Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

En ningún otro hay salvación. - R. P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE

En ningún otro hay salvación 

R. P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE

E-mail: ricardoclarey@ive.org

 

            En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos un texto que nos muestra de una manera clara y lúcida la constante confesión de fe que resuena en la Iglesia acerca de la unicidad y universalidad de Jesucristo, Salvador del hombre. El texto al que nos referimos dice: Y en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos [kai. ouvk e;stin evn a;llw| ouvdeni. h` swthri,a( ouvde. ga.r o;noma, evstin e[teron u`po. to.n ouvrano.n to. dedome,non evn avnqrw,poij evn w-| dei/ swqh/nai h`ma/j] (He 4,12).             

            En referencia a este texto, el Papa enseña: “Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste responde: «Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (He 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos -judíos y gentiles- la salvación no puede venir más que de Jesucristo.”[1] 

            El texto de la edición manual Nestle-Aland sigue la familia neutral, testimoniado por a y V. El texto más corto es el que ofrece D (Codex Bezae), de la familia occidental (lo sigue en su traducción la Biblia de Jerusalén)[2], en el que falta en ningún otro está la salvación. La Vulgata traduce: Et non est in alio aliquo salus, nec enim nomen aliud est sub caelo datum in hominibus, in quo oportet nos salvos fieri[3], acomodándose a la tradición neutral. 

 

Análisis del texto 

El v. 12 es la conclusión de la afirmación solemne iniciada en el v. 10 (Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros). Pertenece por tanto a la subsección 4,10-12: esta, a su vez, es parte del pasaje narrativo de la primera presentación de Pedro y Juan ante el Sanedrín (4,5-22), y tiene un marcado paralelismo con 5,27-42. 

Se trata de la afirmación frente al Sanedrín de la autoridad del Nombre de Jesús, introducida por la pregunta del Sumo Sacerdote a Pedro: ¿Con qué poder y en qué nombre hicisteis esto vosotros...? Ese Nombre ha curado al paralítico[4]. Y es el Nombre que fue glorificado y testimoniado en la resurrección.  

Si ampliamos el campo de comparación, veremos que tenemos la misma conclusión al término del segundo discurso que da Pedro al Sanedrín: El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador (avrchgo.n kai. swth/ra), para conceder a Israel la conversión y el perdón  de los pecados (He 5,30-31). De hecho, las semejanzas entre ambas situaciones son muy llamativas: en ambos casos se proclama explícitamente la unicidad salvífica de Cristo. En el segundo discurso se da algo peculiar: la referencia explícita a la conversión y la penitencia: para conceder a Israel la conversión y el perdón  de los pecados (5,31b). 

Desde un punto de vista retórico, estamos ante la conclusión de la probatio del v. 11 (una argumentación bíblica). A su vez, en el mismo v. 12 tenemos una parte de afirmación (propositio) y una argumentación (ella misma probatio). Es de destacar que se trata de una frase negativa. 

            Aunque se haya hecho uso de fuentes del Antiguo Testamento, el estilo es uniformemente helenístico. P.e. el to. delante de dedome,non[5]; el artículo h` antes de swthri,a (en la LXX el uso es habitualmente sin artículo). Y al mismo tiempo expresa un estilo de discurso vivo (p.e. en v. 10 se habla de Jesús como evn tou,tw|, luego del tullido como ou-toj, y en el v. 11 se refiere nuevamente a Jesús como ou-to,j, en vez de evkei,noj que correspondería gramaticalmente.  

¿Podemos hablar de fuentes de este texto? Consideramos que sí, si bien en la modalidad de referencias textuales y temáticas. Entre las más importantes referencias textuales del A.T. tenemos Jl 3,5 (Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo, porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá supervivencia, como ha dicho Yahveh, y entre los supervivientes estarán los que llame Yahveh); Is 45,21-22 (Exponed, aducid vuestras pruebas, deliberad todos juntos: « ¿Quién hizo oír esto desde antiguo y lo anunció hace tiempo? ¿No he sido yo Yahveh? No hay otro dios, fuera de mí. Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí. Volveos a mí y seréis salvados confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro); Is 43,11 (Yo, yo soy Yahveh, y fuera de mí no hay salvador). 

