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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
- La esperanza redentiva en el corazón de la palabra.- Carlos Simón Forcade |
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La esperanza redentiva en el corazón de la palabra Por Carlos Simón Forcade |
La palabra divina, manifestada en el diálogo de Eliú con el Job del Antiguo Testamento[1], se constituye a sí misma como palabra poética y profética; como palabra sabia que reclama el restablecimiento de la alianza entre Dios y el Hombre.
La palabra de la esperanza, palabra viva en la que el hombre como hijo de Dios escucha atentamente como cuando lo hacía el pueblo de Israel, cuando su corazón estaba dispuesto a oír. El recuerdo y el poder de la atención son las experiencias vivenciales más profundas de un pueblo presto a volverse a los caminos de su Dios. El recuerdo es lo que nos hace recobrar la esencia casi olvidada del pasado, que en fin de cuentas, como dijera Viktor Emil Frankl[2], es la dimensión temporaria más segura del existir. Es la dimensión temporal de lo real que no se puede eximir: en ella radica como potencia la posibilidad histórica del presente de quitar y conservar, de destruir y preservar, de ocultar y desocultar, de vivir y de morir… Por ello, la esencia del pasado, como el anticipar el haber sido del hombre, es el presente, en la experiencia de la salvaguardia de sí mismo como temporalidad histórico-existencial.
El poder de la atención es el poder de la escucha, es el poder que se tiende sobre el ser como el corazón orgánico de la memoria que persiste en la esencia del poder dialogal, en la voluntad del existir por el otro y para el otro en la historicidad del ser. El poder de la atención, como poder de lo real, es el poder de la visión. Toca de cerca nuestra realidad sensible más espiritual para sostenernos en nuestra dignidad psicosomática como ser meditante y como diálogo[3].
La palabra se reitera como experiencia de la memoria que se vivifica en el recuerdo de la ley divina; ley y experiencia que había de ser guardada por el pueblo de Israel todos los días, como Las Escrituras nos revelan cuando Dios le habló a Moisés en el monte Horeb:
<<Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días, antes bien las enseñaras a tus hijos, y a los hijos de tus hijos.
(…)Reúneme al pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, para tenerme todos los días que vivieren sobre la tierra, y las enseñaran a sus hijos;[4] >>
Deuteronomio 4:9, 10b RVR, Las Sagradas Escrituras.
Así también las Cartas Paulinas nos revelan la continuidad de la experiencia mosaica, cuando el Apóstol Pablo en su segunda epístola a Timoteo le escribe:
<<Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién lo has aprendido;
y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es Cristo Jesús.>>
2Timoteo 3: 14,15 RVR, Las Sagradas Escrituras.
Es la voz de Dios en los labios de los profetas y de los apóstoles, que comenzaba clamando la atención al pueblo de Dios: Oye, Israel, lo que tu Dios Yahvé te habla. En el alma apostólica que desbordante de la unción del Santo Espíritu, exponía, anunciaba, educaba, instruía y predicaba las buenas de salvación para el hombre sediento de espíritu. La voz divina en el corazón sabio de Salomón: voz pactante e impactante del Dios viviente que escucha al hombre en sus rogativas y le dice que le ama, que por amor de Su Nombre él restaurará lo perdido. La experiencia histórica del hombre errante que camina con Dios sobre la tierra repite: si hemos perdido nuestro paraíso, es para volver a conquistarlo. Lo que sigue siendo desde el principio ahí del mundo cuando el origen del Cielo y la Tierra eran uno, no ha de caer en el olvido. La reconquista se realiza en el hic et nunc de la historia humana, en el esfuerzo constante de volver a lo sido, sosteniendo la hermosa utopía de los hombres y mujeres de buena voluntad de todos los tiempos: el reino celestial sobre la tierra.
En la experiencia paliotestamentaria, así como en los últimos dos milenios, la palabra de Dios siempre ha informado a la historia de lo Mismo: el mensaje de la esperanza de la redención.
Este mensaje articula Las Sagradas Escrituras, como lo que esencialmente es: el Evangelio, el Evangelio Dios en los hombres: la buena nueva de Dios a la humanidad, en la voz poética y profética de los sabios y profetas, en la voz apostólica de los que caminaron con Jesús, en la voz mesiánica propia del Señor Jesucristo.
El Libro de Job, uno de los principales libros de la tradición poético- sofiológica del Antiguo Testamento, es uno de los libros más reveladores de los misterios de la Creación y del trato de Dios con los hombres. Es en este sentido, y, desde una porción textual de este libro, que se pretende meditar sobre la historia y la dimensión del Evangelio como palabra de esperanza.
