Ante todo, deseo expresar mi gran alegría de encontrarme en medio de ustedes en esta ciudad de la Argentina y de poder ponerme al servicio de este Instituto, que lleva el hermosísimo nombre de Instituto del Verbo Encarnado. Para esta primera conferencia he elegido un tema que está en relación estrechísima con el misterio del Verbo Encarnado y, al mismo tiempo, con el misterio de la paternidad divina; tema propuesto por el Santo Padre para este último año de preparación al gran Jubileo. El tema al que me refiero es el de la Eucaristía considerada en su intenso dinamismo. Podemos decir que la Eucaristía es la manifestación más vigorosa del dinamismo de la Encarnación, y por otra parte el don más extraordinario del amor paterno de Dios, que nos ha sido trasmitido por el Corazón de Jesús.
El
dinamismo de la Eucaristía es un dinamismo de alianza, el dinamismo de la nueva
alianza, don del amor paterno de Dios. Una nueva alianza había sido prometida
por Dios en un oráculo del profeta Jeremías (Jer 31,31-34) en un tiempo de terrible
catástrofe. Las continuas infidelidades del pueblo de Israel a la alianza del
Sinaí habían provocado las más tremendas desgracias: asedio y toma de Jerusalén,
incendio del Templo, destronización del rey, exilio. En estas circunstancias
trágicas, el dinamismo irrefrenable del amor paterno de Dios se había
manifestado con una promesa mucho más maravillosa de comunión reencontrada. Dios
anunciaba la fundación de una alianza nueva mucho más hermosa que la antigua, ya
que consistiría en una transformación de los corazones. En vez de escribir su
ley sobre dos tablas de piedra como en el Sinaí, Dios la escribiría en los
corazones, lo que aseguraría una relación recíproca perfecta:
Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer
31,33).
Cuando Jeremías había anunciado la nueva alianza, había dado una descripción
hermosísima, pero no había definido el fundamento. Ahora bien, para que se
establezca una alianza nueva, es necesario que haya un fundamento nuevo y un
mediador nuevo. El Nuevo Testamento colma la carencia del oráculo de Jeremías
mostrando que Jesús se ha revelado sacerdote de la nueva alianza cuando, en la
Última Cena, tomó el cáliz y dijo:
“este
cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc
22,20).
Una
fórmula análoga se encuentra en 1Cor
11,25. El acto fundamental de la liturgia de la nueva alianza consiste en hacer
de nuevo presente este evento por medio de la Eucaristía, para que el pueblo
cristiano pueda entrar siempre mejor en el dinamismo de comunión de la nueva
alianza.
Intentaremos ahora reflexionar sobre el dinamismo de la institución de la
Eucaristía, misterio de la nueva alianza, tesoro inagotable, por el cual no
podemos sino mostrar una veneración siempre creciente.
Eucaristía y Pasión
Impresiona el hecho que todos los relatos de la Última Cena pongan la Eucaristía
en relación con la Pasión y, más precisamente, con la traición de Judas. Pablo
afirma: El Señor Jesús,
en la noche en que fue entregado, tomó
el pan... (1Cor 11,23). Marcos y
Mateo nos recuerdan que Jesús, antes de instituir la Eucaristía era
consciente de la traición, y
dijo: En verdad os digo, uno de vosotros,
aquel que come conmigo, me traicionará... (Mc 14,18; Mt 26,21). Lucas lo recuerda igualmente
en su relato (Lc 22,21-22).
La cadena
de los sucesos que llevarán a Jesús a la condenación y a la muerte infame, ha ya
comenzado a ponerse en movimiento. El Señor es consciente de esto, Él puede
todavía obrar libremente. Algunas horas más tarde Él será arrestado, atado y
entonces ya no podrá moverse con libertad. Menos aún podrá hacerlo cuando esté
clavado en la cruz.
