16. “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselo “ver”. ¿Y no es cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer que su rostro resplandezca también ante las generaciones del nuevo milenio? Sin embargo, nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del jubileo, a la vez que reanudamos el camino ordinario, llevando en el corazón las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada permanece más que nunca fija en el rostro del Señor.
17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, indicando oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo[1]”. Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15, 26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. Jn 15, 27), que experimentaron personalmente a Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1, 1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, avalada por un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verídico que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible[2].
18. En realidad, los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1, 3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años que vivió en Nazaret (cf. Lc 3, 23), recogieron los datos sobre su vida de “hijo del carpintero” (Mt 13, 55) y también como “carpintero”, en medio de sus parientes (cf. Mc 6, 3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2, 41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4, 16). Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo acude para ser bautizado por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el “Hijo amado” (cf. Lc 3, 22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, explicando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por él (cf. Mc 3, 13-19), por un grupo de mujeres que les ayudan (cf. Lc 8, 2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras. La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que se produce entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una aurora nueva, radiante y definitiva. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de él reciben el don del Espíritu (cf. Jn 20, 22) y el mandato de anunciar el Evangelio a “todas las gentes” (Mt 28, 19).
19. “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles «las manos y el costado» (Jn 20, 20). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24, 13-35). El apóstol Tomás creyó únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn 20, 24-29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16, 13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la “gente” que es él, y recibe como respuesta: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16, 14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los “suyos”: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).
20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? Y ¿qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). La expresión “carne y sangre” evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de “revelación” que viene del Padre (cf. Mt 16, 17). San Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús “estaba orando a solas” (Lc 9, 18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista san Juan: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).
21. ¡El Verbo y la carne, la gloria divina y su morada entre los hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades está la identidad de Cristo, según la formulación clásica del Concilio de Calcedonia (año 451): “Una persona en dos naturalezas”. La persona es la del Verbo eterno, el hijo del Padre, y sólo ella. Sus dos naturalezas, sin confusión alguna, pero sin separación alguna posible, son la divina y la humana[3]. Somos conscientes de los límites de nuestros conceptos y palabras. La fórmula, a pesar de ser siempre humana, está expresada cuidadosamente en su contenido doctrinal y, en cierto modo, nos permite asomarnos, a la profundidad del misterio. Ciertamente, ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Como el apóstol Tomás, la Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad, asumida en María, entregada a la muerte y transfigurada por la resurrección: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20, 27). Como Tomás, la Iglesia se postra en adoración ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).
22. “El Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). Esta espléndida presentación joánica del misterio de Cristo está confirmada por todo el Nuevo Testamento. En este sentido se sitúa también el apóstol Pablo cuando afirma que el Hijo de Dios “nació de la estirpe de David según la carne” (Rm 1, 3; cf. 9, 5). Si hoy, con el racionalismo que reina en gran parte de la cultura contemporánea, es sobre todo la fe en la divinidad de Cristo lo que constituye un problema, en otros contextos históricos y culturales hubo más bien la tendencia a rebajar o desconocer el aspecto histórico concreto de la humanidad de Jesús. Pero para la fe de la Iglesia es esencial e irrenunciable afirmar que realmente la Palabra “se hizo carne” y asumió todas las características del ser humano, excepto el pecado (cf. Hb 4, 15). En esta perspectiva, la Encarnación es verdaderamente una kenosis, un "despojarse", por parte del Hijo de Dios, de la gloria que tiene desde la eternidad (cf. Flp 2, 6-8; 1 P 3, 18). Por otra parte, este rebajarse del Hijo de Dios no es un fin en sí mismo; tiende más bien a la plena glorificación de Cristo, incluso en su humanidad. “Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).
23. “Señor, busco tu rostro” (Sal 27, 8). El antiguo anhelo del Salmista no podía recibir una respuesta mejor y más sorprendente que en la contemplación del rostro de Cristo. En él Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho “brillar su rostro sobre nosotros” (Sal 67, 3). Al mismo tiempo, Cristo, siendo Dios y hombre, nos revela también el auténtico rostro del hombre, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”[4]. Jesús es el “hombre nuevo” (Ef 4, 24; cf. Col 3, 10) que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la «divinización», a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica del misterio de la Encarnación los santos Padres han insistido mucho: sólo porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios[5].
