Foro de Exégesis y Teología bíblica del Instituto del Verbo Encarnado

Últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (IV° parte) -  Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Últimas ediciones de la Biblia latinoamericana: ¿Progreso o retroceso? (IV° parte)
 

pbro. dR. Miguel Antonio Barriola

e-mail: mabarriola@arnet.com.ar

                        

 

Ofrecemos la última entrega de las reflexiones del Pbro . Dr. Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, acerca de las nuevas ediciones de la Biblia Latinoamericana tituladas por el autor "Advertencias sobre las últimas ediciones de la Biblia Latinoamericana".

 

 

PUNTOS INQUIETANTES EN LOS COMENTARIOS DE LA BIBLIA  LATINOAMERICANA:

NUEVO TESTAMENTO

 

 

I - Preliminares

 

Continuamos en esa nueva entrega con otras advertencias, que será útil  tener en cuenta, para discernir entre notas esclarecedoras de esta edición (91ª [1995-Verbo Divino]), de otras que pueden ser equívocas o erróneas.

Nos referiremos ahora al Nuevo Testamento.

Sin seguir un camino directo (empezando por Mateo y acabando con el Apocalipsis), más bien hemos distribuido en diferentes  temas las aclaraciones que nos parecen indispensables, para una lectura de la Biblia coherente con la fe católica.

         Ofrecemos estas observaciones bajo el siguiente orden:

 

1 - Religiosidad y ritos.

2 - Historicidad.

3 - Cristo.

4 - Iglesia y salvación.

5 - Iglesia - Institución.

6 - Magisterio.

7 - Inmortalidad - Resurrección.

8 - Ricos y pobres

9 - Poca precisión  teológica.

10 - Inexactitudes.

 

 

II - Evaluación de los aspectos propuestos.

 

1 - Religiosidad y ritos

 

A: Mc 2, 18  (p.68. col. der.). En el comentario leemos lo siguiente:

 

"Jesús...aquí se opone incluso a Juan Bautista. Es que, en realidad el Evangelio es mucho más que una religión".

 

Esta nota induce a confusión, pues depende de qué se entienda por "religión". ¿Incluiremos en ese concepto pobre de religión a Sant 1,26, que recomienda una "religión pura e inmaculada"?

Por otra parte, Mc 2,18 critica sólo la oportunidad de mencionar el ayuno cuando se asiste a la boda mesiánica, que cuenta con la presencia histórica del esperado por los siglos. El propio Jesús, en este mismo contexto, avisa que llegará el momento en que se ayunará (ibid., v. 20). También Jesús ayunó (Mt 4,1 - 2) y  aleccionó sobre cómo había que hacerlo (Mt 6,16), no a la manera de los hipócritas. Cosa que no significa la abolición de esta práctica religiosa.

Se explican enseguida con una descripción de los rasgos de toda religión natural. Claro que la "revelación" va mucho más lejos. Pero no vuelve caduco lo que ha sido descubierto por el sentido común y la razón (Sab 13,5; Rom 1, 19 - 20).

Finalizan estas notas de la siguiente manera:

 

¡Qué hermoso y engrandecedor aparece Dios, cuando ya no es el que se preocupa por la clase de carne que hay en mi mesa...! El quiere darnos el Espíritu, y por más que sean útiles los ritos y las penitencias el Espíritu no se encierra en ellos".

 

Se trata de una consideración secularizante, un tanto despreciativa de las muestras de religiosidad popular. Admitiendo que el Espíritu no es prisionero de los ritos, no es menos cierto que también se vale de ellos, pues la "adoración en espíritu y en verdad" es otra cosa que un intelectualismo descarnado. Así Pablo manda: "Recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, sin distinción de personas...Quiero, pues, que en todo lugar donde los hombres estén orando levanten al cielo las manos limpias de todo enojo y discusión" (I Tim 2, 1- 2. 8). Los magos (Mt 2,11) y los discípulos (Mt 28,17) se postran y adoran a Jesús niño o resucitado.

Se puede contrapesar la imperfección de esta nota con más sensatas consideraciones sobre religiosidad popular en la p. 74 de esta misma Biblia en su comentario a Mc 5,21 y en la p. 237, explicando Hech 18,1.

 

A Jn 4, 24 (p. 170)

 

"Dios no necesita nuestros rezos, sino la sencillez y la nobleza de nuestro espíritu. Debemos, pues, buscar más allá de los ritos, las fórmulas...y dar a Dios lo más profundo nuestro, el espíritu y el corazón del que surgen todos los deseos".

 

Estrictamente hablando, tampoco Dios necesita de nuestro espíritu y corazón. Todo lo que pide de nosotros redunda pura y exclusivamente en nuestro provecho, pero, ni lo empobrecen nuestra defectuosa práctica religiosa ni lo enriquece la mística más pura de nuestra alma.

Dios no mendiga rezos, sacrificios y culto; pero los ha ordenado tanto al pueblo de Israel como a la Iglesia.

Tampoco el sol precisa de las plantas, pero éstas sí de él. Análogamente Dios no se beneficia con nuestros actos de adoración, siendo nosotros los que nos enriquecemos con el culto. "Aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo nuestro Señor" (Misal Romano, Prefacio común IV).

El mismo contexto del diálogo de Jesús con la samaritana no vanifica la religión judaica, sino que resalta, más bien, su preeminencia sobre la que se practicaba sobre el monte Garizim.

"Uds., los samaritanos, adoran lo que no conocen, mientras que nosotros, los judíos, adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos" (ibid. , v.22).

Además, la adoración "en espíritu y en verdad" no se refiere a aspectos antropológicos: al alma contrapuesta al cuerpo (perspectiva platónica), así como tampoco a la acusación profética de un culto externo divorciado de una religión que parte del corazón, cosas muy a tener en cuenta, pero de las cuales no trata este pasaje.

Confirmamos lo dicho en esta explicación de R. E. Brown:

        "Casi todos los exégetas están hoy de acuerdo en que el proclamar el culto con espíritu y verdad, no trata Jesús de contraponer el culto externo al culto interno. Sus palabras nada tienen que ver con el culto a Dios en la intimidad del propio espíritu, pues aquí se habla del Espíritu de Dios, no del espíritu del hombre, como hace ver claramente el v. 24: «Dios es Espíritu y los que le adoran deben adorar en Espíritu y en verdad». El ideal del culto puramente interior no encajaría en el escenario del N. T. Con sus reuniones eucarísticas, el canto de los hombres, el bautismo de agua, etc.” (El Evangelio de San Juan, Madrid – 1979 – I, 385).

En fin, Jesús está hablando con categorías de la historia de la salvación y sus etapas: la búsqueda a tientas de paganos y samaritanos (Hech 17,27; Jn 4,22), la revelación auténtica pero todavía parcial de los judíos y,  culminándolo todo, la fase definitiva que empieza con El. "Verdad" en Juan, no significa sólo lo opuesto a mendaz, hipócrita (sacrificios en el templo no acompañados de la conversión del corazón), sino la revelación definitiva que se realiza en Jesucristo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6).

 

A: Jn 7, 25 (p. 179):

 

"Por eso, cuando procuramos que otros lleguen a la fe hay momentos en que es mejor evitar los discursos religiosos. Son ellos los que deben alcanzar la verdad que les hace falta"

 

Sin negar la necesaria colaboración de cada uno, "¿cómo podrán creer si no han oído hablar de EL?" (Rom 10, 14). ¿Porqué el calificativo "religioso" ha de ser forzosamente peyorativo?

 

A: Hech 14,8 (p. 229):

 

         "Quien tenía una religión estaba sometido a la autoridad indiscutible de las costumbres y tradiciones sociales ligadas a esa religión...difícilmente podía adoptar una actitud libre ante Dios. En cambio, muchas veces, los no creyentes de nuestras sociedades modernas han sido liberados de numerosos prejuicios y confusiones".

