Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

EL ESPÍRITU SANTO Y EL GNOSTICISMO. - Peter Nera

EL ESPÍRITU SANTO Y EL GNOSTICISMO 

Peter nera

peter05nera@yahoo.com.mx
 

         En la presentación que en el Foro de Exégesis se hizo tiempo atrás a un artículo de Peter Jones (“The Paganization of the New Testament Studies”), R. Clarey hablaba de prejuicios teológicos en amplios círculos de biblistas. Estos prejuicios teológicos son principalmente el gnosticismo. No solamente el Jesus Seminar tiene en sí el problema del gnosticismo: en cierta medida, la cultura actual está perneada de confusión gnóstica. Por eso es que considero que pueden ser de utilidad estas reflexiones acerca de este fenómeno, y de su oposición irreductible al Espíritu Santo, según lo que nos enseñan la Escritura y la Iglesia. 

         Si bien estas reflexiones no tratan del análisis textual-literario de un pasaje, valgan como análisis del Sitz im Leben cultural del mundo en el que nos toca interpretar y exponer la Palabra de Dios. 

Introducción 

         La Persona adorable del Espíritu Santo ha sido presentada innumerables veces como opuesta a Jesucristo, como algo alternativo al Verbo e incluso como superación de Cristo[1].        

Enseña Juan Pablo II en su encíclica Dominum et Vivificantem, dedicada a la consideración de la Persona del Espíritu Santo: "Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y verdad". Estas palabras las pronunció Jesús en otro de sus coloquios: aquél con la Samaritana. El gran Jubileo, que se celebrará al final de este milenio y al comienzo del que viene, ha de constituir una fuerte llamada dirigida a todos los que "adoran a Dios en espíritu y verdad". Ha de ser para todos una ocasión especial para meditar el misterio de Dios uno y trino, que en sí mismo es completamente trascendente respecto al mundo, especialmente el mundo visible. En efecto, es Espíritu absoluto: "Dios es espíritu"; y a la vez, y de manera admirable no sólo está cercano a este mundo, sino que está presente en él y, en cierto modo, inmanente, lo penetra y vivifica desde dentro. Esto sirve especialmente para el hombre: Dios está en lo íntimo de su ser, como pensamiento, conciencia, corazón; es realidad psicológica y ontológica ante la cual San Agustín decía: "es más íntimo de mi intimidad". Estas palabras nos ayudan a entender mejor las que Jesús dirigió a la Samaritana: "Dios es espíritu". Solamente el Espíritu puede ser "más íntimo de mi intimidad" tanto en el ser como en la experiencia espiritual; solamente el Espíritu puede ser tan inminente al hombre y al mundo, al permanecer inviolable e inmutable en su absoluta trascendencia”[2]

La paradójica realidad de Dios que trasciende al mundo y al mismo tiempo está íntimamente presente a él - en él vivimos, nos movemos y existimos (He 17,28)- es deformada por la visión gnóstica, que permea toda la cultura y el pensamiento moderno y se constituye, hoy nuevamente, en el principal peligro para la fe y para la vida cristiana, y por ende para la evangelización de la cultura. 

         El gnosticismo es una enfermedad del intelecto humano. El hecho de que rebrota, con mayor o menor fuerza, en determinados momentos de la historia del pensamiento, nos muestra a las claras que se trata de un peligro constante para el hombre. A veces es manifiesto, la mayor parte de las veces es latente: larvatus prodeo (avanzo a escondidas), como el lema de Descartes. 

         Podemos considerar como gnosis a “toda concepción de Dios, el mundo y el hombre que asigna una única sustancia, homogénea, a estas tres realidades. Se trata de un Dios indeterminado -del Caos, del Silencio, del Abismo-, un Dios que contiene el sí y el no, el mal y el bien, lo masculino y lo femenino, y que se va haciendo el mundo y el hombre. El hombre sería, en la concepción gnóstico-cabalística, la culminación del proceso emanativo del universo”[3]

         La característica común del pensamiento gnóstico es, por tanto, la confusión. La confusión, que implica una identificación indebida, es algo peor que el error, que significa la afirmación de verdadero a aquello que no lo es. En el error se mantiene la validez del principio de no contradicción, si bien aplicado torcidamente; en la confusión se deja directamente de lado. Por eso es que la mente aborrece naturalmente la confusión y huye de ella, como huye de lo indefinido y del vacío. 

