentimientos y las disposiciones del alma, en una confluencia que significativamente indica cómo la globalidad de la persona, en su itinerario existencial, está totalmente implicada en la relación con el Tú, y expuesta, revelada y ofrecida en la oración.

Amar a Dios (Sal 18,2; 31,24; 90,17; 116,1; 14,20), o su nombre (Sal 5,12; 69,37; 119,32), la morada de su casa (26,8), su salvación (40,17; 70,5), sus mandamientos, su ley (119,47.48.97.113.119.127. 159.163. 165. 167), su palabra (119,140) – fórmulas en las que la variación del objeto, como ya hemos dicho, no asume particulares variaciones semánticas – indican sobre todo, si intentamos precisar algo del significado de los términos, una plena implicación afectiva en la adhesión a Él, en la que la fe, la obediencia, la elección preferencial incluyen también a la globalidad de la dimensión emotiva.

Esta actitud de fondo, holística y totalizante pero siempre perfectible, nunca plenamente apagada – el amor – instaura, o mejor aún, implica un movimiento dinámico – el deseo – que tiende a la plena comunión con el amado (Dios como cumplimiento del propio ser, o de la propia identidad de criatura; Él es el auténtico partner del hombre).

Tal dinamismo se expresa de varios modos: ya hemos hablado del buscar o de la búsqueda de Dios (Sal 9,11; 14,2; 2,27; 24,6; 34,11; 40,17; 53,3; 69,7.33; 70,5; 105,3.4), de su rostro (Sal 24,6; 27,8; 105,4), de su nombre (83,17) o el querer habitar en su casa (27,4), o buscar y seguir la paz (34,15); nuevamente, el sentido esencial de estas expresiones, a pesar de los diversos matices, es sustancialmente idéntico. La fórmula indica a veces, simplemente, la oración (Sal 34,5), en el día de la angustia (Sal 77,3; 78,34), o bien la elección de vivir en fiel obediencia a la ley (Sal 119,2.10.45.94), anhelando la plenitud de la comunión con Él. La misma actitud puede ser indicada también con una amplia gama de disposiciones interiores o de fórmulas expresivas: por ejemplo, el adherir (a Ti se aferra mi alma, Sal 63,9; me he aferrado a tus mandamientos, Señor, Sal 119,31), o el no tener otro bien (Sal 16,2: ningún otro bien tengo fuera de ti), etc.

Hemos ya tenido ocasión de considerar cómo el léxico del deseo del rostro de Dios evoca ante todo, si bien no exclusivamente, la peregrinación al Templo, donde el Dios Viviente ha colocado su morada, los manantiales de las aguas de la vida. De hecho, en los salmos el deseo de Dios y el deseo del Templo (como lugar simbólico de la comunión con Él: anhelo de poder encontrarlo en el lugar donde Él ha puesto su morada) frecuentemente se sobreponen. Por ejemplo, en el Sal 27, a la referencia explícita al Templo (v. 4: Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor), sigue la confesión igualmente explícita del v. 8 (Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te respondió: Tu rostro, Señor, buscaré). Los ejemplos son muchos: dejo a vosotros constatar el sobreponerse de los temas y de profundizar su significado en los Sal 23; 36; 42-43; 63; 84; etc.

Todo el campo semántico del pedir, del suplicar, del invocar, del gritar, puede ser pertinente para una reflexión sobre el deseo, como en parte ya hemos dicho y visto: la oración de súplica es expresión de anhelo hacia aquello que sólo puede ser concedido como don (Sal 2,8); el deseo es lo que pide el corazón (Sal 20,5.6; 21,3.5; 37,4; 106,15), lo que brama el espíritu (delante de Ti está todo mi deseo, y mi gemido a Ti no está escondido, Sal 38,10). El deseo es subyacente a todo grito, a toda invocación orante (con mi voz grito ayuda al Señor, con mi voz suplico al Señor, 142,1), a todo apelo urgente formulado en imperativo: escúchame, pon el oído, sálvame, líbrame, ven en mi ayuda, defiende mi causa … Los ejemplos podrían multiplicarse, puesto que, como podréis completar vosotros mismos, en vuestra profundización personal, atraviesan todo el salterio.

