El hombre, creado a imagen y semejanza de
Dios, es capaz de llegar al conocimiento de su Creador por la propia luz de su
inteligencia, como dice el Apóstol a los Romanos: lo invisible de Dios, desde la
creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras (Rom 1,20). Sin
embargo, en el estado actual de naturaleza caída, no se accede fácilmente a
este conocimiento, por eso enseña el Concilio Vaticano II: “plugo a Dios, en su
bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su
voluntad (cf. Ef 1,9) por el que los hombres, por mediación de Cristo,
Verbo hecho carne, tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen
partícipes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2Pe 1,4)”1 .
La revelación de
Dios se ha llevado a cabo, a lo largo de la historia, de un modo que la carta a
los Hebreos resume así: Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el
pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo (Heb 1,1-2). El Concilio dice que
“esta economía de la revelación se cumple por hechos y palabras íntimamente
trabados entre sí, de suerte que las obras llevadas a cabo por Dios en la
historia de la salud manifiestan y corroboran la doctrina y las cosas
significadas por las palabras; y las palabras proclaman las obras y esclarecen
el misterio en aquellas contenido”2 .
De modo que la
revelación de Dios se da, en la historia, por medio de obras y palabras. No son
sólo palabras, sino obras y palabras. Dios se revela en la historia del pueblo
elegido, lo mismo que se revela en la vida de Jesucristo, el Verbo de Dios
encarnado. Por eso, para el cristianismo es fundamental mirar a la historia en
la cual concretamente se ha dado esa revelación de Dios a los hombres.
En nuestros tiempos
no es, sin embargo ocioso preguntarnos si es posible acceder al conocimiento de
Jesucristo y de su vida a través de los Evangelios como documentos históricos,
porque desde el siglo XVIII hasta nuestros días se ha llevado a cabo un proceso
en el estudio crítico de los Evangelios que ha dado por resultado el
escepticismo en este punto. El presente trabajo se propone mostrar cómo los
Evangelios son documentos aptos para llegar al conocimiento de Jesucristo y de
su vida, y no sólo son aptos, sino son los únicos documentos escritos por los
que podemos acceder a tal conocimiento.
En dos partes se
divide esta obra, la primera para hacer un sumario histórico de los estudios
que han desembocado en el escepticismo actual, y la segunda para mostrar la
aptitud de los Evangelios para acceder a la figura histórica de Jesucristo.
I. Historia del método histórico-crítico
aplicado a los Evangelios
Durante siglos en
la Iglesia se tuvo, de manera pacífica, la convicción de que los relatos
evangélicos eran históricos, es decir que contenían lo sustancial de la vida y
obras de Jesucristo como culmen de la revelación de Dios a los hombres.
En el siglo XVII,
el humanismo despertó el interés de los estudiosos por los escritos de la
antigüedad. La búsqueda de los manuscritos antiguos mostraba que existían
numerosas variaciones entre los distintos manuscritos, de modo que era preciso
realizar un trabajo de investigación sobre los textos para encontrar los que
mejor reflejaban el original salido de las manos del autor. Se fueron
desarrollando, para el estudio de los textos, una serie de métodos, llamados
histórico-críticos, porque hacían una crítica de la historia de los textos
antiguos, tratando de encontrar lo que pudiesen ser interpolaciones, glosas,
etc. provenientes de manos posteriores.
1. La crítica racionalista3
El buen resultado
de estos estudios críticos aplicado a muchas obras de la antigüedad clásica
movió a algunos a mirar a los libros de la Sagrada Escritura bajo esta
perspectiva, y así también la Biblia cayó bajo la atenta mirada de la crítica
literaria. Le corresponde a un católico, el oratoriano Richard Simón
(1638-1712), el honor de ser el primero en aventurarse en este camino.
Pero esta época no
se veía libre de las ideas filosóficas: “deísmo”, “enciclopedismo” y
“racionalismo”. El judío Baruch Spinoza (1632-1777) fue el primero en encarar
la explicación de la Escritura siguiendo los postulados del racionalismo. La
óptica racionalista influyó de modo especial en los estudiosos alemanes
provenientes del protestantismo. Esto se entiende si se tiene en cuenta la gran
influencia de Inmanuel Kant, el filósofo del protestantismo, quien es fiel a la
teología de Lutero cuando afirma que el hombre, por medio de la razón pura, no
puede llegar al conocimiento de Dios. Lutero sostenía que el pecado original
había de tal modo destruido la naturaleza humana, que ni su voluntad es libre,
ni su inteligencia tiene la capacidad de conocer a su Creador, por eso, tanto
para Lutero como para Kant es imposible la Teodicea. Sólo la revelación puede
mostrar al hombre que Dios existe. En conclusión, con relación a Dios es la fe
la única que sirve al hombre, y la fe no se apoya en la razón.
Para los
estudiosos alemanes, creyentes pero fieles también al racionalismo, Dios no
puede ser conocido por la razón humana, por eso nada de lo que aparezca como
sobrenatural puede ser verdadero. Por postulado al hombre no se le puede
manifestar nada que esté por encima de lo natural. Así, al aplicar los métodos
histórico-críticos a los Evangelios, es necesario negar lo que aparece como
sobrenatural, de donde se sigue que los relatos de milagros o los anuncios
proféticos son ficticios. Leyendo los Evangelios con estos prejuicios de orden
filosófico vieron la luz una serie de obras que en general llevaron todas el
mismo título: “Vida de Jesús”.
La primera nació
de la pluma de Reimarus, que murió sin dar a la imprenta el manuscrito; fue G.
