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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
P. Lic. Ervens Mengelle, V.E. |
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“HERMOSA NOVEDAD: DIOS ES PADRE” P. Lic. ERVENS MENGELLE, V.E.* E-mail: arbufano@piemza.edu.ar |
Ante todo, una aclaración respecto del título de esta exposición: la expresión “hermosa novedad” traduce el término griego “evangelio”(eu-angélion). En este año, último de preparación al Jubileo, el Santo Padre nos invita a considerar la primera persona de la Santísima Trinidad, Dios Padre. Nos pareció bueno, por ello, al comienzo de este nuevo año de estudios, dedicar de manera breve, según lo expresa la modalidad de lectio brevis, nuestra atención a este tema[1]. Mi intención es hacer una presentación de algunos datos que nos aporta una de las fuentes de la Revelación, la Sagrada Escritura, sobre la paternidad divina.
La paternidad de Dios, tal como es enseñada en las páginas del Nuevo Testamento, ha sido objeto de numerosos estudios. A primera vista, da la impresión de ser innecesario dedicarle tanta atención ya que no parece plantear ninguna dificultad. Y tal impresión se ve acrecentada si tenemos en cuenta nuestro tiempo, donde fácilmente se acepta que Dios es Padre, sin hacer muchas distinciones, dada la tesis iluminista sobre la condición universal de filiación divina de los hombres.
Si abandonamos la superficie de las
apariencias para adentrarnos en la sustancia de las cosas, la realidad es muy
distinta. Los estudiosos del Nuevo Testamento se enfrentan con una dificultad,
la cual, formulada en lenguaje sencillo, reza así: «la paternidad divina, tan
claramente afirmada en los evangelios, ¿es un privilegio de los discípulos, o
están incluidos en ella todos los hombres? Esta paternidad ¿se funda en la
creación y consiste en un cuidado benévolo por parte de Dios de todo lo creado,
o es un don salvífico traído por Jesús?».
Proponemos aquí un análisis de la situación
en la época de Cristo, para ver qué tan novedosa es la afirmación de Jesús, y,
a continuación, cómo fue asimilada por sus discípulos.
1.
El contexto histórico: la
paternidad de Dios en el Antiguo Testamento y en el judaísmo palestinense
Las religiones del antiguo Oriente conciben a la divinidad como
padre de los hombres. Pero, esa paternidad se entiende como causa y origen de
tal pueblo o tribu. Esa paternidad tenía un marcado carácter mítico. La
divinidad, al ser aclamada como padre, lo era también como progenitora o
engendradora.
La religión del pueblo de Israel, evidenciando su origen revelado,
se distingue netamente en este punto: Dios es afirmado como creador, pero jamás
como engendrador ni antepasado del pueblo. Las referencias que encontramos en el
Antiguo Testamento, alrededor de quince, en donde se designa a Dios como Padre,
deben leerse a la luz del dato fundamental con el que se abren las Sagradas
Escrituras: En el principio
creó Dios los cielos y la tierra...
Creó, pues Dios al ser humano a imagen
suya, a imagen de Dios le creó,
macho y hembra los creó (Gen 1,1.27). Es de notar cómo subraya el
texto bíblico la noción de creación, especialmente respecto del hombre.
La concepción israelita de la paternidad divina, llega a su punto
más alto en el pensamiento religioso de los profetas, quienes apelan en varias
ocasiones a esta imagen para subrayar la ingratitud del pueblo judío respecto
de los cuidados paternales con que Dios lo trata:
¿Es que entonces mismo no me
llamabas; “padre mío; el amigo de mi juventud eres tú?...” Yo había dicho:
“sí,
te tendré como a un hijo...”
Y añadí: “Padre me llamaréis y de mi seguimiento
no os volveréis...”
(Jer 3,4.19)
El hijo honra a su padre, el siervo a su señor. Pues si
yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Y si señor, ¿dónde mi temor? Dice Yahvé Sebaot (Mal 1,6).
El pueblo, al reconocer su pecado e ingratitud responde con el
arrepentimiento y se acerca de nuevo a Dios diciendo:
Tú eres nuestro padre, expresión que también es usada como súplica
a Dios para alcanzar el perdón (Is 63,15-16;
64,7-8).
