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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
EL P. LAGRANGE, EXÉGETA. - P. Dr. Maurice Gilbert, S.J. |
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EL PADRE LAGRANGE, EXÉGETA P. DR. Maurice Gilbert, S.J. Tomado de «TEOLOGÍA ESPIRITUAL», XLIV (2000), 163-178 |
La obra exegética del Padre Lagrange se inscribe casi totalmente entre dos series de hechos. En 1893, León XIII publica su encíclica “Providentissimus” sobre los estudios bíblicos, que Pío XII celebrará y completará medio siglo más tarde, en 1943 en “Divino afflante Spiritu”. En 1894, aparece el primer volumen de la traducción francesa de la Biblia realizada por Agustín Crampon sobre los textos originales y en 1948 salen de la imprenta los primeros fascículos de la futura Biblia de Jerusalén. Lagrange no tomó parte en ninguno de los dos acontecimientos de finales del siglo XIX, mientras que aquellos que, en materia exegética, marcan la mitad del XX son con toda evidencia el coronamiento de su obra.
Enviado a Jerusalén por obediencia, permanecerá allí durante cuarenta y cinco años, de 1890 a 1935 y, cuando muere en Francia, en San Maximino, en el Var, en 1938, todavía estaba en pleno trabajo. Durante toda su vida, enseñó, publicó y sobre todo creó instituciones y órganos destinados a sobrevivirlo. En 1890, inaugura la École Biblique, que llamaría École pratique d’études bibliques, la primera de las que más tarde serían creadas en Jerusalén por diferentes naciones. En 1892, nace la Revue biblique y, en 1903, es el momento de la colección de Études Bibliques. En la Escuela, el P. Lagrange, que la dirigirá durante muchos años, enseña el resultado de sus investigaciones. Y en Revue biblique aparece una parte de sus enseñanzas, además de una cantidad de estudios y de recensiones de obras científicas publicadas en los cuatro puntos del planeta. A él se deben, de 1892 a 1938, doscientos setenta artículos y mil quinientas recensiones. En Études bibliques, editó catorce gruesos volúmenes, de los que más de la mitad conocieron varias reediciones con puestas al día y complementos. A todo ello deben añadirse otros quince libros de menor formato, cuyo valor no debería medirse por el número de sus páginas, entre los que cabe citar La méthode historique, de 1903. El P. Lagrange ha marcado profundamente la exégesis católica del siglo XX.
EL CONTEXTO: LA BIBLIA CUESTIONADA
Cuando el P. Lagrange llega a Jerusalén en marzo de 1890, la exégesis católica está sumida en una profunda crisis. Es verdad que el P. Rudolf Cornely, S.J., ha publicado, de 1885 a 1887, una introducción histórica y crítica de los dos Testamentos, que, tras dos siglos de inmovilidad, abre un nuevo período gracias a este monumento de ciencia real y de sana teología. Pero la Vida de Jesús de Ernesto Renan, aparecida en 1863, había causado enormes daños y todavía continuaba haciéndolos. Alfredo Loisy, que siguió un curso de Renan, comienza también su labor de zapa. En 1887, los tres volúmenes de François Lenormant sobre Les origines de l‘histoire d’aprés la Bible et les traditions des peuples orientaux, aparecidos desde 1880 a 1882, son puesto en el Índice. Muy pronto, en enero de 1893, Mons. Maurice d’Hulst, rector del Instituto Católico de París, causará un escándalo, sin darse cuenta, por un artículo sobre “La Cuestión bíblica”, que provocará la encíclica de León XIII.
Y es que desde el desciframiento de la antigua lengua egipcia por Jean-François Champollion en 1822 y el descubrimiento, hacia la mitad del siglo XIX, de la civilización y de las lenguas mesopotámicas, el conocimiento del Cercano Oriente antiguo había dado pasos de gigante. La Biblia, especialmente el Antiguo Testamento y sobre todo el libro del Génesis, aparecería en lo sucesivo en un marco histórico ignorado hasta entonces. Además, la paleontología hizo resonantes descubrimientos: al final del siglo XIX se sabe bien que la antigüedad del ser humano es, con diferencia, muy superior a lo que se había creído sobre la base de una cronología bíblica. De golpe, la interpretación del libro del Génesis estaba puesta en cuestión.
Para los racionalistas, que están en su mejor momento, la conclusión era clara: la Biblia se ha equivocado y no tiene derecho más que a ser criticada. Los autores católicos sin embargo, y con la sana intención de defender la verdad de la Biblia, se orientan en dos direcciones. La primera no ve en los textos bíblicos sino la alegoría; desde esa perspectiva el conflicto con la historia científica no tiene va sentido, pero la Biblia pierde todo su fundamento histórico seguro, lo que, evidentemente, es muy grave. La segunda dirección es el “concordismo” que, a pesar de todo, trata de encontrar un acuerdo entre la ciencia y la Biblia: se dirá, por ejemplo, que el relato de la creación en seis días, seguido del sábado de Dios, en la primera página de la Biblia, no debe entenderse en días de veinticuatro horas, sino en períodos más o menos largos que podrían corresponder a las posiciones científicas de entonces.
