VIIª Jornada Bíblica

"No temas, hija de Sión: mira que viene tu rey"

 

 

«Todo me ha sido dado...» (Mt 11,27)

R.P. Dr. Marcelo Lattanzio, VE

 

Homilía predicada con ocasión del encuentro de oración por la unidad de los cristianos durante el transcurso de la VIIª Jornada Bíblica

 

Contexto:

 

Esta perícopa representa la más alta revelación de Jesús contenida en la tradición sinóptica. Un antiguo exégeta la llama: 'la perla más preciosa de Mateo'.[1] Y algunos la consideran desde el punto de vista doctrinal como un 'lógion joánico' en los Sinópticos. Sin embargo es un texto de Mateo que encuentra sus paralelos en los sinópticos y en la literatura judía.[2]

 

         La tradición rabínica había exaltado la figura de Moisés, subrayando su intimidad con Dios, basados en algunos textos bíblicos: Ex 33,12-13; Num 12,8: si hay entre vosotros un profeta, en visión me revelo a él, y hablo con él en sueños. No así con mi siervo Moisés: él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente y no en enigmas, y contempla la imagen de Yahveh; Dt 34,10: no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien Yahveh trataba cara a cara.

 

         En el paso evangélico que acabamos de escuchar, Jesús manifiesta su íntima relación de conocimiento y amor con su Padre celestial, que le autoriza a revelar el misterio de su identidad a los simples, a sus discípulos, disponibles en la escucha de su palabra con la misma actitud de los niños respecto de sus padres.

 

Tres estrofas componen la perícopa:

 

- una en la que se contiene la alabanza de Jesús al Padre (vv.25-26) que ha querido revelar el Reino a los pequeños mediante su predicación; Jesús es la Sabiduría en persona (v.19) que revela el proyecto salvífico de Dios;

- otra desvela el conocimiento recíproco entre el Padre y el Hijo (vv.27);

- la invitación de Jesús a cargar con su yugo (vv.28-30) llamada también 'el grito del Salvador' y que es propia de Mt.

 

Texto:

 

v.27. 'Todo me ha sido dado', o confiado, transmitido [paradothe] por el Padre a Jesús. Algunos lo entienden como un anticipo de la expresión posterior a la Pascua, en el contexto del mandato misionero: 'a mí me ha sido dado todo poder' [exousía 28,18]. Sin embargo en el presente texto parece indicar el conocimiento que Jesús tiene de la voluntad total de su Padre, y de una íntima relación de amor con Él.

 

         Los rabinos sostenían que a Moisés en el monte Sinaí le había sido transmitida toda la Ley, la Toráh tanto escrita como oral. Tal conocimiento en sentido bíblico indica una experiencia profunda, una relación personal de amor recíproco.

 

         Aquí es Jesús el que conoce al Padre, y quiere hacer partícipes a sus discípulos de ese conocimiento.

 

'Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre si no el Hijo'. Filológicamente el verbo utilizado para conocer se pude traducir como super-conocimiento (epiginóskei), mientras que en Lc se usa en forma simple 'ginóskei' [Lc 10,21].

 

         ¿Cómo entenderlo? ¿Se pretende enseñar el mesianismo de Cristo, o propiamente la filiación divina?

 

         - En el texto aparece el énfasis sobre el conocimiento que existe entre el Padre y el Hijo. En la Escritura se exalta el conocimiento que Dios tiene de las cosas, y se lo caracteriza como un atributo propio de Dios: el conocedor de los corazones (Hch 1,24). Por eso el conocimiento del cual se habla debe ser algo profundísimo, pues se invoca el atributo divino de la sabiduría como el único que puede conocer quien es el Padre y quien es el Hijo.

 

         - Es un conocimiento reservado al Padre y al Hijo. Los hombres, si lo saben, es debido a una revelación que el Hijo les hace.

 

         - Esta enseñanza es algo que sólo Cristo revela. Que Cristo era el Mesías, ya lo había anunciado el Bautista a Israel (Jn 1,18-28). Entre los discípulos de Juan, se reclutan los primeros de Jesús (Jn 1,27). Por tanto la revelación de la cual Cristo habla en este texto es algo 'distinto'.

 

         - En las concepciones judías, el Mesías era calificado como el Hijo de Dios por excelencia. Pero no pasaba de un sentido moral de adopción y especial providencia sobre El, ya que había de proceder por vía humana, de la casa de David. Por eso esta 'revelación' es de algo superior, y se invoca para conocerla el mismo poder de la omnisciencia de Dios.

 

La última parte del versículo enseña que, si este conocimiento del Padre y del Hijo es trascendente a los hombres, no obstante el Hijo puede revelarlo. Él se proclama como el único que en el plan de Dios puede revelarlo a los hombres.

