Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

EL PERFIL HUMANO Y ESPIRITUAL DEL P. LAGRANGE - Bernard Montagnes, O.P.

 

EL PERFIL HUMANO Y ESPIRITUAL DEL P. LAGRANGE

 P. Bernard Montagnes, O.P.

 Tomado de «TEOLOGÍA ESPIRITUAL», XLIV (2000), 135-162

 

 

 

 

El estado civil de Albert-Marie-Henri Lagrange, futuro fray Marie-Joseph en religión, se presenta así: nació el 7 de marzo de 1855 en Bourgen-Bresse (Am) de Claude-Pierre, notario en Bourg, y de Elisabeth Falsan, que contrajeron matrimonio en Lyon el 1 de mayo de 1850. De este matrimonio nacieron nueve hijos de los cuales solamente cinco sobrevivieron, dos chicos (Albert y el segundo) y tres chicas.

 

 

LA HERENCIA FAMILIAR

 

“Mi mayor deseo es que se sepa todo lo que debo a mis padres” escribía el P. Lagrange en octubre de 1930.

 

La infancia de Albert Lagrange transcurre en Bourg en un ambiente familiar feliz, en una especial intimidad con su madre y sus hermanas, dado que su padre a menudo se hallaba más dedicado al estudio que a la familia. Aunque era muy afectuoso, Claude-Pierre resultaba un tanto distante. Su carácter reservado lo mismo inspiraba el respeto que la ternura. “Yo sabía que ocupaba un gran espacio en su corazón”. Hombre resuelto, de naturaleza enérgica, capaz de defender y proteger a los suyos, hecho para gobernar y administrar el bogar familiar; era un jefe de familia en el sentido más tradicional. Trabajador nato, Claude-Pierre se convirtió en uno de los notables de Bourg, al ocupar la notaría más importante de la ciudad y como consejero del obispo y miembro activo de su parroquia. Cristiano hasta la médula, se muestra fiel cumplidor de las enseñanzas de la Iglesia. Todo ello le convertirá en “víctima de una dura persecución como clerical”[1]. De carácter leal, inspiró a sus lujos el sentido del honor y la justicia, al que el P. Lagrange otorgará tanto valor.

 

 

“La rectitud era la norma esencial de la educación que daba a sus hijos; según él, un verdadero cristiano era, en primer leal; un hombre honrado”[2].

 

 

Su madre, la frágil Elisa, como se decía de ella en el momento de su boda, es una mujer hogareña, consagrada a proporcionar felicidad a los suyos, sobre los que reina con su ternura. Antaño había sentido pasión por la pintura, pero renunció a ejercer sus talentos artísticos de otro modo que no fuera decorando a su casa. Su delicadeza de corazón es tal que únicamente ve el bien y la belleza: el resto se le escapa. Saca su fuerza de la oración, aunque su mística, enteramente lionesa, es práctica. Con Albert, no le falta ni intuición (había tenido, desde la infancia de éste, como una visión de su sacerdocio; también se dio tempranamente cuenta de su inclinación por la historia) ni firmeza (seminarista en Autun, ella le invita a dar muestras de fortaleza; novicio dominico, le exhorta a la humildad y la obediencia). De su madre, el P. Lagrange no corría el peligro de heredar el arte de recaudar y de hacer fructificar el dinero: “Cuando soy prior, inmediatamente bajan las finanzas”[3].

 

Lo que recibió de su madre se trasluce en el análisis que realiza del desarrollo humano de Jesús:

 

 

“Se diría que hubo en él [Jesús], como en tantas otras figuras de la historia, algo de la influencia de su madre. Su gracia, su exquisita finura, su dulzura indulgente eran muy propias de él. Pero justamente por eso se distinguen los que han sentido a menudo su corazón como empapado por la ternura maternal, su espíritu afinado por las conversaciones con la mujer venerada y tiernamente amada que gozaba iniciándoles en los matices más delicados de la vida”[4].

 

 

A sus padres, el P. Lagrange les guardaba un afecto apasionado, que evoca en sus notas de retiro:

 

 

“¡Qué vínculos!, pues mi amor por estos seres queridos era apasionado, profundo; esa ternura que ellos tenían conmigo, simpre la he considerado como el bien más preciado. Nada me habría distanciado de estos padres queridos, ninguna consideración de fortuna o de ambición... ¡Dejarles!”[5].

 

“Cuando dejé a mi buena madre, me pareció que sólo un amor más fuerte podría vencer mi indecible ternura por esta madre tan amada”[6].

 

 

Este desgarramiento lo sufrió el mismo Jesús, él, cuyas huellas no ha hecho más que seguir el P. Lagrange:

 

 

“Él ha mostrado con su ejemplo que el cariño a la familia y al clan, deber sagrado, no era el deber único y supremo. No podía entrar en su ministerio sin dejar a los suyos, y quiso declarar que de todos, prefería a los que eran dóciles a la palabra de Dios. Pero, durante treinta años, se había consagrado a su madre y a su padre adoptivo. ¿No amaban a sus madres esos jóvenes que arrancaban de sus lágrimas para ir a cumplir su deber, ellos que, al morir no tenían mas que ese nombre en sus labios?”[7].

 

 

EL HOMBRE

 

Del P. Lagrange, todos los que le conocieron subrayan a porfía su afabilidad, su distinción[8], su educación[9], su urbanidad[10], que le hacían sentirse cómodo tanto con el último de los hermanos conversos como con los grandes de este mundo.

 

Su reserva podía parecer fría, pero aquellos que le trataban no tardaban en descubrir en él un hombre caluroso y atento a los otros. Al acogerlos, tenía con ellos “gestos de infinita atención, gestos de madre”[11]. Cuando recibía a estudiantes o a visitantes, después de comer,

 

 

“le agradaban esos contactos. En su habitación o en el jardín, te hacía sentar junto a él; traducía contigo griego, hebreo o alemán, corregía sin desmayo tus errores, te daba cuenta de los trabajos escritos, te exponía su punto de vista acerca de las cuestiones que le consultabas; era un profesor incomparable en estos encuentros que él deseaba ver multiplicados”[12].