Entre las muchas imágenes del deseo resultan particularmente expresivas, además de la de la sed, la metáfora de la vigilia en la noche (Sal 63) y del desfallecimiento de la propia consistencia físico-espiritual (Sal 73). En el Sal 63,2 el deseo del alma es evocado en la figura, literalmente, de la alborada: nuevamente, en el v. 7, se retoma el tema de la vigilia nocturna tendida en la espera anhelante de la primera luz crepuscular – larguísima en las regiones bíblicas – preanuncio del surgir del sol. Dios es para el orante el astro luminoso que, disipando las tinieblas, renueva con el elevarse de su luz el milagro del existir, su evento salvífico. La luz es principio de vida, es la primera obra de la creación; pero el alba es también el momento de la administración de la justicia. En una paráfrasis libre, se podría traducir el verbo hebreo con: tendiendo hacia ti yo velo, luz naciente (cf. Is 26,8). La metáfora introduce una conexión intrínseca entre el buscar / desear a Dios, y la espera de la luz del primer albor, retomando las simbologías conectadas con la vigilia en la noche (luz = vida; tiniebla = muerte) orientada hacia la manifestación de Dios, sol vivificante, juez justo. Dios es vida para el hombre, quien sin Él desfallece en la aridez del desierto (v. 2b) como en las tinieblas del caos (v. 10): las dos imágenes son correlativas, puesto que contienen el mismo mensaje.

Aún más frecuente es la imagen del desfallecimiento, como metáfora de la espera, del anhelo del deseo, de la indigencia de las criaturas: aparece, por ejemplo, en el libro de Job (19,27: Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí desfallece mi corazón!) – pero también en otros lugares, donde con frecuencia se dice que los ojos languidecen (por el sufrimiento o por el deseo no satisfecho: cf. Dt 28,32; 1 Sam 2,33; Jer 14,6; Sal 31,11; 69,4: mis ojos se consumen de esperar a mi Dios; Sal 119,82: Languidecen mis ojos en pos de tu promesa diciendo: « ¿Cuándo vas a consolarme? »; cf. v. 123: En pos de tu salvación languidecen mis ojos, tras tu promesa de justicia; Lam 2,11: Se agotan de lágrimas mis ojos, las entrañas me hierven; Sal 84,2). La expresión tiene un valor casi místico en Sal 73,26 (Mi cuerpo y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios, para siempre): Dios es la parte de la herencia, el destino eterno del orante, y la comunión con Él es el sumo bien que relativiza cualquier otro valor en la tierra y en el cielo. La expresión, en el Antiguo Testamento, cuando aún no se ha precisado la fe en la vida eterna, debe ser comprendida en toda su fuerza (cf. Sal 63,4: Tu amor es mejor que la vida, mis labios te alabarán). Un bien que no es abstracto, sino una Presencia que colma radicalmente las aspiraciones de la persona en una plenitud de vida.

Para una percepción adecuada de las expresiones del deseo en los salmos, es necesario tener en cuenta también las connotaciones de afecto, esperanza, invocación y espera que frecuentemente confluyen y se articulan en el anhelo del alma. Si os interesa, podéis también solos ver cómo y en qué medida, en los salmos, el orante habla, en el fondo, de su deseo existencial cuando expone a Dios el propio estado de pobreza, indigencia, sufrimiento, necesidad de salvación, liberación de la opresión del enemigo, etc.

2. Dios es Aquel que sacia

Así pues, se puede hablar del deseo a partir, por así decir, de lo inferior (la indigencia humana), pero se lo puede hacer también considerando el punto de llegada, la promesa o la descripción del cumplimiento. Si el hombre es representado en la Biblia como ser de deseo (nefesh h³ayya\h, Gen 2,7), Dios es en los salmos, como por definición, como ya hemos dicho, Aquel que sacia (Sal 16,11; 17,15; 22,27; 34,11; 37,19; 63,6; 65,5; 78,25; 90,14; 104,13.16.28; etc.). La saciedad ofrecida supone un hambre, una indigencia, una carencia previa; el tema es idéntico, pero la perspectiva con la cual se lo considera es distinta (vista desde Dios / vista desde el hombre); el subrayar el cumplimiento acentúa la dimensión de gratuidad y de don, y respecto al acento puesto en la tensión del anhelo humano – siempre inagotable – resalta la certeza – otra, por el espíritu humano – de la consumación [= plenitud].

Particularmente significativos son los textos que anuncian la comunión plena y definitiva del hombre con Dios, en términos de presencia, visión y unión – escatológica, se podría decir incluso, en una perspectiva cristiana – : Me saciarás de alegría en tu presencia, dulzura sin fin a tu derecha (Sal 16,11); pero yo por la justicia contemplaré tu rostro, al despertarme me saciaré de tu presencia (Sal 17,15: cf. la contraposición con el v. 14: ¡De tus reservas llénales el vientre, que sus hijos se sacien, y dejen las sobras para sus pequeños! Es una saciedad esencialmente diversa, aquella que me interesa y de la cual estoy seguro).