 

         Si se compara el texto con el evangelio de Juan en los cuales se habla de la divinidad de Cristo, que todo ha recibido del Padre [Jn 5,10-40; 7,27-29], que revela lo que ve del Padre y que se resume en el prólogo: Dios unigénito que está en el seno del Padre, ese nos lo ha dado a conocer (Jn 1,18), conceptualmente parece indicarse la misma realidad.

 

Comentario:

 

Juan Pablo II en las audiencias generales de los miércoles [1987-89] centró su reflexión sobre Jesucristo. De ese abundante material extractamos sólo el comentario que hace de este texto y su enseñanza al respecto.

 

         a) Se indica que Dios, en Cristo, ha hablado de manera nueva, se ha auto-revelado: "según la expresión de la carta a los Hebreos, muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo y finalmente ha hablado a la humanidad por su Hijo (cfr. Heb 1,1-2). Dios no sólo habla de sí por medio de los hombres llamados a hablar en su nombre, sino que, en Jesucristo, Dios mismo, hablando por medio de su Hijo, se convierte en sujeto de la Palabra que revela. Él mismo habla de sí mismo. Su palabra contiene en sí la autorrevelación de Dios, la autorrevelación en sentido estricto e inmediato. Esta autorrevelación de Dios constituye la gran novedad y 'originalidad' del Evangelio... El nombre 'Hijo de Dios' podía usarse -y lo ha sido- en un sentido amplio, como se constata en algunos textos del Antiguo Testamento (Sab 2,18; Sir 4,11; Sal 82,6, y con mayor claridad, 2Sam 7,14; Sal 2,7; Sal 110,3). El nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios, hablan de Jesús como Hijo de Dios en sentido estricto y pleno" (Juan Pablo II, Audiencia General, 20.05.1987, n.3-4).

 

         b) Relación única entre el Hijo y su Padre. Al comentar el texto que nos ocupa, el Papa recuerda la relación especialísima entre Padre e Hijo. "'Abbá' expresa no sólo la alabanza tradicional de Dios “Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra” (cf. Mt 11,25), sino que, en labios de Jesús, revela asimismo la conciencia de la relación única y exclusiva que existe entre el Padre y Él, entre Él y el Padre. Expresa la misma realidad a la que alude Jesús de forma tan sencilla y al mismo tiempo tan extraordinaria con las palabras conservadas en el texto del Evangelio de Mateo (Mt 11,27) y también en el de Lucas (Lc 10,22): Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo. Es decir, la palabra 'Abbá' no sólo manifiesta el misterio de la vinculación recíproca entre el Padre y el Hijo, sino que sintetiza de algún modo toda la verdad de la vida íntima de Dios en su profundidad trinitaria: el conocimiento recíproco del Padre y del Hijo, del cual emana el eterno Amor.

 

         "La palabra 'Abbá' forma parte del lenguaje de la familia y testimonia esa particular comunión de personas que existe entre el padre y el hijo engendrado por él, entre el hijo que ama al padre y al mismo tiempo es amado por él. Cuando, para hablar de Dios, Jesús utilizaba esta palabra, debía de causar admiración e incluso escandalizar a sus oyentes. Un israelita no la habría utilizado ni en la oración. Sólo quien se consideraba Hijo de Dios en un sentido propio podría hablar así de Él y dirigirse a Él como Padre. 'Abbá' es decir, 'padre mío', 'papaíto', 'papá'." (Juan Pablo II, Audiencia general 01.07.1987, n.2-3).

 

         Llamar de este modo a Dios es propio de Jesús: "Se debe notar, además, que en ningún pasaje del Evangelio se lee que Jesús recomendar los discípulos orar usando la palabra 'Abbá'. Esta se refiere exclusivamente a su personal relación filial con el Padre. Pero al mismo tiempo, el “Abbá” de Jesús es en realidad el mismo que es también “Padre nuestro”, como se deduce de la oración enseñada a los discípulos. Y lo es por participación o, mejor dicho, por adopción, como enseñaron los teólogos siguiendo a San Pablo, que en la Carta a los Gálatas escribe: Dios envió a su Hijo... para que recibiésemos la adopción (Gál 4, 4 y s.; cf. STh 3,23, aa.1 y 2)" (Juan Pablo II, Audiencia general 01.07.1987, n.8).

 

         Nuestro conocimiento de Jesús es participación del conocimiento del Padre: "Jesús, revelando al Padre, comparte en cierto modo con nosotros el conocimiento que el Padre tiene de Sí mismo en su eterno, unigénito Hijo. Mediante esta eterna filiación Dios es eternamente Padre" (Juan Pablo II, Audiencia General, 20.05.1987, n.6).