Y Eliú había esperado a Job en la disputa, porque los otros eran más viejos que él.
Pero viendo Eliú que no había respuesta en la boca de aquellos tres varones, se encendió en ira.
Job 32: 4-5.
Eliú tiene en cuenta el valor de la tradición y el respeto a las generaciones que han vivido más tiempo sobre la tierra. Como él mismo proclama: “Los días hablarán, y la muchedumbre de años declarará sabiduría” Job 32:7. En Eliú hay un profundo reconocimiento de que la sabiduría no adviene con la mayoría de edad de los hombres, sino que la sabiduría es esencialmente divina, viene de parte del Dios Altísimo, como soplo del espíritu infundido en el corazón del hombre. La sabiduría no es humana, no la adquiere el hombre por sus propios medios, ni siquiera cuando ha llevado mucho tiempo sobre la tierra, sino que viene de parte de Dios, de escuchar su palabra y acogerla en el corazón. La sabiduría, como la voz de Dios sobre la tierra, no hace acepción de personas y está al cuidado de la verdad.
La sabiduría es elogiada en la boca de poetas y sabios de los tiempos bíblicos de la tradición judaica paliotestamentaria. La sabiduría como el temor reverente del hombre a su Dios, que se reconoce en la diferencia con el horizonte de la inteligencia, no encuentra su lugar sobre la tierra, la tierra de los vivientes; sino que el desciende del cielo alto como la manifiesta luz divina que permanece oculta en todos los misterios de la Creación.
La relación de diálogo interpersonal es una relación de interpelación. Job ha de escuchar ahora las razones de Eliú, ha de escuchar todas sus palabras. Al mismo tiempo le pide que le responda, si es posible. El estado de apertura que se ha mostrado en ese diálogo, se reconoce a sí mismo en el estado de la sinceridad, dice Eliú: Mis razones declararán la rectitud de mi corazón, Y lo que saben mis labios, lo hablaran con sinceridad. (Job 33:3). Las razones expuestas por Eliú, son las razones de un corazón que ha escuchado la voz de Dios, de un corazón sincero. El estado de la sinceridad[6] muestra la verdad salvaguardada en la palabra sabia.
La afirmación de la integridad personal y, con esto, la justificación para negar el sufrimiento que viene de parte de Dios, no es una declaración justa del corazón de Job. Porque sería establecer una contienda con el mismo Dios reclamando que nos dé razones como mismo se la reclamamos a nuestro prójimo. Sin embargo, la razón para que esto no ocurra aparece en las palabras de Eliú: Yo te responderé que mayor es Dios que el hombre. ¿Por qué contiendes contra él? Porque él no da cuenta de sus razones. (Job 33:12-13)
La clave fundamental, en el discurso de Eliú, es el diálogo de Dios con el hombre. Pero este diálogo es una realidad fundamental en la historia, es un Dios habla al hombre que se convierte en la praxis de todos los hombres que habitan sobre la tierra, de una humanidad que ha de ser redimida con el poder dialogal y real del Dios viviente como plenitud de todos los tiempos, como Plenitud de la Historia. Eliú recibe la misión profética, la misión de llevar al corazón de un hombre atribulado la esperanza de la redención.
Sin embargo, en una o dos maneras habla Dios,
Pero el hombre no entiende.
Por sueño, en visión nocturna,
Cuando el sueño cae sobre los hombres,
Cuando se adormecen sobre el lecho,
Entonces revela al oído de los hombres,
Y les señala su consejo,
Para quitar al hombre de su obra,
Y apartar al hombre de su soberbia.
Detendrá su alma del sepulcro,
Y su vida de que perezca a espada.
También sobre su cama es castigado
Con dolor fuerte en todos sus huesos,
Que le hace que su vida aborrezca hasta el pan,
Y su alma la comida suave.
Su carne desfallece, de manera que no se ve,
Y sus huesos, que antes no se veían, aparecen.
Su alma se acerca al sepulcro,
Y su vida a los que causan la muerte.
Job 33:15-23
Para los judíos, el pensamiento era la revelación de Dios. El Dios Yahvé se le revela a la comunidad de elección, al pueblo elegido, por medio del profeta, que anunciaba la voz de Dios al pueblo de Israel. Estos versículos señalan la permanencia del diálogo de Dios con el hombre, por medio del sueño, o por medio del sufrimiento. Tanto el sueño como el sufrimiento son dos realidades existenciales del hombre mientras habita sobre esta tierra, mientras permanece en el mundo. Es el sueño como estado onírico frente al sufrimiento como estado de vigilia, donde el hombre escucha la revelación sin sentirse como temporalidad, por tanto no percibe su finitud y su caída en el mundo.