24. Esta identidad divino-humana brota vigorosamente de los Evangelios, que nos ofrecen una serie de elementos gracias a los cuales podemos introducirnos en la “zona-límite” del misterio, representada por la autoconciencia de Cristo. La Iglesia no duda de que, en su narración, los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, captaran correctamente, en las palabras pronunciadas por Jesús, la verdad que él tenía sobre su conciencia y su persona. ¿No es esto lo que nos quiere decir san Lucas, recogiendo las primeras palabras de Jesús, a sus doce años, en el templo de Jerusalén? Entonces él aparece ya consciente de tener una relación única con Dios, como es la propia del “hijo”. En efecto, a su Madre, que le hace notar la angustia con que ella y José lo han buscado, Jesús responde sin dudar: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). No es de extrañar, pues, que, en la madurez, su lenguaje expresara firmemente la profundidad de su misterio, como está abundantemente subrayado tanto por los Evangelios sinópticos (cf. Mt 11, 27; Lc 10, 22), como por el evangelista san Juan. En su autoconciencia Jesús no tiene dudas: “El Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10, 38). Aunque sea lícito pensar que, por su condición humana que lo hacía crecer “en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2, 52), la conciencia humana de su misterio progresó también hasta la plena expresión de su humanidad glorificada, no hay duda de que ya en su existencia terrena Jesús tenía conciencia de su identidad de Hijo de Dios. San Juan lo subraya llegando a afirmar que, en definitiva, por esto fue rechazado y condenado. En efecto, buscaban matarlo, “porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5, 18). En el marco de Getsemaní y del Gólgota, la conciencia humana de Jesús se verá sometida a la prueba más dura. Pero ni siquiera el drama de la pasión y muerte conseguirá afectar su serena seguridad de ser el Hijo del Padre celestial.
25. La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado al prever la prueba que le espera, solo delante de Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: “¡Abbá, Padre!”. Le pide que aleje de él, si es posible, el cáliz del sufrimiento (cf. Mc 14, 36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús no sólo debió asumir el rostro del hombre, sino también el “rostro” del pecado. “Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21). Nunca acabaremos de penetrar en el abismo de este misterio. Toda la dureza de esta paradoja emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní? - que quiere decir - ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso “por qué” dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: “En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste... ¡No estés lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro!” (Sal 22, 5.12).
26. El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre por amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, “abandonado” por el Padre, él se “abandona” en las manos del Padre. Sus ojos permanecen fijos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad, ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora en profundidad lo que significa resistir con el pecado a su amor. Antes aún, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudo vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.
27. Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología vivida” de los santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones valiosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a la iluminación particular que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a santa Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: “Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente[6]”. Del mismo modo santa Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, y sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo”[7]. Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas permite a esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23, 34) y expresando al Padre su extremo abandono filial: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
28. Como en el Viernes y en el Sábado santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15, 14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5, 7-9). La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de san Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: “Tú sabes que te quiero” (Jn 21, 15.17). Lo hace unida a san Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 21). Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vuelve a vivir como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. “Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia”: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, fortalecida por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).
[1] «Ignoratio enim Scripturarum ignoratio Christi est» : Comm.in Is., Prol. : PL 24,17 [2] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm.. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 19. [3] «Siguiendo, pues los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre (…) uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, (…) no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo y Señor Jesucristo»: DS 301-302. [4] Conc. Ecum. Vat II, Const. Past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia ene el mundo actual, 22. [5] A este respecto observa san Atanasio: «El hombre no podìa ser divinizado permaneciendo unido a una criatura,, si el Hijo no fuese verdaderamente Dios», Discurso II contra los Arrianos 70: PG 26, 425 B. [6] N. 78 [7] Ùltimos Coloquios, Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897: Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, 1003.
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