 

 

Lejos de encerrarse buscando preservar la serenidad indispensable para su labor científica, sabía hacerse cargo de aquellos que más lo necesitaban. Así lo experimentó Alphonse Denat:

 

 

“Nos conocía a todos como un pastor conoce a su rebaño, y cuando yo fui una oveja definitivamente perdida, cuando dejé el rebaño, él fue casi el único de mis antiguos hermanos, de mis antiguos profesores, que me envió cartas de cuatro páginas, que me consolaron durante terribles horas, y que posiblemente hicieron que mi fe permaneciese absolutamente inquebrantable”[13].

 

 

Su vivacidad contrastaba con la placidez del P. Cormier, quien le reprochaba sus “arrebatos”.

 

 

“El P. General [Corrnier] me reprochó siempre mi impresionabilidad y mi vivacidad; no se equivocaba. (.) Mi bien conocida precipitación había estropeado las cosas (...) El P. General había reparado y prevenido a la perfección las desagradables consecuencias de mis arrebatos”[14].

 

 

    En su Carnet de voyage che 1935, Jean Guitton lo describe como un “espíritu rápido, un poco precipitado, explosivo, impetuoso, veloz en la toma de decisiones”. Sin embargo, el P. Lagrange no era un impulsivo desordenado: su vida, como su obra, muestran una continuidad ininterrumpida, una maduración sin rupturas. Hasta tal punto que, para describir sus actitudes profundas, cabe citar un texto de cualquier etapa: ningún otro, ni anterior ni posterior; lo desmentirá. Era un hombre de proyectos a largo plazo, concienzudamente madurados, nunca abandonados (al menos por su parte). Si órdenes superiores le obligaron a abandonar el terreno minado del Antiguo Testamento, no abandonó sin embargo el combate científico. La misma rigurosa continuidad se manifiesta del primero al último día en las actitudes fundamentales de su vida dominicana, en su escrupulosa obediencia a los responsables de la Iglesia y de la Orden, en su adhesión convencida a la doctrina de santo Tomás de Aquino, en su indefectible fidelidad a la oración litúrgica así como al rezo del Rosario. Sin duda alguna, los dones de la gracia vienen aquí a coronar la capacidad de la naturaleza.

 

Un humanista: lo era por su cultura, él que, para descansar de sus trabajos científicos, se deleitaba leyendo en el texto original a los clásicos griegos o los diálogos de Platón, las obras de Dante, de Shakespeare, o de Goethe. Lo era también por su experiencia del mundo, adquirida en París durante sus estudios de derecho, cuando frecuentaba conciertos y espectáculos, exposiciones y conferencias, o incluso competiciones deportivas, sin contar las discusiones amistosas bajo las umbrías dcl Luxembourg. Pero lo era sobre todo por los valores humanos sobre los que no transigía: el honor (no sólo el de la Iglesia o la Orden, sino también su honor como hombre, cristiano, religioso), la lealtad (“si alabáis —aconsejaba él— leed atentamente; pero si se trata de una crítica importante, leed tres veces’’[15]), la justicia, que él apreciaba por encima de todo:

 

 

“No puede ser malo practicar ha justicia con todo el mundo, y esa flor de la justicia que es la educación; la imparcialidad que de esta manera se atestigua no hace sino dar aún más peso a las críticas que acompañan a los elogios”[16].

 

 

Como, en 1907, el Bulletin de la semaine había publicado una crítica, injustificada según el P. Lagrange, envió a la revista una rectificación que concluía así:

 

 

“Eso lo digo porque un católico ha de ser inflexible con la verdad, la justicia y, si es el caso, con el reconocimiento”[17].

 

 

    Este retrato quedaría muy incompleto si no figurasen en él las extraordinarias cualidades de corazón que encerraba ese hombre reservado y pudoroso. Éstas se manifiestan en ha confianza que el P. Lagrange siempre mostró con los jóvenes, ayudándoles así a dar lo mejor de sí mismos[18]. Fue esa simpatía la que, cuando tenía más de ochenta años, atraía junto a él en Saint-Maximin a François Daumas y a Antoine Guillaumont, por aquel entonces jóvenes estudiantes de Montpellier, que llegarían a ser eminencias universitarias[19]. Otro indicio revelador: las cartas dirigidas a destinatarios a los que, en principio, el P. Lagrange no conocía familiarmente, que se hacían cada vez más afectuosas a medida que la amistad crecía. Así sucede en sus relaciones con Eugène Tisserant[20], con Gustave Bardy[21], con Bruno de Solages[22], con Stanislas Lyonnet[23], con Robert Devreesse[24], por no decir nada de la correspondencia que mantuvo con los viejos amigos, tales como Henry Hyvernat o Albert Condamin[25]. En cuanto a la amistad por excelencia (que también pudo existir con otros sin haber dejado rastro), es la que mantuvo con el P. L.- H. Vincent, a quien el P. Lagrange había dejado una despedida tan emotiva en el momento de ser expulsado de Jerusalén, el 14 de diciembre de 1914:

 

 

“He recorrido todos los rincones del querido San Esteban antes de marchar; he tenido mi tristeza del Olympio, pero se cambió en acción de gracias cuando pensé en toda la dicha que hemos sentido sirviendo a Dios en esta soledad, trabajando en lo que pensábamos que era el honor de ha Iglesia, el bien de las almas, el reino de Jesucristo nuestro salvador. Vuestra amistad ha sido para mí una fuerza y una alegría, a menudo fuente de sufrimientos, pero está bien así”[26].

 

 

La dedicación de Orphisme al P. Vincent en 1937 provocó cierta sorpresa en Roma, cuando el manuscrito llegó para su censura[27]. Redactada solemnemente en latín, a modo de inscripción lapidaria, dirigida al P. Vincent “in omni munere vitae amicissimo”, va acompañada de una carta pública al destinatario, cuyo tono y términos recuerdan la despedida privada de 1914:

 

 

“Nuestra amistad nació cuando nos vimos, en Jerusalén, hace más de cuarenta y cinco años, y fue el vínculo de una colaboración que se continuó en los viajes de estudio, visitas a museos, un constante intercambio de puntos de vista sobre los objetivos de nuestros trabajos. El acuerdo, nunca exigido, era por ello más fácil, y todos los matices personales, cuidadosamente respetados, se fundaban en la misma fe, la misma esperanza, el mismo amor de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Siempre hemos creído reconocer, por su dulzura, la protección de la Virgen fiel: gracias a ella, sin duda, nuestro afecto, cada vez más fuerte y sólido, debe haber conservado el encanto de los primeros días, cuando dos almas se dan cuenta de que están hechas una para la otra. ¿Podía la prueba lograr otra cosa que no fuera estrechar este entendimiento de corazón y de espíritu? ¿Qué podía hacer el alejamiento sino volver más sensible nuestro apego a la obra común? Por estos beneficios doy gracias a Dios.

