Foro de Exégesis y  Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado
 

 

P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E. - EL ESPÍRITU SANTO MAESTRO

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eL ESPÍRITU SANTO como MAESTRO
 

P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E.
 

e-mail: arbufan@piemza.edu.ar

 

 

 

El día de Pentecostés, San Pedro, como cabeza del Colegio Apostólico, dio inicio a la predicación misionera de la Iglesia. En primer lugar, llamó la atención de su auditorio, reunido delante del Cenáculo, diciendo: Judíos y habitantes todos de Jerusalén, que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras. A continuación, citó la profecía de Joel: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu.... Finalmente, luego de haber expuesto lo referente al misterio del Redentor, concluye afirmando que Cristo Jesús, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís (Hech 2,14-19.33).

 

De este modo, la acción y la obra del Espíritu Santo, ya preanunciada en el Sermón de la Cena (cf. Jn 13-17), es presentada aquí por san Pedro como continuadora de la obra de Jesucristo y característica de los últimos días. En realidad, la acción de la tercera persona de la Santísima Trinidad aparece presente de un extremo al otro de la Escritura, es decir, del principio al fin de los tiempos. En efecto, la Biblia comienza indicando el poderoso soplo divino aleteando sobre las aguas primordiales (cf. Gn 1,2) y se cierra con la ardiente súplica que clama por la realización definitiva del plan divino: El Espíritu y la Novia dicen: "¡Ven!" (Ap 22,17). Sin embargo, es a partir de Jesucristo, el Hijo de Dios enviado por el Padre al llegar la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), que se da una efusión mayor del "Don de Dios Altísimo" (cf. Lc 11,13)1 .

 

El Santo Padre, Juan Pablo II, exhortando a que nos preparemos para celebrar adecuadamente el segundo milenio del acontecimiento que partió en dos la historia de la humanidad, la Encarnación del Verbo, invitaba a los cristianos a considerar, en el curso del año 1998, la persona del Espíritu Santo y su obra. Finalizando este año proponemos ahora algunas de nuestras consideraciones. Si bien sería de mucho provecho analizarlo a lo largo de toda la Escritura, su extensión obligaría a escribir un libro. Por ello, preferimos centrarnos solamente en uno de los textos en los que Nuestro Señor Jesucristo presenta el futuro obrar del Espíritu Santo, buscando extraer de él la mayor cantidad de riqueza que nos sea concedido.

 

El texto, que ocupa ahora nuestro interés, dice literalmente así: Os he hablado estas cosas permaneciendo junto a vosotros; ahora bien, el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, Aquél os enseñará todas las cosas y os recordará todas las cosas que os dije [yo]2  (Jn 14,25-26).

 

Dos son, por tanto, las acciones que el Paráclito, como Jesucristo llama al Espíritu Santo en distintas ocasiones, realiza: enseñar y recordar. A primera vista, da la impresión de que cada una de las acciones tiene objetos diversos. En efecto, cuando nosotros usamos estos verbos, enseñar se refiere a algo que uno no sabe, en cambio recordar significa hacer presente algo que uno ya conoce. Sin embargo, si uno quiere profundizar en la búsqueda de los objetos o contenidos del enseñar y recordar, el análisis de la frase nos lleva a relacionar el versículo 26 con el precedente, donde se mencionan dichos objetos o contenidos: se trata, por tanto, de las cosas que Cristo ha dicho. Pero, si ya está dicho, ¿qué es lo que enseñará el Paráclito? ¿no se trata simplemente de recordar? Detenernos en el análisis de esos dos verbos, teniendo en cuenta en particular el uso que de ellos hace el evangelista san Juan, nos permitirá comprender mejor cómo se dan estas acciones del Espíritu Santo, con las consecuencias que ello tiene para nuestra vida espiritual (es decir, vida según el Espíritu).

