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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
Últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (II° parte) - Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Últimas ediciones de
la Biblia latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (II°
parte) pbro. dR. Miguel Antonio Barriola e-mail: mabarriola@arnet.com.ar |
Continuamos ofreciendo la serie de reflexiones del Pbro . Dr. Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, acerca de las nuevas ediciones de la Biblia Latinoamericana tituladas por el autor "Advertencias sobre las últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana". En esta oportunidad publicamos los siguientes dos números de esta serie.
3 – Leyendas
P. 24 ( A Gen 16: “Apariciones y ángeles”) opinan:
“ No podemos tomar al pie de la letra todo lo que se dice de apariciones o palabras recibidas de Dios, porque los pueblos antiguos no se expresaban como nosotros. Cuando un hombre se preguntaba a sí mismo o era tentado por el mal, ellos expresaban a veces esta meditación interior por medio de personajes y decían que el demonio o Dios dialogaban con ese hombre: ver Jos 7, 10 y I R 3, 4”.
Si así fuera, no deja de ser extraño que el procedimiento no se vea registrado con mayor extensión y asiduidad. Porque no se puede pensar que sólo los personajes más en vista reflexionaran sobre sí mismos o se vieran asediados por el mal. De hecho Ana, la madre de Samuel, pensaba y oraba intensamente sobre su suerte de mujer estéril y los planes de Dios sobre ella. Pero no quedó tradición alguna de que algún ángel la hubiera visitado. Sólo recibió palabras de consuelo del sacerdote Helí. De este mismo, por más que se reproche después su conducta indolente, no se puede decir que no tuviera una mínima vida religiosa. Ahora bien, es el joven e inexperto Samuel y no su superior jerárquico, el que es beneficiado con un llamado insistente por parte del Señor (I Sam 3).
Por lo demás, en la misma p. 24, el párrafo inmediatamente posterior ofrece un comentario más equilibrante:
“Muy posiblemente, Dios no actuaba con los hombres antiguos de la Biblia de la misma manera que en nuestro tiempo. Ahora, después de la venida de Cristo, todo lo tenemos en él y en su Iglesia, y Dios habitualmente reserva visiones y apariciones para los que lleva por un camino especial. En cambio, en los primeros siglos de la Biblia, Dios se comunicaba más con estos medios más ostensibles, pero inferiores”.
Admitiendo la validez de este párrafo (siempre que esos “medios más ostensibles” no esfumen la realidad del contacto con Dios), no hay por qué dudar de las apariciones sobrenaturales, respecto a las cuales, en la indicación inmediatamente anterior se aconsejaba “no tomarlas al pie de la letra”.
Otro singular contrapeso al pasaje que se viene comentando se encuentra en la nota a Deut 4, 1 (p. 166.168):
“Toda la Biblia insiste en la realidad, en el valor histórico de dichas intervenciones. «Ten mucho cuidado de no olvidarte de estas cosas que tus ojos han visto» (9). Bien es cierto que la historia de Moisés se escribió siglos después y que los recuerdos de dicha peregrinación por el desierto se transformaron en leyendas. Pero no se habrían forjado las leyendas referentes al maná, la nube y el paso del mar, si la comunidad de Israel no hubiera experimentado la Providencia de Dios y su mano firme en muchas ocasiones. El que lea la Biblia sin compartir la fe que la anima, piensa que todo lo sobrenatural fue pura imaginación y procede de mentalidad primitiva. En cambio el que ha reconocido la presencia de Dios en el mundo, entiende que también a Israel le sobraron motivos para reconocer que Dios lo había elegido”.
P. 317 ( A II Rey 4, 1. Lo mismo dígase respecto a P. 320), donde desean explicar:
“Si la leyenda supera aquí fácilmente a la historia, estos textos nos dicen sin embargo, cómo esa gente sencilla supo reconocer el poder que Dios había dado su profeta para proporcionarles alivio y ayuda”.
