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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado LA JORNADA DE UN SACERDOTE JUDÍO EN EL TEMPLO.- Federico Manns |
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LA JORNADA DE UN SACERDOTE JUDÍO EN EL TEMPLO Por Federico Manns Tomado de la revista de la Custodia Franciscana de Tierra Santa: «Tierra Santa», mayo- junio 1984 |
El Nuevo Testamento y, más particularmente, la Epístola a los Hebreos, opone Jesús, el nuevo sacerdote, a los antiguos sacerdotes que oficiaban en el templo. Para comprender mejor en qué consiste esta oposición, comencemos por trazar “el trabajo” (avoda) de un sacerdote judío en el Templo.
Si quisiéramos reunir todos los elementos relacionados con este estudio sería necesario hacer un repaso completo de la liturgia judía, es decir, examinar los tratados de la Mishna que hablan de la Pascua, del Día de las Expiaciones, del siclo del Templo, de la ofrenda de las primicias, así como de los tratados Sota y Para. Tal empresa traspasa los límites del presente artículo. Trataremos aquí únicamente de la actividad cotidiana de un sacerdote judío en el Templo, basándonos en los tratados de la Mishna Tamid (Sacrificio perpetuo) y de Midot (medidas del Templo).
Antes de entrar en el tema, es necesario examinar las fuentes empleadas en el presente artículo y después una referencia a la disposición de los lugares en el segundo Templo
I - Se sabe que la Mishna es una compilación de temas jurídicos que comentan las leyes del Pentateuco. Esta compilación es relativamente tardía, ya que se atribuye a R. Juda, un príncipe que vivió a finales del siglo II d.J.C.
El Tamid es un tratado que describe la liturgia cotidiana en el Templo y determina las reglas que se deben observar referentes al holocausto cotidiano mañana y tarde, de un cordero de un año, según la descripción del Exodo (29,38 y Nb 28, 3). La nota característica de este tratado es que cita únicamente reglas anónimas. No se cita una sola autoridad de los grandes doctores de la Ley. La mención de los maestros tannaitas en 3,3; 3,8; 5,2 y 7,2, no figura en los manuscritos y son, por lo tanto, añadiduras posteriores.
Nos preguntamos si el anonimato de estas reglas es una señal de su aceptación general por todas las autoridades. El problema se complica por el hecho de que muchas afirmaciones de la Mishna Tamid están en contradicción con otros tratados. L. Ginzberg ha señalado 14 casos de contradicciones y ha concluido que el tratado Tamid no pertenece originariamente a la Mishna de R. Juda, aunque haya sido colocado en la compilación final. Además, el análisis lingüístico del tratado ha permitido a Ginzberg de constatar que el vocabulario es arcaico y que el autor usa expresiones insólitas. Esto le ha permitido concluir que el tratado Tamid es el más antiguo de toda la Mishna.
Si las conclusiones de Ginzberg son exactas, las indicaciones del tratado Tamid son sólidas y serias. Pero hubiéramos deseado saber el ambiente en el que fue redactado este tratado. ¿Fue escrito por los sacerdotes que Tito confinó en Gifna, según la afirmación de Flavio Josefo, o mas bien proviene de otros sacerdotes repartidos en todo el país y que, una vez destruido el Templo, se dedicaron a actividades profanas? Se sabe que la Mishna menciona entre los maestros tannaitas algunos sacerdotes, como R. Hanina, el prefecto del Templo, y R. Joshua Ben Hanina, así como algunos levitas. A pesar de los puntos de interrogación que existen, se puede afirmar que la descripción de la liturgia cotidiana en el Templo está basada en buenas informaciones.
II — El Templo de Jerusalén.
En el tratado Midot de la Mishna tenemos la descripción detallada del Templo. Evitaremos en el presente artículo de presentar una descripción seca de los lugares que formaban el Templo, ya que nos expondríamos a olvidar la teología tan rica de este lugar sagrado.
El Templo de Jerusalén era conocido con el nombre de Líbano, ya que en él se realizaba la profecía de Isaías 1,18: “Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarían blancos (lebanín) como la nieve”. Era la ofrenda de los sacrificios la que procuraba la expiación de los pecados.
Otro elemento del Templo que proporcionaba materia de especulación teológica era la Piedra de Fundación del Mundo, que se encontraba en el Santo de los Santos. Esta piedra cerraba las aguas del abismo y se decía que mientras hubiese sacrificios en el Templo no habría otro diluvio.