En la literatura del judaísmo palestinense el uso de la designación
de Dios como padre es raro. En la literatura rabínica aparece más usado, debido
tal vez a la influencia ejercida por Yohanán ben Zakkai, contemporáneo de los
Apóstoles (50-80 d.C.). A partir del siglo I, se añade regularmente el término
“celestial”
cada vez que llaman a Dios Padre, pero no se convierte en la manera común de
designar a Dios. Su uso es relativamente raro.
En el caso del judaísmo palestinense, la designación de Dios como
Padre está relacionada con una doble convicción:
1)
Dios es padre de quienes
cumplen la ley, la Torah. Vale decir que la noción de Padre está unida a la de
mérito: «Aunque todos sean la obra de mis manos, me revelaré padre y creador al
que hace mi voluntad» (Midrash Rabbah sobre el Éxodo 46 a 34,I). Entonces, que
Dios sea Padre de uno es algo que se merece, más bien que algo recibido
gratuitamente, como don.
2)
Dios es quien ayuda al que
está en la angustia, el único salvador cuando ya nadie puede socorrer: «Mi
padre no me conoce y, en comparación contigo, mi madre me ha abandonado. Tú
eres un Padre para todos tus fieles, te gozas en ellos como una madre en su
hijo pequeño, y como un padre nutricio que los lleva junto a su corazón, alimentas
a todas tus criaturas» (Himno de Qumrán 1 QH 9,35-36).
La diferencia más importante que se puede observar entre el Antiguo
Testamento y la literatura palestinense es que, mientras en el Antiguo
Testamento Dios es llamado Padre colectivamente por el pueblo, ahora también es
denominado Padre del individuo.
– «Sé intrépido como un leopardo, rápido como un águila, vivo como
una gacela y valeroso como un león, para cumplir la voluntad de tu Padre [que
está] en el cielo» exhortaba R. Yehuda ben Tema, antes del 200 d.C. (Pirqé Abot
5,20).
– «¿Por qué vienes para ser matado? Porque he circuncidado a los
hijos de Israel. ¿Por qué vienes para ser quemado vivo? Porque he leído la Ley.
¿Por qué vienes para ser crucificado? Porque he comido pan ácimo. ¿Por qué eres
azotado? Porque he tomado el ramillete de la fiesta. Estos golpes son la razón
de ser amado por mi Padre celestial» decía R. Nathan, por el 160 d.C., evocando
los testigos de la fe bajo la persecución religiosa de Adriano (Mekilta a
Ex 20,6).
– «Que no se diga: ninguna codicia me lleva a cubrirme con tejidos
impuros, a comer carne de cerdo, a tener relaciones con una mujer que me está
prohibido. Por el contrario, mi codicia me lleva a esto. ¿Qué debo hacer ahora
que mi Padre celestial me lo ha prohibido?» dijo Elezar ben Azarya, por el 100
d.C. (Sifra a Lev 20,26).
A pesar de este aparente avance, sin embargo son muy escasos, pocos
más de estos tres, los textos donde aparece la paternidad divina referida a un
individuo. E incluso más; la formulación hebrea
âbî she-ba-shâmayim (Mi padre que [está] en los cielos) no es tan
familiar como parece a primera vista su traducción. En efecto, hay que recordar
que el término abbâ había suplantado
a âbî en el lenguaje coloquial.
En la fórmula, no sólo el calificativo de
“celestial”, sino también el uso de âbî resaltan
la distancia del hombre respecto de Dios, ya que este término tenía un marcado
carácter arcaico y solemne[2]. Y además,
el israelita llama a Dios Padre apoyado en la experiencia de la paternidad
divina respecto al pueblo de Israel; es decir, lo llama
“mi Padre celestial”
no por un sentimiento personal, sino porque es miembro del pueblo israelita y
por la experiencia histórica que tiene ese pueblo de la protección brindada por
la Providencia Divina.
Finalmente, si observamos las oraciones judías, es necesario
situarse en el siglo II para poder hallar con certeza algún texto donde Dios
sea invocado como Padre[3], y
únicamente en dos oraciones:
– «Padre nuestro, Rey nuestro, a causa de nuestros padres, que
confiaron en ti y a los que enseñaste los preceptos de vida, sénos favorable
y enséñanos» (Oración ’Ahaba Rabba,
Berakot 11b). Esta invocación es una de las oraciones que sirven cada mañana de
introducción a la recitación del Shemá.