No se ve en qué se basan para catalogar de legendarios a estos relatos. Si es por los milagros, cabría tener presente una advertencia que figuraba en anteriores ediciones de esta misma Biblia, pero que ahora ha desaparecido. Explicando Deut 4, 1 – 10 escribían entonces con sensatez:
“Muchas personas que estudian la Biblia, sin conocer realmente a Dios y sus numerosos modos de actuar, piensan que todo lo sobrenatural procede de una mentalidad «primitiva» y para explicar los milagros de una manera que respete las exigencias de su propia razón, inventan explicaciones muy poco dignas de espíritus no primitivos. Algunos dicen: «Si tal milagro no ocurrió realmente, no por eso dejaré de creer..., y si tal otro fue pura imaginación, no por eso deja de ser válida la enseñanza del Evangelio». Y así va el creyente aserruchando la rama en que está sentado, hasta que de pronto se encuentra (en) el suelo. Pues si Dios no intervino, tampoco somos los creyentes un pueblo elegido; si las «obras» y «prodigios» de Dios no son históricos, tampoco sus palabras son históricas. Y, por último, la Biblia expresará las creencias de un pueblo que «reconoció» la mano de Dios en sucesos comunes y que consideró «palabra de Dios» lo que Moisés y los profetas escribieron pensando que tal debía ser el pensamiento de Dios”[1].
4 – Religión y fe – Culto – Justicia social
P. 132 ( A Núm 4, 1) comparando antiguo y nuevo culto, despliegan este panorama:
“(Para la Iglesia naciente)...ya no habrá más templo, ya no habrá más una «Casa de Dios» en medio de las casas de los hombres ( Jn 2, 19; Ap 21, 22)”.
Estimamos que se ha de diferenciar el antiguo templo salomónico, cuya vigencia y centralidad ya no corre en la Nueva Alianza, de templos cristianos diseminados por el mundo y ya reconocidos por S. Pablo: “¿Acaso no tenéis casas para comer y beber? ¿O en tan poco tenéis la Iglesia de Dios, y así avergonzáis a los que no tienen?” ( I Cor 11, 22).
Si es verdad que en el texto aducido no hay que tomar “iglesia” en sentido edilicio, sino en referencia a la asamblea de cristianos reunidos para la Eucaristía , se desprende de él, al menos, que la casa de familia, donde se congregaban, era considerada como sagrada, opuesta a los domicilios comunes.
Bajo esta óptica se percibe el desajuste de los textos que se invoca para dar fuerza a lo que se sostiene. Porque Jn 2, 19 se refiere, sí, al cuerpo glorioso de Cristo, pero no elimina necesariamente otros templos dentro de los cuales se va plasmando y crece el cuerpo total de Cristo, que es la Iglesia. Así, la reunión eucarística en Tróade, descrita por Hech 20,7 ss, nos coloca ante una sala muy especial, de la que se anota que tenía “muchas lámparas”(v. 8), lo cual no se explica sólo porque era de noche, pues pocas habrían bastado, si se hubiera tratado de una reunión comunitaria profana.
Es evidente que la ausencia de templo, según Ap 21, 22, está reservada a la Jerusalén de arriba, en la escatología.
De paso, se puede notar que, siendo un cristiano el que habla, el pasaje aludido estaría abogando más bien por la presencia de templos en la historia, aún “post Christum”, hasta que desaparezcan definitivamente sólo en el cielo.
Ibid: continúan considerando la evolución eclesial de esta manera:
“La gran mayoría de los hombres siente la necesidad de una religión, a pesar de que tal vez no haya comprendido el llamado a la fe. La mayoría, pues, era cristiana simplemente porque el cristianismo había destronado a las antiguas creencias. Así, en régimen de cristiandad, la Iglesia pasó a ser lo que había sido el Antiguo Israel: un pueblo religioso animado por una red invisible de creyentes”.
Se establece una oposición demasiado tajante entre “religión” y “fe”. Ni la fe desplaza la virtud de la religión, ni la religión está en pugna con la fe.
Si seguimos a Jesucristo, él habla de “poca fe” ( Mt 6, 30; 8, 26; 14, 31; 16 ,8) y “gran fe” (Mt 16, 28) y esta catalogación no era monopolio de gente selecta, por un lado, y masa, por el otro, sino que recaía indistintamente. Así, Jesús alaba la “gran fe” de la cananea(Mt 15, 28) y reprende la “poca fe” de sus apóstoles (ibid. , 17, 20)..