Lessing (1774) quien publicó algunos extractos de su obra que presentaba a
Jesús como un predicador del “reino de Dios”, reino que según una línea del
pensamiento judío contemporáneo de Jesús era, en primer lugar, una realidad
política: la liberación de Israel bajo el rey Mesías. Jesús intentó establecer
ese reino, pero llegado a Jerusalén le fue mal y lo condenaron a muerte y con
ello terminó su historia. Pero los discípulos no se dieron por vencidos e
inventaron las historias de la resurrección y las apariciones, asegurando que
Jesús vivía y que volvería como juez del mundo; esto lo hicieron apoyándose en
la otra línea del pensamiento judío representada por el capítulo siete de
Daniel: el Mesías apocalíptico. Así escribieron los evangelios atribuyendo
tales ideas a Jesús y fundando así su posición de predicadores.
Esta obra provocó
escándalo aún entre los mismos protestantes, pero el movimiento ya estaba
iniciado y así siguieron las obras de J. Hess (1774), F. Reinhard (1781) y J.
Herder (1797), que como buenos alumnos del racionalismo niegan lo sobrenatural
en los evangelios, pero no quieren llegar a los extremos de Reimarus. No faltan
quienes apelan a hipótesis curiosas para explicar la vida de Jesús, como K.
Bahrdt (1786) quien dice que Jesús fue un instrumento usado por los “esenios”4 para derrocar el poder de los sacerdotes de Jerusalén, pero
terminó mal. O bien la más divertida de K. Venturini (1806) quien sostenía que
Jesús era una especie de médico ambulante que usando una serie de medicinas
secretas hacía creer que curaba por milagro.
El período del
racionalismo clásico está representado por H. Paulus (1828) que sostenía que
los milagros, aunque tienen un núcleo histórico deben ser explicados según la
razón humana y no según lo sobrenatural. Las curaciones son por medicinas
secretas o fruto de la oración. Los milagros sobre la naturaleza son fruto de
una ilusión, o bien pueden explicarse naturalmente. Hay, en todo caso milagros
del orden moral, como cuando Jesús multiplicó los panes porque poniendo a
disposición los propios panes, hizo que la gente compartiera los pancitos que
tenían escondidos. En cuanto a la muerte de Jesús ¿a qué hombre de ciencia se
le puede ocultar que el golpe de la lanza lo hizo entrar en catalepsia
momentánea, y luego revivió por el contacto con el frío de la piedra del
sepulcro?
Todos estos
estudios podían pacificar un poco la razón humana ante cosas arduas de ser
explicadas, sin embargo no darían tranquilidad al juicio sobre la moral de
Jesús o al menos la veracidad de los autores de los evangelios. Quienes leían
alguna “Vida de Jesús”, creyentes como eran, no se conformaban del todo. Con D.
Strauss5 (1808-1874) aparecerá
un nuevo elemento que intentará quitar los escrúpulos de conciencia. Para él la
obra de Reimarus es positiva, pero al igual que en las que le siguieron domina
el principio de no-contradicción: o el cristianismo es histórico o no lo es; si
no lo es, los apóstoles y evangelistas fueron impostores. En cambio Strauss
dice que el problema debe ser planteado de otro modo, y siguiendo las huellas
de G. Hegel resuelve apelando a un proceso dialéctico: a la antigua tesis del
sobrenaturalismo se le opuso la antítesis del naturalismo (racionalismo) y de
allí él saca afuera la síntesis: la teoría del mito.
El mito del cual
habla Strauss no es simplemente una “historia fantástica”, sino “un método
precientífico y prefilosófico para expresar ideas científicas y filosóficas”.
Los relatos en que aparece lo sobrenatural no deben ser “recortados” y
rechazados, sino más bien “reinterpretados”, porque cada relato de milagro
tiene una idea teológica detrás; no importa tanto lo ocurrido, sino lo que el
relato significa teológicamente hablando. Así explica uno por uno los milagros
de los Evangelios individuando la proveniencia del lenguaje mítico6 . Tomemos el ejemplo de la resurrección del hijo de la viuda de Naím; como los muertos no resucitan la sustancia de la narración no puede ser
verdadera; sin embargo puede explicarse la narración por el lenguaje del AT,
puesto que hubo profetas que resucitaron muertos: Elías y Eliseo, cuyos
“milagros” tienen, por supuesto, explicación natural, p.e. Eliseo lo hace por
respiración artificial; Jesús, en cambio, lo hace simplemente tocando el
féretro y con una palabra; el significado es: “Jesús es profeta, pero supera a
los antiguos por su poder”. El hecho puede no haber sucedido, pero lo
importante es el contenido teológico: se trata de un “mito”, en que el relato
expresa una idea.
No obstante sus loables esfuerzos Strauss fue
muy atacado y tuvo que “retroceder” para no ser separado de su iglesia. De
todos modos su “explicación” no caerá en saco roto. Con él aparecen las
cuestiones que se tratarán de solucionar en adelante en el campo de la crítica,
como la llamada “cuestión joanina”: el dilema entre los relatos de los
sinópticos y el de S. Juan ¿cuál de los dos es fiel a la historia? Strauss
optaba por los Sinópticos y así el ala radical de la crítica rechazará al
cuarto evangelio como no histórico; por su parte B. Bauer dice que en Juan la
historia está reducida al mínimo. Por muchos decenios esta actitud influyó en
el campo de la crítica.