– «Padre nuestro, Rey nuestro, no tenemos otro rey que tú. Padre
nuestro, Rey nuestro, a causa de ti mismo ten piedad de nosotros» (Ta’anit 25b.
Los elementos esenciales de esta oración están atestiguados por R. Aqiba,
muerto después del 135 d.C.).
Es decir, que las dos únicas oraciones donde encontramos la
invocación de Dios como Padre son litúrgicas, dirigidas a Dios por el pueblo de
Israel. Y ambas utilizan la fórmula «Padre nuestro, Rey nuestro», lo cual
significa que Dios, invocado como Padre, es el rey celestial de Israel. Podemos
considerar, entonces, que tal invocación se encontraba en uso hacia fines del
siglo I d.C.
En síntesis, si bien aparecen algunas referencias donde se designa
a Dios como Padre, «no se ha encontrado hasta ahora en la literatura del
judaísmo palestiniano antiguo ningún testimonio de la invocación personal
“Padre mío”.
Esta invocación aparece por primera vez en labios de Jesús»[4].
2.
La paternidad divina en los evangelios sinópticos
Hemos
dicho entonces que, en el Antiguo Testamento, la designación de Dios como Padre
aparece unas quince veces; 3 en total según vimos aparece en la literatura
rabínica y 2 en la oración judía (al menos por lo que se refiere al período en
que vivió Jesucristo). En los evangelios aparece unas 170 veces, por tanto es
clarísima la evidencia de que Jesús designa a Dios como Padre. De entre los
evangelistas, el que se lleva la palma es san Juan (109x) y luego
Mt (42x;
Mc: 4x;
Lc: 15x). La
enseñanza de la paternidad divina es patente en san Juan, pero existen quienes
afirman que se trata de una elaboración teológica llevada a cabo por el
evangelista y no de una enseñanza de Jesús; ante esto, queremos mostrar que la
situación no es esa, sino que Jesús realmente manifestó y enseñó este misterio.
Para ello nos remitiremos a los evangelios sinópticos, especialmente san Mateo,
considerados cronológicamente anteriores en su redacción por la tradición. De
diversas maneras es usado el término Padre en los textos neotestamentarios y
realizar un estudio exhaustivo sería muy largo. Por ello, restringiremos
nuestro análisis a sólo dos expresiones.
1)
Mi Padre
Dice
Mt 11,27: «Todo me ha sido entregado por mi Padre y
nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel
a quien el Hijo quisiera revelárselo». Los rasgos joánicos que presenta
este logion han llevado a diversos autores a considerarlo una interpolación, un
elemento extraño; sin embargo, actualmente es claro su carácter semitizante y
su autenticidad[5].
Se trata de un texto donde Jesús muestra claramente el carácter de particular
revelación del misterio. Es tan llamativo este texto y tan carente de paralelos
en la literatura judía, que se ha convertido en una auténtica piedra de
escándalo para muchos, especialmente exégetas[6].
Veámoslo brevemente. El verbo “entregar”
(paradídó¤mai) es el término técnico usual para designar la transmisión de una
enseñanza, de un conocimiento, de una ciencia sagrada. Cristo advierte,
entonces, al comienzo de este logion que Él posee la plenitud de la revelación
(todo). Por otra parte, en la apocalíptica
palestinense se usaba la imagen padre-hijo para mostrar cómo se transmite la
revelación. Es decir, la expresión mi
Padre tiene una connotación particular de revelación, como también se puede
ver en Mt 16,17:
Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne y la sangre
quien te ha revelado esto, sino mi Padre, que está en los cielos. También
aquí mi Padre está puesto en relación
con la revelación que Dios hace de sí mismo. Se subraya la revelación sin igual
que trae Jesús y la unión, única en su género, que existe entre el Padre y
Jesús. Es una revelación que viene colocada en el contexto de instrucciones
particularmente referidas a sus discípulos, es decir que la realidad de la
paternidad divina pertenece a la enseñanza que Jesús reservaba a ellos.