         La consecuencia de la confusión es, ante todo, que no se advierte qué es una cosa y qué es otra. Y necesariamente se produce también la destrucción, al menos nocionalmente, de los elementos que se identifican indebidamente. Si el alma es lo mismo que el cuerpo, el alma no es tal, y tampoco lo será el cuerpo; si Dios es lo mismo que el conjunto de las criaturas, Dios no es Dios, y tampoco la criatura será criatura; si el ser es lo mismo que el no ser, entonces obviamente el ser no es el ser y no existe. 

         Dentro de esta confusión entra tanto la criatura como el Creador. Más aún, esta confusión se ve como el fundamento real de toda la visión gnóstica. Dios está presente en el mundo, como una parte, un momento o como el todo, como el mundo en su conjunto. Dios es el mundo, la criatura se hace Dios, la criatura, por su propia naturaleza, es Dios.  

Por esto, el gnosticismo rechaza la distinción. No puede admitir la distinción entre la realidad y el pensamiento, ni entre la inteligencia y la voluntad, ni, menos aún, entre el orden natural y el orden sobrenatural. Si acaso habla de una distinción, se tratará de una separación neta, que no permita sino una comunicación superficial y frágil, que haga finalmente que se suprima una de las partes y se termine en la confusión “holística”. 

1. El Espíritu Santo es a quien se apropia toda libre comunicación de Dios a la criatura 

         Cualquier comunicación real entre Dios y los hombres arruina la visión gnóstica. La primera comunicación es la causación del acto de ser, que constituye la creación. En ella tenemos la primer donación de Dios, hecha por la Sabiduría eterna de Dios, su Verbo: ¿quién sino la Sabiduría es el artífice de cuanto existe? (Sab 8,6)[4]; Todo se hizo por el Verbo y sin Él no se hizo nada de cuanto existe (Jn 1,3). La segunda es la Encarnación, que se termina en la Persona del Verbo que asume la naturaleza humana. Por todo esto es el Verbo quien, de un modo particular, destruye el error gnóstico. 

Sin embargo, también el Espíritu Santo es la Persona divina que se muestra diametralmente opuesta a esta visión deforme del gnosticismo. En efecto, es el Espíritu Santo a Quien se apropia en el seno de la Trinidad la libre comunicación y donación de Dios a las creaturas. 

- creación: la creación es el inicio absoluto del ser de las creaturas. No presupone ninguna realidad precedente en la creatura, por eso se trata del origen de las cosas a partir de la nada. Es un acto absolutamente libre de parte de Dios, que nace de la sobreabundancia de bondad y perfección que encontramos en el mismo Dios. Nada le agrega a Dios, en nada lo modifica, nada pierde Dios al crear, a nada ni a nadie se ata o condiciona, de nadie comienza a depender. Toda la dependencia, todo el cambio, toda la perfección se da en la creatura, que recibe todo el ser y el obrar de esta decisión señorial y gratuita de Dios. Se apropia a Dios Padre la creación ya que se trata del inicio absoluto de lo creado, y en este sentido guarda una particular relación con la Persona que en la Trinidad es principio sin principio, es decir, el Padre. Sin embargo, en cuanto que este principio del ser creado se debe a una libre comunicación de parte de Dios del acto de ser creatural, se apropia convenientemente al Espíritu Santo. “El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación”[5].  

En la misma donación al mundo creatural se hace presente el Espíritu Santo: “Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios”[6]. El Catecismo enseña al respecto: “La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida de toda criatura: ‘Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo... A El se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo.[7]

- Encarnación: si el Espíritu Santo se hace presente en la creación, mayor es su manifestación en la obra de la Encarnación redentora, en la que se constituye en principio activo. “La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya”[8]. Esta nueva comunicación de Dios a la creatura es inmensamente mayor que la creación: por el misterio de la Encarnación el Verbo está presente en una naturaleza humana singular en unidad de persona. No puede haber una unión mayor entre Dios y el hombre, al punto que en una frase desafiante dice San Agustín refiriéndose a este misterio: “Más está el Hijo en el hombre [Cristo] que el Hijo en el Padre”[9]

 Y es el Espíritu Santo quien realiza esta unión: por esto mismo, será Él quien prepare las almas a recibir los frutos de esta Encarnación redentora: “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El [...] nos ha injertado en la Vid verdadera... Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria eterna [San Basilio de Cesarea]”[10]

