Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

LAS DIALÉCTICAS DE LA EXÉGESIS CONTEMPORÁNEA -  P. Lic. Gustavo Javier Nieto, I.V.E.

 

LAS DIALÉCTICAS DE LA EXÉGESIS CONTEMPORÁNEA

 P. Lic. Gustavo Javier Nieto, I.V.E.

E-mail: gustavonieto@ive.org

 

 

La dialéctica que ha caracterizado a la filosofía que rige los diversos estratos del orden contemporáneo no ha dejado de producir su impacto en los estudios que se realizan sobre la Sagrada Escritura y en los mismos profesionales bíblicos. El pensamiento humano bajo la tendencia y la tensión de la analítica trascendental, y su abstracción del valor de lo real ha demostrado saber llevar su intento al núcleo mismo de la revelación cristiana: la Sagrada Escritura. Una tendencia de este orden trasladada al relato de la revelación íntima y positiva del Sumo ser, no puede sino producir consecuencias funestas para la comprensión y resolución de las preguntas fundamentales que atañen a la persona humana[1].

 

Toda dialéctica que se realice bajo la base de este fundamento que se ancla en los principios idealistas de desvalorización de lo real logra finalmente llevar al ser humano a la perdida de una visión íntegra y acabada de la realidad. La parcialización de la observación excusada en un subjetivismo analítico o en principios idealistas, equivale generalmente a la destrucción de la misma y es germen de errores de principios que canalizan consecuencias funestas al llegar el momento de la explicitación. No en vano el documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la Interpretación de la Sagrada Escritura en la Iglesia advirtió a los estudiosos de la Biblia que en toda auténtica actualización no debe intentarse proyectar opiniones o ideologías nuevas, sino buscar sinceramente la luz que los mismos textos contienen para el tiempo presente[2]. Las falsas dialécticas a las que continuamente –consciente o inconscientemente- es sometido el texto bíblico por algunos círculos de estudiosos contemporáneos como principio del método, no logran sino caer en definitiva en la ideologización de la Sagrada Escritura y consecuentemente en las proyecciones particularizadas y tendenciosas. Todo pensamiento que se aleje del genuino valor de lo real se convierte necesariamente en una ideología subjetivista e idealizada.

 

Trasladado al campo bíblico toda falsa dialéctica apoyada en principios situados al margen de la naturaleza del mismo texto sagrado, no logra sino minimizar la Sagrada Escritura, desvirtuarla de su vigor penetrante y hacerla precipitar en una caída que termina por convertirla en el mejor de los casos en un libro interesante de la literatura antigua. Aquí tenemos entonces, un principio rector para analizar y delatar las oposiciones o confusiones que de manera inevitable se constatan en los círculos comprensivos de la exégesis y de la hermenéutica actual.

 

El planteo es por tanto recíproco y se presenta por demás develador. Una dialectización del texto sagrado o de los principios que lo rigen, apoyada en presupuestos parciales, revela toda una intención y una concepción parcial y particular de la naturaleza de la misma Sagrada Escritura y de la inspiración bíblica. Podemos obviamente tolerar, una postura semejante en los diversos estratos de estudiosos de características heterogéneas al pensamiento de la Iglesia, lo que no nos es posible comprender es que la consecuente dialectización se presente como exponente de la concepción tradicional de la Sagrada Escritura, ni que tal estudioso pueda recibir el título de exégeta. Puesto que, una concepción tal, abierta o solapadamente está contraponiéndose a lo expresado en los presupuestos elementales del pensamiento magisterial sobre la Biblia, que a lo largo de sus dos mil años de historia se ha caracterizado por dar justamente una visión totalitaria del ser y del pensar, como opuesta a toda falsa dialéctica y parcialización.

 

La exégesis católica atraviesa por un momento por demás entusiasmante debido a la proficua proliferación de los elementos que la componen. El auxilio brindado por el avance del pensamiento tecnológico por el que atraviesa el momento presente ha abierto campos de acción inestimables para que el estudio de la Biblia como ciencia, se afiance de una manera sólida y concisa. Prueba de esto es también el amplio corpus magisterial que ha signado el siglo pasado, en el que se estimula a todos los estudiosos a hacer uso del momento histórico para profundizar en la palabra de Dios siempre viva y siempre nueva. El riesgo potencial presentado en estos mismos presupuestos también debe ser necesariamente considerado y notado, no como principio paralizador sino -todo lo contrario- como punto de partida y de lanzamiento a una mayor penetración siempre más profunda[3] en la verdad del texto sagrado. No podemos por tanto producir un sistema en el que la exégesis contemporánea desprendiéndose de los principios rectores de la tradición, emerja de la pretendida contradicción u oposición dialéctica de los mismos, mediante un falso aislamiento o polarización parcial. La exégesis contemporánea so pena de desvirtuarse y dejar de ser exégesis eminentemente bíblica, no puede ser un fruto de la oposición dialéctica de lo natural y lo sobrenatural en un proceso evolutivo, sino de la composición proporcional y subordinada de ambos elementos como principios rectores de todo silogismo exegético. Si la crisis que cualifica el mundo actual es crisis de fe, lo es -en su medida- porque la exégesis bíblica ha dejado de ser ciencia de la fe.

 

La dialéctica contemporánea no hace sino destruir la justa proporción en la que debe situarse y medirse las relaciones entre sus extremos. Justamente procede dándole valor a la negación de uno de ellos para avanzar hacia una síntesis de progreso. Kant en una primera época dio a la dialéctica de la que hablamos un sentido peyorativo, como de un razonamiento ilusorio, una “lógica de la apariencia”; es esta apariencia sin embargo la que intenta prevalecer en muchos estudios contemporáneos como principio del método de interpretación. Bajo esta perspectiva, la dialectización de los principios canalizadores del estudio de la Sagrada Escritura no puede sino generar la confusión y la destrucción de los mismos. Tal es el propósito que se persigue, para que lograda la negación de uno de los principios, esa misma destrucción sea consolidada como una entidad a tener en cuenta para el progreso científico de la Biblia. Llevar al campo bíblico la negación como principio del método de avance científico en el estudio de las Sagradas Letras, es atentar a la naturaleza misma de los textos sagrados. Es lo propio de la dialéctica basada en los principios hegelianos: pasar de un extremo a otro generando una confusión de los mismos, y sobre esta confusión construir. Se establecen los extremos como contrapuestos, se niega uno y la negación de este es esencialmente relativa al objeto que afecta. De suerte que el objeto negado es conservado como negado y revalorizado en esta perspectiva como base de la interpretación.

 

Asistimos pues en la actualidad, a numerosas tendencias presentadas por los distintos estudiosos que suenan como un clarín de advertencia a la protección y hegemonía del Libro Sagrado, alma de la teología y vida de la Iglesia[4], so pena de convertirlo en un mero libro histórico (incluso a veces privado de su rigor) carente de su valor propio y trascendente. La ausencia de la utilización de los principios rectores utilizados por el corpus magisterial del siglo pasado y particularmente conciliados en la constitución conciliar Dei Verbum delatan la realidad de las advertencias que consideramos necesarias realizar[5].

 

En la denuncia y desmitificación de falsas dialécticas que afectan al estudio contemporáneo de la Sagrada Escritura, sólo intentamos que se vuelva a prestar atención al justo valor de los extremos que las componen. No se trata por tanto de priorizar uno bajo el desprecio del otro sino de dar el justo valor a ambos componentes de una contraposición inexistente, que por ser tal, sólo debe reestructurarse con la composición amalgámica -en su justa medida y proporción- de sus extremos. Composición a la que la Iglesia nos guía ya desde sus primeros momentos como servidora del texto sagrado[6]. En otras palabras, dando algunos ejemplos, no se trata de priorizar la exégesis bajo el menoscabo de la hermenéutica; ni la teología bajo el costo del desprecio de la exégesis científica. Ni se trata tampoco de negar la instrumentalidad del elemento humano para aislar la principalidad de la autoría divina. Un razonamiento tal, sólo lograría llevar a la dialéctica a una polarización extrema y aferrarla más aún en su virtud destructora. Se trata de dotar de un justo valor a cada uno de los extremos sin menoscabar ninguna realidad; se trata en cambio de dar el justo valor a la exégesis que debe progresar e iluminar juntamente con la hermenéutica; de que la teología y la exégesis científica sean colaboradoras mutuas y no enemigas excluyentes; de que la Biblia no sea considerada un libro desprendido del elemento humano ni desprendido del elemento divino, sino como una realidad verdaderamente teándrica, divino-humana. Hoy en día, ante el progreso entusiasmante de los estudios bíblicos, la recuperación y hegemonía de todos los valores que llevan al hombre a un mejor conocimiento de la palabra de Dios se presenta como imperante, so pena de desvirtuar la misma ciencia de la interpretación bíblica.