En la Última Cena, Jesús afronta
conscientemente esta situación extremadamente adversa. Su ministerio de servicio
a Dios y a los hermanos, ejercitado con la más completa generosidad, está por
ser brutalmente interrumpido por una traición, la culpa más odiosa y más
contraria al dinamismo de alianza. ¿Cuál es entonces su reacción? ¿Cuál sería
la reacción que se esperaría en una situación tan penosa e injusta? Veamos
la reacción del profeta Jeremías. Avisado por el Señor de un complot tramado
contra él, Jeremías exclama:
Ahora, Señor de los ejércitos, justo juez,
que escrutas el corazón y la mente, pueda
yo ver tu venganza sobre ellos, porque a ti he confiado mi causa (Jer
11,20-21; 20,12). En otro pasaje, Jeremías precisa cual
debe ser esta venganza y le dice a Dios: Abandona sus hijos al hambre, arrójalos al
poder de la espada, que sus mujeres permanezcan sin hijos y viudas, que sus
hombres sean golpeados por la muerte y sus jóvenes muertos por la espada en la
batalla [...]. Tú conoces, Señor, todos sus proyectos de muerte en mi contra; no
dejes sin castigo su iniquidad (Jer 18,21.23). Nótese bien que el
comportamiento de Jeremías constituye ya un cierto progreso respecto a la
reacción humana instintiva, que tomaría la espada en mano y ejecutaría la propia
venganza. Confiar la venganza a Dios es ya una primera victoria sobre la
tentación de violencia. Jesús, sin embargo consigue una victoria
incomparablemente más radical y positiva. Él supera su desconsuelo y en vez de
renunciar como Jeremías a su comportamiento generoso, lo lleva hasta el extremo.
En lugar del dinamismo pernicioso de la violencia, Jesús pone el dinamismo
victorioso del amor. Después de haber amado
a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn
13,1). Él anticipa la propia muerte, haciéndola presente en el pan fraccionado,
que se convierte en su cuerpo y en el vino que se convierte en su
“sangre derramada”, y transforma la propia muerte en sacrificio
de alianza para el bien de todos.
No es posible
imaginar una generosidad más grande que esta, ni
una transformación más radical del evento
mismo. Cuando se habla de la Eucaristía, generalmente se insiste sobre la
transformación del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, la
transubstanciación, cuya importancia es efectivamente decisiva. Ha
habido, sin embargo, otra transformación, no menos extraordinaria y más
importante para nuestra vida espiritual: la transformación de la muerte de un
condenado en un medio de comunión y de alianza.
La muerte, evento de ruptura en el Antiguo Testamento
Para
el Antiguo Testamento, la muerte era un evento de ruptura radical, ruptura
definitiva con los hombres y con Dios. Ahora ya no podemos tener esta visión
completamente negativa; justamente porque Jesús, con la institución de la
Eucaristía, ha cambiado la situación, transformando la propia muerte en fuente
de vida y dándonos la posibilidad de transformar nuestra muerte en un pasaje
hacia la vida.
Es
claro que aún para nosotros la muerte rompe los vínculos entre las personas: no
es posible comunicarse con un muerto, de nada sirve hablarle, no se puede tener
ningún contacto personal con él; esto provoca tristeza y dolor. En el Antiguo
Testamento la muerte representaba además la ruptura de las relaciones con Dios.
Ella aparecía como el castigo por el pecado, la ultima consecuencia del pecado y
el grado extremo de ruptura entre la persona humana y Dios. Éste era su aspecto
más terrible para los fieles del Antiguo Testamento, quienes percibían el
contraste violento entre el Dios viviente y el hombre muerto y no creían posible
ninguna relación positiva entre ambos. Golpeado por una enfermedad mortal, el
rey Ezequías exclama:
No veré más al Señor
en la tierra de los vivientes (Is 38,11). En el salmo 88 el orante se dirige a Dios
con estas palabras: Ya me cuentan entre los
que bajan hacia la fosa, me siento un hombre terminado, relegado entre los
muertos, como los cadáveres que yacen en el sepulcro, de los que tu no te
acuerdas, de tu mano han sido arrancados para siempre (Sl
88,56). Dios no posee ningún recuerdo de los muertos, hay una ruptura completa
entre él y el muerto. En otros salmos leemos estas expresiones:
En el reino de la muerte ninguno te invoca;
en el abismo ¿quién te da gracias? (Sl
6,6). Los muertos no alaban al Señor, ni
los que bajan al silencio (Sl
115,17).