Después, atribuir el carácter de”invisible” a los creyentes, mientras que, por contraposición, el pueblo religioso sería crasamente material, no hace justicia a la realidad. No se puede desdeñar la fe genuina (poca o mucha, pero aceptada por Cristo como peldaño inicial, ya como progreso reconocido), que se manifiesta en la masa de los fieles, que concurre a un santuario o participa de una procesión.
En fin, bueno sería un tomo más matizado, como el que presenta esta misma obra en el excursus: “Religión y fe”[2].
Ibid: compendian, a la vez que vaticinan:
“Habrá que esperar hasta el siglo XX para que sea revalorizado el bautismo. Se comenzará entonces a comprender que la Iglesia necesita ministerios, pero que no todos los ministerios suponen la pertinencia a un clero de célibes, de hombres reclutados desde su juventud y formados de antemano en seminarios. Se elegirán a otros a partir de los dones que hayan manifestado dentro de la comunidad cristiana, y con la aprobación de esa comunidad”.
Perspectiva exagerada en demasía. En primer lugar, no tiene en cuenta la angustia que era muy común en todo el pueblo cristiano por los niños muertos sin bautismo. Había allí una genuina apreciación del primero de los sacramentos.
Después, no deja de llamar la atención el modo despectivo con que se encaran los cuidados que la Iglesia ha ido tomando para la más concienzuda preparación de sus ministros. Ya Pablo aconsejaba: “A nadie impongas las manos con precipitación” (I Tim 5, 22). Se desdeña la vinculación que siempre vio la Iglesia (aún la oriental, que reserva la cumbre del sacerdocio, el episcopado, a candidatos provenientes del monacato) entre una entrega total, en cuerpo y alma al Señor (I Cor 7, 23- 34) y su servicio en una forma apostólica de vida.
Se presume demasiado de “dones” que posibles candidatos hayan manifestado en una comunidad. Como si el estudio de la doctrina pudiera adquirirse sólo con entusiasmo carismático. El trabajo de formación idónea para un ministerio en forma lleva varios años, para poder ser maestro competente en medio de los hermanos. La prueba está en la experiencia del diaconado permanente, que en muchas latitudes ha sido concedido muy ligeramente, tras cursos breves, a buenos militantes cristianos, pero con poca solidez teológica. Terminan encauzando sus bríos en tareas sindicales o de promoción social, que no se han de descartar, pero que son de segundo orden para un ministerio consagrado: “Nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra” (Hech 6, 4).
Es extraño, asimismo que, para la aprobación de los ministros no se señale la intervención de los legítimos pastores dentro de la comunidad.
P. 237 ( A I Sam 4, 1) suponen cuanto sigue:
“ A Dios poco le importa el Arca y tampoco está al servicio de un pueblo irresponsable. Sólo le importa educar a su pueblo, dejándole que pague el precio de su infidelidad”.
Exégesis poco feliz, pues el Arca es el trono o escabel de Dios (Sal 132, 7; I Cron 28, 2; Sal 80, 2). A Dios “poco le importa” el Arca separada de un verdadero espíritu religioso, tomada como talismán. Pero en tal caso nos encontramos ante una deformación de algo bueno en sí, dispuesto por el mismo Dios.
P. 342 (Introducción a Crónicas) simplifican por demás al sentenciar:
“A los que queremos conocer la historia de Israel, las Crónicas no nos enseñan muchas cosas nuevas, pues se volvió a escribir en ellas lo que ya estaba relatado en los libros de Samuel y de los Reyes. La diferencia está en la manera de seleccionar los hechos y de presentarlos”.
El criterio en que se asienta esta declaración tiene mucho de periodístico o ansia de anecdotario y muy poco de teológico. Con tal presupuesto, igual reproche se podría dirigir a los tres Sinópticos y al mismo Juan. Mateo y Lucas no nos informan mucho más, respecto a los acontecimientos ya relatados por Marcos.
También, se reduce la historia de Israel al nivel de simples anales del pasado. Pero el libro de Crónicas está guiado por una teología propia: su centro de interés está en el templo y el culto de Jerusalén (como en Lucas, si bien, en el evangelista, con la finalidad de verlo superado en Cristo). Este tema abarca más que un quinto del libro de Crónicas. El culto es varias veces el criterio para apreciar la conducta elogiable o reprensible de los reyes.