- justificación: La incorporación a Cristo, por la que se nos aplican los méritos de la Redención, constituye la justificación. Esta es producida interiormente por la gracia santificante, causa formal de la justificación[11], infundida por el Espíritu Santo: el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Ro 5,5). La extensión y aplicación del misterio de la Encarnación redentora corresponde, por tanto, al mismo a Quien se apropia la realización de aquel misterio. La obra de la justificación implica el rechazo del pecado y el inicio de una vida ordenada a Dios, subordinada a su voluntad, lo cual no puede darse si el hombre no cambia su voluntad y se decide a amar a Dios con todas sus fuerzas y a reordenar sus actos. Es por eso que se apropia correctamente al Espíritu Santo como principio de esta obra, ya que Él procede del Padre y del Hijo por vía de amor, como Amor procedente y personal[12]. Es también el Espíritu Santo aquel que libremente distribuye las gracias a los hombres: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo [...] Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad (1 Cor 12,4.11). 

2. Es el Amor Personal en el seno de la Santísima Trinidad, y por eso es frente a quien resalta de modo particular la contradicción gnóstica y sus características 

         Dios es, ciertamente, quien anula la locura de la soberbia gnóstica, con su infinita perfección, sabiduría y bondad. Pero Dios, que es Uno y Trino, se manifiesta de una manera especial en la Persona del Espíritu Santo como lo diametralmente opuesto a esta confusión y mezcla. 

         El Espíritu Santo, que es el Amor Personal, excluye todo intelectualismo rígido, una de las características de los sistemas gnósticos. Procede, sí, del Verbo, pero no se reduce ni se confunde con Él. No puede confundirse tampoco en nosotros nuestra voluntad con nuestra inteligencia, ni reducir el acto libre a una modalidad o a una expresión del pensamiento. 

         Esto nos lleva a excluir otra consecuencia: el necesarismo. Si no todo se reduce a pensamiento, entonces no todo está sujeto a la necesidad formal que encontramos en el objeto en cuanto conocido. No significa esto rechazar los primeros principios, que otorgan seguridad y necesidad a nuestro conocimiento: significa, por el contrario, no reducirlos a ámbitos parciales, a categorías puramente formales. La exclusión del necesarismo no sólo implica afirmar la contingencia, sino, más aún, la singularidad de cada uno de nuestros actos libres. Porque tenemos en nosotros el poder poner o no el acto de elección concreta, no está nuestra voluntad predeterminada o empujada por ninguna otra causa creada. 

         El necesarismo, si se excluye de la criatura, con mayor razón es preciso excluirlo en Dios, particularmente en referencia al crear. Él no crea por indigencia de perfección sino por sobreabundancia de su bondad. El emanatismo necesarista no se da en Dios. Por una parte, no puede darse ya que la perfección divina no carece de ningún bien: “puesto que el ser divino no es determinado sino que contiene en sí toda la perfección del ser, no puede ser que obre por necesidad de naturaleza..., sino que los efectos determinados proceden de su infinita perfección según la determinación de su voluntad y de su intelecto”[13]. Advierte Santo Tomás al tratar sobre el nombre de “Don” aplicado al Espíritu Santo que, si bien la donación de una Persona divina implica que podemos libremente usar y gozar de Ella según querramos, sin embargo “don no se dice por el hecho de que se da en acto, sino en cuanto tiene aptitud para poder darse”[14]. Dios no está de ningún modo obligado a comunicarse a la criatura. 

Por otra parte, Dios no es causa sólo según su intelecto sino que lo es también según su voluntad: “puesto que la forma inteligible se refiere a cosas opuestas (ya que la ciencia de las cosas opuestas es la misma), no se produciría un efecto determinado si no se determinase a una cosa sola por el apetito”[15]. De aquí que “el conocer divino tiene una relación necesaria a las cosas conocidas, pero no el querer divino a las cosas queridas. Esto es así porque la ciencia se tiene acerca de las cosas en cuanto que están en el que conoce; por el contrario, la voluntad se compara a las cosas según que están en sí mismas. Así pues, todas las cosas tienen ser necesario en cuanto que están en Dios; pero no tienen necesidad absoluta en cuanto que existen en sí mismas, de modo tal que sean necesarias por sí mismas. Por todo esto, Dios todo lo que conoce, lo conoce necesariamente, pero no todo lo que quiere lo quiere por necesidad”[16]. El Espíritu Santo se comunica a la creatura libremente y por pura misericordia. 