 

 

    ¿Convenía confesar en público estos sentimientos tan íntimos? Me ha parecido, sin embargo, tan cerca como estamos dcl jubileo, que me estaba permitido decir en voz alta todo el consuelo que había aportado a mi vida una amistad tan verdadera”[28].

 

 

 

EL SABIO

 

“Que exista una cuestión bíblica —escribía el P. Lagrange en 1895— como existe una cuestión social para los hombres de estado es difícil no reconocerlo. Y esta cuestión bíblica implica una solución científica, como recordaba no lince mucho la encíclica Providentissimus: el fundamento del teólogo es la autoridad inquebrantable de la Palabra de Dios pero la respuesta a las preguntas que la ciencia suscita, tiene el deber de dirigirlas a la misma ciencia”[29].

 

El P. Lagrange se enfrenta al drama intelectual que constituía para la Iglesia católica el choque de la exégesis crítica de la Biblia procedente de las universidades protestantes de Alemania. Querer tomar en la Biblia todo al pie de la letra creaba un peligro para la fe; cuestionar el libro inspirado en nombre del método histórico producía otro no menos grave. El Antiguo Testamento constituía el campo de batalla más terrible, especialmente los primeros libros de la Biblia, no sólo para saber si el Pentateuco había sido escrito por el mismo Moisés, sino sobre todo para saber qué interpretación había que dar a los relatos primitivos. Respecto al Nuevo Testamento, la Vie de Jésus publicada por Renan en 1863 revelaba otras tantas dificultades en lo tocante a la interpretación de los relatos evangélicos; ahora bien, casi nada de la literatura católica en contra de Renan aportó una respuesta que se pudiese tomar seriamente en consideración.

 

    La ambición del P. Lagrange es arrancar al adversario su arma más terrible, volver, en beneficio del creyente, un instrumento científico que parecía una amenaza para la fe, convertirlo en un medio de inteligibilidad para una lectura teológica de la Biblia: tal es “la mayor empresa intelectual que puede emprenderse” declaraba[30]. Por ello, se sitúa en la herencia directa de Santo Tomás de Aquino (del que se reconoce deudor): lo que el primero hizo con la filosofía aristotélica, él lo realizará con la crítica histórica... Semejante forma de servicio apostólico de la Iglesia para la salvación de las almas exige que uno se imponga, por medio de una competencia indiscutible, a la consideración del mundo científico, en lugar de encerrarse en el blando cascarón del mundo eclesial, descansando en la seguridad ilusoria de una confortable rutina. También significaba, y el P. Lagrange lo sabía, correr el riesgo de recibir golpes por los cuatro costados.

 

Establecerse en Jerusalén le permitía confrontar el texto y el terreno: a diferencia de Loisy, el P. Lagrange no quiso nunca encerrarse entre libros. Él actuó personalmente sobre el terreno, en el transcurso de viajes (a veces peligrosos) de enseñanza y exploración, recogiendo inscripciones o vestigios arqueológicos, inspeccionando los tajos de has excavaciones. Tal como él deseó, la Escuela de Jerusalén era una escuela práctica de estudios bíblicos, concebida bajo el modelo epistemológico de la Escuela práctica de estudios superiores de París. “La consigna era —cuenta Monseñor de Solages, que fue su alumno—: Mirad, pues. No diréis: lo ha dicho el P. Lagrange; lo habéis visto vosotros mismos”[31].

 

Al mismo tiempo, el carácter científico no era para él un fin en sí mismo, ni la exégesis bíblica era un simple capítulo de la historia de las religiones: ahí radica la diferencia esencial con Loisy. La Biblia, que debe ser interpretada con todos los instrumentos científicos que proporciona la modernidad, la recibe el P. Lagrange en la Iglesia, como la palabra de Dios. La exégesis bíblica, tal como él la entiende, constituye una lectura teológica de la Biblia, que debería desembocar en una teología bíblica, fruto último al que nunca dejó de aspirar “Dominicos, por tanto, teólogos”[32]. Así definía la Escuela de Jerusalén. Ningún compartimiento estanco debe separar la exégesis de la teología, la búsqueda científica de la adhesión creyente.

 

 

“No, no es ocioso relacionar las palabras fe y razón, ciencia y conciencia, dogma y crítica; al contrario, no hay deber más elevado para la inteligencia humana que el de unirlas. Si se trata de las ciencias naturales, es demasiado evidente que ellas no pueden conducir a la más mínima apariencia de desacuerdo con la fe. Otro tanto puede decirse del resultado definitivo de una exégesis y de una crítica verdaderamente científica”[33].

 

 

Lo que en 1898 todavía no era más que una declaración programática se convirtió en 1938 en una obra realizada.

 

Para no encerrarse en un orientalismo erudito, para abordar con franqueza las cuestiones más espinosas en lo que respecta a la Biblia, el P. Lagrange renunció a recorrer el tranquilo camino de los honores universitarios, comprometiéndose en el más arduo de la crítica y de la prueba. Se guió igualmente por una rigurosa deontología. Y, ante todo, por no sacrificar las exigencias de la verdad a consideraciones oportunistas.

 

 

“¿No es mejor exponer mi tranquilidad e incluso mi reputación que callarme en virtud de una prudencia según la carne?”[34].

 

 

Nunca, ni siquiera para complacer a la autoridad de la Iglesia, ceder a la orientación integrista entonces dominante.

 

 

“Si hallan en mí tendencias peligrosas, no pido sino callarme, pese a mi convicción de estar en el camino cierto. Sólo buscamos el bien, y nos callaremos si el silencio es lo mejor”[35].

 

 

Lealtad y sinceridad son valores en los que el P. Lagrange no transigía.

 

Consideró siempre perjudicial ahogar la libertad de la investigación por medio de medidas coercitivas, incluso con los adversarios más encarnizados.

 

 

“Soy demasiado amigo de la libertad de escribir, tan necesaria para los escritores por la dignidad de la Iglesia, como para pedirle que intervenga haciéndolos callar. Le pido sin embargo que me conceda un poco de libertad para responderles de vez en cuando”[36].

