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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
Últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (III° parte) - Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Últimas ediciones de
la Biblia latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (III°
parte) pbro. dR. Miguel Antonio Barriola e-mail: mabarriola@arnet.com.ar |
Continuamos ofreciendo la serie de reflexiones del Pbro . Dr. Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, acerca de las nuevas ediciones de la Biblia Latinoamericana tituladas por el autor "Advertencias sobre las últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana". En esta oportunidad publicamos los siguientes dos números de esta serie.
5 – Inspiración – Profetismo
P. 179 (a Dt 18, 9) afirman:
“El pueblo de Dios vive de la palabra de Dios, pero no sólo de la que se encuentra escrita en un libro, sino de lo que se dice hoy por medio de los profetas. Son hombres que reciben del Espíritu un don especial para orientar a las personas y a las naciones hacia las verdaderas metas que Dios nos propone”.
La perspectiva es defectuosa, ya que se debe agregar que el mensaje de estos nuevos profetas ha de estar en consonancia con la Palabra “escrita en el Libro”. Además, el profeta actual tiene que someterse a los pastores de la Iglesia, ya que éstos han recibido también un don (carisma) del mismo Espíritu, para gobernarla. Esto lo enseña San Pablo, cuando escribe: “También los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas...Si alguno cree ser profeta u hombre espiritual, reconozca que lo que les escribo es un mandato del Señor. Si no lo reconoce, tampoco Dios lo reconoce a él. Así, pues, hermanos, aspiren al don de profecía... pero que todo se haga en forma decente y ordenada” (1 Cor 14, 32. 37 – 40).
P 244 (a 1 Sam 13, 5): se trata de una proverbial oscuridad del relato bíblico. No queda claro en dónde reside la culpabilidad de Saúl, como para ser rechazado. Se intuye una falta de correspondencia por parte del primer rey.
Con todo, la situación textual y literaria parece que no permite las consecuencias que se extraen en este comentario:
“Podemos advertir de qué manera Samuel se atribuye una especie de autoridad de derecho divino. ¿En nombre de qué autoridad soberana se permite Samuel faltar a su palabra, no llegando en los plazos establecidos?"
Nada deja vislumbrar el texto de que la tardanza de Samuel haya sido debida a una infidelidad a la palabra dada. En aquellos tiempos difíciles, bien pudo presentarse un inconveniente imprevisto que causó la demora. Samuel, por otro lado, no “se atribuye” una autoridad divina. La había recibido de Dios y de ese modo la ejercía. Aún cuando no acertaba de inmediato (1 Sam 3, 2–9; 16, 6–13), el Señor siempre inspiraba a su profeta y lo iba guiando hacia la verdad.
Por consiguiente, está de más un reproche como el que le endilga esta nota:
“Como muchos otros jefes, Samuel se cree dispensado de rendir cuentas a quienquiera que sea. ¿Desde cuándo Saúl es el único responsable de la falta ritual que cometió? ¿Y cómo puede condenar a Saúl, si éste actuó según su conciencia?...Sin negar los grandes méritos de Samuel, habría que decir que fue él quien destruyó a Saúl”.
La situación era un poco más compleja, según los textos o diversas tradiciones al respecto.
En primer lugar, Samuel ya no era “jefe”. Pero seguía siendo reconocido por su carisma profético, por encima de toda otra jerarquía.
Además, Samuel no condena a Saúl llevado de su propio arbitrio. ¿Quién, que no esté secundado por el mismo Dios, se atrevería a vaticinar que el reino de Saúl pasaría a manos de otro? Samuel no dice: “Yo, ante mí y por mí te desecho”, sino que con la claridad deseable declara: “Yahvéh se ha buscado un hombre a su gusto para hacerlo rey de su pueblo” (v. 14). Tan es así, que Dios echará en cara a Samuel que todavía siga llorando por Saúl ( I Sam 16, 1).
Entonces, Samuel, emisario de Dios, por todos reconocido como tal ¿a quién habría tenido que “rendir cuentas”? Todo el pueblo había dado testimonio a favor de Samuel (1 Sam 12, 4–5). No era, pues, un déspota.
Como se adelantó, el texto no es muy explícito sobre todos los detalles. Pero es palabra inspirada por Dios, de modo que el fondo de la situación no se ciñe a la requerida presencia de plazos fijados, sino que se refiere a la requerida presencia del profeta, sea cual haya sido el motivo de su demora. Si esto es así, Saúl no actuó con conciencia tan tranquila. Tuvo que tener en cuenta al profeta. Debió esperarlo.
