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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
MILENARISMO Y MAGISTERIO RETOMANDO EL DIALOGO CON B. CAVIGLIA. - Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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I – Precisiones
preliminares. A un examen mío de su anterior artículo sobre los dictámenes del Magisterio acerca del Milenarismo[1], ha respondido el autor, como es su derecho, defendiendo una vez más su postura[2]. Las 24 páginas, de que constaba mi aporte. han sido ahora despachadas en sólo 3 carillas y media, cosa que ya de entrada indica, cómo Caviglia no se ha tomado mucho tiempo para examinar y refutar con algún fundamento, los argumentos aportados al debate. La sensación que deja esta apresurada réplica, es la de una comprensible indignación, al comprobar un rechazo de la postura doctrinal que se defiende, pero, a la vez, no es posible percibir en ella una discusión seria, ya que consta principalmente de afirmaciones gratuitas, dado que, como acabamos de apuntar, se desentiende de una confrontación expresa con los “enfoques” opuestos, basados en razones, que valdrán o no, pero que no fueron ponderados adecuadamente por B. Caviglia. Estaría uno tentado a responder con el “quod gratis affirmatur, gratis et negatur”. Pero, dado que, en medio del diluvio de invectivas, que me dirige Caviglia, encontró, con todo, algo rescatable, no sería muy cortés que digamos contentarse con el silencio. En efecto, aprecia Caviglia que “la crítica del P. Barriola es digna de ser tenida en cuenta puesto que es la única refutación a nuestra lectura del expresado decreto. – En efecto, todos aquellos a quienes se le envió, o no contestaron, o sus respuestas no versaron sobre el decreto limitándose al rechazo de cualquier milenarismo”[3]. No queremos, pues, caer en la indiferencia, reprochada por Caviglia a otros corresponsales, aceptando el aprecio que declara por mi respuesta. Por eso, proseguimos la conversación.
II – “Apología pro vita mea”
1 – Juicio global sobre mi respuesta. Dicho lo anterior, pasamos ya a evaluar los reparos que nos dirige el último artículo de Caviglia. Ya al tercer párrafo de su comentario, afirma:
“El P. Barriola intenta desprestigiar nuestra lectura del Decreto de 1944 y a su autor. – Cubriendo su falta de razón con numerosas citas de conocidos teólogos, inadecuadas para el caso concreto, crea la impresión de demoler la lectura del decreto de 1944 y cualquier milenarismo, a través de una total falta de objetividad al referirse a lo que en el trabajo se afirma”[4].
Desde el comienzo mismo aparecen las generalizaciones, porque, en alguna parte debería mostrar lo “inadecuado” de mi recurso a numerosos teólogos, cosa que hará solamente en referencia al ejemplo, por mí aducido, de las condenas referidas a Schillebeeckx, que, sigo sosteniendo, vienen muy al caso. No del “milenarismo”, sino en cuanto al modo de proceder del magisterio en la aprobación o rechazo de una determinada doctrina. (Ya nos referiremos nuevamente a ello). Si se llama a eso “desprestigio” del escrito y de su autor, allá Caviglia, que, si así lo ha sentido, reciba mis disculpas. Pero la oposición, y fuerte, entre un Jerónimo y un Agustín, o ya antes, el enfrentamiento de Pablo y Cefas (Gal 2, 11 – 14) no redundó para nada en desmedro de ninguno de los contrincantes. Sencillamente, cada uno exponía sus razones, no para aplastar al otro (desprestigiándolo), sino para que la verdad, que está por encima de los que la indagan, aún disputando, se impusiera a ambos. Como dice bella y exactamente Antonio Machado: “Tu verdad, no. // La verdad. // Y ven conmigo a buscarla; // la tuya guárdatela”. Después, si hubo en mis consideraciones una “total falta de objetividad”, se esperaría que semejante acusación no quedara sólo en una rotunda aseveración, sino que, además y sobre todo, se la documentara con mayor rigor. Cosa que todavía estamos aguardando. Sigue la andanada en estos términos:
“Es constante no en citar, sino en aludir a nuestras afirmaciones, conceptos y expresiones modificándolos, cambiándolos, tergiversando su sentido. – Nos atribuye ignorancia de conocimientos elementales de Religión, calificativos despectivos e hirientes que no pronunciamos, juicios que no formulamos, intenciones que están sólo en su imaginación y nos trata con impertinencia y desprecio”.
Empezando por lo último y remitiéndonos a lo ya aclarado en el párrafo antecedente, ni se nos pasa por la cabeza que signifique “impertinencia y desprecio” el mero discutir una tesis, que no se comparte. En segundo lugar, me extraña sobremanera que me reproche Caviglia que no “cito” y sólo “aludo a sus afirmaciones”, porque en mi escrito hay 7 referencias a su escrito. No en todas reproduzco entre comillas el texto del autor, pero sí en la gran mayoría, como debería reconocerlo el autor y no lo hace, al endilgarme una “tergiversación” total de sus dichos. Por lo demás, cuando resumo su pensamiento, la nota envía a la correspondiente página del trabajo en cuestión, cosa que ha de bastar para todo lector serio, al cual le alcanza con compulsar mi compendio con lo que expresa con sus palabras el escritor. No le atribuimos “ignorancia de conocimientos elementales de religión”, sino un uso para nada común en la argumentación teológica, como, por ejemplo, que se pueda desatender la importancia de un documento, por el hecho de que no haya sido consignado en el Denzinger[5], o que se siga llamando “Sagrada” a la Congregación para la doctrina de la fe[6]. Que Caviglia no haya pronunciado “calificativos despectivos e hirientes” o “juicios” que no formuló, no ha sido sólo producto de “mi imaginación”, sino que se los puede leer enumerados en sus conclusiones, sobre el primer pronunciamiento magisterial al respecto en 1941. Allí se lo trata, al hilo, de “erróneo”, “alarmista”,“contradictorio en sí mismo”, sosteniendo finalmente que “inducía a verdaderos errores”[7]. Si esto no es suficiente para hundir en el descrédito a un documento que quiere orientar, obteniendo, de hecho, todo lo contrario, que venga alguien y me lo explique, porque se me escapa del todo. Reitero que no siento en lo más mínimo que sea “impertinencia o desprecio”, proporcionar en el litigio puntos de vista diferentes. Por todo lo cual, me pregunto a mi vez, dónde residirá verdaderamente esa “lamentable falta de seriedad”, que me atribuye Caviglia y declarando, encima, que lo dice “muy suavemente”[8]. ¿Es “serio” en un hijo de la Iglesia denigrar de esa forma un acto de su magisterio, sin hacer el menor esfuerzo por comprenderlo, encontrando algo salvable, al menos?[9].
