Foro de Exégesis y Teología Bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

¿A qué Jesús seguimos? Del esplendor de su verdadera imagen al peligro de las imágenes.-Teófilo Cabestrero

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TEÓFILO CABESTRERO

¿A qué Jesús seguimos?
Del esplendor de su verdadera imagen al peligro de las imágenes

Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao 2004, 124 p.

R.P. Lic. Ricardo Clarey, I.V.E.

ricardoclarey@ive.org

 

Este libro, haciéndose eco de la interpelación de Jesús a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (p. 9), busca llamar la atención acerca del peligro de desfigurar la imagen auténtica de Cristo con falsas representación, destacando al mismo tiempo la realidad de estas “mediaciones”, en las que influyen todo nuestro mundo subjetivo.

 Acorde con esta finalidad, el A. divide el libro en tres secciones. En la primera, titulada “Para todos los cristianos es decisivo conocer bien a Jesucristo”, se presentan las dificultades a que se enfrentan los cristianos al momento de conocer con precisión la Persona, las acciones y las enseñanzas de Cristo, y los principales recursos para acceder satisfactoriamente al conocimiento de Cristo.

 Se destacan tres grandes dificultades. En primer lugar, tenemos el misterio insondable de la persona de Jesús (p. 15), como lo indican los numerosos textos evangélicos que el A. ofrece como testimonio. La segunda dificultad son “las mediaciones culturales y religiosas que nos transmiten la figura de Jesucristo a lo largo de la historia”, ya que “las mediaciones se convierten en obstáculos en la medida en que las doctrinas, las predicaciones, las catequesis, las devociones, los escritos, los cantos y las imágenes, no transparenten fielmente los rasgos esenciales de la identidad original de Jesús” (p. 16). Y en tercer lugar tenemos “nuestros propios límites y los mecanismos del lado sombrío de nuestra condición humana” (p. 17). Hace notar el A. que, como es obvio, de un mal conocimiento de Jesús surge una concepción y una vida cristiana deformada, y una percepción errónea del misterio de Dios.

 Las dificultades en conocer verdaderamente a Jesús son sentidas también por sus discípulos, a quienes muchas veces los Evangelios muestran en posesión de un conocimiento superficial e imperfecto de Cristo y de sus palabras y obras. Destaca el A. en este contexto la interrelación necesaria entre un verdadero conocimiento de Jesús y su seguimiento: “No conoce a Jesús quien no hace como él. Y no puede hacer como Jesús quien no conoce bien lo que hace Jesús y con qué espíritu lo hace o para qué lo hace” (p. 32). De allí que la primera condición que los Evangelios nos muestran como requisito para conocer realmente a Jesús es su seguimiento efectivo.

 Pero no es suficiente, dada la debilidad de los discípulos. Por eso fue preciso que se agregue el envío del Espíritu Santo, nuestra “memoria viva” de Jesús (p. 35). Ofrece aquí el A. muy brevemente la presentación del tema en los Padres, en Lucas, en Juan y en los escritos paulinos.

 La segunda sección habla de “Necesidad y peligros de las imágenes para conocer a Jesús”. Parte de la constatación de que efectivamente Jesús se expuso y se resistió a ser mal conocido por sus discípulos. Se destaca el episodio en el que Pedro se opone a la Pasión y muerte en cruz, y la oportuna corrección de Cristo. Esta perícopa evangélica es analizada con más detenimiento por el A. en sus tres variantes sinópticas, subrayando las peculiaridades literarias y teológicas de cada evangelista.

 Luego hace una consideración descriptiva y fenomenológica acerca de los elementos que intervienen en la configuración de la imagen que nos hacemos de otra persona: sentimientos, impresiones, informaciones recibidas de terceros, prejuicios, y sobre todo lo que la otra persona da a conocer de sí misma, con la correspondiente valoración de dicha información. Evidentemente, es mayor la dificultad para lograr la buscada objetividad al hacernos imágenes de personas lejanas a nosotros en el tiempo o el espacio. Se llama la atención también sobre el peligro de aferrarse a una imagen idealizada, en abierta contraposición con la realidad que se manifiesta. Cierra la sección de esta análisis con una serie de conclusiones, la última de la cuales es “una conclusión aplicada a nuestro conocimiento de Jesús” (p. 70). Esta referencia se continúa en la temática del punto siguiente, centrado en ver justamente esta diversidad. “La diversificación y multiplicación de las imágenes de Jesús a lo largo de toda la historia del cristianismo es un fenómeno inmenso e inabarcable” (p. 72), que incluye las imágenes rechazadas de los evangelios apócrifos. A partir de allí, pasa revista a las imágenes de la cristología contemporánea, con particular atención a las tres “búsquedas” del Jesús histórico, especialmente la contemporánea Third Quest.

 Destaca a modo de conclusión de esta segunda parte la “precariedad” de nuestras imágenes de Jesús. La razón en la que el A. funda esta consideración es que “resulta compleja y difícil de conocer la realidad misma de los hechos o acontecimientos que presenciamos; y más aún si no los vemos personalmente y nos informan de ellos quienes los han visto o los han vivido. Sobre cualquier suceso puede haber tantos puntos de vista como ojos que lo miran y cabezas que lo piensan.” (p. 84) Es manifiesta la fragilidad de la argumentación y el peligro de sacar consecuencias erróneas. Ciertamente que nuestro conocimiento de los distintos acontecimientos no puede pretender ser tan exhaustivo en cada ocasión como para tener un juicio definitivo y absoluto en todos sus detalles, aún ínfimos. Pero es preciso partir de la posibilidad de una percepción verdadera del hecho como tal en quienes son testigos, y de una interpretación realista básica en acuerdo con los datos percibidos. La dificultad en los detalles o en cómo encuadran aspectos particulares en la interpretación propuesta no quita validez a la percepción del hecho en sí y de sus constitutivos esenciales. Es preciso distinguir entre los elementos que conforman simpliciter una cosa, y aquellos que lo hacen secundum quid. En consecuencia, la precariedad que las distintas imágenes de Jesús ofrecen sólo es tal en la medida en que no estén en concordancia con lo que otorga validez y legitimidad a la percepción cierta de los acontecimientos en torno a Jesús, que es el testimonio de quienes estuvieron con él, lo vieron, lo tocaron, comieron con él, y pudieron tener una penetración única de esos acontecimientos por la acción del Espíritu Santo: los Apóstoles.