Análogamente, procederá de una conciencia en extremo devota el proyecto de David en vistas a la construcción de un templo que honrara a Yahvéh. Sin embargo, Dios, por medio de su profeta Natán, rechazará semejantes planes, elaborados a “plena conciencia” (2 Sam 7, 2–14).
Cuando un hombre se mueve en un ámbito tan sobrenaturalmente marcado, la sola conciencia humana, por pura e inculpable que se crea, ha de estar dispuesta a correcciones de rumbo, provenientes del supremo conductor de la historia o de sus emisarios, los profetas. Es, pues, a todas luces exagerado dar a entender que fue propiamente Samuel quien destruyó a Saúl.
No es eso lo que se desprende de la obra entera. El mismo Samuel, evocado, después de su muerte, por la pitonisa de Endor, a instancias del mismo Saúl, manifestó al rey, ya casi derrotado: “Yahvéh ha hecho contigo lo que había anunciado por mis palabras” (1 Sam 28,17). En consecuencia, no se puede disociar la palabra y accionar de Samuel de la misma providencia divina.
En el marco de las anteriores perspectivas, aplican a los cristianos esta visual:
“La tradición cristiana nos dice que uno debe seguir siempre su conciencia si ha hecho lo posible por esclarecerla, y esto incluso si al actuar así desobedece altas autoridades o a leyes muy sagradas”.
La tradición enseña esa actitud fundamental ya para los adjuntos de la moral natural (por ejemplo: no es robar sustraer a su legítimo dueño lo necesario para acudir a una extrema necesidad).
Pero, como se acaba de recordar, no es lo mismo para quien participa en una historia fuera de lo común. Donde Dios interviene manifiestamente, la disposición que cabe es la tipificada desde el comienzo de este libro: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (I Sam 3, 9–10).
Igualmente se ha de tener en cuenta la obligación de “formar la propia conciencia” (aquí está contemplada, cuando hablan de “esclarecerla”, pero la tarea implica humildad y conocimiento de la ley de Dios), de lo contrario poco se podría discernir un actuar “en conciencia” de un obrar por capricho.
P. 526 ( A Jer 1, 4): exponen la relación del profeta con Dios , de esta forma:
“Pongo mis palabras en tu boca (9), Jeremías es hecho profeta. En adelante, dirá la palabra de Dios. Eso no significa que siempre Dios le dictará lo que debe anunciar más bien, porque ahora piensa y siente como Yahvéh, cada vez que hable podrá decir verdaderamente «palabra de Yahvéh»”.
Esto no es cierto del todo, ya que la Biblia ofrece casos de profetas bien intencionados, como Natán, que pueden equivocarse (ver 2 Sam 7, 1ss: el profeta aprueba por su cuenta el deseo de David en vistas a la construcción de un templo. Por la noche Yahvéh reprende a Natán, prohibiendo al rey realizar su proyecto). Los profetas también pasan por momentos de oscuridad, como lo muestra el caso de Eliseo: “Su alma está amargada y Yahvéh no me lo hizo saber ni me ha revelado el motivo de su pena” (2 Re 4,27).
Por eso no podemos identificar todas las palabras y las acciones del profeta con las acciones y palabras de Dios. El profeta sigue siendo hombre y en determinados adjuntos, porque Dios de algún modo se lo indica, habla en nombre de Yahvéh.
E incluso, a veces, Dios convierte en profetas a personas que no “piensan y sienten como Yahvéh”. Es el caso de Caifás, al “profetizar” que la muerte de Jesús redundaría en la unidad de los hijos de Dios que estaban dispersos y no sólo de Israel (Jn 11, 49–52).
P. 646 (Introducción a Habacuq) así presentan la situación:
“Desde siglos atrás, la fe proclamaba que Yahvéh hace justicia, sin embargo, no siempre es clara. Después de muchos que callaron sus dudas, Habacuq es el primero de los escritores de la Biblia que pregunta con osadía: ¿por qué deja Yahvéh que triunfe la injusticia? ¿por qué al castigar al opresor, lo reemplaza por otro peor?”.
Es inexacto que sea Habacuq el primero en formularse estas cuestiones. Jeremías ya lo había hecho antes.
P. 654 (a Ag 2, 20) conjeturan cuanto sigue:
“Ageo, al igual que Zacarías (Za 6,12), piensa que Zorobabel, descendiente de David, podría ser el Mesías que reestablecerá la nación de Israel. No lo dice claramente, pero lo da a entender, interpretando una palabra de Dios que felicita a Zorobabel. En esto el profeta se equivocaba; este error suyo nos muestra hasta qué punto se puede mezclar la verdad divina y la interpretación humana, siempre falible, aun en los discursos de un profeta auténtico”.