Por otra parte, la afirmación del pasaje sigue la misma línea de la tradición sinóptica. Hay una citación, en el v. 11, del Salmo 118, hecha en el mismo sentido en que aparece interpretado en Mc 12,10-11, como conclusión de la parábola de los viñadores homicidas (un texto que aparece en los tres sinópticos). Este espisodio de Marcos viene luego de la controversia sobre la autoridad de Jesús para expulsar a los mercaderes del Templo; es significativo que los fariseos preguntan a Cristo en forma muy similar al interrogatorio del Sumo Sacerdote a Pedro: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad para hacer estas cosas? [VEn poi,a| evxousi,a| tau/ta poiei/jÈ h' ti,j soi e;dwken th.n evxousi,an tau,thn i[na tau/ta poih/|jÈ] (Mc 11,28)[6]

 

análisis semántico 

            Nos detendremos en los dos términos que consideramos son fundamentales para la comprensión del texto en su conjunto: nombre y salvación/salvar

1- o;noma (nombre):  

En el mundo oriental antiguo extrabíblico se consideraba que el nombre expresaba de tal manera la esencia de su portador que su conocimiento equivalía a lograr poder sobre quien lo tenía, pues el nombre era la dimensión esencial y viva del individuo. Esta concepción en cuanto a sus ribetes mágicos no se encuentra en la Escritura: sin embargo, el nombre es parte integrante de la persona, y revela el carácter y el destino del hombre, y es fundamental para descubrir como es una persona[7]. La perpetuación del individuo o la persona está ligada a la permanencia del nombre[8]: por esto, la promesa divina de que el nombre de Israel no desaparecerá[9] implica que los israelitas seguirán existiendo. 

Aplicado a Dios, el nombre divino indica la máxima revelación posible. Expresa verdaderamente la esencia divina. Conocer el nombre de Dios significa conocer al mismo Dios tal como se ha revelado. El nombre de Dios sirve de protección y de fuerza, y por él son bendecidos los hombres[10]. Por esto mismo exige veneración y respeto: Si no cuidas de poner en práctica todas las palabras de esta Ley escritas en este libro, temiendo a ese nombre  glorioso y temible, a Yahveh tu Dios... (Dt 28,58). 

El nombre de Cristo es un nombre de salvación[11]. Está presente esta condición de Cristo explícitamente en los sinópticos ya desde la imposición del nombre a Jesús, como el ángel le revela a José: Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados [auvto.j ga.r sw,sei to.n lao.n auvtou/ avpo. tw/n a`martiw/n auvtw/n] (Mt 1,21). Y en la práctica es por el nombre de Cristo como se hace efectiva en los cristianos la redención: en los Hechos se habla del bautismo en el nombre de Jesús (8,16). Y es también el nombre al que los cristianos consagran su vida: Que son hombres que han entregado sus vidas a favor del nombre de nuestro Señor Jesucristo (He 15,26). 

2- swthri,a (salvación) / sw,zw (salvar):  

El título de Salvador se aplica a Jesús 16 veces en el Nuevo Testamento, preferentemente en los textos más recientes. No siempre se habla de Cristo como  “el” salvador, sino que a veces aparece como “un” Salvador (cf. Lc 2,11). Esto implica un influjo bíblico y del judaísmo helenístico. Si bien en el Antiguo Testamento se aplica a Dios el título de Salvador, no se lo refiere sin embargo al Mesías. Dios es salvador de su pueblo en cuanto lo libera y protege, y al final cumple sus promesas al instaurar el reino escatológico. Jesús es en este sentido el salvador, que lleva a cumplimiento a favor de los creyentes la salvación escatológica que ya inauguró con su resurrección: Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas (Flp 3,20-21). En las cartas pastorales, donde este título cristológico aparece cuatro veces, se puede advertir, junto al influjo bíblico, un acento polémico contra el culto imperial y las divinidades sanadoras, que eran proclamados como salvadores.[12] De todos modos, ya en la predicación apostólica más temprana está presente este título (He 4,12; 5,31; 13,23; Flp 3,20-21), y por otra parte en las referencias de las cartas pastorales este título se da en un contexto propiamente judaico (Tit 2,13-14: Aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo; el cual se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras)[13]

¿En qué sentido Cristo es Salvador? Muchas veces aparece esta afirmación en un sentido de salud corporal: de hecho, en los milagros narrados por los evangelistas aparece como aquel que libera de la enfermedad, las calamidades y la misma muerte, y por tanto aporta la “salvación” a nivel humano. Pero esta salud temporal es signo visible de una salvación más alta: la liberación del pecado y sus consecuencias. De aquí que esta salvación que aporta Cristo ya a los que están en este mundo es intermedia entre la salvación radical (encarnación y misterio pascual de Cristo) y la salvación escatológica última (la posesión definitiva e inamisible de Dios y de los bienes eternos). Cristo libera de la muerte eterna: Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación  de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio (2 Tim 1,8-10). 