 

Otra muestra de ingenua simpatía para con los arreligiosos. Como si no hubiera otras cadenas esclavizantes, tales cuales son descritas en Rom 1, 18 – 32 y se ven hoy en día propagandeadas sin rubor, como, por ejemplo, el divorcio, el aborto, la homosexualidad, la clonación.

         Tampoco los cristianos pueden adoptar una "actitud libre ante Dios", si por tal se entiende apartarse de los mandamientos divinos, para llevar a cabo el propio antojo. "Religare" (de donde viene "religión") implica que se acepta la propia vida dirigida por otro, el "gran OTRO", el mismo Dios y su enviado Jesucristo.

 

         A Hech 15, 1 (p. 231) :

 

         "Un buen número de judíos que creían en Cristo no veían de un modo distinto la entrada a la Iglesia; los que eran fariseos expresaban su punto de vista de manera más categórica, mientras que Santiago lo hacía de una manera más sutil: los paganos se salvarían por la fe en Jesucristo, pero ésta no hacía más que coronar la fidelidad a la ley".

 

         Del texto no se desprende nada de esto. Santiago conecta con David, como lo hacen Lc 1,32 y Mt 1,20. Para nada alude a la ley, y sólo como medida prudencial aconseja las llamadas "cláusulas de Santiago" (vv. 20 - 21), tal como lo explicará la nota al v. 13 de este mismo comentario.

 

         A Hech 19,1 (p. 238):

 

         "Quizá nuestro temperamento demasiado racionalista, y nuestra vida de Iglesia tan desconfiada de todo lo que es expresión corporal, contribuyan a extinguir los dones del Espíritu".

 

         Hay una exageración: la Iglesia no descuida las expresiones corporales o artísticas (música, plástica, gestos). Sólo que observa su estilo propio, más sobrio y recatado. No es posible quebrantar esta modalidad, permitiendo cualquier gesticulación o ritmos más propios de un salón de bailes. "En la liturgia el alma aprende a moverse en el amplio y vasto mundo de la objetividad espiritual. Adquiere...esta libertad, esta nobleza de actitud y de movimiento hecha de dominio de sí mismo que, en el orden humano y natural, se gana en compañía verdaderamente noble al contacto de hombres formados por una larga tradición de vida social, de delicadeza y distinción. Adquiere al mismo tiempo esta amplitud de sentimiento y de serenidad, esta transparencia espiritual que da el contacto familiar con las grandes obras de arte" (R. Guardini, "L'estyle liturgique", en su obra: L'Esprit de la liturgie, Paris - 1960 - 81).

 

         A: Rom 3, 21 (p. 260):

 

         "Le costó a Pablo expresar el misterio de la salvación en los términos religiosos, los cuales a menudo no se liberan de las imágenes de un Dios violento".

 

         Hablar de la "cólera de Dios" no es presentarlo como "violento". Por más que se trate de un antropomorfismo, ha de ser siempre retenida la verdad de fondo que intenta expresar: a Dios no le da lo mismo que el hombre peque o no y, si bien la perfección de Dios no se ve afectada, ni su gloria aminorada por las insurrecciones humanas, se ve dañado su plan para con los hombres. "Ira de Dios", entonces, indica la seriedad de los designios divinos y las tremendas consecuencias para quienes se colocan al margen de los mismos.

 

         Continúan razonando así:

 

         "No hay que pensar que Dios, enojado, exija el sufrimiento de un inocente; pues Dios da la víctima y la venida de Jesús expresa la inmensidad del amor del Padre".

 

         No se trata de una venganza ni de un dolor impuesto a la fuerza a su Hijo, pero Dios espera el acto de amor que los hombres le hemos rehusado. Y el sufrimiento hasta la cruz es la expresión extrema de ese amor. No sólo "Dios da la víctima", sino que la propia víctima, hermanada con los pecadores (para poder ofrecer un sacrificio, cosa que no podría con su sola condición divina), consiente misericordiosamente en ser sacrificio agradable a Dios.

 

         P. 314: Introducción a Gálatas:

 

         "Los fieles vuelven a pedir prácticas religiosas porque no han comprendido o porque han olvidado que ser cristiano no es, en primer lugar, practicar una religión, sino más bien vivir una fe".

 

         Habría que aclarar que los Gálatas deseaban volver a prácticas religiosas "perimidas" (como la circuncisión). No se trataba de todo tipo de expresión religiosa. Fe y religión no se oponen. La fe, justamente, hace que captemos más a fondo nuestra "religatio" con Dios.

         Se pregunta esta introducción si los Gálatas habrían descubierto que Cristo es lo suficientemente grande como para llenar nuestra existencia y que  "el Espíritu nos dirige mucho mejor que las obligaciones religiosas".

         Nuevamente: no hay contradicción entre el Espíritu y las obligaciones religiosas. Y, si es verdad que "la letra mata y el Espíritu vivifica" (2 Cor 3,6), no es menos cierto que el Espíritu nos recuerda todo lo que Cristo nos enseñó (Jn 14,16), incluyendo también "mandamientos" (ibid. , v. 15). Pablo ya había tomado como punto de partida para su prédica la imperfecta religiosidad de los atenienses, para conducirlos a la novedad de Cristo (Hech 17, 16 - 34). Que en aquella ocasión el éxito haya sido menguado no quita lo válido de su procedimiento. Así como la incredulidad de tantos judíos en nada nos induce a infravalorar la predicación que Jesús les dirigió.

 

         Siguen conjeturando:

 

         "Transcurrido el momento del primer entusiasmo, la gran mayoría de estos nuevos cristianos sintió la necesidad de reglas y prácticas. Tenían fe en Cristo, pero era demasiado pedirles que todos fueran «espirituales»".

 

         El propio Pablo, en esta carta de la fe y la gracia no dejará de suministrar reglas ( 6, 1 - 10).

         Más aún, concretamente advertirá: "Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a los instintos de la carne" (Gal 5, 13). Ser "espiritual", por lo tanto, no significa estar al abrigo de toda tentación, ni arrinconamiento de los mandamientos de la ley.

         Sigue una extraña interpretación del cap. 6º: la vuelta a las usanzas hebreas tendría por móvil asegurar el apoyo de las comunidades judías a las cristianas (por lo que se insinúa en este comentario, los cristianos de Galacia estarían esperando ayuda económica, de donde vendría el procurar congraciarse con los judíos, adoptando sus usos religiosos).

         El contexto no permite sospechar el más mínimo indicio para una exégesis tan peregrina. Sin necesidad de acudir a semejante explicación sobre expectativas de posibles contribuciones pecuniarias judaicas, más basados en los datos que nos ofrece el mundo paulino, sería posible esperar que la comunidad de Galacia también se hubiera organizado económicamente al modo del que nos da noticia 1 Cor 8,11.14. Pablo, en efecto, había sentado las bases de la solidaridad mutua entre cristianos. Si bien el Apóstol, en su gran entrega y prudencia pastoral, renunció a los emolumentos debidos a su ministerio, no menos dejó asentado que "si nosotros sembramos lo espiritual, ¿será excesivo que cosechemos lo corporal?" (1 Cor 9,11).

 

                   Insisten de este modo:

 

         "La respuesta de Pablo es severa y tal vez nos parecerá muy parcial y negativa con respecto a las prácticas religiosas - pero es palabra de

Dios -. Dar demasiado crédito a las reglas y prácticas de una religión es encerrarse en un sistema, en un orden en el cual se espera aún sin decirlo la recompensa de las buenas obras".

 

         No todo tipo de expresión religiosa se basa en el concepto comercial de pura "recompensa por las buenas obras". Tampoco se ve como tan estridentemente opuesto a la fe más pura y bíblica la esperanza de la recompensa por las buenas obras. "Sólo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, justo juez, y conmigo la recibirán todos los que anhelaron su venida gloriosa" (2 Tim 4,8). Las cartas a las 7 iglesias de Asia finalizan con la descripción de los galardones que recibirán "los que vencieron" (Ap 2-3).

