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"No temas, hija de Sión: mira que viene tu rey" |
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Enseñanzas del Papa en su visita a Tierra Santa
Trascripción del texto de la presentación multimedia realizada con motivo de la inauguración de la VIIª Jornada Bíblica.
La visita del Santo Padre a Tierra Santa, además de la importancia personal que tuvo para el mismo Sumo Pontífice, y de la importancia espiritual por el momento del Jubileo, fue una catequesis muy gráfica y sintética acerca de la relación estrecha de ruptura, continuidad y cumplimiento que existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
En cada uno de los principales lugares relacionados con las enseñanzas y acciones salvíficas de Cristo, Verbo Encarnado y redentor, el Papa enfatizó una idea o un aspecto de la visión teológica que debemos tener sobre la historia de la salvación en su conjunto. Haremos referencia aquí a la palabra del Vicario de Cristo en Belén, el Cenáculo, el Monte de las Bienaventuranzas, Nazareth, y el Santo Sepulcro, y una especial alusión a su presencia en el museo-memorial de Yad vashem.
1. Belén
En este lugar, en el que por primera vez los ángeles cantaron “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres que ama el Señor”, lugar que al mismo tiempo ha presenciado, incluso hasta el presente, la fuerza destructora de la guerra y del odio, el Papa remarcó que el reinado de Cristo, el Mesías, es un poder espiritual que cura los pecados y sana las heridas del cuerpo y del alma.
“El gran misterio del divino vaciarse de sí mismo, el trabajo de nuestra redención revelada en la debilidad: ésta no es verdad fácil. El Salvador nació en la noche - en la obscuridad, en el silencio y pobreza de la cueva de Belén. "Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos" declara el profeta Isaías (9:2). Éste es un lugar que ha conocido "el yugo" y "la vara" de la opresión. ¿Cuántas veces se ha escuchado el grito de los inocentes en estas calles? Aún la gran Iglesia construida sobre el lugar del nacimiento del Salvador luce como una fortaleza, azotada por siglos de conflicto. La Cuna de Jesús yace siempre bajo la sombra de la Cruz. El silencio y la pobreza del nacimiento en Belén son uno con la obscuridad y dolor de la muerte en el Calvario. La Cuna y la Cruz son el mismo misterio del amor redentor, el cuerpo que María acostó en el pesebre es el mismo cuerpo ofrecido en la Cruz. ¿Dónde está pues el dominio del "Maravilloso Consejero, Dios Todopoderoso y Príncipe de la Paz" del cual habla el profeta Isaías? ¿Cuál es el poder sobre el cual el mismo Cristo se refiere cuando dice: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28:18)? El Reino de Dios "no es de este mundo" (Jn 18:36). Su reino no es el juego de fuerzas y de riquezas y de conquistas que aparentan haberle dado forma a la historia de la humanidad. Su reino más bien es el poder para vencer El Maligno, la victoria final sobre el pecado y la muerte. Es el poder de sanar las heridas que desfiguran la imagen del Creador en sus criaturas. Cristo es el poder que transforma nuestra naturaleza débil para hacernos capaces, con la gracia del Espíritu Santo, de hacer la paz los unos con los otros y comunión con Dios mismo. "Pero a todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1:12) Este es el mensaje de Belén, hoy y siempre. Este es el regalo extraordinario que el Príncipe de la Paz trajo al mundo hace dos mil años.”[1]
2. Cenáculo
En el Cenáculo, el Papa mostró la figura de Jesucristo, sacerdote de la Alianza nueva y eterna, la Alianza definitiva que nos reconcilia con Dios.