Es el sufrimiento de la enfermedad, en cambio, una realidad existencial acontecida en el estado de vigilia, por tanto el hombre se siente en el tiempo, se autopercibe como temporalidad y cae en la cuenta de su sufrimiento, como un mal que padece, como una realidad negativa. Aquí el hombre se comprende en una dimensión teológica mistérica muy profunda: el sufrimiento del dolor corporal como revelabilidad de Dios ante el hombre, que a su tiempo, no lo reconoce sino como un mal que padece.
El hombre, no obstante, no entiende, en este modo de hablar, a Dios. ¿Por qué? El sueño y la enfermedad son estados de carácter transitorio que penden al hombre sobre la cuerda de la existencia en su mundanidad de manera apremiante sólo en el momento que sucede. El hombre no vive el sueño de su inconsciente ni el sufrimiento de la enfermedad, de manera cotidiana e intemporal, de modo permanente como vive su propia conciencia de existir mientras camina mortalmente sobre la tierra; que en el ahí ser de todos los días, como el sol es frente a la tierra por siempre, se experiencia a sí mismo como ser en el mundo frente a su propia finitud. Por esto, el hombre sólo puede escuchar y vivir a Dios de otro modo: la experiencia de la fe. El sueño en la tradición bíblica suele ser un acontecimiento notorio en la experiencia judaica pero no por eso fundamental, la enfermedad suele ser angustiosa en la medida en que acontece pero queda como una marca que se suprime con su cura; pero ahí una experiencia clave que siempre sostuvo la confianza del Dios viviente en su pueblo Israel, del pueblo de Israel en su Dios Yahvé, que mantuvo una relación de construcción histórica, de voluntad de salvación y de esperanza viva en el caminar de los judíos: la experiencia de la fe.
Pero la experiencia de fe no es más que la realización del encuentro del hombre con Dios. Es una experiencia de trascendencia, donde la vocación descencional del amor divino cobra una realidad dinámica y poderosa, donde el ser psicosomático del hombre se guarda y desde ahí se muestra la realidad espiritual del ser humano. La enfermedad y el sueño, sólo revelan un modo de hablar Dios con algunos hombres en la historia, en algunos momentos de la historia, pero la Verdad Trascendental de la Historia, es que Dios como la Plenitud de Aquel que todo lo llena en todo, le hable a todos los hombres en todos los momentos, en la Historia de la salvación. Por eso, Eliú clama desde el corazón de la paz de la palabra, la necesidad del advenimiento del Salvador, quien redime al hombre de su pecado, quien lo salva de la muerte:
Si tuviese cerca de él
Algún elocuente mediador muy escogido,
Que anuncie al hombre su deber;
Que le diga que Dios tuvo de él misericordia,
Que lo libró de descender al sepulcro,
Que halló redención;
Su carne será más tierna que la del niño,
Volverá a los días de su juventud.
Orará a Dios, y este le amará,
y verá su faz con júbilo;
y restaurará al hombre su justicia.
Job 33:23-26.
En esta porción bíblica aparece la dimensión mesiánica de la historia, la conciencia profunda por parte del hombre de la necesidad histórica del advenimiento del Mesías como mediación salvífica del abismo infinito que se abre entre Dios y el hombre. La necesidad de la cercanía, de la proximidad psicosomática de esta mediación salvífica, la necesidad de que habite entre nosotros. Mediación que ha de ser perfecta, plena de la realidad divina, realidad excepcional que muestre su elocuencia en el acto de la palabra: mediación lógica, el Logos viviente habitando entre los hombres. Esta mediación recorrerá un arco que reestablezca el pacto sempiterno de Dios con los hombres: arco lógico que se inicia en el momento de la anunciación y que finaliza en el momento de la restauración.
La anunciación como lugar inicial de toda la experiencia histórica del mundo judío, tiene tres momentos claves: la anunciación de Dios a Moisés en el monte Horeb; la anunciación del advenimiento de Cristo sobre la tierra a la Virgen María, la esposa de José y madre de Jesús; y, la anunciación del advenimiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés a la primera comunidad evangélica de la historia. La anunciación en la tradición paliotestamentaria y neotestamentaria, se comprende como una experiencia de cercanía, del acercamiento de Dios a la humanidad; es la revelación divina manifestada a los hombres en todo momento por la voz mismísima del Ángel de Jehová, del Ángel Gabriel (poder de Dios) o del Señor Jesucristo; pero también en la anunciación en la voz de los profetas, voz profética que siempre permanece en la experiencia intrahistórica del pueblo de Dios.
