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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
La moral joánea: una moral de la verdad. - Ignace de la Potterie, S.J. |
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La moral joánea: una moral de la verdad. Ignace de la Potterie, S.J.(1) |
Sobre la moral joánea se ha escrito relativamente poco. De 1957 a 1970 se han publicado tres libros sobre el tema: uno, de un protestante, O. Prunet (2); los otros dos, escritos por católicos, eran tesis presentadas en Roma: la primera de un canadiense, Noël Lazure, preparada para la Academia Alfonsiana (3); la otra de un argentino, J.M. Casabó Suqué, sustentada en la Gregoriana (4).
Las tres obras no están lo suficientemente logradas, porque no han conseguido hacer ver el carácter específico, el alma profunda que constituye la unidad de la moral joánea. Años antes, sin embargo, aquella unidad profunda había sido bien descrita, y de modo sintético, por dos connotados especialistas de los escritos joáneos: J. Bonsirven y F.-M. Braun. El primero, como conclusión de su comentario a las Cartas de Juan, escribía ya en 1954: «(La gnosis cristiana que nos presenta Juan) es profundamente mística. En contraste con un moralismo natural o alguna estrecha forma de ascetismo, no se preocupa (...) por dar directivas prácticas para alcanzar una perfección humana; busca ante todo la comunión con Dios» (5). En el mismo año de 1954 F.-M. Braun, en un artículo sobre Moral y mística en San Juan, explicaba aún más claramente que, estrictamente hablando, Juan no nos ha dejado una moral en el sentido ordinario de la palabra, sino más bien una mística, que contiene implícita una moral. Sin embargo, agregaba inmediatamente, esta mística «contiene (una moral), elevándola a su nivel, para hacer de ella un camino en la Luz revelada, y una vida conforme a la dignidad de los hijos de Dios» (6).
Esta alusión a la vida filial de los cristianos en relación a la moral nos invita a ilustrar tal referencia a la mística joánea con un ejemplo concreto en el que se trata directamente de la vida moral: pensemos en los dos textos en los que San Juan -el único en hacerlo en el Nuevo Testamento- no teme decir que el hijo de Dios no puede ya pecar (1Jn 3,6-9; 5,18). Esta afirmación audaz ha desconcertado a casi toda la exégesis latina. Pero la tradición griega le ha dado espontáneamente una interpretación al mismo tiempo precisa, profunda y mística. Veámoslo para el texto de 1Jn 5,18: «Todo el que ha nacido (gegennêmenos) de Dios no peca; pero el Engendrado (gennêtheis) de Dios (=el Hijo de Dios) le guarda», dice Juan; y he aquí el comentario de Ecumenio: «Cuando aquel que ha nacido de Dios se ha entregado completamente (heauton ekdous) al Cristo que habita en él mediante la filiación, queda fuera del alcance del pecado» (7). Como se ve, el autor parte aquí de la experiencia subjetiva, pasiva y mística de la vida del hijo de Dios, es decir de su crecimiento espiritual en Cristo, y de Cristo en él. Notemos que esta interpretación no es de ningún modo arbitraria: los elementos que la fundan se encuentran en el texto paralelo de 1Jn 3,9, como veremos. Interpretaciones semejantes, y aún más explícitas, son propuestas por otros Padres griegos, como Clemente Alejandrino, Severo de Antioquía, Gregorio de Nisa, Máximo el Confesor y Focio, Patriarca de Constantinopla en el siglo IX (8).
Pero para dar una base objetiva y sólida a nuestro argumento regresemos al nivel directamente exegético, y hagamos algunas observaciones preliminares, pero decisivas, sobre el vocabulario joáneo, es decir sobre el modo en el que Juan reinterpreta y transforma los términos y las expresiones que eran usadas en la tradición anterior para describir el variado comportamiento moral de los creyentes.
Primera observación: en su modo de hablar de las virtudes y de los pecados de los cristianos, Juan se concentra poderosamente en lo esencial. Mientras los Sinópticos y los autores de las Cartas del Nuevo Testamento hablaban de diversas virtudes -por ejemplo, en Gál 5,22: «caridad, alegría, paz, paciencia, bondad, benevolencia, confianza, mansedumbre, dominio de sí»- Juan parece conocer solamente dos virtudes: la fe y el amor. Una constatación complementaria se debe hacer para los vicios: se diría que existen solamente dos, que son precisamente lo contrario de las dos virtudes indicadas anteriormente: la incredulidad (que para Juan es el pecado fundamental, casi el único: es la iniquidad, el «pecado del mundo») y luego el odio a los hermanos (quien odia demuestra que verdaderamente camina en las tinieblas: también en él se encuentra la ausencia de la verdad, 1Jn 2,4-9). Por ello no sería excesivo afirmar que toda la moral joánea se compendia en dos palabras: «en la verdad y en el amor» (2Jn 4). Se podría también decir: «en la fe y en la caridad». Una confirmación nos viene del hecho de que toda la Primera Carta de Juan está construida sobre el desarrollo progresivo de estas dos virtudes, para concluir con el grito de triunfo: «Ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe...» (1Jn 5,4). También aquí se ve que el amor viene sólo en segundo lugar con respecto a la fe; es, por así decirlo, su fruto maduro.