“"Este es mi Cuerpo" Reunidos en el Cenáculo, hemos escuchado el recuento Evangélico de la Última Cena. Hemos escuchado las palabras que ascienden de la profundidad del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Jesús toma el pan, lo bendice y lo parte, y se lo da a sus discípulos, diciendo: "Este es mi Cuerpo". La alianza de Dios con su Pueblo ha de culminar con el sacrificio de su Hijo, la Palabra Eterna hecha carne. Las antiguas profecías están por cumplirse: "No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo…Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad, ¡oh Dios!, tu voluntad"(Heb 10:5,7). En la Encarnación, el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre, se hizo Hombre y recibió un cuerpo de la Virgen María. Y ahora, la noche antes de su muerte, le dice a sus discípulos: Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía. En obediencia al mandato de Cristo, la Iglesia repite estas palabras cada día en la celebración de la Eucaristía. Palabras que ascienden desde la profundidad del misterio de la Redención. En la celebración de la cena Pascual en el Cenáculo, Jesús tomó el cáliz lleno de vino, lo bendijo y se lo pasó a sus discípulos. Esto era parte del Rito Pascual del Antiguo Testamento. Pero Cristo, el Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, usó estas palabras para proclamar el misterio salvífico de su Pasión y Muerte. Bajo la apariencia de pan y vino, instituyó el signo sacramental del Sacrificio de Su Cuerpo y Sangre.”[2]
3. Monte de las Bienaventuranzas.
En este lugar en el que Nuestro Señor dio el magnífico mensaje de las Bienaventuranzas, el Santo Padre predicó ante una multitud de jóvenes, la mayor multitud reunida en la historia de Israel para un evento religioso, acerca de la relación entre la Antigua y la Nueva Ley, entre el Sinaí y el Calvario.
“Los primeros en escuchar las Bienaventuranzas de Jesús llevaban grabado en su corazón el recuerdo de otro monte- el Monte Sinaí. Hace apenas un mes, tuve la gracia de ir allí, al lugar donde Dios le habló a Moisés y le dio la Ley "escritas por el dedo de Dios" (Ex 31:18) en tablas de piedra. Estas dos montañas – el Sinaí y el Monte de las Bienaventuranzas- nos sirven de guía, a modo de mapa, de la vida cristiana y como un sumario de nuestros deberes para con Dios y el prójimo. La Ley y las Bienaventuranzas señalan el camino para seguir a Cristo y el camino real de madurez espiritual y libertad.
Los Diez Mandamientos del Sinaí pueden parecer negativos: "No habrá para ti otros dioses delante de mí…no matarás; no adulterarás; no robarás; no testificarás contra tu prójimo falso testimonio…"(Ex 20:3,13-16). Pero de hecho, son supremamente positivos. Más allá del mal que mencionan, señalan el camino a la ley del amor, que es el primero y más grande de todos los mandamientos: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente…Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22: 37, 39). El mismo Jesús dijo que él no vino a abolir la ley sino a consumarla (cf. Mt 5:17). Su mensaje es nuevo pero no destruye lo que vino antes; lo lleva a su máximo potencial. Jesús enseña que el camino del amor lleva la Ley a su consumación (cf. Gal 5:14). Y enseñó esta verdad tan importante en este monte, aquí en Galilea.
Jesús no habla meramente de las Bienaventuranzas. El vive las Bienaventuranzas. El es las Bienaventuranzas. Si se fijan en Él, ustedes verán lo que significa ser pobre de espíritu, manso y misericordioso, afligido, justo, limpio de corazón y perseguido. Es por eso que él tiene derecho de decir: "Ven, sígueme a mí!" Él no dice meramente, "Haz lo que te digo". Él dice: "Ven, sígueme a mí!" […] Los discípulos pasaron tiempo con el Señor. Llegaron a conocerle y a amarle profundamente. Descubrieron el significado de lo que el Apóstol Pedro una vez le dijo a Jesús: "Señor, ¿a donde iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6:68). Descubrieron que las palabras de vida eterna son las palabras del Sinaí y las palabras de las Bienaventuranzas. Y éste es el mensaje que llevaron a todas partes.”[3]
4. Museo de Yad vasehm
En el recorrido del Papa, hubo un momento particularmente importante en cuanto a la superación de obstáculos mutuos en el diálogo judeo-cristiano. Su importancia no estribó principalmente en el campo doctrinal, cuanto en el de los gestos concretos de acercamiento y de manifestación de las entrañas de misericordia de la Iglesia Católica. Se trata de un gesto que continúa ese gran acto de misericordia de la Iglesia hacia el mundo y hacia los no católicos que ha sido el Concilio Vaticano II. Este gesto fue la visita y las palabras del Papa en el museo de Yad vashem, que recuerda el sufrimiento judío bajo la persecución nazi.