         Sugieren que Gálatas tiene actualidad hoy, porque "tantas personas andan en busca de certidumbres. Por otra parte, en la medida en que la Iglesia deba atender a muchos fieles que sólo tienen una limitada experiencia de la vida del Espíritu, tiene siempre alguna obligación de ponerse a su nivel con ritos, preceptos y autoridades".

         ¿Es tan errado valorar la certidumbre de la fe, a la que calificamos de "assensus super omnia firmus" (= asentimiento más firme que cualquier otro)? ¿No expresa Pablo gran certidumbre cuando afirma: "Sé en quién he puesto mi confianza y estoy convencido de que tiene poder para guardarme hasta aquel día lo que deposité en sus manos" (2 Tim 1,12) ?

         La fe tampoco está reñida con las certezas de la razón. Pues, en ningún caso (ni siquiera en la "fides rudium") falta un examen, por más que sea embrionario, para distinguir la verdadera fe de diferentes propuestas engañosas. "Piénsese... en la posibilidad de discernir la revelación divina de otros fenómenos, en el reconocimiento de su credibilidad" (Juan Pablo II, Fides et Ratio, 67).

         Recuérdense los razonamientos del ciego de nacimiento, quien afirma con toda certeza y sin titubear: "Todo el mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores, pero, si uno es piadoso y hace su voluntad, a ése lo escucha. Jamás se oyó decir que nadie haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento" (Jn 9,31) ¿Es tan nociva la "certidumbre" de la fe, cuando "es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma en Cristo" (2 Cor 1,21)?

         El párrafo final de esta introducción concede algo de lo que se está aquí tratando. Sólo que tal actitud no ha de ser una altiva conmiseración con el " 'am haarets" (= el vulgo de la tierra), sino que debe valorar también sus gestos como genuinos clamores del alma  que, con frecuencia, deberán ser llevados a una profundización mayor, pero que no fueron rechazados  por el mismo Cristo. Sirva de ejemplo el razonamiento de la mujer con flujo de sangre, que (como tantísimos devotos de nuestros santuarios) anhelaba "tocar" los vestidos de Jesús (Mc 5,28). Recordemos la empresa de Juan Damasceno y del IIº Concilio de Nicea contra los puristas iconoclastas.

         En la p. 315 (a Gal 1,6) clarifican bien qué clase de ritos está fustigando Pablo: "Las prácticas tradicionales de los judíos". Por ende, no toda suerte de manifestación religiosa. Si esto admiten, se imponía, en pura lógica y ya de entrada, una expresión más matizada  de los rechazos que Pablo lleva a cabo en esta carta.

 

         A Gal 2, 1 (p.316):

 

         "Por supuesto debían respetar a su prójimo, no robar, pero todo eso estaba incluido en el Evangelio, sin que fuera necesario imponer la ley, los ritos y las costumbres de los judíos".

 

         Sería conveniente recordar que "estaba en el Evangelio", porque Jesús consagró esta parte nuclear de la Ley de Israel (Mt 5, 17 - 19; 19, 17 - 19). Por lo tanto tampoco vendría mal aclarar una vez más que sólo se rechazan "ciertas reglamentaciones judías". No todas.

 

         Afirman ahí mismo:

 

         Dios es pura libertad... El no puede encerrarnos en ritos o maneras de vestirse, ni encerrarse a sí mismo en problemas de dietas o de horas de oración".

 

         Por supuesto que Dios es libérrimo. Pero no lo son sus fieles. Para ellos manda, entre otras cosas, la celebración de la Eucaristía, que no puede realizarse de cualquier modo (con Coca- Cola, en vez de vino, por ejemplo), como advirtió Pablo en 1 Cor 10, 15 - 14, 40.

 

         A Gal 4, 1 (p. 319) :

 

         "Los cristianos de Galacia amaban a Pablo y Pablo los amaba a ellos, pero algo de la fe se les escapaba. Por eso se hallaban más a gusto con otros que tenían más que Pablo el sentido de la «religión»".

 

         También Pablo era religioso, por más que combatiera elementos superados del judaísmo. De los hebreos recibe y conserva : las Escrituras del A. T., veneradas "religiosamente" como Palabra de Dios; los mandamientos, las profecías, las irrevocables promesas de Dios sobre su pueblo (Rom 11, 28 - 32).

         A manera de contrapeso a las anteriores exageraciones, en la p. 324 (a Ef 1,3, col. izq.) nos encontramos con consideraciones muy ponderadas sobre las religiones y sus valores, junto con la excelencia de la revelación culminada en Cristo. Igualmente se dan exactas observaciones acerca de la necesidad de los ritos y tradiciones en la p. 353 (a 2 Tim 3,6).

         En consecuencia, pensamos que, a la luz de estas posteriores perspectivas, se deberían haber equilibrado desde un comienzo otras afirmaciones demasiado rotundas frente a lo religioso y ritual. Aquí, como en otros asuntos, parecería que no hubo mayor coordinación entre los diversos autores, que pusieron mano en las notas aclaratorias de los diversos escritos bíblicos de esta publicación. En consecuencia, más que "explicaciones", se está brindando confusión.

        

         A Gal 5,1 (p. 320, col. der.) :

 

         "Muchas veces se vive el Evangelio con más verdad en grupos concientizados y activos con relación a los grandes problemas actuales que donde no se va más allá de preparar la celebración de fiestas".

 

         Cabría tener presente que ni "los concientizados" podrán dejar de "preparar la celebración de las fiestas", ni los ocupados en las últimas deberían desentenderse "de los grandes problemas actuales".

         Todo cristiano ha de "celebrar" la Pascua, la Eucaristía, etc., (1 Cor 11, 24 - 25), a la vez que vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, visitar encarcelados, etc. (Mt 25, 31 - 46).

 

         A Ef 1,7 (p. 324, col. izq.):

 

         "Fuimos rescatados por su sangre... Eso no quiere decir que Cristo derrama su sangre para satisfacer y pagar a su Padre ofendido por el pecado. Pablo se refiere aquí a una ley bíblica, a saber, que el rescate de un esclavo se firmaba con la sangre ( Ex 21, 6)".

 

         Si no se ha de insistir sobre la satisfacción al Padre ofendido, la explicación ofrecida banaliza demasiado. La perspectiva no consiste en que Dios airado deponga su enojo al ser aplacado. Dios es inmutable, pero el cambio se da en el pecador. "Pues fue necesario que asumiera tal naturaleza humana que pudiera padecer por el hombre todo lo que mereció el hombre al pecar, a fin de que padeciera por el hombre" (Santo Tomás de Aquino, Compendium Theologiae, en la ed. de P. Mandonnet, Opuscula omnia, II, 172).

 

         A Flp 2, 11 (p.342):

 

         "Había sido liberado (Pablo), entre otras cosas, de lo que pesaba en gran manera en su vida, esto es, la religión, con sus mandamientos".

        

Pedimos excusa por la reiteración, pero no queda otra aclaración que recordar cómo el texto sólo tiene en cuenta las prácticas superadas (circuncisión, etc.) de "una" religión, la judía, no de todo aspecto religioso de la vida humana, ni mucho menos de los mandamientos que siguen vigentes.

 

         A ibid., v. 16:

 

         La venida de Cristo vuelve anticuada cualquier religión de mandamientos"

 

         Pablo combate "mandamientos de hombre" (v. 22), no todo tipo de ley. En efecto, en el cap. 3º recordará "mandatos" muy concretos: "Hagan morir...lo que es terrenal...libertinaje, impureza, pasión desordenada..." (3,5).