Segunda serie de observaciones: veamos qué verbos y sustantivos estaban en uso en la tradición anterior para describir el actuar moral de los cristianos. Juan retoma usualmente estos términos, pero conectándolos con el tema de la verdad. He aquí los casos principales. Notemos primero el uso de los sustantivos.
a) La obra, la acción del hombre (ergon). Este término hace pensar inmediatamente en la dialéctica paulina entre la fe y las obras (hê pìstis/ta erga) en la justificación (ver Rom 3,27). También en 1Jn 3,18 es recordada la importancia de las obras en la vida cristiana; pero no se trata ya de dialéctica sino de profundización regular hasta la raíz última de las obras, la cual se encuentra precisamente en la verdad: «Debemos amar con las obras y en la verdad», es decir debemos también «ser de la verdad» (1Jn 3,19); esto equivale a decir que la verdad debe ser en nosotros la fuente de nuestras obras (1Jn 3,16).
b) La ley (nomos). Pablo había ya reprochado a los judíos el pensar que, en la ley mosaica, ellos poseían el paradigma de la ciencia y de la verdad (Rom 2,20). Juan acentúa el contraste: si la ley ha sido dada (edothê) por medio de Moisés, la gracia de la verdad ha acontecido (egeneto) sólo en Jesucristo (Jn 1,17). La nueva ley del cristiano, por tanto, ya no es la ley: es la verdad de Cristo, un evento que es una gracia del Padre. Estamos más allá del nivel de la moral.
c) El mandamiento (entolê). Para Juan, obviamente, los mandamientos se concentran en el del amor; pero aquel que pretende conocer a Dios y no observa los mandamientos, dice Juan, demuestra que «en él no está la verdad» (1Jn 2,4), permanece en las tinieblas (1Jn 2,9); en cambio, «quien ama al hermano permanece en la luz» (1Jn 2,10); la raíz del mandamiento es la verdad.
d) Observaciones similares se pueden registrar para el uso de los verbos que describen el actuar moral de los hombres, por ejemplo «hacer» (poiein), «caminar» (hagiazein), «adorar» (proskynein). En el Nuevo Testamento, sólo Juan usa estos verbos en conexión formal con la verdad: «hacer la verdad» (Jn 3,21; 1Jn 1,6), «caminar en la verdad» (2Jn 4; 3Jn 3,4), «santificar en la verdad» (Jn 17,17), «adorar en el Espíritu y en la verdad» (Jn 4,23).
Una confirmación decisiva nos ha venido de los resultados alcanzados después de nuestro largo trabajo sobre el tema de La verdad en San Juan (9). El abundante material recogido ha sido organizado en 12 capítulos, que han sido luego distribuidos en tres grandes partes: Jesús y la verdad, el Espíritu y la verdad, el creyente y la verdad. Ahora bien -y es un hecho muy significativo- esta tercera parte, notablemente más larga que las otras dos juntas, llena ella sola todo el segundo volumen de la obra (más de 600 páginas) (10). Es decir que los textos en los cuales Juan describe el significado concreto de la verdad para los creyentes son más abundantes que los que indican la relación de la verdad con Cristo y el Espíritu. La conclusión es obvia: esta tercera parte nos presenta la estructura fundamental de aquello que hemos llamado la moral joánea de la verdad. Es precisamente éste el tema que quisiéramos brevemente sintetizar aquí: para Juan toda la vida de los verdaderos cristianos debe ser un vivir «en la verdad».
Ahora bien, los seis capítulos de este segundo volumen han sido dispuestos en un orden genético y progresivo. Al principio se analiza la fórmula «hacer la verdad»: significa que la vida del hombre es un camino hacia la fe, una asimilación de la verdad (cap. VI). Luego se ve cómo aquella vida de fe se ahonda con la lenta penetración en nosotros de la verdad de Cristo (cap. VII: «conocer la verdad»; cap. VIII: «ser de la verdad»). Todo el comportamiento concreto del verdadero creyente, por tanto, consiste a fin de cuentas en un auténtico y variado modo de vivir y de actuar «en la verdad» (cap. IX). Dos capítulos complementarios explican además que el cristiano puede ser de este modo liberado por la verdad (cap. X), a condición evidentemente de que él se esfuerce siempre por cooperar con la verdad (cap. XI). Como se ve, el principio interno de todo este nuestro camino moral como creyentes es siempre «la verdad que permanece en nosotros» (ver 2Jn 2).