En fin, la presencia de la Shekinah, conocida a veces bajo el nombre de Espíritu Santo, aseguraba al lugar su carácter sagrado.
El atrio de las mujeres gozaba de una situación especial durante la fiesta de las Tiendas, ya que se le iluminaba y en él se hacían los regocijos populares descritos en la Tosephta del tratado Sukkot. Es en este atrio donde estaban almacenados el vino, el aceite y la leña del Templo. El atrio terminaba en una escalinata de 15 gradas semi-circulares, en donde se acomodaban los levitas cuando cantaban o acompañaban a los coros con sus instrumentos músicos. Más allá de la puerta de Nicanor se extendía el atrio de los gentiles y después de la plataforma (dukan) comenzaba el lugar reservado a los solos sacerdotes.
La Sala del Hogar, situada al N.E. del altar, era el lugar donde los sacerdotes pasaban la noche. Allí se guardaban las llaves del Templo, debajo de una baldosa de mármol (Mid 1, 8-9). Un largo pasillo subterráneo conducía de esta Sala del Hogar a la piscina y a los aseos situados fuera del área del Templo (Tamid 1,1; Mid 1,9). Los sacerdotes debían utilizar este pasillo para bañarse antes del canto del gallo, ya que los sacerdotes debían estar en estado de pureza levítica para hacer su servicio. Una polución nocturna, por ejemplo, era suficiente para excluirles del recinto sagrado (Tamid 1,20).
Después de haber tomado el baño era suficiente al sacerdote lavarse las manos o los pies en el lavadero, para cumplir su misión litúrgica. El que se ha bañado está todo limpio. Es suficiente que se lave los pies, dirá Jesús a Pedro.
A la entrada del Santo se encontraba una bella viña de oro (Mid 3,8) y en el Santo el candelabro de los siete brazos, el altar de los perfumes y la mesa con los panes de la proposición.
En el Santo de los Santos, después de la pérdida del Arca y del Kapporet o Propiciatorio, no quedaba más que la Piedra fundamental. Según el Tosephta Kippurim, 2,15, se conservaba en el Santo de los Santo un vaso conteniendo maná, otro con aceite para unciones, la vara de Aarón y la caja con los objetos restituidos por los filisteos cuando devolvieron el Arca. Hay un detalle digno de recordarse. Había en el Templo 13 puertas, 13 troncos y 13 mesas (Shedalim 6,1). Hay que tener en cuenta que la cifra 13 corresponde a los atributos de Dios.
Además de los sacerdotes había otros dependientes del Templo. Los levitas, por ejemplo, les secundaban en la administración, en la vigilancia y en otras tareas materiales. Ellos formaban los coros litúrgicos. Otros, los Netinim, los descendientes de los gabaonitas que se habían rendido a Josué y se habían instalado en el Ophel, eran los encargados de las tareas más serviles, la limpieza, por ejemplo.
Es bien conocida la organización interna del Templo. Inmediatamente después del Gran Sacerdote venía el Prefecto del Templo y después el “Padre” (Ab) de la casa, que estaba en servicio. Recuérdese que las 24 clases sacerdotales estaban divididas en siete casas. Cada casa tenía a su frente un responsable llamado “Padre”.
Había otras funciones en el Templo atribuidas a hombres píos. La Mishna Sheqalim, 5, 1, nos ha conservado el nombre de algunos: Johanan Ben Pinhas, superintendente de los sellos; Ahia, de las libaciones; Matatías Ben Samuel, del sorteo; Petahia, de las palomas; Ben Ahia (de las enfermedades del sistema digestivo (los sacerdotes que caminaban descalzos y consumían carne en abundancia, recurrían frecuentemente a sus buenos oficios, según el Talmud de Jerusalén); Nehunia, era excavador de cisternas y Gevini, el pregonero que, además, estaba encargado de despertar a los sacerdotes por la mañana. Ben Gever era el responsable del cierre de las puertas; Ben Gevai tenía el oficio de fustigar a los sacerdotes y levitas; Ben Arza, encargado de los címbalos; Hongras Ben Levi, del canto. La familia Garmu se encargaba de la preparación de los panes de la proposición; la familia Abtinas, de preparar el incienso; Eleazar, de las cortinas y Pinhas, del vestido de los sacerdotes.
