Uno de los autores de esta introducción nos es ya conocido por un libro anterior (Miguel Ángel Tábet, Una introducción a la Sagrada Escritura, Rialp, Madrid 1981) en el cual seguía las líneas básicas del pensamiento de Santo Tomás sobre la Biblia, su doctrina de la causalidad instrumental para una recta comprensión del proceso de la inspiración y su aprecio por el uso de la ciencias humanas en la hermenéutica bíblica. El nuevo libro intenta dar una visión global y bastante completa de las cuestiones necesarias para la recta comprensión de los libros sacros. Tres han sido los puntos de referencia tenidos en cuenta para su elaboración: a) el Catecismo de la Iglesia Católica, sobre todo en lo que respecta a la revelación (nn. 50-141); b) el documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia (del 15 de abril 1993); y c) el discurso del Santo Padre De tout coeur pronunciado en ocasión de la presentación del precedente documento (del 23 abril de 1993).
1. Estructura del libro Como sabemos, por motivos didácticos, la introducción general a la Sagrada Escritura, en cuanto disciplina teológica, se divide en dos partes: una introducción general, que se ocupa de temas comunes a todos los libros inspirados; y una introducción especial que estudia las cuestiones referidas a cada libro en particular (autor, circunstancias de su composición, contenido, etc.). El presente libro se ocupa sólo de la introducción general a la Sagrada Escritura, de allí que estudie: el carácter sacro de la Sagrada Escritura (Dios, Autor principal de la Sagrada Escritura -pp. 12-26; los hagiógrafos, inspirados por Dios, verdaderos autores de los textos sacros -pp. 27-42; la inspiración de los libros sacros -pp.43-50; el contenido y finalidad sobrenatural de la Escritura -pp.51-55; las propiedades de los libros sacros: unidad, verdad y santidad de la Biblia -pp. 56-75; el elenco de los libros sacros o canon -pp. 77-109; la transmisión del texto -pp.111-142; su interpretación o hermenéutica -pp. 143-219). Uno de los cuatro apéndices con los cuales concluye el libro (pp. 221-253), incluye una útil síntesis de los documentos principales del Magisterio sobre la Sagrada Escritura.
2. Algunos aspectos por destacar Además de la claridad y sencillez en las expresiones, conviene resaltar algunos puntos de esta obra:
a. La relación entre Encarnación y Escritura. A lo largo del libro se acentúa la analogía entre el misterio del Verbo encarnado y el Verbo de Dios escrito (pp.18, 32-33, 48, 52, etc.). La palabra de Dios se ha encarnado verdaderamente en la palabra humana. De allí que el respeto por la Escritura inspirada exige un esfuerzo para captar bien el significado de sus textos (ya que cada expresión no tiene un valor uniforme) en las circunstancias históricas en las que fueron escritos (ya que la Palabra eterna se encarnó en un momento preciso de la historia, en un ambiente social y cultural bien determinado). Por otra parte el realismo de la encarnación implica que en los textos sacros se encuentra verdaderamente la Palabra divina. Además, como la naturaleza divina y la humana se encuentran armónicamente unidas en la Persona del Verbo, análogamente la intencionalidad divina y la intencionalidad humana del hagiógrafo no pueden contradecirse ni oponerse jamás, sino que se compenetran perfectamente y se mueven en la misma dirección. El Verbo encarnado, y por analogía la Biblia, es la palabra de Dios para todas las épocas que se sucedan en la historia. Con ello queda superado el relativismo histórico (atento solamente a las circunstancias histórico-culturales de un momento determinado) en favor del reconocimiento del significado perenne de los textos escritos y de su capacidad de fecundar los sistemas de valores y las normas de comportamiento de cada generación. A la Sagrada Escritura se oponen teorías exegéticas análogas a las antiguas herejías cristológicas. Las desviaciones o visiones incompletas de la inspiración bíblica se basan o en un concepto débil de la acción del hagiógrafo como verdadero autor, o en una falta de valoración de la causalidad principal de Dios. Así tenemos un docetismo gnóstico: que niega la verdadera realidad de la palabra humana; el arrianismo que la considera una palabra elevadísima sobre Dios, pero que no es Palabra de Dios; el adopcionismo que considera la Biblia como libro simplemente humano, convertido en divino por una apropiación por parte de Dios o de la Iglesia; el nestorianismo que distingue una parte divina junto a una humana; el monofisismo que sostiene que en la Escritura la realidad humana ha dejado de existir; y finalmente el gnosticismo que trata el aspecto humano de la Biblia como única realidad aunque la acepte como libro religioso (cfr p.48).