Mi padre es una expresión de revelación
dirigida exclusivamente a sus discípulos, como previamente había advertido el
mismo Jesucristo: Yo te bendigo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e
inteligentes, y se las has revelado a los pequeños.
Un análisis atento de los otros textos donde Jesucristo utiliza la
expresión mi Padre nos haría ver
mejor cómo Jesucristo reserva esta expresión para cuando se dirige de modo
privilegiado a sus discípulos[7].
2)
Abbâ
En nuestras versiones este término aparece sólo una vez en labios
de Jesús, en el relato de la oración de Getsemaní (Mc 14,36). Dos observaciones, sin embargo, nos permiten suponer con
buen fundamento que lo usaba frecuentemente:
– el hecho de que en la Iglesia primitiva esta invocación era
conocida y utilizada. San Pablo la refiere en
Gal 4,6 y
Rom 8,15, es
decir que la da por conocida no sólo en sus propias comunidades (Galacia) sino
también en aquellas que no han sido fundadas por él (Roma)
– En los evangelios se encuentra una llamativa variedad de formas
respecto a la invocación de Dios como Padre: vocativo (páter), con pronombre personal (páter
mou) y en nominativo con artículo haciendo las veces de vocativo (ho patér). Todas estas variantes se
unifican si nos remontamos al término arameo. En efecto,
abbâ expresa tanto el vocativo, como la forma con sufijo de la
primera persona, como el estado enfático. Es decir, que las variantes que
encontramos en el texto griego de los evangelios se deben a una diversa traducción
del mismo término arameo. Un ejemplo muy gráfico lo tenemos en la forma como
los sinópticos traducen, de modo diferente cada uno de ellos, la invocación de
Getsemaní: ho patér (Mc 14,36),
páter mou (Mt 26,39) y
páter (Lc 22,42).
Es de suponer, entonces, que Jesús utilizaba constantemente esta
fórmula para referirse a su Padre. Y esto es una característica, algo propio de
Jesús. En el conjunto de los textos judíos no encontramos esta fórmula aramea
como invocación a Dios. Y la razón de esta ausencia es sencilla: este término,
abbâ, pertenece al lenguaje de los
niños, era un término usado en la vida familiar. Aclaremos que el uso de la palabra
abbâ no era exclusivo de los niños, también era empleado por un
hijo ya mayor, en sentido de intimidad y respeto. Ahora, para la sensibilidad
judía era una falta de respeto dirigirse a Dios con un término tan familiar.
Jesús, sin embargo, rompe con esta prevención y manifiesta el misterio
escondido desde toda la eternidad a ser revelado cuando los tiempos llegasen a
su plenitud. Abbâ, en ese caso, es
una palabra que supone revelación. Además de expresar su confianza en el Padre
y su obediencia hacia Él (cf. Mc
14,36) nos presenta su misterio más íntimo.
A este punto podemos ya dar una primera respuesta al planteo
inicial. Vimos que la paternidad divina es una realidad perteneciente, en
cierto sentido, al bagaje de la religiosidad de diversos pueblos. En el caso
del pueblo judío, sin embargo, hay diferencias notorias respecto de las otras
culturas, diferencias que encuentran su fundamento en la incontrastable
afirmación de la creación de todo el universo, incluido el hombre. A su vez, la
concepción de Jesús sobre dicha paternidad divina supera ampliamente la
veterotestamentaria y la judaico-palestinense. No se trata de una vinculación
mayor o más profunda, sino de una realidad desconocida para los hombres y por
eso tiene que ser revelada. Realidad que es referida solamente a Él. Paternidad
que forma parte de la revelación dirigida exclusivamente a sus discípulos.
3.
La expresión vuestro Padre
y la Iglesia primitiva
En esta relación que Jesús mantiene con Dios, son introducidos los
discípulos. Nuestro Señor lo da a entender utilizando la expresión
vuestro Padre, expresión referida sobre
todo por san Mateo y empleada por Jesucristo para aplicarla únicamente a sus
discípulos. Esto nos enseña que la paternidad divina, tal como es enseñada por
Jesús y nos es transmitida en los evangelios, es un privilegio de los creyentes
en Jesús. Es un don salvífico traído por Jesús para todos los que crean en Él,
como lo confirma san Juan: a los que lo
recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre
(1,13).