Según la concepción del Antiguo Testamento, los muertos iban a terminar en el sheôl, donde vivían una vida de larvas y eran olvidados por Dios. No podía haber ningún contacto entre el Dios de la vida y la corrupción de la muerte. Por lo tanto para el fiel del Antiguo Testamento la muerte representa una separación tremenda no sólo de los hombres, sino también de Dios.
Este doble
aspecto de ruptura provocada por la muerte, pasaba a ser todavía más trágico
cuando se trataba de la muerte de un condenado. Generalmente la muerte de una
persona apreciada causa dolor y aflicción a los demás: se quisiera que no
hubiese muerto. El condenado en cambio, es un renegado de la sociedad; la
sociedad no lo quiere y lo condena a muerte justamente porque quiere romper con
él de modo definitivo. Además, en el pueblo elegido, una condena tal, era hecha
según la ley de Dios, por lo que el condenado era separado no sólo del
pueblo de Dios sino también del mismo Dios a causa de sus delitos. La muerte de
un condenado conllevaba, según la ley de Moisés, también la maldición de
Dios.
Tal debía
ser la situación trágica de Jesús, quien ha sido rechazado por las autoridades
de su pueblo. Es por esto que Pablo no duda en decir que Cristo
ha sido hecho maldición por nosotros (Ga
3,13), porque ha sido crucificado. Se lee en efecto en la Escritura:
Maldito quien cuelga del madero (Dt 21,23. Cfr.
Ga 3,13).
Muerte de Jesús y alianza
Es
justamente esta situación de ruptura
completa la que Jesús debe afrontar. Él la asume y la hace ocasión de un
amor extremo; la hace instrumento de comunión con Dios y con los hermanos, un
medio para fundar una alianza.
Circunstancias más contrarias a la fundación de una alianza no se pueden
imaginar. Jesús sabe que será traicionado, que está a punto de ser abandonado
por todos, renegado por Pedro, acusado falsamente, condenado injustamente,
burlado y matado. Justamente estos eventos crueles e injustos él los anticipa en
el momento de la Última Cena y los transforma en don de amor, en ofrecimiento de
alianza.
Si pensamos
bien, esta realidad debería dejarnos profundamente estupefactos.
Desafortunadamente la Eucaristía para nosotros se ha convertido en una cosa tan
habitual, que ya no nos damos cuenta de la extraordinaria transformación obrada
por Jesús y de la generosidad con que él ha concebido y actuado tal
transformación.
No nos
damos del todo cuenta del dinamismo de amor victorioso que recibimos cuando
recibimos la comunión; un dinamismo que nos debería hacer fácil la victoria
sobre todos los obstáculos contrarios al amor: ofensas sufridas y situaciones
penosas de todo género. Gracias a la Eucaristía, los obstáculos se convierten en
ocasiones para progresar en el amor.
El don a los hermanos
La alianza
debe tener necesariamente dos dimensiones: la vertical de relación con Dios y la
horizontal de unión con los hermanos. En la fundación de la alianza del Sinaí,
la dimensión que más aparecía era la vertical. El pueblo se había obligado a la
docilidad hacia Dios y la sangre de los animales inmolados había sellado este
compromiso. Leemos en el Libro del Éxodo:
Moisés tomó el libro de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Y dijeron:
“Cuanto el Señor ha ordenado, nosotros lo haremos y lo seguiremos”. Moisés
tomó la sangre y asperjó al pueblo, diciendo:
“He aquí la sangre de la alianza que el Señor
ha concluido con vosotros en base a todas estas palabras”
(Ex
24,7-8).