En el contexto de la creación, es Dios quien sacia concretamente las necesidades primarias de los hombres y de los animales a través de los bienes mediados por la creación (el agua, los frutos de la tierra, etc.): Abres tú la mano y sacias el hambre de todo viviente (145,16). El ejemplo más explícito es el Sal 104, que vuelve con frecuencia sobre esta imagen. [Con el fruto de tus obras sacias la tierra (v. 13); se sacian los árboles del Señor, los cedros del Líbano que él plantó (v. 16); todos esperan de ti que les des el alimento en el tiempo oportuno; tu lo provees y ellos lo toman, tu abres la mano y se sacian de bienes (v. 28)].

Con referencia a la historia de la salvación, la memoria de los eventos principales de la experiencia del Éxodo celebra el recuerdo del milagro vivido por Israel en primera persona, como anticipo y arras del cumplimiento definitivo de sus aspiraciones: El hombre comió el pan de los ángeles, les dio alimento a saciedad (78,25); al pedido de ellos hizo descender las codornices y los sació con el pan del cielo (105,40); den gracias a Dios por su misericordia, ha hecho prodigios para la salvación del hombre: ya que sació el deseo del sediento y al hambriento colmó de bienes (107,9). Las imágenes del hambre y de la sed continúan apareciendo, en estos textos, primeramente en sentido propio, pero no se puede excluir también el sentido traslaticio. Pertenecen al mismo contexto salvífico expresiones aún más genéricas como los pobres comerán y serán saciados, alabarán al Señor cuantos lo buscan (Sal 22,27); en los días del hambre serán saciados (Sal 37,19).

En las fórmulas se entrecruzan ante todo la promesa hecha por Dios, en primera persona [lo saciaré de largos días, y le mostraré mi salvación (Sal 91,16); los nutriré con flor de harina, los saciaré con miel silvestre (Sal 81,17); bendeciré todos sus frutos, saciaré de pan a sus pobres, revestiré de salvación a sus sacerdotes, exultarán de alegría sus fieles (Sal 132, 16)] y las invocaciones del salmista, que hace eco a la misma promesa [sacianos por la mañana con tu gracia, exultaremos y nos alegraremos por todos nuestros días (90,14)] o proclama su confesión de fe, que se apoya enteramente en Dios [Él sacia de bien tus días (103,5); Él ha puesto paz en tus confines, y te sacia con flor de harina (147,14)].

La imagen de la saciedad aparece nuevamente con referencia al Templo, donde la celebración litúrgica es coronada por la fiesta convivial (el sacrificio de comunión, en el cual la ofrenda llevada en don se comparte con Dios). La misma imagen de la fiesta, de la liturgia de alabanza, es una representación del cumplimiento del deseo (los peregrinos se alegran por la comunión con Dios y con los hermanos, figura de la consumación definitiva de las aspiraciones humanas). Los bienes que sacian, sin embargo, no son solamente los víveres materiales, ricos y gustosos, condimentados por la alegría del compartir, sino que los dones que Dios da, se derraman con largueza sobre los hombres (el encuentro de comunión, la paz, la luz, el sentido pleno del vivir). Por esto el salmista habla implícitamente del deseo existencial del hombre, colmado por Dios, cuando confiesa: Me saciaré de manjares exquisitos, y con gritos de júbilo te alabará mi boca (63,6), o bien: Nos saciaremos de los bienes de tu casa, de la santidad de tu templo (65,5); y más aún: Se sacian [los hombres] de la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias (36,9).

Asumen el mismo significado y testimonian el mismo mensaje también el léxico y las imágenes de la plenitud: ni siquiera aquí aparece el vocabulario específico del deseo, pero éste es representado implícitamente, como negando toda carencia: sea hablando de la creación [de su gracia [la misericordia del Señor] está llena la tierra (33,5; cf. de tu amor, Señor, está llena la tierra (119,64)], sea recorriendo la historia de la salvación [Así, nuestra boca se llena de sonrisas, nuestra lengua con cantos de alegría. Se decía entre los pueblo: “El Señor ha hecho grandes cosas por ellos! (Sal 126,2)]. Es Dios mismo quien continúa a decir: Abre tu boca, la quiero colmar (Sal 81,11). El salmista alterna una vez más a la oración que invoca bienes concretos, anticipo y figura de los invisibles [Que nuestros silos estén repletos, colmados de frutos de toda especie; sean millares nuestros bueyes, multitudes en nuestros campos (144,13)] su confesión de alabanza, es decir, el reconocimiento de que Dios escucha lo que pide el corazón [tu diestra está llena de justicia (48,11); mi boca está llena de tu alabanza todo el día (71,8)].

3. Deseo y memoria

Por último, conviene poner de relieve cómo hacer memoria del bien ya recibido de Dios constituye una dinámica intrínseca al deseo: en la memoria, saciedad e indigencia continúan interactuando, en el impulso que tiende hacia el cumplimiento definitivo del anhelo humano.

