El Autor de esta obra, Hans-Joachim Schulz, ha sido profesor de Ciencia litúrgica en Bochum y desde 1978 enseña Doctrina de las Iglesias orientales y Teología ecuménica en Würzburg. En este libro presenta una enorme variedad de datos nuevos o poco tratados hasta el momento a favor de la datación temprana de los Evangelios, elementos tomados de estudios de la tradición de la Iglesia oriental acerca de los orígenes y la praxis litúrgica de la comunidad de Jerusalén, filología, tradiciones populares, textos patrísticos, papirología y análisis de textos y ambiente histórico y teológico de Qumrán.
Luego de una breve presentación a cargo de R. Schnackenburg, el A. declara en la Introducción, junto a una brevísima historia de las posturas respecto a la apostolicidad de los textos evangélicos fundadas sobre el método histórico-crítico, el objetivo de su obra: en el marco de la labor ecuménica, particularmente con la Ortodoxia, se propone “hacer conocer más claramente la herencia común de la tradición apostólica en la forma de los Evangelios bajo tres aspectos, de los que el primero se refiere a la continuidad y la validez de la tradición de destinación, el segundo se interesa a la transparencia histórica de la función de cada Evangelio en relación con la edificación de la Iglesia en época apostólica y el tercero mira a la convergencia de los estratos más antiguos del Evangelio de Marcos y del Evangelio de Juan con el encuentro de Cristo sacramental en ocasión de la fiesta de la Pascua hebrea, del bautismo y de la Eucaristía de la Iglesia de los orígenes” (p. 24). Pretende también en este contexto “cancelar los veredictos de la escuela de la historia de las formas sobre las discontinuidades e incoherencias respecto al kerigma apostólico” (ibid.), es decir, el a priori según el cual los Evangelios fueron redactados por varias comunidades, en tiempos y lugares distintos.
Desarrolla el A. su propósito a lo largo de nueve capítulos. En el primero demuestra que la tradición acerca de la forma de transmisión de los Evangelios es mucho más antigua y más rica de lo que comúnmente se admite, en base particularmente del análisis de los testimonios ofrecidos por Papías, representante de la tradición efesina y de Asia Menor hacia el final de la época apostólica, y de San Ireneo.
En el segundo capítulo se inicia una fuerte crítica a ciertos preconceptos presentes en el uso del método de la “historia de las formas” de los Evangelios, en sus variantes de “historia de la tradición” y de “historia de la redacción”, crítica que se extenderá hasta el capítulo quinto. Así, en el capítulo segundo se exponen las premisas del pensamiento racionalista del siglo XIX y los condicionamientos que el método de la “historia de las formas” tuvo a causa de su dependencia histórica del pensamiento y de la teología protestante. Y también en gran parte de la filosofía hegeliana (cf. pp.88-89).
En el tercer capítulo se analiza el documento de la Pontificia Comisión Bíblica de 1964 sobre la verdad histórica de los Evangelios, con las advertencias que contiene respecto a las “decisiones racionalistas” y los “errores históricos” del método histórico-crítico (cf. pp.92-99). En estrecha relación con esto, el capítulo siguiente analiza los estudios recientes sobre las tradiciones populares y la investigación histórico temporal del cristianismo de los orígenes, que se constituyen en argumentos determinantes contra falsos presupuestos historicistas, especialmente contra las teorías de “comunidades anónimas redactoras”: “La poesía, los poemas y los cantos populares se han originado en un contexto de cercanía, exterior e interior, a la vida de personas simples; sin embargo, no se puede decir que se trate de obras colectivas, sino más bien de obras realizadas cada vez por un particular genio individual” (p. 115). “Los nuevos estudios sobre el folklore revelaron también aquellas leyes bien específicas del procedimiento de la tradición [...]: la transmisión no sucede nunca en modo colectivo” (p. 116).