“En este lugar de recuerdos, la mente, el corazón y el alma sienten una extraña necesidad de silencio. Silencio para recordar. Silencio, para intentar encontrarle el sentido a los recuerdos que nos invaden como un torrente. Silencio, porque no existen palabras suficientemente enérgicas con las cuales deplorar la terrible tragedia del Shoa. Mis recuerdos personales son de todo lo que aconteció cuando los nazis ocuparon a Polonia durante la guerra. Me acuerdo de mis amigos y vecinos judíos, algunos perecieron, otros sobrevivieron […]
Judíos y cristianos comparten un inmenso patrimonio espiritual, que fluye de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo. Nuestras creencias religiosas y nuestra experiencia espiritual exigen que sojuzguemos el mal con el bien. Recordemos, pero no con deseos de venganza o como incentivo para el odio. Para nosotros, el recordar es rezar por la paz y la justicia y comprometernos con sus causas. Sólo un mundo en paz, con justicia para todos, puede evitar repetir los errores y los terribles crímenes del pasado.
En este lugar de recuerdos solemnes, ruego fervorosamente que nuestro dolor ante la tragedia que padeció el pueblo judío en el siglo veinte, conduzca al establecimiento de nuevas relaciones entre cristianos y judíos. Construyamos un nuevo futuro en el que no existan sentimientos anti-judíos entre los cristianos o sentimientos anti-cristianos entre los judíos, sino más bien, un mutuo respeto entre aquellos que adoran al Dios Único, Creador y Señor, y que ven en Abraham, nuestro padre en común de la fe (cf. Nosotros Recordamos, V).”[4]
5. Nazareth
En Nazareth, lugar en el que el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros, el Santo Padre mostró cómo con la Encarnación la antigua promesa divina de habitar en medio de su pueblo fue realizada de una manera inconcebible a lo que el mundo del Antiguo Testamento podía imaginar, y fue posible gracias a la fe de María que continúa y plenifica los frutos de la fe de Abraham.
“Para entender qué sucedió en Nazaret hace dos mil años, tenemos que volver a la Lectura de la Carta de los Hebreos. El texto nos permite, por así decirlo, de escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo respecto a los designios de Dios desde toda la eternidad. "No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije…‘Heme aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad" (10: 5-7). La Carta a los Hebreos nos dice que, en obediencia a la voluntad del Padre, la Palabra Eterna vino a nosotros para ofrecer el sacrificio que sobrepasa todos los sacrificios ofrecidos bajo la vieja Alianza. El designio divino se revela gradualmente en el Antiguo Testamento, particularmente en las palabras del Profeta Isaías que acabamos de escuchar: "El Señor mismo os dará por eso la señal: He aquí grávida da a luz, y le llama Emmanuel" (7:14). Emmanuel – Dios con nosotros. En estas palabras, el evento sin igual que iba a ocurrir en Nazaret en la plenitud de los tiempos estaba profetizado, y ese evento es el que celebramos aquí con intenso gozo y alegría […]
Para Abraham y María, la divina promesa viene como algo completamente inesperado. Dios irrumpe en sus vidas diarias, y trastoca el ritmo establecido y las expectativas convencionales. Para ambos Abraham y María, la promesa parece imposible. Sara, la esposa de Abraham, es estéril, y María aún no se ha casado: "¿Cómo podrá ser esto", pregunta, "pues yo no conozco varón?" (Lc 1:34) […]
Así como a Abraham, María tiene que caminar en la oscuridad, y confiar simplemente en Aquél que la llamó. Sin embargo, su pregunta, "¿Cómo podrá ser esto?", sugiere que María, no obstante sus temores e incertidumbres, está dispuesta a decir que sí. María no pregunta si la promesa es posible, sino cómo se consumará. No sorprende, por tanto, cuando finalmente pronuncia su fiat: He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1:38). Con estas palabras, María se hace ver como hija verdadera de Abraham, y se convierte en la Madre de Cristo y la Madre de todos los creyentes.
