Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

La solidaridad eucarística -  P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE

 

 

  La solidaridad eucarística

 P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE

E-mail: ricardoclarey@ive.org

 

Siguiendo la clara exposición que hace J. Bóver[1], presentamos brevemente la realidad de la unidad entre Jesucristo y los hombres tal como aparece en la teología paulina. El Apóstol hace referencia constante de esta comunión que se realiza a diversos niveles. En todos ellos lo determinante es la solidaridad que Jesús quiere establecer, y el elemento de unión está fundado en la unidad de la carne y de la sangre reales. Por eso la cumbre de esta unidad es la solidaridad eucarística.

En un primer momento, la solidaridad se inicia por compartir la misma carne y la misma sangre con el resto de los hombres: Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas (Heb 2,14). En este contexto, la solidaridad en la carne y en la sangre (la koinonía) son la condición para poder padecer, que será el ámbito en el que se profundizará o consumará la solidaridad de Cristo, como se ve en Heb 10,5-7: Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad! Y concluye la Carta a los Hebreos afirmando: Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo (10,10). La carne y la sangre que Cristo toma al entrar en este mundo, es decir, al hacerse hombre, es ciertamente nuestra carne y sangre, nuestra condición débil a causa del pecado: Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y por razón del pecado, condenó el pecado en la carne (Ro 8,3).

            En un segundo momento, tenemos la solidaridad que surge por ofrecer e inmolar por nosotros y en nuestro lugar su verdadera carne y su verdadera sangre, movido por su caridad (Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma [Ef 5,2]) y su obediencia al Padre (Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte y muerte de cruz [Flp 2,8]). Esta es la finalidad de la encarnación, por la que comparte con nosotros la condición humana, como se completa en el texto citado antes: Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud (Heb 2,14-15). Y el ejercicio de esta solidaridad constituye el ejercicio del sacerdocio de Cristo: Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que  toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo (Heb 2,17).

El sacrificio de la redención está estrechamente vinculado en la teología paulina con lo que acaece al cuerpo y a la sangre de Jesús. Ante todo, al cuerpo o carne de Cristo: También vosotros quedasteis muertos respecto de la ley por el cuerpo de Cristo (Ro 7,4); Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos (Ef 2,14-15); Os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne (Col 1,22).

 Con mayor frecuencia, se alude a la sangre redentora: A quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Ro 3,25); ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! (Ro 5,9); Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo (Ef 2,13); Reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos (Col 1,20). En la Carta a los Hebreos tenemos al menos siete menciones de la sangre redentora (9,12; 9,14; 10,19; 10,29; 12,24; 13,12; 13,20), de las cuales tal vez la más contundente es la de 9,14: ¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Hay expresiones análogas en la primera Carta de Pedro (1,2.19) y en escritos joánicos (1 Jn 1,7; Ap 1,5; 5,9; 7,14; 12,11; 19,13). La razón de esto reside en que el derramamiento de sangre expresa de un modo más gráfico e inmediato la realidad del sacrificio.

 Con este sacrificio redentor, se produce la destrucción del antiguo orden de pecado (el hombre viejo u hombre de pecado, en la terminología paulina) y el surgimiento del nuevo orden de la fe y de la gracia (el hombre nuevo): Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y  cesáramos de ser esclavos del pecado (Ro 6,5-6). La misma idea, indicada sobre la base del doble momento constitutivo del misterio pascual de Cristo, es decir, la Pasión y la Resurrección, aparece expresada en Ro 4,25: [Cristo] fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación.

             El fruto de esta solidaridad de sufrimiento y de expiación consiste en la unión con Cristo de quienes han sido justificados, la unión -con Él y entre sí- de los miembros de su Cuerpo místico: Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo (1 Cor 12,12). Más aun, las diferencias que puedan observarse en el interior de este Cuerpo no son sino en orden a una mayor unidad y compenetración recíproca de todos los miembros con Cristo y entre sí: El mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Ef 4,11-13). Esta unión es estrechísima, puesto que se comparte también un mismo principio vital, es decir, un mismo Espíritu: Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12,13). Y el fruto o efecto de esta solidaridad es, como hemos dicho, la recepción de la justificación en cada uno de los miembros que pertenecen vitalmente a este Cuerpo: Así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos (Ro 5,19). La misma noción es expresada en ocasiones con términos más fuertes aún, mostrando toda la dramaticidad del sufrimiento expiatorio de Cristo: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él (2 Cor 5,21).

             Esta comunión de Cristo con los hombres justificados, efecto de la solidaridad de la redención, se actúa en concreto de diversas maneras: por la fe (Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones [Ef 3,17]; Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo [Ga 2,16]), por el bautismo (¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado  de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva [Ro 6,3-4]), por los sufrimientos personales con los que se participa de la cruz de Cristo (En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí [Ga 2,19-20]; Conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos [Flp 3,10-11]).