 

Realicemos una rápida mirada a las principales dialécticas que nos son sugeridas por numerosos estudios contemporáneos. No pretendemos develarlas a todas, ni mucho menos, pero sí notar las principales, las que consideramos más peligrosas en el hoy de los estudios bíblicos, y las que tienen mayores consecuencias que atentan contra una mejor comprensión de la Sangrada Escritura.

 

 

Libro inspirado contra libro humano (y viceversa)

 

Es una dialéctica de base, más que ninguna atañe a la naturaleza misma de la Biblia; es por tanto la que puede producir consecuencias más funestas y la desvirtualización total del texto Sagrado. Se trata pues de la consideración de la definición misma de la Biblia como palabra divino-humana[7]. Una polarización indebida y dialéctica de estos extremos, acentuando uno hasta el desmedro del otro no hace sino precipitar la esencia misma de la Sagrada Escritura.

 

El momento en que el elemento humano se prioriza por sobre y en detrimento de la principalidad divina, es el momento en que se sientan las bases para la negación de la exégesis como ciencia teológica. El problema es actual, el estudio de la Sagrada Escritura como un libro meramente humano es una de las características de muchos estudiosos contemporáneos[8]. Es interesante notar, que esto no es constatable solamente con aquellos que no profesan la fe cristiana; la realidad es constatable en los que profesando la divinidad del libro, se olvidan sin embargo de rescatarla llegado el momento del la sistematización científica[9]. Debemos respetar las hegemonías de los campos y de las estructuras, pero no podemos tolerar el cierre explícito o implícito a la visión de la Escritura como libro divino-humano, inmanente y trascendente.

 

Pululan los estudios bíblicos de carácter científico que hacen abstracción del carácter sobrenatural del libro. Lejos de condenarlos, debemos declarar que aquellos realizados de manera seria y científica poseen un valor inapreciable para llegar a la comprensión global del texto sagrado. Sin ellos, la exégesis científica sería imposible. La dificultad nace cuando se pretende hacer de estos estudios una totalidad y una ciencia de la interpretación de la Escritura, como cerrada y concisa. Un análisis filológico del texto de Jeremías no puede ser considerado ya una exégesis del libro de Jeremías, ni mucho menos un libro exegético; a lo sumo llegará a ser un espléndido análisis filológico de Jeremías, nada más[10]. No puede llevar el título de un curso exegético un curso que verse solamente sobre la diferencia estructural de los nombres Abigail y Ajioam, las mujeres de David. Lo que decimos de la filología, debe decirse también sobre toda estructura de base de la Escritura que considere solamente los preámbulos obligados y necesarios del estudio de un texto; desde la limitación de la perícopa hasta el armazón estructural y formal interno. No se puede reducir la exégesis a un mero estudio filológico o de estructuras -si bien estos son indispensables para construir sobre ellos la exégesis-, cuanto más si estos son tendenciosos[11]. Quedarse en esto, es quedarse en los atrios de la exégesis; es seguir considerando a la Sagrada Escritura como un libro meramente humano y, reducido de contenido[12].

 

La dialéctica es reveladora de principios. La raíz de la presente dicotomía, tan vislumbrante en tantos científicos contemporáneos, parece basarse -como es repetitivo en las dialécticas bíblicas- en una no clara concepción de los extremos y su mutua vinculación. La Escritura es por definición un libro divino-humano, también la exégesis como ciencia de la Escritura debe considerar este valor bivalente del texto. Son cuestiones de principios y por tanto gravan por su delicadeza. Puede parecer pueril pedirles a algunos de nuestros exégetas contemporáneos que declaren como preámbulo a sus trabajos las nociones básicas de introducción y de exégesis fundamental. Generalmente los tratados de inspiración, inerrancia, canon, texto, etc. son considerados como supuestos y acordes. No siempre sucede así. Una discusión científica y clara sobre estos puntos básicos –aún en nuestros días- ahorraría muchos dolores de cabeza después, y evitaría discusiones estériles que parecen deben ser aclaradas en círculos anteriores a la exégesis. Un ejemplo puede iluminar lo que se afirma: hace un par de años en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, un profesor comenzaba su curso sobre la versión de los LXX, en el aula paulina se encontraba un buen grupo de estudiantes de diversas partes del mundo. Se trataba de un curso instrumental, era la prima de clases del semestre. Entrando en la controvertida discusión de la inspiración de los LXX y haciendo una admonición de no perder tiempo en pequeñeces con cosas sabidas por todos, el profesor afirmó al paso: “Que alguien rápidamente diga qué es la inspiración bíblica”. Primero se percibió un silencio elocuente, nadie se animaba, luego un estudiante italiano expresó que la inspiración es un carisma dado por Dios al hagiógrafo, que constituye al libro sagrado en una obra producida por una autoría, que es principalmente divina e instrumentalmente humana. El profesor con la misma velocidad con que hablaba dijo: “esa es una teoría, también se sostiene que la inspiración bíblica es el producto de la experiencia de fe de la comunidad primitiva concediendo prioridad al factor humano” y siguió hablando de si los LXX están o no inspirados. Es solo una muestra que refleja una de las enfermedades que padece la exégesis actual y que –a veces inconscientemente- tiende a desembocar en la disociación libro-inspirado / libro-humano, o la mutua negación dialéctica de un extremo a partir de otro. Poco interesaba definir con exactitud que era la inspiración bíblica pero sí había que detenerse a ver si la LXX es o no inspirada. Se trata evidentemente de una cuestión de principios.

 

La naturaleza de la Escritura como libro divino-humano no puede por tanto perderse de vista en los distintos avances que se realicen en orden a la comprensión global del texto. Las Sagradas Letras son una realidad eminentemente teándrica, pero en la que intervienen autores humanos que a modo de instrumentos[13] expresan todo aquello y sólo aquello que El mismo les mandara escribir. Clásica es la formula tantas veces citada “todo lo que el autor afirma, enuncia, insinúa, debe ser tenido por afirmado, enunciado e insinuado por el Espíritu Santo”[14]. Es capital reafirmar y profundizar estas nociones antes de la interpretación; la exégesis no puede ser una ciencia infundada. Es este, pues, uno de los elementos que determina a la exégesis como ciencia. Es de estas nociones básicas justamente de donde debe brotar la concepción recta de la noción de inspiración, su existencia y extensión a todas y cada una de las partes del texto sagrado, y su consecuencia propia y necesaria: la inerrancia y su recta valoración[15], ni fundamentalista ni progresista[16]. Y junto a esta realidad permanentemente mantenida debe también afirmarse en su justa proporción la génesis de la Escritura en el seno de una comunidad viva de fe de la que emergen los hagiógrafos que a modo de instrumentos libres, con sus características culturales y ambientales propias, escriben todo y sólo lo que el autor principal desea que escriban. Sólo así los progresos contemporáneos pueden alcanzar su máxima vitalidad vivificante para la exégesis y la profundización de la Escritura. Si la naturaleza bipolar de la inspiración bíblica en vez de ser mantenida en su justa proporción es negada intrínseca y dialécticamente, la exégesis misma es polarizada y por tanto cesa de ser un exponente de la realidad de la Biblia.