b. Fidelidad al Magisterio y uso de los principios tomistas. En la exposición del carácter sacro de la Biblia y sus propiedades (Parte I), se pone de manifiesto el recto modo de leer los documentos del Magisterio sobre la Sagrada Escritura (pp. 10-75). También en el resto del libro se evidencia la importancia que se da a las indicaciones magisteriales para cada tema en particular (la mayoría de las notas están constituidas por citas bíblicas, documentos magisteriales y patrísticos). Finalmente respecto al rol específico del Magisterio en materia de exégesis aclara los tres modos en los cuales se cumple: la interpretación directa-positiva, que se realiza cuando el Romano Pontífice, o un Concilio Ecuménico, declaran formalmente, en virtud de la potestad magisterial propia el sentido de un texto bíblico (cf. Mt 26,26 que comporta la presencia real de Cristo en la Eucaristía y St 5,14, que promulga la unción de los enfermos, definidos en el Concilio de Trento); la interpretación directa-negativa, cuando la Iglesia condena como falso el sentido dado a un determinado texto histórico, sin declarar positivamente el sentido, el verdadero significado (cf. la condena que negaba cualquier sentido mesiánico a Is 7,14); la interpretación indirecta, que se establece cuando el Magisterio supremo cita un texto escriturístico como prueba de una verdad dogmática, pero sin definir propiamente su significado (cf. Mt 16,17-19 y Jn 21,15-17 citados por el Concilio Vaticano II para legitimar el primado de San Pedro). El Magisterio de la Iglesia no es solamente un punto de partida para la investigación científica, sino también el horizonte al cual el exégeta tiende con todas sus fuerzas, para ofrecer elementos validos que contribuyan a una mayor explicación de la doctrina revelada, con el fin de alcanzar una explicación cierta y bien definida (cf. pp.209-210). Respecto a los principios tomistas es claro su uso cuando se habla del carácter sacro de la Escritura: Dios en cuanto Autor principal (pp. 12-26), los hagiógrafos verdaderos autores (pp. 27-42) y la noción de inspiración (pp.43-50). También se pueden percibir en la parte referente a la hermenéutica bíblica, no tanto por citas directas, sino por la base filosófica sobre la cual se basa la exposición (pp. 145-219, especialmente pp.193-194).
c. El problema hermenéutico en la exégesis moderna Posiblemente el capítulo más interesante del libro se refiere a los principios de interpretación de la Escritura (eurística). Los principios fundamentales de interpretación son dos: el primero, que Dios habla a los hombres en la Sagrada Escritura al modo de los hombres; y el segundo que ésta deber ser leída e interpretada en el mismo Espíritu por el que fue escrita (cf. Dei Verbum, 12). El primer principio lleva a preguntarse sobre cuáles son los criterios y los procedimientos que permiten un correcto acercamiento racional a la intención de los hagiógrafos. Por eso los autores estudian los métodos y procedimientos utilizados en la exégesis bíblica (cf. pp. 166-179) y la perspectiva creada por la hermenéutica contemporánea (cf. pp. 179-190). Después de la presentación de cada uno de los métodos hace una breve crítica, siguiendo especialmente el documento de la Pontificia Comisión Bíblica. La actitud exegético-bíblica actual tiene su explicación en el cuadro de la filosofía hermenéutica contemporánea, la cual no se ha mostrado válida en todos los aspectos, pero si reaccionó contra las pretensiones de objetividad histórica del positivismo y de los métodos histórico-críticos, los cuales consideraban que la crítica histórica literaria podía conducir a una interpretación del todo objetiva, libre del influjo subjetivo del lector (preconceptos filosóficos, la fe, etc.). Con ello ha planteado de modo radical el problema gnoseológico referido a los presupuestos inherentes al fenómeno de la interpretación. Los datos aportados por la hermenéutica filosófica contemporánea a tener en cuenta para reproponer con nueva actualidad el mensaje bíblico son: el tener en cuenta la subjetividad en el conocimiento, especialmente en el conocimiento histórico; la precomprensión necesaria a toda comprensión, o en otras palabras, la necesidad de presupuestos que guíen la comprensión (Bultmann); la importancia de la tradición, entendida como conjunto de datos históricos y culturales que constituyen nuestro contexto vital, nuestro horizonte de comprensión, para lo cual el intérprete debe entrar en diálogo con la realidad de la cual se habla en el texto hasta que se de una fusión de los diferentes horizontes (Gadamer); finalmente la función de tomar distancia para una justa apropiación del texto (Ricoeur). Todo lo anterior no hace más que corroborar la necesidad del segundo principio (la interpretación en el mismo Espíritu en que fue escrita). La “precompresión” necesaria para comprender es dada por la tradición de la fe, es decir que la interpretación debe ser en continuidad con el dinamismo manifestado dentro de la Biblia y que se prolonga en la vida de la Iglesia. Además, se requiere una unión de la dimensión objetiva (la acción del Espíritu Santo en la composición de los libros sacros y en la Iglesia) con la dimensión subjetiva (la acción del Espíritu Santo en el corazón del lector) que requiere la fe y la rectitud moral con las cuales se debe encarar el trabajo exegético (pp. 191-196). La exégesis se debe realizar tomando como contexto natural el conjunto de la Biblia, lo cual constituye el fondo imprescindible de la interpretación. También debe considerar atentamente el contexto total de la revelación, ya sea en la dimensión dogmático teorética (analogía de la fe), ya sea en la dimensión histórico salvífica como doctrina vivida y transmitida (tradición viva).