«Esto nos enseña que Jesús, en la paternidad de Dios, no vio nada
obvio, ni mucho menos algo que todos los hombres poseyeran en común, sino un
privilegio de sus discípulos, un privilegio del que él habló sólo en la
enseñanza a sus discípulos y únicamente en ocasiones especiales: la paternidad
de Dios se da tan sólo en la esfera de la basileía
(del reino de Dios)»[8].
¿En qué consiste ese privilegio? En los sinópticos, la enseñanza de
Cristo se centra en manifestar cómo se ve afectada la vida de sus discípulos,
sobre todo en tres aspectos:
– confiere la certeza de que es partícipe de la salvación futura:
es voluntad de vuestro Padre celestial que
no se pierda uno solo de estos pequeños (Mt 18,14);
No temáis, pequeño
rebañito, porque ha parecido a mi Padre daros el reino (Lc 12,32)
– la filiación les confiere seguridad en todos los acontecimientos
de la vida: sabe lo que sus hijos necesitan (Mt 6,8.32)
– esta certidumbre de salvación y esta seguridad llevan al
discípulo a aceptar la voluntad de Dios aun en las circunstancias más
imprevisibles. Incluso el sufrimiento adquiere una nueva luz para el hijo de
Dios, y la misma muerte aparece de modo nuevo, pues está en las manos del Padre
celestial: ¿No se venden dos pajarillos por
un as? Pues bien, ni uno de ellos
caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros,
hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues;
vosotros valéis más que muchos pajarillos
(Mt 10,29-31).
Por su parte, los discípulos quedan comprometidos a llevar un tenor
de vida conforme a su nueva condición de hijos de Dios:
Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan,
para que seáis hijos de vuestro Padre celestial... (Mt 5,44-45).
Esta es la enseñanza que recogemos en los sinópticos. No queda
determinado en qué consiste esa filiación por la cual Cristo mismo les habla de
Dios a sus discípulos llamándolo vuestro
Padre. Que se trata de algo más profundo que de una manera más cariñosa de
tratar a Dios se trasluce justamente en las cartas del apóstol san Pablo que
tratan el arduo tema de la justificación. Así, leemos en
Gal 4,4-6:
Al llegar la
plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo... para que recibiéramos la
filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbâ, Padre![9].
Según la expresión del Apóstol, en el centro mismo de nuestro ser, de nuestra
personalidad, ya que ese es el significado de
“corazón”
en la Escritura, está el mismo Espíritu de Cristo.
Pero será el último de los evangelistas quien manifieste este
misterio del modo más claro, aunque la comprensión plena de ese misterio queda
velada a nosotros. Según escribe san Juan en su evangelio, Jesucristo le había
dicho claramente a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo, nacer de lo alto
(el verbo griego anaphérein se puede
traducir de cualquiera de los dos modos, y es probable que esa ambivalencia
haya estado en la intención de Jesús al emplear ese término, ya que podría
haber utilizado expresiones más precisas). Y san Juan lo tomó al pie de la
letra. Tan al pie de la letra que en su primera carta escribe:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha
sido engendrado de Dios (ek tou theou¤ gegénnetai) (1Jn 5,1). Es sorprendente la semejanza
(aunque no sean exactamente iguales) que existe entre esta expresión de san
Juan y la afirmación del Credo Niceno-Constantinopolitano donde se afirmó de
modo solemne que el Hijo es «engendrado del Padre antes de todos los siglos»: «ek tou Patrós gennethénta». Se habla de
engendrar en ambos casos. Y es san Pedro
el que afirma habéis sido reengendrados
de un germen no corruptible (1Pe 1,23),
para ser partícipes de la naturaleza
divina (2Pe 1,4).
4.
Conclusión
Sintetizamos lo que hemos expuesto con un texto del libro del
Comité para el Jubileo del año 2000: «El Nuevo Testamento contradice de modo
aún más sorprendente la tesis iluminista sobre la condición universal de
filiación divina de los hombres. Su testimonio reconoce a un solo Hijo de Dios
por naturaleza: Jesucristo, nuestro Señor. San Juan le rinde testimonio como
Logos, Dios y
unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,1.14.18). Esta gracia y esta verdad
están reservadas a los creyentes que llegan
a ser hijos de Dios uniéndose a Jesús en la fe y en el amor»[10].