 

Más aún, una dialectización tal no puede sino convertir a la exégesis en una ciencia sin fundamento. En otras palabras, no puede estudiarse la Biblia -si exégesis es lo que se intenta realizar- si las nociones básicas que constituyen la naturaleza misma del texto sagrado son dialectizadas y extremizadas. La dialéctica así entendida genera confusión y negación, y la exégesis viene reducida en sus principios. Admitida la negación dialéctica, el trabajo científico podrá presentar una magnífica deducción filológica, un conocimiento más adecuado de las frases nominales o una excelente consideración desde el punto de vista arqueológico, pero eso no es exégesis sino sólo algunos aspectos importantes que se sitúan al comienzo de la misma. Hacer de estas parcialidades la ciencia exegética es –entre otras- quizás una de las más funestas consecuencias que ha producido el desprecio de la Sagrada Escritura como libro inspirado. La Sagrada Escritura si es interpretada únicamente con los instrumentos científicos con los que se tratan los libros humanos se vacía de su valor sustancial. Algunos exégetas modernos creyendo ser más rigurosos en el estudio del texto no logran sino manipular la misma palabra de Dios, reduciéndola a la medida del hombre, es decir, a palabra humana. Es el error de quienes queriendo realizar un estudio más científico por considerarlo más humano se olvidan que la exégesis es parte integrante y principio de la teología, que es la ciencia de lo divino.

 

 

Exégesis contra Teología (y viceversa)

 

Develar una dialéctica no supone confundir los términos, ni polarizarlos; eso sería caer en la misma trampa del sistema que procura la destrucción de uno de los elementos para que valorizando la negación progresar sobre ella. Tal parece ser lo que sucede en nuestros días en la consideración de la exégesis y de la teología como ciencias exclusivas y excluyentes. El desmembramiento parcial de la teología una y única, en diversas ciencias subsidiarias y específicas debe realizarse sobre presupuestos de orden y subordinación; de lo contrario se genera la confusión y la negación de la misma.

 

Constatamos en efecto que el desarrollo teológico actual intenta paso a paso ir dejando sus esquemas escolásticos para dar la prioridad a las fuentes que la originan. Las intenciones pueden ser buenas pero el peligro de confundir y oponer dialécticamente las fuentes contra la especulación, es una realidad peligrosa y constatable. No sorprende escuchar el desarrollo de tratados teológicos que poco o nada se diferencian de un estudio de teología bíblica o de exégesis. Esto significa estancarse en el atrio de la especulación; pues la premisa de fe de la revelación positiva constituye solamente el principio del silogismo teológico. Mucho se ha discutido y escrito sobre la hegemonía de la exégesis como ciencia independiente; esto lleva notablemente a una revalorización de la exégesis que es sumamente necesaria y ventajosa para el mismo progreso teológico. Sin embargo la extremada acentuación que se ha dado a los términos ha superado los límites mismos de la ciencia exegética, y al quererla superponer por la teología no ha logrado sino degradar a la misma exégesis proponiéndole fines y límites que por razones de naturaleza y método no puede alcanzar. Ha nacido - o resurgido - con particular acentuación en nuestros tiempos una nueva dialéctica entre el estudio exegético y el estudio teológico de una verdad revelada, queriendo mediante una oposición de negación entre ambos aspectos bajo los que es estudiada la proposición positiva, independizar aisladamente exégesis y teología, o bien, negar una con prioridad de la otra.

 

No son pocos los que sugieren que se puede separar la exégesis de la teología, más aún dialectizar entre ambas. No podemos dudar de la diferencia sistemática y metodológica que poseen, pero al mismo tiempo no podemos menoscabar las mismas nociones de teología y de exégesis. La cuestión vuelve a ser de principios. Santo Tomas de Aquino se esforzó en aclarar prudentemente estos principios en la base de todo su edificio de penetración del dogma revelado: una ciencia se limita y define por sus objetos, y la teología es una ciencia única[17]. Es esta la consideración constante de la viva tradición de la Iglesia. Ante esta riqueza histórica no deja de ser arriesgado ensayar razones que logren la interdependencia extrema de ambas ciencias.

 

Sin embargo, el dinamismo y la evolución científica del rigor científico contemporáneo parece querer distinguir. Lógica y adecuada es la distinción entre lo positivo y lo especulativo; distinción tan acertada como la unidad que radica en el mismo objeto que consideran, y una ciencia se limita y se define por sus objetos. No se puede por tanto separar tan agudamente estas dos partes de la Sagrada Teología sin menoscabar a la misma teología; como de la misma manera no se puede separar la exégesis de la teología bíblica sin menoscabar la misma Sagrada Escritura y el valor propio de estos dos acercamientos al texto sagrado. Las formalidades deben ser muy bien guardadas y respetadas dentro de la unidad y deben ser cuidadosamente conservadas en la prolongación práctica de los principios, de lo contrario caemos en el peligro constante: una ciencia sin fundamento. Es probable que distinciones de este tipo para muchos contemporáneos puedan parecer infructuosas e innecesarias; sin embargo la proliferación de los estudios bíblicos nos muestra que por ser elementales no necesariamente deben ser supuestas: así como no se puede discutir la rigidez de un teorema matemático sin poseer las ecuaciones apodícticas pertinentes, tampoco se puede hablar de interdependencia y colaboración de la exégesis y de la teología sin ser consciente de los límites y los fines de las mismas. La supresión o implantación de una en detrimento de la otra muestra la necesidad de reestablecer los principios elementales que deben regir el saber teológico. De lo contrario, una investigación exegética (o teológica) basada en esta confusión y dialectización de los términos pecará en muchos aspectos de infructuosa y estéril, pues no reúne las condiciones básicas en las que debe moverse dicha ciencia.

 

Nadie niega en darle a la exégesis una interdependencia debida, pero siempre y cuando esta se mantenga en los limites fundamentales expresados en sus fines y en su definición. Por tanto siempre será una interdependencia relativa ya que la exégesis por definición es principio de la teología y a ella debe ordenarse y permanecer abierta; de la misma manera que la teología positiva es parte de la teología una y única. Más aún, podemos llegar a decir, que la exégesis debe ser sierva –ancilla- de la teología, pues es en el seno de ésta donde sus conclusiones servirán de base para que se produzcan los mejores frutos. En definitiva, el valor de la exégesis se regula por su objeto y finalidad, y por medio de su apertura a la teología: a la teología bíblica en primer lugar y a la dogmática como coronación de la misma. En otras palabras, es vana la exégesis en una total interdependencia de la teología, una afirmación de este tipo necesariamente debe poseer sus matices. De lo contrario se rebaja la exégesis a un mera ciencia de iniciación, a la filología, al estructuralismo, al sentimentalismo o al palabrerío estéril. Discutir si Abigail es mayor que Ajinoam por una simple curiosidad cronológica, eso no es exégesis sino un hobby pasajero (en el mejor de los casos).

 

 

Exégesis contra Hermenéutica (y viceversa)

 

La crisis de principios no puede sino afectar de manera obligada a la relación entre la exégesis y la hermenéutica. Y en estos tiempos de manera particular debido a la difusión y fascinación producida por la filosofía analítica y los principios heidegherianos de comprensión del texto. La filosofía del lenguaje ha brindado muchos aportes, pero ha presentado también riesgos consistentes. La crisis de principios se hace manifiesta ya en las discordancias nocionales y terminológicas; las definiciones de hermenéutica fluctúan tanto como la confusión que se plantea a veces con las de exégesis. Es indispensable encontrar un punto de partida común y universal. Parte de la disparidad y de la arbitrariedad científica que se constata en el estudio de la hermenéutica contemporánea parece radicar en el descuido de una seria discusión de principios.

 

La teología reciente ha logrado mucho planteando un retorno y revalorización de las fuentes que se manifestaba como imperante y necesario, particularmente por la utilización practica que presenta el progreso científico de nuestros días; pero ha caído numerosas veces en límites que rebalsan las legítimas aspiraciones de un mayor conocimiento y profundización de los lugares teológicos, y esto sí es una perdida. Desproporción tal, es la que ha dado origen -entre otras cosas-, a la dialectización y a la confusión entre exégesis y hermenéutica, priorizando esta en favor de aquella o viceversa; efectos estos, propios y delatores de una polarización dialéctica que en algunos estratos logra sólo precipitar a la misma exégesis contemporánea.