También nace la
“cuestión sinóptica” y la prioridad de Marcos: al concentrarse el estudio en
los Sinópticos aparece el problema de sus recíprocas relaciones. Se comienza a
pensar en la prioridad temporal de Marcos. Con la “cuestión marciana” la
crítica radical encuentra nuevos interrogantes sobre material evangélico tal
como se encuentra en Marcos: ¿se encuentra en su forma primigenia o ha sido
reelaborado según la propia teología del autor?
Así se llega en
esta dirección a un callejón sin salida y a la espera de un nuevo intento de
explicación satisfactoria.
Esta situación no
mejorará en nada con la Escuela liberal, contemporánea del racionalismo, que en cierto modo se le opone en cuanto
confía en la historicidad de los Evangelios; a partir de ellos (incluido san
Juan) podemos reconstruir la historia y la personalidad de Jesús. Pero conserva
las dudas en cuanto a lo sobrenatural. La figura de Jesús que propone esta
escuela es la de un “gentleman victoriano”, un hombre noble de altos
sentimientos, que predica la paternidad universal de Dios y la fraternidad de
los hombres. El reino de Dios no es escatológico, sino interior y espiritual.
La muerte de Jesús es la de un mártir; su segunda venida es imposible. Renán es
el representante más conocido
Como reacción
contra la Escuela liberal, nace la Escuela escatológica, para la cual Jesús no es un predicador moralizante, sino
un predicador escatológico. Para J.Weiss, toda la escatología de Jesús es
futura; el reino de Dios es completamente futuro; si está presente, sólo es al
modo como una nube proyecta su sombra sobre la tierra. Jesús nunca estableció
el reino, sino que lo predijo. Nunca ejerció funciones mesiánicas, sino que
esperaba la intervención de Dios. La suya no es una ética del amor, de la
mansedumbre, sino una disciplina penitencial que debe preparar el advenimiento
del reino de Dios.
Todas estas
“contribuciones” llevaron a un escepticismo con respecto a la historicidad de
Jesús y a la figura de Jesús que nos presentan los Evangelios. Fue entonces
cuando M. Kähler puso en evidencia la distinción entre el “Jesús histórico” y
el “Cristo de la fe”7 .
Sostiene que la fe no puede basarse en investigaciones contingentes y afirma
que “creemos en Cristo, no en Jesús”, en el Cristo, Verbo de Dios que predica
la Iglesia; en cuanto a Jesús, basta con saber lo que aparece en las cartas de
san Pablo: murió, fue sepultado, resucitó al tercer día; los detalles de su
vida no interesan. Separando al Jesús de la historia del Cristo de la fe, sale
al encuentro del escepticismo provocado por el racionalismo tratando de salvar
de las manos de los investigadores al Cristo predicado por la Iglesia; el
creyente puede tener dos personalidades: una según las conclusiones
“científicas” y otra como creyente.
Es preciso
mencionar también un movimiento que si bien no es una escuela de exégesis
tendrá influencia en el pensamiento de los estudiosos de la Biblia. Es la
Escuela de la historia de las religiones. Intenta comprender al cristianismo en
el ámbito de las grandes religiones de la antigüedad. A partir de los
descubrimientos de muchos documentos antiguos se estudian especialmente la
apocalíptica judía, los misterios orientales y el gnosticismo. Sostienen que el
Cristianismo aparece como un sincretismo, deformado por obra de Pablo, a
imitación de las religiones mistéricas y del sincretismo gnóstico. Por ejemplo
en la encarnación y ascensión ven el mito del redentor gnóstico que baja del
cielo y vuelve a subir; los sacramentos tienen la influencia de los ritos de
iniciación mistéricos; el resto se explica por influjo de la apocalíptica. Esto
trajo un fruto escaso para el conocimiento crítico de los Evangelios ya que sus
fuentes no deben buscarse en las religiones mistéricas sino en el AT. Sin
embargo a raíz de tales estudios se despertó el interés por el desarrollo de
las tradiciones comunitarias.
Nos acercamos al
momento en que R. Bultmann, cuya obra tendrá gran influencia en la exégesis
contemporánea, prepara sus estudios que darán origen al método de la historia
de las formas. Pero antes es preciso tener en cuenta el momento que pasaba la
teología protestante contemporánea. Bultmann fue oyente del curso de Teología
luterana de Hermann. Decíamos que para Lutero el pecado original de tal modo
destruyó al hombre, que ni su voluntad es libre, ni su inteligencia puede
llegar al conocimiento de Dios. La gracia no sana al hombre, sino que la
misericordia de Dios mira al hombre desde otro punto de vista: Cristo; el
hombre es justificado por esta fe.
La incapacidad del
hombre para conocer a Dios fue puesta en términos filosóficos por Kant; sólo la
revelación de Dios puede mostrar al hombre que Dios existe. La fe no puede, por
tanto, fundarse en la razón. Ahora bien, lo que Lutero decía de la razón,
Hermann lo aplica a la historia: la historia no puede apoyar la fe (esto
también está en Kant). El fundamento de la fe no está fuera de ella misma; no
es “fides
quae creditur” (la fe que tiene los dogmas como objeto), sino “fides qua creditur” (acto
de fe). El acto de fe -para el luteranismo- es obrado por Dios. El hombre cree
que ha creído; cree en la operación de Dios que lo justifica.
Para Hermann el
acto de fe tiene como objeto y como fundamento al mismo acto de fe. Una fe que
no se apoya ni sobre la razón, ni sobre la historia: no es creer en la
divinidad de Cristo que salva, sino creer en el creer.
