Foro de Exégesis y Teología Bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

El Estudio científico de la palabra de Dios (Prólogo de la «Revue biblique n°1» [1892]) - P. Marie-Joseph Lagrange

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 El Estudio científico de la palabra de dios

(Prólogo de la «Revue biblique n°1» [1892])

P. Marie-Joseph Lagrange

 

 El primer número de la Revue Biblique, fechado en 1892, apareció en realidad a fines de diciembre de 1891. (Cf. Lagrange Marie-Joseph, Le père Lagrange au service de la Bible. Souvenirs personnels, Coll. Chrétiens de tous les temps, Paris. Cerf, 1967, p. 41.)

El presente prólogo no llevó firma en la Revue, pero Lagrange reivindica su paternidad en Souvenirs personnels (p. 43).


 

PRÓLOGO

 No hay necesidad de hablar, en la primera página de esta revista, de la importancia de los estudios bíblicos, pues nadie se pregunta hoy en día “¿Para qué sirve estudiar la Biblia?” Sin embargo, ante el anuncio de una revista especializada consagrada a la Sagrada Escritura, uno podría querer formularle a sus redactores diversas preguntas, todas las cuales –a mi parecer - podrían reducirse en tres: “¿Es bueno ocuparse de la Biblia en una revista?” “¿Cuáles serán los temas?” “¿Cuál será el espíritu?”

Vamos a responder a estas preguntas con la simplicidad y la claridad que reclama una interrogación autorizada.

I

La Biblia es un libro inspirado. Sea cual sea la parte que se conceda a la colaboración del hombre, es un libro cuyo autor es Dios y cuya interpretación auténtica sólo corresponde a la Iglesia. Desde los primeros siglos se la consideró un depósito sagrado; durante la persecución de Diocleciano, hubo cristianos que murieron para evitar que cayera en manos infieles, lo que hubiera significado, según la fuerte expresión tomada del propio Libro sagrado, arrojar margaritas a los cerdos. Iluminada de oro y plata sobre fondo de púrpura, constituía el más rico tesoro de las bibliotecas monásticas. Al meditarla, Santo Domingo regaba con sus lágrimas las páginas divinas.

Se cantaban los salmos durante las vigilias de la noche; se aguardaba el sueño murmurando las sagradas palabras; se las reencontraba en los labios al despertar: era la conversación con Dios. Los simples vislumbraban sus historias en el misterioso resplandor de los vitrales, al fondo de los ábsides dorados o a lo largo de los muros de las iglesias, en aquella parte del templo que representa los cortejos celestiales que, al pasar, desde lo alto, bendicen al pueblo cristiano. La Biblia habitaba el santuario.

¿Acaso no sería una profanación, una falta de respeto, una secularización, presentarla en público en una revista, como si se tratara del calor o de la electricidad?

Respondemos que la Biblia es un libro sagrado, no un libro secreto. La Iglesia lo venera sin ocultarlo y sólo lo ha ocultado cuando la prudencia así lo exigía, aunque haya impuesto de forma general la disciplina del secreto.

También es verdad que la Biblia es un depósito sagrado confiado a la Iglesia, la cual es la única que puede determinar hasta dónde se extiende su control. No obstante la historia constata que la Iglesia ha autorizado siempre a los creyentes a interpretar la Biblia según las luces de su razón y de su fe, sin marcar otro límite que la autoridad de los pastores.

La Iglesia sólo ha impedido, mediante reglas sumamente sabias, las falsas interpretaciones que habrían nacido indefectiblemente, en los espíritus poco cultivados, de la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar.

Me atrevería a decir que la Sagrada Escritura es, como los sacramentos, una cosa santa, pero ordenada por Dios a la salvación de las almas.

Nada le alcanza al pueblo cristiano para testimoniar su amor y su respeto al Santísimo Sacramento del Altar: las pompas del culto, los esplendores del arte no son dignos de Él. Sin embargo, el sacerdote lo expone a la profanación toda vez que lo entrega, sin saberlo, a algún sacrílego desconocido. Así lo requiere el interés de las almas. Me encanta escuchar el Evangelio cantado por el diácono desde el ambón, en medio de nubes de incienso: entonces las palabras penetran mi alma mucho más profundamente que cuando las encuentro en una discusión de revista. Pero esta cosa santa es la luz de las almas y yo debo hacerla brillar en las almas, aunque para ello sea necesario que salga del santuario.

Sólo queda ocuparnos entonces de la oportunidad de esta medida. ¿Es bueno para las almas tratar ante el gran público cuestiones reservadas a las escuelas? Y una revista, con su periodicidad y capacidad de emprender discusiones rápidas, ¿no compromete acaso la gravedad del libro sagrado? Algunos han dudado y debemos considerar sus razones.