Tales son las graves cuestiones agitadas en el momento en el que el P. Lagrange entra en la palestra. Se juega [por] el honor de la Biblia y la autoridad de la Iglesia que se apoya en ella.
Muy pronto el Nuevo Testamento será también objeto de graves ataques. Los progresos realizados por la historia de las religiones y una lectura a menudo selectiva de textos neotestamentarios indujeron a algunos autores, entre ellos Loisy, a redimensionar la novedad de la persona y del mensaje de Jesús y a poner fuertemente en cuestión la relación que la Iglesia tiene con su fundador. Por todo ello, Pío X tuvo que intervenir de manera drástica en 1907, fecha precisamente en la que el P. Lagrange pasó del estudio del Antiguo Testamento al del Nuevo.
De alguna manera, la carrera exegética del P. Lagrange es contemporánea de las considerables dificultades que sufría la Iglesia en cuestiones bíblicas. Y es verdad que estas no se apaciguaron más que después de él. Esto es decir que Lagrange luchó continuamente en un campo de batalla siempre en favor de la Biblia y de la Iglesia.
LAGRANGE: ELEMENTOS PARA UN RETRATO
La originalidad e incluso la fortaleza del P. Lagrange consistió en su visceral convencimiento de que la verdad auténtica, venga de donde venga, no puede dañar a la fe cristiana y que la fidelidad más completa a la Iglesia y a su magisterio no puede de ningún modo conducir a una ruptura con la verdad. Por tanto —pensaba él— es posible ser al mismo tiempo riguroso y competente hombre de ciencia y sincero y leal creyente católico.
Quiso ser tan sabio como los mejores de su tiempo, y si algunos pudieron discutir algunas de sus posiciones, su competencia jamás pudo ser puesta seriamente en cuestión. Tuvo la enorme ventaja de vivir durante decenios en la tierra bíblica que había surcado en todas las direcciones durante los primeros años de su estancia en Jerusalén. Fue muy pronto epígrafo, geógrafo-arqueólogo, explorador, topógrafo, papirólogo, historiador. Llegó demasiado tarde al orientalismo, y aunque no tuvo un dominio total de las lenguas, las sabía lo suficiente como para continuar instruyéndose con las lecturas de los mejores autores, pronto para criticarlos en sus excesos, si los descubría. Por el contrario, en su juventud, había recibido una sólida cultura clásica y enseguida obtuvo el doctorado en derecho, con una tesis de derecho romano y otra de derecho francés.
Fue siempre un creyente sin rodeos ni fallos. Si hay una virtud a la que nadie nunca pudo reprocharle haber faltado es la obediencia a la Iglesia y a sus superiores, de voluntad y también de mente, como él mismo reconoció. El P. Cormier, Maestro General de la Orden en particular siguió atentamente sus trabajos tal y como exigía la censura romana a la que Lagrange siempre se sometió, salvo en dos ocasiones secundarias y justificables. Al principio del siglo se pretendió, a pesar de sus títulos académicos, que no era teólogo; pero su libro sobre San Justino (1914) y su comentario a la epístola a los Romanos (1916) probaron ampliamente todo lo contrario.
Habría que añadir que el P. Lagrange tuvo el acierto de rodearse de colaboradores y que tenía el sentido del diálogo científico. No es posible crear una escuela de alto nivel, ni una revista especializada, ni una colección de estudios que se impone por su calidad, sin haber reunido alrededor de estos proyectos nacientes un equipo inspirado en los mismos principios y cuya valía muy pronto quedaría probada. En materia de ciencia, no se puede vivir en aislamiento, sobre todo cuando la exégesis católica llevaba tanto retraso respecto a la protestante y anglicana. Este diálogo, cuya dimensión ecuménica es innegable, lo llevó a cabo el P. Lagrange, fundamentalmente en sus recensiones, cuyas posiciones siempre fueron tenidas en cuenta. Por ejemplo, cuando publicó en 1903 sus Études sur les religions sémitiques, el especialista alemán W. Baudissin hace el mismo año una reseña de veinticinco páginas en “Zeitschrift der Deutscben Morgenländischen Gesellschaft”, y el P. Lagrange, en la segunda edición de sus Études, tendrá en cuenta ciertas matizaciones de su recensor. Este tipo de diálogo, a pesar de que el P. Lagrange se lamentase del poco interés que la ciencia alemana dedicaba a sus investigaciones y publicaciones, lo mantendrá pacientemente durante más de cuarenta años, abriendo así la vía que el Concilio Vaticano II había de trazar.
La cortesía y el respeto hacia las personas fueron siempre cualidades reconocidas en el P. Lagrange, las que, por otra parte, le permitieron exponer la verdad con toda serenidad, ya que en materia científica, incluso cuando se toca los fundamentos de la fe, la verdad es la sola finalidad válida de toda investigación.
LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS (1893-1897)
Los más importantes descubrimientos, incluso en el terreno de las ciencias humanas, cuyos ecos se percibirán a lo largo de una vida, se hacen al principio de la madurez científica. Así le ocurrió al P. Lagrange como a tantos otros. Se trata aquí de tres descubrimientos o convicciones nuevas muy fuertes, porque iban a marcar no sólo al descubridor sino también a las generaciones venideras hasta la nuestra.
El primero se produjo en el desierto del Sinaí a principios de 1893. La Escuela hacía un viaje exploratorio, algo rápido, sobre las huellas de los hebreos durante su éxodo. Solamente más tarde, en 1926, y en sus Souvenirs personnels, el P. Lagrange reveló su profunda impresión y sus reflexiones sobre el Pentateuco. Tuvo entonces la convicción, confrontando los textos bíblicos con la realidad del terreno, de que el Antiguo Testamento practica una manera de escribir la historia “que no es la sobria historia tal como nosotros la concebimos” (p. 55): su modo de escribir “persigue otra finalidad” (p. 56). Desde ahí se podrían explicar las exageraciones de tipo oriental, las amplificaciones que nunca deberían tomar-se al pie de la letra, por ejemplo el número de hebreos en éxodo a través del desierto, pero manteniendo sin embargo que “la realidad sustancial de los hechos relatados en los cuatro últimos libros (del Pentateuco, del Éxodo al Deuteronomio) me pareció en perfecta armonía con la naturaleza del país, sus aspectos, su cultura, sus tradiciones” (p. 55). El P. Lagrange acertaba plenamente al resaltar la importancia de conocer los géneros literarios utilizados en la antigüedad cuando relatan la historia. Cincuenta años más tarde, Pío XII pedirá a los exégetas estudiar atentamente esos géneros literarios.
El segundo descubrimiento del P. Lagrange concierne a la explicación de la inspiración de la Escritura. Entre los teólogos y los críticos del texto bíblico se había creado un diálogo de sordos y las acusaciones recíprocas envenenaban el ambiente. El P. Lagrange pensó que era necesario clarificar desde el fondo las exigencias teológicas respecto a la Escritura. A pesar del éxito de otras teorías muy en boca en la época. se convenció de que sólo una vuelta a la doctrina de santo Tomás de Aquino sobre la inspiración permitiría clarificar un punto fundamental. Publicó, pues, entre 1895 y 1896, tres artículos en los que, siguiendo a algunos compañeros dominicos, mostraba que en la Escritura, todo es a la vez de Dios, causa principal, y del escritor sagrado, causa instrumental. Este último es movido por Dios, tanto en sus pensamientos y juicios como en su libre voluntad, su sensibilidad y sus modos de expresión. Todo en la Biblia, desde las imágenes hasta las palabras, está inspirado por Dios. Esta doctrina será asumida oficialmente por Pío XII en 1943, y el Concilio Vaticano II, sin utilizar la terminología escolástica, también la asumirá (DV, 11). En cuanto al reconocimiento de aquello que un autor inspirado afirma como verdadero, será necesario determinar sobre qué recae su afirmación y analizar detenidamente los modos de expresión utilizados, bien diferentes de los nuestros. El estudio de los géneros literarios será, pues, la primera consecuencia exigida por esta doctrina. También en esto Pío XII dará su aprobación.
El tercer descubrimiento del P. Lagrange clarifica la atribución del Pentateuco a Moisés. Lo hará durante un congreso celebrado en 1 897 en Friburgo y su texto aparecerá a principios del año siguiente en la Revue biblique. La tradición atribuía a Moisés la redacción de todo el Pentateuco, pero la crítica impugnaba de manera directa dicha atribución, al encontrar en el Pentateuco varios documentos de orígenes claramente posteriores. De nuevo, y sin pretender una solución definitiva al tema, que todavía debía agitar los espíritus durante mucho tiempo, el P. Lagrange afrontó la cuestión de principio: ¿A qué nos obliga, en este terreno, la fe católica? En otros términos, ¿la autenticidad mosaica del Pentateuco es parte del depósito de la fe? La respuesta es: no, pero esta depende del prejuicio. Por otra parte, si parecía necesario reconocer una evolución en la legislación del Pentateuco, nada impedía hacer remontar a Moisés el primer impulso de esta legislación y con ello quedaba a salvo el papel histórico de Moisés.
Todo esto significaba ir muy lejos y el P. Lagrange se dio cuenta, pues la autenticidad mosaica del Pentateuco estaba bien anclada en la mente de numerosos católicos “bien pensantes’. El P. Lagrange aparecía como un tránsfuga. Será necesario esperar al Concilio Vaticano II para que el carácter inspirado de un libro bíblico no tenga que estar unido necesariamente a la autenticidad literaria de su atribución.
Por estos tres descubrimientos, el P. Lagrange abría la vía de la exégesis católica moderna, le hacía salir de su entorpecimiento, y en adelante podía colmar el vacío que separaba a la teología y a la crítica bíblica.