Dado que se trata de una obra compuesta después del exilio babilónico, cuando no había reyes y los judíos eran una provincia persa, la insistencia de esta obra en el culto puede ser considerada como uno de los factores que amasó la fisonomía judaica, que llegaría hasta los tiempos de Cristo. Como anota J. L. Sicré[3]: “Aunque la historiografía sea avara en detalles, sabemos que la comunidad judía continuó sin perder su identidad y supo enfrentarse un siglo más tarde a la onda arrolladora del helenismo. No es que el libro de las Crónicas explique por sí solo tal éxito, pero probablemente tuvo su parte”.
Ibid: se califica a este relato de:
“algo irreal y aburrido”.
Su lectura es exigente para el lector actual, pero los adjetivos usados por el comentario son muy relativos. Depende de qué se entienda por “real y atractivo”. A juzgar por el párrafo anterior, pareciera que una obra sólo valiera la pena en cuanto nos entera de anécdotas o vicisitudes políticas. El énfasis religioso no llamaría la atención.
El párrafo que clausura esta introducción concede que esta lectura puede brindar algún provecho. Mas, en los aspectos que destaca no se cuenta el valor del culto y lo ceremonial, que, por cierto, es en toda la Biblia un flanco muy vulnerable, que mal entendido inclina a la mera exterioridad. No obstante, si Dios lo exige y un libro entero está dedicado a poner de relieve su importancia, no se ve cómo pueda ser descalificado, como se lo hace aquí.
Ibid: acusa a este libro de:
(deformar) la realidad para dar más fuerza a sus tesis”.
Entre otros textos, que denotarían la diferencia con los libros de Samuel y Reyes, hace comparar II Sam 12, 31 con I Cron 20, 3. Según el pasaje de Samuel, David puso a trabajar a los vencidos de Raba con sierras y trillos. Pero en el paralelo de Crónicas sobre mismo episodio nos encontramos con esta cruda noticia: “(David) sacó de la ciudad a todos sus habitantes y los hizo despedazar con sierras, con trillos de dientes...”
En la p. 254, en la que se encuentra el pasaje incriminado, no figura la más mínima nota. Ahora bien, se trata de un conocido caso de “crítica textus”. La lectura masorética, para I Cron 20, 3 trae: Wayyasshar (= y los aserró). Mientras que en II Sam 12, 21 se lee: Wayyasem ( = los puso). La mayoría de las ediciones actuales de la Biblia sugieren un error de copista.
P. 533 ( A Jer 7, 1) sentencian lo siguiente:
“Huimos siempre del encuentro personal, ya sea con Dios o con el prójimo, porque nos da miedo, y nos refugiamos en el bazar de la religión”.
Tales conceptos pueden inducir a malentendidos. ¿Es la religión un “bazar”, o se etiqueta de tal forma a una pseudopráctica religiosa? Porque el abuso no quita el uso, y dada la propensión a contraponer fe y religión en varios comentarios de esta Biblia, parece que la frase va en sentido peyorativo para la religión, sin mayores matices. Como que toda manifestación de carácter religioso estuviera a priori infectada con un espíritu de feria y exterioridad pura.
Jeremías no condena el templo ni el culto, sino a ritos separados de la existencia cotidiana. Es decir: vitupera una caricatura de religión, no a “la religión”.
Es factible encontrar una perspectiva más cabal en la p. 543 (a Jer 17, 19):
“Jeremías denuncia las prácticas religiosas que no van acompañadas por la vida recta; pero no por eso menosprecia el respeto a las leyes de Dios”.
Aquí, con mayor sensatez, no se habla de “religión” a secas, como vituperable en bloque, sino que se especifican “las prácticas religiosas que no van acompañadas por una vida recta”. A la vez que se mantiene el “uso” (no se minimizan las leyes de Dios, que también prescriben el culto y su ceremonial), para nada desmerecido porque algunos incidan en una praxis defectuosa.