Una variante la tenemos cuando se da a Jesús el título de Juez universal: Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos [krith.j zw,ntwn kai. nekrw/n]. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados. (He 10,42-43). La referencia del v. 43 nos indica que la condición que Jesús reviste de “Juez de vivos y muertos” no excluye el tiempo de la misericordia y la oportunidad del perdón. Por otra parte, se puede establecer una estrecha relación entre to. dedome,non (el nombre que fue otorgado por Dios, del verbo di,dwmi) y o` w`risme,noj (del verbo o`ri,zw: una extensión figurada del sentido original de “poner límites a algo”, significando en el NT “llegar a una decisión definitiva”, “resolver firmemente algo”).   

 

Consecuencias teológicas 

La consecuencia teológica fundamental reside en la afirmación de la unicidad salvífica de Cristo, una reafirmación constante en la predicación apostólica: Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo (1 Cor 3,11). Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos (1 Tim 2,5-6). Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo (1 Jn 5,11); Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio - no que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren deformar el Evangelio de Cristo – (Ga 1,7).  

            La salvación está en él (evn tou,tw|, v. 10). ¿Pero esta afirmación debe entenderse en un sentido instrumental, local o figurado? Hay que excluir el sentido meramente figurado, por la insistencia con la que aparecen los efectos de la salvación atribuidos al mismo Cristo en textos paralelos. El sentido instrumental es obvio: Dios es el Salvador por excelencia, y ha instituido o constituido gratuitamente (por gracia habéis sido salvados: Ef 2,5), es decir, nos ha dado Alguien por quien estamos salvados. El empleo del evn instrumetal es reflejo del uso del B hebreo. Pero podemos preguntarnos si Cristo como principio de la salvación no puede entenderse en este mismo texto en un sentido más profundo. 

            Por una parte este sentido “local” es explícito en textos, tanto de san Pablo como de san Juan, en los que se afirma la plenitud de la salvación en Cristo (Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado. [Jn 1,16-18]; Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud [Col 1,19]; En él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él [Col 2,9-10]; etc.). Por otra parte, en este texto de Hechos tenemos como principal argumento para afirmar que Cristo no sólo es instrumento de salvación, sino que él mismo es la salvación, que se comunica y participa a los hombres, la proclamación de la resurrección de Jesús: por la resurrección de entre los muertos, Dios constituyó a Cristo en hombre celestial, el primero en quien se da la plenitud de la salvación escatológica[14]

            La afirmación central se refuerza con la exclusión explícita de otros principios alternativos de salvación, fuera de Cristo. Otros aspectos de la expresión enfatizan esto, dándole una fuerza imbatible a la proclamación de Cristo Salvador. Así, en este sentido, tenemos la doble negación (no hay otro... no hay otro nombre...) y la proposición enfática de universalidad: ningún otro; otro nombre, bajo el cielo (equivalente a “bajo el sol” de Qohelet), entre (para) los hombres, valorado aún más por la indicación de necesidad (dei/). 

            Por otra parte, la expresión to. dedome,non tiene un sentido de pasivo teológico. Con esto se remarca que corresponde a una expresa y providente decisión divina el hecho de que el nombre de Jesús es el único que otorga la salvación. Por tanto, no es algo dejado al arbitrio humano o es objeto de futura designación o constitución: por voluntad de Dios estos son los tiempos escatológicos definitivos, en los que no hay otro principio para conseguir los bienes mesiánicos prometidos a Israel. 

            Un último matiz destacable es el hecho de que este beneficio de la salvación está íntimamente ligado a la aceptación plena en Cristo, instrumento universal de salvación, es decir, a la fe. Si bien este aspecto resalta más en el relato paralelo de He 5 (se menciona explícitamente la conversión y el perdón de los pecados), sin embargo es legítimo indicarlo aquí porque es el modo concreto como el cristiano (judío o gentil) se beneficia de la salvación. Por eso la aceptación de Cristo por la fe está muy ligada a la “necesidad” que indica el texto. Es necesario recibir solamente de Cristo la salvación, y es necesario creer en Él para ser salvados. 

            Los textos paralelos que pueden considerarse son claros: Los sacó fuera y les dijo: « Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme? [Ku,rioi( ti, me dei/ poiei/n i[na swqw/È] » Le respondieron: « Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. » (He 16,30-31). Entre los textos evangélicos tenemos: Y les dijo: « Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará » (Mc 16,15-16). El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él (Jn 3,36). Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre (Jn 20,31). Importante es también la relación que se establece entre el renacimiento espiritual operado en el Bautismo y la influencia de Cristo Salvador indicada en Tit 3,4-6 (Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador). 