2 – “Descalificación inicial”
Así titula el autor un procedimiento presuntamente desconsiderado de mi parte, al juzgar su estudio. Escribe lo que sigue:
“Pero antes se debe poner de manifiesto que esta crítica del P. Barriola está inicialmente descalificada por violar garantías elementales que la Iglesia emplea para juzgar a cualquier autor y su obra. El examen de doctrinas de un autor no se hace sobre la base de una obra o un escrito sino que se examinan sus demás obras y escritos a fin de comprender bien el sentido de lo que el autor sostiene y no cometer ninguna injusticia”[10].
En primer lugar, da la impresión de que Caviglia concede demasiada importancia a su artículo. Porque los procedimientos judiciales de la Iglesia, a los que se refiere, entran a funcionar respecto a un autor y sus posturas doctrinales, únicamente cuando se trata de condenar o aprobar con cierta solemnidad afirmaciones o talantes poco acordes con la Escritura, la Tradición y el Magisterio, que pueden inducir a error a gran parte de los católicos. En tales casos, extremos, igualmente exhaustiva ha de ser la indagación. En cambio, una sospecha inicial o reparos sobre obras menores no necesitan de otra cosa que una confrontación con lo que comúnmente se vive, enseña y celebra en las comunidades de los fieles. Así comenzaron las dudas sobre los errores de Arrio, Nestorio o Lutero. Muchas veces fue el “sensus populi”, el olfato del pueblo sencillo (incapaz de vérselas con la cultura y dialéctica de los pensadores y hasta obispos, que andaban en juego) el que alertó a los auténticos maestros. Sólo cuando se fue acertando el daño que infligían a la fe común, se reunieron en concilios los doctores y pastores, para indagar a fondo, tanto las posiciones sospechosas, como para repasar una vez más con nuevos ojos los tesoros del acervo doctrinal de la Iglesia. Por otro lado, si fuera como lo pretende Caviglia, cada uno tendría que introducirse en todos los diálogos de Platón, los volúmenes enteros de Aristóteles, Nietzsche, Marx y un prolongadísimo “etc.”, para poder hacerse una idea de sus principales tesis. Con semejante pretensión está condenando las “historias de la filosofía”, las enciclopedias o diccionarios de arte, geografía o diversas áreas del saber. No brindan, claro está, análisis acabados sobre autores y asuntos científicos, pero, no negaremos que nos acercan una primera aproximación, válida, que después podrá ser confirmada con mayor profundidad. Sabrá comprender el Sr. Caviglia que se dan diferentes grados de acercamiento a las ciencias. Está el especialista, a quien nada escapa de un determinado escritor, músico o período histórico. Se da el juicio de quien se hace una idea a partir de obras mayores o menores, aunque sin poder abarcar la totalidad, con que un estudioso encara la misma materia. Por otra parte, ¿qué finalidad tienen los artículos o resúmenes, publicados por los diferentes escritores, sino ofrecer un extractos concisos, pero esclarecedores de su pensamiento? Si me enfrento con la “Breve Introduzione al Tomismo” de C. Fabro, gano una idea suficientemente clara de que tengo entre manos una presentación filosófico – teológica del gran genio de Aquino y no las aventuras de Harry Potter. Para tal fin, no es menester zambullirnos en los comentarios del santo Doctor sobre las Sentencias de Lombardo, sus “Quaestiones disputatae”, “Quodlibetales” etc. El especialista, en un estudio condensado, brinda el meollo de lo que desea transmitir, pero lo mejor perfilado posible, ya para atraer a los lectores a sus enseñanzas, ya para desechar otras posiciones. Más todavía, en el caso en que un autor proponga perspectivas sobre asuntos que no se refieren a su solo mundo ideal o sistema, sino que tienen que ver con la fe común de la Iglesia, sobre la que se han expresado Santos Padres, teólogos y el Magisterio. Su ideario personal no ha de ser tan exquisito, que debiera ser imprescindible conocerlo en su totalidad, para que el lector se oriente sobre el asunto en cuestión. Que sería mejor estar al tanto de la restante producción del que escribe, ¿quién lo negará? Pero...¿es tan de vida o muerte para la fe, como lo pretende Caviglia?
3 – Los apoyos de Caviglia y...los del P. Barriola.
Alude después el autor al trasfondo, que ha precedido a esta confrontación, ventilada ahora por Internet. En un arranque de humildad, se defiende Caviglia, aclarando:
“Sabe (Barriola) que en esa densa obra de 652 páginas en cuerpo 9, lo que «dice Caviglia» es poco y relativamente poco importante. – En efecto, ella es la recapitulación ordenada de las magistrales enseñanzas de una serie de destacados teólogos y exegetas milenaristas, y todo está justificado con los sólidos argumentos que ellos extraen”[11].
No deja de ser verdad que, si Caviglia comparte las interpretaciones de tales destacados teólogos, es lícito enunciar que también lo “dice Caviglia”, y si lo hace en una “recapitulación ordenada” y justificada “con los sólidos argumentos” que esos autores presentan, es posible de alguna forma (facilitada por la misma industria ordenadora del intermediario Caviglia) dar con el núcleo mismo de esas exposiciones, sin necesidad de explorarlas con minuciosidad. Prosigue su diatriba con estas palabras:
“Desde luego, muy poca gracia le causan a nuestro crítico esos teólogos, esos exegetas, esos «argumentos». – Por tanto, ya había tratado de impugnarlos en una polémica escrita que en privado tuvimos en 1997 / 98, en la que no salió muy bien librado que digamos”[12].