 

         c) El Padre revela al Hijo. El Padre es el único que conoce verdaderamente al Hijo, y es él quien puede revelarlo interiormente al hombre, 'atraerlo' hacia su Hijo: "prestemos atención a esta verdad central de la fe cristiana... es ante todo el testimonio del Hijo sobre el Padre y, en concreto, el testimonio de una relación filial que es propia de Él y sólo de Él. De hecho, así como son significativas las palabras de Jesús: nadie conoce al Padre sino el Hijo (Mt 11,27), lo son estas otras; nadie conoce al Hijo sino el Padre. Es el Padre quien realmente revela al Hijo" (Juan Pablo II, Audiencia general, 20.05.1987, n.5).

 

         En el mismo evangelio de Mateo: "merece especial atención la confesión de Simón Pedro, junto a Cesarea de Filipo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Notemos que esta confesión ha sido confirmada de forma insólitamente solemne por Jesús: Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos (Mt 16,17). No se trata de un hecho aislado. En el mismo Evangelio de Mateo leemos que, al ver a Jesús caminar sobre las aguas del lago de Genesaret, calmar al viento y salvar a Pedro, los Apóstoles se postraron ante el maestro, diciendo: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios (Mt 14,33)" (Juan Pablo II, Audiencia General. 13.05.1987).

 

         Pedro puede confesar que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, por un 'don' del Padre: "tiene especial significación la respuesta que Simón Pedro recibió de Jesús tras haberlo confesado en las cercanías de Cesarea de Filipo. En aquella ocasión dijo Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Jesús le respondió: Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos (Mt 16,17). Sabemos la importancia que tiene en labios de Pedro la confesión que acabamos de citar. Pues bien, resulta esencial tener presente que la profesión de la verdad sobre la filiación divina de Jesús de Nazaret -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo- procede del Padre. Sólo el Padre conoce al Hijo (Mt 11,27), solo el Padre sabe quién es el Hijo (Lc 10,22), y sólo el Padre puede conceder este conocimiento al hombre. Esto es precisamente lo que afirma Cristo en la respuesta dada a Pedro. La verdad sobre la filiación divina que brota de labios del Apóstol, tras haber madurado primero en su interior, en su conciencia, procede de la profundidad de la autorrevelación de Dios. En este momento todos los significados análogos de la expresión 'Hijo de Dios', conocidos ya en el Antiguo Testamento, quedan completamente superados. Cristo es el Hijo del Dios vivo, el Hijo en el sentido propio y esencial de esta palabra: es 'Dios de Dios'." (Juan Pablo II, Audiencia General 27.05.1987, n.7).

 

         Sólo el Padre que conoce al Hijo revela internamente a los hombres, quién es Jesús: "Durante el bautismo en el Jordán, Jesús es proclamado Hijo de Dios ante todo el pueblo. La teofanía de la transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos.... Esta transfiguración va acompañada de la 'aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús'. Y cuando, superado el 'susto' ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo (bueno es estarnos aquí), “se formó una nube... y se dejó oír desde la nube una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle” (cf. Mc 9,2-7). Así en el texto de Marcos. Lo mismo se cuenta en Mateo: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle (Mt 17,5). En Lucas, por su parte, se dice: Este es mi Hijo elegido, escuchadle (Lc 9,35). El hecho, descrito por los Sinópticos, ocurrió cuando Jesús se había dado a conocer ya a Israel mediante sus signos (milagros), sus obras y sus palabras. La voz del Padre constituye como una confirmación 'desde lo alto' de lo que estaba madurando ya en la conciencia de los discípulos. Jesús quería que, sobre la base de los signos y de las palabras, la fe en su misión y filiación divinas naciese en la conciencia de sus oyentes en virtud de la revelación interna, que les daba el mismo Padre" (Juan Pablo II, Audiencia  General, 27.05.1987, n.5-6).

 

         La voz del Padre confirma exteriormente, la otra voz interior que el Padre había dejado oír a los discípulos: "La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la transfiguración en el monte (identificado por la tradición posterior con el monte Tabor), confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16,16). Confirma en cierto modo 'desde el exterior' lo que el Padre había ya 'revelado desde el interior'. Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo -Este es mi Hijo amado: escuchadle-, parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz" (Juan Pablo II, Audiencia General, 27.05.1987, n.8).

 

Conclusión.

 

El Padre es quien da testimonio del Hijo, es el único que le conoce con perfección. En el evangelio de Juan, en el contexto del discurso del Pan de vida, ante la incredulidad de algunos judíos, Jesús afirma: nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió, no lo atrae (Jn 6,44), texto que es también una inclusión con v.39 b: todo lo que el Padre me da vendrá a mí.

 

         A esta 'revelación', 'atracción' del Padre, a este dar a conocer del Hijo, corresponde al discípulo la actitud de escucha: de hacer silencio y obedecer, y a cargar su yugo y su carga ligera.

 


[1] Lagrange, Evangile s. St. Matthieu (1927) p.226.

[2] Cerfaux, L'Evangile de Jean et le 'logion johannique' (1938) 147-160.

 

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