Para comprender con mayor profundidad este misterio, es necesario mirar hacia atrás por un momento, a la jornada de Abraham y cuando éste recibió su promesa. En el momento en que recibió en su casa a esas tres figuras misteriosas (cf. Gén 18:1-15), y le ofreció a ellos la adoración debida a Dios: tres vidit et unum adoravit. Ese encuentro misterioso presagia la Anunciación, cuando María es poderosamente atraída en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A través del fiat que María pronunció en Nazaret, la Encarnación se convirtió en la consumación maravillosa del encuentro de Abraham con Dios. De tal forma que, siguiendo en los pasos de Abraham, hemos venido a Nazaret a cantar las glorias de la mujer "a través de quien la luz se alzó sobre la tierra" (Himno Ave Regina Caelorum).”[5]
6. Jerusalén: Santo Sepulcro
La etapa final de la peregrinación del Santo Padre a Tierra Santa, el punto culminante de su visita y de sus anhelos, ha sido la peregrinación al Santo Sepulcro. Allí, reafirmando nuestra fe en la victoria de Cristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, el Papa enseñó que la resurrección de Cristo es el sello definitivo de las distintas alianzas de Dios con su pueblo.
“La tumba está vacía. Es un testigo silencioso del acontecimiento central en la historia de la humanidad: la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por casi dos mil años, la tumba vacía ha sido testigo de la victoria de la Vida sobre la muerte. Junto a los Apóstoles y a los evangelistas, y junto a la Iglesia en todo tiempo y lugar, nosotros también hemos sido testigos y proclamamos: "¡El Señor ha resucitado!" Resucitado de entre los muertos, Él ya no muere más; la muerte no tiene ya dominio sobre Él (cf. Rom 6:9).
"Yo soy Yahvé, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la casa de la servidumbre" (Ex 20:2). La Liturgia cuaresmal de hoy nos recuerda la Alianza que hizo Dios con Su pueblo en el Monte Sinaí, cuando Dios entregó a Moisés los Mandamientos de la Ley. El Sinaí representa la segunda etapa en esa gran peregrinación de fe que comenzó cuando Dios dijo a Abraham: "Salte de tu tierra, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré" (Gén 12:1). La Ley y la Alianza son el sello de la promesa hecha a Abraham […] La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una nueva y encumbrada humanidad, la promesa de una historia marcada con regalos Mesiánicos de paz y gozo espiritual. Al comienzo del nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar el futuro con una confianza firme en el glorioso poder del Resucitado, quien hace nuevas todas las cosas (cf. Rev 21:5). Es Él quien libera a la creación de su esclavitud a la vanidad (cf. Rom 8:20). Por su Resurrección, abre al camino al descanso del Gran Sábado, el Octavo Día, cuando la peregrinación de la humanidad llegue a su fin y la voluntad de Dios sea en todo (1 Cor 15:28).”[6] [1] Homilía en Belén, 22/03/2000, 3-4. [2] Homilía en el Cenáculo, 23/03/2000, 1-3. [3] Homilía en el Monte de las Bienaventuranzas, 24/03/2000, 2.4. [4] Discurso en el mausoleo de Yad vashem, 23/03/2000, 1-2.4 [5] Homilía en Nazareth, 25/03/2000, 2, 3-5. [6] Homilía en la Basílica del Santo Sepulcro, 26/03/2000, 1.4.
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