 Nuestro A. advierte que “lo menos grave es que circulen imágenes incompletas e imperfectas, parciales y precarias sobre Jesús, si somos conscientes de que todas ellas son relativas y transitorias […] Mientras no se absoluticen tienen luz verde. La luz roja es para las falsificaciones y para la absolutización de las imágenes relativas de Jesús y de Dios.” Puede ser una advertencia útil cuando estamos ante imágenes o representaciones verdaderamente circunstanciales o limitadas; pero si lo aplicamos, p.e. a las exposiciones dogmáticas del Magisterio, o a las profundas intuiciones del misterio de Cristo que nos han brindado los santos Padres o los Doctores de la Iglesia, no puede legítimamente hablarse de “imágenes imperfectas... precarias… relativas y transitorias” que corren el peligro de caer en “falsificaciones”.

 El peligro más bien está en buscar sin fundamentos ni puntos de referencia seguros el objetivo que el A. se propone y que actúa a modo de principio y criterio básico: “crear y ofrecer imágenes verdaderamente dignas, expresivas y sugeridoras de los rasgos auténticos de Jesús, de manera actualizada e inculturada” (p. 87; cf. también 90).

 Finalmente, en la tercera sección hablará sobre la búsqueda de “los rasgos esenciales de la imagen verdadera de Jesús”. Centra su atención en lo que los Evangelios nos brindan acerca de la imagen verdadera que Jesús dio de sí mismo. Pero lo hace con un pésimo principio hermenéutico: desconfiar a priori de la historicidad fundamental de la que gozan los relatos y narraciones de los Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento, en contra del testimonio mismo de los evangelistas.

 ¿Qué valor puede tener la afirmación absoluta del A. “hay que insistir con claridad en que los evangelios no son crónicas históricas sobre Jesús, no son biografías.” (p. 101)? Ciertamente, nos enseña Juan Pablo II, no son “una biografía completa según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc. 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial” (Novo millennio ineunte, 18).

 San Lucas, en efecto, indica claramente la intención de historicidad que se encuentra en su narración, como el mismo evangelista deja en claro en 1, 1-4: Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. Tenemos palabras en este texto que son muy precisas acerca de la intención histórica de los relatos de Lucas: avnata,xasqai (se trata de un infinitivo aoristo medio, que significa “dispongo nuevamente por orden algo”, “reconstruyo a partir de la memoria”), dih,ghsin  (se trata de una “narratio”, y si se refiere a acontecimientos o hechos implica sucesos acaecidos, es decir, verificados históricamente), parhkolouqhko,ti (es un participio perfecto dativo, que significa “seguir de cerca”; tratándose de cosas se entiende como “exploro diligentemente”. Como perfecto, está indicando no la acción pasada como tal sino la presente situación que resulta de la acción pasada, por lo que aquí está expresando que “investigué y conozco”). Sin duda alguna, en la cantidad de particulares de la narración (referencia a Herodes, a Quirino, al decreto de Augusto, a la familia de Zacarías y de Isabel, el nombre de la Virgen, la ciudad en que vivía, la alusión al “sexto mes”, etc.) se trata de una investigación hecha "diligentemente"  (avkribw/j).

 Tenemos otras afirmaciones interesantes del A. acerca de la atención que debe prestarse al entorno en el que los evangelios nos muestran a Jesús, a las reacciones que éste tiene, etc. Se trata de elementos que ciertamente deben tenerse en cuenta. Pero tienen el lamentable trasfondo de la duda (o peor aún, de la reinterpretación) sistemática en todo lo que haya de relato o indicación histórica, unido a una presentación de la catequesis y la predicación acerca de la divinidad de Jesús que se acerca más a una caricatura que a la realidad.

 Otro importante defecto de fondo que es preciso destacar es la ignorancia y el desprecio de la especulación teológica acerca de Dios y del misterio de la unión hipostática, expuesta en forma dialéctica y no complementaria con la presentación que hace la Escritura: “Si en vez de conocer primero a Jesús con fe y realismo histórico-bíblico, partimos de ideas e imágenes procedentes de filosofías e ideologías o sentimientos humanos que nos hacen pensar que Dios es un Ser todopoderoso, sempiterno e impasible que todo lo sabe y todo lo puede, y pensamos: como Jesús es Dios, Jesús es todopoderoso e impasible, y todo lo sabe y todo lo puede… Entonces habremos cambiado al Jesús real por la imagen de un Dios inventado, diferente del que Jesús vino a revelarnos. Y habremos suprimido la humanidad de Jesús que es nuestra única vía de acceso al Dios Abba de Jesús.” (p. 24)

 Por todo esto tenemos ante nosotros un libro loable en la buena intención del autor y en ciertas descripciones fenomenológicas bastante bien logradas, pero lamentable en la falta de criterios objetivos y seguros, en el poco sentido crítico ante las modas hermenéuticas del momento, y en la ausencia de propuestas teológicas y pastorales convincentes.

 

R.P. Lic.  Ricardo Clarey, I.V.E.

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