Sólo los espíritus superficiales, sostienen, impulsan la difusión de los conocimientos en cualquier circunstancia, en cualquier condición y en cualquier nivel de inteligencia. Dios sólo ha dado a conocer la verdad gradualmente, dejando incluso ignorar ciertas ciencias, elementales para nosotros, a personas que Él inundaba de luces sobrenaturales.

Él ha dejado en la penumbra muchos rasgos de la vida de Cristo, porque al dar la luz, la ordena a la salvación del alma. Sí, el hombre ha sido hecho para conocer, pero la ciencia debe servir ante todo para dirigir sus actos. La Iglesia imita a su divino fundador, y no sólo es señora de la verdad, sino también de la vida. ¿Para qué entonces hacerle conocer a sus hijos las conjeturas de una ciencia audaz, aunque más no sea para refutar sus errores? ¿Por qué, al exponer objeciones, otorgarles más repercusión? Si la seducción de las apariencias muestra más fuerza que la verdad cuando es cuestión de arrastrar los espíritus, ¿no será mejor tratar los comentarios erróneos de la misma forma que los libros inmorales, cubriéndolos con un velo?

Arrojad un velo todo el tiempo que podáis, pero finalmente, si el error que se produjo primero en Alemania y en Inglaterra, penetra en Francia, donde encuentra divulgadores de un estilo mucho más atrayente que el de sus maestros; si se expande primero en obras especializadas, y luego en revistas y diarios, ¿es posible cubrir todo eso de un velo?

Evidentemente no; por eso tampoco los sabios apologistas dudaron en exponer las objeciones, que además tenían plena confianza en resolver. Nosotros los católicos creemos firmemente que poseemos la verdad religiosa por que la hemos recibido de Dios. Todo estudio leal, dirigido a la verdad, no puede dañarnos. El considerable trabajo emprendido acerca de la Biblia debe entonces al mismo tiempo aumentar nuestros conocimientos y manifestar con mayor claridad la verdad. Me dicen que hay que esperar, que la verdad no tiene nada que temer, que no puede desaparecer, que hay que dejar que los sistemas humanos se destruyan unos a otros, que no es bueno examinar un libro sagrado con demasiada curiosidad no participar a tanta gente el secreto de nuestras luchas.

Por mi parte, respondo por el interés de las almas: la verdad no puede desaparecer, pero puede ser obscurecida en los espíritus, lo cual basta para que las almas se pierdan. Entonces, lo que puede llegar a serles más funesto no es un error material en el que caiga un teólogo inadvertido, sino el sospechar que los teólogos no responden porque dudan de la verdad o ignoran los ataques. En una civilización como la nuestra, la ciencia domina naturalmente los espíritus. Si se nos considera sabios, no se nos acusará fácilmente de mala fe, pues sólo dependería de nosotros el cobrar excesiva importancia, dándonos aires de independencia.

Pero, ¿no basta con hacer libros? Crear una revista bíblica, ¿no es acaso encarar la controversia de una manera demasiado ruidosa, exponiéndose además, en artículos poco madurados, a caer en el error?

También allí habría que rogarles a nuestros adversarios que comiencen primero, es decir que no inserten en sus revistas artículos donde el Cristianismo es demolido alegremente como al pasar, sin ninguna aparente mala intención, ocupándose sólo de historia antigua.

Siendo las cosas como son, es necesario, si se quiere enfrentar al adversario, posicionarse en su terreno; y en una batalla algo acalorada es de esperar que no todos los golpes sean dados hábilmente. Más vale estar listos para atajarlos y responder vivamente que prepararse lentamente a vendar las heridas. Y para esto la revista es lo más apropiado.

La revista es como el intermediario entre la palabra y el libro. Tiene los inconvenientes de la palabra, puede llegar a faltarle maduración y sus artículos son entonces esbozos de libros; pero, como la palabra, es algo vivo y pronto para la réplica. Platón se quejaba del libro, que no responde a las preguntas, y lo consideraba justamente menos apto para la enseñanza que la palabra. La revista, que tiene verdaderamente su grupo de lectores, tiene sus preguntas y sus respuestas.

Estimo más al espíritu que gusta de los grandes libros, pero no puedo hacer un gran libro para responder a un artículo, pues no he comenzado todavía a mover mi máquina cuando ya he sido atacado por segunda vez.

La revista mantiene al tanto de todo y disipa las contrariedades que todo hombre de estudio experimenta al comenzar un trabajo. Si uno quiere saber donde se encuentra la ciencia, un libro que date incluso de pocos años se vuelve ya incapaz de informarnos, y uno corre el riesgo de ofrecer como novedad algo que en realidad ya está publicado. Sería inútil, además, perder tiempo desentrañando un texto sin saber que ya ha sido traducido, y verse incluso, para colmo de males, sospechado de plagio. La revista, por el contrario, le dirá lo que ocurre.