         Los párrafos inmediatamente posteriores a la línea que estamos teniendo en cuenta, ponen las cosas en su lugar: se han de observar mandamientos y ritos, no somos ángeles. Sólo que los acentos han   cambiado. La relación con Dios no se agota en un ceremonial escrupulosamente observado.

         Pero esto ya lo habían enseñado los profetas. Cristo lo repropone, brindando con su redención y gracia aquel "corazón nuevo", que la sola ley no podía aportar (Jer 31,31ss. Ez 36,26 ss).

         Por todo ello pensamos: si hacia el final se enseñará esta perspectiva más completa, ¿porqué no evitar desde el comienzo formulaciones chocantes, como las recientemente comentadas? Pues, si al fin de cuentas se está de acuerdo en que, aún en el Nuevo Testamento necesitamos de mandamientos y ritos, es simplemente falso que "la venida de Cristo vuelve anticuada cualquier religión de mandamientos".

         En realidad, ¿hubo en la historia alguna religión que consistiera sólo de mandamientos? Y, si algún sector de sus adherentes la deformó en "legalismo", ¿porqué emprenderla con "la religión", sin matices, y no más bien con quienes la han adulterado. No es posible echar al canasto el sensato aforismo: "Abusus non tollit usum" (= el abuso no quita el uso).

         Una postura más acorde con la totalidad de los datos revelados será ofrecida en la nota a 1 Tes 4,1 (p. 348, col. der.).

 

         A Hebr 8,6 (p.375):

 

         "Aquella celebración (litúrgica asociada a la alabanza de Dios en el cielo) es el sol de nuestra semana, pero, salvo el caso de un carisma especial, no es lo esencial de la vida cristiana en la tierra. Aquí abajo debemos seguir los pasos de Jesús, que no envidió a los sacerdotes de su tiempo, sino que desgastó sus fuerzas y murió para reconciliar a los hombres entre sí y con Dios. Su bautismo fue una muerte real y lo mismo su Eucaristía, su vida real fue mucho más allá de una bella liturgia en la que nadie ciertamente arriesga su vida".

 

         Parece que el comentario se refiriera a órdenes monásticas, cuya vocación especializada es el culto divino (benedictinos, por ej.).

         Sin embargo, la Eucaristía, si bien no agota toda la preocupación de la vida cristiana, al ser el sacramento central de toda la liturgia, que a su vez es proclamada como "fuente y cumbre" de todo en la Iglesia (Sacrosanctum Concilium, 10), no se ve cómo se la pueda desprestigiar, no contándola entre "lo esencial" de una existencia creyente.

         Tampoco hay lugar a contraponer "vida real" con una bella liturgia, sea ella solemne y catedralicia o muy humilde y pueblerina. Para la Ultima Cena, en efecto, Jesús buscó un recinto especial: "una sala grande, alfombrada"(Mc 14,15) e insertó "su novedosa liturgia" (anticipación del Calvario) dentro del más solemne ceremonial judío.

         Si Jesús "no envidió a los sacerdotes de su a tiempo" fue, entre otras cosas, porque el oficio de aquellos era meramente umbrátil y provisorio. El sería el único y gran sacerdote, como lo demuestra todo este documento de Hebreos.

         Pero, ante todo, Jesús no envidió a nadie: ni a los escribas o fariseos o a otras dignidades de su entorno socioreligioso. El estaba contento con hacer la voluntad del Padre, por más  que podía disponer de legiones de ángeles (Mt 26,53).

Y, por fin, si ni en tiempos del primer templo, como en el Nuevo Testamento, no basta con celebraciones pomposas, tras las cuales no vaya el compromiso de vida y conversión, ello no quita que la liturgia cristiana posee en sí misma una eficacia de gracia anterior a las decisiones morales de los que la celebran. Nuestra "vida real", por heroica que la concibamos, sin los sacramentos (prolongaciones verdaderas de la Pascua de Cristo), no pasaría de un esfuerzo judaico - pelagiano.

 

         A Hebr 9,1 (p. 375, col. der.):

 

         El sacrificio ofrecido por Cristo no fue, como los antiguos, para apaciguar la cólera de Dios.

 

         Habida cuenta de la cuota de antropomorfismo que lleva consigo la expresión (cólera de Dios), no menos se ha de retener la realidad de fondo por ella expresada: la exigencia de un sacrificio reparador del pecado, que también cabe en el ofrecimiento de Cristo. El se asemejó a nosotros en todo menos en el pecado, justamente, para "obtener misericordia" (Hebr 4,16), actitud que supone una infracción que ha de perdonar Dios ofendido. La cruz de Cristo "purifica nuestra conciencia de las obras de muerte" (ibid. , 9,14).

 

         A Hebr 13, 1 (p 381, col. der.):

 

         "Los fieles deben dejar el lugar sagrado, es decir, una vida cómoda y bien considerada, para buscar el reino de justicia tan desamparado".

 

         No se ve porqué llamar "lugar sagrado" a una vida cómoda y bien considerada.

         Haber concurrido al "lugar sagrado"(templo parroquial, etc.), ya es un buen paso para dejar las ocupaciones comunes (aún las más legítimas), para entrar en contacto con la Palabra de Dios y el alimento de la carne de su Hijo, a fin de poner en relación la vida cotidiana con los anticipos de la gloria.

 

         2 - Historicidad.

 

         P. 4: En los prolegómenos a los Evangelios afirman que Mateo "pone una especie de introducción llena de imágenes, que son los «relatos de la infancia» de Jesús".

         Describiendo al propio Mateo reiteran con mayor claridad su pensamiento, sosteniendo que el primer evangelista "se preocupa muy poco de la historicidad de los hechos, pues la intención es presentar a través de imágenes una enseñanza teológica" (Similares apreciaciones aparecen en las pp. 5, 10 y 106 - Lc 1, 26).

         Si bien es cierto que se puede comunicar profundas verdades morales o teológicas por medio de fábulas, alegorías o parábolas (de las que está lleno el Evangelio), con todo, se ha de acertar cada vez el género literario que emplea el autor sagrado.

         Y, aún concediendo que los dos primeros capítulos, tanto de Mateo como de Lucas, revisten características literarias diferentes al resto de los respectivos Evangelios, nadie negará que el primero y el tercer Evangelista desean comunicar hechos históricos. Así, al menos, consta por el solemne prólogo de Lucas, al que inmediatamente siguen los relatos de la infancia de Cristo. No se trata de historia cronística, pero sí de datos tradicionales, en los que coinciden ambos escritores, por más que se compongan sus obras bajo diferentes angulaciones teológicas (tiempo de Herodes, José de la casa de David, virginidad de María, Nazaret, Belén, etc.).

         Es verdad que hay muchos exégetas católicos que ponen en duda la historicidad de estos capítulos (R. E. Brown, J.P. Meier). Pero no se ha de ignorar que otros han discutido sus posiciones (R. Laurentin, J. De La Potterie). Si bien las notas de una edición de la Biblia no pueden entrar en estas controversias, el lector católico tiene derecho a ser informado, al menos sucintamente, del estado completo de la cuestión, sin verse embanderado hacia una sola dirección.

 

         A Mt 4, 1 (p. 12):

 

         Hablan de la prueba aducida por Mateo para mostrar que Jesús es "Hijo de Dios". En este pasaje (tentaciones del desierto), comentan: "Esa prueba permanente es la que el Evangelio nos presenta aquí por medio de imágenes".