Conclusión  

            Reafirmar el mensaje de este texto de Hechos no hace sino contribuir a la proclamación que ininterrumpidamente hace la Iglesia sobre el misterio de Cristo Salvador, de modo especial saliendo al cruce de ciertos peligros para nuestra recta confesión de fe y para la labor misionera fructífera, denunciados por la misma Iglesia en su Magisterio: “El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativistas, que tratan de justificar el pluralismo misionero, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se consideran superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo [...], la unicidad y universalidad del misterio de Jesucristo [...]. la subsistencia en la Iglesia Católica de la única Iglesia de Cristo. Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturalez filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: [...] la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.”[15]. La fe y la predicación apostólica más temprana nos confirman en la verdad. 


[1] Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 5.

[2] En alusión al conjunto de la crítica textual de Hechos, afirma Cerfaux: “El problema es más complicado que en el caso de cualquier otro libro del Nuevo Testamento, dado que las diferencias entre los dos textos, el «oriental» (los grandes unciales B S A C p45) y el «occidental» (D, las viejas versiones latina y siríaca, los escritores eclesiásticos latinos) provienen de un trabajo de recensión más profundo y más sistemático que en ningún otro caso. [...] Las variantes menores del texto occidental pueden estimarse de igual valor que las del texto oriental. Sugieren un texto fijado menos literariamente que el texto oriental, más vulgar, que multiplica los arameísmos y que pudo preceder a una edición culta. El texto oriental, por el contrario, sería el resultado de un trabajo de recensión que habría que localizar verosímilmente en Alejandría.” (L. Cerfaux, “Los Hechos de los Apóstoles”, en A. Robert – A. Feuillet, Introducción a la Biblia, II, Barcelona 1970, 351).

[3] Nova Vulgata, Vaticano 1979.

[4] En el mismo relato de He 3, Pedro dice en el v. 6: En el nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y camina.

[5] Cf. R. Funk (ed.), F. Blass – A. Debrunner, A Greek Grammar of the New Testament and Other Early Christian Literature, Chicago-London 1961, § 412.

[6] Se ha indicado que la fraseología de He 4,11 es distinta de la de los textos paralelos de Marcos (que corresponde con más exactitud a  los LXX) y a 1 Pedro, por lo que su fuente sería diversa (cf. R. Dillon – J. Fitzmyer, “Hechos de los Apóstoles”, Comentario Bíblico “San Jerónimo”, III, Madrid 1972, 456). A pesar de eso, consideramos que es mucho mayor el peso de la prueba a favor de una misma línea de tradición el hecho de la semejanza de contenido y de referencia veterotestamentaria, a pesar de obvias variantes de construcción.

[7] Así, p.e., Abigail asegura que su marido, Nabal (= necio), es lo que su nombre indica (cf. 1 Sam 25,25), y Esaú dice que el nombre de su hermano Jacob (= el que suplanta) es muy adecuado porque lo ha suplantado dos veces (cf. Gn 27,36). Y especialmente la etimología de los nombres de los patriarcas, en Gen 29,31 – 30,24.

[8] Cf. 1 Sam 24,21; 2 Re 14,27; Is 14,22; etc.

[9] Cf. Is 56,5; 66,22.

[10] Cf. J. Larraya, “Nombre”, Enciclopedia de la Biblia, V, Barcelona 21969, 547-548.

[11] Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la salvación y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación de tal forma que no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (He 4,12)” (n° 432).

[12] Cf. R. Fabris, “Gesù Cristo”, Nuovo Dizionario di Teologia Biblica (a cura di P. Rossano, G. Ravassi, A. Girlanda), Torino 41991, 618-619.

[13] Cf. S. Lyonnet, De peccato et redemptione, Roma 1972, 9-11. Es significativo que en el texto de Tito se adjunte al título de Salvador el de Dios: es una prueba clara del proceso por el que se aplica a Jesús títulos que el Antiguo Testamento reserva, algunos de modo exclusivo, a Yahvéh.

[14] Por cierto que no se niega ni se ignora el aspecto salvífico de la Pasión y muerte en cruz. De hecho en He 2,23 se dice que previo conocimiento y designio de Dios, [Jesús] fue entregado (e;kdoton)...”. Se trata de la misma raíz que to. dedome,non de He 4,12, y paradi,dwmi (me amó y se entregó a sí mismo por mí [tou/ avgaph,santo,j me kai. parado,ntoj e`auto.n u`pe.r evmou/]) de Ga 2,20.

[15] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 4.

 

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