 

 

¿Podía permitir que impunemente pisotearan su reputación? Es lo que le pregunta al Maestro de la Orden “guardián de su honor de cristiano y de religioso”[37]:

 

 

“Una larga experiencia me ha convencido que no hay que dejar poner en sospecha ni la ortodoxia ni la honradez. Casi siempre hay lugar para responder uno defendiendo su honor de cristiano y su lealtad”[38].

 

 

Respecto a la libertad necesaria para sus propios trabajos, le fue mezquinamente racionada por autoridades demasiado timoratas.

 

 

“Para continuar en estas condiciones, hay que estar profundamente penetrado por las urgentes necesidades de las almas”[39].

 

 

Profundamente convencido de esta obligación apostólica, ni el control mezquino ni la represión brutal pudieron jamás derribar su ánimo.

 

 

 

EL CREYENTE

 

    El P. Lagrange se caracteriza por su indefectible fidelidad a la Iglesia en un tiempo —el de la crisis modernista— en que semejante constancia no era algo fácil. Pese a ello, su adhesión filial fue sometida a dura prueba por los dirigentes de la Iglesia. [...] El Maestro de la Orden, el P. Cormier, no se prodigaba en dar ánimos. Por ello, las publicaciones del P. Lagrange no dejaron de ser obstaculizadas, desde los comentarios del Génesis en 1907 hasta los últimos artículos todavía suprimidos en 1937-1938. Pese a ello, el P. Lagrange nunca se sustrajo a sus responsabilidades. Apartado del Antiguo Testamento, comenta a S. Marcos. Censurado por Roma tras su publicación de S. Marcos, se dedica a las epístolas de S. Pablo. ¿Quién sabe si, tras una nueva condena, no pasaría al Apocalipsis?

 

En 1912-1913, golpeado por la represión, condenado por Roma, obligado a alejarse, confía a un amigo:

 

 

“Pienso que si he servido a la Iglesia lo mejor que he podido mediante la acción, ha llegado el momento de servirla por la oración, y que todo está bien cuando hay que sufrir algo”.

 

 

Para otorgar carta de ciudadanía en la Iglesia católica a la exégesis histórico-crítica, el P. Lagrange tuvo que pagar un precio. En él, la exigencia científica más rigurosa iba a la par de una fidelidad religiosa sin desmayo; de un extremo al otro de su carrera, fue un fraile Predicador consagrado al servicio apostólico de la verdad.

 

Su fidelidad se enraíza en la oración. Quienes fueron a Jerusalén en busca de un maestro, descubrieron también a un orante. “Le vimos en oración”, atestiguan. A través de las páginas discretas de los Souvenirs personnels se adivinan algunas experiencias espirituales decisivas. Se conoce también su devoción filial a la Virgen María, cuyo rosario no deja de rezar. Sabemos igualmente de su devoción al cura de Ars (de quien había recibido la bendición), a Teresa de Ávila (a cuyas reliquias había peregrinado desde Salamanca), a Margarita-María Alacoque (a la que le unía un lejano lazo de parentesco y de la que esperaba para la Orden una renovada devoción al Sagrado Corazón). Sin duda lo menos visible es lo más decisivo: el incesante vaivén del laboratorio al oratorio y viceversa, su labor científica sorbía su savia de la oración secreta.

 

Así, en un cuaderno de notas eruditas recogidas en 1905 con el fin de preparar un libro sobre el Reino de Dios, tenemos la sorpresa de descubrir, tras una páginas de erudición, una nota tomada durante un retiro en octubre de 1905, en la que el P. Lagrange esboza el plan de su estudio: los profetas, Jesús, la Iglesia. A continuación, en la misma página:

 

 

“¡Manos a la obra! Navidad 1905. Obligado, a pesar de mis tendencias, a pesar de lo que ya está en curso, a pesar del peso de la tarea que me hace estremecer y que me espanta, por un tipo de incitación interior que se reproduce cuando la he rechazado, me pongo a trabajar; implorando el auxilio de María... por el honor de Jesús, el bien de las almas... Da mihi virtutern contra hostes tuos... Me siento tan incapaz de llevar a cabo esta obra que tú, oh Jesús, pareces pedirme, que esta misma impotencia debe atraerme tu auxilio”.

Ste. Stephane, o.p.n. 26 diciembre 1905”[40].

 

 

    Tras semejante efusión espiritual, que no sorprendería en el Journal spirituel, pero que resulta inesperado en un texto técnico, las notas de trabajo retornan en la página siguiente. Aquí tenemos un escape que nos revela la fuente de la que el P. Lagrange sacaba su inspiración.

 

      De forma menos personal, en Conseils pour l’étude, que dirigía a los jóvenes dominicos llegados desde 1890-1891 para realizar sus estudios de teología en Jerusalén, sin duda aducía, mediante citas de S. Jerónimo y de San Agustín, su propia experiencia cristiana.

 

 

         “Contemplación: (Jerónimo al presbítero Paulino, LIII, 10) ‘Yo te pregunto, hermano muy querido: vivir entre textos sagrados, meditarlos, no conocer ni buscar nada más, ¿no crees que es ya, desde aquí abajo, habitar el reino celeste?’

 

        Predicación: (Agustín, De doctrina christiana, IV c. 5, 7) ‘Un hombre habla con mayor o menor sabiduría según que haya realizado un mayor o menor progreso en la ciencia de las sagradas Escrituras’ ”[41].

 

    Si en la Compañía de Jesús contó con amigos a los que estimaba profundamente (Albert Condamin, Alfred Durand, Leonce de Grandmaison, Jules Lebreton), si incluso se complacía en repetir salus ex jesuitis (al menos cuando se incorporaron a la buena causa de la exégesis crítica), también encontró adversarios intratables, a los que no tenía derecho a replicar. Su último recurso no era otro que la oración. A su amigo dominico el P. Faucher; que tenía por patrono a san Francisco Javier; “es mi santo de confirmación”, explicaba; “le pediremos que su Compañía no se ensañe demasiado con nosotros”[42]. Mientras las hostilidades le golpeaban de lleno, de paso por Roma, fue a celebrar una misa en el altar de san Ignacio, de quien esperaba la reconciliación[43].