         Es posible aducir varios criterios de historicidad demostrativos de que no se trata sólo de "imágenes". Hay triple atestación (si bien el relato de Marcos es mucho más conciso). Se puede aplicar el control de la "discontinuidad". En efecto, la Iglesia no inventaría semejantes tentaciones a su Señor. Y, si se viera en la escena un intento de síntesis de todas las asechanzas que sufrió Jesús a lo largo de su vida, tampoco se comprende cómo se les hubiera ocurrido a los creyentes imaginar un asedio tan directo de Satanás a Jesucristo. En efecto, ni siquiera en la suprema prueba (la pasión) acudieron a semejante expediente. Si en ella se halla presente Satanás es para "cribar" a los discípulos (Lc 22,31), para pervertir a Judas (Jn 13,27) o indicar que Dios le permitía al "príncipe de las tinieblas" llevar por un tiempo las riendas de los acontecimientos (Lc 22,53. Ver: ibid. , 4,13: "El Diablo...se alejó de Jesús hasta el momento oportuno" ).

        

         A Lc 2, 1 (p. 109):

 

         "Lucas no es infalible como historiador, sino como testigo del mensaje de salvación".

 

         Sería bueno explicar que la infalibilidad no se refiere a una puntillosidad cronológica exactísima. Pero sí lo asiste en cuanto relator de hechos presentados con una fundamental fiabilidad.

         No tenemos en la Biblia una "física sagrada inspirada por el Espíritu Santo", pero sí que la Biblia es fundamentalmente "historia de la salvación".

         Además, la plausibilidad de los datos históricos de Lucas, respecto a la "vexata quaestio" del censo de Quirino, está satisfactoriamente expuesta por S. Muñoz Iglesias ("El problema de Quirino" en su obra: Los Evangelios de la Infancia, III, 46 - 68).

 

         3 - Cristo.

 

         A Mt 2, 21 (p. 11, col. der.):

 

         Se atribuye el peso de que todavía hoy gozan las palabras de Jesús a su profunda experiencia de todo lo humano (trabajo, sufrimiento, etc.). Afirman igualmente que Jesús "como hombre", tiene un conocimiento excepcional de lo que hay en el hombre (Jn 2,2).

         La última cita de Juan nada tiene que ver con este conocimiento, pues sólo notifica que Jesús fue invitado a las nupcias de Caná. Esta referencia ha descuidado la cifra final, ya que no se trata de Jn 2,2, sino de Jn 2,23. Y, si es así, manifiesta allí un conocimiento más subido que lo que podría captar cualquier hombre, pues, ¿quién conoce lo que hay en el interior de la persona sino sólo Dios?

         Por otra parte, si la vigencia de las palabras de Jesús se basara únicamente en su experiencia humana, por profunda que ésta haya sido, en nada se diferenciaría de la autoridad de que goza todavía el pensamiento de Platón o de otros grandes hombres.

 

         A Mt 7, 15 (p. 21, col. der.):

 

         "Jesús...educado por el trabajo manual, desconfía de los discursos y de las teorías".

 

         Es difícil afirmar lo anterior, al comentar, justamente, el Evangelio de Mateo, estructurado en torno a los cinco grandes discursos de Jesús. Sería más ajustado a la realidad aclarar: "Jesús...desconfía de los solos discursos y de las teorías".

 

         A  Mc 8, 27 (p. 82):

 

         "Jesús tenía que sufrir porque tal es el destino de los hombres después del pecado".

 

         Tal como suena, pareciera que Jesús sufre por haber pecado EL mismo. Mejor sería: "...porque, sin ser personalmente pecador (Jn 8,46; Hebr 4,15; 1 Pedro 1,19; 3,22), asumió el destino de los hombres después del pecado".

 

         A Lc 7, 36 (p. 123, col. der.) :

 

         "Jesús se aburría (en la mesa del fariseo Simón); ¿Sobre qué podría conversar con este hombre respetable que creía conocer las cosas de Dios y que era incapaz de sentirlas? ".

 

         El contexto nada insinúa de un presunto "aburrimiento" de Jesús. ¿A qué fin habría Jesús aceptado la invitación del fariseo, si preveía que se aburriría? El comentario psicologiza en demasía, sin base alguna en el texto. Por otros pasajes consta que Jesús terciaba, y por cierto, sin "aburrirse", en su trato con los fariseos, ya polemizando con ellos o en diálogo instructivo para los mismos, como sucedió con Nicodemo (Jn 3,1).

 

         A Lc 9, 28 (p. 128 - 129) :

 

         "Esta transfiguración de Jesús tiene en primer lugar un sentido para él mismo. Jesús no lo sabía todo de antemano y no se le escatiman ni las dudas ni las angustias".

 

         Parece que el comentario solicita demasiado al texto. Jesús ya había profetizado "de antemano" el rechazo final, del que sería objeto (Lc 9,22). Que ello le provocaba angustia lo patentiza Getsemaní, como ya también la dejaban entender las dolorosas expresiones con que vaticinaba estos sucesos. Pero tales acontecimientos (anuncios de la Pasión, transfiguración) no tienen en primera instancia "un sentido  para él mismo", en cuanto que se enterara del curso de los sucesos sólo entonces. La orientación principal mira a sus discípulos. Si así no fuera, habría orado a solas tanto en el monte de la glorificación  como en el Huerto de los Olivos. Ahora bien, desde el comienzo de la escena (Lc 9,28) y en el final ("escúchenlo", v. 35), el énfasis aleccionador recae sobre los apóstoles.  

 

         4   - Iglesia y salvación.

 

         A Mt 2, 1 (p. 10, col. izq.):

 

         "Jesús es el Salvador de todos los hombres y no solamente de los que se ubican en su Iglesia".

 

         Es cierto, pero la relación de Dios con el pueblo elegido y su Iglesia no es la misma que la vigente con todos los hombres. La predilección divina con Israel fue provisoria (en cuanto a su separación de los "paganos").

         En el Nuevo Testamento ya no se elige a "un" pueblo, sino que, justamente por medio de la Iglesia, se universaliza el llamado a "todas las gentes" (Mt 28,19).

         Por otra parte, si consta de la voluntad salvífica universal de Dios (1 Tim 2,4), dicha verdad ha de ser compaginada con el igualmente innegable mandato de que todos ingresen en la Iglesia, ámbito de salvación plena. Convendría no olvidar LG 14 - 16; AG 67.

         Esta nota podría verse balanceada con los párrafos finales del comentario a Dt 12,1.

 

         P. 33: al apartado: La Iglesia de Jesús:

 

         "La levadura transforma la historia humana, no con traer a todos a la iglesia, sino comunicando a todas las actividades humanas el espíritu que da vida".

 

         Se puede dudar de la pertinencia de esta conclusión, porque la levadura, si bien es distinta de la masa entera, no deja ningún sector de la misma sin su influjo renovador. Así, la Iglesia es algo distinto de la gran mayoría, pero dotada de dinamismo para atraerlos a todos al único redil (Jn 10,16). No deja de ser cierto que el único "espíritu", que puede comunicar  esta levadura es el de Jesús, quien mandó "hacer discípulos de todas las gentes" ( Mt 28, 19). Si la levadura hace fermentar toda la masa, no se ve por qué excluir el cometido de que "todos" se hagan Iglesia.

         Si bastara cualquier tipo de influjo ("valores" de mejoría social, por ej.) ¿qué cometido tendría la empresa misionera, ya que Jesús envió no a políticos o asistentes sociales, sino a que se "predicara el Evangelio concreto y se bautizara"?

         Cuando el Maestro alerte sobre la "levadura de los fariseos" (Mt 16,5), se referirá a las "enseñanzas" de los mismos. Siguiendo, pues, el vocabulario de Jesús, no se puede excluir tampoco de la parábola de la levadura en la masa la doctrina explícita del Evangelio, como fermento de toda la historia.

 

         A Mc 7, 24 (p. 80):

 

         "El Evangelio no conservó todo lo que Jesús  dijo e hizo, pero en ninguna parte se ve algo que sea como un llamado a «cambiar de religión» o una amenaza para los que van por otro camino que no sea el de la revelación. Jesús deja que sigan por el camino por el que el Padre los lleva. Los invita a dar gracias al Dios único y les muestra cómo el Padre se acerca a ellos a través de su Hijo".