Empezando por la última afirmación, visto que no acude a una tercera persona, independiente de los que nos hemos carteado en aquellos dos años, es extraño que dictamine sobre el resultado de aquella polémica postal, haciendo de juez y parte, autoadjudicándose las palmas del certamen. Echa uno de menos una pizca de modestia, de modo que, si no le parece demasiado injurioso, le aconsejaría que acudiera a otros ojos más imparciales, para llegar a una sentencia más ecuánime. Enseguida, se podría asimismo replicar que, tampoco le “causan mucha gracia” al Sr. Caviglia otro buen número de Padres, teólogos y disposiciones magisteriales aducidos por el P. Barriola. Sólo que, hasta el presente, mi interlocutor no se ha molestado en pasar revista a la fundamentación empleada por los autores en que me baso. Fuera de la negligencia recién apuntada, no constituye pecado alguno que, de mi parte no sea tan evidente la fuerza de los argumentos presentados[13], ni que para Caviglia sean rechazables los que yo propongo. Me someto gustoso al tribunal de sabios más competentes que yo (y que Caviglia), para zanjar el pleito. No abundo más en el particular, porque, al que le interese, en mi artículo están los autores presentados por mi parte, con extractos de su pensamiento. Algunos de ellos (Rosadini, Gilleman) interpretaron casi enseguida los dos documentos en cuestión y no precisamente en la dirección que le agradaría a Caviglia. Ahora bien, ninguno de ellos fue llamado al orden por superiores dicasterios eclesiásticos. Finaliza esta parte de su alegato, aferrándose a la misma idea inicial, aunque, a mi ver, con patente contradicción, ya que expresa:
“En la crítica que nos ocupa prefirió (Barriola) no mencionar siquiera la obra básica (van Rixtel) ni tenerla en cuenta, con lo que incurrió en la descalificación anotada. – Pero habría sido necesario tenerla en cuenta al recaer su juicio sobre un extracto, muy resumido, de tal obra. – Pero sabía que por resumido que fuera, en forma condensada y sin una palabra de más ni otra de menos ese extracto lo explicaba todo y daba precisas razones de todo, y lo hacía con la eficacia que él (Barriola) ya había sufrido personalmente. – Pero pensó que los arreglados «Caviglia dice» o «Caviglia sostiene» serían la solución. – Y así sumó más descalificaciones a la inicial”[14].
Lejos de nosotros negar los calificativos, que, una vez más, generosamente concede Caviglia a su obra. Su extracto, por condensado y resumido que haya sido, logró también “explicarlo todo y dar precisas razones de todo”. Permítasenos, sí, dudar de la “eficacia”del mismo, que habría “sufrido (Barriola) personalmente”. Que Caviglia así se lo crea es una cosa, pero, de mi parte, no considero haber ”sufrido” impacto alguno de sus elucubraciones, ya que no me han persuadido de que descansen sobre bases sólidas. Y, al fin de cuentas: ¿en qué quedamos? ¿Es o no factible captar lo esencial de un pensamiento, sólo con un artículo “resumido y condensado”, a la vez que ”totalizante”? [15] Si la respuesta es afirmativa (como ha de serlo, ya que el mismo Caviglia extiende para su escrito las credenciales de explicación exhaustiva y con “razones precisas”), está de más la descalificación primera, según la cual, mis objeciones carecerían de valor, por no haberme sumergido en la producción anterior van Rixtel - Caviglia. Y si aquella censura cae por tierra, también con ella se precipitan las que todavía me suma al final, porque sabe muy bien Caviglia, que más de una vez he dado respuesta a sus ”resumidos y condensados” razonamientos, sin que, de mi parte, haya leído, hasta el presente, que mis impugnaciones hayan sido consideradas por él con algún detenimiento. No creo que haya mayor “descalificación” en un autor, que desentenderse de las respuestas concretas de un oponente, para refugiarse en generalidades, que sólo sacan a relucir presuntas ofensas, desprestigios o sentimientos heridos. Abundando sobre este particular, en el artículo de marras, Caviglia se apoya sólo en van Rixtel, del cual no presenta una sola muestra de argumentación, suponiendo que ha de ser conocidísimo. Ahora bien, sigo sosteniendo al respecto, lo que afirmé en mi anterior artículo: si fuera tan importante el aporte de este autor[16], lo habrían tenido en cuenta serios exegetas, que lo ignoran por completo[17].
4 – Otras descalificaciones.
Fiel a su estilo, prosigue Caviglia sin enfrentarse con ninguno de los concretos reparos dirigidos a su exposición, aunque sí insistiendo en “faltas de respeto”, “impertinencias” y “chabacanerías”[18], con las que el P. Barriola menospreciaría su escrito. Esgrime una sola prueba, que no hace más que reproducir la para él fundamental, que ya presentara en su primer alegato. Dice así:
“(Según Barriola) «Sostiene Caviglia que ‘lo que no está comprendido en la definición no está ni puede estar comprendido en el rechazo’». – Y continúa nuestro crítico diciendo que hay que distinguir «la definición» en un asunto muy específico y en otro que no lo es; que «una definición no tiene por qué entrar en todos los detalles de un problema»; y trae a colación «Mysterium fidei», la «transsignificación» de Schillebeecks y la «transsubstanciación»...!!!”[19]
Que me perdone Caviglia, pues sigo afirmando que el ejemplo por mí aducido tiene su validez.. No en cuanto al asunto concreto del “milenarismo”[20], pero sí en cuanto a que brinda una analogía sobre los procedimientos magisteriales (de lo cual se trataba), para interpretar los cuales, siempre hay que tener en cuenta el objeto bien determinado, sobre el que recae la atención del juez doctrinal, y no en las posibles relaciones que el asunto pueda ofrecer con otros innumerables aspectos. Por lo mismo, debe constar de algún modo, ya por las discusiones en curso, ya por el mismo tenor de la declaración, que un aspecto preciso de la verdad a esclarecer, entra o no en el objetivo de la definición (sea dogmática o de inferiores calificaciones doctrinales). Ahora bien, tal como comprobamos ampliamente, refiriéndonos a la presentación de Schönmetzer respecto a la declaración de 1944, el tenor de la misma era “muy semejante” a la de 1941 y Gilleman, no veía distinción alguna entre un milenarismo mitigado o espiritual, de modo que ninguno de los dos podía ser enseñado[21]. En cuanto a las otras dos “ratificaciones”[22], que quiere ver Caviglia para su posición, también se abundó en aducir comentaristas (entre ellos al Card. Ratzinger), que en modo alguno avizoraban una preocupación milenarista en el horizonte de lo que se quería esclarecer. Con estos precedentes, encaremos todavía, la última reacción de Caviglia al respecto:
“Increíble, porque lo dicho por nosotros es sencillísimo y nada tiene que ver con ese inútil desborde de erudición: se refiere al principio concreto y elemental de hermenéutica, de aplicación amplísima en el Orden Normativo, de que «las aprobaciones se entienden en un sentido amplio, las restricciones en un sentido estricto». – Por lo tanto, el rechazo que importa la parte declarativa del (sic!) los decretos de 1941 y de 1944 debe interpretarse literalmente, tiene que ajustarse a los términos exactos empleados, es decir, a lo concretamente definido”[23].