 

 

Enseñar (gr. didáskein)

 

         En los evangelios sinópticos, la función de enseñar es realizada por muchos sujetos: lo hace Jesucristo (Mt 5,2), Juan Bautista (Lc 11,1), los fariseos (Mt 28,15), los apóstoles (Mc 6,30), el Espíritu Santo (Lc 12,12). Pero san Juan, por el contrario, reserva la función docente sólo para las personas divinas. Al igual que en los otros tres evangelios, también en éste aparece, en primer lugar, Jesucristo enseñando, pero, fuera de Él, los únicos que enseñan son el Padre y el Espíritu Santo. En tres ocasiones Jesucristo emplea el verbo enseñar: una referida al Padre, otra referida a Él mismo y la tercera, referida al Espíritu Santo.

 

          La primera se encuentra en Jn 8,26-28: Muchas cosas tengo para hablar y juzgar respecto de vosotros: pero el que me envió es veraz, y yo lo que escucho de junto a él estas cosas hablo al mundo. Pero no entendieron que les hablaba del Padre. [Les] dijo entonces Jesús: Cuando elevéis al hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy, y de mí mismo nada hago, sino como me enseñó el Padre, estas cosas hablo. Jesús manifiesta que su enseñanza depende de la enseñanza que Él recibe del Padre. El Padre enseña, Jesús escucha y entonces revela.

 

El contexto de esta cita está constituido por los capítulos 7 y 8, donde se encuentra una serie de controversias que tienen como tema central la persona de Jesús y donde de modo muy claro, Jesucristo revela su naturaleza divina, aplicándose a sí mismo el nombre bíblico de Yahweh (egó eimí = Yo Soy). Teniendo en cuenta este contexto, podemos afirmar que el temario central de la enseñanza de Cristo se "reduce" a su condición divina, lo cual implica la relación del Hijo al Padre y la colocación del Hijo en el mismo plano de dignidad divina.

 

          Hay otro texto relacionado con éste, Jn 7,17-18, que habla no del enseñar, sino de la doctrina o enseñanza (didaché) del Padre, pero en sustancia expresa lo mismo que el anterior. Vale la pena que recordemos el maravilloso comentario de san Agustín:

 

"Parece que en estas pocas palabras se contradice ya que, en efecto, no dice: "esta doctrina no es mía", sino que dice mi doctrina no es mía. Si no es tuya ¿cómo puede ser tuya? Si es tuya ¿cómo puede no ser tuya? Tú dices al mismo tiempo mía y no mía (...) El problema entonces consiste en el hecho de que dices mía y no mía; hay, según parece, contradicción en la expresión mía y no mía. Pero si consideramos atentamente lo que dice el mismo evangelista en el prólogo: En el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (1,1), encontramos la solución de este problema. ¿Cuál es la doctrina del Padre sino el Verbo del Padre? Cristo mismo es la doctrina del Padre, dado que Él es el Verbo del Padre. Pero, dado que el Verbo no puede no ser de ninguno, sino que debe ser de alguno, llamó suya a la doctrina en cuanto la doctrina es Él mismo; y la llamó no suya en cuanto Él es el Verbo del Padre. En efecto, ¿qué cosa es tan tuyo cuanto tú mismo? ¿Y qué cosa es tan poco tuya cuanto tú mismo si lo que tú eres es de otro? (...) Buscad de comprender así la doctrina de Cristo de modo tal de llegar al Verbo de Dios; y cuando hayáis llegado al Verbo de Dios considerando que el Verbo era Dios comprenderéis la verdad de la expresión: mi doctrina. Considerando luego quién es el Verbo comprenderéis la exactitud de la otra expresión: no es mía (...). Me parece que el Señor Jesucristo diciendo: mi doctrina no es mía ha querido decir: Yo no soy de mí (...) El Hijo es de Dios y procede del Padre mientras que el Padre es Dios pero no procede del Hijo. El Padre es Padre del Hijo, pero no es Dios que deriva del Hijo. Éste, por el contrario, es Hijo del Padre e incluso en cuanto Dios procede del Padre (...). Que ésta sea tu fe y comprenderás cuánto sea necesaria la doctrina. ¿Qué cosa comprenderás? Que esta doctrina no es mía sino de aquel que me ha enviado, es decir, comprenderás que Cristo Hijo de Dios, que es doctrina del Padre, no es de sí sino que es Hijo del Padre"3 .