 

         Si (como admite el comentarista) invita a paganos a dar gracias al "Dios único", automáticamente está llamando a "cambiar de religión" y más si habla de este único Dios como "Padre e Hijo". Ténganse en cuenta asimismo de las consideraciones que venimos haciendo sobre Mt 28, 19 - 20.

         ¿Qué se ha de entender por: "Jesús deja que sigan por el camino por el que el Padre los lleva?" ¿No conduce el Padre a todos hacia su Hijo, lamentándose éste de todos los que no oyen su voz (Jn 6,54)? ¿No se entristece, al ver a la muchedumbre errante como ovejas sin pastor, mandando rogar para que se envíen obreros a la mucha mies (Mt 9, 36 - 38)?

 

         A Lc 13,32 (p.137, col. der.):

 

         "En ningún lugar del Evangelio Jesús nos deja creer que, con el tiempo, la mayoría de la humanidad se convertirá. Sabemos que el mundo no cristiano es mucho más numeroso que el mundo «cristiano» y que crece más rápidamente. Mientras en el mundo «cristiano» muchas personas dejan la práctica religiosa, comprendemos mejor que la Iglesia es a la vez una señal y un pequeño rebaño".

 

         Jesús no asegura que todos se convertirán, pero no menos manda a sus Apóstoles con una misión universal. A ello apunta la parábola del grano de mostaza y tal sería la preocupación misional de Pablo. Que haya períodos de "pequeño rebaño" para la Iglesia no faculta a que nos consolemos con teorías de "cristianos anónimos". La Iglesia es "señal", pero "eficaz", como los sacramento, no sólo un reducto que se contenta con ser "minoría".(La pequeña nota a Lc 13, 22 - p. 140 - tiene mejor en cuenta esta universalidad del Evangelio).

         En este mismo párrafo prosiguen: Lo importante para la Iglesia no es construir instituciones poderosas, ni conquistar puestos de mando en la sociedad  «para mayor gloria de Dios». Una Iglesia que aguarda el regreso del Maestro se preocupa sobre todo de estar lista para hacer sus maletas, esté donde esté, cuando el Señor le señale nuevos caminos, pidiéndole que vuelva a ser misionera".

         Si tales “puestos de mando” sirven verdaderamente a la gloria de Dios, no se ve por qué, desde ellos, no se puede cumplir con Mt 5,16: "Que brille vuestra luz ante los hombres...y por ello den gloria a vuestro Padre que está en los cielos".

         Por lo demás, la espera de la vuelta del Señor y el desprendimiento que implica no equivalen a un desinterés por todo el bien y evangelización que se pueda hacer mientras tanto, desde el puesto que sea, ya en antiguas Iglesias establecidas, ya en la vanguardia de la misión "ad gentes".

 

         A Hech 13, 48 (p. 228):

 

         "Todos los que estaban destinadas para una vida eterna (48). Esta expresión no condena a los que no han creído".

 

         No se ha de minimizar el anterior v. 46: "Si Uds. la rechazan y se condenan a sí mismos a no recibir la vida eterna..."(ver Mc 16,16).

         Si para entrar en la vida diera igual aceptar o no la palabra de Cristo, pronto se desvaloriza la urgencia de la misión. La voluntad salvífica universal de Dios no ha de dejar en penumbra la seria advertencia de estos textos, igualmente inspirados. De lo contrario está a las puertas el indiferentismo religioso o el concepto de una benevolencia divina sin exigencias. Ultimamente, el magisterio de la Iglesia se ha visto precisado a recordar verdades que se estaban desvirtuando en este sentido (ver: Dominus Jesus).

 

         A Rom 3, 1 (p. 259):

 

         "Nuestro bautismo nos integra en una minoría llamada «pueblo de Dios», a quien Dios confía una misión en el mundo, al lado de muchos otros que van hacia Dios sin conocer sus secretos ni tampoco a su Cristo".

 

         De tal formulación podría deducirse un enfriamiento del empeño misionero. Todos caminarían ya hacia Dios, crean o no en Cristo.

         No nos parece que tal sea la perspectiva del Evangelio, de la Tradición, ni del Vat. II, que enseña: "Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se hicieron necios en sus razonamientos. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor:

«Predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos" (LG 16). "Disminuido el carácter esencial del Bautismo, se ha llegado a poner un énfasis excesivo en los valores de las religiones no cristianas, que algún teólogo llega a presentar, no como vías extraordinarias de salvación, sino incluso como caminos ordinarios" (J. Ratzinger - V. Messori, Informe sobre la fe, Madrid - 1983 - 219 - 220).

 

         A Rom 11, 25 (p.272) :

 

         "Los cristianos han dado un gran paso en este siglo, al tomar conciencia del carácter no violento del evangelio, y al mismo tiempo descubrieron que su vocación era la de ser una minoría".

 

         En toda época hubo cristianos que vivieron la no violencia del Evangelio (S. Francisco ante el Sultán, las misiones jesuíticas en América y tantísimos otros ejemplos). En cuanto al haber "descubierto" que eran "minoría", lejos de un hallazgo feliz, habría que tenerlo por una traición. Que "de hecho" se encuentren en oposición minoritaria no ha de amenguar el impulso de expansión evangelizadora. De lo contrario, ¿para qué el envío a todos los pueblos? Habría bastado con que cada nación o individuo persistiera en su orientación religiosa o... atea. En cambio, "se ha demostrado...cómo la historia sagrada se caracteriza por una concentración progresiva de la humanidad en un pueblo, en una tribu, de esta tribu en uno solo, Jesucristo. Y cómo, partiendo de ese solo, se produce el movimiento a la inversa, teniendo el apostolado eclesial, el encargo de comunicar hasta los extremos de la tierra la salvación alcanzada en Cristo" (Y. Congar, Jalones para una teología del laicado, Barcelona - 1961 - 79 - 80).

 

         A 1 Pedro 2, 3 (p.391):

 

         "No formamos los bautizados una religión más; somos el pueblo de Dios, que es una minoría activa y la levadura del mundo".

 

         No es la Iglesia "una religión más" en el sentido de que valdría tanto ella como cualquier otra para encontrar la salvación plena, porque creemos que "no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres ningún otro nombre por el que debamos ser salvados" (Hech 4,12).

         En cuanto a la reiteración del concepto restrictivo de levadura como "minoría", omitiendo su dinamismo a impregnar toda la masa para cambiarla, ya nos hemos expedido en comentarios precedentes.

         Dicho todo lo anterior, no extrañarán las pálidas notas que se brindan a Mt 28,16 ss. (pp. 62 - 63), en las cuales se echa de menos un desataque  del envío universal, encomendado por Cristo a sus discípulos.

 

         5 - Iglesia - Institución.

 

         A Mt 12, 1 (p.29):

 

         Oponen la libertad de Jesús, al infringir la ley del sábado (divina) a las leyes eclesiásticas, que habrían paralizado a las comunidades cristianas, para terminar comentando: "Muchos han preferido no ver cómo pueblos enteros formaban nuevas iglesias, donde pudieran contar con las comunidades y los pastores de que carecían".

         Es claro que están formulando una crítica a la disposición de la Iglesia romana sobre el celibato sacerdotal.

         A ello se podría responder con hechos que cantan, haciendo notar cómo, aún sin tener esta ley, no por ello ha surgido mayor número de pastores en agrupaciones protestantes.

         Tampoco se tiene en cuenta cómo siempre y especialmente desde los años 60 hasta el presente, el Magisterio pontificio y episcopal ha resistido a presiones orquestadas por doquier contra el celibato sacerdotal (Concilio Vaticano II: Sacerdotalis Coelibatus, varios sínodos de obispos, Juan Pablo II: Pastores dabo vobis).