Si habla sin haber reflexionado lo suficiente, como toda palabra, sólo ella quedará comprometida. Un error involuntario de precipitación será mucho menos dañoso al interés de las almas que la inacción. Los intereses sustanciales de la verdad quedan siempre a salvo porque son confiados al juicio infalible de la Iglesia. Además cada escrito es controlado por los otros. Obedeciendo a los oráculos de la verdad y mostrándose dóciles al consejo de los pastores, incluso cuando éstos no obliguen a prestar fe, disminuyen las posibilidades de error y éste deja de ser mortal, pasando a restringirse sobre todo a lo que tomemos de las ciencias humanas. Las teorías que deslucen la Summa de Santo Tomás de Aquino son las de los sabios de su tiempo.

Los redactores de la Revue biblique no tienen ninguna declaración especial que realizar. Pertenecen a corporaciones religiosas o seculares que se caracterizan especialmente por un inviolable apego a las doctrinas de la Iglesia romana y por un celo constante por la salvación de las almas. Lo que buscan en la nueva revista es glorificar al Libro sagrado, con la convicción de que a medida que sea más conocido, será más venerado. Ya que la revista es el órgano publicitario preferido por nuestro tiempo, consagrar una revista a los Libros sagrados es dar testimonio de su importancia y de su influencia salvífica sin comprometer su santidad. Además, es de capital importancia fundar un órgano especial para una ciencia especial. Sólo es posible profundizar las cuestiones y abordar las consideradas difíciles o abstrusas, a condición de ser seguido y animado por un público especial, que se de cuenta de las dificultades y aplauda los esfuerzos. No es entonces un despropósito crear una revista bíblica.

II

Responder a la segunda pregunta, cuáles serán los temas tratados en la Revue, implicaría, si uno quisiera ser exhaustivo, trazar un programa de estudios bíblicos, pues la Revue evidentemente deberá ocuparse de todo lo referente a la Biblia, y de nada más. Significa también examinar cuál es la situación de dichos estudios, pues una revista responde a una necesidad presente o secunda una tendencia actual. En pocas palabras, la Revue deberá tratar todos los temas ya sucitados y provocar incluso nuevas cuestiones.

En primera línea hay que colocar la controversia bíblica, con el carácter especial que ha tomado en nuestros días, dónde ha dejado de ser una disputa sobre textos cuya autoridad es reconocida, para convertirse en un proceso contra los mismos textos. Amén de las apariencias, esto nos viene del protestantismo.

Grande fue el asombro de los teólogos, cuando Lutero, citado a la Dieta de Worms por Carlos V, se negó a responder a todo argumento de autoridad fuera de la Escritura. El emperador se mostró débil y esta concesión desencadenó el resto. Tras un momento de desconcierto, Eck y sus compañeros citaron textos de la Biblia, pero Lutero volvió a rechazar la lucha, no admitiendo como inspirados a algunos de los libros que se le oponían.

Y en uno de esos arrebatos de entusiasmo en los que suelen caer los alemanes: «Será necesario, vociferaba, que dejen de lado la palabra».

Así, la Biblia se convirtió en la única regla de fe para los protestantes. El movimiento fue tan rápido que los teólogos católicos tardaron como uno veinte años en reponerse de las impetuosas estocadas lanzadas por la nube de teólogos luteranos que siempre tenían a flor de labio nuevas interpretaciones y recurrían en cualquier ocasión a textos más o menos bien comprendidos del original o de versiones. Es justamente en esta época que aparece, no –como suelen decir los protestantes – el estudio de la Biblia, sino más bien la duda sobre la Biblia.

Los protestantes alardeaban de fáciles triunfos, pues les era fácil encontrar, en ciertos pasajes de algunos libros, lo que querían ver, sobre todo cuando se permitían rechazar los textos más claros, pero de ello resultaba que la autoridad del libro se reducía a la autoridad del intérprete, y la razón sublevada contra la Iglesia no se mostraba dispuesta a someterse a cualquiera. Con los católicos la cosa era cómoda porque aceptaban toda la Escritura. Pero los racionalistas no tenían problemas en apuntar que ciertas partes de los Libros sagrados no llevaban en sí mismos ese carácter sobrenatural que debería distinguirlos apenas gustados. La crítica exponía que ciertos pasajes habían sido alterados o vacilaba entre muchas variantes de un mismo texto. En ausencia de una autoridad, nadie puede decir la palabra decisiva. De esta manera, en los países protestantes donde la Biblia era todo, la lucha entre la Revelación y el naturalismo tomó la forma de controversia bíblica.

En los países católicos el golpe fue principalmente contra el establecimiento de la Iglesia, o sea contra las órdenes religiosas y luego contra la misma jerarquía. Sin embargo la Biblia también recibiría su parte en el ataque.