P 555 ( A Jer 31, 31) establecen una falsa oposición, asegurando que:
“(Jeremías) descubrió entonces una relación personal con Dios que difiere de todas las actitudes «religiosas», por sinceras que éstas sean”.
El entrecomillado da a entender que se toma al adjetivo “religioso” bajo un enfoque no tan puro. De todos modos la “nueva alianza”, así como no suprime la ley, sino que facilita su cumplimiento, por el influjo de la acción divina en el mismo corazón humano (ver: Ez 36, 27: “Pondré dentro de Uds. mi espíritu y haré que caminen según mis mandamientos”), de igual modo no deroga la religión, sublimándola, más bien.
La actitud religiosa es ya ”personal”, sólo que debilitada por el mal corazón, que precisa el refuerzo de la gracia divina, para que se vuelva eficaz un anhelo ardiente, pero truncado por la flaqueza del hombre herido por el pecado.
¿No es “personal” la dramática comprobación de Pablo: “Me deleito con la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente” (Rom 7, 22)? Tan personal es, que termina con una acción de gracias expresa a Jesucristo: “¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor” (ibid. , v. 24).
No se ha de negar que los hombres religiosos de la antigua alianza se detuvieron con frecuencia sólo en ritos y ceremonias. Pero, si los profetas denunciaban un culto meramente formalista, quiere decir que, de algún modo, era posible otro y la ofrenda más personal: “No te complaces en el sacrificio y la ofrenda; me has dado oído abierto” (Sal 40 ,7). “Mi sacrificio,¡oh Dios! Es un espíritu contrito. Un corazón contrito y humillado...Entonces te agradarás de los sacrificios legales, de los holocaustos y oblaciones; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar” (Sal 51, 19. 21).
P. 706 (A Job 32, 1) interpretan que:
“Job examina su conducta pasada refiriéndose a la Ley de Dios, tal como la presentaba el Antiguo Testamento... En un mundo que gozaba de un nivel de vida muy modesto, al que tenía la suerte de no faltarle lo necesario se le hacía una obligación compartir con su hermano más desdichado. El pecado más grave era faltar a la solidaridad social. En el examen de conciencia de Job aparece el pecado de idolatría (vv. 26 – 28), éste, sin embargo, ocupa un lugar muy reducido al lado de otra rebeldía contra Dios, la del hombre que quiere gozar solo de «sus» bienes”.
No es cierto que "faltar a la solidaridad social" fuera el pecado “más grave”, ni que el de idolatría “ocupaba un lugar muy reducido” en la Ley del Antiguo Testamento. Por el contrario, el culto del pueblo judío a los ídolos es presentado por los profetas como el más tremendo de los pecados. Véase, por ejemplo: Sal 77, 58 ss; 105, 19 – 21.
Por otra parte, la referencia al único Dios está sosteniendo en Job todo su examen de conciencia, de modo que se transparenta de qué manera las relaciones con las personas y las cosas son concebidas con ese telón de fondo permanente: “¿Cuál es la parte que Dios nos envía desde arriba y cómo devuelve el Omnipotente desde lo alto? ¿No es acaso la desgracia para el injusto y la prueba para los que actúan con maldad? El sabe cuál ha sido mi conducta y conoce todos mis pasos” (vv. 2 – 4). “¿Qué podré hacer yo cuando Dios me juzgue? Y cuando me pida cuentas, ¿qué responderé? Me formó a mí y a ellos en el seno materno, un mismo Dios nos formó en el vientre” (vv. 14 – 15). “Porque temo los castigos de Dios y no podría resistir a su majestad. No he puesto en el oro mi confianza ni exclamado: «Tú eres mi apoyo»” (vv. 23 – 24)[4]. Los vv. 26 – 28 son explícitos al respecto, pero juzgados como secundarios por el comentario en cuestión.
En una palabra: el juicio de Dios ante el que ha de comparecer (vv. 2 – 4. 14) en el comienzo de este trozo, la común procedencia de las manos que a todos formaron (al promediar el balance), y el rechazo de las engañosas seguridades hacia el final, constituyen la trama religiosa que sustenta toda la minuciosa evaluación.