 

De la aprobación que recibió de León XIII -menos como una garantía administrativa revocable que como una experiencia espiritual irreversible- el P. Lagrange, establecido en la paz, confortado en la confianza, seguro de no hallarse en el camino equivocado, sacó fuerzas para proseguir hasta el fin el combate emprendido. De su gran provecto, él no vislumbró el éxito más que de lejos; él sufrió sobre todo sus vejaciones. A él se le dio sembrar con lágrimas lo que otros recogen con alegría:

 

 

“Verdaderamente, hemos creado un movimiento, otros recogerán el fruto: nos basta haber trabajado para Dios”[44].

 

 

 

EL DOMINICO

 

La profunda vinculación del P. Lagrange tanto al fundador[45] como a la institución de la Orden de Predicadores se mide más por los comportamientos que por las declaraciones. Desde su toma de hábito en 1879 hasta su último día en 1938, nunca desmintió su fidelidad a santo Domingo. Todo lo más, en un momento crucial, pensó en retirarse a la Cartuja[46] para desaparecer de un combate en el que su presencia parecía indeseable[47] pero, en realidad, jamás tomó en serio semejante hipótesis.

 

Lo que llama la atención, es su amplitud de miras, en la que brilla su magnanimidad. Su pertenencia dominicana no hizo de él un hombre partidista. Ser hijo de Domingo no era para él mas que una forma de ser hijo de la Iglesia[48]: sin duda se consideraba mejor definido como dominico católico que corno dominico a secas. Con mayor motivo, se sintió ajeno a las oposiciones que perpetuaban en Francia la discordia entre los discípulos de Lacordaire[49]: impregnado por el liberalismo del P. Lacordaire[50] y, sin embargo, hijo espiritual del P. Cormier, realizó su obra en Jerusalén bajo la dependencia directa del Maestro de la Orden, con la ayuda de seis frailes procedentes de cada una de las tres provincias francesas[51]. Cuando la Orden tropezó con los cálculos mezquinos en los que andaban enredadas las provincias en orden a salvaguardar celosamente su singularidad, “el espíritu de las provincias, respondía, no está escrito en las Constituciones”[52]. La mirada lúcida que dirigió a su propia provincia de Toulouse[53], a la que, con todo, amaba, testimonia el mismo alejamiento de todo sectarismo.

 

En San Esteban de Jerusalén, el P. Lagrange vivió en un convento cuya observancia regular no era menor que la de cualquier otro convento de la Orden[54]. Sin duda se había vuelto más austero todavía a causa del alejamiento de la madre patria y por la ascesis de la vida de estudio. Conjugar enseñanza e investigación, como hacia la Escuela Bíblica, hizo más ardua su tarea, pero el clima espiritual de la vida dominicana se reveló benéfico:

 

“Los apoyos que ofrece la vida religiosa, escribe el P. Lagrange, parecían que debían suplir a todo. El ideal de sacrificio que comporta permitía afrontar una larga jornada lejos de las dulzuras del hogar y de la patria; y su ideal de fraternidad debía crear sobre el suelo pisado por Cristo una verdadera escuela familiar en la que todos los conocimientos se pusieran en común. (...) Los religiosos son, por definición, hombres que han renunciado a los encantos de la existencia común para dedicarse más de cerca de las verdades divinas que la Biblia enseña o, todavía más, que colocan el encanto de la vida en seguir los consejos de Jesucristo, fin de las Escrituras”[55].

 

 

Religioso de perfecta regularidad, irreprochable en todo, el P. Lagrange hacía de la obediencia un absoluto, aunque incluso en la obediencia se comportaba como hombre libre. Seguía en esto la exhortación de la regla de S. Agustín (bajo la que santo Domingo colocó a sus hijos) a comportarse non sicut  servi sub lege, sed sicut liberi sub gratia constituti. Antes de 1914, fue llamado a ejercer cargos de responsabilidad en el convento, bien como vicario (1891), bien como prior (1892-1895, 1907-1910, 1910-1912) o como subprior (en épocas en que los priores a menudo estaban de viaje), hizo respetar la regularidad, no tanto imponiendo su propia autoridad cuanto estimulando la responsabilidad de cada uno.

 

“Dominicos, por tanto teólogos”, los frailes de la Escuela Bíblica, siguiendo al P. Lagrange, no buscan llegar a ser simples orientalistas ni puros arqueólogos. La orientación personal de la labor exegética del P. Lagrange se definió claramente:

 

 

“Los estudios bíblicos deben ser antes que nada, teológicos”[56].

 

“En la Orden de santo Domingo, la erudición no ha sido nunca la satisfacción de una curiosidad ociosa, sino que siempre ha debido coordinarse con la más sólida teología”[57].

 

 

Con esta condición, el Fraile Predicador ejercerá el ministerio de los doctores al servicio de la Iglesia, ministerio que les vale, también a ellos, la aureola, explica el P. Lagrange:

 

 

“porque su ardiente búsqueda de la verdad terminaba en Dios, y esto no era especulación abstracta, sino amorosa contemplación”[58].

 

 

 

El P. Lagrange era bien consciente de su responsabilidad apostólica. La compasión de Santo Domingo por la salvación de las almas él la experimentó especialmente ante el desconcierto en que los avances de la ciencia arrojaban los ánimos. Incluso tras el decreto Lamentabili, explica, continúa siendo posible la libertad para

 

 

“una defensa crítica e histórica de la verdad, la única que tiene hoy acceso a ciertos espíritus, aquellos incluso que se hallan inquietos y cuyas angustias deben conmover el corazón de quien tiene para con ellos un alma fraterna”[59].

 

 

El que trabaja en el progreso de las ciencias bíblicas no está animado por un reformismo anárquico. No busca otra cosa que la misericordia de la verdad[60]. Sus móviles, que sus adversarios disfrazan, son los de una pastoral del espíritu:

 

 

“El bien de las almas siempre hambrientas de un fuerte alimento intelectual, el deseo de que el trabajo y el espíritu humano sirvan a la verdad, el celo por el honor de la Iglesia, a la que nunca debe atribuirse lo que se presta a las burlas de los infieles, como enseñan san Agustín y santo Tomás”[61].

 

 

    Las exigencias de esta forma de servicio a la verdad las tenía bien medidas porque primero se las había aplicado a sí mismo, adquiriendo la competencia científica más rigurosa, la más capaz de imponerse al mundo sabio. Del P. Vincent Scheil, futuro descifrador y traductor de la estela de Hammurabi, que había llegado a Jerusalén en 1890 o 1891 procedente de Mossoul, el P. Lagrange escribe:

 

 

“Desde que el P. Scheil llegó a Jerusalén hace cuarenta años, me decía que le pedían que editara en árabe textos de S. Gregorio Magno: “eso sería más conforme a su vocación”. Yo me permití decirle: ‘Convertíos en el primer asiriólogo de Francia: eso estará todavía más en consonancia con vuestra vocación”[62].