En el orden establecido por Jesucristo, la Escritura podría desaparecer sin que la Iglesia dejara de subsistir pues está suficientemente munida de los beneficios de la Redención. Pero la Escritura es una prueba admirable de la divinidad de la Religión y uno de los dones más preciosos de Dios al hombre, y no podría mostrarse que la Biblia contiene errores sin atacar la misma Fe de la Iglesia. Ahora bien, en este ámbito, el ataque parecía fácil. El naturalismo atacó a la Iglesia en su historia, buscó quitarle la aureola revolviendo en la crónica secreta de sus Pontífices, pero la Iglesia reconoció sus tachas al tiempo que mantenía virtudes suficientes como para proclamar su santidad. La filosofía rechazó someterse a los misterios, y se le respondió, como un libre pensador moderno a propósito de uno de sus sueños, “lo que está más allá de la ciencia no es necesariamente anticientífico”. En todo esto queda aún mucho para discutir.

Pareciera que con la Biblia la cuestión era más simple. Si dice la verdad, es un libro bien informado; si dice falsedades, no pierde por ello su valor: errare humanum est. Pero si es humano, no es divino, y la gran afirmación católica es errónea. No todos los que detentan este lenguaje tienen intenciones antirreligiosas; hoy en día queda bien negarlo, y yo no se las atribuiría a nadie.

La afirmación es extremadamente peligrosa: « Se han examinado las fuentes y la Biblia está equivocada; lo siento, pero es así.” Otros hacen una requisitoria formal: ven en el Antiguo Testamento el resultado de un fraude erudito o la obra inconscientemente estrecha del particularismo judío, en el Nuevo Testamento, la emancipación del pensamiento bajo la influencia del genio griego. No voy a enumerar ahora los sistemas. En todos desaparecen la revelación y la Redención, y ya no hay intervención directa de Dios en la historia de la humanidad; la religión católica, de la cual se respeta su ideal de justicia y de santidad, se equivocó al ligar su fortuna a leyendas sin valor.

Esto es lo que se dice y se imprime en libros, revistas y periódicos...

La única respuesta decisiva a este ataque consiste en poner en su cuadro histórico a cada uno de los libros sagrados, -y yo diría casi a cada uno de sus capítulos-, a cada uno de los hechos mencionados, a cada una de las instituciones establecidas, y en lo posible, a los sentimientos expresados, al estilo de cada escritor y hasta a sus mismas expresiones, para mostrar que su lugar tradicional es conforme al curso de los hechos, a la sucesión de las ideas, al desarrollo de la lengua. Es decir que las cuestiones de autenticidad resueltas por los testimonios y la tradición deben pasar un nuevo examen, si se quiere aceptar la lucha en el campo adversario y responder a sus objeciones. De los cual se desprende que todo lo referente a la filología semítica, a la historia de los pueblos orientales, a la geografía y la arqueología de Tierra Santa, forma parte necesaria del programa de una revista bíblica.

¿En dónde estamos hoy acerca de estos puntos? No nos dejemos asustar por los ataques injustos, pero seamos también veraces y justos con nosotros mismos.

 Sería injusto, y en todo caso muy superficial, decir que la Biblia juega entre nosotros un papel mucho menor que entre los protestantes. Desgraciadamente, raramente se la expone desde las grandes cátedras, pero en las parroquias más humildes, la explicación de la Escritura constituye casi toda la predicación. El sacerdote lee es evangelio del domingo y lo comenta, teniendo continuamente a mano ejemplos extraídos de la antigua Ley. Obligado a recitar el breviario, le clero católico se alimenta diariamente de las páginas más sublimes de la Biblia. Entonces, la Sagrada Escritura, como sustancia divina, como maná de la inteligencia, en su dogma y en su moral, en sus consejos practicados por los religiosos, y por ello conocidos en su más íntimo sabor, es verdaderamente para la Iglesia Católica, después de la Eucaristía, el Verbo de Dios que alimenta.

Establecido este fundamento, yo no dudo en reconocer que sobretodos nosotros, los franceses, nos ocupamos mucho menos que los protestantes de la Escritura como objeto científico. Sé que se me pueden oponer excelentes libros recientemente aparecidos, pero el índice bibliográfico de dichos volúmenes muestra veinte nombres alemanes e ingleses por cada francés. La biblioteca de tales eruditos está casi enteramente compuesta de libros extranjeros.

¿Y cómo podría ser de otra manera? El estudio del hebreo no se ha tratado seriamente en Francia: así mismo este estudio es indispensable, incluso para una crítica profunda del griego del Nuevo Testamento. ¿Queremos una prueba? No tenemos ni una gramática completa ni un diccionario. Ciertas páginas rudimentarias, ciertos diccionarios traducidos o resumidos, no pueden ni figurar al lado de la vigésimo quinta edición de la gramática de Genesius, de la décima edición de su diccionario, actualizado cada vez y completado con las inscripciones recientemente descubiertas. Esto para la filología. Comparemos ahora lo que hemos hecho en geografía bíblica frente a los trabajos de los ingleses. Contamos de nuestra parte con el esfuerzo admirable de ciertos hombres, casi nada de sistemático y de organizado. Victor Guérin andaba solo montado sobre su asno; los ingleses pudieron, gracias sus vigorosas descripciones, hacer excavaciones considerables y erigir el atlas del país.