3. La Escuela de la historia de las formas
Los estudios de
los Evangelios en óptica racionalista desembocaron, como vimos, en el
escepticismo con relación a la historicidad de los relatos en ellos contenidos.
La piedra de escándalo para el racionalismo, de algún modo fue la Escuela
liberal, por la arbitrariedad con la que procedían en la determinación de lo
que era o no histórico en los relatos.
Los esfuerzos de
R. Bultmann, M. Dibelius, K. Schmidt y G. Bertram al desarrollar el método de
la historia de las formas (Formgeschichtliche Methode) se dirigieron a
establecer criterios rigurosos para aclarar con seguridad el proceso según el
cual se formaron los textos8 .
Si en la etapa anterior los estudiosos buscaban establecer las fuentes escritas
de las que se valieron los evangelistas en la redacción de sus obras, ellos
buscaron el material, que sostenían tiene su origen en la tradición oral. Ese
material son diversas “formas”, pequeñas unidades literarias: narraciones de
milagros, catequesis, himnos, apotegmas, etc. Para esto se inspiraron en los
trabajos de H. Gunkel sobre los evangelios y el Génesis9 .
¿Cuál es el origen
de estas formas literarias? Las pequeñas unidades literarias que darían origen
después a los evangelios nacieron en el seno de las primitivas comunidades
cristianas, y cada una de las formas se explica por un “marco ambiental” (Sitz
im Leben) determinado. Las comunidades primitivas son las creadoras de tales
formas y mediante ellas expresaban su fe en Cristo10 .
Ahora bien, si
bien estos autores intentan superar el impasse al cual llegaron los
estudios precedentes, no se resuelven a abandonar los presupuestos de
naturaleza filosófica que los llevaron a semejante vía muerta. Como hemos dicho
aún está presente el prejuicio racionalista que mueve a considerar como privado
de valor histórico todo lo que tiene sabor sobrenatural, por eso las
narraciones de milagros no son históricas, no pueden serlo.
Además hay otra
serie de presupuestos que están en la base de sus estudios y que han tenido
mucha influencia sobre las conclusiones. Estos presupuestos los consideraban seguros,
pero no los habían sometido a la crítica11 .
Así, una tesis a partir de la cual ellos se mueven es la prioridad de la predicación sobre el evento: en el principio era la Palabra. Todo parte de la
predicación y es la palabra la que produce la escena: lo que es evento no es
originario, sino elaboración mítica. Esto significa que las formas literarias
creadas por las comunidades primitivas no reflejan en realidad un hecho
histórico, sino más bien expresan su fe en forma de relato o de catequesis o mediante
alguna otra forma literaria. De este modo
cada una de las perícopas evangélicas tiene un origen independiente. Al
considerar la capacidad creadora de las primitivas comunidades Bultmann y demás
se apoyaron en una hipótesis del romanticismo alemán decimonónico, que sostenía
que las tradiciones populares se desarrollan en el seno de las comunidades
según leyes suprapersonales. Esta hipótesis hoy ha sido abandonada por la casi
totalidad de los estudiosos de la literatura. La comunidad no es creadora, sino
receptora.
Otro axioma, que
aún se encuentra en la base de la exégesis moderna, es la
idea de discontinuidad.
No sólo no hay continuidad entre el AT y el NT, sino tampoco la hay entre la
tradición prepascual y la postpascual; entre el Jesús prepascual y la Iglesia.
En todas las fases de la tradición rige la discontinuidad. Con esto se concluye
que las tradiciones populares que dieron origen a las perícopas evangélicas
están en ruptura con los hechos que las precedieron. Las perícopas evangélicas
“transmiten” la predicación primitiva sobre Jesús, pero de ninguna manera la predicación de Jesús. En el tiempo de
la prehistoria oral de los evangelios hubo un paso del Jesús de la historia al
Cristo de la fe, pero ese paso significó una ruptura.
Por último hay que
atender también a la influencia de Hegel y su evolucionismo. Los propugnadores
del método de la historia de las formas sostenían la
prioridad de lo simple sobre lo complejo: sólo lo simple es primitivo; lo complejo es tardío. De este modo
ellos determinaban fácilmente las etapas de la evolución de las “formas”, pues
cuanto más elaborado está un texto, es más reciente. Ahora bien, en el momento
de determinar si algo está más o menos elaborado entra a jugar su papel la
valoración teológica del exégeta y allí se abre un amplio espacio para la
arbitrariedad. Esto se ve en el mismo hecho que mientras para Dibelius la
“forma pura” (original) es el paradigma12 ,
para Bultmann lo más simple es el apotegma13 .
Hay que atender
que la falsedad de este presupuesto está en que si bien la prioridad de lo
simple sobre lo compuesto podría aplicarse en las ciencias de la naturaleza14 , no se puede aplicar del mismo modo en el campo de los procesos de
la “vida del espíritu”, donde a veces ocurre lo contrario: luego de una gran
innovación pueden suceder generaciones de seguidores que reducen la audacia
del inicio a una cierta banalidad15 .
¿Cómo procedían en
la exégesis? En primer lugar se hacía una clasificación de las perícopas
evangélicas según sus formas. Luego buscaban determinar la situación vital
(Sitz im Leben) de cada una. Finalmente intentaban reconstruir el estado
original de cada perícopa. Una vez realizado este trabajo nos encontraremos con
las formas puras y podremos acceder a la fe de las comunidades que les dieron
origen. La pregunta que nace a continuación es si a partir de la fe de las
comunidades primitivas podemos nosotros dar un paso más y acceder al
conocimiento del Jesús histórico.