En la
Última Cena, en cambio, la dimensión que más aparece es la horizontal, de don a
los hermanos. El contexto es el de una comida en común, un contexto de hermandad
humana. Todo banquete tiene el significado de unión entre las personas, de
recepción recíproca, de relaciones amigables, fraternas. En el Antiguo
Testamento a menudo un banquete sellaba la conclusión de una alianza o de un
pacto (berit): así ocurrió con los acuerdos entre Isaac y Abimelech (Gn
26,30-31) y aquellos entre Jacob y Labán (Gn 31,43-54); y así ha ocurrido también en
el pacto sinaítico según Ex 24,11.
En este
contexto de comida fraterna, Jesús ofrece como alimento el propio Cuerpo y como
bebida la propia Sangre: Esto es mi cuerpo
que es entregado por vosotros [...]. Este cáliz es la nueva alianza en mi
sangre, que es derramada por vosotros (Lc
22,19-20).
Aquí se
trata de una comunión fraterna, expresada en el modo más íntimo y más perfecto
posible. La sangre de la alianza es dada para ser bebida, y no solamente para la
aspersión, como había sucedido en la primera alianza del Sinaí (cf.
Ex 24,8). El resultado es una
interioridad recíproca: Quién come mi carne y bebe mi sangre permanece
en mi y yo en él (Jn 6,51). No es posible actuar una alianza
más estrecha. Este aspecto de comunión profunda entre Jesús y sus discípulos
presente en la Última Cena no se encontrará después en el Calvario, donde se
manifestará solamente el aspecto de completa ruptura: Jesús en la cruz muere por
la multitud, pero muere sólo, rechazado por la multitud.
La acción de gracias a Dios
La
dimensión vertical de la Última Cena es menos evidente, pero es esencial y
condiciona la horizontal. ¿Dónde se manifiesta? Se manifiesta en la oración de
acción de gracias que Jesús pronuncia dos veces, primero sobre el pan y después
sobre el cáliz. Se trata de una oración de una importancia extrema. Durante su
vida, Jesús a menudo asumía espontáneamente el comportamiento filial de amor
agradecido, es decir el comportamiento que más corresponde a su condición de
Hijo. El Hijo recibe todo del Padre, por esto su reacción normal es la de
agradecer al Padre y de manifestar a todos su amor por el Padre. Los Evangelios
nos refieren diversos casos en los que Jesús agradece públicamente al Padre.
Aquí queremos tomar en consideración dos; que aparecen como particularmente
significativos e insólitos. Se trata en efecto de dos situaciones en las que
nosotros no pensaríamos es dar gracias a Dios: una en situación de carestía y
otra de luto.
La
situación de carestía es la que precede a la multiplicación de los panes. En un
lugar desierto hay cinco mil hombres por saciar, y Jesús tiene a disposición
solamente cinco panes. No parecería justamente el momento para dar gracias, ya
que falta lo necesario. Jesús en cambio, da gracias al Padre y de esta manera da
inicio a la multiplicación de los panes (cf.
Mt 14,13-21 y par.)
La
situación de luto es la muerte de Lázaro. Jesús se hace conducir junto a la
tumba de su amigo, la hace abrir y, de frente al sepulcro abierto, se dirige al
Padre y dice: Padre, te doy gracias porque
me has escuchado (Jn 11,41). Es una oración completamente
inesperada en ese momento.
Eucaristía y Multiplicación de los panes
También en la Última Cena Jesús da gracias, como lo había hecho en el momento de
la multiplicación de los panes. Se trata, en cierto sentido, de la misma
situación: antes de realizar la cena, se debe dar gracias al Señor. Esta oración
de acción de gracias de Jesús se presenta entonces como un hecho ordinario de la
vida cotidiana, como la oración al inicio de las comidas. Por lo demás, en la
Última Cena no es ni siquiera necesario multiplicar los pedazos de pan, desde el
momento que los comensales son pocos.