En tales circunstancias, ya sería un fin loable adquirir la ciencia de sus vecinos, asimilarla, alcanzar el nivel donde están los más avanzados. No dudo de todos modos que nuestros franceses, una vez en camino, lleguen más lejos que los otros. Esta ambición es necesaria: uno no se pone a estudiar solamente para saber lo que los otros saben. Ahora bien, en estos diferentes campos hay mucho que encontrar.

Generalmente se cree que desde el punto de vista filológico está todo dicho. Toda Alemania puso allí su esfuerzo; cada sílaba de la Biblia fue pasada por el cedazo. Sin embargo los más doctos no se pusieron de acuerdo. Tomemos sólo un ejemplo. El hebreo no siempre se explica por sí mismo. Es a menudo oscuro el sentido primordial de la raíz, uno trata de ayudarse con otros idiomas semíticos. ¿Qué lugar otorgarle a cada uno de ellos? ¿No se ha exagerado en esto la importancia del árabe? En todo caso he aquí una lengua nueva, el asirio, de todas la más emparentada con el hebreo. ¿Cuántas relaciones ingeniosas no prometerá tal descubrimiento?

Esto respecto de las palabras. En cuanto a la historia de la lengua, después de muchos tanteos, casi se ha vuelto al punto de partida, y sin embargo la cuestión tiene una importancia mayor.

Menos aún hablaré de las informaciones históricas que nos son proporcionadas por los documentos de Egipto y Asiria: los trabajos de M. Ancessi, de M. Vigouroux sobre todo, están en las manos de todo el mundo; pero ¿quién ignora que son incesantes los progresos en los dos grandes imperios? Cada día aporta un nuevo elemento a la historia antigua, y si el pueblo de Israel no suele ser nombrado por vecinos desdeñosos, no por eso ha dejado de estar en contacto con ellos y el investigador debe encontrar el rastro de aquellas influencias mutuas.

Desgraciadamente los hebreos no se han preocupado, como ellos, de hacer de sus monumentos otras tantas páginas de escritura. Palestina es pobre en inscripciones. Sin embargo algunas se las han encontrado y todavía esconde muchas en su seno. Por otra parte no oculta el espectáculo de sus colinas y sus planicies: campo de exploración donde debemos ayudarnos con mapas ingleses, pero controlar sus identificaciones; servirnos de las informaciones de V. Guerin y completarlas. Uno de los atractivos de la Revue será quizá la importancia otorgada a este estudio por los trabajadores emplazados in situ, capaces de verificar en pocos días los datos topográficos o las tradiciones dudosas.

Tendremos a los lectores al corriente de lo que ocurre en Palestina, de excavaciones, descubrimientos, viajes de exploración.

Pero es necesario también hacer conocer lo que se ha escrito en estas diferentes ramas. Una bibliografía es el complemento necesario de una revista que se proponga incitar al trabajo, y facilitar las investigaciones. Conozco una diócesis donde el programa de conferencias eclesiásticas contenía esta indicación: “Consultar el Talmud”. Pero, ¿dónde encontrar el Talmud? Buenas notas de bibliografía estarán al servicio de los estudiosos y les permitirán saber dónde se imprime el Talmud.

Pareciera que todo esto no hará conocer sino la corteza del Libro santo, lo que tiene de común con todos los libros profanos, y, sin embargo, mientras uno se entrega a estos estudios preliminares, se manifiesta la divinidad de la Escritura. El escultor, trabajando el mármol con golpes de martillo, no hace sino cambiar la disposición material de la estatua.; y sin embargo de pronto se muestra el alma en los trazos expresivos del rostro. Así, cuando se ha colocado la escritura en su cuadro histórico, vemos aparecer, como San Agustín, este rostro divino de las Escrituras: apparuit ei facies eloquiorum castorum. Todo este conjunto es más grande que la naturaleza, y el estudio profundizado del medio, lejos de conducir al un origen natural de la religión, manifiesta la acción de Dios en la revelación y en la redención de los hombres. Nada desde entonces impide estudiar la Escritura santa como teólogo, ocuparse de las doctrinas reveladas, después de haber establecido las circunstancias de su aparición

¿Y por qué no hacer penetrar en los presbiterios, incluso bajo la forma de una revista, algunas explicaciones de los salmos, de los evangelios y de las epístolas, sólidamente fundadas sobre el sentido literal? ¿No será un estímulo para el sacerdote al que repugnan las dificultades de este estudio? ¿Un incentivo para entrelazar aún más sus homilías con la palabra de Dios?