Se sabe que el vestido de los sacerdotes consistía en un par de pantalones de lino, una túnica blanca, una cintura y un bonete blanco. Quedaban excluidos de la vestimenta sacerdotal los zapatos y las sandalias. De hecho, Moisés había recibido orden de Dios de descalzarse cuando se le apareció en la zarza que ardía. Los sacerdotes, por respeto a la Shekinah presente en el Templo, seguían el ejemplo de Moisés.
III - La liturgia cotidiana
“Y hubo tarde y mañana”. Es así como el relato sacerdotal del Génesis hacía el cálculo de los días. La jornada litúrgica comenzaba por la tarde, antes de la puesta del sol. Al anochecer se cerraban las puertas del Templo. Había dos grupos de levitas designados para vigilar las puertas durante la noche, mientras que los sacerdotes vigilaban en tres sitios: en la Sala de Abtinas, en la Sala del Hogar y en la Sala de la Llama (Mid 1,1). Los demás sacerdotes iban a descansar en la Sala del Hogar. El capitán del monte del Templo acostumbraba a hacer una ronda de noche. Si encontraba un guardián dormido, le golpeaba y hasta podía prender fuego a sus vestidos (Mid 1,2).
Había un encargado de despertar a los sacerdotes por la mañana. La primera cosa que debía hacer el sacerdote era tomar un baño. Terminado éste, el superintendente del sorteo designaba a uno para que limpiara el altar de los holocaustos. El que habla sido designado por sorteo, abría la puerta de la sala del Hogar. Los otros sacerdotes le seguían llevando antorchas y después iban a inspeccionar los atrios (Tamid 1,3).
Los que debían cocer las tortas que se ofrecían con los sacrificios, iban a la sala destinada a este efecto, mientras que el sacerdote designado para quitar las cenizas del altar realizaba este trabajo (Tamid 1,34).
Se echaban suertes una segunda vez para designar quién debía sacrificar el cordero, quién debía rociar el altar con su sangre, los que debían llevar las 12 porciones del cordero sacrificado, el que debía limpiar el Altar de los Perfumes y el que debía alumbrar el Candelabro de los Siete Brazos (Tamid 3,1). En esto, un sacerdote se dirigía al pináculo del Templo para certificar la salida del sol.
El que había sido designado para inmolar el sacrificio cotidiano (Olat Tamid) se preparaba a este trabajo: inspeccionaba al cordero que debía ser sin mancha, ni defecto. Al cordero se le daba a beber agua en un tazón de oro antes de inmolarlo (Tamid 3,4). Se le llevaba al matadero que estaba situado junto al altar y se le ataba al segundo anillo. Se esperaba la abertura de las puertas para matar al cordero y esto con el fin de no oír el balido del animal. Se recogía su sangre en un vaso y se la vertía en la base del altar (Tamid 4,1).
La piel del cordero se dejaba en la sala llamada Parwa y después se vendía en beneficio de los sacerdotes. Después de despedazar la víctima en 12 partes, que se salaban, se ponían sobre la rampa del altar (Tamid 4,3). No se rompían los huesos del cordero (Tamid 4,2). Esta misma prescripción, que valía también para el cordero pascual, evoca al evangelio de S. Juan, que designa a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora bien, una tradición judía que remonta a la escuela de Hillel, admitía que el cordero del sacrificio cotidiano borraba los pecados de Israel. Esta tradición jugaba con las palabras kabas, lavar, y kebes, cordero.
Mientras tanto se habían abierto ya las puertas del santuario y los que habían sido designados para la limpieza del Altar de los Perfumes y del Candelabro cumplían su tarea. Se encendían solamente cinco lámparas del candelabro, las dos restantes se encendían poco antes de la ofrenda del incienso.
Terminados estos trabajos preparatorios, los sacerdotes se dirigían a la Sala de la Piedra Tallada para recitar el Shema Israel, precedido de dos bendiciones. Acto seguido se tiraban suertes para saber quién debía ofrecer el incienso (Tamid 5, 1-2).