P. 755 (a Cant 8, 1) sueltan la siguiente pregunta:
“¿Acaso no se puede tratar con Dios sintiéndose libre con respecto a los ritos, a las actitudes religiosas y a todo lo que, en verdad, es muy útil pero sólo por un tiempo y para un determinado lugar? “.
El apunte se presta a otorgar mayor relevancia a sentimientos o comportamientos “libres y privados” por encima de la liturgia establecida por el mismo Cristo y su Iglesia; ahora bien, el culto público es fuente y culmen de la vida cristiana[5].
Por otra parte, el comentario no cuadra con el género literario de la poesía que pretende explicar: “¡Ah, si tú fueras hermano mío, alimentado con el pecho de mi madre! Te podría besar al encontrarme afuera sin que me despreciaran”.
La amada se deja llevar por hipérboles fantasiosas, para expresar la intensidad de su amor. No es una desvergonzada, que sin pudor alguno ventila su cariño en la vía pública. Sólo acude a un imposible, para dar cauce a su incesante amor. Por eso finge que su esposo es su hermano, dejando así de ser escandaloso besarlo a la luz del día.
P. 802 (a Bar 6, 27) se enfatiza:
“En medio de tantas consideraciones que tal vez parecen largas, nótese el juicio expresado en los versículos 27 y 37: una religión que no se preocupa por el huérfano y la viuda es una religión falsa”.
Este comentario es incompleto y parcializa el mensaje del texto bíblico. A lo largo de todo este capítulo (que consta de 72 versículos) se habla permanentemente contra la idolatría. Ahora bien, en América del Sur, donde numerosos cristianos sienten inclinaciones hacia prácticas que rozan la idolatría (macumba, umbanda, vudú, etc.), es importante marcar la enseñanza de la palabra de Dios al respecto. Lamentablemente, esta nota sólo parece apuntar a los problemas sociales, de ahí que sus reflexiones sean tan pobres en cuanto a lo principal.
P. 828 ( A Sir 13, 1) glosan de la siguiente forma:
“Este largo párrafo invita a no buscar la compañía de los de arriba. A menudo el «rico», o sea el de arriba, es un impío, es decir, un hombre sin escrúpulos. El autor destaca los peligros:
- El de arriba aprovecha al que busca su familiaridad.
- Para ser admitido en la amistad del rico, uno debe aceptar muchas humillaciones y olvidar su propia dignidad.
- Incluso, en contacto con los ricos, fácilmente se llega a imitar sus defectos”.
Se respeta el sentido del texto comentado, pero no se para mientes en el último versículo del párrafo: “La riqueza es buena, cuando en ella no hay pecado” (v. 30). Convendría, por tanto, agregar a la exégesis que los pecados indicados en el trozo inspirado no van necesariamente unidos a la riqueza. Ya que ésta, sin pecado, puede ser buena.
Es así que la historia de la Iglesia abunda en ejemplos de santidad tanto entre quienes vivieron una pobreza ejemplar (San Alejo, San Francisco de Asís, San José Benito Labre, etc.), como también entre otros más acaudalados y poderosos, que supieron usar de sus bienes en servicio de Dios y del prójimo (San Nicolás de Bari, San Luis, rey de Francia, Sto. Tomás Moro, etc.).
[1] La Biblia Latinoamericana, Madrid – Barcelona (1974), 203.
[2] Pp. 167 ss. (Después de Dt 4, 32).
[3] “Introducción” a I y II Crónicas, en: L. Alonso Shökel, Biblia del peregrino – Antiguo Testamento – Prosa, Bilbao – Estella (1996) I, 749.
[4] Se ha de notar la alusión velada a la idolatría en este giro, que ve a la riqueza como sostén en lugar de Dios. Es un comentario muy propio, sobre todo de la literatura sapiencial. “He ahí al hombre que no ha puesto a Dios por fortaleza suya, confiando en sus muchas riquezas, haciéndose fuerte en su maldad” (Sal 52, 9). Un país “lleno de plata y oro...de caballos y carros sin número” se vuelve pronto “un país lleno de ídolos”
( Is 2, 7 ss).
[5] Sacrosanctum Concilium, 10.
*** En las siguientes actualizaciones del Foro de Exégesis continuaremos publicando el resto de este artículo***
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