 

En consecuencia, podemos ver en ambas citas que el contenido de la enseñanza de Jesús es la revelación de las relaciones íntimas entre Jesús y el Padre. El objeto de esta revelación no son palabras que se refieran a algo que esté fuera de él, sino que contienen el misterio de su persona: su origen divino, su misión salvífica y su regreso al cielo. En definitiva, la característica del enseñar del Padre consiste en ser una comunicación al Hijo: comunicación de todo aquello que el Padre es y el Padre tiene.

 

          Vayamos al texto de Jn 18,19-20, que se trata de una declaración solemne hecha por Jesús ante el Sumo Sacerdote: Entonces, el Sumo Sacerdote preguntó a Jesús respecto de sus discípulos y respecto de su enseñanza. Jesús le respondió: "Yo he hablado abiertamente al mundo; yo siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde todos los judíos se reúnen, y nada hablé en lo oculto. Hace referencia simplemente a la comunicación humana en su aspecto elemental y fundamental: hablar-escuchar. Pero, lo que sí llama la atención aquí, es el detalle que señala Jesús acerca de los lugares donde enseña, la sinagoga y el templo, remarcando el hecho de que siempre ha enseñado allí. Este detalle sorprende, ya que en los otros evangelios parece no ser así. Y se trata nada menos que de los dos centros en los cuales los judíos se reunían para las celebraciones religiosas, las instrucciones en la ley y el culto de Dios.

 

          Si analizamos los textos en los cuales el evangelista san Juan refiere el enseñar de Jesús, podemos corroborar la afirmación de Jesús. Los textos que encontramos dicen:

 

-    Jesús dijo estas cosas enseñando en la sinagoga (6,59). También el tiempo particular de esta enseñanza de Cristo es indicado: era cercana la Pascua (6,4)4 . La referencia litúrgica cultual también está dada por el tenor del discurso que hace referencia a la Eucaristía.

 

-    Cuando se estaba ya en mitad de la fiesta subió al Templo y enseñaba (7,14). El templo es el centro del culto. La fiesta era la de las tiendas o tabernáculos. El tiempo litúrgico es remarcado posteriormente por la triple referencia al sábado (cf 7,22-23).

 

-    Gritó enseñando en el Templo (7,28). La misma fiesta de las tiendas y, además, aparece una referencia al sacrificio de Cristo: todavía no había llegado su hora (7,30).

 

-    Pronunció estas palabras en el lugar del tesoro enseñando en el Templo (8,20). También la fiesta de las tiendas y la referencia a la hora de Cristo.

 

Como se ve, en todos estos discursos de enseñanza se pone de relieve su característica cultual o litúrgica (sea por la referencia a la circunstancia temporal de la enseñanza, cuanto al lugar donde se realiza). Jesús confirma este aspecto con su respuesta al Sumo Sacerdote (18,19-21). La liturgia no constituye solamente un ambiente externo, como un simple marco que encuadra la enseñanza de Cristo, sino que va más allá. Es parte constitutiva, entra en la enseñanza de Cristo como un componente esencial.

 

          De este conjunto de observaciones podemos extraer algunas características de la enseñanza de Jesús:

 

a)  guarda una relación muy estrecha con la liturgia y con el culto, estando "condicionada" en parte por las instituciones y lugares que regulaban el ritual.