Si es verdad (como queda consignado más arriba) que hasta un profeta auténtico, como lo fueron Natán y Eliseo, pueden confundir las ordenanzas de Dios, esto siempre consta por el mismo contexto de la Sagrada Escritura. Pero, cuando los dichos de algún profeta son consignados por divina inspiración en la Biblia, sin enmienda alguna, no le es lícito al exégeta trazar hipótesis sobre su “equivocación”.
De hecho, pues, ante la poca claridad del profeta, no se puede deducir con firmeza que diera a entender que Zorobabel podría ser el Mesías. Por lo tanto, no hay lugar para afirmar que erró. Otros intérpretes proponen un enfoque más aceptable.
Sirva de ejemplo la nota correspondiente de la Biblia de Jerusalén (Bilbao – 1998 – 1388): “La expresión indica una elección divina para una misión importante en la historia de la salvación...Zorobabel, sucesor de David, reanuda el viejo mesianismo...y cristaliza en torno a su persona la espera de la Ley. Ver Za 6, 12”[1]. Alcanza, pues, para el sentido mesiánico del trozo, admitir que con Zorobabel se prosigue la dinastía, sin que necesariamente sea él mismo tenido como su desembocadura final. El texto no se presta para semejante interpretación.
6 – Iglesia: vida e institución – Su historia.
P. 14 * (“La rebeldía de los laicos”: en la Introducción general). Componen esta visión de la historia eclesial:
“Raras veces nos convencemos de que debemos transmitir a otro una responsabilidad nuestra. Así pasó con las autoridades de la Iglesia. De tal manera que los cambios necesarios para que la cristiandad decadente diera lugar a naciones modernas, a instituciones laicas, a ciencias independientes, se hicieron en forma de lucha. Todos saben el proceso ridículo hecho al físico Galileo y los conflictos políticos que hubo entre los papas y los reyes”.
Nos encontramos ante un modo demasiado sumario de cargar las culpas sobre la autoridad eclesial. La lucha de las investiduras no fue iniciada por los Papas, sino que tuvo su origen en el desmedido afán de emperadores y reyes del Sacro Romano Imperio. Si la Iglesia tuvo su culpa en el caso Galileo, no se olvide a los jesuitas del Collegio Romano (Clavius, Riccioli, Gras), que le fueron favorables.
Por lo demás, no sólo la Iglesia era la obnubilada. En general, el contexto cultural cristiano (también entre los protestantes) no supo discernir que la Biblia, por divinamente inspirada y verdadera que fuera, no era un libro de ciencia física. “La primera contradicción (a Galileo) se produjo, pero no en Roma, sino en Wittenberg”[2].
Este y otros comentarios sobre la Iglesia, que se pueden espigar en esta edición, no manifiestan el menor esfuerzo de comprensión por la posición de la misma, que no fue mantenida por mero capricho o ánimo de ejercer el despotismo. Se les puede aplicar la comprobación del Card. J. Ratzinger: “A este autoanálisis flagelador, practicado por muchos contra la propia Iglesia católica, se unía una disposición poco menos que angustiosa de aceptar con absoluta seriedad todo el arsenal de las acusaciones contra la Iglesia, sin excluir una sola”[3].
Ibid: parece harto somera, a la vez que injusta, esta descripción de la obra misionera en de España:
“La misión en América pareció que sería muy fácil y fecunda. Los españoles habían destruido las naciones indígenas y, a veces, arrasado su cultura. Los indios no se resistieron a la fe, y en varios lugares se concedieron privilegios a los que se hacían cristianos. Poca gente se dio cuenta de que la cristianización era muy superficial. Bajo la película delgada de las prácticas católicas de los pueblos indios guardaban sus creencias paganas. Seguían muy religiosos como eran antes, pero a su manera, y si bien es cierto que la Iglesia suprimió costumbres inhumanas e hizo obra de educación moral, los hombres, en su mayoría, no se encontraron con Cristo ni se convirtieron a su mensaje en forma responsable”.
Nadie ocultará los excesos perpetrados en aquella complicada y heroica gesta de la España conquistadora, a la vez que misionera. Pero, ¿hay algo semejante en la historia a la crítica tesonera, que al mismo emperador Carlos V° dirigían los teólogos de Salamanca o los misioneros desde sus lugares de acción?
Pareciera que la descripción arriba reproducida cuadrara más con la acción de los “pioneros” protestantes de la América del Norte, que con la llevada a cabo por los católicos en el sur. En efecto, nada semejante se oyó entre los jefes españoles al “aforismo” del General Custer: “Un indio bueno es un indio muerto”. Tampoco se encuentra entre los “colonizadores” del norte algo parecido al mestizaje, tan propio de la América Española.