La anunciación del deber al hombre, anunciación lógica, del Logos viviente en la realización de la historia que porta para el hombre el mensaje divino: la misericordia de Dios para con el hombre, la experiencia liberatoria de la muerte y la redención que el hombre halla en la buena noticia de Dios. Es el evangelio, el poder divino como voluntad realizable históricamente cuyo fin es la restauración de la humanidad.
La experiencia del hombre en la dimensión teológica de la redención comienza en el momento siempre anunciatorio de la palabra interior, la palabra que brota enérgicamente en el hombre interior anunciando su deber ser, su ethos como senda práctica de caminar entre cielo y tierra, con un Dios que se revela como móvil intrahistórico que acompaña al hombre en este camino, en ese camino que es el mismo, un camino que exige esfuerzo, sacrificio, y en el que uno puede fatigarse. Pero, como diría Merab Mamardhasvili, el hombre es un esfuerzo suspendido en el tiempo, es un esfuerzo constante. Es en Dios donde el hombre sostiene la esperanza de este esfuerzo que es el mismo, esfuerzo que se realiza en la historia, es acción en la historia, la praxis de su propia realización en el camino de la liberación. Es en esta esperanza donde el hombre halla redención, la liberación de los abismos sepulcrales que le tienden las encrucijadas de la malignidad, que también se objetiva en la praxis histórica de los hombres, de la sociedad.
El fin del hombre es esencialmente religioso, en tanto vive en permanente religación con el Dios viviente. La oración es el poder dialogal que fundamenta la experiencia de la religación como una experiencia de relación personal entre Dios y todos los hombres, y que revela el infinito amor de Dios a la humanidad.
El fin supremo del hombre es ver a Dios: contemplar a Dios en su magnificencia, pero también, en tanto que fin, contemplarlo en la experiencia histórica de Dios sobre la tierra, en el corazón del hombre, en la palabra edificante, en el bien realizándose concretamente en la historia humana. La restauración como experiencia de resurrección y de redención es el momento clave que articula este fin en el instante histórico y en la eternidad. Es precisamente lo que revela el instante histórico como acontecimiento, como acto, como presencia donde acontece la intersección entre lo transtemporal y lo temporal. Es precisamente lo que revela el instante como el estado de presencia donde acontece la apertura de lo inmanente ante la llamada de la trascendencia.
Es en el carácter restaurativo de la salvación y la justicia divinas en la historia, donde el hombre encuentra su horizonte de sentido, cuyo sentido es la restauración del orden perdido, la posibilidad siempre abierta a salvarlo en el tiempo, como horizonte existenciario del ser humano.
[1] El discurso de Eliú comprende 6 capítulos (caps: 32-33-34-35-36-37) de este maravilloso libro de la tradición poética paliotestamentaria.
[2] En El análisis existencial y los problemas de la época contemporánea (La voluntad de sentido, de Víktor E. Frankl) esta referencia a la dimensión temporal del pasado comporta la conciencia de la temporalidad del ser como temporalidad histórica que se autocomprende a sí mismo como ser responsable.
[3] El hombre es esencialmente un ser meditante y dialogante, el diálogo y la reflexión se copertenecen en la medida en que se comprende al hombre como ser histórico, como ser existente.
[4] En la tradición judaica paliotestamentaria, la historia sólo tenía sentido como proceso evolutivo en el cual se debía conservar por medio de la enseñanza y el ágora viviente instaurada por el profeta la historia vivida desde los padres. La educación de padres a hijos, la preservación en ella de la ley divina, la instrucción de la misma en el ámbito social para el cumplimiento diario y la impartición de justicia, eran experiencias fundamentales del pueblo de Israel.
[5] Es interesante observar como en el horizonte judío la vocación descencional del amor divino confronta con la vocación ascensional del amor platónico y la idealidad del topos uranos del eidos platónico del horizonte clásico griego.
[6] Hans-Georg Gadamer expresa en su texto ¿Qué es la verdad?( Verdad Y método):En la sinceridad del lenguaje se manifiesta la desocultación del ente. El diálogo es precisamente ese espacio extático de desocultamiento que nos descubre como finitud trágica y, al mismo tiempo, como apertura ontológica al Ser.
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