 

b)  es de destacar la centralidad de la persona de Jesús y de su misterio. Esto se deduce de varios detalles: la cantidad de veces que se hace referencia a Jesús usando su nombre propio, pronombres y títulos, los cuales además son muy variados (Señor, Rabbí, Hijo del Hombre, Hijo, Yo Soy); y el contenido mismo de cada uno de los discursos.

 

          El texto intermedio es de Jn 14,25-26, que ya hemos citado. En él se revela la acción de enseñar que tendrá el Paráclito. Esos dos versículos constituyen la conclusión del "párrafo" bíblico o perícopa (14,15-26). El tono general de la perícopa, que marca fuertemente la atmósfera en la cual tiene lugar el don y la misión del Paráclito, es la caridad (ágape), caridad de los discípulos hacia Jesús, que se hace efectiva en el cumplimiento de los mandamientos6 , y caridad del Padre y de Jesús hacia los discípulos, que se expresa en la inhabitación. En esta segunda promesa del Paráclito, éste es presentado como el enviado del Padre gracias a la mediación de Jesús (en mi nombre).

 

          El objeto de la acción de enseñar del Paráclito, como hemos anticipado, son las cosas dichas por Jesús, es decir, la doctrina o enseñanza de Jesús, la cual, a su vez, es del Padre. El verbo "enseñar" propone el paralelismo entre el Espíritu y Cristo: el Padre ha enseñado a Jesús y Jesús ha escuchado del Padre la enseñanza (8,26.28), por lo cual esa enseñanza es, originariamente, del Padre (7,16-17). El Espíritu de Verdad retoma la revelación traída por Jesús a los hombres, la asume, la propone y la enseña, es decir, la introduce en lo íntimo del corazón y de la mente de los discípulos, concede la comprensión. Él es el Maestro Interior, cuya enseñanza se refiere al misterio de Cristo. Por lo tanto, el contenido de la enseñanza del Paráclito es la persona misma del Hijo de Dios, Jesucristo.

 

          Sin embargo, la acción del Paráclito se distingue, en Jn 14,25-26, de la de Jesús porque:

 

-    se ejercitará en el tiempo futuro, mientras que la enseñanza de Cristo ya tuvo lugar;

 

-    será acción interior, iluminación del alma y del corazón, mientras que la enseñanza de Cristo fue exterior, a través de la palabra humana;

 

-    se extenderá a todos los discípulos, de todos los lugares y por todo el tiempo de la Iglesia, mientras que la de Cristo se limitó al espacio y tiempo en que vivió.

 

El tema del "enseñar" reaparece en la primera carta de san Juan, donde el sujeto es designado como crisma o unción7 : Y vosotros tenéis unción del Santo, y todos sabéis... Y vosotros, la unción que recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad que alguno os enseñe (1 Jn 2,20.27). Podemos apreciar muchas semejanzas de este texto con los que trae el Evangelio. En relación con el crisma, aparecen los mismos verbos (recibir, permanecer, enseñar); el crisma es llamado veraz o verdadero; y su enseñar se extiende a todas las cosas. Por ello, es legítima la identificación entre crisma y Espíritu Santo. De hecho, el verbo "ungir" (chriein), aparece en relación con el Espíritu Santo en tres textos, designando de modo especial la dignidad y función profética y sacerdotal de Cristo (Lc 4,17; Hech 10,8) y los ritos de iniciación, en particular el bautismo, en el caso del cristiano (2 Co 1,21). En consecuencia, el crisma es el Espíritu, recibido en el sacramento del bautismo, quien, por del don de la fe, enseña a los cristianos, los cuales entonces confiesan su fe en Jesús, el Cristo (1 Jn 2,22-23; cf. 1 Co 12,3).

 

 

Recordar (gr. hypomimnéskomai)

 

En segundo lugar, en la referencia de Jn 14,26 que estamos analizando, la enseñanza del Paráclito es descripta por Jesús también como un "recordar" (hypomnesei). El tema y el objeto del "recuerdo" es una realidad importante en la revelación.