 

 

De este modo realizó íntegramente el P. Lagrange su vocación dominicana.

 

 

 

EL ESPIRITUAL

 

El descubrimiento fortuito en Jerusalén, en enero de 1995, del segundo cuaderno del Journal spirituel (de 1896 a 1932)[63], revela los trazos dominantes del perfil espiritual del P. Lagrange en sus años de madurez[64]. El documento permite entrar en el corazón de un ámbito reservado al confesor o al director; pero que sobre todo es el del diálogo íntimo con Dios en la oración.

 

    Habituado desde el noviciado a un incansable trabajo sobre sí mismo, como muestra el primer cuaderno del Journal spirituel (de 1879 a 1895), el P. Lagrange no manifiesta la más mínima complacencia con los fallos que descubre en sí mismo y que se reprocha severamente. La molicie o la cobardía, la escasa inclinación hacia la mortificación o la seducción de la belleza. En este ámbito moral, la lucidez que sobre sí mismos muestran los espirituales avanzados excede de tal forma las normas ordinarias de los cristianos de a pie que la severidad de sus exigencias sorprende. Ahora bien, medir su insuficiencia por comparación al rigor ascético —preconizado entonces por todos los maestros espirituales y superiores religiosos— hubiera podido empujar al P. Lagrange al desánimo si la misericordia en la confianza divina —y en la Madre de misericordia— no le hubiera conducido hacia el sentimiento de su propia miseria. Miserere mei, Jesu benigne, escribe en el borde de su cuaderno y que va repitiendo según camina.

 

 

“He releído mis notas del noviciado: ¡qué constante decadencia! ¡qué aplicación, qué fervor el de entonces! No puedo volver a ello. Pero quizá conozco mejor mi debilidad, estoy más abandonado a la misericordia de Dios. Él podría abandonarme, cierto, pero no lo hará... Oh buen Jesús, abandonar a un hijo de María...” (17 octubre 1925).

 

 

Más que insistir aquí sobre la comprobación negativa, a la que procede el P. Lagrange, preferimos subrayar sus rasgos positivos, tal como él mismo los formula. Y en primer lugar, la intención de consagrarse al servicio de la Iglesia:

 

 

“Creo estar seguro, oh Dios mío, en tu luz, de no actuar ni por vanagloria, ni por la agitación de un espíritu inquieto, sino por el honor de tu Iglesia... Tu ves mi corazón.., y te plugo a ti, oh Bien Supremo, que esté también seguro de serte agradable, de no perderte...” (20 diciembre 1900).

 

“Dios mío, en la luz de mi conciencia, en la tuya, me es imposible pronunciar que yo no he querido trabajar por la Iglesia, por el bien de las almas. Con muchas miserias, pero creo que la intención recta estaba en ello” (28 septiembre 1914).

 

“El honor de la Iglesia, creo que siempre lo he querido, pero me parece estar siempre oyendo: quare tu enarras iustitias meas... [Ps 49,16] ¿Se digna Dios servirse de un pecador como yo?... (19 octubre 1917).

 

 

A continuación los tormentos de la obediencia, para el que quiere —como el P. Lagrange— conciliar la docilidad sincera a la autoridad con la búsqueda leal de la verdad. No discute la autoridad de la Santa Sede. El P. Lagrange la recibe con fe como autoridad divina: “Dios está en ello” (septiembre 1878)[65]. Un año después del decreto Lamentabili  y de la encíclica Pascendi observa:

 

 

“Es un hecho cierto y digno de ser apreciado sobrenaturalmente, que esta fuerza interna de la palabra del Papa para fijar los espíritus, acallar muchas inquietudes, muchas confusiones peligrosas...” (19 septiembre 1908).

 

 

¿Es preciso, se pregunta en 1908 el P. Lagrange, ir más allá de la obediencia debida al Santo Padre “hasta darle un testimonio exterior (...) de adhesión entusiasta?” Y de nuevo en 1909: “¿les necesario salir de mi discreción, realizar adhesiones llamativas, en lugar de aceptar simplemente y con toda sumisión lo que viene de la Santa Sede, según las normas de la teología?” Sin vacilar, responde:

 

 

“No creo verdaderamente que sea ese mi deber ¿Hace falta que todo consista en arrastrarse, e incluso en adular cuando es un hecho que estas tendencias (de la autoridad) pueden cambiar?” (21 de septiembre 1909).

 

“No veo que sea ese mi deber, incluso creería estar traicionando mi conciencia, puesto que en suma no se me pide nada concreto... (...) Si se condena, me someto por anticipado. Pero cambiar opiniones que yo creo verdaderas para agradar, aunque fuera al soberano Pontífice, en una situación tan grave, en la que es deber de cada uno esclarecerla, aunque sea por el silencio.., abandonar tantas almas que se aferran a esta libertad...”[66] (septiembre 1909).

 

“En mi caso, lo que resulta angustioso, es esta serie de decisiones destinadas a cortar el paso, a reparar las brechas, todo en un sentido contrario a lo que nosotros hemos hecho aquí. Someterse, está hecho. Pero ¿es bastante? ¿no es suficiente la disposición de hacer más si se pide más? Una vez más, en presencia de Dios, pensando en la muerte, en el amor de Jesús, en la protección de María, no creo que sea necesario ir más allá en el sentido indicado. Cuando apareció el decreto Lamentabili, me esforcé en defenderlo, pero para cada una de esas decisiones... Obediencia gozosa, sin rechistar, pero dejando la responsabilidad a aquellos que se la toman” (1 octubre 1913).

 

“Estoy dispuesto a hacer lo que se me pida. Dar aprobaciones estridentes, buscar complacer no se exige.- Silencio” (3 octubre 1913).

 

 

Las declaraciones precedentes datan del período anterior a la guerra, en el que la crisis modernista era muy virulenta y en el que las autoridades de la Iglesia y de la Orden se mantenían muy en retaguardia. Inmediatamente después de la guerra vino un breve período de tranquilidad, que se señala en el Journal spirituel

 

 

“Ayer al atardecer, un sentimiento muy dulce de paz: in pace in idipsum... Creo que frente a la Santa Sede, no tengo nuevos pasos que dar para señalar mi sumisión, y espero que el P. General [Theissling] me conseguirá algunas buenas palabras del Santo Padre” (23 septiembre 1921).

