Calisto Vendrame, A cura dos doentes na Bíblia, Ed. Loyola, São Paulo (Brasil) 2001.
Primera parte
El A., licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico (Roma), ha sido Superior General de los Ministros de los Enfermos (Camilianos). Esta obra, como afirma en la presentación, “es fruto de diez años de investigación y enseñanza en el Pontificio Instituto Internacional de Teología y Pastoral de la Salud (Camillianum) de Roma”, al igual que en los cursos de Biblia y Salud en el curso de postgrado de especialización en Bioética y Pastoral de la Salud en el “Centro Universitário São Camilo (São Paulo)”. Y el principal objetivo es “ayudar a quien sufre a penetrar el sentido profundo del mensaje de la Biblia relativo a su sufrimiento, y ofrecer a los profesionales de la salud y agentes de pastoral subsidios para un conocimiento bíblico sólido sobre la materia, a la luz de la exégesis y la hermenéutica de hoy” (p. 7). El libro consta de dos partes, precedidas por una introducción en la que el A. realiza una breve reflexión acerca de la importancia de la Biblia en la evangelización del mundo de la salud, y una rápida lectura de la Dei Verbum, destacando algunos elementos claves para la interpretación bíblica actual.
1. La primera parte de la obra, dividida en cuatro apartados, trata acerca de la curación de los enfermos en el Antiguo Testamento. Son indicadas de modo general las referencias más comunes a enfermedades y dolencias de cualquier tipo, y luego se destacan algunos ejemplos más significativos. El primero es la lepra, “castigo divino por antonomasia, comparable a la muerte” (p. 22), de cuyos casos el A. cita los más típicos: María, la hermana de Moisés (Num 12, 1-15), Naamán el Sirio (2 Re 5, 1-14.27), y el rey Ozías (2 Re 15,5; 2 Cro 26, 16-23). Luego son mencionados otros casos de diversas dolencias (Nabucodonosor, Saúl, Meribaal, Tobit, etc.) (p. 23-24). De particular interés es la reflexión teológico-pastoral de esta sección, donde se desarrollan los elementos fundamentales a tener presente en el juicio acerca de la visión veterotestamentaria de la enfermedad y el dolor: 1. La “ley de retribución”, particularmente vigente en el período precedente al exilio en Babilonia. Según ésta, “la bendición de Dios, que hacía vivir y prosperar, estaba condicionada a la fidelidad del pueblo; la maldición, que llevaba a la miseria, el dolor y la muerte, era consecuencia de la infidelidad.” (pp. 25-26). 2. El problema de la armonización de la bondad incuestionable de Dios con el sufrimiento del inocente. En las etapas más tempranas de la revelación, se intentaba dar solución a esta dificultad traspasando a la esfera personal el principio precedente de la “ley de retribución”, por lo cual quien se encontraba en el dolor y en la desgracia era considerado castigado por Dios. “El sentimiento más común es el de un hombre castigado por su Creador, omnipotente y justo, que siempre tiene razón, aún cuando la víctima no sabe que tiene pecado.” (p. 27) 3. La experiencia de Job, en la que se confiesa la inocencia, y plantea en términos diversos la santidad y bondad divinas. 4. La reflexión de los libros sapienciales, que implica un avance ya que comienza a ponerse más explícitamente la felicidad del hombre en la intimidad con Dios. 5. El Siervo de Yahvé, el cual “por su sufrimiento y muerte se torna mediador de salvación para todos, incluso para sus opresores.” (p. 31) Una nueva etapa se abre hacia el final de la revelación del Antiguo Testamento, cuando la perspectiva nueva planteada por Macabeos y Sabiduría incorpora explícitamente las realidades escatológicas de premio y castigo eterno, y de resurrección corporal. Esta primera parte se concluye con la presentación veterotestamentaria de la curación de los enfermos, una constante en la súplica del creyente como nos presentan los libros sagrados, particularmente en los Salmos, y la actitud pastoral que se nos enseña. El A. destaca una diferencia en la actitud terapéutica ante las enfermedades: “a partir del exilio babilónico, junto a la curación directa de Dios, la curación médica y la medicina alternativa comenzaron a ser practicadas y recomendadas, siempre no obstante en dependencia del poder absoluto de Dios.” (p. 36) Incluso tenemos recomendaciones puntuales, como las que encontramos en Eclo 7, 34-35; 37-38.
R.P. Lic. Ricardo Clarey, IVE.
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