 

La actualización es necesaria y la actualización es posible declara con particular insistencia y con verdad el documento de la Pontificia Comisión Bíblica. No se puede y es contradictorio negar un valor hermenéutico a los textos sagrados, sería negar el valor universal temporo-espacial de las palabras de vida eterna[18]; sería quitarle uno de sus elementos esenciales y constitutivos de su conformación y finalidad. Pero de la misma manera es contradictorio y contraproducente restarle un valor exegético a todos y cada uno de los textos, en la realidad histórica en que fueron producidos La teología de tendencia heidegheriana, cae habitualmente en esta trampa, sobreestimando la hermenéutica en desmedro de la exégesis, o confundiendo ambas generalmente mediante la negación de esta última.

 

Una solución tal no puede sino ser inadecuada e inadaptada a la realidad de la Escritura, texto del pasado y del presente de la humanidad; los principios establecidos se repiten y confirman. Eliminar uno de los extremos lo único que realiza es absolutizar la dialéctica y convertirla en más extrema e insoluble. Es necesario por tanto amalgamar el polivalente valor de los textos bíblicos escritos en un momento histórico aunque para todos los hombres de todos los tiempos; capaces de producir efectos salvíficos para todo el arco de los siglos. Una polarización indebida destruye en este caso, el vigor universal de la Biblia.

 

La confusión de los sentidos y el desprecio del sentido literal planteado, ha -por momentos- exagerado el valor de la hermenéutica y lo ha enfatizado en detrimento de la exégesis. Esto, al tiempo que es grave, riesga de no ser científico, pues conocido es el principio medieval de que todos los sentidos deben apoyarse en el sentido literal[19]. Es por demás lógico, la Biblia es un libro histórico, todo en él habla de historia; fue escrito por personajes históricos, en un determinado momento de la historia, en un lenguaje propio y adecuado al momento en el que fue fijado y que de manera eminente narra una historia que es la historia de la salvación de los hombres, que por ser tal debe estar inserida en la historia humana. No puede por tanto negarse el valor histórico-temporal de los textos

 

 

El mito contra la historia (y viceversa)

 

Las tesis de Rudolf Bultmann y la famosa dicotomía entre la historia y la fe, ya desde tiempo que han sido desacreditadas tanto por el magisterio como por la exégesis científica y sus ciencias auxiliares. Podemos decir –pese a algunos intentos de resurgimiento- que de manera apresurada aunque imperceptible la radicalidad del nombre y de la teoría de Bultmann tiende a tener, cada vez más, connotaciones de descrédito. Bultmann planteó una dialéctica entre la historia y la fe, es decir, una dialéctica totalmente destructora. Nada más opuesto a una religión que proclama como centro de su confesión la encarnación de Dios en la historia de los hombres. Establecer una oposición entre la historia y la fe equivale a destruir el fundamento de la fe en el misterio de la encarnación y por tanto, finalmente, a la misma religión cristiana. Oponer dialécticamente el Cristo creído al Cristo real es en definitiva sentar las bases para hacer de lo creído una fantasía, una fábula o en el mejor de los casos un mito, es decir, una “realidad” que tiene muy poco de real, puesto que apenas si se realiza en la historia. Se trata de un intento de convertir a la fe en algo opuesto a la realidad y por lo tanto ilusorio y falso. Convertir la Encarnación en un hecho ficticio o producido por el hombre, rebajarla de su misterio divino-humano es una de las más grandes y perversas desviaciones del mundo contemporáneo. Las síntesis bultmannianas han contribuido mucho a esto, pues tendenciosamente conducen a vaciar en buena parte el mensaje religioso de la Biblia de su realidad objetiva y a subordinarlo al mensaje humano[20]. Bultmann propuso que la filosofía vigente se vuelva norma para la comprensión de la persona de Jesucristo y de los acontecimientos de la salvación que se han verificado en nuestra historia. Lo cual signa una destructora consideración a nivel de principios, puesto que la filosofía inmanente que rige el pensamiento contemporáneo, por ser cerrada al mundo exterior y a toda apreciación de lo real, es el elemento opuesto al que debe ser buscado para interpretar justamente los hechos que fundamentan la realidad de las cosas.

 

Bultmann constituyó un extremo. Y entre aquel extremo y el justo medio se abanican hoy una multitud de gamas que en menor o mayor medida postulan de manera parcial (y a veces total) la dialéctica historia-mito; verdad-fábula. Abundan en la actualidad las publicaciones que todavía cuestionan la historicidad de los relatos centrales de la revelación del misterio cristiano. No se trata siempre de cancelar la historia, pero sí, muchas veces de vaciarla. A Bultmann le cabe haber contribuido a la crítica bíblica de manera provocadora, y esto ha sido una ayuda para todos; pero rebasó los límites de sus desafíos y sus postulados conclusivos fueron ocasión del preanuncio de una perdida que, de no ser advertida a tiempo, podría haber sido fatal.

 

La desmitización como tal no puede ser aceptada como principio absoluto y norma complexiva de interpretación, pues no debe aceptarse a priori la negación de la realidad y veracidad de los hechos y dichos de la Biblia. Toda la literatura bíblica es la narración de la historia de la salvación, que se verifica en la inserción de los designios de Dios en la historia de los hombres de manera particular la Encarnación. Para descubrir las dimensiones de ese hecho el texto debe ser siempre una vía develadora y no obstruyente de lo que ha sucedido. En otras palabras, una buena exégesis de la Escritura debe considerar -aún bajo la presión de una severa crítica científica- al texto siempre en positivo, pues este es el objeto de su estudio, en el que se reconoce el testimonio auténtico de una realidad vital para la historia humana. De lo contrario so pretexto de ser rigurosos en el estudio se cae en una minimización arbitraria del objeto mismo de la exégesis. En la investigación exegética todo tambalea cuando la exégesis deja de ser ciencia que estudia un objeto de fe.

 

Los acontecimientos de la salvación y su cumplimiento en la persona de Jesucristo dan sentido a toda la historia humana. Las interpretaciones históricas nuevas no podrán sino descubrir y desarrollar estas riquezas de sentido. Los estudios actuales, sin embargo, exigen todavía que se advierte a este respecto: “en este tiempo de laudable fervor de los estudios bíblicos, se van difundiendo en varias regiones sentencias y opiniones que ponen en discusión la autentica verdad histórica y objetiva de la Sagrada Escritura no sólo del Antiguo Testamento sino también del Nuevo, incluso acerca de las palabras y las obras de Jesucristo. Debido a que tales sentencias y opiniones desorientan a los pastores y a los fieles cristianos... se debe alentar a todos aquellos que tratan con los libros sagrados, sea por escrito, sea verbalmente, a afrontar siempre con la debida prudencia y respeto un argumento tan importante, y a tener siempre presente la doctrina de los santos padres, como también el sentido y el magisterio de la Iglesia, a fin que no sean turbadas las conciencias de los fieles y no vengan lesionadas las verdades de la fe”[21].

 

 

Antiguo Testamento contra Nuevo Testamento (y viceversa)

 

La dificultad que han encontrado los distintos estudiosos en realizar una teología del Antiguo Testamento[22], entre muchos otros factores, devela también la dialéctica consciente o inconsciente, que se pretende establecer entre ambos constitutivos de la revelación bíblica. Las teologías veterotestamentarias representan un gran valor para el estudio de la Sagrada Escritura, pero ese valor viene minimizado y, muchas veces, completamente destruido cuando es absolutizado[23].