         La Persona del Espíritu Santo muestra de un modo particular la infinita bondad y sobreabundancia de ser de Aquel que “comprehendiendo todo en Sí mismo, tiene el mismo ser como un mar infinito e ilimitado de sustancia”[17]. Esto es así porque, por un lado, el Espíritu Santo es quien guía a la verdad completa: “La suprema y completa autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad”[18]. Pero de una manera más profunda, el Espíritu Santo es quien manifiesta a Dios como la fuente inextinguible de ser y de perfección, de donde brota toda participación de bien, tanto natural como sobrenatural, que hallamos en las cosas. En el Espíritu Santo conocemos que la perfección divina no sólo es tal, sino que es tal para sernos libremente comunicada. En este sentido remarca el Papa: “Dios, en su vida íntima, "es amor", amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto "sondea hasta las profundidades de Dios", como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios "existe" como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es Persona-don”[19].  

El gnosticismo, además del intelectualismo y el necesarismo, pretende hallar el mal -y el no ser- en el seno de la Divinidad. Este error queda de manifiesto en su absurdo ante la realidad inefable del Espíritu Santo. Dios mismo es bondad infinita y amor sustancial[20], y en el seno de la Trinidad, la tercera Persona es llamada Amor, ya que procede por vía del acto de amor entre el Padre y el Hijo: “El Espíritu Santo se dice que es nexo del Padre y del Hijo  en cuanto es Amor, porque, puesto que el Padre ama con un único amor a sí y al Hijo, y viceversa, se implica en el Espíritu Santo, en cuanto es Amor, la relación del Padre hacia el Hijo, y del Hijo hacia el Padre, como del amante hacia el amado”[21]. Más aún, en el Espíritu Santo el Padre no sólo se ama a sí mismo y al Hijo, sino a todas las creaturas: “el Padre no sólo al Hijo, sino también a sí mismo y a nosotros nos ama en el Espíritu Santo. [...] Así como el Padre se dice (expresa) a sí mismo y a toda creatura en el Verbo que engendró, en cuanto el Verbo engendrado representa suficientemente al Padre y a toda criatura; así también se ama a sí mismo y a toda criatura en el Espíritu Santo, en cuanto el Espíritu Santo procede como amor de la bondad primera, según la cual el Padre se ama a sí  y a toda criatura”[22]

3. La fidelidad al Espíritu Santo nos previene del gnosticismo 

         Podemos agrupar en tres los peligros del gnosticismo: autoconciencia (inmanencia de lo real en el pensamiento), naturalismo (inmanencia de lo sobrenatural en lo natural) y endiosamiento (inmanencia del ser divino en el hombre). De estos nos protege la plena y auténtica fidelidad al Espíritu de Amor. 

         a) El Espíritu Santo es quien nos guía a la verdad plena[23]: es obra del Espíritu en nosotros la virtud de la fe, que es “un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede «a todos gusto en aceptar y creer la verdad»"[24]. Por eso, lo primero que realiza el Espíritu Santo es abrir nuestros ojos y nuestras inteligencias para que podamos comprender los misterios sobrenaturales, es decir, aquel mundo realísimo, lleno de vida y de vigor, que supera la percepción de nuestra vida puramente humana y que consiste en la comunicación de Dios en su vida íntima a la creatura racional, y que tiene su clave de bóveda en la encarnación del Verbo. “El "guiar hasta la verdad completa" se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano”[25]

         Es esta una acción de la misericordia de Dios, ya que es imposible para nosotros tanto el descubrir la realidad de los misterios sobrenaturales como el penetrar en ellos por nuestras propias fuerzas. “El Espíritu ofrece al hombre «su luz y su fuerza... a fin de que pueda responder a su máxima vocación»; mediante el Espíritu «el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino»; más aún, «debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma que sólo Dios conoce, se asocien a este misterio pascual»”[26]. La fe supone humildad de nuestra parte, admitiendo que no todo está abierto a las simples fuerzas de nuestra razón, e incluso aquellas verdades a las que el hombre puede naturalmente llegar han sido alcanzadas por pocos, arribando después de mucho tiempo y con mezcla de muchos errores[27].  

         Una guía del todo especial que nos ha dejado el Espíritu Santo es el Magisterio de la Iglesia, a quien corresponde la interpretación auténtica del depósito de la revelación. Este Magisterio, confiado a Pedro y sus sucesores, y a todos los obispos del mundo en comunión con él, es un don particular del Espíritu. “Entre todas las Iglesias y comunidades eclesiales, la Iglesia Católica es consciente de haber conservado el ministerio del sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como «principio y fundamento perpetuo y visible de unidad», y que el Espíritu Santo  sostiene para que haga partícipes de este bien esencial a todas las demás”[28]. Cimentado sobre Jesucristo, el Verbo encarnado, este Magisterio permanece para siempre: “La solidez de aquella fe que ha sido ensalzada en el Príncipe de los Apóstoles, es perpetua. Y así como resta firme lo que en Cristo Pedro creyó, así permanece para siempre lo que en Pedro Cristo instituyó”[29]. No queda, pues, afectado por ninguna indebida adaptación al mundo, ni por la incerteza de las distintas corrientes y sistemas filosóficos, ni por las consecuencias del pecado, que oscurece y obnubila la inteligencia humana. 