 

         A Mt 13, 36 (p. 34):

 

         Refiriéndose a los "responsables" de la Iglesia sostienen: "Su celo en reprimir a los que consideran extraviados, para preservar así lo que para ellos es bueno, está tal vez viciado desde dentro. ¿Querrían acabar con todos los errores? Pero en realidad no creen más que en la fuerza y en la autoridad. Si los 'maestros' de la fe no dejaran que los fieles tengan posibilidad de pensar y equivocarse, la Iglesia estaría condenada a muerte. Dios prefiere que las cosas se aclaren por sí solas y quiere que los hombres vivan su propia experiencia. El mal forma parte del misterio de la cruz: al hacer el bien y al vivir en la luz, venceremos el mal (Rom 12,21).

 

         Los "responsables" de la Iglesia tienen la obligación de corregir los errores, tal como lo hicieron el mismo Jesús y sus apóstoles, brindando continuamente el sentido auténtico a la ley y a toda la Escritura, torcida por tradiciones o prácticas desviadas de fariseos, saduceos y hasta de sus propios discípulos. Ya San Pablo previó a los "lobos rapaces", que dividirían a la grey. Para lo cual recordó a los "obispos", su papel de "cuidar la Iglesia de Dios"(Hech 20,28).     

         Cuando se alerta sobre errores (en Iberoamérica respecto a la Teología de la Liberación), el Magisterio no busca "preservar lo que para él es bueno", sino aquello que condice con la más genuina tradición de la Iglesia. Concebir el cuidado doctrinal, que han de ejercer los pastores, al modo de un tire y afloje de "patronal" (= jerarquía) - "gremialistas" (=teólogos, carismáticos), no va con el espíritu de la fe católica, según el cual se ha de fomentar la docilidad y la obediencia.

         Asimismo la "posibilidad de pensar" de los fieles, en tanto es fructuosa en cuanto sus productos no son nocivos a la fe común. Basados en el razonamiento de esta nota, habría que haber dejado sin condena la "posibilidad de pensar" que ejercieron Nerón y  Hitler, Arrio y el Marqués de Sade, Hans Küng, etc.

         Por fin: "a Dios rogando, con el mazo dando". Si Cristo ha instituido un oficio doctrinal en medio de su pueblo, no ha de haber sido para que todos, menos dicho magisterio, ejerzan la tarea de enseñar y corregir, cuando sea necesario. Bastaría una somera lectura de las "Pastorales", para convencerse sobre la necesidad de la "sana doctrina".

         La "experiencia propia de los hombres" aparece tanto en las guerras como en los adelantos de la ciencia. Recibiremos con júbilo a estos últimos, mientras que universalmente se repudia a las primeras. Si sólo valiera la experiencia propia, cada uno debería inventar nuevamente la rueda, el fuego, el teléfono y, en pura lógica, se tendría que proceder a denostar la educación familiar, a cerrar escuelas y universidades.

 

         A: Mt 13, 47 (p. 34):

 

         "¡Cómo nos gustaría una comunidad perfecta! Pero Cristo no lo quiso así, ni ésta es la manera como su Iglesia salva al mundo".

 

         El expreso plan de Cristo es volver a su esposa "limpia y sin arruga" (Ef 5, 25), si no, ¿a qué el pedido de perdón de las culpas? Si Jesús hubiera "querido" una Iglesia imperfecta, los pecadores se verían justificados, ya que ellos realizarían ese modelo trunco, supuestamente propuesto por el mismo Jesús.

         Otra cosa es que, pese al deseo más íntimo de Cristo, se encuentren peces buenos y nocivos en su red. Pero tolerancia no es lo mismo que propósito perseguido expresamente.

 

         A: Lc 10, 38 (p.133):

 

         "¡Qué raro! En ciertas religiones no cristianas la gente aprende a poner su espíritu en paz y silencio, alcanzando una verdadera serenidad, mientras nosotros a veces entramos en oración con todas nuestras preocupaciones vanas, y después nos vamos de nuevo con ellas".

 

         El comentario es bastante simplista. Pareciera suponer que "lo ordinario" entre los cristianos fuera una oración agitada y distraída, mientras que en otras religiones el panorama normal sería la paz y serenidad.

         ¿Todos los defectos se acumularían sobre los cristianos y todas las virtudes sobre los que no lo son?

         Por otra parte, el fin de la oración no es un "nirvana", ajeno a toda preocupación. Si así fuera, hasta la agónica plegaria de Cristo en Getsemaní merecería el reproche de este comentarista. También Pablo encomia la oración apostólica de Epafras, que no parece muy "serena", ya que es descrita como la de alguien que "lucha con sus oraciones", para que sus fieles sean perfectos (agonizoménos: en el original de Col 4,12).

         Si las preocupaciones son "vanas", es justo que se ha de aprender a desembarazarse de ellas. Pero, ¿no nos enseña Jesús a incluir "el pan de cada día", cuita básica de la vida o el "perdón de los enemigos", herida tan difícil de curar, en la oración que El mismo nos enseñó?

Por consiguiente, se puede tener una oración muy genuina dentro de un clima atormentado, tal como el que hace de telón de fondo a más de un Salmo desgarrador.

 

A Jn 7, 19 (p. 185):

 

¿Qué significa que "La Iglesia no se encierra en sus propias instituciones"? ¿Qué puede prescindir de sus dogmas, de su constitución jerárquica, de sus sacramentos? Todas ellas, claro está, son constitutivas de la Iglesia, pero establecidas por voluntad divina. ¿Se referirán, entonces, a las leyes eclesiales: Derecho Canónico, celibato, normas litúrgicas?

         También es obvio que no gozan del mismo rango que las disposiciones divinas. Pero, echar una mirada desconfiada a las reglas necesarias para el desarrollo eclesial tampoco va de acuerdo con el respeto y confianza que los fieles han de demostrar para con sus pastores, asistidos por el Espíritu Santo.

 

         A Jn 13, 2 (p. 191, col. der.):

 

         Respecto a los ministros del sacramento de la penitencia, comentan:

"No actuarán como jerarcas o jueces..."

         Sin perder de vista el carácter misericordioso y medicinal de este "tribunal" y constando que la penitencia es el sacramento de la paz (Jn 20, 19 - 23), donde el reo arrepentido sale indulgenciado (en lo cual se ven las diferencias con un juicio corriente), no se puede negar cierta analogía con un proceso judicial, donde hay poder jerárquico y jurisdicción (ver: Concilio de Trento, sess. XIV, can. 3; DH 1703). "Nuestro Señor Jesucristo, al ascender de la tierra al cielo, dejó a los sacerdotes como presidentes y jueces...pues consta que los sacerdotes no habrían podido ejercer este juicio sin conocimiento de causa” (ibid. , cap. 5; DH 1679). "(La absolución)... es pronunciada a la manera de un acto judicial, con el cual se pronuncia la sentencia por el mismo juez" (ibid. , cap. 6; DH 1685). "Si alguno dijera, que la absolución sacramental del sacerdote no es un acto judicial...sea anatema" (ibid. , can 9; DH 1709).

 

         A Jn 15, 15, 18 (p. 194, col. izq. ):

 

         "Hasta en la misma Iglesia no faltan quienes son del mundo y creen servir a Dios (16, 2), cuando persiguen a los imitadores de Cristo. «¡Ay de Uds. cuando hablen bien de Uds.!» Jesús lo dijo tal vez pensando en esos cristianos que saben conciliar las alabanzas de los poderosos y conquistar los puestos de mando dentro de la misma Iglesia".

 

         Habría que advertir, también, que hay muchas clases de "poderosos que halagan". No sólo los gobiernos o empresarios pueden seducir a los cristianos. Adulan asimismo a más de un incauto el "Cuarto Poder", la prensa, los "massmedia", que invariablemente andan a la caza de curitas revoltosos, quienes, junto con heroicas proclamas en pro de los marginados, no titubean en denigrar acerbamente a sus obispos y hasta al Papa. También esa clase de aplausos está incluida en la advertencia: "¡Ay de ustedes, cuando hablen bien de ustedes!" (Lc 6,26).