La respuesta de
Bultmann es que no es posible. Los episodios que nos narran los evangelios no
son históricos. Lo que nosotros leemos es “mito” (en el sentido de Strauss).
Sin embargo no es lo histórico lo que nos interesa -diría Bultmann- sino la
experiencia de fe de las primitivas comunidades. Esa experiencia de fe es
válida para el creyente de hoy, pero es necesario “desmitologizar”, es decir
que la experiencia de fe de las primitivas comunidades debe ser liberada de sus
expresiones “objetivizantes”, o sea del lenguaje mitológico en el que están
expresadas. Una vez hecho este trámite habrá que traducirla en un lenguaje
accesible al hombre contemporáneo; un lenguaje “científico”. Para Bultmann, el
lenguaje de Heidegger.
¿Y lo histórico?
Lo histórico no importa. La actitud fundamental es la de apertura hacia lo divino
del creyente que lee la Biblia sobrepasando el escollo de lo histórico. La fe
se transforma en una decisión por encima de la razón y de la demostrabilidad
histórica. La fe será más verdadera cuanto más se oponga a la razón y a lo
histórico16 . Negad que en este
punto Bultmann sea tan buen discípulo de Hermann, como éste lo fue de Lutero.
II. La aptitud de los Evangelios para mostrarnos
al Jesús histórico
1. El carácter histórico de los Evangelios
¿Es posible hoy en
día sostener la historicidad de las narraciones evangélicas?, ¿es posible
acceder al Jesús de la historia a través del Cristo de la fe? Estamos
convencidos de que es tan posible como necesario. Como católicos confesamos que
la fe sobrenatural no solamente es un acto (fides qua), sino que además tiene
un objeto (fides quae). Además la tradición que dio origen a los evangelios es
la tradición de los Apóstoles: lo que transmiten los evangelios es lo mismo que
transmitieron los Apóstoles como testigos fidedignos, elegidos de antemano por
Dios, que conocieron a Jesús de Nazareth, fueron testigos de su resurrección y
gozaron de una asistencia especial del Espíritu
Santo
17 .
Liberados de
prejuicios racionalistas es necesario que leamos las Escrituras sin negar lo
sobrenatural, sin excluir a priori que Dios pueda hablar al mundo con
palabras humanas; sin excluir que Dios pueda intervenir en la historia humana.
Con disposición a dejarse instruir por el fenómeno; a aceptar que pueda
ocurrir en la historia un verdadero inicio, que como tal, no puede considerarse
derivado de lo que ha ocurrido anteriormente. No se puede tampoco negar al
hombre la capacidad de saber escuchar por sobre y más allá de las categorías
de la razón pura; capacidad de trascender hacia la infinita y abierta verdad
del ser.
En 1964 apareció
una instrucción de la Pontificia Comisión Bíblica que hacía una valoración del
método de la historia de las formas: Sancta Mater Ecclesia. La
instrucción reconoce como válidas muchas contribuciones del método, como son
los estudios sobre las formas literarias. Es cierto que en los evangelios
encontramos diversas formas literarias, pero ello no quiere decir que sean
meras creaciones de la comunidad primitiva independientemente de la verdad de
los hechos. También el estudio del Sitz im Leben de la comunidad es valioso para
conocer el influjo que ha tenido en la formación, aunque no en la creación de
los
evangelios 18 .
En cuanto a lo
negativo transcribimos un párrafo de la instrucción:
“Con frecuencia el
mencionado método está implicado con principios filosóficos y teológicos no
admisibles, que vician muchas veces tanto el método mismo como sus conclusiones
en materia literaria. De hecho algunos fautores de este método, movidos por
prejuicios racionalistas, rehúsan reconocer la existencia del orden
sobrenatural y la intervención de un Dios personal en el mundo, realizada
mediante la revelación propiamente dicha, y asimismo la posibilidad de los
milagros y profecías. Otros parten de una falsa noción de la fe, como si esta
no cuidase de la verdad histórica o fuera con ella incompatible. Otros niegan
a priori el valor e índole histórica de los documentos de la Revelación.
Otros, finalmente, no apreciando la autoridad de los apóstoles, en cuanto
testigos de Cristo, ni su influjo y oficio en la comunidad primitiva, exageran
el poder creador de dicha comunidad. Todas estas cosas no sólo son contrarias a la doctrina católica, sino que también
carecen de fundamento científico y se apartan de los rectos principios del
método histórico”19 .
Como prueba de la
falsa postura de principio que tenían los que desarrollaron el método de la
historia de las formas, tenemos la actitud de algunos discípulos de Bultmann
que rompen con el radicalismo del maestro en relación a la historicidad de los
evangelios. Entre ellos E. Käsemann 20 , G. Bornkamm
21 ,
H. Conzelmann y otros protestantes, como J. Jeremías”22 y H. Riesenfeld.
Liberados de los
prejuicios racionalistas veamos, en primer lugar la relación entre Jesucristo y
la Revelación divina con palabras de la Dei Verbum:
“Después que Dios
habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, «últimamente, en estos
días, nos habló por su Hijo». pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno,
que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara
los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, «hombre enviado a
los hombres», «habla palabras de Dios» y lleva a cabo la obra de la salvación
que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo ‑ ver al cual es ver al
Padre ‑, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y
obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa
de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa
la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros
para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la
vida eterna”23 .