         En este punto tenemos otro inestimable auxilio, una gracia del todo particular sobre todo en estos tiempos modernos, en el pensamiento vivo de Santo Tomás. Un regalo especialísimo del Espíritu Santo, merced al cual podemos advertir y superar el sofisma gnóstico, es la fidelidad a la visión realista del Aquinate. Recuerda en este sentido el P. Fabro: “La filosofía moderna de la inmanencia ha fallado completamente en el diagnóstico de la verdad, ya que es errónea en sus razones formales y sobre todo aberrante en su principio inspirador que es justamente el principio de inmanencia. Igualmente hay que reconocer que la filosofía clásica antigua y medieval ha quedado en sus particulares modalidades históricas, inadecuada e insuficiente para el hombre moderno. Es para superar este punto muerto que la Iglesia de nuestros tiempos ha elegido al tomismo como forma de pensamiento universal”[30]

         Somos así, por esta gracia de la fe, asistidos por el Espíritu Santo para evitar el peligro gnóstico de la autoconciencia. Esta consiste en la reducción del ser extramental al ser de razón, al orden intencional. Es la primera forma de encerrarse en sí y partir de sí como de primer principio, es decir, es la primera forma de inmanencia. Partiendo de la afirmación del yo como principio primero del ser y del conocer, se concluye identificando lo real y lo racional intencional: lo real es racional y lo racional es real. Todo el orden real está contenido y cifrado en lo racional. Pero no se trata de un orden intencional presente en Dios, en Quien las ideas divinas se identifican con la esencia divina y son tanto ejemplar de las criaturas como principio de su conocimiento[31]. Por el contrario, afirma claramente el mismo Hegel: “El desarrollo del espíritu partiendo de la sensación suele entenderse como si la inteligencia, en un principio, apareciese absolutamente vacía y recibiese, por tanto, todo su contenido de fuera, como algo totalmente ajeno a ella. Esto es un error, pues lo que la inteligencia parece recibir de fuera no es, en realidad, otra cosa que lo racional y, por consiguiente, lo idéntico al espíritu e inmanente a él. Por tanto, la actividad del espíritu no tiene otro fin que el de refutar, mediante la superación del aparente ser exterior a sí mismo, la apariencia de que el objeto es exterior al espíritu”[32]. Es un orden intencional del hombre, en cuya autoconciencia se manifiesta Dios y se expresa el mundo, sin distinción esencial, ni solución de continuidad, ni prioridad de órdenes. Esta primera manera de inmanencia es la que funda y lleva a la segunda: la reducción del mundo sobrenatural al orden puramente natural. 

         b) nos asegura la promesa del cielo[33]: nos recuerda el Apóstol San Pablo que la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Ro 5,5). La posesión de la vida eterna es algo que, del mismo modo que el conocimiento de los misterios sobrenaturales, nos supera completamente. Se trata de la consecución de nuestro último fin, de alcanzar la perfección completa, de contemplar la Verdad primera cara a cara. El gnosticismo lo pretende también, sólo que con sus propias fuerzas, repitiendo así el pecado de su primer padre, el demonio: “[El demonio] apeteció ser como Dios porque buscó como fin último de la bienaventuranza aquello a lo que podía llegar con el poder de su naturaleza, relegando así su apetito de la bienaventuranza sobrenatural, que es por la gracia de Dios. O si apeteció como último fin aquella semejanza que se da por la gracia, quiso tener esto por la virtud de su naturaleza y no por el auxilio divino según la disposición de Dios... Apeteció aquello a lo que hubiese llegado si se hubiese mantenido [en su condición]”[34]