Hay que ser conscientes de que este privilegio es un don recibido: «La elección
de ser hijo de Dios no autoriza al cristiano a ser triunfalista... Más que
considerar a sus discípulos como una elite que es servida, Jesús les pide que
sirvan y extiendan a otras personas la relación filial de la cual ellos han
sido hechos partícipes»[11].
Por ello, como conclusión, hacemos nuestras las palabras de san Cipriano: «¡Qué benigno ha sido el Señor, rico en bondad y misericordia hacia nosotros! Ha querido que nosotros orásemos ante Dios de manera que podamos llamarlo padre y que, como Cristo es su Hijo, así nosotros seamos llamados sus hijos. Ninguno de nosotros, en efecto, habría osado decir esta palabra en la oración, si no nos lo hubiera concedido Él. Debemos recordar, queridos hermanos, y saber que, si llamamos a Dios padre, debemos también vivir como hijos suyos, para que, como nosotros nos alegramos de tenerlo por padre, así Él se complazca en tenernos como hijos. Vivamos como templos de Dios, para que vean todos claro que Él habita en nosotros; que nuestras acciones no sean contrarias al espíritu. Una vez llegados a ser espirituales y celestiales, debemos pensar y obrar en consecuencia. El mismo Dios y Señor ha dicho: Honraré a aquellos que me honran y despreciaré a aquellos que me desprecian. También el bienaventurado Apóstol ha escrito en su carta: Ya no os pertenecéis a vosotros, porque habéis sido comprados a caro precio. Glorificad, por tanto, a Dios con vuestro cuerpo». (De Dominica Oratione, n.11).
* El R.P. Ervens Mengelle, V.E., ordenado sacerdote en 1991, obtuvo su licenciatura en Exégesis Bíblica en el Pontificio Instituto “Biblicum”. Es Rector del Bachillerato Humanista Moderno “Alfredo R. Bufano” y profesor de disciplinas teológicas y exegéticas en el Seminario “María, Madre del Verbo Encarnado” y en el Estudiantado “Santa Catalina de Siena”.
[1] El presente trabajo fue expuesto al comienzo del ciclo lectivo de este año 1999 en el Seminario Mayor “María Madre del Verbo Encarnado” del Instituto del Verbo Encarnado. Ha sido ligeramente corregido para su publicación. La bibliografía fundamental utilizada para el presente trabajo es la siguiente: J.Jeremias, Abba, el Mensaje Central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981; J.Jeremias, Teología del Nuevo Testamento I, Salamanca 1980; J.M.García Pérez, “El Sermón de la Montaña: Dios, Padre de Jesús y Padre Nuestro”, Cuadernos de Evangelio 39, Madrid 1977.
[2] Una situación algo diversa se puede observar en el caso del judaísmo helenista, pero no fue éste el contexto en el que se movió principalmente Jesucristo.
[3] Hay algunos textos en el Antiguo Testamento (v.g. Sal 89,27; Jer 3,4; etc.) donde Dios es señalado como Padre. Pero no son invocaciones en caso vocativo, sino afirmaciones.
[4] J. Jeremias, Abba..., p. 35.
[5] Cf. J. Jeremias, El mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981, pp. 53-57.
[6] Una sencilla pero profunda síntesis de la situación de este versículo de Mateo en la exégesis contemporánea se puede ver en F. Dreyfus, Gesù sapeva d’essere Dio?, Milán 1985, pp. 68-71.
[7] Mt 7,21; 10,32.33; 12,50; 15,13; 18,10.19.35; 20,23; 25,34; 26,29.53.
[8] J. Jeremías, Teología del Nuevo Testamento I, Salamanca 1980, p. 213.
[9] Cf Rom 8,14-17.
[10] Comité para el Jubileo del año 2000, Dios, Padre Misericordioso, Madrid 1998, pp. 52-53.
[11] Comité para el Jubileo del año 2000, Dios, Padre Misericordioso, Madrid 1998, pp. 57-58.
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