Pero, el hecho es que tanto las aprobaciones como las restricciones han de referirse a un asunto, litigio o doctrina bien especificados, por causa de los cuales interviene la autoridad correspondiente. Perdónese lo reiterativo, pero, si algún tema, por relacionado que se encuentre con el objeto a dilucidar, no cae bajo la expresa sentencia (aprobatoria o restrictiva), no se lo puede considerar ni aceptado ni condenado, por esa precisa decisión doctrinal[24]. Lo “increíble” y “sencillísimo” de esta acotación mía quería decir únicamente que las “aprobaciones, que siempre han de ser entendidas en sentido amplio y las restricciones en sentido estricto”[25] han de cumplir con estos cometidos, sólo en el caso en que apunten a un blanco bien circunscrito; de ningún modo cuando alguna doctrina o acción no caiga bajo su expresa consideración. Avanzando en la revisión de los cargos que me imputa Caviglia, nos topamos con un párrafo, que, por su reiteración, no puede ser sólo un error de tecleo en la computadora, sino de una errónea intelección del detalle tratado. Si él me acusaba de que “no lo citaba” y “modificaba” sus afirmaciones y conceptos[26], lo menos que aquí se puede comentar es que me cita mal.
“(Diría Barriola) «Caviglia...descalificando en absoluto la carta del (sic!) Arzobispo de Santiago...». – El crítico fabula porque no hemos criticado la carta del (sic!) Arzobispo de Santiago y mucho menos le hemos descalificado «en absoluto». – Es más, ni siquiera hemos nombrado a ese Arzobispo y si su nombre aparece en el escrito es porque el decreto de 1941 lo nombra”
En mi artículo había escrito: “En último análisis, descalificando en absoluto la carta al Arzobispo de Santiago”... ¿No es también “increíble”, que se cometa tamaño quid pro quo? ¿Quién estará fabulando entonces? Porque, yo no aludí a ninguna carta del Arzobispo de Santiago. Y, en sus tesoneras indagaciones sobre el tema, no debería haberle escapado a Caviglia, que la amonestación de 1941 consistía en una misiva precisamente al dicho Arzobispo, como consta en los datos ofrecidos por Denzinger - Schönmetzer en el Nº 3839. Por consiguiente, tratando Caviglia de “errónea”, etc. a la declaración de 1941, “ha descalificado en absoluto” la carta del (entonces) Santo Oficio al Arzobispo de Santiago. Resulta, entonces, más que confusa y enmarañada (diría yo que no viene al caso), la excusa que sigue: “Es más, ni siquiera hemos nombrado a ese Arzobispo y si su nombre aparece en el escrito es porque el decreto de 1941 lo nombra”. ¡Vaya si lo nombra! Pero no de pasada. El documento entero está dirigido a él: “Suprema Sacra Congregatio S. Officii responsum de millenarismo (chiliasmo)....Excmo. ac Rev.mo Domino D.no Iosepho M. Caro Rodríguez, Archiepiscopo S. Iacobi in Chile”, como puede leerse en la reproducción del documento en: Periódica de re morali et canonica , 31 (1942) 166 – 167 y según refiere la presentación previa de Schönmetzer en Denz – Schön 3839.
Llegamos ahora al “punctum dolens” que más parece haber acusado mi interlocutor:
”Gratuitamente supone nuestro crítico que Caviglia considera «absoluto mamarracho» el decreto del Santo Oficio de 1941: «El escrito (me cita ahora) despierta la sensación de que la primera intervención fue un absoluto mamarracho ya que (Caviglia) lo califica de ‘erróneo’, ‘alarmista’, ‘contradictorio consigo mismo’ ». Es una falta de respeto y una impertinencia – replica Caviglia – atribuirnos tal juicio y tal calificativo de «mamarracho» suponiendo que el escrito despierta «tal sensación». Calificativo chabacano que desprestigia al mismo que lo emplea. – Suposición sin base alguna, en primer lugar porque si el Decreto de 1941 es erróneo, alarmista, contradictorio consigo mismo, esa conclusión fue cuidadosamente justificada a lo largo de todo el trabajo”[27]
Según J. Corominas y J. N. Pascual, “mamarracho” significa: “Figura de hombre mal hecha, mal pintada” o bien: “Una persona que se disfraza o representa alguna figura ridícula en carnaval”[28] . Ahora me pregunto: ¿puede haber alguna institución seria, que pretendiendo enseñar, aclarar o prevenir sobre errores, resulte caer ella misma en declaraciones “erróneas”, “contradictorias consigo mismas”, etc., sin que suscite una impresión de lastimero ridículo? No ha sido, entonces tan “gratuita” mi descripción del modo con que Caviglia ha destratado al enunciado doctrinal de 1941, sobre el milenarismo. Se fundaba en sus mismas expresiones, que presentaban un magisterio, por definición “orientador”, como causa de extravío. Habría que ver, en tal caso, quién se “desprestigia” a sí mismo. ¿Puede un católico, calificar tan despiadadamente un acto doctrinal de su Madre Iglesia? Si el “mamarracho” le sonó a Caviglia “chabacano” (= grosero), a mí me parece fuerte, sí, pero no hasta tal extremo. ¿O llamaríamos “chabacano” a Pablo por sus exabruptos de Gal 5, 12? ¿Calificaríamos también así al mismo Jesús por el lenguaje que usa en Mc 7, 19? Y no vale, aplicar después paños tibios, alegando que esa retahíla de (des)calificaciones al Sto. Oficio fue “cuidadosamente justificada a lo largo de todo el trabajo”, porque, justamente, mi crítica deseaba aportar evidencias de que dichas “justificaciones” no habían sido tan “cuidadosas” que digamos, ofreciendo puntos de vista de prestigiosos teólogos contemporáneos a ambas declaraciones (Rosadini, Gilleman), que nunca fueron desmentidos por dicasterios romanos en sus exégesis de las sentencias sobre el milenarismo y a los cuales se refieren todos los que tratan este tema específico[29]. Lo que le hubiera correspondido hacer a Caviglia era mostrar si mis réplicas tenían o no algún fundamento, para sólo después atribuirse a sí mismo el calificativo de “cuidadoso” en sus más que severas censuras del acto magisterial, al que nos estamos refiriendo. Lamentablemente, omitió emprender el trabajo. Y aún concediendo (no admitiendo) que la “cuidadosa” argumentación de Caviglia haya podido poner de manifiesto lo “erróneo” , etc. de la intervención de 1941,. ¿no se desembocaría una vez más en el penoso e irrisorio (= mamarracho) traspié de un magisterio al que se le habría probado que, intentando aclarar, todo lo ha confundido? Abundando en su requisitoria, prosigue:
“Pero la razón fundamental es que si el escrito despertara alguna «sensación» sobre el decreto, sería una sensación contraria a la de «mamarracho» que implica algo grotesco, ridículo, inservible. Sería la sensación de algo muy serio y eficientemente pernicioso.- No es erróneo por su parte declarativa porque, pese a haber sufrido alguna corrección, siempre lleva a interpretar la parte declarativa contradiciendo sus términos, en el sentido de que cualquier milenarismo por espiritual que sea, es algo insalvablemente contrario a la fe de la Iglesia y peligrosísimo. – Es «contradictorio consigo mismo» por lo que se acaba de decir, precisamente porque esa parte enunciativa pese a haber sido derogada por el Decreto de 1944 sigue alimentando el prejuicio de que cualquier milenarismo aún el más espiritual, es un peligrosísimo error contrario a la fe de la Iglesia”.
Fuera de frases redundantes, sobre todo al final de este párrafo, parece que en lugar de clarificar, se entenebrece todavía más el panorama. Porque, el documento resultó ser más penoso aún que un “mamarracho”. Ha sido nada menos que”pernicioso”. Si esto fuera así, ¿se indignará mucho Caviglia si concluyo que, en el caso que fuera cierto lo que pretende, caben los dos epítetos: “pernicioso”, porque así lo decreta Caviglia, a la vez que “mamarracho”, dado que – repito - una institución abocada a la enseñanza de la verdad, se expide, de hecho, ante sus discípulos con un papelón de tal calibre? Advirtamos nuevamente, que ahora (no antes) Caviglia concede algo que “no es erróneo” en la parte declarativa de la decisión de 1941 y esto, porque la posterior aclaración de 1944 “coincide en lo fundamental” con ella. . Nada semejante había escrito hasta ahora, ¿Habrá atendido finalmente a la calificación de “simillima”(= muy semejante), con que Schönmetzer y Gilleman, comparaban una y otra decisión? Si así fuera, estaríamos ante un logro de este diálogo. Con todo, no abandona sus ásperas adjetivaciones (“erróneo”, “contradictorio consigo mismo”, “alarmista”), siendo la única razón para las tres, que, en todo caso, se desprendería que,“cualquier milenarismo por espiritual que sea, es algo insalvablemente contrario a la fe de la Iglesia y peligrosísimo”. Antes que nada, Caviglia, tan celoso frente a supuestas tergiversaciones de sus dichos, endilga al Sto. Oficio una terminología que no empleó en modo alguno. En efecto, no se puede encontrar en el texto que cualquier milenarismo fuese “insalvablemente contrario a la fe de la Iglesia y peligrosísimo”, sino “tuto doceri no posse”. No se expedía, acudiendo a las censuras más graves. Después: la instancia romana se refería a los “milenarismos” conocidos en la tradición común de la Iglesia: el “craso”y el “mitigado” o “espiritual”, así llamado, no porque sea “invisible”, sino porque no consta de los ingredientes materialistas del primero, pero que, siempre, algún elemento visible en la historia ha presupuesto. Ahora bien, el que proponen van Rixtel – Caviglia, es nuevo del todo, sin huellas anteriores en la historia de la interpretación. Por eso, un conocedor tan experto como I. B. Franzelin no encontraba apoyo alguno en la tradición, ni siquiera para cualquier tipo de milenarismo “espiritual”, concluyendo: si admiten solamente delicias espirituales, opinión de alguna manera tolerable (según el mismo Agustín), “dejen, con todo, de remitirse a Papías y los antiguos Padres y no acusen a Eusebio de calumnia”[30]. Porque el mismo Ireneo no deja de pasar revista a los aspectos bastante mundanales, enumerados por Papías. Pero, si volvemos al anterior artículo de Caviglia nos encontraremos con motivos diferentes para sus censuras :
1. “erróneo, porque dice «corporalmente» en lugar de «visiblemente»[31]. 2. alarmista acerca de posibles perturbaciones dentro de la Iglesia como montanismos, iluminismos, etc., alarmismo que determinó las graves prohibiciones específicas[32]. 3. contradictorio en sí mismo, porque su parte introductoria hablaba del «milenarismo espiritual» y en la parte resolutiva hablaba del milenarismo «mitigado», una clase especial dentro de aquel; y porque calificando el «mitigado» con el grado más leve, sin embargo establecía las más drásticas prohibiciones al respecto. 4. inducía a verdaderos errores, el error de que la Iglesia se pronunciaba en la controversia entre los Santos Padres rechazando cualquier milenarismo espiritual, y se plegaba a las interpretaciones alegóricas como la de San Agustín u otras, pero muy especialmente a la interpretación más en boga según la cual el Reino de Cristo llegaría cuando por proceso creciente, la Iglesia conquistaría todo el mundo y todos los pueblos”[33].