 

 

A continuación las dificultades vuelven con más fuerza, reflejándose en nuevos tormentos interiores:

 

 

“Jesús mío, yo no soy nada; ¡qué felicidad! Pero quiero pertenecerte. ¿Puedo ser bastante pequeño, bastante inútil, bastante nada para pasar por novicio.., el último en llegar, que debe aprenderlo todo, ... Te pido como una gracia singular que, respecto a lo que he enseñado y escrito, por una voz autorizada apacigüe mi conciencia; después el olvido; el inicio de una verdadera vida interior... como tú quieras   (Viernes Santo 30 marzo 1923).

 

“Gran sentimiento de abandono: el punto de ansiedad, es la cuestión doctrinal; creo que mis intenciones son puras; pero posiblemente les ocurrió lo mismo a ciertos herejes. Lo que debe tranquilizarme, es que siempre lo he sometido todo a examen, que tengo la sincera intención de abandonar, dle retractarme de lo que se quiera. Entonces me abandono. [...]

 

Yo me decía que mi verdadera acción sobre las almas era por el estudio. Pero ¿y si las almas han sido confundidas? [...] ¡Sólo que, en vez de edificar, he perturbado a tantas almas!. Cruel perplejidad... Qué carga, aunque las autoridades parecen ahora más favorables, distinguen entre antes y ahora. Perdona, Señor; mis ignorancias” (27 septiembre 1924).

 

 

El P. Lagrange permanece entonces en la misma disposición interior de pacífica obediencia, de docilidad sincera, de humilde dependencia:

 

 

“Renuevo la expresísima declaración que he manifestado a menudo, todavía recientemente al P. General [Paredes]: lamento sinceramente, desde el fondo del corazón no haber sido bastante dócil a la dirección de mis superiores y de la Santa Sede. No he practicado la obediencia más que en sus límites ciertos... sin preocuparme demasiado de lo que se deseaba, dejando en manos de Dios el resultado. Por lo demás, someto absolutamente todo lo que he escrito al juicio de la Santa Iglesia, representada por el Papa, Vicario de Jesucristo. Si tal palabra debe ser condenada, la retracto con antelación.

No creo sin embargo haber tenido nunca mala fe: siempre he tenido un deseo ardiente de propagar los buenos estudios, estudios que, en otras manos, habrían dado gloria a la Iglesia. No creo engañarme sobre mi talento, que siempre ha sido mediocre, no terminando las cosas más que a fuerza de búsquedas, tan cariadas, que es claro que no he destacado en nada. Siempre he trabajado demasiado a prisa, renunciando a mejorar mis escritos, de modo que volviendo a ellos he encontrado lagunas, descuidos, incoherencias. Que mi buen Jesús se digne perdonarme: verdaderamente hubiera querido hacerle conocer y amar, aunque fuera de forma secundaria e imperfecta. [...]

[firmado:] fr M.-J. Lagrange, B.Mariae servus et filius” (22 octubre 1927).

 

 

Último rasgo -pero no el menor- de la figura espiritual del P. Lagrange: su devoción omnipresente a la Virgen María, especialmente bajo la invocación de Inmaculada, a la que se consideraba consagrado desde antes de su nacimiento. He aquí lo que escribe el 1 de octubre de 1924:

 

 

“Regina sacratissimi Rosarii o.p.n. Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros.

 

En 1854 se erige en Bourg, sobre el retablo principal de la Iglesia, una estatua Mariae Inmaculatae Deiparae... a la que he dedicado el comentario de los Jueces. Qué grande debió de ser la alegría de mi madre, nacida en Lyon, al pie de la Virgen Inmaculada de Fourvière, amante de las Hijas de la Caridad a las que acababa de concederse la Medalla milagrosa... ¡Cuántas veces debió ella de encomendar a la Inmaculada al hijo que llevaba! Yo nací el 7 de marzo de 1855, la primera fiesta de Santo Tomás tras la proclamación del dogma...

 

Es igualmente singular que en el noviciado yo recitara tan a menudo el oficio parvo de la Inmaculada Concepción, y que mi única prueba en el colegio Santo Tomás haya sido el ser echado a la calle por haberme levantado cuando un profesor quería imponernos la fórmula de la Summa... Esto tuvo un gran influjo sobre mis disposiciones doctrinales... Luego mi operación, que yo no quise intentar en Lausanne porque María no estaba cii esta clínica, y que se hizo junto a la Iglesia de Fourvière, que yo miraba tan a menudo antes y después.

 

Esta mañana me he dado cuenta de que tras el cambio litúrgico yo había reemplazado la misa del Rosario por la misa Salve Sancta parens, sin pensar bien que estos días podría decir la misa de la Inmaculada Concepción como hacía en otro tiempo en las fiestas simples. Hoy he retomado mi antigua costumbre... Sálvame, mi buena Madre: se dirá que has sido buena y compasiva al salvar a este pobre y miserable llevándolo a tu Hijo... Sí, llévame a sus pies, aver-gonzado, arrepentido, deseando amarle, hacerle conocer, hacerle amar

 

 

Su actitud interior hacia María es la de la santa esclavitud [...]. Beatae Mariae servus et filius, se proclama el 22 de octubre de 1927.

 

 

“Sigamos siendo un pequeño servidor de María, humilde y escondido...” (22 septiembre 1921).

 

1Me habéis rescatado, oh María! Soy vuestro liberado, vuestro servidor, vuestro hijo”. (24 septiembre 1921).

 

“He puesto especialmente en las manos de mi Madre el resto de mi vida... Creo que ella ha aceptado... Nueva razón para no hacer ningún acto de propia disposición”. (3 abril 1926).

 

“Muy dulce Virgen, renuevo mi abdicación y mi servidumbre entre tus manos. Pero: Monstra te esse matrem servi tui” (14 octubre 1929).

 

 

Su obra de exegeta también está colocada bajo su invocación, pues tiene “la esperanza de recibir de María la leche de la sabiduría divina” (26 septiembre 1921):

 

 

“Estoy seguro de que lo que he hecho está impuesto por la obediencia, querido pues por Dios... Respecto a la doctrina, en ciertas cosas nuevas, estoy demasiado animado para caminar en lo que yo creo que es la verdad... no me he escondido, quieren que continúe: pedir prudencia en la oportunidad no es pedir un brusco cambio de opinión. Seamos pues prudentes, sobre todo respetuosos, en una sincera humildad. Y tú, María, Reina de la Verdad, la Luz, haz que vea” (27 septiembre 1898).