Frente a estas constataciones convergentes se comprende cuánto nos impresionó el título tan «joáneo» elegido por el Papa para la encíclica sobre la moral: Veritatis splendor. La idea global era que, para una auténtica vida moral, el cristiano debe intentar vivir «en el esplendor de la verdad». Semejante fórmula, sin duda inusual como título de una encíclica, nos sorprendió. Una investigación histórica nos ha permitido aceptar que un título de esa naturaleza estaba probablemente inspirado en la antigua tradición latina patrística y litúrgica, especialmente en los escritos de San Gregorio Magno. Pero cualquiera que sea la precisa proveniencia del título, permítasenos citar al menos dos textos que hacen ver muy a las claras su idea fundamental, es decir que la verdad interior del creyente debe siempre expresarse en una irradiación exterior, en su comportamiento moral. San Gregorio, por ejemplo, escribía que en el corazón de la Iglesia viven «almas radiantes por la luz de la verdad» (11). La misma metáfora se encuentra en una oración litúrgica aún actual, pero que proviene de un antiguo Sacramentario: «Oh, Dios, que con la gracia de la adopción has querido que fuéramos hijos de la luz, haz, (te) rogamos, que no seamos envueltos en las tinieblas de los errores, sino que permanezcamos siempre radiantes en el esplendor de la verdad» (12).
Es tiempo ya de tratar directamente de los textos de Juan. Lo haremos en dos etapas. En un primer momento, diremos sintéticamente lo que es para Juan la verdad en sus relaciones objetivas con Cristo y con el Espíritu. Luego nos detendremos más largamente sobre nuestro tema específico, con una presentación genética de lo que hemos llamado «la moral joánea de la verdad», esto es la relación entre la verdad y el creyente, de una parte, y el actuar cristiano, de otra.
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Notas
1.Ignace de la Potterie, S.J., sacerdote belga, fallecido el 11 de septiembre de 2003, fue profesor emérito del Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Reconocido especialista en Sagrada Escritura y autor de numerosos estudios especializados y trabajos de divulgación. Participó como perito en el Concilio Vaticano II. Entre sus obras traducidas al castellano se cuentan La verdad de Jesús; María en el Misterio de la Alianza; La Sagrada Escritura y el Vaticano II; entre otras.
2. O. Prunet, La morale chrétienne d'après les écrits johanniques (Evangile et épîtres), París 1957.
3. N. Lazure, Les valeurs morales de la thélogie johannique (Evangile et Épîtres), París 1965.
4. J.M. Casabó Suqué, La teología moral en San Juan, Actualidad Bíblica 14, Fax, Madrid 1970.
5. J. Bonsirven, Épîtres de Saint Jean, París 1954, pp. 57-58 (las cursivas son nuestras).
6. F.-M. Braun, Morale et mystique à l'école de Saint Jean, en Morale et requêtes contemporaines, París 1954, p. 82 (ver pp. 71-84). Una observación análoga se encuentra en O. Prunet, ob. cit., V: «L'éthique jaillit de la mystique» («La ética brota de la mística»).
7. Ver nuestro artículo L'impeccabilità del cristiano secondo 1 Gv 3,6-9, en I. de la Potterie - S. Lyonnet, La vita secondo lo Spirito, condizione del cristiano, Roma 1992, pp. 234-258 (el texto de Ecumenio está citado en la p. 236, nota 4).
8. Ver allí mismo, p. 236, nota 3 y p. 255, nota 43; para Focio y Clemente Alejandrino, ver nuestra obra La vérité dans Saint Jean, t. II, Analecta Bíblica 74, Biblical Institute Press, Roma 1977, p. 610 y p. 1001, nota 278.
9. Ver la nota precedente.
10. Ver los títulos: tome II (troisième partie): «Le croyant et la vérité» (tomo II [tercera parte]: «El creyente y la verdad»), pp. 479-1128.
11. Moralia, 19,10,17 (CC 143 A, 968). El texto latino es el siguiente: «veritatis luce resplendentes animas».
12. Esta oración se lee también el XIII Domingo del Tiempo Ordinario (en nuestra traducción, sin embargo, seguimos de cerca el original latino y no la versión oficial del Misal: «ut in splendore veritatis semper maneamus conspicui»). Otros textos antiguos, tanto patrísticos (especialmente de San Gregorio) como litúrgicos, sobre la relación entre la verdad cristiana y la vida moral del creyente, se pueden encontrar en La vérité dans Saint Jean, t. II, ob. cit., pp. 1033-1046. Queremos citar por lo menos otra oración litúrgica, muy semejante a aquélla transcrita anteriormente y que se remonta probablemente al mismo Papa Gelasio (492-496) (ver La vérité dans Saint Jean, t. II, ob. cit., pp. 1039-1040, incluidas las notas): «Oh Dios que manifiestas la luz de tu verdad a quienes andan errantes para que puedan regresar al camino recto, concede a todos los que se profesan cristianos rechazar aquello que es contrario a este nombre y seguir aquello que le es conforme» (Lunes de la III Semana del Tiempo Pascual). Subrayamos algunos detalles: la verdad que viene de Dios es una luz para los hombres, una revelación (veritatis tuae lumen) que se ha manifestado también a los que andan errantes; los que se profesan cristianos deben intentar seguir aquello que se conforma a este nombre; en otros términos, la fe de los cristianos debe, por una parte, ser profesada; por otra parte debe funcionar también como norma en el seguimiento, es decir en el actuar cristiano; para los que andan errantes, en cambio, aquella luz de la verdad de Dios debe ser una invitación a «regresar al recto camino».
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