Fuera de lo ya comentado en las notas 29 y 30, no es “contradictorio” oponer “espiritual” y “mitigado”, porque la tradición entendió siempre esos términos como sinónimos. “Mitigado” respecto a los desbordes del milenarismo grosero, era el milenarismo “espiritual”, que no caía en ilusionarse con revanchas o festines de todo tipo. Asimismo, que una calificación doctrinal se ubique en el “grado más leve”, no faculta a que se la difunda generosamente. La gripe no es el sida, pero se deberá trabajar enérgicamente para extirpar no sólo al segundo, sino también a la primera. Por fin, la tradición de la Iglesia se pronunció ya desde hace muchísimo tiempo en la controversia patrística de los cuatro primeros siglos, como lo da a entender el enunciado de la Thesis XVI de Franzelin: “La opinión (que no declaración dogmática – ni siquiera por magisterio ordinario -) sobre el reino de Cristo milenario en los Padres anteriores al siglo cuarto es comparada con el consentimiento opuesto (ya sin fisuras ulteriormente en toda la Iglesia) de los Padres posteriores”. Sería oportuno igualmente, que especificara Caviglia qué autores han sostenido la errónea visión de que el “Reino de Cristo llegaría cuando por proceso creciente, la Iglesia conquistaría todo el mundo y todos los pueblos”, porque se me hace difícil imaginar que a tantos pensadores cristianos se les haya pasado por alto la inquietante pregunta del Señor: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 6). Hasta aquí la ardorosa autodefensa de Caviglia a los reparos que le había dirigido. Por lo expuesto, sigo en mis trece, y no por empecinamiento o mis ancestros vascos, sino cimentado en las mismas razones anteriores (que estimo no haber sido siquiera rozadas por Caviglia) y las nuevas respuestas que hasta aquí acabo de desarrollar. Promete el autor para un próximo escrito, entre otras cosas, esclarecer un problema por mí planteado (que, según un último latigazo, sería “absurdo en un teólogo”), acerca de la clase de “espiritualismo” que caracterizaría a este milenarismo propugnado por él, en fidelidad a van Rixtel. Tal como hemos dejado asentado: Caviglia no se enfrentó con una sola de las razones por mí presentadas. Se limitó a volcar su irritación sobre lo que le parecieron mis “chabacanerías”, “imaginaciones”, “absurdos”. Y, todavía finaliza, como si saliera exhausto de las “fatigas de Hércules”, excusándose de esta forma:
“Por ahora basta con estas muestras de descalificación. – Aunque estábamos tentados de tratarlo aquí, dejamos para un próximo escrito, entre otros puntos, la finalidad del documento magisterial de 1973 (sic!)[34] que nuestro crítico no quiere entender pese a que esa finalidad está clara y expresamente establecida por su texto; y el problema que plantea, absurdo en un teólogo, de qué clase de espiritualidad sería la del milenarismo espiritual.- Es tal el cúmulo y confusiones que hay que rectificar que hemos tomado una resolución. La exposición sintética difundida por Internet sobre la lectura correcta del pronunciamiento magisterial de 1944 sobre milenarismo, que importa la neutralidad de la Iglesia entre las dos interpretaciones del Apocalipsis, es suficientemente completa y clara para los fieles piadosos y sin prejuicios. – No siéndolo para todos, si Dios lo permite continuaremos escribiendo sobre el Decreto de 1944 en forma más amplia que comprenda lo que en la obra citada y en otros trabajos nuestros y ajenos sea pertinente, además de refutar la totalidad de las objeciones de nuestro crítico”[35].
Sentimos que lo primero que tendría que haber hecho era esta sólo ahora prometida “refutación” , si no de la “totalidad”, al menos de alguna parte consistente de “las objeciones” de su crítico. Lo que ha presentado no va más allá de una descarga malhumorada de su contrariedad. Aglomeró pretendidas “confusiones”, “absurdos” poco acordes con “un teólogo”, sin documentar en qué se basaba para semejantes imputaciones, dando cuenta en tres carillas y media de 24 páginas, que, tal vez, nada valgan, pero que estoy lejos de haberlo comprobado después de enterarme de la última requisitoria de Caviglia. Quedo, pues, a la espera del anunciado trabajo. ¡Ojalá que acierte a documentar en qué Padres y autores probados se funda, para describir el pretendido “milenio espiritual” y que apuntale su teoría sobre el documento de 1979, con algún otro punto de vista además del suyo propio. El escrito colmará igualmente de felicidad a muchos otros “fieles” , también “piadosos”, como Ratzinger, Vanhoye, Vanni, Bedriñán, Alonso Schökel (que lo gozará desde el cielo), Gourges, Lüdy y tantos otros, que en modo alguno aceptan la interpretación “literalista” del reino de mil años.
5 – Postrer consuelo
El “fantasioso”, “chabacano”,”tergiversador”, etc., etc. P. Barriola goza, con todo de un “descargo”, del que caritativamente quiere dejar constancia Caviglia, culminando su amarga amonestación con este título:
“Simpatía y comprensión con el Padre Barriola” .
Allí se puede leer:
“Con la debida energía hemos rechazado sus agresivas e injustas críticas a la lectura correcta del Decreto de 1944. – Porque es deber nuestro defender el honor de la Palabra de Dios cuyos Misterios Sellados están siendo revelados, en esta época de su cumplimiento, a quienes se les ha dado comprender y quieren comprender. Perdonamos de todo corazón al Padre Barriola su lamentable escrito y se lo agradecemos. – En efecto, él rompió la conjura de silencio contra «Tercer Milenio – El Misterio de de (sic: dos veces!)[36]Apocalipsis». – Porque de acuerdo a la parte enunciativa del Dec. de 1941 y a sus prohibiciones (por completo derogadas tres años después) del milenarismo no se habla ni aún del espiritual, al milenarista no se le nombra, sus obras se silencian y no se citan ni aún para criticarlas (Obra cit., Cap 9. 5 pág. 42 ss. – siiiic!!!)[37]. – Bien es cierto que se cuidó el Padre de citar la obra, pero su ensañamiento con el artículo y su autor inevitablemente conducen a su mayor difusión...y a través de Internet. No sólo perdonamos al Padre Barriola sino que sentimos simpatía por él. – En efecto, no podemos olvidar que es un defensor de la Recta Doctrina ni tampoco sus renuncias al Seminario Interdiocesano y como Profesor de Sagrada Escritura del Instituto Teológico del Uruguay Mariano Soler, episodio que mucho lo honra. – Renuncias debidas a la tolerancia de las autoridades de esos institutos para con las burlas impías del grupo de seminaristas que estaba confiado directamente a su dirección espiritual”[38].