             Pero de un modo especialísimo se hace real por medio del sacramento eucarístico. Lo declara el Apóstol al decir: La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un único pan y un único cuerpo somos, pues todos participamos de un único pan (1 Cor 10,16-17). De aquí destacamos dos cosas. En primer lugar, la comunión eucarística es a la vez sacrificial (la sangre de Cristo y el cuerpo de Cristo son aquello que se ofreció como verdadero sacrificio en el Calvario, mayormente si se entiende a la luz del contexto de 1 Cor 10, donde se contrapone el sacrificio eucarístico tanto a los sacrificios de Israel como a los sacrificios paganos: comunión con la sangre de Cristo, comunión con el cuerpo de Cristo) y sacramental (bajo las apariencias del pan se contiene el verdadero cuerpo de Jesús, y bajo las apariencias del vino su sangre, como alimento para el cristiano: la copa de bendición que bendecimos, el pan que partimos, todos participamos de un único pan). Y en segundo lugar, a esta doble comunión eucarística está vinculada la comunión o solidaridad propia del Cuerpo místico de Cristo (aun siendo muchos, un único pan y un único cuerpo somos).

             Aquí hay que estar atentos a no confundir el cuerpo físico de Jesús, sacramentalmente presente en las especies eucarísticas, con su cuerpo místico. Para algunos, las palabras pronunciadas sobre los elementos eucarísticos no significarían, para san Pablo y los corintios, más que el cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, es decir, la unión de los creyentes constituida por su muerte, de la cual el pan sería sólo un símbolo. Pero esa interpretación no es correcta: el sentido del relato indica claramente que por la Eucaristía los fieles entraban en una relación directa con la carne y la sangre personales del Salvador, separadas en el Calvario. Tal es lo que resulta en este texto de 1 Corintios, una carta escrita en una época tan cercana a los acontecimientos de la Pasión y la Resurrección de Jesús, como es el año 56 (e incluso según algunos el 53).

             Hay ciertamente una especial correspondencia entre la unidad del pan y la unidad del cuerpo. Ante todo, por el hecho de que el pan es alimento y contribuye a la edificación del cuerpo, al ser asimilado y transformado en la sustancia del cuerpo. Ciertamente, en el caso de la asimilación eucarística se da una relación inversa, ya que el mismo pan eucarístico, que es el cuerpo de Cristo, posee la fuerza de transformarnos en sí, está ordenado a asimilarnos a sí y hace de nosotros cuerpo de Cristo. Por eso no se dice que el cuerpo de Cristo se asimila a nosotros sino a la inversa: El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

             En segundo lugar, la incorporación a Cristo, por la que alcanza su plenitud la solidaridad del Redentor con los hombres, es expresada sacramentalmente de modo más perfecto en la Eucaristía. Es cierto que otros sacramentos, por ejemplo, el Bautismo, nos incorporan a Cristo: ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante (Rom 6,3-5). Sin embargo, sólo la Eucaristía realiza sacramentalmente la incorporación formal plena a Cristo y nuestra asimilación perfecta a Él: todos participamos de un único pan. Más que en los otros sacramentos, en los que la unión con Cristo es primariamente algo individual, en la Eucaristía se produce plenamente el desarrollo vital y la unión de cada uno de los miembros y del entero conjunto del Cuerpo místico. En este sentido, fundándose en el texto de 1 Cor 10,16-17, la Iglesia enseña: “Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya en el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo. La Eucaristía realiza esta llamada.”[2]

             En tercer lugar, siendo la Eucaristía no sólo sacramento sino también sacrificio, en la comunión sacrificial eucarística tenemos la reproducción sacramental y la ratificación personal de la solidaridad humana existente en el sacrificio de la cruz. En la cruz, Jesús, el nuevo Adán (cf. 1 Cor 15,45), se ofreció al Padre en representación de toda la humanidad, incorporada en su carne (Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo  Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad [Ef 2,14-16]): pero esta inclusión era general, y de parte nuestra era meramente pasiva. Para que la representación general o global del Calvario se tornase física y personal, y para que la representación pasiva se tornase activa, Jesús instituyó el sacrificio sacramental eucarístico. Así, por la Eucaristía cada cristiano ratifica activa y personalmente su inclusión en Cristo, víctima y sacerdote, e incorpora en sí de modo real la carne y la sangre inmoladas cruentamente en el Calvario. Esta incorporación, victimal y sacerdotal, en el Cuerpo místico de Cristo es exclusiva de la comunión eucarística. De esta manera alcanza su plenitud la solidaridad de Cristo con los hombres.


[1] Teología de San Pablo (Madrid 41967) 594-630. Es también muy útil F. Spadafora (ed.), L’Eucarestia nella Sacra Scrittura, Rovigo 1971.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1396.

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