         El Espíritu Santo nos infunde la virtud de la esperanza, que consiste en “la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo”[35]. Con esta esperanza, trascendemos los estrechos límites de este mundo y se acrecienta inmensamente nuestra libertad interior, que es obra del Espíritu Santo: El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Es en esta libertad, alcanzada por la acción del Espíritu Santo, donde se logra la plenitud a la que el hombre aspira, y que el gnosticismo pretende tanto por la autoconciencia como por la voluntad desligada de todo orden objetivo. Recuerda el P. Fabro: “La pérdida en el mundo moderno de la esperanza cristiana, en el sentido de la pérdida de la trascendencia doble, ha sido obtenida en varias direcciones y a niveles siempre más profundos de radicalización de la fundación de lo real y de la libertad: como totalidad en acto en los sistemas racionalistas, como espontaneidad inmediata en el empirismo, como libertad a priori en Kant y en el idealismo, como identidad de ciencia y verdad en el positivismo, como dialéctica de hombre y sociedad en el marxismo y de existencia y libertad en el existencialismo, para terminar (y podría ser el fin del mismo género humano) con el avanzante dominio de la técnica que ya ha sujetado la misma ciencia, y con ella la política y la ética, y está reduciendo el hombre a instrumento del cosmos... Ahora bien, la raíz responsable de esta universal catástrofe... es precisamente el principio de inmanencia”[36]

         Este don de Dios culmina en el supremo acto de libertad interior que constituye el martirio. Por la acción del Espíritu Santo, el mártir renuncia libremente al bien de la propia vida para testimoniar la fidelidad de Dios a sus promesas y la eficacia infalible de su gracia, libre y gratuitamente concedida. “Pertenece, pues, a la razón del martirio el que alguno se mantenga firmemente en la verdad y la justicia frente al ímpetu de los perseguidores”[37]. Gracias a la acción del Espíritu Santo, “la fortaleza infusa afirma el ánimo del hombre en el bien de la justicia de Dios, que es a través de la fe en Jesucristo (Ro 3,22)”[38]. Y este testimonio del martirio implica un rechazo radical a la confusión entre el bien y el mal, y más radicalmente entre el ser y el no ser, que corroe la mentalidad gnóstica, como recuerda Juan Pablo II: “El martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia [...] Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal”[39]

         De este modo, superamos el peligro gnóstico del naturalismo: se reduce todo al orden natural, y aún -particularmente en los sistemas materialistas- al orden de las cosas materiales y visibles. Las realidades sobrenaturales son una sublimación, o un apéndice, o la porción incondicionada, del mundo humano. Lo sobrenatural es lo natural, sólo que evolucionado y plenificado. La felicidad y la plena posesión de la Verdad y del Bien es puramente fruto de nuestros esfuerzos, todo se halla en este mundo o al menos en este orden de cosas. No es necesario ningún auxilio externo al hombre, más aún, no hace falta nada externo al hombre. Interpretando torcidamente aquello de el Reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21), para el gnosticismo toda la perfección está en nosotros y hace falta sólo advertir que somos parte del todo divino. Hegel admite: “Recién después de la muerte de Cristo el Espíritu podía descender sobre sus amigos, y sólo entonces ellos podían comprender la verdadera idea de Dios, a saber, que en Cristo el hombre está redimido y reconciliado; en él se reconoce el concepto de verdad eterna: que la esencia del hombre es el espíritu, y que sólo despojándose de su condición finita y abandonándose a la pura autoconciencia logra llegar a la verdad”[40]. Somos, por ende, Dios, y este es el tercer elemento del que nos libra el Espíritu Santo: la tentación del endiosamiento del hombre. 

                   c) nos une a Jesucristo Cabeza[41]: el Espíritu Santo realiza la plena incorporación de cada hombre a Cristo y lo inserta interiormente en Aquel que es la Vid verdadera. Somos así participantes de Cristo: la gracia santificante que nos es otorgada por el Espíritu Santo se nos comunica por medio del único Mediador, que ha recibido la plenitud de la gracia. “El alma de Cristo recibía la gracia para que, a partir de ella, se derramase a los otros... Se le confería la gracia como a un cierto principio universal en el género de los que poseen la gracia”[42]. Más aún, “de la eminencia de gracia que recibió, le compete [a Cristo] que aquella gracia se derive a otros, lo cual pertenece a la razón de Cabeza. Y por esto es la misma según la esencia la gracia personal por la que el alma de Cristo es justificada, y la gracia suya en cuanto que es Cabeza de la Iglesia que justifica a los otros, si bien difieren según la razón”[43]