 

La dialectización que por momentos pretende reinar entre ambos extremos pugna en los académicos contemporáneos. Se puede escuchar afirmaciones tales como: “el Antiguo Testamento no debe ser estudiado mas que como las notas a pie del Nuevo Testamento” hasta otras como: “el Antiguo Testamento es una totalidad acabada que no necesita del Nuevo Testamento para constituirse en una ciencia”. Entre estos dos exponentes se encuentra toda un espectro de intensidad que, en diferentes exégetas, rige las relaciones entre ambos testamentos y la normatividad que uno posee sobre el otro. Es un problema complejo pero que requiere una solución urgente, o al menos una toma de posición antes de encarar el análisis exegético de los textos. De la posición que se tome en este punto dependerá el estudio científico que se realice y el alcance que conlleve la labor exegética que se plantee sobre un determinado pasaje. En otras palabras, si no se quiere tomar una posición explícita respecto a este punto nuclear de la comprensión bíblica; la posición implícita saltará a la vista en el análisis exegético que se pretenda; particularmente cuando se traten de textos del Antiguo Testamento.

 

Dada la prioridad y hegemonía del Nuevo Testamento en la Sagrada Escritura, el peso recae de manera particular sobre los estudiosos del Antiguo Testamento (sin excluir en su justa medida lo que les toca a los expertos del Nuevo Testamento). Lamentablemente -sea de manera teórica, sea de manera práctica-, es habitual en nuestros días constatar estudios exegéticos de textos del Antiguo Testamento que se presentan, como cerrados al Nuevo Testamento, o bien con una imperceptible abertura en la que apenas si se puede vislumbrar el principio básico de la unidad de la Sagrada Escritura y su centralidad en Jesucristo. Otra dialectización que no puede menos que minimizar a la Biblia y al mensaje central de la redención en Jesucristo.

 

Esta dialéctica es grave, sobretodo si es utilizada bajo el presupuesto que pretende destruir el principio de unidad y de interpretación de todos los textos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que es Jesucristo. La exégesis contemporánea por ser ‘más científica’ no puede caer en el callejón sin salida de deshacer el principio clave de la misma interpretación bíblica[24]. Omnis Scriptura divina unus liber est, et ille unus liber Christus est, quia omnis Scriptura divina de Christo loquitur, et omnis Scriptura divina in Christo impletur[25], decían los medievales. La Escritura es una en Cristo, e interpretar los textos al margen de Cristo es ramificar los textos sagrados en un conjunto de libros inconexos de los cuales no resulta fácil explicar porque se encuentran unidos o agrupados entre sí. El resultado de una exégesis que se recueste sobre este aniquilamiento del principio de unidad de la Escritura no dejará de tener connotaciones de esterilidad.

 

Muchos serios trabajos realizados por los estudiosos del Antiguo Testamento carecen de proficuidad por no finalizar en la debida apertura al núcleo de la revelación bíblica. En vano parece ser para muchos científicos el hecho que el Magisterio recuerde insistentemente a los exégetas católicos la centralidad y vitalidad del misterio de la Encarnación para la interpretación de cualquier texto bíblico, sea del Nuevo como del Antiguo Testamento[26]. No son pocos, sin embargo, los estudios que por principios, sea temáticos, ideológicos o metodológicos, cierran esa apertura que es esencial -en la medida que es real- a todo texto de la Escritura, por tanto también del Antiguo Testamento. No se trata de condenar un Testamento en pos del otro sino de revitalizar la justa hegemonía de ambos y las mutuas relaciones que los fundamentan. En esta interacción siempre el Nuevo Testamento tendrá sobre el Antiguo Testamento un valor de realización, cumplimiento y superación que es necesario –en la medida que se pueda[27]- explicitar y no silenciar; de lo contrario se perdería el fruto más precioso que pudiese tener la exégesis de un texto veterotestamentario.

 

Es interesante ver el hincapié realizado por el Papa sobre este punto al presentar el documento de la Pontificia Comisión Bíblica del ‘93, al insistir en la analogía que hay entre la exégesis católica y el misterio de la Encarnación. Es imperioso, para acabar con este proceso dialectal que cada extremo recupere el valor justo que le compete. Es por eso, que una vuelta a la discusión seria y científica sobre los principios, se presenta imperante. Es pues necesario -al analizar los textos- tomar clara y permanente conciencia de la analogía que hay entre el Verbum Incarnatum y el Verbum abreviatum[28].

 

San Agustín, en consonancia con la tradición anterior y posterior, consagró para siempre una fórmula por demás iluminativa: Vetus in novum patet, novum in vetus latet[29]. Sobre esta base se debe edificar todo estudio de un texto bíblico[30] en lo que hace a su valencia en el conjunto de la Sagrada Escritura y particularmente en referencia al centro mismo de la Biblia que es Jesucristo[31].

 

 

Diacronía contra sincronía (y viceversa)

 

Consecuencia, en parte, de la disociación de la exégesis de la teología es también la oposición que se realiza entre métodos sincrónicos y diacrónicos en nuestros días, procurando por momentos priorizar unos en desmedro de otros, o bien, limitando los primeros a la teología y los segundos a la exégesis. De esta manera, lamentablemente, se descuida la importancia particular que ambos poseen. La privación de cualquiera de estos considerandos, contribuye en mayor o menor medida a la ausencia de un valor vital para la comprensión de los textos. Lejos de ser despreciados, ninguno de los dos acercamientos puede ser descuidado. Una recta comprensión de la naturaleza de la Biblia como resultado de una construcción y profundización de los textos, o bien, de las tradiciones a través de los tiempos -pero que a su vez constituidas por un lenguaje propio, de una composición particular de su trama narrativa o de su esfuerzo de persuasión- muestra la importancia de ambos métodos para la realización de una exégesis global del texto.

 

Analizando la problemática actual de la interpretación bíblica se ha constatado una discusión acentuada de estos acercamientos y de la relación que los rige. Por un lado, muchos cristianos han pretendido juzgar a la diacronía como deficiente desde el punto de vista de la fe[32]. Por otro lado los mismos métodos diacrónicos se encuentran en muchos ambientes “en competencia con métodos que insisten en una comprensión sincrónica del los textos, ya se trate de su lenguaje, de su composición, de su trama narrativa o de su esfuerzo de persuasión”[33]. Además, como justamente se advierte: “el cuidado que tienen los métodos diacrónicos de reconstituir el pasado se sustituye, frecuentemente, por una tendencia a interrogar los textos situándolos en las perspectivas filosóficas, psicoanalíticas, sociológicas, políticas, etc. del tiempo presente”[34].

 

Las disposiciones son claras e iluminantes, por lo que no se puede admitir que se pretenda excluir un método en pos de la sobrevalorización del otro. Normalmente, cuando se intenta una valorización excluyente de ambos acercamientos, la sincronía lleva la peor parte; incluso, en algunos casos, la dialéctica puede llegar a absolutizarse al punto de quitarle todo valor científico[35].

 

Bajo esta perspectiva el estudio diacrónico de los textos se presenta como esencial, mas no exclusivo. Es necesario valorizar también que mientras la diacronía puede ser supuesta no así la sincronía. La mejor forma de interpretar a un hagiógrafo es analizándolo sincrónicamente en su propio contexto. El análisis horizontal se presenta por tanto como indispensable para superar la mera génesis del texto y poder abrevar más riqueza del texto bíblico. Es legítimo realizar el estudio de un texto dando por supuesto la génesis del mismo (un aspecto, que obviamente no puede ser descuidado) incluso basándose en un texto que es tomado en su estado final tal como fue recibido en el canon. Sin embargo, puede quedar pobre un texto que solamente se quede en un estudio que verse sobre su propia génesis sin explicitar su contenido en el medio en el cual se realiza. En otras palabras, la sincronía tampoco puede ser descuidada pues la mera génesis del texto posee connotaciones que refieren a los preámbulos de la exégesis, que es ciencia de la interpretación.

 

Al respecto, no puede olvidarse que la diacronía es fundamentalmente un método analítico que tiene características de base y de sugestión de un análisis posterior; ya que en él se estudia el texto bíblico del mismo modo que todo otro texto de la antigüedad y se lo comenta como lenguaje humano; si bien permite al exégeta, sobre todo en el estudio crítico de la redacción de los textos, captar mejor el contenido de la revelación divina. El análisis sincrónico de los textos es capital, “porque es el texto en su estadio final, y no una redacción anterior, el que es expresión de la Palabra de Dios; no obstante, el estudio diacrónico continúa siendo indispensable para captar el dinamismo histórico que anima la Sagrada Escritura”[36].