Cuando los discípulos sienten la acción de gracias que Jesús pronuncia sobre el
pan y sobre el vino, el significado que perciben es éste:
“Padre, te doy gracias
por este pan que me das; Tú eres el Creador de toda cosa y el manantial de toda
vida, Tú nutres generosamente a todas tus creaturas. Te doy gracias por este
vino, símbolo de tu amor, con el cual alegras el corazón de los hombres. Te doy
gracias porque, por medio de este pan y de este vino puedo continuar el
movimiento de tu generosidad, distribuyéndolos a mis hermanos”.
Este
significado inmediato corresponde al primer aspecto de la situación: una comida
en común, un momento de fraternidad, que tiene una especial relación con la
paternidad de Dios, fuente de vida y de comunión fraterna.
Pero
Jesús sabe muy bien que esta comida no será una comida ordinaria; sabe que este
pan y este vino no permanecerán un pan y un vino ordinarios, comida y bebida
materiales. Mientras da gracias, es consciente de lo que hará inmediatamente
después y ve que el Padre le ofrece la posibilidad de un don incomparablemente
más grande, más sustancioso, más generoso: el don de sí mismo, para comunicar a
los hombres la vida divina.
Un
primer aspecto de la Eucaristía es el de ser un don del Padre. En el discurso
del pan de vida, Jesús había dicho. No es Moisés quien os ha dado el pan del
cielo, sino mi Padre os da el pan del cielo;
el verdadero, el pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo
(Jn 6,32-33).
Mi
Padre os da el pan del cielo. Jesús es plenamente consciente que el don que él
hace proviene del Padre. No pretende tener la iniciativa de tal don, de ser él
el manantial del dinamismo de amor de la Eucaristía; sino que da gracias al
Padre, porqué es el Padre quien le da la capacidad de transmitirlo.
“Te doy gracias, Padre, porqué por medio de este pan que tengo en mis manos, yo mismo me convertiré en pan para la vida del mundo. Te doy gracias por haberme dado un cuerpo, que puedo transformar en comida espiritual, por haberme dado la sangre, que puedo derramar y transformar en bebida espiritual, por haberme dado un corazón lleno de amor para efectuar esta ofrenda, que deseo ardientemente hacer. Te doy gracias porque así puedo establecer la alianza nueva entre ti y todos mis hermanos y hermanas”.
La
Eucaristía es ante todo un don del Padre, que quiere dar a sus hijos una comida
excelente y comunicarles el dinamismo potente de su amor. La Iglesia se
muestra consciente de esto. Pueden notar cómo este aspecto viene a menudo
expresado en las oraciones litúrgicas después de la comunión. La Iglesia nos
hace dar gracias al Padre más que a Jesús, al Padre que nos ha acogido en su
mesa, al Padre que nos ha nutrido con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
La
nueva alianza fundada en la Última Cena es un don del Padre. En este sentido, es
significativo que San Pablo, cuando habla de la reconciliación con Dios, aspecto
fundamental de la nueva alianza, atribuye a Dios mismo la actuación. De por sí
es sorprendente, porque normalmente quien se preocupa de la reconciliación debe
ser el ofensor y no la persona ofendida. Sin embargo Pablo proclama: Ha sido
Dios, en efecto, quien ha reconciliado al mundo consigo en Cristo, no imputando
a los hombres sus culpas y confiándonos la palabra de la reconciliación (2Cor
5,19). En la misma carta, Pablo declara: Nuestra capacidad viene de Dios, que
nos ha hecho ministros aptos de una Nueva Alianza (2Cor 3,5-6). La Eucaristía,
sacramento de la Nueva Alianza, antes de ser un don generoso de Cristo, es un
don maravilloso del Padre celeste. En la Eucaristía, el Padre celeste llena el
Corazón de Jesús del dinamismo de su amor, a fin que el Corazón de Jesús nos
comunique ese mismo dinamismo.
