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Foro de Exégesis y Teología bíblica del
Instituto del Verbo Encarnado
Sagrada Escritura: inspiración e interpretación.- Juan
Pablo II |
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Sagrada Escritura: inspiración e interpretación CATEQUESIS DEL 1- V- 85 JUAN PABLO II |
1. Repetimos hoy una vez más las hermosas palabras de la Constitución conciliar
Dei Verbum ; ' Así Dios, que habló en otros tiempos.' (n.8).
Digamos, de nuevo que significa 'creer'.
Creer de modo cristiano significa precisamente: ser introducidos por el Espíritu
Santo en la verdad plena de la divina Revelación. Quiere decir: ser una
comunidad de fieles abiertos a la Palabra del Evangelio de Cristo. Una y otra
cosa son posibles en cada generación, porque la viva transmisión de la divina
Revelación, contenida en la Tradición y la Sagrada Escritura, perdura integra en
la Iglesia, gracias al servicio especial del Magisterio, en armonía con el
sentido sobrenatural del Pueblo de Dios.
2. Para completar esta concepción del vínculo entre nuestro 'credo' católico y
su fuente, es importante también la doctrina sobre la inspiración de la Sagrada
Escritura y de su interpretación auténtica. Al presentar esta doctrina seguimos
(como en las catequesis anteriores) ante todo la Constitución Dei Verbum.
Dice el Concilio: 'La Santa Madre Iglesia fiel a la fe de los Apóstoles,
reconoce que todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, con todas sus
partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, que escritos por inspiración
del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a
la Iglesia' (n.11).
Dios -como Autor invisible y trascendente- 'se valió de hombres elegidos, que
usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo. como verdaderos
autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería' (n.11). Con este
fin el Espíritu Santo actuaba en ellos y por medio de ellos (Cfr. n.11).
3. Dado este origen, se debe reconocer 'que los libros de la Sagrada Escritura
enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en
dichos libros para la salvación nuestra' (n.11). Lo confirman las palabras de
San Pablo en la Carta a Timoteo: 'Toda la Escritura es divinamente inspirada y
útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin
de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena' (2 Tim. 3,
16-17).
La Constitución sobre la divina revelación, siguiendo a San Juan Crisóstomo,
manifiesta admiración por la particular 'condescendencia', que es como un
'inclinarse' de la eterna Sabiduría. 'La Palabra de Dios, expresada en lenguas
humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del Eterno Padre,
asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres'
(n.13).
4. De la verdad sobre la divina inspiración de la Sagrada Escritura se deriva
lógicamente algunas normas que se refieren a su interpretación. La Constitución
Dei Verbum las resume brevemente:
El primer principio es que 'porque Dios habla en la Escritura por medio de
hombres y en lenguaje humano, el intérprete de la Sagrada Escritura, para
conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los
autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas palabras' (n.12).
Con esta finalidad -y éste es el segundo punto- es necesario tener en cuenta,
entre otras cosas, 'los géneros literarios'. 'Pues la verdad se presenta y
enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros
proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios' (n.12). El sentido de lo
que el autor expresa depende precisamente de estos géneros literarios, que se
deben tener, pues, en cuenta sobre el fondo de todas las circunstancias de una
poca precisa y de una determinada cultura.
Y, por esto, tenemos el tercer principio para una recta interpretación de la
Sagrada Escritura: 'Para comprender exactamente lo que el autor sagrado propone
en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los habituales y originarios modos
de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en el tiempo del escritor, y
también las expresiones que entonces solían emplearse en la conversación
ordinaria' (n.12).
5. Estas indicaciones bastantes detalladas, que se dan para la interpretación de
carácter histórico-literario, exigen una relación profunda con las premisas de
la doctrina sobre la divina inspiración de la Sagrada Escritura. 'La escritura
se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita' (n.12).
Por esto, 'hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la
Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe' (n.12).
Por 'analogía de la fe' entendemos la cohesión de cada una de las verdades de fe
entre sí y con el plan total de la Revelación y la plenitud de la divina
economía encerrada en él.
6. La misión de los exegetas, es decir, de los investigadores que estudian con
métodos idóneos la Sagrada Escritura, es contribuir, según dichos principios,
'para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que
con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia' (n.12). Puesto que la
Iglesia tiene 'el mandato y el ministerio divino de Conservar e interpretar la
Palabra de Dios', todo lo que se refiere 'al modo de interpretar la Escritura,
queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia' (n.12).
Esta norma es importante para precisar la relación recíproca entre exégesis (y
la teología) y el Magisterio de la Iglesia. Es una norma que está en relación
muy íntima con lo que hemos dicho anteriormente a propósito de la transmisión de
la divina Revelación. Hay que poner de relieve una vez más que el Magisterio
utiliza el trabajo de los teólogos-exegetas y, al mismo tiempo, vigila
oportunamente sobre los resultados de sus estudios. Efectivamente, el Magisterio
está llamado a custodiar la verdad plena, contenida en la divina Revelación.
7. Creer de modo cristiano significa, pues, adherirse a esta verdad gozando de
la garantía de verdad que por institución de Cristo mismo se le ha dado a la
Iglesia. Esto vale para todos los creyentes: y, por tanto -en su justo nivel y
en el grado adecuado-, también para los teólogos y exegetas. Para todos se
revela en este campo la misericordiosa providencia de Dios, que ha querido
concedernos no sólo el don de su auto-revelación, sino también la garantía de su
fiel conservación, interpretación y explicación, confiándola a la Iglesia.
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