Por fin, ¿fue sólo “moral” la educación impartida por la Iglesia en las tierras descubiertas por Colón? ¿Quiénes sino los misioneros dotaron de sus propias gramáticas a las lenguas indígenas de estas latitudes? ¿De dónde provienen las Universidades sembradas a lo largo y ancho del continente?
En cuanto a los resultados de la misión, si quedan residuos de sincretismo, no se puede negar que la fe cristiana impregnó las costumbres y modos de pensar de tantísimos millones de indígenas, mestizos y criollos.
“En la primera época, del siglo XVI al XVIII, se echaron las bases de la cultura latinoamericana y de su real sustrato católico. Su evangelización fue suficientemente profunda para que la fe pasara a ser constitutiva de su ser y de su identidad, otorgándole la unidas espiritual que subsiste pese a la ulterior división en diversas naciones, y a verse afectada por desgarramientos en el nivel económico, político y social”[4].
P. 15 completan su cosmovisión histórica, que en nuestros días ofrecería este cuadro:
“La Iglesia...deja de ser una institución dirigida por una clase superior, el clero, y vuelve a ser una comunidad de comunidades”.
Descripción desafortunada, pues, si hubo frecuentes muestras de “clerocracia”, nunca los discípulos de Cristo dejarán de ser “dirigidos” por sus pastores (= clero). Tampoco la Iglesia Católica es una asamblea democrática de comunidades, ni un consejo mundial de Iglesias. Su esencia es jerárquica, bajo el pastoreo universal del sucesor de Pedro y del Colegio Episcopal.
P. 299 (a 1 Re 12,1, col. der.) acuden a analogías objetables, cuando opinan:
“En el siglo XV, la Iglesia se asemejaba a un imperio, con más afán de prestigio que de humilde servicio a Dios. Sus jefes impulsados por un deseo de dejar tras de sí un testimonio indestructible de su grandeza, aplastaban con impuestos a los fieles para financiar la construcción de basílicas suntuosas en vez de satisfacer la sed espiritual de los creyentes. Estos se rebelaron en nombre del Evangelio mejor vivido, y ése fue el comienzo del Protestantismo. Sin embargo, reconocer todo lo bueno que hay en los protestantes y evangélicos no impide ver cómo, después de separarse de los sucesores de los apóstoles, se enfrentaron a una serie de divisiones y buscan la unidad sin lograrla”.
Imposible negar la frivolidad de un León X°, que, ocupado en la caza, el teatro y las fiestas, no acertó a percibir la seriedad de los asuntos en juego, considerando el litigio de las indulgencias como “rixae monachales” (= riñas de monjes).
Sin embargo, no podemos juzgar desde nuestro punto de vista actual, esclarecido justamente por los resultados de aquellos pleitos, la mezcla de mercantilismo y santidad que en torno a la predicación de las indulgencias constelaron la existencia de la Iglesia medieval y renacentista. Ya antes de Lutero, la crítica a los excesos de predicadores más ardorosos que doctos, se había levantado por parte de teólogos católicos[5].
Tampoco se puede pasar por alto que las indulgencias eran extraordinariamente populares y que no sólo obispos y papas las pregonaban, sino también los príncipes electores, que las pedían para sus propios templos.
“Nicolás Paulus ha notado que numerosas ciudades, aun aquellas que fueron las primeras en abrazar el protestantismo, como Nürenberg, Estrasburgo y Berna, pedían instantemente a Roma bulas de indulgencias. Apenas el subcomisario se acercaba a una ciudad, las turbas salían a su encuentro...Cierto que en aquellas manifestaciones religiosas no todo lo que relucía era oro puro... (Sin embargo) el docto teólogo Juan de Paltz, bien conocido de Lutero en Erfurt y predicador del jubileo en Alemania en 1501 – 1503, testifica que muchos y grandes pecadores se convirtieron sinceramente a Dios en aquella ocasión. Lo mismo podían atestiguar todos los predicadores de otros tiempos y otros países, desde San Bernardo hasta Nicolás de Cusa y San Juan de Capistrano”[6].
Tampoco es posible ignorar que Lutero, dentro de tesis aceptables católicamente, estaba dudoso de muchas de sus propias posturas, lo cual no le impidió arremeter con todo furor, sin detenerse en mayores discernimientos[7]. Por lo tanto, siendo innegable la genuina ansia de reforma en Lutero y sus seguidores, es igualmente cierto que su forma de llevarla a los hechos fue muy poco cristiana. Pareciera, por el comentario de esta Biblia, que toda la culpa hubiera recaído sobre la Iglesia Católica.