No haría en esto sino seguir el ejemplo de los antiguos Padres, cuyos escritos exegéticos deber ser estudiados, honrados, discutidos según las necesidades. La historia de la exégesis es una guía para el exegeta. En una palabra, todo lo que puede contribuir a hacer conocer la Biblia, controversias, filología de las lenguas semíticas, historia antigua de los pueblos de Oriente, geografía de los países bíblicos, arqueología sagrada, teología escolástica y mística de la Sagrada Escritura, historia de la exégesis, todo lo que puede favorecer los estudios bíblicos, debe encontrar lugar en la Revue.

 

III

Todo esto es de sentido común: sólo queda preguntarse con qué espíritu serán tratadas estas materias. Quizá se querrá saber si la Revue biblique se colocará, en exégesis, en el campo conservador o en el liberal.

Presentada así la cuestión debe quedar sin respuesta, puesto que, a decir verdad, las dos escuelas en realidad no existen. En la variedad de espíritus, hay quienes son más tenaces para conservar las ideas tradicionales, otros tienen como una inclinación instintiva hacia la novedad.. Se comprende que pongamos fuera de la cuestión lo que respecta a la fe y las costumbres. Si se entiende por conservadores a quienes no abandonan una opinión antigua sino forzados y constreñidos por la evidencia que resulta de los descubrimientos de otros, es necesario juzgar a los conservadores excesivos, pues excluyen de sus trabajos, al mismo tiempo que el cambio, el progreso de la luz que tan ardientemente ama la Iglesia. Si los liberales tienen de antemano una preferencia marcada por las opiniones nuevas, son imprudentes y no comprometen menos la dignidad de la exégesis cristiana. La justa medida parece ser la de buscar la verdad, y pronunciarse, después de medida reflexión, por la opinión más probable, haciendo entrar en consideración, como un elemento de gran valor, la tradición de la antigua exégesis. Una vez más supongo que la autoridad de la Iglesia no está en juego. Respondo pues a la quinta pregunta. La Revue será compuesta con espíritu católico y con espíritu científico.

Para desarrollar esta respuesta, no podría hacer nada mejor que reproducir aquí las largas citas extraídas de una obra reciente del cardenal González. El ilustre príncipe de la Iglesia, después de haber consagrado su vida a los estudios filosóficos e históricos, después de haber renunciado a la primera sede de España para entregarse al estudio, acaba de volcar a los estudios bíblicos su espíritu vigoroso y neto. Toma como lema de su libro dos pensamientos, uno de los cuales, tomado de San Agustín, nos da el secreto de su método, el otro sacado de las Sentencias de Santo Tomás responde en una palabra a la pregunta requerida.

He aquí los textos y su comentario: traducimos literalmente, olvidando el colorido español, para no perjudicar la precisión teológica del autor:

Hoc indubitanter tenendum est, quidquid sapientes hujus mundi de natura rerum veraciter demonstrare potuerunt, ostendamus nostris libris non esse contrarium (San Agustín, De Genesi ad litteram, lib. I, cap. xxi) ;

«Es fácil demostrar que todo lo que los sabios del siglo prueban ser verdadero en las ciencias naturales no es contrario a nuestros libros[1]».

In his quæ de necessitate fidei non sunt, licuit Sanctis diversimode opinari, sicut et nobis (S. Thomas, Sentent., lib. II, dist, 2a quæst. 1a, art. III);

«En las cosas que no son necesarias a la fe, ha sido permitido a los santos, como también a nosotros nos está permitido, opinar de diversas maneras».

He aquí ahora las palabras del cardenal González:

«Uno debe peguntarse: ¿Cuál es el decurso, cuál es el procedimiento que hoy debe adoptar el exegeta y el teólogo católico, en presencia del movimiento científico absorbente que invade todas las esferas de la vida intelectual, que penetra todos los estratos sociales y en el fondo de los cuales palpita, firmemente, y, casi se puede decir, predominan ideas y tendencias opuestas a la Biblia y a la doctrina católica? ¿hay que encerrarse en el círculo de la revelación divina o a lo menos en el de la antigua exégesis, contentándose con negar y rechazar a priori los descubrimientos y las conclusiones o todas las afirmaciones, por el solo hecho de que se presenten como en discordancia con la enseñanza bíblica o la verdad revelada?

« Marchar por un camino semejante sería traicionar la verdad y la causa misma de la fe. El escritor que lo frecuenta, el apologista cristiano tiene hoy el deber de investigar si esos descubrimientos de los que la ciencia y el hombre se enorgullecen justamente en nuestro tiempo, contradicen realmente la verdad revelada y se oponen a ella como pretenden algunos de sus enemigos; tienen también la obligación de discutir y de decidir si ciertas afirmaciones de la antigua exégesis pueden y deben o no mantenerse ante los descubrimientos y el progreso realizado por las ciencias físicas y naturales de nuestro siglo.