LA PUERTA DEL ANTIGUO TESTAMENTO SE VUELVE A CERRAR (1903-1907)
En 1903 el P. Lagrange publica, uno tras otro, tres libros: La méthode historique, surtout à propos de 1‘Ancien Testament, Le livre des Juges, y Études sur les religions sémitiques. En 1907, Pío X prohíbe personalmente la publicación del comentario que el P. Lagrange había preparado sobre el Génesis. ¿Qué había pasado realmente?
A partir de 1896, el P. Lagrange publicó en la Revue biblique, varios estudios sobre el Génesis, comenzando por Gn 1 y Gn 2-3. Pero su artículo de 1898 sobre “las fuentes del Pentateuco” había provocado ciertos rumores. Mientras tanto, redacta un comentario completo sobre el Génesis, que estará a punto en julio de 1898, pero la censura de la Orden no autorizó su publicación.
En 1903, la aparición de la Méthode historique provoca una amplia controversia. Y sin embargo estas conferencias, pronunciadas en Toulouse en noviembre de 1902, no añadían nada nuevo en relación a lo que el P. Lagrange venía escribiendo en los últimos diez años en la Revue biblique. Retomaba su explicación tomista de la inspiración y del desarrollo histórico de la legislación del Pentateuco a partir de un fondo mosaico. Para Gn 1-11, en la historia primitiva hay que distinguir entre los diversos géneros literarios, sin negar, empero, la relación con la historia real. Apenas aparecido el libro fue criticado con acritud por A. Delattre, S.J., para quien el P. Lagrange no veía en el Antiguo Testamento más que mitos sin fundamento histórico. El P. Lagrange se defendió contra esta interpretación abusiva de sus teorías, y aunque el P. Delattie continuó acusándolo hasta 1908, el P. Lagrange desde 1905 no volvió a responderle.
De hecho, en plena crisis “modernista” Pío X se encuentra más cómodo con las ideas del P. Delattre. Sin embargo el libro del P. Lagrange jamás fue condenado por el Magisterio. La méthode historique del P. Lagrange llegaría a ser un clásico de la exégesis católica, dando así gloria a la Iglesia.
Cuando el P. Lagrange esperaba iniciar la colección de Études Bibliques con su comentario del Génesis, fue sin embargo su Le livre des Juges el que comenzaba la colección. Aunque este comentario recurre a la teoría documental, su efecto sería más bien mediocre y hoy es un libro muy sobrepasado. Por el contrario, los Études sur le religions semitiques fue durante mucho tiempo la principal obra en francés sobre el tema.
Y mientras tanto el comentario del Génesis seguía en dique seco. En 1905 una parte de este trabajo, el comentario de Gn 1-6, sin introducción, se imprime pro manuscripto, en sesenta ejemplares, destinados fundamentalmente a los miembros de la nueva Comisión Bíblica pontificia. Ésta, en 1905 y 1906, saca tres decretos que tratan los problemas abordados precisamente por el comentario del P. Lagrange. De modo especial, la Comisión admitía la posibilidad de encontrar textos en la Biblia con apariencia de historia, sin ser estrictamente históricos y, por otra parte, admite que en el Pentateuco cabe pensar que no todo ha salido de la mano del mismo Moisés. La Comisión, pues, entreabría la puerta a la investigación crítica, y esto tranquilizaba un poco al P. Lagrange. Sin embargo, privado de su introducción, la parte del comentario impresa pro manuscripto iba en oposición a las ideas mantenidas por los miembros de la Comisión: su concepción personal de la autenticidad mosaica del Pentateuco les conducía a rechazar el trabajo del P. Lagrange en esta materia. A todo ello debe añadirse que en 1907, Pío X tomó posición contra el “modernismo” y el P. Lagrange comprendió muy bien que la prohibición lanzada contra su comentario entraba de lleno en la política del silencio, es decir, había llegado el tiempo de dejar apaciguarse los espíritus y de reflexionar (Cf. Souvenirs, 170).
EL P. LAGRANGE PASA AL NUEVO TESTAMENTO (1907-1918)
El estudio crítico del Antiguo Testamento se había hecho imposible —y continuaría así hasta Pío XII—, por ello el P. Lagrange se volvería hacia el Nuevo Testamento. De hecho, desde 1903, había sido uno de los primeros en percibir el peligro que representaban las tesis de Loisy: por eso el P. Lagrange había criticado lúcidamente su librito sobre L’Evangile el l’Église y se proponía reunir todo un dossier sobre Le Messianisme chez les Juifs, una obra que aparecería en 1909. A pesar de las reticencias que el P. Lagrange experimenta con la lectura del Talmud, esta obra se impondría durante mucho tiempo. Como, por otra parte, Loisy, siguiendo su propio rumbo, continuaba publicando algunos trabajos sobre los evangelios e incluso sobre los orígenes del cristianismo a la luz de la historia de las religiones, parapetado por un aparato científico impresionante, Lagrange comprendió, a partir de 1907, que en este terreno podría ofrecer a la Iglesia valiosos y urgentes servicios. Por todo ello pasará simultáneamente al estudio de las religiones en el mundo greco-romano en sus relaciones con el cristianismo, y al de los Evangelios, a los que juntará también el estudio de las epístolas paulinas de Romanos y Gálatas. Esta tarea le ocupará más de veinte años.