En los salmos 42-43,5.7 y 63,7-8, en particular (pero también cf. Sal 77,4.6.8-12; Ct 1,4), emerge una relación muy interesante entre deseo y memoria: se abre en estos versículos una perspectiva muy interesante sobre el itinerario existencial. La dimensión de la memoria, en efecto, conduce al corazón de la experiencia del hombre: puesto que nosotros vivimos de los contenidos de nuestra memoria, como en el horizonte normal y fundamental de nuestra conciencia. Sin memoria, la persona se fragmentaría en eventos puntuales e inconexos, instantes tragados inmediatamente por el olvido en la nada, mientras que su sedimentarse y organizarse en una unidad orgánica crea la identidad del sujeto. Aquello que se despliega en el tiempo se recoge en unidad en la interioridad de la persona, y allí permanece, según la expresión de Heidegger, como el gran reservorio del ser.

La dinámica de recorrer la propia historia se activa particularmente en los momentos de crisis, cuando se hace más imperiosa la búsqueda del significado de sí y del propio existir. Reflejándose en el propio itinerario existencial y en las huellas que Dios ha dejado – tal vez en filigrana, tal vez con una más neta visibilidad – el hombre puede reencontrar el sentido de sí e incluso la auténtica posibilidad de su futuro. La referencia constante a la propia historia es, por otra parte, una característica específica de la cultura y de la teología del Israel bíblico, que justamente a través del hacer memoria testimonia la importancia y la fecundidad de recuperar de los eventos fundantes de la propia fe, para construir y profundizar la propia identidad religiosa.

En efecto, el impulso del deseo se enraíza en la experiencia ya vivida – conscientemente o no – del bien recibido. Si el recuerdo de la felicidad o plenitud de un tiempo puede suscitar una profunda nostalgia – cf. Sal 137, el llanto de los exiliados junto a los canales de Babilonia; y también la tragedia descrita en Lam 1,7; 3,19-20; etc. – más en profundidad conduce a la conciencia de que el bien ya experimentado no era más que anticipo, anuncio o promesa de un don aún más grande (Sal 42,6.12; 43,5). Ciertamente que tornar a visitar el pasado puede generar inicialmente un sentido de postración interior o un repliegue lleno de tristeza por el bien perdido (Sal 42,5.7; Job 29-30), puede tentar de desconfianza y de desánimo (Job 30,16; Lam 2,11), puede suscitar incluso la murmuración (Num 11,4-5). Más profundamente, sin embargo, reaviva la experiencia de la alegría posible, ya vivida personalmente, y con ella la recuperación de la promesa de futuro inherente al bien, en cuanto tal. Tal dinámica es puesta en tema en los salmos 42–43: volver a recorrer las imágenes de la memoria torna a encender la esperanza, dando la fuerza para reaccionar ante el abatimiento, con certeza de que Dios, de nuevo, se volverá y hará gracia (Sal 42,6.12; 43,5). San Agustín dirá que el deseo nace del hecho que en la memoria está contenido como un anticipo, una primicia o un arra del bien prometido (Con 10,27-19; Trin 10,2; 11,12; 14,11; 17,1; etc.).

La dinámica del retorno al pasado en los tiempos de tribulación, para reencontrar el sentido del hoy y recuperar la tensión del deseo en la esperanza de un cumplimiento, es una temática muy frecuente (por ejemplo, en las tradiciones proféticas, deuteronomísticas y sacerdotales: Dt 7,18; 8,18; 32,7; Is 44,21-22; 46,8-10; 63,7-14.16-19; Ez 16; 1 Cro 16,8-22; etc.). También en diversos salmos se constata la circularidad entre el replegarse sobre el pasado-abatimiento-recuperación de la esperanza: cf. en particular Sal 77,4.12; 143,3-4.5; Lam 3,20-21; Jon 2,8; también Sal 105; 106. El recuerdo de Dios, más aún, el experimentar el deseo, aparece en algunos textos como fruto del sufrimiento del exilio, es decir, del castigo por el pecado (Jer 51,50; Zac 10,9; Ez 6,9; Sal 78,34-35; cf. Is 44,21): la prueba reaviva la autenticidad interior, incidiendo con sus heridas a la corteza de superficialidad, facilidad, embotamiento – y prevaricación, cf. Dt 32,15-18 – frecuentemente asociada con las situaciones de prosperidad y de bienestar (cf. Sal 49,13.21).