La última frase, distinguiendo lo bueno de los protestantes (que es mucho), de sus divisiones por falta de un centro de unidad, querido por Cristo, redime en algo la andanada precedente. Pero, el luteranismo y su galaxia de denominaciones no sólo ha sido censurable después de la dieta de Worms, sino ya también desde mucho antes, empezando por el carácter fogoso y pendenciero del propio Lutero[8].
Ibid. : se ha de acotar algo semejante al párrafo que sigue:
“La Iglesia católica ha pasado por muchas crisis cuya responsabilidad le cabe en absoluto, y sin embargo parece que en cada oportunidad Dios la ha tratado según sus promesas y no según los méritos de ella, para ponerla nuevamente en vereda. Ella debe por cierto reconocer los aspectos tan poco evangélicos de sus estructuras y de su práctica presente, pero sabe que puede contar con la promesa de Cristo”.
Estamos ante una afirmación demasiado maciza. ¿Qué quieren decir con ese ”en absoluto”? Si apuntaran a que la Iglesia católica no puede descargar su parte de responsabilidad, o a que hubo, hasta en sus miembros más encumbrados, real culpa, puede aceptarse el concepto. Pero, si con ese “en absoluto” se insinúa que la causante de la separación fue total y únicamente la Iglesia de Roma, se trata de un craso error histórico.
Tampoco hemos de caer en una visión “luterana” de la gracia y asistencia de Dios a su Iglesia. El Espíritu la guía pese a su pecado, pero no prescindiendo de la colaboración de santos y pastores. ¿Negaremos “el mérito” de un Ignacio de Loyola, de un Cayetano, de los padres del Concilio de Trento?
P 576 (Introducción a Ezequiel) ofrecen el siguiente panorama:
“Estas son las palabras de Dios, con las cuales Ezequiel anunciaba la ruina del Pueblo Santo. ¿Acaso no se aplican también a la crisis actual de la Iglesia? Esta ha perdido en pocos años la fachada imponente que constituían para ella sus templos y ceremonias concurridas, la fidelidad de su clero presente en todas partes, la seguridad de una fe indiscutida y de una obediencia de todos al centro, Roma. Todo esto se va derrumbando. Muchos esperaban que la renovación empezada con el Concilio diera pronto frutos, pero cada día se deshace más lo que parecía asegurar el provenir”.
Hay que tener cuidado a la hora de emitir vaticinios demasiado “matemáticamente” medidos o de establecer equivalencias simplistas. Porque también hubo ruina y persecución contra la Iglesia en la época de mayor pureza de sus miembros, es decir, durante la era de los mártires a lo largo de tres siglos.
Y, al contrario, cuando la Iglesia ofrecía el triste espectáculo de una gran decadencia y corrupción interna, que desembocó en la tragedia de la Reforma luterana, se abrió para la fe católica la inmensa cosecha de las iglesias hispanoamericanas, así como, por la otra punta, la prodigiosa misión de Francisco Javier.
Por otra parte, la deserción tanto sacerdotal como entre el laicado ¿se debe sólo al derrumbe de la “imponente fachada de templos y ceremonias”, sin que nada hubiera tenido que ver en ello la politización marxistoide de teólogos, tanto americanos como europeos? Por la ideologización que percibía en sus pastores, el pueblo sencillo se volcó a las sectas, dado que no encontraba en sus párrocos otra cosa que una prédica monótona, papilla pseudopolítica, asunto para el cual no basta el solo entusiasmo, sino una sólida preparación, que nunca tuvieron. Echaron al canasto aquello que habían estudiado por años y se improvisaron sindicalistas, líderes ideológicos, tal vez con gran arrojo y buenas intenciones, pero condimentadas de una ingenuidad alarmante.
Además, aun cuando debamos admitir que hay cosas que han de ser modificadas en la Iglesia, en base a las indicaciones del Concilio Vaticano II, ello no implica cambios que dejen caer la”práctica mayoritaria del pueblo, la fidelidad de su clero, la seguridad de una fe indiscutida y una obediencia de todos al centro, Roma”. Al contrario, se deberá afianzar la misión universal de la Iglesia “a todas las gentes” (Mt 28,19).
Ibid.: renglones más abajo continúa:
“¿Acaso no será Dios el que llama ahora las fuerzas de destrucción?¿No será Dios el que echa abajo las construcciones humanas que nosotros creíamos ser la Iglesia?”
Aun cuando este párrafo es más esperanzador que el anterior, de todos modos la simple identificación de lo que le pasó a Israel en la época de Ezequiel con lo que sucede ahora en la Iglesia, es inaceptable. Nunca se ha de olvidar que el Señor prometió a la Iglesia su auxilio, para que no se equivocara jamás en sus enseñanzas sobre los asuntos fundamentales de la fe y las costumbres. Se ha de tener en cuenta igualmente, que Cristo aseguró que la Iglesia subsistirá hasta el fin de la historia, cuando él vuelva.
