Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

Elogio de la Sagrada Escritura-  Santo Tomás de Aquino

 

Elogio de la Sagrada Escritura

Santo Tomás de Aquino

De Commendatione et Partitione Sacrae Scripturae

 

 

Presentamos este texto en el que se contiene la primera parte de la exposición introductoria hecha por Santo Tomás de Aquino en el inicio de su magisterio como Bachiller Bíblico en París (De Commendatione et Partitione Sacrae Scripturae).

 

Según San Agustín[1], el hombre instruido que habla debe hacerlo de tal modo que enseñe, que deleite, y que mueva: que enseñe a los ignorantes, que deleite a los hastiados, y que mueva a los tardos. Estas tres cosas de modo completísimo lo hallamos en el texto de la Sagrada Escritura. Pues enseña firmemente con su verdad eterna, como dice Sal 118 [119] 89-90: Para siempre, Señor, tu palabra, firme está en los cielos. Por todas las edades tu verdad, tú fijaste la tierra, ella persiste. Deleita suavemente por su utilidad: ¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca! (Sal 118 [119], 103). Y mueve eficazmente por su autoridad: ¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña? (Jer 23,29).

Y por esto, la Sagrada Escritura en el texto propuesto[2] es elogiada por tres cosas: primero por la autoridad por la cual mueve, al decir: Este es el libro de los mandatos de Dios; segundo por razón de la verdad eterna por la cual instruye, al decir: Y la Ley que existe para siempre; tercero, por la utilidad por la que atrae, al decir: Todos los que la guardan llegarán a la vida.

La autoridad de esta Escritura se muestra eficaz por tres razones. Ante todo por su origen, ya que Dios es su origen. Por eso dice De los mandatos de Dios. Y también: El descubrió el camino entero de la ciencia, y se lo enseñó a su siervo Jacob, y a Israel su amado (Bar 3,37); y asimismo: Pues si la palabra promulgada  por medio de los ángeles obtuvo tal firmeza que toda transgresión y desobediencia  recibió justa retribución, ¿cómo saldremos absueltos nosotros si descuidamos tan gran salvación? La cual comenzó a ser anunciada por el Señor, y nos fue luego confirmada por quienes la oyeron, testificando también Dios con señales y prodigios, con toda suerte de milagros y dones del Espíritu Santo repartidos según su voluntad (Heb 2, 2-4). Y a este autor ha de creerse infaliblemente: tanto por la condición de su naturaleza, ya que es la verdad (como dice en Jn 14,4: Yo soy el camino, la verdad y la vida), cuanto por la plenitud de la ciencia (San Pablo dice: ¡Oh profundidad de las riquezas de sabiduría y ciencia de Dios!), cuanto, finalmente, por el poder de las palabras (leemos en Heb 4,12: Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos).

 En segundo lugar, se muestra eficaz por razón de la necesidad que impone, como leemos en Mc 16,16: El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Por este motivo, la verdad de la Sagrada Escritura se propone por modo de precepto, y por ello se dice: De los mandatos de Dios. Estos mandatos dirigen a la inteligencia a través de la fe: Creéis en Dios: creed también en mí (Jn 14,1); informan al afecto por medio del amor: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15,12); e inducen al acto y a la ejecución: Haz esto, y vivirás (Lc 10,28).

 Y en tercer lugar, se muestra eficaz por la uniformidad de las sentencias, ya que todos los que transmitieron la sagrada doctrina enseñaron lo mismo, como recuerda el Apóstol: Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído (1 Cor 15,11). Esto es necesario porque todos tuvieron un único maestro, como se lee en Mt 23,8: Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Además, tuvieron un único Espíritu: ¿No hemos obrado según el mismo espíritu? (2 Cor 12,18). Y finalmente, ha sido uno el afecto: La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma (Hech 4,32). Por esto, como signo de esta uniformidad de doctrina se dice a propósito Este es el libro.

La verdad de esta doctrina de la Escritura es inmutable y eterna. Por eso añade: Y la ley que existe para siempre. En Lc 21,33 leemos: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Este ley, por su parte, permanece para siempre por tres razones. Primero, por la potestad de su legislador, como se dice en Is 14,27: Si el Señor de los Ejércitos toma una decisión, ¿quién la frustrará? Si él extiende su mano, ¿quién se la hará retirar? En segundo lugar, por razón de su inmutabilidad, como se dice en Mal 3,6: Yo soy Dios y no cambio. Y también en Num 23,19: No es Dios un hombre, para mentir, ni hijo de hombre, para volverse atrás. ¿Es que él dice y no hace, habla y no lo mantiene? Finalmente, en tercer lugar, permanece por razón de la verdad de este misma ley: Todos tus mandatos son verdad (Sal 118 [119],86); también en Prov 12,19: Los labios sinceros permanecen por siempre, la lengua mentirosa dura un instante. […]

Por su parte, la utilidad de esta Escritura es máxima. Dice Is 48,17: Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel. Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir. Por eso sigue diciendo Todos los que la guardan llegarán a la vida, lo cual se entiende según una triple consideración. Primero, en relación a la vida de la gracia, a la cual la Sagrada Escritura dispone, como leemos en Jn 6,63: Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. De hecho, a través de esta vida el espíritu vive para Dios: no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). En segundo lugar, en referencia a la vida que consiste en las obras de la justicia, a la cual vida la Escritura dirige. Se dice, en efecto, en Sal 118 [119], 93: Jamás olvidaré tus leyes, por ellas tú me das la vida. Y en tercer lugar, se dice esto en relación a la vida de la gloria, que la Sagrada Escritura promete y a la cual conduce: Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,68). Igualmente, se nos dice en Jn 20,31: Estas cosas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


 

[1] De Doctrina cristiana, IV, c. 12 [PL 34,101].

[2] Se refiere al texto que está comentando y con el que inicia su exposición: Hic est liber mandatorum Dei, et Lex quae est in aeternum: omnes qui tenent eam pervenient ad vital aeternam (Bar 4,1).

 

 

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