Algunas huellas del deseo de Dios en los libros sapienciales

En la tercera parte de la Biblia Hebrea, los Escritos (o Ketubîm) recogen no ya tradiciones fundamentalmente históricas o jurídicas, sino los libros sapienciales (Job, Proverbios, Eclesiastés; y también el Sirácida, la Sabiduría, escritos en griego e integrados, como sabéis, en el canon de la Iglesia Católica). Otros textos, llamados más genéricamente Megillôt, rollos (Cantar de los Cantares, Lamentaciones, Ester; y además Tobías, Judit, entre los deuterocanónicos) han entrado a ser parte de la misma recopilación. En ellos se transmite una búsqueda del sentido de la vida, del misterio del sufrimiento, del amor humano desde lo bajo, si se puede hablar así, más bien que desde lo alto: no es más el evento de la Palabra de Dios que irrumpe en la historia, sino la descripción del indagar del hombre que, a través de la escucha de las tradiciones humanas y de las generaciones pasadas, busca de escrutar en ellas la Presencia siempre viva de Dios, el sentido del existir. Nos detendremos aquí solamente en dos cuadros que, si bien muy diversos, son iluminantes además de significativos: el deseo de la esposa y la sátira del perezoso.

1. La dialéctica de ausencia y presencia en el Cantar de los Cantares

El Cantar de los Cantares, celebración del amor nupcial como transparencia del misterio del Amor originario, ofrece muchos temas para una reflexión sobre el deseo y su dinámica existencial. En él aparece con evidencia cómo la tensión hacia la comunión plena con el Amado sea intrínseca al amor, a nivel humano, como también en horizonte trascendente, en la relación con Dios.

El tema del deseo es modulado poéticamente, en el Cantar de los Cantares, con la frecuente alternancia de los temas de la ausencia / búsqueda / presencia / encuentro: en la composición lírica del conjunto, la sucesión de las figuras y de los episodios responde, más que a un orden lógico, a una verdad antropológico-existencial. La autenticidad del mensaje se reconoce desde el interior, se la advierte por su correspondencia no a una historia que pueda reconstruirse en su materialidad fáctica, sino por su transparencia del misterio del amor. La búsqueda del Amado, la ausencia del Tú, su aparecer e improviso desaparecer – que en el Cantar retorna en al menos cuatro pomas (Ct 1,5-8, sobre todo los vv. 7-8; 2,8-17; 3,1-5; 5,2-7.8) – es por otra parte un topos clásico de la literatura de todos los tiempos y de todos los lugares.

En el primero de estos textos (1,7-8), la joven invoca su bien, corriendo detrás de los rebaños, los pastores y sus campamentos, en la asolada hora del mediodía. La ausencia, la tensión, el vacío, la lejanía, el temor, inflaman su búsqueda, dirigida por entero a la comunión plena. En 2,4.6 el encuentro cancelará el ansia en el abrazo amoroso, en la “casa del vino” (2,4.6), mientras una antífona (2,7; 3,5; 8,4) sella la primera historia de presencia florecida luego de la ausencia. Un acontecimiento análogo se repite en 3,1-5 y en 5,2-7 para significar que el amor no se ha de ningún modo concluido de una vez por todas, sino que es constantemente deseo, búsqueda y comunión.

La dinámica de la ausencia-presencia es modulada verbalmente a través de la alternancia de los verbos buscar-encontrar. El buscar, sin embargo, no es simplemente ausencia, no es vacío, no es pura y simple lejanía: ya una luz ilumina desde adentro la tensión del deseo, en aquel itinerario que desembocará en el encontrar, no obstante la oscuridad y el frío del no encontrar o del falso encontrar.

Si reflexionamos atentamente, la dialéctica ausencia-presencia es intrínseca al misterio de la Pascua de Jesús. Más globalmente, la experiencia religiosa y monástica pide atravesar largos espacios de aparente ausencia de Dios para penetrar en su Alteridad, en su silencio. Con frecuencia Dios se cubre el rostro tornándose el Dios escondido (Is 45,15). Me buscarán pero yo no les responderé, me buscarán pero no me encontrarán (Prov 1,28). Como ya hicimos alusión, Buscar al Señor y encontrarlo (o no encontrarlo) es una fórmula que se lee muchas veces en los profetas (Is 51,1; 65,1; Jer 29,13; Zac 8,21-22: cf. Os 3,5; 5,6.15; Am 8,12) y significa esencialmente el retornar a Él después del exilio, en la conversión que se realiza en la prueba.

En los vv. 1-4 del cap. 3 del Cantar, el verbo buscar se repite sin interrupción, y encontrar se le acopla para ser negado, se duplica para cambiar de sujeto, se lo difiere hasta el feliz desenlace final. La belleza y el efecto poético-espiritual de este texto, como escribe L. Alonso Schökel, dependen justamente de la repetición de estos verbos[2].