 

En el Antiguo Testamento el recuerdo manifiesta el carácter histórico de la revelación y es considerado como acción divina y como acción humana. Como acción divina8 , se dice que "Dios recuerda" para indicar la intervención salvífica de Dios en favor de un hombre o de su pueblo (cf. Gn 8,1; 19,29, etc.) y una de las funciones que tiene el culto es este "hacerle recordar" a Dios para que venga en auxilio del hombre, para que tenga presente la alianza realizada (cf. Sal 106,4; Jer 14,21). De parte del hombre, el pasado es evocado no tanto para suscitar una orgullosa complacencia, sino para estimular la renovación y el empeño presente (cf. Deut 8,11) y también al hombre se le "hace recordar" la alianza a través de los profetas, primero, y luego a través del culto, especialmente por la lectura de los textos sagrados (cf. Miq 6,5). Así podemos decir que el culto en las múltiples sinagogas, esparcidas por todo el mundo y centrado en la lectura del texto sagrado (especialmente la Ley o Torah), servía para que el hombre judío mantuviese vivo el recuerdo de la alianza; y el culto en el único Templo, ubicado en Jerusalén y centrado en los sacrificios, servía para que Dios mantuviese vivo el recuerdo de la alianza.

 

En el Nuevo Testamento, encontramos que san Juan evangelista refiere en algunas ocasiones la importancia que tuvo para los apóstoles el recordar los hechos de Jesús9 , ya que en un primer momento no los comprendieron. Así, por ejemplo, leemos: "Destruid este santuario y en tres días lo levantaré"...Él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús (Jn 2,19.21-22), y también: Esto no lo comprendieron sus discípulos de momento, pero cuando Jesús fue glorificado, cayeron en la cuenta de que esto estaba escrito sobre él y que era lo que le habían hecho (Jn 12,16). Por lo tanto, el verbo "recordar" significa comprender el hecho en sí mismo, comprender el hecho en el conjunto en que está integrado, penetrar el valor de los dichos y de los actos de Jesús10 . Lo importante aquí es que, de este modo, el evangelista indica los nuevos hechos salvíficos que debe recordar el hombre: son los misterios vividos por Cristo. El objeto de memoria ahora es el misterio de Jesucristo. Por eso, el ciclo litúrgico de la Iglesia, cuya función es mantener vivo el recuerdo de Cristo, se estructura en base a los misterios centrales de la vida de Cristo, tanto en su estructura anual, como en su estructura semanal11 .

 

Jesús atribuye justamente al Paráclito esa función de hacer recordar, ese hacer memoria que indica una profundización del enseñar que hace a Jesús más presente en el interior de los que han creído en Él. Este recuerdo alcanza su cumbre en la institución de la Eucaristía, memoria que realiza, en el momento en que se hace, el misterio que enuncia y recuerda. Es interesante notar aquí que, mientras los tres evangelistas sinópticos, refieren la institución de la Eucaristía por parte de Jesucristo sin indicar la acción del Espíritu Santo, san Juan señala la acción de este, sin referir explícitamente la institución (ya preanunciada en el capítulo 6 de su evangelio). En la liturgia sí están unidos ambos aspectos, ya que, momentos antes de realizar la consagración, se hace la epíclesis o invocación del Espíritu Santo12 . Realizando el recuerdo o anámnesis13 , el Paráclito no sólo concede el recuerdo y la inteligencia espiritual de fe de los dichos y de los actos de Jesús, sino que los renueva, los hace presentes y activos14 . La función de hacer recordar, entendida de esta manera, tiene lugar en la eucaristía, en los sacramentos, en el culto, en la acción litúrgica que hace presente el misterio de Jesús en el tiempo de la Iglesia.

 

 

Conclusión

 

En síntesis, el Paráclito realiza un magisterio que es un enseñar-recordar (enseña recordando y recuerda enseñando) las palabras y los hechos de Jesús15 , los hace presentes en la fe y en la anámnesis litúrgica16 .