Sería oportuno precisar que “la debida energía” no estuvo acompañada igualmente por la imprescindible fundamentación. Se la promete para el futuro. Sólo que queda flotando la impresión de un hervidero de exasperación, que podría haber sido evitado, si es que se contaba con las debidas respuestas a los reparos del opositor. ¿Por qué precipitarse, tildando a mis “enfoques” de “críticas agresivas e injustas”, cuando no se presentan las pruebas que así las demuestran, dejándolo para futuras entregas? El P. Barriola, muchos de sus eximios profesores del Pontificio Instituto Bíblico y miembros de la Pontificia Comisión Bíblica estiman que también trabajan con alma y vida para “defender el honor de la Palabra de Dios”, sin que ello los obligue a jurar por el milenarismo, por “espiritual” que se lo tenga. Si Caviglia y su círculo creen que los “Misterios Sellados están siendo revelados”, tienen todo derecho a celebrarlo. Pero, al proponer su convicción, por favor, que echen mano a razonamientos más sólidos. Todo “perdón” recae sobre una ofensa. Si “subjetivamente” experimentó Caviglia como “injurioso” mi intento de rebatir su interpretación, también yo le pido disculpas. Pero, “objetivamente”, no siento que mi escrito se encuentre necesitado de indulgencia, hasta que no se demuestre clara y persuasivamente qué es lo “lamentable” del mismo. La de G. Gilleman no es de la misma opinión que la de Caviglia, respecto a que el decreto de 1944 haya derogado por completo las prohibiciones de1941. Escribe, en efecto: “El decreto ( de 1944) afirma, pues, que el milenarismo (o quiliasmo), aún mitigado o espiritual...no puede ser enseñado sin imprudencia en lo que mira a la fe....Tal como la respuesta de 1941...el «doceri» (= ser enseñado) no debe ser entendido solamente de una enseñanza o de una predicación públicas, sino de todo medio de propagar o recomendar la teoría...La fe de la Iglesia reconoce sólo dos advientos de Cristo y no tres”[39]. Y si el “Padre”, se cuidó de citar la obra de van Rixtel, fue porque, según descripción del mismo Caviglia, su artículo “condensado y resumido...lo explicaba todo y daba precisas razones de todo”[40], de modo que alcanzaba para hacerse una idea cabal de lo que se propugnaba y contar con los medios suficientes para recusarla. Por fin, lo que Caviglia entiende como “ensañamiento”, lo tengo yo por seriedad para tener en cuenta el desarrollo de su pensamiento, haciéndole notar los pasos que no cuadran, no sólo a mi juicio, sino según lo enseñan muchos otros cotizados autores. Y si el encono de mi artículo y mi autoría sirven para mayor difusión del tema, ¡bendito sea Dios!, porque ayudarán igualmente a que otros ojos sopesen tanto sus motivaciones como las mías. Arribamos ahora a la parte conmovedora y tierna de la vehemente reconvención, que me dirigió Caviglia. Dice sentir simpatía por mí y los cataclismos que debí sufrir en mi patria, cosa que aprecio sinceramente, aunque no puedo admitir la conexión que establece acto seguido:
“Disculpamos al Padre Barriola comprendiendo que su actitud es fruto de la tribulación magna que lo sacude, de la crisis Psicológica que perturba su espíritu. – Es un sacerdote de recta doctrina que vive en un Catolicismo desacralizado..... – En suma, está perturbado en lo más íntimo por la pavorosa «confusión intraeclesial», otro patente signo esjatológico (sic!) de nuestros «últimos tiempos» En esta lucha en que nosotros no podemos ceder ni callar oremos intensamente para que el Espíritu Santo lo ilumine, serene su espíritu, le haga ver los «signos esjatológicos (sic!) y le «abra la Biblia en la grandeza de la Bienaventurada Esperanza»”[41].
Después de instalarme en su diván psicoanalítico, Caviglia ha dictaminado en mí graves secuelas de trastorno psíquico (“crisis psicológica”; me encontraría “perturbado en lo mas íntimo”), que me impedirían percibir «los signos esjatológicos» y leer la Biblia «en la grandeza de la Bienaventurada Esperanza». Lo raro es que una “verdadera nube de testigos” (ver: Hebr 12,1), en los que apoyo mi posición, sin haber pasado por mis calamidades y, gozando cabalmente del uso de sus mentes brillantes, también rechazan las tesis milenaristas. ¿Necesitarán también ellos someterse a un tratamiento psiquiátrico? Además, si soy un “sacerdote de doctrina recta”, ¿por qué razón mis presuntas perturbaciones psicológicas incidirían “precisa y puntualmente” en mi negativa a admitir el milenarismo de van Rixtel – Caviglia? Sinceramente, nos cuesta ver el hilo conectivo de semejante diagnóstico. En fin... hay “simpatías que matan”.
III – Resumiendo.
La extensión que he dedicado al comentario de tres carillas y media me parece, modestamente, que patentiza el cuidado con que leí y confronté las ideas de Caviglia. No he encontrado en su escrito más que generalizados reproches, que no se han dignado bajar al careo de autores y argumentos contrarios a sus posturas, puestos en juego por mi parte. Ha anunciado Caviglia que se hará presente con un bagaje más serio de consideraciones exegéticas. Estoy dispuesto a examinarlas con la misma dedicación que le dediqué a sus dos artículos. Por último, recordemos todos que la “Bienaventurada Esperanza” (Tit 2, 13) no es monopolio de los milenaristas. Se encuentra también firmemente radicada en la fe de todos los que sostienen que hay sólo “dos venidas de Cristo”, la de Belén y la postrera, cuando “venga a juzgar a vivos y muertos”.
Miguel Antonio Barriola Córdoba, junio de 2004.