La aflicción de la búsqueda en la ausencia se ambienta, en 3,1-5 como en 5,2-7.8, sobre el trasfondo simbólicamente sugestivo de la noche: en antítesis a las imágenes diurnas (luz, vida, conocimiento, valores éticos, Dios), las metáforas nocturnas aluden de algún modo a la muerte, psicológico-espiritual o física, o bien a aquello que es tenebroso desde el punto de vista moral, oscuro para la inteligencia, deprimente, involutivo. El simbolismo nocturno evoca también el tiempo anterior al existir, el período de las gestaciones secretas e juntamente la amenaza del retorno a una oscuridad, inmovilidad e inexistencia definitiva. Las tinieblas envuelven y ocultan, globalmente, lo que se opone y obstaculiza las fuerzas ascencionales y de crecimiento; en ellas se despliegan, como en su ámbito más propicio, las fuerzas destructoras que reconducen al caos primigenio.

La máxima reconciliación de la simbología de la luz y de las tinieblas, en su referencia al bien y al mal, a la vida y a la muerte, se encuentra en el misterio de Cristo. Y en el cristianismo la simbología de la vigilancia, de la vigilia, de la búsqueda y de la espera orante de la Estrella de la Mañana alcanza, podríamos decir, una plenitud no sólo antropológica, sino también teológica y espiritual.

Más de cuanto ya aparece en 1,7ss y en 3,1-5, la dialéctica entre presencia y ausencia es presentada con densidad simbólica en 5,2-7.8. La figura femenina es aquí descrita sugestiva y simbólicamente en el interior de la casa: lugar de intimidad, de espera, pero también de reserva inviolable. El hombre debe golpear a la puerta para poder penetrar en su habitación, pero después de un breve contrapunto altamente evocativo de la dialéctica amorosa, desaparece. El sufrimiento por la ausencia del amado aumenta con la desilusión de un encuentro que no se ha cumplido. El titubear de la joven en abrir se deberá también a una pizca de coquetería ... Pero el amor, ausente o perdido, debe ser buscado y seguido nuevamente. Con una audacia y una libertad propia de los grandes poemas líricos, la joven prosigue la búsqueda afanosa en la noche. Después del encuentro temeroso con los centinelas de la ciudad, las amigas son invitadas en socorro. Así, la joven encuentra una nueva oportunidad para volver presente e introducir a su amado en la escena, tejiendo, con apasionados acentos, el panegírico de su belleza, antes de afirmar: Yo soy para mi amado y mi amado es para mí. Al igual que al inicio del pasaje se va casi insensiblemente de la presencia a la ausencia del amado, así, de forma casi imperceptible, al final de la misma perícopa (6,2-3) se desliza de la ausencia a la presencia. En el fondo, la presencia nunca disminuye, aún cuando la ausencia parece afectar y desconcertar. Más aún, la ausencia se torna el ámbito en el cual se descubrirá una nueva, más plena e intensa presencia. La dialéctica entre la separación y la unión es constitutiva y esencialmente parte de la parábola del deseo.

2. El desear auténtico indicado a través de un antónimo: las sátiras de los Proverbios.

Después de las alusiones al vértice de la experiencia mística contenidas en el Cantar, la argucia sutil y concreta de los Proverbios nos reconduce sanamente al espesor concreto de la realidad. El libro de los Proverbios, como en general la literatura sapiencial, no habla explícitamente de Dios, pero se interesa sobre todo del recto percibir, juzgar y decidir respecto al bien, como presupuestos de aquella sabiduría que es en sí misma participación del ser de Dios. En los textos que citaremos se podrá constatar cómo se pueda hablar del deseo, describiendo una tendencia contraria, la de la pereza (se podría hacer el mismo análisis sobre los celos, también ellos antónimos del recto desear).

El carácter frecuentemente humorístico-satírico de los Proverbios sobre el perezoso esboza con trazos impresionistas una presentación de la tendencia hacia aquello que se podría llamar, con un término más amplio, acidia, como una de las formas de necedad o estupidez. El ideal del hombre sabio resalta como una versión, en clave existencial, de la concepción ética del justo: en lenguaje moderno, el ideal del hombre auténtico. Si la persona humana, según la antropología bíblica, es esencialmente ser de deseo (nepeš), lo que no funciona correctamente en el indolente es propiamente la dinámica del deseo (nepeš).