 

“He renunciado a todo lo que se me ha pedido, sin poder decidirme a continuar estudios puramente profanos de una forma definitiva... Puede que la buena acogida del P. General al volumen sobre el mesianismo sea un indicio; ¿puedo emplear útilmente mis fuerzas en los evangelios, a los que llego tan tarde, con sentimiento de indignidad, temor dc los peligros, pero con una atracción renovada por la persona de Jesús, mi Señor?... Y en todo esto... cadent a latere tuo mille et decem millia a dextris tuis... En esta salvaguarda tan admirable, siempre he reconocido la mano che mi Buena Madre...” (21 septiembre 1908).

 

“Muy consciente de que importa poco que yo haga el comentario de S. Juan. Tú puedes suscitar otro, mil que lo harían mejor. Pienso que después de mi bautismo, el 12 mayo 1855, fui conducido al altar de María, y con la estola colocada sobre mí, se leyó el evangelio In principio... Si desde entonces, me has impuesto esta tarea, eso me honra, pues sabes que me juzgo indigno” (15 julio 1922).

 

“Pero bueno, ¿cómo es que todavía no ha sido condenado?’ me decía el P. Lehu. En mi interior, se lo agradecía a María, mi Madre; es lo que siempre hay que hacer Magnificat, menos por mí, para quien la humillación habría sido saludable, que por aquellos a los que habría dañado...” (22 octubre 1925).

 

 

De manera particular, la redacción de L ‘Évangile de Jésus-Christ en 1925 se hizo bajo el signo de María:

 

“Dulcísima Madre, María Inmaculada, reina del santísimo Rosario, comienzo [L’Évangile de Jésus-Christ] para agradarte a ti, y por ti a tu Hijo: ayúdame. Hazme conocerlo mejor, concédeme amarle y permanecer unido a sus sentimientos, tener para ti su amor, su ternura, y siendo también tu esclavo, la docilidad y la devoción de un buen servidor. S. José ruega por mí. Santo Domingo, ayuda a tu hijo. [firmado:] fr M.-J. Lagrange” (12 junio 1927).

 

“En el hospital de Marsella, había prometido ya a Ntra. Señora escribir su vida, si era posible, o al menos algo equivalente... Siempre he vuelto a esta idea, aunque muy poco convencido de llegar a ello pasando por el largo rodeo de la filosofía. Algo bastante simple. Al fin comencé el 22 julio, he continuado y ahora está escrito —casi la mitad— L’Évangile de J. C., un comentario muy simple de la sinopsis... Algunos pequeños estudios secundarios. Agradezco a su santísima Madre haberme dado bastante salud y facilidades para hacer este trabajo, que quizá pueda hacer bien a algunas almas. Mi intención es continuar.

 

En Marsella... Dios ha permitido, querido esta enfermedad: seguramente para mi bien si hubiera sabido aprovecharla... He estado sumido en la impotencia, me he abandonado... cuántas impaciencias sin embargo... he rezado y, quizás por primera vez, he sentido un verdadero deseo de conocer en el cielo a santo Domingo y a otros santos. Cuántas veces he recitado durante la noche el Veni Sancte Spiritus et emitte caelitus... o el Sacris Solemnis; mi confianza en María, a la que iba a saludar de lejos en su santuario dc Nuestra Sra. de la Garde...”   (15 octubre 1927).

 

 

Temiendo que la censura romana no autorizase L’Évangile de Jésu-Christ, se vuelve hacia María:

 

 

 “Impresiones de amargura: retraso de L’Évangile de J.C. a finales de noviembre. Temor de que sea detenido. Ansiedad por el futuro de la Escuela. Fuerte inquietud por la formación de los estudiantes de Saint-Maximin. ¿Acepta nuestro Señor que yo trabaje todavía para mí mismo, o quiere que me consagre únicamente a formar a otros? Procuro situarme en la indiferencia. Undique angustiae. Me parece sin embargo que si yo no deseo verdaderamente hacer más que lo que quiere mi Jesús, en lo poco que me queda dc vida, incluso si es un tercer lote, sufrimientos sin acción.., será más duro, pero todo mi destino está en las manos de María, no quiero rechazar nada, pedir nada, aunque soy débil”. (18 octubre 1928).

 

“Tengo la fuerte impresión de que se mc prohibirá la publicación de L’Évangile de J. C. Pues bien, no quiero dormirme, mi buena Madre, sin prometerte por escrito que en este caso, mi primera acción será decir un Magnificat: la segunda, someterme humildemente”. (24 octubre 1928).

 

 

La continuación de sus trabajos científicos, y hasta su objeto, están confiados de igual forma a María:

 

 

“Así, el 8 de septiembre me pongo de nuevo entre las manos de mi Madre y Maestra: por eso no hago ninguna gestión: la iniciativa debe venir de ella. He dudado mucho si hacer un manual de crítica textual. Renuncio. Me parece que es mejor abordar la cuestión de los orígenes del misticismo. (...) El misticismo, ausente en Platón, exterminado por Aristóteles, estaba en germen en el A.T. con el amor de Dios: se desarrolla in Christo Jesu. A tus pies, Madre tiernamente amada, Ama a la que quiero obedecer” (8 septiembre 1928).

 

“¿lEs necesario renunciar al estudio, prepararme para la muerte por la oración, al comenzar la vía purgativa? Me parece, oh María, que todavía debo trabajar para tu Hijo, para hacerlo conocer y amar, desear... He vuelto con una íntima persuasión de que este era el designio de Dios. ¿Por eso estoy todavía redactando un libro? Renuncié a la crítica textual durante el retiro; ¿por qué he vuelto inmediatamente después? Deseo sinceramente verme libre de ello, será una señal que tú prefieres; ante Jesucristo; su idea me vuelve esta noche, con una especial evidencia, de la que formará parte lo que denominaré Judaísmo y Helenismo... Serán dos partes que harán desear tu llegada, oh Jesús. La tercera parte, después de J.-C., será para otro... Entonces, encárgate tú de prepararme a la muerte, oh Madre mía buena”. (9 octubre 1929).