Sobre las religiones greco- romanas publicaría, desde 1912 a 1937, veintiséis artículos científicos y su último libro, aparecido en 1937, estaría consagrado al Orphisme. Todo su esfuerzo de sabio investigador consistió en demostrar que desde análisis rigurosos no se podría probar que el cristianismo dependiese de las religiones paganas. El dogma cristiano y la figura de Jesús sobre todo guardaban su originalidad trascendente.
El primer comentario evangélico del P. Lagrange apareció en 1911. Estaba consagrarlo al Evangelio según san Marcos, con seiscientas páginas. En él el P. Lagrange afrontaba la “cuestión sinóptica” pero con una perspectiva diferente a la de Loisy. Se hablaba ya en la época de la teoría de las “dos fuentes”: cuando los tres evangelios de Mateo, Marcos y Lucas coinciden, Marcos debe ser la fuente de los otros dos, y cuando sólo Mateo y Lucas van de acuerdo, dependen de una fuente desconocida cuya existencia se buscaba; esta segunda fuente (la “Quelle”, se decía en alemán) no contenía más que discursos (también se decía “logia”) atribuidos a Jesús. Pero mientras Loisy estudiaba los tres evangelios sinópticos simultáneamente considerándolos como sospechosos, el P. Lagrange abordaba la cuestión estudiando en primer lugar a Marcos, del que apreciaba de manera especial su sabor. Desde 1896, estaba convencido de que la segunda “fuente” no estaba forjada solamente de discursos; también contenía hechos y, en el fondo, el P. Lagrange veía en ella el evangelio arameo de Mateo, del que hablaba la tradición primitiva. De cualquier modo, el P. Lagrange, en contra de Loisy y otros autores, demostró la unidad de estilo de Marcos, teñido de semitismos, y por tanto la unidad de autor. Respecto de Marcos, cabía apoyarse en hechos históricos: Marcos es un testigo digno de fe, sobre todo allí donde interviene lo sobrenatural, rechazado por Loisy y los racionalistas. En cuanto a la fecha de su evangelio, el P. Lagrange creyó poder afirmar, en 1911, que debería fijarse después del año 67. Sin embargo, después de su comentario de Lucas, cuya fecha le pareció anterior al año 64, tuvo que adelantar; en 1920, la fecha de Marcos, pues Lucas dependía de él. Por último, el final de Marcos, 16, 9-20, a pesar de ser canónico, no le pareció al P. Lagrange de la misma mano que el resto del evangelio: simple opinión, con toda reserva, escribe él.
Aparecido en 1911, este comentario valiente siguió cayendo mal, ya que la crisis “modernista” estaba lejos de haberse solucionado. En junio de 1912, la Comisión Bíblica publicó dos decretos en los que se trataba el terna de Marcos y el problema sinóptico. Y aunque el P. Lagrange pudo mostrar, como buen jurista, que nada de su comentario sobre Marcos caía bajo cl golpe de estos decretos, las autoridades no fueron de la misma opinión. Tres días después de la promulgación de los decretos de la Comisión Bíblica, el P. Lagrange fue puesto en entredicho nominalmente por otro órgano de la Santa Sede y varios de sus escritos, sin ninguna especificación, fueron declarados prohibidos.
Acusando el golpe, el P. Lagrange se sometió lealmente y abandonó la Escuela. Volvió, pues, a Francia, y Pío X, admirado por su obediencia, le invitó en junio de 1913 a retomar sus estudios en Jerusalén. Pero, ¿qué terreno convendría al P. Lagrange abordar en estas circunstancias?
Pues bien. Ocurría que en 1908 se había editado, por vez primera, el comentario que Lutero había realizarlo en 1515-1516 a la epístola a los Romanos; el manuscrito había sido descubierto en Berlín y, en 1917, el luteranismo celebraría su cuarto centenario. El P. Lagrange que había ya publicado un artículo sobre Rom 1, 28-31 en 1911, emprendía su comentario a toda la epístola, que aparecería en 1916, en plena guerra, mientras velaba desde París por la supervivencia de la Escuela Bíblica. Este comentario le posibilitó el estudio de la doctrina paulina de la justificación y de la fe, sobre cuya doctrina, por lo demás, coincidía parcialmente con algunos protestantes como Jülicher; Wrede o Zahn. Le pareció además que Lutero no había interpretado correctamente a san Pablo en puntos fundamentales. En cuanto a la actitud del P. Lagrange en materias ecuménicas, había escrito ya en 1915, en un artículo en inglés, lo que más tarde diría Juan XXIII; “es mejor subrayar lo que nos une que lo que nos separa” (en “The Constructive Quarterly”, 3, 505 s.).