Es indudable que
es necesario acceder a Jesucristo para acceder a la Revelación y Salvación de
Dios. Jesucristo en su encarnación hizo presente a Dios en la historia de los
hombres y obró la Redención mediante su muerte y resurrección. Nuestro acceso a
Jesucristo es ciertamente mediante la fe, y para suscitar la fe dispuso que
hubiese testigos de su persona y sus hechos: los Apóstoles. Así explica la Dei
Verbum: “Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio... Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación”24 .
El
oficio de testigos de Jesucristo que realizan los Apóstoles, lo hacen asistidos
por el Espíritu Santo e iluminados por la luz que proyectó sobre ellos la
resurrección de Cristo:
“La Santa Madre
Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos
Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que
Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la
salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles,
ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que
El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban,
amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del
Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios
escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por
escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las
Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos
comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya
de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron
testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de
las palabras que nos enseñan (cf. Lc 1,2‑4)”25 .
Contrariamente a
lo sostenido por Bultmann, no hay ruptura entre la comunidad “prepascual” de
los discípulos con Jesús, y la comunidad “postpascual” guiada por los
Apóstoles, así como tampoco hay ruptura entre la tradición apostólica y las
comunidades cristianas primitivas.
La predicación
oral tiene una serie de características que podemos ver en los mismos textos
del NT26 :
a) Tiene estructura jerárquica, en dependencia de los Apóstoles.
Esto puede verse
por ejemplo en la Iglesia Madre de Jerusalén, donde la predicación depende del
grupo de los Apóstoles, especialmente de Pedro: toma la palabra en
Pentecostés (Hech 2,14-40), también luego del milagro del paralítico
(3,12-26); confiesa la fe frente al Sanedrín (4,8-12; 5,29-32)27 .
Además los
Apóstoles consideran un deber específico el servicio de la palabra (Hech 6,4);
el deber de dar testimonio de los hechos salvíficos concierne primariamente a
los Apóstoles (1,15-26); los diáconos reciben la imposición de manos para que
los Apóstoles puedan dedicarse más libremente a la predicación (6,6). Los
fieles adhieren a la doctrina de los Apóstoles (2,42); se reúnen en torno a los
Apóstoles (5,12-13).
También la
actividad misionera permanece en contacto de dependencia y uniformidad de
doctrina con el grupo apostólico, en especial con Pedro. S. Pablo en Gálatas
dice cómo en el concilio de Jerusalén Pedro, Santiago y Juan les tendieron una
mano (a él y Bernabé) en señal de comunión (Gal 2,9). S. Pablo
fundamenta su obligación de predicar en el hecho de haber sido elegido apóstol
(cf. Rom 1,1; Gal 1,11-2,10).
Resumiendo: los
escritos del NT nos hablan de una predicación primitiva que no es de ninguna
manera libre, en manos de entusiastas, sino que es prerrogativa de los
Apóstoles, para ello diputados por Cristo, y que permanecen bajo su vigilancia.
Se basa en
testigos oculares de los hechos de Cristo. El término testigo28 aparece, en muchos casos, en
referencia al contenido del Evangelio con una connotación de relación auditiva
y visiva entre el hecho atestiguado y el testigo. La predicación primitiva
tiene su valor en cuanto es testimonio de los hechos de la vida de Jesús.
Es decir que la palabra predicada por los apóstoles y
testigos era recibida y transmitida en una comunidad conservadora. En II
Tes 2,15 se habla de conservar las tradiciones (cf. II Tes 3,6). A
los corintios
S. Pablo les dice que
transmite lo que ha recibido (I Cor 11,23; 15,3), serán salvados si
retienen el Evangelio como se les anunció (15,2). A los Gálatas se les echa en
cara el haber abandonado lo que se “les transmitió” (1,6-9). A
Timoteo le recomienda confiar lo que “ha
oído” a hombres de confianza que lo puedan “transmitir” (II Tim 2,2).
La comunidad
cristiana que nos presenta el NT está bien lejos de ser “creadora” de su
doctrina, sino que pone esfuerzo en recibir y conservar lo que se les ha
transmitido.
2. El trabajo de los evangelistas
La Escuela de la
historia de las formas decía que los evangelistas no eran autores, sino simples
recopiladores que no habían hecho mas que poner por escrito el material
elaborado por la comunidad primitiva. Sin embargo el análisis de los evangelios
muestra que la realidad está muy lejos de esta opinión. Como correctivo de la
Formgeschichtliche Methode nació a partir de 1950 la Escuela de la historia de
la redacción que, a pesar de mantenerse en el prejuicio racionalista,
trata de poner en relieve el carácter de
verdaderos autores que tienen los evangelistas.
La labor
redaccional de los autores de los evangelios está reconocida por la Dei
Verbum en un párrafo que ya habíamos transcripto más arriba:
“Los autores
sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las
muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o
explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la
forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera
acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya
del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y
ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que
nos enseñan (cf. Lc, 1,2‑4)”.
Estas expresiones
que encontramos en la Dei Verbum y que se encontraban ya en la
Instrucción Sancta Mater Ecclesia: “escogiendo”, “sintetizando”,
“explicando”, nos hablan de su actividad redaccional, pero al mismo tiempo son
ocasión para plantear una cuestión: ¿son los evangelios documentos aptos para
una seria reconstrucción histórica de la vida de Jesús?
En este punto es
necesario dejar bien en claro que los evangelistas no actúan como cronistas al
componer sus escritos. Los evangelios no son crónicas, como las hubiera podido
redactar un observador “imparcial” de los hechos. Sin duda los evangelios
pertenecen al género histórico, pero son además documentos de fe, y en cuanto
documentos de fe, se distinguen de los documentos que puede producir la
historiografía moderna, en los cuales un observador extraño a los hechos
registra de modo imparcial las realidades a partir de los testimonios29 . Así, los evangelistas no se preocupan de establecer una
cronología absoluta, ni tampoco estrictamente relativa de los eventos de la
vida de Jesús. Tampoco anotan con precisión los itinerarios que siguió, etc.