Como en la transparencia de un monólogo, Prov 22,13 y 26,13 abren, por así decir, un vislumbre sobre lo que el haragán piensa en su corazón: hay un león afuera, seré asesinado en medio de la plaza (22,13). La sátira describe con caracteres hasta grotescos la justificación de la falta de compromiso, pero es también aguda y en un cierto sentido es reveladora de la actitud defensiva de la persona, y su inclinación a advertir una amenaza en torno a sí. La vida afuera (del propio ámbito familiar: en los lugares de la vida social y del compromiso existencial) no sólo expone al riesgo y a la tentación inherente al vivir del hombre, sino que es una amenaza que atenta contra la subsistencia física y contradice el ideal de la comodidad o del mínimo esfuerzo. Los eventuales obstáculos a superar frente a las dificultades, frente a la fatiga y frente a la aceptación del límite, paralizan en lugar de estimular al enfrentamiento. Cualquier peligro aparece insuperable a priori y en consecuencia se lo evita, ya que la prueba ni siquiera se ubica en un horizonte mental delimitado por el ideal de la propia preservación: como se notará más adelante, el camino del perezoso se vuelve de este modo no sólo erizado de espinas, sino obstruido por las zarzas (15,19.21), y en lugar de estimular combativamente al compromiso para alcanzar la victoria, desde el inicio induce a desistir.

Siempre como ilustración del pensamiento del indolente, es iluminador el texto de Prov 26,16: El perezoso se tiene por más sabio que siete [sabios] que responden con tacto (cf. 26,12: ¿Has visto a un hombre que se cree sabio? Más se puede esperar de un necio que de él). El proverbio describe a quien está ocioso como alguien esencialmente satisfecho de sí y encerrado en las propias ilusiones. Aquí nos interesa subrayar que, considerándose más sabio que todos los otros (cf. la repetición del número siete), el perezoso considera el propio estilo de vida como el más alto o auténtico ideal antropológico. El mismo fin último al cual aspira el haragán, como se verá inmediatamente, es erróneo, al estar centrado exclusivamente sobre sí mismo.

Se refieren más directamente a la relación acidia / deseo los textos, por otra parte un poco enigmáticos, de Prov 13,4 y 21,25. También el perezoso, afirma la sabiduría bíblica, es esencialmente ser de deseo (cf. las utilizaciones del término nepeš y de los derivado de ’wh), pero su desear, en vez de traducirse en el movimiento que conduce hacia el cumplimiento, desemboca en la muerte. Así afirma Prov 13,4: El deseo del perezoso es ardiente, pero en vano; el deseo de los diligentes quedará satisfecho. El cumplimiento del deseo está en relación intrínseca con las propias disposiciones existenciales: se dice, implícitamente, que es necesario la implicancia dinámica, el compromiso efectivo de la propia persona, para poder ser saciados; el obrar efectivo es imprescindible en un correcto asiento / marco antropológico.

La misma cuestión es puesta nuevamente sobre el tapete en Prov 21,25: el ansia del perezoso lo matará, porque sus manos rechazan el trabajo. Según algunos autores, el mismo proverbio continúa también en el v. 26: Todo el día está ardiendo por la avidez, mientras el justo da sin reservas. Si los dos versículos constituyesen una sola sentencia, el paralelismo destacaría con fuerza no sólo la oposición perezoso / justo y los términos derivados de desear ardientemente / obrar relacionados con ellos, sino que evidenciaría también la antítesis entre los verbos desear con avidez / dar sin reservas: quedaría en consecuencia estigmatizado no sólo el rechazo de un compromiso activo, sino también una actitud codiciosa como fin en sí misma.

La afirmación hebraica: el ansia del perezoso lo matará puede parece, a primera vista, paradójica. Frecuentemente los comentadores interpretan la máxima en el sentido de que la indolencia causaría la carencia de satisfacción de las exigencias más fundamentales para vivir (cf. Prov 19,24; 26,15) y por ende provocaría una muerte por inanición; sin embargo, parece que no tanto la frustración, de por sí, cuanto una ordenación errónea del propio vivir conduce, según el texto de Prov 21,25a, no solamente a la regresión psicológica sino, literalmente, a la muerte [que es consecuencia de un estilo de vida que se desvía de la justicia (Prov 11,19; 12,28; cf. 10,2; 11,4; 19,16) y por tanto proclive al pecado (es el camino del impío: Prov 5,23; 11,7; 14,32; cf, 2,18; 5,5; 7, 27: de la mujer adúltera; 21,6: de la mentira), es el camino de la necedad (Prov 10,21), del odio de la sabiduría (Prov 8,36; el rechazo de la corrección: Prov 15,10; cf. 23,13), puesto que la sabiduría es fuente de la vida (Prov 13,14; cf. 14,27; 18,21), como lo es el temor de Dios, la obediencia a la Palabra].