El comentarista lo admite (“algo subsistirá”), pero insinúa igualmente que Dios estaría echando por tierra “las construcciones humanas que nosotros creíamos ser la Iglesia”. Conjetura peligrosa, pues, si es verdad que mucho de lo “tradicional” no refleja la gran ”Tradición” y ha de ser reformado (baste echar una ojeada al último Concilio), así y todo, muchas “construcciones humanas” en el seno de la Iglesia han sido providenciales y sostenidas por la gracia de Dios.
El derecho eclesial no es en todo divino, pero no por ello se lo ha de demoler sistemáticamente.
En otros lugares de esta Biblia, nos encontramos con perspectivas más acordes con la fe católica, por ejemplo, en la P. 299:
“Ella (la Iglesia) debe por cierto reconocer los aspectos tan poco evangélicos de sus estructuras y de su práctica presente, pero sabe que puede contar con la promesa de Cristo. Ella es el centro, el lugar de comunión, en cuyo derredor se deben reunir todos un día” (véase Ez 16, 52 - 59; Sal 87)”.
En otro lugar (ibid., 753) :
“El que ama se siente solidario con la Iglesia, asume incluso sus infidelidades”.
Sacan esta consecuencia (ibid. , 576):
“Lo dicho anteriormente basta para entender el valor actual del libro de Ezequiel”.
¿Querrá decir que Ezequiel no tuvo vigencia en los tiempos de mayor bonanza para la Iglesia? La palabra de Dios siempre tiene algo que decir, sea cual sea la situación concreta en que nos encontremos. Si hay prosperidad, sus amenazas servirán para no dormirnos en los laureles; si se anda en adversidad, sus promesas alentarán la esperanza. Las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis contemplaban coyunturas muy distintas: unas de severo reproche, otras de caluroso elogio. No menos, al fin de cada una de ellas, se exhorta: “El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (no sólo a esta particular: Ap 2, 7.11.17.29; 3, 6.13. 22).
Ibid: continúan con los parangones:
“Los judíos suelen decir que Ezequiel mereció ser renegado de su nación por haber hablado mal del Pueblo Santo en forma insultante e incluso grosera...Pero nunca dudaron de que su palabra fuera de Dios. Y lo es también para nosotros. Una palabra que nos obliga a ser muy exigentes con la Iglesia, en la misma medida en que la queremos y nos sentimos parte de ella”.
Lo dicho coloca en el mismo nivel a los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento y puede dar pie a todos aquellos que, con sus críticas, quieren demoler sistemáticamente a la Iglesia.
Esa “exigencia” para con la Iglesia no debería echar en saco roto la enseñanza del Vaticano II: “Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del romano Pontífice, aún cuando no hable ex cátedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él, según el deseo que haya manifestado él mismo como puede descubrirse, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas” (LG, 25).
Habría que atender asimismo a que la “exigencia” sea pareja, tanto para los propios grupos a que se pertenece, como en dirección a los pastores, cuando fuera menester hacerles revisar sus fallas.
Con todo, no se confunda ansia de protagonismo con auténtico espíritu profético. Ni se pase por alto que no cualquier tribunal (prensa oral o escrita, TV) es el adecuado para estas denuncias: “¿Y se atreve alguno de vosotros a acudir ante los injustos y no a los santos?“ (1 Cor 6,1).
P. 569 ( A Ex 16, 61) sostienen:
“Cristo – Rey, como lo decimos, no necesita de una Iglesia Reina o con aureola; ella debe más bien reconocer que es infiel y pecadora, en sus miembros como en sus instituciones”.
No obstante, no se ha de ocultar que la Iglesia es la esposa amada de Cristo (Ef 5, 25–28), a la que quiere “radiante y sin mancha”(ibid.). Aunque tal perfección sólo será alcanzada en la Jerusalén del cielo, ya el Señor “lava y purifica a su esposa”, la “Jerusalén de arriba” es también ahora “nuestra madre” (Gal 4,26; Hebr 11,22).
Si la Iglesia ha de reconocerse infiel y pecadora, no es posible callar que, pese a ello, en semejante “vaso de arcilla” el Señor ha depositado sus tesoros, que la vuelven igualmente “una, santa, católica y apostólica”.
Pp. 636 – 637 (a Jon 1: “Dios salva a todos los hombres”), presentan esta panorámica histórico – teológica:
“El filósofo y mártir san Justino, pensó que ya antes de Jesús, el Verbo de Dios estuvo en el mundo como una semilla de verdad y que iluminó a los sabios de todas las religiones. San Agustín, por el contrario, tomó al pie de la letra Marcos 16, 16: «El que no crea será condenado». Por ende se vio obligado a demostrar que todo lo que vemos de bueno en los no cristianos es fruto de un orgullo secreto... Esta solución radical fogueaba el entusiasmo de los bautizados y la Iglesia no demoró en aceptarla”.