De todo lo anterior surgen los principios teológicos de la interpretación:
1. La unidad de la Sagrada Escritura como principio hermenéutico En efecto, existe una relación íntima entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, ya que ambos miran a Cristo como su centro, en quien se encuentra la plenitud de la revelación. Los pasos oscuros deben ser explicados mediante los más claros de la misma Escritura y por la autoridad de la Iglesia (cf. San Agustín, De Doct. Christ. 3,2: en PL 34,65, y Encíclica Providentissimus Deus, en EB 109). De esta unidad interna surge una sana “relectura” de los mismos textos bíblicos, sea desarrollando nuevos aspectos de significado diversos del texto primitivo; sea la simple presentación de los textos para afirmar su cumplimiento o explicitar lo antes implícito. Un caso particular de “relectura” dentro de la Biblia es el practicado por Jesús y por los autores del Nuevo Testamento. Jesús, cumpliendo fielmente la voluntad divina expresada en las Escrituras da una interpretación que no raramente se apartó de la dada por escribas y fariseos, lo cual se evidencia en el discurso de la montaña (cf. Mt 5,21-48), o por su libertad en la observancia del sábado (cf. Mc 2,27-28), por su trato con publicanos y pecadores (cf. Mc 2,15-17), por su radical exigencia respecto a las cuestiones centrales de la vida cristiana (cf. Mt 10,2-12; 10,17-27). A su vez la muerte y resurrección de Jesús provocan una nueva “relectura”. A la luz de la Pascua y guiados por el Espíritu prometido, los autores del Nuevo Testamento releyeron el Antiguo descubriendo su pleno significado, el cual aparece como una etapa dispuesta por Dios para expresar gradualmente el misterio de Cristo Jesús y de su Reino (pp. 196-199).
2. El principio escriturístico de la Tradición El recurso a la Tradición no constituye un segundo momento del análisis exegético, ontológicamente separado de la fase de lectura dentro del contexto bíblico; más bien debe estar presente en todo el proceso hermenéutico del texto sacro. En otras palabras la distinción entre “lectura en el contexto bíblico” y la “lectura in sinu Ecclesiae” sólo es válida si se entiende que las dos lecturas no deben contraponerse. La razón teológica es obvia: la Biblia debe ser interpretada en la Iglesia, ya que el Espíritu Santo, Autor principal y por tanto verdadero intérprete de los texto sacros, por divina promesa (cf. Jn 14,16ss.; 15,26) enseña en la única Iglesia de Cristo. Por lo cual la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo posee el sentido verdadero de la Escritura como una característica connatural. La Tradición tiene, por ende, valor y función de principio de interpretación. El exégeta debe estar inmerso en ella, conocerla, vivirla. La Tradición tiene función de guía y de norma, ya que otorga un horizonte de comprensión de la Escritura. La exégesis requiere conocer del modo más completo posible los sujetos transmisores de la verdadera Tradición para poder desarrollar una continua y más plena “relectura” de los textos sacros “in sinu Ecclesiae” (cf. Dei Verbum 8). Estos sujetos de transmisión, se pueden reducir a los siguientes: los Santos Padres, el sentido de fe del pueblo de Dios (cf. LG 12) y la enseñanza del Magisterio (cf. 199-205).
3. La analogía de la fe O en otras palabras la cohesión de las verdades de la fe entre ellas y en la totalidad de la Revelación. Es este el ámbito vital en el cual puede determinarse el sentido exacto de los pasos bíblicos en toda su plenitud. Esta no es solamente una regla negativa que descarta las interpretaciones que contrastan con la doctrina de la Iglesia, sino que tiene sobre todo una dimensión eminentemente positiva, desde el momento en que indica el contexto más adecuado para la interpretación de un paso bíblico: el amplio horizonte de la verdad revelada y por tanto, el vasto campo de la ciencia teológica. La relación entre la exégesis (que también es disciplina teológica, fe que busca ententer) y las otras disciplinas teológicas, se puede definir diciendo, por un lado, que la teología sistemática tiene un influjo sobre la precomprensión con la cual los exégetas afrontan los textos bíblicos; por otro la exégesis ofrece a las otras disciplinas teológicas datos que son para ellas fundamentales. Para que se pueda realizar esta armonía entre la exégesis y las otras disciplinas teológicas, la exégesis debe orientar su labor en modo tal que el estudio de la Sagrada Escritura pueda efectivamente ser como el alma de la teología (cf. Dei Verbum 24; pp.205-207).
Recomendamos la lectura de este libro. Nos parece que puede ser un instrumento para profundizar en la Sagrada Escritura, la cual, por tres motivos principales merece ser conocida, estudiada y amada: por su origen divino sobrenatural (ya que escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo, tiene a Dios por autor); por su contenido, ya que posee la más alta revelación hecha por Dios a los hombres; y porque tiene como finalidad llevar a los hombres a la santidad (cf. 2 Tim 3,16-17).
R.P. Dr. Marcelo Lattanzio, I.V.E.
|
||||||