         Después, no hay que dejar de lado que, a veces los "poderosos" aciertan a descubrir verdaderos valores humanos y cristianos. ¿Repudiaremos el premio Nobel asignado a la Madre Teresa de Calcuta?

 

         A Jn 17, 1 (p. 197, col. der.):

 

         Pareciera que el único causante de la división encabezada por Lutero hubiera sido "el descuido de la jerarquía" y "la oposición impresionante entre el peso social de las instituciones de la Iglesia y los llamados proféticos del Evangelio". ¿Nada tuvo que ver la posición díscola del monje de Wittenberg y sus secuaces? Sólo, y sin mayores especificaciones, se alude de pasada que "esta separación, sin embargo, tenía motivaciones muy complejas". Así, de bulto. Con lo cual sigue flotando la impresión de que la principal culpable fue la Iglesia jerárquica con sus instituciones. Respecto a esta última abundan las descripciones despectivas, mientras que para los "protestantes o evangélicos" todo se reduce a vaguedades.

 

         P. 232:

 

Para solventar la aparente contradicción entre Hech 15,22 y 21,25 se conjetura, con muchos exégetas, que Lucas (en 15,22 ss) habría reunido en una sola dos decisiones de Jerusalén, surgidas en reuniones diferentes. En tal caso el despiste del autor sagrado sería mayúsculo, ya que Pablo (a quien, en 21,15 se informaría por primera vez sobre las "cláusulas de Santiago”) ha sido ya presentado por Lucas como portador del decreto apostólico (ibid., 15, 30; 16, 4).

         Dado el contexto (desconfianza de los cristianos jerosolimitanos sobre Pablo, por noticias oídas acerca de su posición frente a la Ley), la nueva insistencia de Santiago en cuanto a las disposiciones de libertad para los "cristiano - paganos", frente a la ley judaica, no tiene por objeto informar a Pablo de algo que desconociera, sino que tiende a tranquilizarlo, asegurando que las observancias que se le piden en Jerusalén, no serán urgidas para las comunidades étnico- cristianas, como ya quedó establecido.

         El comentario posterior: ("imponer las leyes judías a los no judíos era además una manera de decir que la Iglesia no era capaz de mantenerse en la novedad del Evangelio, libre del pasado, libre de las disciplinas religiosas") no tiene en cuenta la prudencia pastoral, ni cómo los cambios han de evitar inútiles rupturas violentas. Bien lo vio Santo Tomás de Aquino: "Y por eso, había que conducir de este modo a la madre Sinagoga a su túmulo con piedad" (IV Sententiarum, dist. I, q. 2 ad 5, quaest. 3)

         Ha de constar aquí, igualmente, que, al llegara la circuncisión de Timoteo realizada por Pablo (Hech 16, 3, p. 238), se adopta muy sensatamente esta visión condescendiente respecto a las circunstancias.

         Pero, la interpretación que venimos examinando extiende la peripecia a sucesos futuros, cuando, según este comentarista, el peso de la ley, se hará sentir, no ya por parte del judaísmo, sino de la misma Iglesia.

         Sería bueno discernir cada situación a lo largo de la historia. Una cosa fue la querella de los ritos chinos y otra muy diferente las discusiones en torno a la "Humanae vitae". Fue lamentable la excomunión de Constantinopla, pero no lo es la condena del aborto, la opción por el celibato sacerdotal, el sacramento del orden reservado a varones.

        

         P. 255: Introducción a Romanos:

 

         Da la impresión de que incurren en una enorme simplificación, al presentar a la Edad Media como muy parecida al pueblo de Israel. Olvidando uno de los más lúcidos comentarios a esta carta paulina, debido a la pluma de Tomás de Aquino. Omiten recordar las renovaciones anteriores de los santos Francisco y Domingo, inspirados por el más puro Evangelio.

         Se califica a la Iglesia de esas épocas como "mirándose a sí misma en lugar de volverse a Dios, y cuyo sistema político, doctrinal o represivo ocultaba el horizonte".

         Pasan por alto que (por lacras que hubiera en el seno de una Iglesia, que siempre ha de pedir perdón por sus faltas ), contemporáneamente, por obra de los cristianos de España, se abría al inmenso horizonte de la misión en las lejanas Indias meridionales y en Asia (Francisco Javier, Ricci). ¿Hay alguna empresa evangelizadora comparable a ésta en el movimiento luterano, muy pronto atomizado en numerosas facciones, hasta el punto que surgiera el triste y resignado axioma: "Cujus regio, ejus et religio" (= cada uno tiene la religión de la región - en que habita -)?

         Acto seguido opinan que tanto protestantes como católicos han vivido "obsesionados por la salvación" y que "el Dios justo, de sentencias inexorables, que condena con tanta facilidad al infierno, traumatizará a Occidente y desencadenará la rebelión del ateísmo militante".

         No parece ser ésta la actitud de ánimo de un Juan de la cruz, Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola. Baste recordar el lugar secundario que este último concede al infierno: "Para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado" ("Ejercicios Espirituales " en: S. Ignacio de Loyola - Obras Completas, Madrid - 1977, 2ª ed. - 226).

         Es por demás inexacto e injusto atribuir a una cristiandad, "pretendidamente" obsesionada por el infierno, el surgimiento del ateísmo militante. Las causas de ello han sido múltiples y más complejas, como bien mostró GS 19. Entre ellas se encuentra asimismo la crítica de la filosofía ilustrada a la religión y en especial a la cristiana. Sin dejar de mencionar que un cristianismo de "libre examen", por el desarrollo de sus mismos gérmenes subjetivistas, se fue desprendiendo hasta de la misma Biblia, en la que se veía en los comienzos de la Reforma, el único faro de verdad.

         Siendo por otra parte ineludible que "los propios creyentes pueden ser parte no pequeña en esta génesis del ateísmo " (ibid.), no se desprenden de ahí estos juicios indiferenciados y falaces.

         Otro tanto habría que oponer al comentario de Rom 5,12 (p 262, col. der.).

         Terminan conjeturando que "Tal vez un cierto olvido de esta carta y de esta doctrina ha hecho que, con demasiada frecuencia, los católicos se encerraran en sus prácticas y sacramentos, olvidando la misión".

         Semejante dictamen no carece de injusticia, si se tiene en cuenta la labor misional de la Iglesia Católica, no sólo en las "missiones ad gentes", sino también en las "populares", organizadas dentro de los mismos países católicos por un Alfonso María de Ligorio y su Congregación del Santísimo Redentor.

 

         A Rom 4, 1 (p.260, col. der. ):

 

         "Pablo pregunta: ¿cómo llegó Abraham a ser el amigo de Dios? ¿Porque creyó en las promesas de Dios, o porque fue circuncidado? Es como preguntarle a un cristiano: ¿Qué es lo importante, creer o ser bautizado? La respuesta es clara, pues llegamos a ser los amigos de Dios al creer en sus promesas. El rito del bautismo confirma el don de Dios y la respuesta de nuestra fe. Y lo mismo se podría decir de los demás sacramentos, que son signos de nuestra vida de fe en Cristo. La comunión, por ejemplo, no tiene sentido si no vivimos en la unidad compartiendo la vida de la Iglesia".

        

         No es lícito equiparar el bautismo con la circuncisión. Aquel y los demás sacramentos no son sólo una confirmación simbólica de nuestra adhesión de fe. Para ello bastaría un solo gesto (como lo fue la circuncisión). Los sacramentos son "signos" claro está, aunque también "eficaces de la gracia”. Son "Sacramenta fidei", pero fundamentalmente acercan hasta los fieles e