Para ellos era necesario difundir la fe en Jesucristo y los dichos y hechos de
Jesús eran un sostén indispensable de esta fe, y por lo tanto se preocuparon de
transmitir los dichos y hechos de Jesús con solicitud, pero no con el rigor
científico que requiere la historiografía moderna30 .
Los evangelios son
documentos de fe, pero al contrario de lo que sostenía Bultmann, el hecho de
moverse en un ambiente de fe no sólo no es obstáculo a la veracidad de los
Evangelios, sino que pone en claro su carácter de solidez.
Jesús de Nazareth,
el Jesús histórico es el Verbo encarnado y no hay otro modo de captar toda la
realidad de su Persona sino mediante -para usar las palabras de R. Guardini-
“una disposición interior específica, apropiada, que esté en grado de
comprenderlo en su peculiaridad”31 .
Siendo Persona divina que se revela, es necesario acceder a Jesucristo mediante
la fe; pero como al mismo tiempo es “encarnado”, también se accede a Jesucristo
por medio del conocimiento histórico. Los Apóstoles conocieron a Jesús con el
conocimiento que un hombre puede tener de un contemporáneo suyo al cual ha
tratado, con el cual ha convivido. San Juan alude a este conocimiento: lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos (I Jn
1,1), pero además lo conocieron por la fe: hemos contemplado su gloria,
gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn
1,14).
A través de los
evangelios nos llega a nosotros el conocimiento de Jesucristo testimoniado por
los Apóstoles, y es necesario que accedamos a Jesucristo a través de la fe y a
través del conocimiento histórico, sólo así nuestro conocimiento de Jesucristo
será verdadero. Dios se revela mediante su Palabra encarnada y el modo de
acceder a esa revelación es acceder a la realidad total de Jesucristo, el Verbo
encarnado creyendo y atendiendo al testimonio apostólico reflejado en los
evangelios.
Ha habido mucho
abuso al considerar las diferencias entre las perícopas paralelas de los
sinópticos, la diversidad de encuadre de cada uno, las transposiciones, etc.,
tratando de descubrir aspectos tendenciosos, fraude, falta de veracidad. Los
evangelios revelan una predicación cuya fuerza radica en que se apoya sobre hechos
absolutamente ciertos: los hechos de la vida muerte y resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo. Solamente la certeza de estos hechos, garantizados por los
testigos, da a la predicación su razón de existir32 .
En las diferencias
entre los evangelios hay que buscar no la falsedad histórica, sino el mensaje
propio de cada evangelista, ya que cada uno por su parte y todos en conjunto
manifiestan una finalidad precisa y es mostrarnos con su propia presentación
ese plus que ellos captaron del misterio de Jesús y que no se puede transmitir
con el simple relato lineal de los dichos y hechos de Jesús.
Conclusión
Dios se ha
revelado a los hombres en un modo que los hombres pueden comprender. “De tal
forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios
verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con
los hombres”33 .
No hay otro modo de revelarse Dios a los hombres al modo de los hombres que
revelándose en la historia de los hombres. Dios manifestó su designio de
salvación mediante obras concretas y al mismo tiempo, por intermedio de hombres
elegidos comunicó sus palabras que explicaban el sentido de las obras, para que
los hombres tuviésemos conocimiento cierto de los planes divinos.
El culmen de esa
revelación es Jesucristo: “Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo
instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con
obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa
ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a
todos a Sí mismo, Él, el único que tiene palabras de vida eterna. Pero este
misterio no fue descubierto a otras generaciones, como ha sido revelado ahora a
sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el
Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia.
De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y
divino”34 .
Por eso,
desvincular la revelación divina de la historia es falsear la revelación. Es
cierto que no todos los libros de la Sagrada Escritura son de carácter
histórico; hay también revelación en la reflexión que hacen los libros
sapienciales, pero en definitiva es reflexión sobre la misma revelación hecha
en la historia del pueblo elegido. El defecto de analizar las formas literarias movido por prejuicios de tipo racionalista continúa muy en boga. Un ejemplo de ello lo tenemos en un articulo publicado en este mismo número en que se intenta establecer un Sitz im Leben de una “forma” literaria del libro del Génesis, presumiendo una intención creadora, no de una comunidad, pero sí de un autor anónimo, independiente de los hechos, estableciendo la ruptura entre la palabra y el hecho, siguiendo, en definitiva el mismo axioma de la prioridad de la predicación sobre el evento: es la idea del autor la que le da forma “mítica” al relato. Por su parte nuestro hábil exégeta no hace sino desmitologizar. Se trata sin duda de un artículo de divulgación y no pretende tener rigor científico, claro. Pero nunca es demasiado pedir que un exégeta católico se mantenga fiel a los principios de una sana exégesis como lo pide nuestra madre la Iglesia.
1 Dei
Verbum, 2.
2 Dei
Verbum, 2. 3
Seguimos fundamentalmente el artículo de P. Grech, “Ermeneutica”, en P.