         La redención obrada por Jesucristo es aplicada, pues, a cada uno por el Espíritu Santo, que es enviado para completar la obra de Jesús: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! (Gal 4,4-6). Por eso es que el envío del Espíritu Santo complementa y perfecciona el envío del Hijo: “La "partida" de Cristo a través de la Cruz tiene la fuerza de la Redención; y esto significa también una nueva presencia del Espíritu de Dios en la creación: el nuevo inicio de la comunicación de Dios al hombre por el Espíritu Santo. [...] El Espíritu viene a costa de la " partida " de Cristo [...] A costa de la Cruz redentora y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el Espíritu Santo viene para quedarse desde el día de Pentecostés con los Apóstoles, para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo. De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo inicio de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de Jesucristo, Redentor del Hombre y del mundo”[44]

         La unidad realizada por el Espíritu Santo de cada hombre con Cristo Cabeza constituye al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, que forma con Cristo una sola Persona mística: "Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con la Iglesia que El asumió", recuerda San Gregorio Magno[45]. El Espíritu Santo es así artífice de esta unidad eclesial. “"A este Espíritu de Cristo, como a principio invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo estén íntimamente unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza, puesto que está todo él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros". El Espíritu Santo hace de la Iglesia "el Templo del Dios vivo" (2 Cor 6,16): Es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el «Don de Dios» [el Espíritu Santo]... Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios... Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia (San Ireneo)”[46]. El Espíritu Santo infunde así en nosotros la virtud de la caridad, uniéndonos a Cristo íntimamente: el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Ro 5,5). 

A todo esto se opone diametralmente el ideal de endiosamiento que propone, época tras época, el gnosticismo. Somos, según esta visión, un momento de la divinidad, sea que se admita la existencia de Dios -de un Dios en tales condiciones que no puede ser Dios, obviamente-, sea que, como ha hecho el materialismo, ponga al hombre o a la materia en su lugar. 

Para que esto pueda admitirse, hubo que partir de la posibilidad de cambio en Dios. Un claro texto hegeliano -aplaudido por Hans Küng como ejemplo de superación de la dualidad entre Dios y el hombre- nos muestra cómo el gnosticismo postula esta concepción de Dios que se reduce al cambio: “Muy bien puede decirse que la vida de Dios y el conocer divino es como un juego de amor consigo mismo; esta idea degenera en beatería e incluso en insustancialidad cuando le falta la seriedad, el dolor, la paciencia y el trabajo de lo negativo. En sí misma, esta vida es, en efecto, inalterable igualdad y unidad consigo misma, sin la seriedad de la alteridad y de la enajenación y sin la seriedad de la superación de dicha enajenación. Pero este en sí es la generalidad abstracta, en que se hace abstracción tanto de su propia naturaleza, que es ser para sí, como del automovimiento de la forma”[47]

Conclusión 

         La fidelidad al Espíritu Santo nos libra del peligro gnóstico, peligro que acecha no sólo en referencia a los criterios de pensamiento sino también a los valores y a los objetivos concretos del obrar. Esta fidelidad al Espíritu Santo debe traducirse, hoy particularmente, en el doble esfuerzo de conocer, amar e imitar cada vez más a Cristo, el Verbo Encarnado, cuya obra redentora, llega hasta nosotros por la acción del Espíritu Santo: conocer y amar a Cristo en la oración, en la Eucaristía, en la práctica cotidiana de las virtudes, en el estudio; y además, captar y profundizar en la mente y en el genuino espíritu de Santo Tomás, estudiándolo con entusiasmo y lucidez y esforzándonos por imitar sus disposiciones interiores hacia la verdad. 

         Frente a la tentación de la soberbia gnóstica, es preciso seguir con humildad a nuestro Redentor, guiados por el Espíritu Santo, como nos recuerda San Ireneo: “Seguir al Salvador es beneficiarse de la salvación, y seguir la Luz es recibir la luz. Pues los que están en la luz no son los que iluminan a la luz, sino que la luz los ilumina y esclarece a ellos, ya que ellos nada le añaden, sino que son ellos los que se benefician de la luz. Del mismo modo, el servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión... La razón por la que Dios desea que los hombres lo sirvan es su bondad y misericordia, por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio, pues, si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios”[48].


[1]  Esta postura es central en la concepción del joaquinismo, entre los medievales, y de la “edad del Espíritu” o el “nuevo Evangelio eterno” (neuen ewigen Evangeliums) de Hegel, como expone con gran claridad Massimo Borghesi en L’etá dello Spirito in Hegel. Dal Vangelo “storico” al Vangelo “eterno”, Roma 1995. Cf. particularmente Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 29; Dominum et Vivificantem, 24-25.

[2]  Nº 54.

[3]  J. Meinvielle, De la Cábala al progresismo, Salta 1970, 14-15.