Un particular análisis está reservado a la tradición de la confesión “prepaulina” de 1 Cor 15, 3-5 y de la tradición de la cena del Señor de 1 Cor 11, 23-25, ambas provenientes en última instancia de Jerusalén. Esto permite mostrar, según el A., que, en contra de una corriente extensamente aceptada en la exégesis moderna, la tradición ligada a la figura de Jesús no se halla sólo como trasfondo de las cartas paulinas sino que está presente como elemento determinante en el mismo proceso formal de la transmisión. La historia de la pasión y los testimonios acerca de la realidad de la resurrección se remonta a un pasado más lejano que el comúnmente admitido, lo cual vale también para los relatos de la última Cena, argumentos tratados en el quinto capítulo. De particular interés en este capítulo es también la estrecha referencia que el análisis de 1 Cor 15, 3-5 permite descubrir entre el anuncio del misterio pascual de Cristo y la centralidad del ministerio de Pedro (cf. pp. 138-156).
El análisis puntual de elementos centrales de los evangelios de Marcos (capítulo sexto), de Mateo (capítulo séptimo) y de Lucas y Hechos de los Apóstoles (capítulo octavo) tiende a mostrar que tales relatos, según la perspectiva de la presentación y fecha de redacción final, se muestran directamente fijados en la última fase de la misión apostólica, es decir, alrededor del 58, prisión de San Pablo en Cesarea. El A. elenca, estudiando las argumentaciones, las diversas dataciones de estos textos neotestamentarios (con máxima probabilidad antes del final del 50 para Marcos y antes del 70 para Lucas y Mateo).
En el capítulo noveno el A. muestra la desproporción presente en la tesis racionalista que pretende negar la condición de testigo ocular de Juan respecto a episodios de la vida de Jesús a partir de la interpretación de ciertos discursos sobre la manifestación de Jesús. La estructura teológica, e incluso litúrgica, de determinados pasajes de Juan, nos remonta a un estilo muy común en la reflexión sapiencial del Antiguo Testamento y a elementos comunes de la tradición apostólica de la iglesia de Efeso (como el A. permite advertir a través del análisis de textos litúrgicos de la edad patrística). Y, por otra parte, esta condición peculiar de la presentación de Juan no compromete en nada la precisión cronológica y aun topográfica de los relatos evangélicos, que confiere al cuarto Evangelio una verdadera prioridad histórico-temporal (cf. p. 28). En este sentido “las características peculiares del Evangelio de Juan son identificables en una estructura que por un lado se pueda recordar con exactitud histórica y por otro lado tenga las características litúrgico-anamnéticas a las que sólo puede hacer justicia la explicación exegética. Es urgente tomar nuevamente conciencia de la importancia de la exégesis del Evangelio de Juan y del testimonio que sobre esto ha dado” (p. 31).
Esta obra es sumamente útil, en gran parte gracias al hecho de ser su Autor fundamentalmente un especialista de la Iglesia oriental y no estar ligado a prejuicios del ambiente intelectual en el que nace y se desarrolla el método histórico-crítico, como destaca en el epílogo del libro C. Thiede. Creemos que H.-J. Schulz ha logrado el objetivo propuesto, no obstante la fuerza de las posiciones contrarias (como se advierte en el distanciamiento que, en la presentación de esta obra, R. Schnackenburg manifiesta en referencia a la tesis central de la “retrodatación” de los textos evangélicos, cf. pp. 5-6), y su atenta lectura puede servir de gran provecho para una visión crítica de una gran cantidad de conclusiones exegéticas contemporáneas y para valorar en su justo peso las posibilidades y los límites del método histórico-crítico, que “es un método que utilizado de modo objetivo, no implica de por sí ningún a priori. Si su uso se acompaña de tales a priori no es debido al método mismo, sino a opciones hermenéuticas que orientan la interpretación y pueden ser tendenciosas” (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Ciudad del Vaticano 1993, 34-35).
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