« Actuando así y marchando por este camino, obrará en conformidad con las máximas y la enseñanza de los antiguos Doctores de la Iglesia, y de manera especial con las de Santo Tomás de Aquino, por este y no otro es el pensamiento que palpita en el fondo de las palabras del Doctor angélico que sirven de epígrafe a este prólogo. Si tales palabras representan una de esas sentencias gráficas y de profundo sentimiento filosófico que no es raro encontrar en el autor de la Summa Theologica, representan hoy en día una afirmación de capital importancia por su relevancia práctica, por la amplitud del desafío cristiano que comprenden y autorizan. Y esta amplitud de criterio recomendada aquí por el Doctor de Aquino, y aplicada con una fidelidad y una exactitud más o menos grande por muchos Padres de la Iglesia y por numerosos escritores de otros tiempos, se impone ahora más que nunca en el campo exegético-bíblico a causa de los nuevos horizontes y de los nuevos caminos abiertos a esta exégesis por los descubrimientos y el progreso indiscutibles de la ciencia de los últimos años.

« Los amigos ilustres y sinceros de la fe católica y de la Iglesia de Cristo deben tener muy presente que si el círculo de verdades teológico-dogmáticas se encuentra, por así decir, relativamente completo y cerrado, lo que hace que no tenga nada que temer y poco para esperar del progreso de la ciencia, no ocurre lo mismo con las ideas y las cuestiones exegéticas con las que la ciencia moderna invade el campo por diferentes lugares, introduciendo en la exégesis bíblica cambios radicales, modificaciones importantes, nuevos e insospechados puntos de vista que ni siquiera podían se imaginados por quienes en otras épocas consagraron sus desvelos a comentar ciertos textos bíblicos, descubriendo y fijando su sentido.

« Ciertamente el exegeta moderno no deberá olvidar las excelentes máximas hermenéuticas enseñadas y aplicadas por los antiguos doctores; tampoco deberá despreciar a sus predecesores, incluso si encuentra en sus escritos cuestiones más o menos pueriles, interpretaciones hoy inaceptables.

« Pero si es una verdad incontestable y, digámoslo, casi de sentido común, que los siglos no pasan en vano sobre los hombres y los pueblos, lo es también que tampoco pasan en vano sobre las ciencias, incluso cuando se trata de aquellas que por su propia naturaleza encierran caracteres de cierta inmutabilidad, como es el caso de la metafísica y de la teología, pues se sabe que esta última debió modificar el sentido y el alcance de algunas de sus conclusiones, ayer, por así decirlo, a causa de ciertas definiciones dogmáticas recientes y en relación con ellas. Y si esto tiene lugar y razón de ser sobre el campo propiamente teológico, con más razón debe verificarse en el terreno exegético, en razón de que la exégesis bíblica encierra múltiples referencias, necesarias y permanentes a las ciencias físicas y naturales, las cuales, en virtud de su carácter experimental, están sujetas a cambios y a continuos progresos…

« Sin embargo, sin considerar y haciendo abstracción de los hombres de notoria incompetencia en estas cuestiones, no es raro encontrar personas ilustres y sabias, pero tan tímidas y de un criterio tan estrecho, que tienen costumbre de preguntar con cierta irritación y no menos pavor cuándo terminaremos con semejantes audacias exegéticas. Se puede y se debe responderles: Nos detendremos en una exégesis idéntica a la de los antiguos Padres y Doctores de la Iglesia en lo respectivo al fondo, a los principios, a las máximas y procedimientos esenciales, pero diferente en las aplicaciones; en una exégesis más amplia y de horizontes más vastos que los antiguos, en relación con los datos y nuevos elementos de investigación proporcionados por las ciencias naturales de nuestros días; en una exégesis que podríamos llamar bíblico-científica, que carga con el deber de investigar, de descubrir y de probar la armonía existente entre la palabra de Dios y la palabra de la ciencia; o sea en una exégesis que escrute y fije las relaciones que pueden existir y existen de hecho entre las apreciaciones reales de la Biblia y las afirmaciones legítimas de la ciencia…

« En todo tiempo, y más aún en el nuestro, la prudencia que podríamos llamar científico-cristiana, ha aconsejado y aconseja no alarmarse prematuramente ante la presencia de cualquier teoría que, a primera vista, presenta una oposición más o menos aparente con los textos bíblicos.

 « El escritor cristiano no debe perder la paz espiritual por tan poca cosa. Que la ciencia remueva sus propias bases, que lance en todas direcciones sus miradas y sus investigaciones, que usando de su legítimo derecho marche a la conquista de la verdad por medio de la observación y del trabajo experimental, nada de esto debe inspirar temor al hombre de la verdad católica, porque el hombre de la verdad católica sabe muy bien que la fe no tiene nada que temer, sino más bien mucho que esperar de la ciencia desinteresada e imparcial, de la ciencia que busca la verdad por amor a la sola verdad, sin intenciones antirreligiosas, sin prejuicios a favor o en contra de la idea cristiana.

« Por otra parte, conviene no olvidar que la exégesis cristiana, considerada en sí misma, no es necesariamente la verdad, sino la búsqueda de la verdad. Este carácter, por el cual se asemeja a las demás ciencias, supone una cierta amplitud y una cierta independencia en el criterio exegético.