El estico paralelo continúa afirmando: porque sus manos rechazan el trabajo. ¿Se trata de una proposición causal que hay que leer en el sentido de que el perezoso disminuye hasta terminar con la muerte sólo porque no ocurre la concreción del impulso interior en un obrar activo? Puede ser; quizás, más en el fondo, se puede leer una ausencia de dinamismo o de actividad concreta motivada porque se persigue, como ideal, un modo de ser autoprotector; el deseo no solamente no se concreta en ningún dinamismo, sino – y aquí es iluminador Prov 21,26 – se da vuelta en el vacío (todo el día codicia), carece de una apertura efectiva hacia la alteridad.

La ausencia de un actuar adecuado a las diversas necesidades de la vida es el tema de otra serie de proverbios que ridiculizan al indolente por sus resistencias ante el trabajo: por ejemplo, su campo no está arado en el tiempo de la siembra, tal vez por los rigores del clima (Prov 20,4: porque es invierno, el perezoso no siembra: buscará la mies, pero será en vano): él no sabe responder adecuadamente a lo que exigen en concreto las circunstancias, asumiendo su peso de fatiga y de esfuerzo.

En otros textos, se describe el estado de desolación y de abandono de su parcela de terreno (24,30-31: He pasado junto al campo de un perezoso, y junto a la viña de un hombre insensato, y estaba todo invadido de ortigas, los cardos cubrían el suelo, la cerca de piedras estaba derruida). Se notará cómo el paralelismo entre junto al campo de un perezoso y junto a la viña de un hombre insensato denote la pereza, como una forma de insensatez, por la falta de autodisciplina y de asunción de las exigencias de la vida real de quien es esclavo de su propia indolencia. También la constatación quien trabaja la propia tierra se saciará de pan, continúa, en Prov 12,11 y 28,19, describiendo al perezoso como uno que está falto de entendimiento (Prov 12,11), que se saciará de indigencia (28,19), porque persigue el vacío.

Los efectos ruinosos de la acidia son descritos una vez más con una imagen doméstica en Qo 10,18: Por estar mano sobre mano se desploma la viga, y por brazos caídos la casa se viene abajo. La indolencia aquí se colora de descuido, falta de atención e irresponsabilidad. En neto contraste, Prov 31,27 representa en términos operativos una personificación de la sabiduría, en la figura de la mujer fuerte: ella está atenta a la marcha de su casa, y no come pan de ociosidad. En positivo, se describe de este modo la actitud de quien es prudente y responsable: la correcta conducción de cuanto le ha sido confiado y el empeño en proveer al propio sustento.

La enseñanza que subyace a todos estos textos es que la sabiduría, además de ser don de Dios, es también fruto del empeño del hombre y se traduce en una solercia humilde e industriosa. Es emblemático, en este sentido, la referencia a la laboriosidad de la hormiga. En Prov 6,6.8 (vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio ... asegura en el verano su sustento, recoge su comida al tiempo de la mies) el indolente para tornarse sabio (en el contexto, para corregirse de la propia necedad) es invitado a aprender de / imitar el camino (cf. Prov 15,19) de la hormiga. Un ideal sapiencial bastante insólito, podríamos decir, pero altamente significativo: la sabiduría se adquiere gracias a un empeño humilde, realista, sostenido, en la conciencia lúcida de sí y de las situaciones. También Prov 30,25 retomará la misma perspectiva (las hormigas – multitud sin fuerza – que preparan en verano su alimento) y la explica: ni siquiera las hormigas son ... fuertes, y no obstante son ejemplares para quien desea volverse sabio / justo. Las imágenes de los animales, en las tradiciones sapienciales recogidas en la Biblia, como en todas las literaturas afines, antiguas y modernas, se prestan por su ductilidad, a la estilización de los comportamientos o de las actitudes de los hombres, y por tanto son frecuentemente asumidas para transmitir un mensaje educativo. En este caso específico, se subraya, en la comparación con las hormigas, la cordura previsora y solícita inherente a la verdadera sabiduría, o, como en otros lugares de la Biblia, la capacidad de percepción y de adecuación a la realidad de las circunstancias, típico de ciertos animales.

En términos mucho más ridículos, la parálisis en el obrar típica de la ociosidad se expresa a través de la imagen pintoresca de Prov 19,24 (repetida de modo casi idéntico en 26,15): incluso cuándo se nutre – por ende también el perezoso percibe el estímulo del hambre – él extiende la mano hacia el plato pero sin lograr levantarla hasta la boca (el perezoso hunde la mano en el plato, y no es capaz ni de llevarla a la boca). En este caso queda en evidencia la ruptura entre el primer movimiento de respuesta al surgir el instinto, y el cumplimiento del mismo, que no alcanza el objetivo; algo intermedio se entromete entre uno y otro, como una disfunción que corre entre el sentir emocional y el comportamiento subsiguiente, para adecuarse a las circunstancias: la incapacidad de asumir cuanto el mínimo gesto, incluso para tomar el alimento, implica de fatiga y de esfuerzo.