El santo de Hipona es más matizado que lo que aquí se da a entender. Junto con su convicción de que ser miembro de Cristo y serlo de la Iglesia es una misma cosa, considera también con amplitud al mismo hereje (material), que “defiende su opinión, por más que sea errónea y perversa, pero (si) lo hace sin obstinarse en ella, sobre todo cuando no es fruto de su audaz presunción, sino heredada de padres caídos en el error y que busca la verdad con escrúpulo, dispuesto a rendirse a ella, cuando la conozca, no ha de ser alineado con los herejes”[9].
Por lo mismo, es poco claro este comentario ( P. 637) :
“Era verdad que el misterio de la Iglesia abrazaba la humanidad entera, pero se estaban confundiendo dos cuestiones: ¿es la Iglesia necesaria para la salvación de la historia humana? Y aquella otra: ¿no hay acaso salvación para aquellos que no se ubican dentro de la estructura eclesial?“
Si se admite que la Iglesia abarca a toda la humanidad, dentro de esta verdad no es posible establecer una disyuntiva entre la necesidad de la Iglesia para la salvación y la posibilidad de salvación para aquellos que, lejos de toda consciente obstinación, no han podido reconocerla aún.
“El sagrado Concilio...enseña, fundado en la Escritura y en la tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación” (LG 14). Doctrina que no es eclipsada por la otra: “Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (ibid., 16).
En consecuencia, parece que están de más juicios como el que se encuentra en la p. 636:
“Hay que decir que la Iglesia ya (en tiempos de Agustín) se había sentado en el trono de gloria que a Cristo, su esposo, le correspondía. Siendo él el único Salvador, ella se daba como la intermediaria que ninguno podía ignorar sin condenarse para siempre”.
La Iglesia en nada usurpa el trono de Cristo, cuando él mismo la ha llamado a ser su auxiliar necesario en la propagación de la Buena Nueva de la salvación. “Salvaos de esta generación perversa. Ellos recibieron la palabra y se bautizaron, siendo incorporadas aquel día unas 5000 personas” (Hech 2,41). Es patente que la inserción de los que se salvan de la perversidad tiene como punto de entronque a la Iglesia. “Cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados” (ibid., v. 47).
Y, si la Iglesia es descrita como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15), no se está usando, por cierto, de una metáfora menos imponente para indicar su importancia en la prosecución de la salvación, que no puede ser obtenida fuera de la verdad.
Ibid., (p. 637): se mantiene el mismo tono:
“Así fue cómo la Iglesia de Occidente se encastilló en la posición de san Agustín y la apuntaló con la doctrina del pecado original de la que él había trazado las grandes líneas... Se sostenía imperturbablemente que debido al pecado de Adán, todos los hombres se condenaban al infierno, excepto aquellos que fueran bautizados o que al menos manifestaban el deseo de hacerlo. Y esto se dijo y se predicó hasta una época muy reciente”.
El rotundo aplomo con que asientan semejante visión histórica, no amedrentará a quien conozca de verdad el pensamiento de grandes teólogos de Occidente. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino llega a decir lo siguiente: “Pertenece a la divina providencia el proveer a cada uno de las cosas necesarias para la salvación, con tal de que no lo impida por su parte. Así, pues, si alguno de tal manera educado, llevado de la razón natural, se conduce de tal modo que practica el bien y huye del mal, hay que tener como cosa certísima ( certissime tenendum est) que Dios le revelará, por una interna inspiración, las cosas que hay que creer necesariamente, o le enviará algún predicador de la fe, como envió a San Pedro a Cornelio ( Hech 10)[10].
En cuanto a que Agustín fuera quien plasmó las principales líneas del dogma sobre el pecado original, no se debería perder de vista que este punto de doctrina “no fue objeto de contestación hasta la crisis pelagiana, y, por ello, la especulación patrística no llegaría a un desarrollo pleno del mismo hasta dicha época. Evidentemente, esto no quiere decir que, en los cuatro primeros siglos, no haya en la tradición de la Iglesia, y de los Padres, en particular, una conciencia sobre el pecado original e incluso que no se afirme con claridad la existencia del mismo”[11].