El P. Lagrange publicaba en 1918 el comentario a la epístola a los Gálatas. El mismo año aparecía el texto de las conferencias que había pronunciado en París en 1917 sobre Le sens du christianisme d’après l’exégèse allemande, cuyas conclusiones citaría Pablo VI, por cuatro veces, en su discurso a la nueva Comisión Bíblica, el 14 de marzo de 1974. En particular, el primer capítulo muestra que “la Iglesia... se encuentra en buenas condiciones para explicar correctamente el sentido del primitivo cristianismo” (p. 12); en efecto, en buena crítica, “la intelección de los textos es más fácil cuando se está situado en el ambiente espiritual en el que vivía el autor” (p. 13); este es el caso de la Iglesia, mejor aún, “ella es la misma sociedad, depositaria de la misma fe; ella la continúa en una tradición ininterrumpida” (p. 14). Este principio fundamental subraya la ligazón inherente que une la Iglesia a la Escritura.
Los años 1907-1918 fueron los más duros que tuvo que vivir el P. Lagrange. Sospechas, alejamientos, hechos de guerra. Al final de todo ello, sin embargo, salió con la cabeza alta, más presto a servir que a gloriarse, si no era en el Señor.
EL EXÉGETA INDISCUTIBLE DEL NUEVO TESTAMENTO (1918-1938)
Al finalizar la guerra el P. Lagrange tenía sesenta y tres años. A la edad en la que muchos piensan retirarse, él iba a desplegar fuerzas extraordinarias al servicio del Nuevo Testamento, principalmente de los evangelios. ¿La prueba? Durante los veinte años que le quedaban de vida publicará ocho gruesos volúmenes en Études Bibliques, sin contar las reediciones corregidas y añadidas; cuatro libritos, casi un centenar de artículos, sin contar ahora las recensiones, siempre muy numerosas.
En este período se deben distinguir los dos decenios. Hasta 1928, el P. Lagrange se consagra al estudio de los evangelios: comenta Lucas (1921), Mateo (1923) y Juan (1925), compone una Svnopsis evangelica graece (1926) y propone una síntesis en L ‘Évangile de Jésus-Christ (1928), que contabilizan un total de más de tres mil páginas de ciencia y de teología. El último decenio es también fecundo. El exégeta aborda varias cuestiones conexas de primera importancia. En primer lugar, el medio ambiente, con un largo análisis sobre Le Judaïsme ava nt Jésus—Christ (1931) y otro sobre el principal de los misterios helenísticos, L’Orphisme (1937), después L’Histoire ancienne du canon du Nouveau Testament (1933) y finalmente la Critique textuelle (1935) del Nuevo Testamento.
Cada una de estas obras marca como una época y habla del vigor del autor que no desfallece. El P. Lagrange, a pesar de una salud que poco a poco se va deteriorando y aunque el cielo de la exégesis no se ilumina totalmente, adquiere por sus trabajos el respeto unánime y la admiración. Así Francia creará, en 1921 l’École Archéologique Française de Jérusalem, en estrecho lazo de unión con la Escuela Bíblica y bajo la autoridad del P. Lagrange, análoga a las de Roma y Atenas. La Escuela todavía se enorgullece hoy de llevar este doble título.
Sin embargo, no se dejaba a los exégetas libertad total de acción. Los decretos de la Comisión Bíblica, cuyas principales fechas van de 1905 a 1915, mantenían todavía toda su fuerza de ley. Incluso si el P. Lagrange, como buen jurista, estaba en condiciones de precisar correctamente el contexto y la parte de libertad dejada a los biblistas católicos, hay que pensar que estos decretos dificultaban la investigación. La crisis “modernista” lentamente se iba esfumando, pero esos decretos supusieron un freno para el exégeta católico hasta bastante después de la muerte de Lagrange. Este hecho permite comprender porqué el exégeta de Jerusalén no dio la impresión de tener las manos libres en toda circunstancia.
A pesar de todo y retomando el comentario de los evangelios, uno tras otro, el P. Lagrange marcaba sus distancias respecto a Loisy y los racionalistas. Su comentario de Marcos, reeditado con sencillas correcciones en 1920 y más tarde seriamente revisado y aumentado en 1929, partía del principio de que, para combatir la crítica independiente, era necesario ponerse en su lugar, el de la crítica interna —de hecho la crítica literaria—, pero sin ninguna clase de prejuicios, como el rechazo del sobrenatural, que tan a menudo mancillaba la exégesis racionalista. Esta crítica literaria, aplicada a Marcos, había conducido a resultados que no contradecían la crítica externa, es decir, el de los testimonios antiguos, sobre los que las autoridades eclesiales se apoyaban preferentemente.
El comentario de Lucas proporcionó al P. Lagrange la ocasión de abordar concretamente la “cuestión sinóptica”. La comparación, muy estricta, de Lucas con Marcos le llevó a afirmar que Lucas, siendo un verdadero autor y no un simple compilador, dependía estrechamente de Marcos en las secciones que les son comunes. En cuanto a las otras, Lucas depende de otras fuentes que el P. Lagrange no estudió de manera profunda, pero entre las que postula, no el evangelio canónico de Mateo, sino una forma griega del primer texto arameo de Mateo.