« Y, a decir verdad, tal amplitud de criterio, tal libertad relativa de la exégesis no ha sido jamás tan conveniente e incluso tan necesaria como en nuestros días. La ciencia anticristiana y librepensadora se yergue sobre todo el horizonte para rechazar nuestros Libros sagrados, para combatirlos rudamente, tanto por las armas del ridículo como por argumentos más o menos falaces, tomados generalmente de las ciencias físicas y naturales. Pero el procedimiento más frecuente, y a la vez más peligroso, al menos respecto de la mayoría de los lectores, del que se sirven los representantes de la crítica racionalista y librepensadora es el de reproducir y condenar, en nombre de la ciencia de antiguas interpretaciones de ciertos textos bíblicos, hoy olvidados y abandonados, ciertas opiniones particulares de tal o cual comentador que presentaba tales opiniones e interpretaciones como si fueran enseñanza de la Iglesia, insinuando como al pasar y dando a entender que ella impone a los fieles la obligación de admitirlas, de creerlas y de defenderlas. Entonces el deber, y el deber principal, del exegeta y del apologista católico de nuestros días, de disipar tales equívocos, voluntarios o involuntarios, de rectificar semejantes ideas y apreciaciones, de establecer una oportuna separación y distinción entre la verdad dogmática contenida en el texto bíblico, entre la interpretación auténtica de este texto por parte de la Iglesia, y la opinión más o menos probable, la interpretación más o menos autorizada y aceptable de dicho texto, expuesta y defendida por tal o cual exegeta, incluso si se tratara de alguno de los Padres y Doctores más autorizados en la Iglesia.

« Incluso con esto no alcanza en las presentes condiciones de la controversia cristiana; hay que demostrar que entre la interpretación auténtica y dogmática del texto y las afirmaciones probadas de la ciencia no existe ninguna contradicción. A quien no acepte este procedimiento, a quien no adopte y no aplique este método que podríamos llamar científico-exegético, no le será posible hoy en día ni atraer a la doctrina católica al hombre que de buena fe se levanta contra ella en nombre de la ciencia, ni de disipar las dudas, las vacilaciones y las ansiedades que las objeciones científicas presentadas por el libre pensamiento produzcan en el espíritu de algunos católicos, pero principalmente de los que encuentren similares objeciones contra la Biblia en las academias, institutos, revistas, diarios, folletos de propaganda y demás medios y elementos de una cultura literaria general que no es ni sólida ni cristiana, y que abunda hoy.

« Según[2] las máximas exegéticas proclamadas por los Padres y Doctores de la Iglesia, y especialmente por San Agustín y Santo Tomás, la interpretación de los pasajes y textos de la Sagrada Escritura debe realizarse sin jamás perder de vista las exigencias de la razón natural y las enseñanzas presentes y futuras, actuales y posibles de las ciencias, sean filosóficas, físicas o naturales, sin adherir con obstinación y con exclusividad de espíritu a una determinada interpretación del texto, cuando puede recibir interpretaciones y sentidos diferentes. Quienes, en cuestiones de naturaleza exegético-científica, olvidan máximas y reglas tan prudentes y racionales, corren gran peligro, no sólo de caer en el error en el campo bíblico, por interpretaciones inexactas de los textos, sino también de dar a los incrédulos uno motivo y una ocasión fáciles de burlarse de la Sagrada Escritura. Sic Scripturæ, dice el Doctor Angélico, exponantur, quod ab infidelibus non irrideantur[3]

No hemos querido interrumpir con nuestras reflexiones el desarrollo intelectual de este excelente prólogo. Tampoco tenemos nada que agregarle.

El programa de la Revue es lo suficiente vasto, su espíritu lo suficientemente amplio como para satisfacer, esperemos, a todos los hombres de buena voluntad.

La Bruyère decía: «yo doy al público lo que me prestó». En un sentido algo diferente, nosotros pedimos al público su simpatía, - a todos los teólogos y a todos los sabios, su colaboración, - para alcanzar el fin propuesto. Trataremos de devolver lo que se nos haya prestado.

 La redacción

 

DECLARACIÓN

La redacción de la Revue Biblique profesa una entera sumisión de espíritu y de corazón a la enseñanza de la Santa Iglesia Católica y a las decisiones de los Soberanos Pontífices.

En las cuestiones libremente discutidas, no carga de ningún modo con la responsabilidad de las opiniones emitidas por los escritores, en lo respectivo a la interpretación de los textos, la filología, la arqueología, la historia, la topografía, las ciencias, etc.


[1] N. de T.: traducimos no del original latino sino a partir de la traducción francesa hecha por el autor del artículo.

[2] Tome II, p. 593.

[3] La Biblia y la ciencia, por el Cardenal González, de la Orden de Santo Domingo, Madrid, Sáenz de Júbera, 1891, Prólogo, p. XV.

 

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