En
el discurso del pan de vida, Jesús había dicho. El pan que yo daré es mi carne
para la vida del mundo (Jn 6,51).
La
Eucaristía es un don para la vida del mundo. Jesús no limita su mirada al
pequeño grupo que le está alrededor, sino que, diciendo a sus discípulos: Haced
esto en memoria mía (Lc 22,19), piensa en mucha otra gente. Su acción de gracias
viene así a encontrarse en el origen de una nueva multiplicación del pan. Una
multiplicación aún más maravillosa e importante que aquella que tuvo lugar en el
desierto. En efecto, el fin de esta última no era tanto saciar algunos miles de
personas, sino más bien prefigurar la multiplicación del pan eucarístico. Los
evangelistas han subrayado el ligamen que hay entre estos dos episodios usando
en los dos casos las mismas expresiones: Jesús toma el pan, eleva los ojos al
cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo da.
Cuando en la Última Cena, da gracias al
Padre, Jesús piensa en esta distribución infinita:
“Padre me uno a ti con inmensa gratitud,
porque Tú haces de mi el pan vivo, que es dado para la vida del mundo,
multiplicable al infinito para todos”.
Eucaristía y resurrección de Lázaro
Si confrontamos la acción de gracias pronunciada por Jesús en la Última Cena con la pronunciada delante de la tumba de Lázaro, en un primer momento nos asombrarán las diferencias: en un caso, se trata de una oración hecha al aire libre, de frente a un sepulcro; en otro, de una comida en común en la intimidad del cenáculo. Reflexionando sin embargo, podemos percibir una profunda semejanza, es decir: en ambas oportunidades Jesús debe afrontar la muerte y vencerla. En el primer caso, debe afrontar la muerte de su amigo Lázaro; en el segundo, la propia muerte (en la Última Cena Jesús es consciente que su sangre será derramada y, por lo tanto, que él sufrirá una muerte violenta). En ambos casos Jesús da gracias antes de la victoria sobre la muerte.
En la Última
Cena Jesús expresa los mismos sentimientos que había experimentado delante de la
tumba de Lázaro, cuando había dicho: Padre, te doy gracias porque me has
escuchado. En aquel momento estaba seguro de haber sido escuchado por el Padre y
de lograr la victoria sobre la muerte del amigo. Similarmente, en la Última
Cena, Él da gracias al Padre:
“Padre, te doy gracias porque sé por adelantado que me das la victoria sobre la
muerte, para mi y para todos. Te doy gracias porque Tú has puesto en mi corazón
toda la fuerza de tu amor, capaz de vencer la muerte, transformándola en la
ocasión del don más completo y perfecto de mi mismo. Gracias a la fuerza de este
amor, mi cuerpo se convertirá, a través de la muerte, en el pan de la vida, y mi
sangre derramada se convertirá en fuente de comunión y sangre de alianza. Todos
podrán recibir este don. Padre, te doy gracias por esta posibilidad maravillosa
que me das”.
Justamente en cuanto acción de gracias anticipada, hecha antes de la victoria,
esta oración constituye una revelación excepcional de la vida interior de
Jesús, de su unión filial con el Padre, de su confianza más absoluta en él. Y al
mismo tiempo constituye una acción extremadamente eficaz, en cuanto determina la
orientación de todos los acontecimientos sucesivos. Todo lo que Jesús va a
afrontar se convierte entonces en un sacrificio de comunión y de acción de
gracias. La Institución de la Eucaristía, la pasión, la resurrección y la
fundación de la nueva alianza, todo depende de esta acción de gracias, porque
todo depende del don generoso del Padre.