El comentario de Mateo retomó este problema del evangelio arameo de Mateo. Para el P. Lagrange, entre éste y el evangelio canónico de Mateo, existe una identidad sustancial. Nuestro Mateo griego deja incluso percibir que traduce un original arameo. Por el contrario Mateo depende de Marcos en otros puntos, por ejemplo, en las citas del Antiguo Testamento que, en sus lugares comunes, están hechas tanto en el uno como en el otro sobre los Setenta. Nuestro evangelio griego de Mateo es, pues, posterior a Marcos, pero precede a la toma de Jerusalén por Tito en el año 70.
Quedaba sin comentar el evangelio joánico. El análisis de los datos proporcionados por el cuarto evangelio condujo al P. Lagrange a afirmar ano el autor; testigo ocular; debió ser cl apóstol Juan. Tesis tradicional, pero entonces, en la época del P. Lagrange, la crítica liberal hacía de este evangelio una compilación griega de mitad del siglo II sin valor histórico alguno. Juan había salido del medio judío del siglo I. Y no había necesidad, por tanto, de ver en su evangelio influencias gnósticas o helenísticas.
En este punto, la crítica siguió al P. Lagrange. ¿Quiere esto decir que el evangelio joánico es una unidad perfecta y fue escrito de un tirón, como enseña el P. Lagrange? He ahí una cuestión sobre la que su crítica literaria no parece haber ido bastante adelante. Algunos exégetas católicos de renombre no han seguido aquí al P. Lagrange, pues sus respectivos análisis les indujeron a descubrir en este evangelio varios estratos literarios. Sobre el simbolismo, que Lagrange reconoce, se mantuvo más bien reticente. ¿Temía que el valor histórico de este evangelio se resintiera por ello? Por el contrario, sobre la teología joánica, propuso, al final de su introducción, un largo capítulo de gran nivel y de verdadera profundidad.
Estas observaciones sobre la manera cómo el P. Lagrange explica cada uno de los evangelios no deberían hacer olvidar lo que es común a todos sus análisis. ¿Será necesario repetir que estudió cada texto, cada versículo, cada expresión con la mayor agudeza, buscando trabajar siempre desde fuentes de primera mano? Esto es lo que proporciona seguridad y da riqueza a sus comentarios evangélicos. Pero hay algo más, ya que pueden señalarse tres características en sus análisis. Mientras que Loisy y otros autores dirigen sobre estos textos una mirada suspicaz, el P. Lagrange los lee “cum amore”, según su propia expresión. Su misma vida de creyente, de sacerdote, de religioso, ¿acaso no se fundamenta sobre el testimonio que los evangelios dan de Cristo, al que él mismo se ha ofrecido? Por otra parte, el exégeta Lagrange se inscribe en una tradición en la que brillaron particularmente los Padres de la Iglesia. Su conocimiento de la patrística, siempre de primera mano, lo puso al servicio de sus comentarios de tal manera que pudo escapar de las generalidades, muchas veces abusivas, que por pereza mental tantos otros repiten sin verificación alguna. Este recurso directo a los Padres no solamente enriqueció el comentario, sino que muestra también cómo el P. Lagrange se introduce en la gran tradición eclesial. A pesar de las exigencias de la crítica, él quiso proponer una exégesis teológica, aprovechando cada ocasión que se le ofrecía, y llevándola hasta los terrenos de la espiritualidad pura. Esta es la razón por la que se mostró tan completo en exégesis cuyos comentarios tuvieron tal impacto en ambientes católicos.
El P. Lagrange completó sus estudios sobre los evangelios en dos obras de síntesis. La primera fue una sinopsis de los evangelios en griego (1926). Para elaborarla no tuvo más que retomar los materiales diseminados en sus comentarios sobre los cuatro evangelios. A través de este instrumento de trabajo, cómodo y preciso, hizo un servicio a los seminaristas y a los exégetas sin olvidar al gran público, ya que esta sinopsis fue traducida al francés, al catalán, al italiano, al holandés, al inglés y al árabe!.
La segunda obra de síntesis, dirigida al público en general, es L’Évangile de Jésus-Christ, que apareció en 1928, traducida también a varios idiomas, entre ellos el alemán. Obra de ciencia que no se explaya demasiado, ya que todo está explicado en sus comentarios, pero también obra de fe y de amor: la introducción y el epílogo son la mejor prueba. De hecho lo que hace esta síntesis es leer los evangelios: “Los evangelios son la única vida de Jesucristo que puede escribirse. Se trata de comprenderlos lo mejor posible” (p. VI). ¿Quién podrá decir cuánto bien ha hecho este volumen a las almas, de las que tanto se preocupó nuestro autor?