[4] Cf. también: Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada. No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe. Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su precepto - y las aguas no rebasarán su orilla - cuando asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia [...] y mis delicias están con los hijos de los hombres. (Prov 8, 25-31).

[5]  Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, nº 10.

[6]  Juan Pablo II, id., nº 12.

[7]  Catecismo de la Iglesia Católica, nº 703.

[8]  Catecismo de la Iglesia Católica, nº 485.

[9]  San Agustín, De Trinitate I, 10. Santo Tomás, que usa este texto como autoridad (sed contra) para argumentar que la unión de las dos naturalezas (en Cristo) es la máxima de las uniones, aclara al final del artículo, luego de solucionar las objeciones: “Puesto que lo que se objeta en contrario [sed contra] supone algo falso, o sea, que es mayor la unión de la encarnación que la unidad de las personas divinas en la esencia, hay que decir, en referencia a la citación de San Agustín, que la naturaleza humana no está más en el Hijo de Dios que el Hijo de Dios en el Padre, sino mucho menos; pero este hombre, en cuanto a alguna cosa, está más en el Hijo que el Hijo en el Padre; es decir, lo mismo se supone (idem supponitur) al decir hombre, en cuanto se toma por Cristo, y al decir Hijo de Dios; por el contrario, no es el mismo el supuesto del Padre y del Hijo” (S. Th. III, 2, 9).

[10]  Catecismo de la Iglesia Católica, nº 736.

[11]  Tal ha sido definido por el  Concilio de Trento.

[12] El Espíritu Santo y el Verbo son, por razones distintas, principio de los dones sobrenaturales: cf. S. Th. I, 43, 5 ad 1 y ad 2; a. 7 c.

[13]  S. Th. I, 19, 4c.

[14]  S. Th. I, 38, 1 ad 4.

[15]  S. Th. I, 14, 8c.

[16]  S. Th. I, 19, 3 ad 6.

[17] “Principalius omnibus quae de Deo dicuntur nominibus, est Qui est: totum enim in seipso comprehendens, habet ipsum esse velut quoddam pelagus substantiae infinitum et indeterminatum” (San Juan Damasceno, De Fide Orthodoxa I, 9; PG 94, 836; citado en S. Th. I, 13, 12).

[18]  Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, 7.

[19]  Juan Pablo II, id., 10.

[20]  Cf. 1 Jn 4, 8.

[21]  S. Th. I, 37, 1 ad 3.

[22]  S. Th. I, 37, 2 ad 3.

[23]  Cf. Ef 3,5-6.

[24]  Catecismo de la Iglesia Católica, 153.

[25]  Dominum et Vivificantem, 6.

[26]  Redemptoris Missio, 28.

[27]  “Quia veritas de Deo, per rationem investigata, a paucis, et per longum tempus, et cum admixtione multorum errorum, homini proveniret: a cuius tamen veritatis cognitione dependet tota hominis salus, quae est in Deo” (S. Th. I, 1, 1).

[28]  Ut  unum sint, 88.

[29]  “Solíditas enim illius fidei, quae in Apostolorum Principe est laudata, perpetua est; et sicut permanet quod in Christo Petrus credidit, ita permanet quod in Petro Christus instituit” (San León Magno, Sermo 3 de natali ipsius, 2; PL 54, 145).

[30]  C. Fabro, Tomismo e pensiero moderno, Roma 1969, 10.

[31]  Cf. S. Th. I, 15, 3.

[32]  Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, Werke VI, 447.

[33]  Cf. Ro 5,5;

[34]  S. Th. I, 63, 3.

[35]  Catecismo de la Iglesia Católica, 1817.

[36]  C. Fabro, “Il cristiano s’interroga sulla speranza oggi”, Momenti dello spirito II, Assisi 1983, 226.

[37]  S.Th. II-II 124, 1.

[38]  S. Th. II-II 124, 2 ad 1.

[39]  Veritatis Splendor, 93.

[40]  Lezioni sulla filosofia della storia, tr. it. de G. Galoger-C.Fatta, III, Firenze 1967, 256.

[41]  Cf. Gal 4,6; Ro 8,9b; Ef 3,16-17;

[42]  S. Th. III, 7, 9.

[43]  S. Th. III, 8, 5.

[44]  Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, 14.

[45] “Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam assumpsit, exhibuit”, Catecismo de la Iglesia Católica, 796.

[46]  Catecismo de la Iglesia Católica, 797.

[47]  Fenomenología del Espíritu, Werke II, 20; citado por H. Küng¿Existe Dios?, Madrid 41979, 214.

[48]  Adversus haereses 4,14.