 

Los dos acercamientos se presentan, por lo tanto, como necesarios y lejos de excluirse se complementan e incluso hasta se solicitan. Es muy reducido acentuar uno en desmedro del otro y no valorizarlos en su justa medida; y es por tanto destructivo aceptar uno sobre la negación del otro. El estudio de un texto debe comprender no solamente el estudio de la génesis del mismo, sino también la comprensión en su propio contexto y más aún en el contexto global de toda la Sagrada Escritura. Esto es así, si se quiere llegar a obtener una valorización plena de la riqueza de cada pasaje bíblico y no ha quedarse simplemente en algún aspecto o en las periferias del núcleo central del mensaje.

 

 

Tradición contra progresismo (y viceversa)

                                                                                                                                                                

De manera a veces malsana y tendenciosa se trata de oponer de manera dialéctica, la primera interpretación -la de los padres de la Iglesia y de la tradición, incluida la interpretación medieval- contra la interpretación actual, la que conlleva la ayuda de las ciencias positivas y la utilización de los modernos métodos contemporáneos. La dialéctica, como no puede ser de otra manera, es totalmente falsa e inconsistente. Querer despreciar uno en pos del otro desemboca, una vez más, en una reducción del valor de los textos sagrados[37].

 

A este respecto, se debe sostener que subestimar el valor de la exégesis patrística significa socavar los propios cimientos a la exégesis actual. El alcance entusiasmante y el valor que ha logrado alcanzar la exégesis católica en los últimos tiempos no puede considerarse totalmente desconexo de la labor fructuosa de toda una tradición en la cual se inserta, y no la suplanta. De manera básica, no es justo distanciar excluyentemente los modernos métodos de interpretación bíblica de su pasado en la historia de la interpretación. La exégesis contemporánea, por avanzada que se estime, no puede sin embargo ser deslindada de su pasado. Y si bien los métodos contemporáneos pueden distanciarse bastante de la exégesis antigua, no obstante, para ser efectivos, deben desarrollarse sobre la historia misma de distintos métodos exegéticos -de cuya pluralidad también gozó la tradición de la Iglesia-, construyendo sobre sus logros, avanzando sobre sus límites y creciendo sobre la corrección de sus errores. La interpretación de la Biblia en la Iglesia no nació en el siglo XX, su historia es tan extensa y grande como la Iglesia misma.

 

Más aún, no se debe jamás olvidar que son los padres quienes han logrado combinar sabiamente –desde un principio- la letra y el espíritu, interpretando fielmente los textos sagrados y manifestando su valor vivo al hoy creyente de la Iglesia, fundamentando de esta manera el futuro mismo de la exégesis científica[38]. Atentar contra los padres, es atentar contra la tradición de la Iglesia, fundamento y sostén de la Sagrada Escritura. La dicotomía de separar a la Biblia de su fundamento, lejos de defender a la Escritura la destruye. La actualización debe ser hecha, como toda actualización legítima, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Ante los progresos actuales y los impulsos alentadores dados por los tiempos modernos a la interpretación bíblica, no podemos menos de ser agradecidos, el rigor científico que se ha adquirido sobre el estudio de los textos bíblicos es un bien inestimable; no obstante, desconocer la realidad entusiasmante de la exégesis católica de este siglo es tan arriesgado como desconocer el valor que posee la interpretación patristica y medieval, sobre la cual en gran manera se asienta.

 

La dialéctica, no obstante, se constata y es por demás acentuada. Por momentos se pretende instaurar la concepción que un trabajo gozará de mayor rigor cuando más alejado se encuentre –aun de manera imperceptible e inconsciente- de los métodos antiguos[39]. De aquí proviene la ausencia, incluso, de mera comparación de las conclusiones actuales con las de los sabios del pasado; cuando esta realidad se encuentra de manera tendenciosa logra en definitiva desvirtuar no poco el rigor científico con el que se ha interpretado un texto. La exégesis de los padres no puede, por tanto, ser considerada como meramente decorativa o de un simple valor histórico en la interpretación de la Biblia en la Iglesia, sino que debe ser tenida como un elemento indispensable para la comprensión, confrontación y actualización siempre más acabada de texto sagrado. Los padres son, en primer lugar y esencialmente, los comentadores de la Sagrada Escritura y sus conclusiones deben considerarse de un valor permanente y por tanto también valido para la Iglesia de hoy[40].

 

Puede establecerse la desproporción dialéctica en que los elementos no se balanceen en su justa medida. Es necesario admitir que en la mayoría de los casos, los padres carecieron de los elementos científicos que poseen la mayor parte de los estudiosos contemporáneos. Esto es sin embargo tan posible como el hecho de que muchos de los científicos contemporáneos carecen de la profundidad, la penetración y la santidad de la que gozaron los padres de la Iglesia y que se manifestó de manera elocuente en la lectura que realizaron de los textos bíblicos. El llevar adelante una exégesis sobre el desprecio frontal del estudio de los padres no deja de manifestar sino la falta de rigor científico de los postuladores del sistema, la soberbia que los anima y la distancia de la comprensión cristiana de la Escritura y de la Iglesia, de ayer y de hoy.

 

Es cierto también: a la exégesis contemporánea se le deben logros considerables que no deben ser ni despreciados ni reducidos a la metodología patrística. El conocimiento de la Sagrada Escritura debe -sin destruir- aprovechar del buen momento en que se encuentra y edificar caminando por los elementos de penetración que proporciona la situación actual.

 

La tensión, no obstante, debe ser mantenida en los límites respectivos. El proficuo magisterio del siglo pasado respecto a la interpretación de la Biblia en la Iglesia ha dado las pautas adecuadas para una profundización cada vez más extrema y científica del texto sagrado, sin que por esto el exégeta descuide dejarse iluminar por la luz de los padres de la Iglesia. Y no en vano se ha afirmado que: hoy más que nunca se plantea la necesidad imperante de volver a los padres de la Iglesia, si bien, quizás no –afirmación que debe ser matizada- a la metodología con la que se acercaron al texto bíblico, sí, indudablemente, al Espíritu con el que leyeron la Escritura[41].

 

 

Magisterio contra Biblia (y viceversa)

 

El proceso dialectal desemboca sea de manera explícita o implícita en muchos exégetas, en la dicotomía entre la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, que desencadena –como no puede ser de otra manera- consecuencias funestas para los cristianos. Ya se ha indicado al respecto, a lo largo de los tiempos, una de las fisuras más dolorosas en el pueblo de Dios cuyas consecuencias todavía todos sufrimos y lamentamos. Puede parecer innecesario, pero la situación actual pide que sea invocado una vez más esta realidad; no se puede separar a la Sagrada Escritura del Magisterio de la Iglesia so pena de desintegrar totalmente la Sagrada Escritura y transformarla en un libro meramente humano, carente de valor objetivo y reducido a una mera experiencia subjetiva y personal.

 

Esto no significa afirmar que el magisterio se encuentra por encima de la Sagrada Escritura sino que está a su servicio. Los amplios márgenes dados por los pontífices a los estudiosos de la Sagrada Escritura en este último siglo y a lo largo de la historia, no dejan de ser un testimonio de esta afirmación. La Iglesia se convierte así en la principal custodia del depósito revelado a quien cuida con delicado celo y esmero. El estímulo realizado al estudio y lectura de la Escritura también es un testimonio de esto. “En efecto ser fiel a la Iglesia significa situarse resueltamente en la corriente de la gran Tradición que, con la guía del magisterio, que cuenta con la garantía de la asistencia especial del Espíritu Santo, ha reconocido los escritos canónicos como palabra dirigida por Dios a su pueblo, y jamás ha dejado de meditarlas y de descubrir su riqueza inagotable. También el Concilio Vaticano II lo ha afirmado. ‘todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios’ (Constitución Dogmática Dei Verbum, 12)”[42]. Es por eso que las enseñanzas magisteriales no pueden ser consideradas como un mero apéndice o como el blanco de ataque de la exégesis actual. La unidad entre Tradición-Iglesia y Biblia debe ocupar el primer plano de la atención del exégeta, de lo contrario no parece verificarse una base sólida para una recta interpretación. Se torna pues, al común denominador de las dialécticas que venimos presentando, que aquí, una vez mas, parece ser confirmado. Las divergencias reinantes en el campo exegéticos vuelven a manifestar que colocan su centro focal en una cuestión de principios básicos, aquellos de los tratados de introducción, o bien en la inmediata y directa aplicación de los mismos en las conclusiones exegéticas.