 

El contenido de esa enseñanza-recuerdo es el misterio de la persona de Jesús, la cual es considerada en sus relaciones con el Padre (por quien fue mandado y de quien recibió la doctrina), con el Espíritu Santo (a quien comunica lo que ha dicho y hecho) y con los discípulos (a quienes, enseñando, dona los bienes salvíficos, introduciéndolos en la comunión con los autores divinos de la salvación).

 

Al movimiento descendente de la enseñanza (Padre-Hijo-Espíritu Santo-discípulos), debe corresponder la aceptación por parte nuestra de esa enseñanza17 , que posibilita el movimiento ascendente que nos introduce en la comunión trinitaria y que, en esta vida, tiene como momento culminante la comunión eucarística.

 


 

* El R.P. Ervens Mengelle, V.E., es licenciado en Exégesis Bíblica por el Pontificio Instituto Bíblico. Actualmente se desempeña como rector en el Bachillerato Humanista Moderno "Alfredo Bufano" de San Rafael (Mza), y como profesor en disciplinas filosóficas, teológicas y exegéticas en el Seminario "María, Madre del Verbo Encarnado" y en el estudiantado "Santa Catalina de Siena".

1 Cf. Himno Veni, Creator Spiritus.

2 Tau’ta lelavlhka uJmi’n par juJmi’n mevnwn: oJ de; paravklhto», to; pneu’mato; a{gion o{ pevmyei oJ path;r ejn tw’/ ojnovmativ mou, ejkei’no» uJma’» didavxei pavntakai; ujpomnhvsei uJma’» pavnta a{ ei\pon uJmi’n [ejgwv].

3 San Agustín, Comentario al Evangelio de san Juan, 29,3-6. Lo mismo dice en su Tratado acerca de la Trinidad, 2,2,4.

4 "El motivo de la Pascua se armoniza no sólo con los vv. 51-59, sino también con la referencia al maná en el v 31, porque el maná es mencionado de modo especial en la liturgia de la cena de Pascua. Esta liturgia menciona también el pasaje del Mar Rojo que puede ser asociado con el camino sobre el agua en 6,16-21" (R.E. Brown, Giovanni, commento al vangelo spirituale, Asís 1986, p. 317).

5 La parte central del evangelio de san Juan, desde el capítulo 5 al 12, está marcado en su estructura por las fiestas y celebraciones del calendario litúrgico judío.

6 El verbo dida/skw (enseñar) traduce en la versión LXX, en la mayoría de los casos, el hebreo "lamad" que significa tanto enseñar como acostumbrar. De ahí que el concepto de enseñanza, particularmente en los antiguos pueblos semitas, incluya una gran parte de prácticas. Esto explica la modalidad de los discípulos, que una vez que elegían a un maestro, se quedaban a vivir con él para adquirir no sólo sus conocimientos sino también su manera de vivir, su forma de encarar resolver los problemas, etc. El discípulo debía ser como un calco de su maestro. Esto es sumamente importante para comprender la acción docente de Jesús y la que después de Él tiene el Paráclito.

7 En griego, chrisma, crisma, significa unción. La palabra está etimológicamente relacionada con Christos, Cristo, es decir, Ungido, en hebreo Mesías (cf. Lc 4,17; Hech 4,27; 10,38; Heb 1,9) y, en consecuencia, con cristiano, en latín christianus (cf. 2 Co 1,21).

8 Es evidente que atribuir a Dios la acción de recordar es un antropomorfismo, es decir, se atribuye a Dios una categoría humana. Por su condición de eterno, en Dios no hay pasado ni futuro sino que todo es presente para Él y, por tanto, no necesita hacer memoria ya que todo está delante de sus ojos.

9 Como comentario al margen, esto puede ayudar a comprender la importancia, en la enseñanza de la catequesis, del uso de la memoria, hoy en día tan vilipendiada, como si no fuese una cualidad del hombre.