Se traían las brasas con una pala al Altar de los Perfumes. El que había sido designado para ofrecer el incienso y sus dos acólitos se dirigían hacía el Santo. Cuando llegaban al lugar entre el pórtico y el altar, un sacerdote tomaba la Magrefa, es decir, un instrumento musical formado de 10 tubos de bronce y la arrojaba hacia el altar (Tamid 5,6). El ruido del instrumento era la señal para que los fieles se reuniesen en el Atrio de Israel. Entonces el sacerdote que había limpiado el candelabro alumbraba las dos últimas mechas y salía. El que llevaba las brasas las esparcía sobre el Altar de los Perfumes y salía a su vez. El maestro de ceremonias hacía las últimas recomendaciones al sacerdote encargado de ofrecer el incienso y salía del lugar (Tamid 6,3). El oficiante quedaba solo en el Santo. Fuera, el pueblo y los sacerdotes esperaban la salida del oficiante, mientras los levitas se disponían sobre las gradas junto a la puerta de Nicanor. Es en este contexto que se debe leer Lucas 1,8-10. Salido del Santo, el sacerdote oficiante se dirigía a la plataforma para bendecir al pueblo. La bendición sacerdotal de Nb 6, 24-26, es bien conocida. El sacerdote alzaba las manos sobre su cabeza mientras profería las bendiciones. Pronunciaba el Tetragrama sagrado. El pueblo respondía: “Bendito sea el nombre de la gloria, su reino es por los siglos de los siglos” (Tamid 7, 1-2).
Después de la bendición sacerdotal se ofrecía el cordero, cuyos 12 pedazos habían sido ya colocados sobre la rampa del altar. Los 12 sacerdotes designados para la ceremonia subían la rampa y uno por uno ofrecía su pedazo al sacerdote que presidía. Este los tomaba, los balanceaba y los arrojaba al fuego. Lo mismo hacia el sacerdote que ofrecía las tortas. Acto seguido, el sacerdote daba una vuelta al altar para hacer las libaciones de vino en los cuatro ángulos del altar. Cuando se paraba de versar el líquido, su adjunto hacia una señal, se tocaban los címbalos y los levitas comenzaban a cantar. Llegados a una pausa, se tocaba la trompeta y el pueblo se prosternaba (Tamid 7,3). Estaba previsto para cada día un salmo diferente (Tamid 7, 4).
Terminada la ofrenda del holocausto, los fieles podían presentar sus sacrificios personales: sacrificio por el pecado, sacrificios de acción de gracias, sacrificio de reparación, palomas y tórtolas para la purificación. Todos estos sacrificios eran acompañados de una ofrenda de harina (Men 5, 1-7) y de una libación de vino. Hay que tener en cuenta que se lavaban los animales antes de presentarlos al Templo, así como debían lavarse sus propietarios. Estaba prohibido escupir dentro del recinto del Templo (Ber 9, 5).
Los sacerdotes recibían parte de la carne de los sacrificios por el pecado, así como de los sacrificios pacíficos. Los levitas acompañaban los sacrificios con cánticos. Algunos días de fiesta se hacía la lectura de la Ley después del holocausto de la mañana en el atrio de las mujeres.
Apuntemos como detalle curioso que debajo de los pórticos exteriores del Templo había bancos en los cuales podían discutir y enseñar los sacerdotes y los maestros de la Ley.
La ofrenda del incienso y del cordero se repetía por la tarde. El sábado y los días de fiesta se ofrecía un tercer cordero por todo el pueblo.
La tarde se terminaba en el Templo con las cuentas. Siete inspectores y tres cajeros abrían los 13 cepillos del Templo (Sheqalim 5,2). Después los sacerdotes deponían sus vestiduras sacerdotales en los armarios previstos a este efecto y se vestían con los hábitos civiles. Un nuevo equipo entraba entonces en función.
Yoma, 21 a, refiere una antigua tradición, según la cual se producían cada día 10 milagros en el Templo y eran: nunca una mujer que había aspirado el olor de la carne quemada había abortado. Nunca se había visto una mosca en el matadero. Nunca el Gran Sacerdote había tenido polución el Día de las Expiaciones. Nunca la lluvia había llegado a apagar el fuego del altar. Nunca el viento había arrastrado la columna de humo. Nunca se habían encontrado defectos en la ofrenda de cebada en la fiesta de Pentecostés. A pesar de que el pueblo estaba apiñado en la explanada, cada uno encontraba un sitio para prosternarse. Nunca una semiente o un escorpión había hecho mal alguno en Jerusalén. Nunca se había oído decir a una persona de Jerusalén a otra: Este lugar es demasiado estrecho para mí para pasar la noche.
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