 

La referencia irrisoria o irónica realizada por algunos profesores de exégesis a la doctrina pontificia, lejos de ser una pretendida y forzada liberación, no puede menos de constituir un paralizante para la entusiasmante perspectiva exegética que se abre al inicio del tercer milenio y que ha sido particularmente impulsada por el magisterio pontificio del siglo pasado. Los dialécticos contemporáneos magisterio/biblia, creyendo liberar el estudio exegético de un vínculo que se considera limitador de la exégesis, consiguen como resultado, sin embargo, restarle hegemonía y rigor científico a la misma exégesis, al desproveerla de su fundamento último, actual y objetivo.

 

La solución a esta dialéctica se destruye por los mismos principios dados por quien es custodia del deposito revelado, quien con su sabiduría dos veces milenaria ha otorgado al extremo que falsamente se le opone, siempre a lo largo de los siglos, la hegemonía y límites que según prudencia le competen en cada momento histórico, para que bajo esta regla redunde en mayor conocimiento y cuidado de la misma Escritura y de su correcta interpretación.

 

 

Conclusión: La dialéctica de la Encarnación

 

La Sagrada Escritura es un libro que expresa y vive la fe de la Iglesia, por lo tanto sólo puede ser leído en la fe de la Iglesia. Desmitificar el libro haciéndolo un libro meramente humano al margen de la fe es la contradicción y el engaño mayor en el que puede caer quien pretenda conocer e interpretar la Sagrada Escritura, se trata de un verdadero callejón sin salida que sienta las bases de un trabajo estéril y vano. La fe cristiana es pues la precomprensión requerida al análisis exegético. La crisis de las falsas dialécticas que se han creado en torno al libro sagrado es fundamentalmente una crisis de fe, una crisis de fe en la Biblia. Ya lo hemos notado: cuando la exégesis deja de ser ciencia de la fe, deja de ser exégesis bíblica.

 

Hemos denunciado varias de las principales dialécticas con las que se quiere afectar al texto sagrado en la actualidad del hoy de la exégesis. Un denominador común se recuesta sobre todas estas desviaciones y es no considerar a la Sagrada Escritura como una obra eminentemente divina, en la que el elemento humano es instrumento libre pero permeado por el carisma de la inspiración que hace que exprese, afirme, enuncie, insinúe, lo que el Espíritu Santo expresa, afirma, enuncia o insinúa[43]. La crisis de las dialécticas que afectan a la exégesis contemporáneas es en primer lugar una crisis sobre la doctrina de la inspiración bíblica y su consecuencia inmediata: la inerrancia.

 

Sin embargo, más aún, dada la analogía inevitable entre el Verbum Incarnatum y el Verbum abbreviatum es que el fundamento último de las dialécticas de la exégesis contemporánea radica, en definitiva, de una manera consciente o no, en una falta de fe y comprensión del misterio de la Encarnación del Verbo, realidad divino-humana a la que se le asemeja y analoga la misma Sagrada Escritura: “Al igual que la Palabra sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así las palabras de Dios expresadas en lenguas humanas, se han hecho en todo semejantes al lenguaje humano, excepto en el error”[44]. Dialectizar la Biblia no es más que reducir al campo de los textos sagrados las antiguas herejías cristológicas. No es otra cosa sino dialectizar el misterio central del cristianismo, el Verbo Encarnado; sea acentuando en el elemento humano en detrimento del divino sea acentuando en el divino en detrimento del humano. Es dar cita en el plano de la interpretación bíblica a las grandes herejías cristológicas destructoras del misterio. La falta de fe en la realidad divino-humana de la Escritura es producida por una falta de fe en la realidad divino-humana de la Encarnación del Verbo. En otras palabras dialectizar la Escritura no es una falta mayor que dialectizar a Jesucristo, la más terrible de todas las dialécticas de la fe y la raíz de todas las desviaciones

 

No en vano, en la presentación del documento de la Pontificia Comisión Bíblica del ’93, el Papa Juan Pablo II tuvo que insistir sobre esto ante los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica y los profesores del Pontificio Instituto Bíblico de Roma: la exégesis católica debe estar en armonía con el misterio de la Encarnación[45]. “La complejidad creciente requiere los esfuerzos de todos y una amplia colaboración interdisciplinar. En un mundo en que la investigación científica se vuelve cada vez más importante en muchos campos, es indispensable que la ciencia exegética se sitúe en un nivel adecuado. Es uno de los aspectos de la inculturación de la fe, que forma parte de la misión de la Iglesia, en unión con la aceptación del misterio de la Encarnación”[46]. En consecuencia, los exégetas católicos deben estar en plena sintonía con este misterio, misterio de unión de lo divino y lo humano en una existencia histórica completamente determinada[47].

 

Sólo a la luz de la correcta afirmación del misterio del Verbo Encarnado y en consonancia con él se conseguirá la liberación de toda falsa dialéctica en el acercamiento a la Sagrada Escritura y se encontrará la auténtica verdad en la interpretación del texto sagrado, a la que todos aspiramos y de la que todos necesitamos. Sólo en él está la verdad[48], sólo él es la luz[49]: Cristo, en quien se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,3)... el misterio escondido desde siglos y generaciones... al cual nosotros anunciamos (Col 1,26-28).

 

 


 

[1] “Este es el objetivo de la interpretación de la Biblia. Si la tarea primordial de la exégesis estriba en alcanzar el sentido auténtico del texto sagrado o sus diferentes sentidos, es necesario que luego comunique ese sentido al destinatario de la Sagrada Escritura que es, en la medida de lo posible toda persona humana” (Juan Pablo II, Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia, 23/04/93, 15).

[2] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 107.

[3] Profundiorem in dies… Cf.. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 23.

[4] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, nn. 23.26.

[5] Cf. I. De la Potterie, “La crisis de la exégesis contemporánea”, Actas de la Jornada Bíblica «Biblia y Hermenéutica» (San Rafael 1998) II.

[6] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 10.

[7] Ver lo dicho por el p. I. De la Potterie respecto al descuido que hay en la exégesis actual de la noción de inspiración “La crisis de la exégesis contemporánea”, Actas de la Jornada Bíblica «Biblia y Hermenéutica» (San Rafael 1998) II.

[8] Juan Pablo II advirtió de este peligro en su discurso de presentación del documento de la Pontificia Comisión Bíblica del ’93: “La exégesis católica debe estar atenta a no limitarse a los aspectos humanos de los textos bíblicos” (Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia, 23/04/93, 11).

[9] “Los libros sagrados no pueden equipararse a los escritos ordinarios, sino que, al haber sido dictados por el mismo Espíritu Santo y tener un contenido de suma importancia, misterioso y difícil en muchos aspectos, para comprenderlos y explicarlos, tenemos siempre necesidad de la venida del mismo Espíritu Santo, es decir, de su luz y de su gracia, que es preciso pedir ciertamente con una oración humilde y conservar con una vida santa” León XIII, Providentissimus Deus, EB 89.

[10] Un ejemplo preclaro lo tenemos en el Comentario de McKane a Jeremías, cuyo valor es indispensable e insustituible hoy en día para el estudio del texto, cf. McKane, Jeremiah (Edimburgh 1996).