Los sacrificios de acción de gracias en el Antiguo Testamento
Ahora podemos hacer una confrontación con el Antiguo Testamento, para darnos cuenta de la novedad de la Eucaristía en cuanto sacrificio de acción de gracias. El Antiguo Testamento conocía los sacrificios de acción de gracias o sacrificios de alabanza (tôdâ en hebreo). El término hebreo tôdâ significa “acción de gracias”, es usado todavía hoy en Israel para decir “gracias”.
El
esquema habitual de los sacrificios de acción de gracias en el Antiguo
Testamento era éste: una persona que se encuentra en peligro de muerte invoca a
Dios con una oración intensa y promete ofrecerle un sacrificio de acción
de gracias si se libra de la muerte. Si esta condición se verifica, se llega al
templo para ofrecer, en medio a la asamblea festiva, el sacrificio de acción de
gracias: sacrificio que se concluye con una comida en la cual todos comen con
alegría parte de las víctimas inmoladas; y a esta fiesta son particularmente
invitados los pobres.
Este
esquema se repite todavía en nuestros días: una persona que está en dificultad
hace una petición a Dios, acompañándola con una promesa. Si es escuchada, se
llegará a un santuario para dar gracias a Dios.
Este
esquema esta presente, aunque a menudo en modo parcial, en muchos salmos. Por
ejemplo, en el Sl 22 –que Jesús cita en su Pasión- está descripto ante todo el
peligro, la situación desesperada del justo perseguido: Me rodea una cuadrilla
de novillos, toros de Basán me circundan; abren contra mi sus fauces: como
un león que desgarra y sufre; todos mis huesos se dislocan; mi corazón, como
cera, se derrite entre mis entrañas; ...me han cavado las manos y los pies y
puedo contar todos mis huesos. Ellos me miran triunfantes: Se reparten mis
vestidos y se sortean mi túnica. Después viene la súplica: Pero tu Señor,
no te quedes a distancia, fuerza mía, apresúrate a socorrerme; libra mi vida de
la espada. Y como consecuencia, la promesa de acción de gracias: Anunciaré tu
nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Los versículos que
siguen refieren por adelantado lo que el orante dirá después de haber sido
salvado, cuando cumplirá sus votos: Fieles del Señor, alabadlo; estirpe de
Jacob, glorificadlo; veneradlo, estirpe de Israel; porque no ha tenido ni
desprecio ni desdeño por la desgracia de un desgraciado, no le ha escondido su
rostro; cuando pidió ayuda, él lo escuchó. Finalmente se anuncia la comida de
comunión: Comerán los pobres y serán saciados, todos los que lo buscan, alabarán
al Señor.
Otros salmos expresan la acción de gracias del fiel que ha escapado del peligro. Por ejemplo el Sl 138: Te doy gracias de todo corazón, en la presencia de los ángeles tocaré para ti. Cuando te invoqué, me respondiste, has aumentado en mí la fuerza.
Otros salmos exhortan a los fieles que han sido escuchados a ofrecer un
sacrificio de acción de gracias. El Salmo 107 enumera diversos casos de peligro
extremo –la prisión, con la amenaza de la condena de muerte; el desierto, con el
peligro de morir de hambre y de sed; la enfermedad mortal; la tempestad en el
mar-, e invita a cada paso a los fieles a dar gracias al Señor, que ha liberado
al hombre de sus angustias y a ofrecerle sacrificios de acción de gracias: Doy
gracias al Señor por su misericordia, por los prodigios que Él ha hecho por los
hombres (Sl 107,8.15.21.31). Ofrézcanle sacrificios de acción de gracias y
narren, aclamándole, sus acciones (Sl 107,22). Aclámenlo en la asamblea del
pueblo alábenlo en el consejo de los ancianos (Sl 107,32)
Jesús ha anticipado la muerte y la acción de gracias final
Por tanto,
según el esquema habitual, el sacrificio de acción de gracias se realiza al
final, como feliz conclusión de un riesgo que amenazaba terminar mal. El aspecto
extraordinario, en el caso de Jesús, es que él ha anticipado la acción de
gracias, poniéndola al inicio, junto a la comida de comunión.