Así, por ejemplo, ya Justino, al redoblar el paralelismo paulino entre Adán y Cristo con el de Eva y María, no “expressis verbis”, pero de otro modo da a entender su percepción del pecado original, bebida en las fuentes mismas de la fe: “El que Justino no hable explícitamente de transmisión del pecado en cuanto tal no quiere decir que no lo haga de forma equivalente, dado que presenta el estado del hombre caído como un estado de alejamiento de Dios que necesita la liberación de Cristo. En los Padres apologetas es frecuente el tema de la cautividad que el hombre padece por parte del demonio hasta la incorporación a Cristo”[12].
Siguen (en la misma p. 637) tres párrafos, a nuestro entender en el mismo tenor de afirmaciones de bulto, que inducen a confusión. Sin hacer referencia a ningún texto explícito de la equilibrada doctrina del Vaticano II, aluden con trazo grueso a la situación posterior al último concilio. Tienen razón en lo que toca a cierto indiferentismo, que siguió, no a la doctrina del Vaticano II, pero sí a las tesis resbaladizas de más de un teólogo.
¿Habrán tenido en cuenta estos exégetas latinoamericanos la importancia del primer capítulo de Redemptoris Missio: “Jesucristo, único Salvador” – “La Iglesia signo e instrumento de salvación”? En el párrafo 9° enseña Juan Pablo II: “Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”.
P. 662 (a Zac 14,1) estiman que:
“En la Jerusalén nueva...los hombres ya no serán creyentes el domingo en la misa y el resto de la semana semejantes a los demás hombres mediocres y pecadores, sino que todo será santo. Zacarías lo dice usando los conceptos propios de su tiempo (vv. 20 – 21)”.
Estos juicios dan a entender que lo habitual en la Iglesia católica es la dicotomía general, instalada en hombres de misa dominical, separada del resto de los días por mediocridad y pecado. ¿No hay santos y gente cabal en la Iglesia actual?
P. 918 (a Sal 89, col. der.) confiesan que:
“A veces el creyente de hoy se siente impulsado a decir... ¿por qué tu Iglesia no vive según el Evangelio?”
Mayor realismo sobrenatural sería expresar: “El creyente ...se siente tentado a decir:...“. Porque ni siquiera los santos dejaron de rezar: “No mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia”. La tonalidad de esta nota al Sal 89 se acerca bastante a la actitud agudamente focalizada por el Card. Ratzinger: “Se tiene la impresión fundada de que algunos, hay que pensar que inconscientemente, tergiversan la invocación, entendiéndola de este modo: «no mires los pecados de la Iglesia, sino mi fe»”[13].
[1] En Za 6, 12, la nota explica: “El profeta entrevé aquí el futuro de la realeza y sin duda también el del templo”.
[2] W. Brandmüller, Galileo y la Iglesia, Madrid (1987), 54 (donde reporta una de las “Tischreden = conversaciones de sobremesa - de Lutero contra el sistema de Copérnico, a la vez que la reacción de Melanchton, en igual sentido).
[3] J. Ratzinger, “Zur Ortbestimmung von Kirche und Theologie heute” en su obra: Theologische Prinzipienlehre – Bausteine zur Fundamentaltheologie, München (1982) 388.
[4] “Evangelización de la cultura, en: CELAM, Puebla – Conclusiones finales, Montevideo (1979) N° 412.
[5] Ver: R. García – Villoslada, Martín Lutero – El fraile hambriento de Dios, Madrid (1973) I, 327 – 329.
[6] I. Iserloh, “El pleito de las indulgencias” en: H. Jedin (ed.), Manual de historia de la Iglesia , Barcelona (1986) V, 107.
[7] R. García- Villoslada, ibid. , 329.
[8] No sólo adversarios del reformador (como Erasmo, al caer en la cuenta de los posteriores desmanes del doctor de Wittenberg), sino hasta un predilecto discípulo, como Melanchton, escribía en una carta a Camerario: “Yo espero que tal estado (el matrimonio de Lutero con Catalina Bora) le hará más grave, de suerte que deje a un lado las bufonadas que muchas veces le hemos reprochado” (citada por R. García – Villoslada, ibid. , II, 233). Lamentablemente, Melanchton se equivocó de medio a medio en su pronóstico.
[9] San Agustín, Contra Julianum , I, 3, cap. 18.
[10] Santo Tomás de Aquino, De Veritate, 14, 11 ad 1.
[11] A. Sayés, Antroplogía del hombre caído – El pecado original , Madrid (1991) 82.
[12] Ibid. , 86. La postura de otros Padres anteriores a Agustín, que todavía no sistemática, pero sí germinalmente mantienen los elementos de esta doctrina, pueden ser consultadas en: “El pecado original en los Padres”, que es el cap. 3° de la obra de Sayés, que venimos usando ( 82 – 139).
[13] Card. J. Ratzinger – V. Messori, Informe sobre la fe, Madrid (1985), 60.
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