Con ello se concluía un decenio extraordinario de la vida del P. Lagrange. Pero todavía le faltaba uno más de su vida en el que no abandona ni las investigaciones ni las publicaciones. En 1931 publica amplias panorámicas sobre Le Judaïsme avant Jésus-Christ. Sin rivalizar con E. Schürer se propone ofrecer lo que le parece esencial en el plano de los hechos y de las doctrinas, también a niveles literarios, tanto del judaísmo palestino como de la diáspora egipcia. Y aunque los escritos rabínicos no gozaron de sus simpatías más que a principios de siglo, reconoce, sin embargo, la existencia de hermosas páginas en particular sobre el amor de Dios. La importancia que concedió a los esenios es asombrosa, teniendo en cuenta que Qumrán no sería descubierto sino en 1947: Lagrange pensó que debían atribuirse a esta secta ciertos escritos judíos como Los Jubileos o Los testamentos de los doce patriarcas. Autores recientes son de la misma opinión.
El P. Lagrange emprendió muy pronto — ¡a su edad!— una amplia introducción al estudio del Nuevo Testamento. Debía tener cuatro partes, pero la tercera, sobre la crítica literaria, no llegó siquiera a iniciarse. La primera trata del canon del Nuevo Testamento (1933): el P. Lagrange insiste sobre el criterio de canonicidad que representa, a sus ojos, el lazo de unión de estos escritos con los Apóstoles. Críticas más recientes, y por otros caminos, le siguen los pasos.
Dos años más tarde aborda la crítica textual, de la que ofrece la segunda parte, la crítica racional. Había esperado que la primera, debiendo presentar los manuscritos, sería redactada por R. Devresse, pero éste desistió del proyecto y no publicaría nada sobre el tema hasta que en 1954 ofrece una obra fundamental. El P. Lagrange, respecto a la crítica racional, y desafiado por los más recientes descubrimientos—por ejemplo, de los papiros de la colección Chester Beatty—, creyó que se hacía necesario superar las simples comparaciones materiales. Y para clasificar los manuscritos debía partirse de ciertas visiones generales que unificasen criterios de algunos testigos. Llegaría a favorecer el texto del gran códice Vaticanus, escrito a principios del siglo IV, sobre lo que todavía hoy se le da la razón.
Finalmente, en 1937, salía su última obra, la única que pudo escribir sobre la crítica histórica, según su amplio proyecto. Allí trataba, como se recordara anteriormente, del Orfismo. Cuando la muerte le sorprendió, estaba corrigiendo las pruebas de un artículo en el que trataba de retomar los problemas de fondo que le habían preocupado a principios de siglo: esperaba poner al día su comentario sobre el libro del Génesis. El Señor dispuso las cosas de otra manera.
¿QUÉ QUEDA DE UNA OBRA COMO LA SUYA?
Entre los exegetas católicos de su tiempo, el P. Lagrange fue el que dio el mayor impulso a la renovación, de ahí que la exégesis católica de los últimos sesenta años le sea ciertamente deudora. Una vez reanimada bajo Pío XII, pudo recuperar el retraso que llevaba desde poco más de un siglo y adelantarse.
Ciertas tesis defendidas por el P. Lagrange, señaladas en páginas precedentes, permanecen como convicciones comunes. Otras, en cambio, no resistieron a más amplias investigaciones y el mismo P. Lagrange reconoció haberse equivocado más de una vez. Lo que queda de más sólido del P. Lagrange es, a la vez, su método y su espíritu.
En el plano del método, su aproximación histórico-crítica aparece siempre corno de capital importancia —la Instrucción de la Comisión Bíblica de 1993 lo volvería a repetir—, incluso si los nuevos métodos han producido frutos evidentes. Con el P. Lagrange hay que admitir que el respeto a los textos es primordial, y tanto para comprenderlos como para mostrar las diversas etapas de su redacción es evidentemente necesario aportar siempre pruebas sólidas, lo cual implica razonar con vigor y sin prejuicios, sean del orden que sean.
En el plano del espíritu, apreciar el texto que se estudia es condición necesaria para penetrar en su comprensión. Con mayor razón cuando estos textos fundamentan la fe de los creyentes. El Concilio Vaticano II ha recordado cómo la teología debe estar animada por la Escritura y, por tanto, la exégesis no puede dispensarse de la apertura y de las orientaciones marcadamente teológicas. Sin ellas el texto bíblico no podría ser entendido en su justa perspectiva. La relación recíproca que existe entre la Biblia y la Iglesia es el fundamento de esta exégesis que culmina en la teología. El Vaticano II ha pedido a los exégetas ayudar a la Iglesia a madurar su comprensión de la Palabra divina (DV, 12). Por su parte, el P. Lagrange había respondido a este deber. La exégesis es desde entonces un servicio hecho a la Iglesia y a sus miembros, convicción que animará durante medio siglo al exégeta dominico de Jerusalén. Con él cabe, en fin, pensar que si los cristianos un día se dividieron a propósito de la Escritura, es volviendo a ella como la unidad cristiana encontrará uno de los medios más eficaces para reconstituirse.
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