En la Última Cena Jesús ha anticipado no sólo
su muerte, ofreciendo a los discípulos el
“pan fraccionado” y el cáliz con el
“vino derramado”, sino también la acción de gracias final por
la victoria sobre la muerte, obtenida a través de la muerte misma. Ha puesto
primero el elemento que generalmente suele ser puesto al final: la acción de
gracias, con la comida de comunión ofrecida a todos los fieles. En su caso, el
sacrificio de acción de gracias está estrechamente unido a aquel de la alianza,
porque él, en el fondo, da gracias por poder fundar la nueva alianza,
transformando la propia sangre derramada, que es signo de muerte violenta, en
sangre de alianza.
En este
punto podemos todavía hacer una observación. Generalmente se distinguen
claramente la situación de peligro, la liberación y la acción de gracias como
tres momentos sucesivos. Por ejemplo, una persona se encuentra en una situación
de enfermedad mortal, obtiene luego milagrosamente la curación, y
consecuentemente se llega al templo para ofrecer el sacrificio de acción de
gracias. En cambio, en el caso de Jesús, estos tres momentos sucesivos
permanecen unidos de manera sorprendente y se compenetran el uno al otro. Esto
se verifica porque el peligro no ha sido suprimido desde el exterior con una
intervención milagrosa; Jesús no ha sido preservado de la muerte; la muerte no
ha sido milagrosamente evitada, sino que ha sido transformada desde dentro en un
medio de victoria sobre la muerte, en un medio de liberación y de alianza. Así
la muerte misma suscita ya desde el inicio la acción de gracias, porque ha sido
revertido su significado. No se trata ya de un evento trágico, sino de una
muerte victoriosa sobre la muerte misma.
En la
Eucaristía anunciamos y proclamamos la muerte de Jesús, porque es una muerte
victoriosa sobre la muerte. De lo contrario sería absurdo anunciar con tono de
triunfo un evento trágico. Por lo tanto, mientras en todos los otros casos, una
persona da gracias después de un evento salvífico o de liberación, en el caso de
Jesús, la acción de gracias precede al evento y lo acompaña hasta el final,
porque este mismo evento es un don positivo de Dios.
Todas estas
observaciones nos ayudan a comprender la profundidad del misterio y la fuerza
del amor que ha realizado una transformación tal: es el amor que proviene del
Padre, pasa a través del corazón de Cristo y transforma un acontecimiento
trágico y escandaloso en un manantial de gracias infinitas. Cuando participamos
de la celebración eucarística y comulgamos, recibimos en nosotros este intenso
dinamismo de amor. De esto debemos tomar mejor conciencia, para ser capaces de
superar toda dificultad con la fuerza del amor, en una continua acción de
gracias a Dios.
Las dimensiones de la alianza
Podemos
también notar cómo en la Última Cena las dos dimensiones de la nueva alianza
están estrechamente unidas entre sí. La dimensión vertical –de la relación de
Jesús con el Padre en la apertura a su amor y en un comportamiento de amor
filial- hace posible la dimensión horizontal –de donación total de sí a los
hermanos.
Justamente
en el momento de la traición y de la infidelidad humana, Jesús recibe del Padre
la fuerza de un amor capaz de superar todos los obstáculos, de establecer la
alianza y de fundar la comunión. La sangre de Jesús derramada, que es signo de
su muerte violenta, es transformada, por medio del amor que viene del Padre y
que Jesús recibe en su oración de acción de gracias, en alianza nueva.
Como Jesús,
también nosotros debemos tener siempre unidas estas dos dimensiones del amor, si
queremos vivir verdaderamente según el dinamismo de la Eucaristía. La primera
dimensión es esencial. Recibir el amor que viene del Padre a través del corazón
de Jesús, en un comportamiento de reconocimiento filial. Desde allí, deriva
después la otra dimensión, la del amor por los hermanos y hermanas, la del don
total de sí y del servicio generoso.
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