Rossano, G. Ravassi, A. Ghirlanda: Nuovo dizionario di Teologia Biblica,
Milán, 1988, pp. 476-483. 4 Los esenios de los cuales hablaba Flavio Josefo han sido identificados con aquellos
que residieron en la comunidad de Qumrán. 5 Leben
Jesu, 1835-36. 6
Según Strauss este lenguaje está tomado ya sea del AT, de la apocalíptica judía
o bien de las religiones helenistas. 7 En Der
sogenannte historische Jesus und der biblische geschichtliche Christus,
1892. 8 Cf.
J. Ratzinger: “Interpretazione biblica in conflitto”, en L’esegesi cristiana oggi, I. de la Potterie, Roma 1991, p. 104. 9 Cf.
H. Gunkel, Genesis, Tubingen, 1901; Einleitung in die Psalmen,
Göttingen 1928-1933. 10
Tomemos por ejemplo la perícopa de Mc 2,1-12 que narra la cuaración del
paralítico que descuelgan desde el techo de la casa frente a Jesús; todo el
relato podría considerarse como una creación que en el marco de una catequesis
intenta resaltar la fe en Cristo que perdona los pecados.
11 Las
observaciones siguientes las tomamos del Cardenal Ratzinger, quien hace un buen resumen de estos presupuestos en
“Interpretazione biblica in conflitto”, en L’esegesi cristiana oggi, I.
de la Potterie, Roma 1991, p. 104-114. 12
Relato ejemplar transmitido oralmente. 13
Fragmento originario redondeado y conciso. 14 Según
el evolucionismo las amebas son más primitivas que los vertebrados. 15 Como
en el caso de Santo Tomás y sus comentadores. 16 Cf. J. M. Casciaro Ramírez: Exégesis bíblica,
hermenéutica y teología, p. 60. 17 Cf. Dei Verbum, 8.18.19. 18 Cf.
J. Caba: De los Evangelios al Jesús histórico, Madrid, 1961, p. 31. 19 Instructio
de historica evangeliorum veritate, 1 (AAS 56), 1964, 713-714. 20
“Ernst Käsemann, pronunció una relevante conferencia publicada después con el
título de Das Problem des historischen Jesus, en la que reclamaba la
legitimidad y posibilidad de la investigación de la continuidad real entre la
predicación de Jesús y el Kérygma apostólico sobre Jesús. Para Käsemann; 1)
muchos datos de la tradición sinóptica son innegablemente auténticos y se
pueden verificar críticamente con los mismos métodos de la Formgeschichte; 2)
el fracaso de la Escuela liberal no invalida el hecho de que los evangelistas
muestran que la historia de Jesús tiene una importancia decisiva para la fe:
Mateo y Marcos enmarcan el Kérygma en la historia, Juan hace lo mismo y Lucas escribe,
de algún modo, la primera «vida de Jesús»; de todo ello se debe concluir,
arguye Käsemann, que la investigación de la real historia de Jesús no es sólo
críticamente posible, sino teológicamente legítima; 3) la investigación sobre
los Evangelios evidencia la continuidad real entre el Jesús histórico y el Kérygma apostólico: el modo de hablar y de actuar de Jesús constituye una
cristología «implícita» que el Kérygma «explicitó» a la luz de Pascua.; 4)
sobre todo frente a la vieja tesis del mito, base de la concepción de D. F.
Strauss, remozada por Bultmann, Käsemann opone que la Iglesia, desde sus
primeros momentos, se esforzó con empeño porque la figura real de Jesús no se
diluyera en el mito de Cristo”, J. M. Casciaro Ramírez: Exégesis bíblica,
hermenéutica y teología, p. 68. 21
“Bornkamm, en contra de Bultmann y Dibelius, detecta en los Evangelios un
talante de originalidad y frescor que reclaman el sello auténtico de Jesús ; la
fe pascual no comienza en sí misma, sino que se apoya sólidamente en la
historia prepascual; de igual modo Bornkamm afirma la continuidad entre
historia y Kérygma”, J. M. Casciaro Ramírez: Exégesis bíblica, hermenéutica
y teología, p. 69. 22 J.
Jeremías, en su libro “Las Parábolas de Jesús”, “ha desarrollado un ímprobo
esfuerzo por mostrar la verosimilitud histórica de buena parte de los logia Jesu que los evangelistas ponen en boca de Cristo”, J. M. Casciaro Ramírez: Exégesis bíblica, hermenéutica y teología, p. 62. 23 Dei
Verbum, 4. 24 Dei
Verbum, 7. 25 Dei
Verbum, 19. 26 Cf.
C. M. Martini, “Introduzione generale ai vangeli sinottici”, en Il
messaggio della salvezza, vol. 6,
Torino 1988, p. 70. 27 Cf.
también 8,14-17: Pedro en Samaría; 9,32-43: en Judea; 10,34-43: a los paganos. 28 El
término “testigo” y sus derivados aparecen 196 veces en el NT; tiene un
significado originario que es del vocabulario forense y es “el que por
experiencia personal e inmediata puede afirmar algo sobre eventos en los
cuales ha participado o sobre personas y circunstancias que conoce, y por
tanto puede comparecer en un proceso”. También es usado fuera del ambiente
jurídico con el significado de “uno que puede hacer afirmaciones sobre hechos
o personas que conoce personalmente”. Se amplía también el significado al “que
manifiesta su propia convicción respecto de una verdad religiosa o filosófica”. 29 Cf.
C. M. Martini, “Introduzione generale ai vangeli sinottici”, en Il
messaggio della salvezza, vol. 6,
Torino 1988, p. 95. 30 Cf. C. M. Martini, “Introduzione generale ai vangeli sinottici”, en Il messaggio della salvezza, vol. 6, Torino 1988, p. 90. |