10 En este sentido, se dice también de la Virgen que conservaba estas cosas [los misterios de Jesús] en su corazón (Lc 2,19.51).

11 En su reciente Carta Apostólica Dies Domini, el Santo Padre ha recordado que es necesario que esté presente el recuerdo del Señor: "El domingo es el día en el cual, más que en ningún otro, el cristiano está llamado a recordar la salvación que, ofrecida en el bautismo, le hace hombre nuevo en Cristo" (25); "El día del Señor es bien vivido si todo él está marcado por el recuerdo agradecido y eficaz de las obras salvíficas de Dios" (52).

12 La palabra epíclesis significa literalmente "invocación sobre". Es el momento de la Misa en el cual el sacerdote extiende sus manos sobre las ofrendas que consagrará momentos después. El gesto está enlazado con referencias bíblicas a la acción del Espíritu Santo como, por ejemplo, el de Lc 1,35: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

13 Anámnesis es la palabra griega que se traduce por recuerdo o por memoria en los textos de la institución eucarística referidos por Lc 22,19 y 1 Co 11,24-25. En el ámbito litúrgico, más precisamente en la estructura de la Misa, designa el momento posterior a la consagración en donde se recuerda el Misterio Pascual de Cristo.

14 El mandato de Jesús (haced esto en memoria mía) no es simplemente un mandato de mantener vivo el recuerdo de Jesús, sino una orden con perspectiva escatológica: "El mandato de reiteración no es una invitación dirigida a los discípulos para que cultiven y mantengan despierto el recuerdo de Jesús ("repetid la fracción del pan para que no me olvidéis"), sino una indicación orientada escatológicamente: "seguid congregándoos como comunidad salvífica por medio del rito de la mesa, para pedir diariamente a Dios que se digne realizar pronto la consumación en la parusía". Los discípulos, al congregarse día tras día en torno a la mesa, en el corto espacio de tiempo hasta la parusía, y al proclamar así a Jesús como Señor suyo, están haciendo presente ante Dios la obra ya iniciada de la salvación y piden el cumplimiento definitivo" (Joachim Jeremias, La última Cena, Madrid 1980, pp. 280-281). Por eso, en la liturgia la aclamación que se pronuncia luego de la consagración toma el texto de Ap 22,20: Ven Señor Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1403).

15 "L’action doctrinale du Paraclet, exprimée si fortement en ce passage, ne concerne pas seulement un enseignement moral, mais encore et même tout d’abord la révélation des mystères divins", (André Feuillet, "Les promesses johanniques de l’Esprit Paraclet", Collezione Teologica 11, Roma 1989, p. 11).

16 La Iglesia, guiada por la pedagogía divina, ha estructurado la acción central de todo su ser, la Eucaristía, teniendo presente este doble aspecto: el enseñar (Liturgia de la Palabra) y el recordar (Liturgia de la Eucaristía). No se deben comprender como dos compartimentos aislados. Al contrario, se interpenetran. De hecho, la respuesta a la Palabra de Dios leída y predicada es la profesión de fe (Credo) y, una vez realizada la consagración (cuando la Palabra de Dios encarnada está presente bajo las especies eucarísticas), el sacerdote proclama: "este es el misterio de la fe". También el Concilio Vaticano II declara que la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía constituyen "un solo acto de culto" (SC 56; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1346). Son las limitaciones de nuestra naturaleza humana las que nos obligan a un tratamiento por separado de las cosas, aunque es necesario no perder de vista la comunión existente entre ellas.

17 En la antigüedad clásica, la virtud del discípulo era llamada docilitas. En la tradición espiritual cristiana, la disposición adecuada del creyente para con el Espíritu Santo es la docilidad. Por otra parte, es en la Eucaristía donde mejor se recibe la acción magisterial del Espíritu Santo: "mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana" (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, 62).

 

 

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