[1] B. Caviglia, “Decreto del 21de Julio de 1944 – Pronunciamiento del magisterio de la Iglesia triplemente ratificado” en: http://www.iveargentina. org/Foro_ Exegesis/ Seminarios /milenarismo.htm [2] B. Caviglia, “Los «enfoques» del Padre Barriola y la confusión intraeclesial” en: http:// www.ineargentina.org/Foro_Exegesis/Seminarios/milenarismo_2. htm [3] B. Caviglia, “Los «enfoques»...”, 1. [4] B. Caviglia, ibid. , 1. [5] B. Caviglia, “Decreto del 21 de Julio...”.1. Respondí a tal inexactitud en: “Otros posibles enfoques...”, 6 y n. 15. [6] M. A. Barriola, ibid. , 6 y n. 16. [7] B. Caviglia, ibid. , 5. [8] B. Caviglia, “Los «enfoques»...”,1. [9] Recuérdese aquí la nota con que concluía mi exposición, señalando el juicio del P. K. Stock, acerca de la”importancia limitada” de esta discusión (M. A. Barriola, ibid. , 16 y n. 55). Pero, no porque no esté en juego la infalibilidad dogmática del magisterio, se puede permitir uno tratar a alguno de sus dictámenes como “contradictorio en sí mismo”. [10] B. Caviglia, “Los «enfoques»...”, 1. [11] B. Caviglia, ibid. [12] B. Caviglia, ibid. [13] Si se los “exporta” en un artículo, se sobreentiende que se han escogido las mejores razones que sustentan las tesis que se defienden. Ellas no me han convencido, ni a muchos otros. [14] B. Caviglia, ibid. , 2. [15] Nos permitimos seguir dudando de su pretendida “eficacia”. [16] Por cierto que lo es para Caviglia, pues asegura que van Rixtel “habría logrado explicar lo que permaneció obscurecido hasta ahora” (B. Caviglia, “Decreto del 21 de julio...”, 3). Fuera del círculo de allegados, que presenta Caviglia como apoyo de sus tesis, no se conoce algún exegeta de peso, que se haya echo eco de un logro, inalcanzado en los siglos anteriores. [17] Ver: M. A. Barriola, “Otros posibles enfoques...”, 13 – 14. [18] B. Caviglia, ibid. , 2. [19] B. Caviglia, ibid. [20] Por lo cual, parece que sobran los tres signos de admiración, apuestos por Caviglia a este párrafo. Pues, me sospecho que en el fondo está pensando: “Estamos hablando de «milenarismo» y me sale con la «transubstanciación»”. No es un “irse por la tangente”, sino aportar un procedimiento similar al que estamos analizando: un aspecto del que no consta, que estuviera en la preocupación de la docencia eclesial, ni es prohibido ni aprobado. [21] Repasar: M. A. Barriola, “Otros posibles enfoques...”, 6 y notas 17 – 20. [22] “Instrucción de 17 / V / 79” y “Catecismo de la Iglesia Católica”, 676 – 677. [23] B. Caviglia, “Los «enfoques»...”2. Nótese, que aquí, parece que Caviglia incluye también la aclaración de 1941, como atendible y no tan “errónea”, etc. [24] Puede que haya sido censurado ya antes por algún otro procedimiento. Como los otros intentos de eludir la “transubstanciación”, diferentes del presentado por Schillebeeckx, no porque no hayan sido tenidos en cuenta por la Mysterium fidei, quedaban libres de toda sospecha. Que esta ilustración le resulte a Caviglia un “inútil desborde de erudición” (ibid. , 2), no elimina el hecho de su atinencia a lo que se quería sostener: una y otra resolución sobre el milenarismo (la de 1941 y la de tres años después), desaconsejaban la propagación de un jiliasmo mitigado, que por “espiritual” que se lo conciba, alguna manifestación “visible” debía llevar consigo. Ahora bien, es verdad que el “nuevo milenarismo” excogitado por van Rixtel – Caviglia, no lleva esa nota de ”visibilidad”. Pero, nunca, que se sepa, en la tradición de la Iglesia hubo algún Santo Padre o teólogo que sostuviera una tesis semejante (como lo fundamenté con la ayuda de Franzelin y Gilleman – M. A. Barriola, ibid. , 6 – 7 y notas 14 – 20 -). Por consiguiente, es palmario que tal ideario no caía en la mira del magisterio, ni para bendecirlo ni para reprobarlo. [25] El clásico axioma: “Favorabilia sunt amplianda, odiosa restringenda”. [26] B. Caviglia, ibid., 1. [27] B. Caviglia, ibid. , 2. [28] Diccionario crítico y etimológico castellano e hispánico” Madrid (1980), Vol III, 792. [29] Sería oportuno notar lo “cuidadoso” de las declaraciones romanas, ya que el Decreto de 1944, por tercera vez reprueba el milenarismo propuesto desde Chile por Manuel de Lacunza y Díaz y sus seguidores. En efecto, notifica Schönmetzer (en la nota previa a Denz – Schön 3839: “El cual (Lacunza) bajo el pseudónimo Juan Josafat Ben – Ezra cc. en el año 1810 había escrito la obra Venida del Mesías en gloria y majestad (proscrito por el S. Oficio el 6 de Sept. de 1824 – resaltado por mí - ). Contra esta opinión, que resurgía nuevamente el s. Oficio había dado una decisión muy semejante al Decreto de 1941...en la Carta al arzobispo. José M. Caro Rodríguez de la ciudad Santiago de Chile...” Por ende: 1824, 1941 y 1944, en tres oportunidades y salvo tenues cambios, el magisterio de la Iglesia se ha expedido en contra del Milenarismo, aún mitigado o espiritual. [30] I. B. Franzelin, “Thesis XVI, Opinio de regno Christi millenario penes Patres ante saeculum quartum comparatur cum consensu opposito Patrum subsequentium” en su obra: Tractatus de Divina Traditione et Scriptura , Romae (1882, 3ª. ed.) 197, n. 2. [31] Contestaba de mi parte que, en lugar de “erróneo” correspondería más bien “incompleto”, dado que la resolución de 1941, reproducía simplemente los términos de Eusebio de Cesarea. El dato no le mereció comentario alguno a Caviglia [32] Nada de esto aparece en su última explicación de por qué adjetivó así a la resolución de 1941. Además, se desearía que,.con testimonios a la mano, documentara Caviglia que el Sto. Oficio albergaba temores sobre un renacimiento del ”montanismo”. [33] B. Caviglia,”Decreto del 21 de julio de 1944...”5. [34] ¿Otro “lapsus ordinatoris” (= de la computadora)?. Porque... el documento sobre escatología es de 1 9 7 9. [35] B.Caviglia |