[11] A propósito decía H. De Lubac “Solamente podemos deducir las negaciones o las reducciones a la que nos conduce cierta exégesis, si nos entregamos a una verdadera carnicería filológica, destinada a satisfacer apriorismos mal disimulados” , La Iglesia en la crisis actual (Santander 1970) 49.

[12] “En su trabajo, los exégetas católicos no deben jamás olvidar que ellos interpretan la Palabra de Dios. Su tarea común no está terminada cuando han distinguido fuentes, definido las formas o explicado los procedimientos literarios, sino solamente cuando han iluminado el sentido del texto bíblico como actual palabra de Dios”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 95.

[13] Vale la pena recordar aquí un conocido texto del papa Pío XII: “Parece digno de peculiar mención que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente del Angélico y común Doctor, han explorado y propuesto la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica mejor y más perfectamente que cómo solía hacerse en los siglos pretéritos. Porque partiendo del principio de que el escritor sagrado, al componer el libro, es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón, rectamente observan que él, bajo el influjo de la divina moción, de tal manera usa de sus facultades y fuerzas, que fácilmente puedan todos colegir del libro nacido de su acción la índole propia de cada uno y, por decirlo así, sus singulares caracteres y trazas” (Pío XII, Carta Encíclica Divino afflante Spiritu, EB 565)

[14] De manera clásica lo afirmó el decreto de la Pontificia Comisión Bíblica dado por orden del Papa Benedicto XV, el 18 de junio de 1915: “Teniendo en cuenta... el dogma católico de la inspiración e inerrancia de la Escritura, por el cual todo lo que el hagiógrafo afirma, enuncia, insinúa, ha de ser considerado, afirmado, enunciado, insinuado por el Espíritu Santo”. Ya antes el papa León XII había utilizado una expresión similar, cf. Providentissimus Deus, EB 125; Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 12; Pontificia Comisión Bíblica, Decreto del 18 de junio de 1915, por mandato del papa Benedicto XXV, EB 415.

[15] Sigue siendo verdad la proposición de Santo Tomás de Aquino: “Es herético decir que se encuentre ago falso, no sólo en los Evangelios, sino en cualquier Escritura Canónica” (In Ioannis 13,1)

[16] En el sentido deformado de la expresión, es la posición que concuerda con los teólogos que se han esforzado en proclamar la no trascendencia del misterio de la Iglesia, amén de achacarle de paso todos los problemas de nuestro actual mundo. Seguimos en esto no sólo la misma terminología, sino también el mismo sentido que aplica a la expresión “progresista” el Papa Juan Pablo II como puede verse, por ejemplo, en la Alocución a la Conferencia Episcopal de Francia en el Seminario de Issy-les Moulineaux del 1 de junio de 1980 (L’osservatore Romano [ed. Española]); 8/6/1990, 13.

[17] Cfr. Summa Theol. I,1,3.

[18] “La Iglesia, en efecto, no considera la Biblia simplemente como un conjunto de documentos históricos concernientes a sus orígenes. Ella la acoge como Palabra de Dios que se dirige a ella y al mundo entero, en el tiempo presente”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 106.

[19] “Todos los sentidos se basan sobre uno, esto es, el literal, del cual solamente puede sacarse argumento”, Santo Tomás de Aquino, I,1,10,ad1.

[20] “La interpretación existencial de Bultmann... conduce a vaciar, en buena parte, el mensaje religioso de la Biblia de su realidad objetiva (consecuencia de una ‘desmitologización’ excesiva), y tienden a subordinarlo a un mensaje antropológico... Una auténtica interpretación de la Escritura es, pues, primeramente, aceptación de un sentido presente en los acontecimientos, y de modo supremo, en la persona de Jesucristo”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 71.

[21] Monito del Santo Oficio del 20 de junio de 1961.

[22] Cf. G. Von Rad. Teología del Antiguo Testamento, II (Salamanca 1990) 529-542.

[23] Cf. G. Deiana, “Il raporto tra Antico e Nuovo Testamento nella Dei Verbum” en La ‘Dei Verbum’ trent’aanni dopo (Roma 1995).

[24] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 12.16.

[25] “Toda la divina Escritura es un solo libro y este único libro es Cristo.” “En efecto, toda la divina Escritura habla de Cristo y en Cristo encuentra su cumplimiento” (Hugo de San Víctor, De arca Noe, 2,6; PL 176,642)», Catecismo de la Iglesia Católica, 134.

[26] Ver el discurso del santo Padre Juan Pablo II, Sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia del 23/04/93, II.

[27] “El alcance cristológico de los textos bíblicos no es siempre evidente; se debe sacar a la luz cada vez que es posible. Aunque Cristo haya establecido la Nueva Alianza en su sangre, los libros de la Primera Alianza no han perdido su valor. Asumidos en la proclamación del evangelio, adquieren y manifiestan su plena significación en el misterio de Cristo (Ef 3,4), del cual aclaran los múltiples aspectos, al mismo tiempo que son iluminados por él”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 95; cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 14-16..

[28] Cf. Pío XII, Carta Encíclica Divino afflante Spiritu, EB 559.

[29] Quaest. In Hept. 2,37, CSEL, 28; III,2,41.

[30] “Aunque cada libro de la Biblia haya sido escrito con una finalidad diferente y tenga su significado específico, todos son portadores de un sentido ulterior cuando se vuelven parte del conjunto canónico. La tarea de los exégetas incluye, pues la explicación de la afirmación agustiniana: ‘Novum Testamentum in Vetere Latet, et in Novo Vetus patet’”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 96.

[31] “Los exégetas tienen que explicar también el alcance cristológico, canónico y eclesial de los escritos bíblicos”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 95.

[32] Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 26.

[33] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 27.

[34] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 27.

[35] “Los exégetas deben servirse del método histórico-crítico, sin atribuirle, sin embargo, la exclusividad”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 95.

[36] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 23.

[37] El mismo documento del ’93 señaló: “la confrontación de la exégesis tradicional con un acercamiento científicos, que en sus comienzos, conscientemente hacía abstracción de la fe y a veces se oponía a ella, fue ciertamente dolorosa. Pero se reveló, seguidamente provechosa. Una vez que el método se liberó de sus prejuicios extrínsecos, condujo a una comprensión más exacta de la verdad de la Sagrada Escritura”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 35.

[38] Cf. I. De la Potterie, “La crisis de la exégesis contemporánea”, Actas de la Jornada Bíblica «Biblia y Hermenéutica» (San Rafael 1998) I.

[39] Cf. por ejemplo la posición de Ch. Kannengiesser, “Come veniva letta la Bibbia nella Chiesa antica: l’esegesi patristica e i suoi presupposti”, Concilium 27 (1991) 50-58.

[40] “Desde los primeros tiempos, se ha comprendido que el mismo Espíritu Santo, que ha impulsado a los autores del Nuevo Testamento a poner por escrito el mensaje de salvación (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 7.18), asiste a la Iglesia continuamente para interpretar los escritos inspirados (cf. Ireneeo, Adv Haer 3.24.1; 4.33.8; Orígenes, De Princ.. 2.7.2; Tertuliano, De Praescr., 22)”, Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 88.

[41] Cf. I. De la Potterie, “La crisis de la exégesis contemporánea”, Actas de la Jornada Bíblica «Biblia y Hermenéutica» (San Rafael 1998) I.

[42] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) 12.

[43] San Agustín, uno de los más grandes intérpretes de la Sagrada Escritura de todos los tiempos afirmaba: “no creería en los Evangelios si la Iglesia Católica no me dijese que son verdaderos” (ML 42,176) y esa era la base desde la cual y sobre la cual se apoyaba toda su interpretación.

[44] Pío XII, Carta Encíclica Divino afflante Spiritu, EB 559. Recogida casi al pie de la letra por la Constitución conciliar Dei Verbum, 13.

[45] Juan Pablo II, Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia, 23/04/93, II.

[46] Juan Pablo II, Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia, 23/04/93, 16

[47] Cf. Juan Pablo II, Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia, 23/04/93, 7

[48] Cf. Jn 14,6.

[49] Cf. Jn 8,12

 

 

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