PREFACIO
AL DOCUMENTO DE LA COMISIÓN BÍBLICA
INTRODUCCIÓN
A.
PROBLEMÁTICA ACTUAL
B. LA
FINALIDAD DE ESTE DOCUMENTO
I.MÉTODOS
Y ACERCAMIENTOS PARA LA INTERPRETACIÓN
A.
MÉTODO HISTÓRICO-CRÍTICO
B.
NUEVOS MÉTODOS DE ANÁLISIS LITERARIO
C.
ACERCAMIENTOS BASADOS SOBRE LA TRADICIÓN
D.
ACERCAMIENTO POR LAS CIENCIAS HUMANAS
E.
ACERCAMIENTO CONTEXTUAL
F.
LECTURA FUNDAMENTALISTA
II.
CUESTIONES DE HERMENÉUTICA
A.
HERMENÉUTICAS FILOSÓFICAS
B.
SENTIDOS DE LA ESCRITURA INSPIRADA
III.
DIMENSIONES CARACTERÍSTICAS DE LA INTERPRETACIÓN CATÓLICA
A. LA
INTERPRETACIÓN EN LA TRADICIÓN BÍBLICA
B. LA
INTERPRETACIÓN EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA
C. LA
TAREA DEL EXEGETA
D.
RELACIONES CON LAS OTRAS DISCIPLINAS TEOLÓGICAS
IV.
INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
A.
ACTUALIZACIÓN
B.
INCULTURACIÓN
C. USO
DE LA BIBLIA
CONCLUSIÓN
PREFACIO AL DOCUMENTO DE LA COMISIÓN BÍBLICA
El estudio de la Biblia es, de algún modo, el
alma de la teología, dice el Concilio Vaticano II (Dei Verbum, 24), en conexión
con una frase de León XIII. Tal estudio no está nunca completamente concluido:
cada época tendrá que buscar nuevamente, a su modo, la comprensión de los libros
sagrados. En la historia de la interpretación, el surgimiento del método
histórico-crítico significó el comienzo de una nueva época. Con él se abrían
nuevas posibilidades de comprender la palabra bíblica en su sentido original.
Como todas las cosas humanas, también este método implica riesgos, a pesar de
sus positivas posibilidades: la búsqueda del sentido original puede conducir a
trasponer completamente la palabra en el pasado, de modo que no se la perciba ya
en su dimensión presente. Puede conducir a que solamente la dimensión humana de
la palabra aparezca como real, mientras el verdadero autor, Dios, se escapa a la
percepción de un método que ha sido elaborado precisamente para la comprensión
de cosas humanas. La aplicación de un método "profano" a la Biblia debía de
suscitar confrontaciones.
Todo lo que contribuye a reconocer mejor la
verdad, y a disciplinar las propias perspectivas, es una valiosa ayuda para la
teología. En tal sentido era justo que el método tuviera acceso al trabajo de
aquella. Todos los límites de nuestro horizonte, que nos impiden mirar y
escuchar más allá de lo meramente humano, deben ser superados. Así, el
surgimiento del método histórico-crítico ha puesto en movimiento un esfuerzo
para determinar sus alcances y su estructura, que de ningún modo está concluido
aún.
En este esfuerzo, el Magisterio de la Iglesia
católica ha tomado posición más de una vez con importantes documentos.
Primeramente León XIII, con la encíclica Providentissimus Deus del 18 de
noviembre de 1893, ha señalado algunas marcas en el mapa de la exégesis. En la
época de la aparición de un liberalismo extremadamente seguro de sí mismo y
hasta dogmático, León XIII se expresaba de manera prevalentemente crítica, sin
excluir, sin embargo, lo positivo de las nuevas posibilidades. Cincuenta años
más tarde, Pío XII, en su encíclica Divino afflante Spiritu del 30 de setiembre
de 1943, y sobre el fundamento del trabajo de grandes exegetas católicos,
animaba positivamente a hacer fructificar los métodos modernos para la
comprensión de la Biblia. La constitución del Concilio Vaticano II, Dei Verbum,
del 18 de noviembre de 1965, sobre la divina revelación, retomó todas estas
enseñanzas, y nos ha dejado una síntesis entre las perspectivas permanentes de
la teología de los Padres y los nuevos logros metodológicos de la era moderna,
que continúa siendo vigente.
Entre tanto, el horizonte metodológico del
trabajo exegético se ha ampliado de un modo tal, como no era previsible hace
treinta años. Nuevos métodos y nuevos acercamientos se ofrecen, desde el
estructuralismo hasta la exégesis materialista, psicoanalítica y liberacionista.
Por otra parte, hay también nuevos intentos de recuperar los métodos de la
exégesis de los Padres de la Iglesia, y de explotar formas renovadas de una
exposición espiritual de la Escritura.
La Pontificia Comisión Bíblica ha considerado
un deber, cien años después de Providentissimus Deus y cincuenta años después de
Divino afflante Spiritu, procurar definir una posición de exégesis católica en
la situación presente. La Pontificia Comisión Bíblica no es, conforme a su nueva
estructura después del Concilio Vaticano II, un órgano del Magisterio, sino una
comisión de especialistas que, como exegetas creyentes, y conscientes de su
responsabilidad científica y eclesial, toman posición frente a problemas
esenciales de la interpretación de la Escritura, apoyados por la confianza que
en ellos deposita el Magisterio.
De este modo ha surgido el presente
documento, que propone una visión de conjunto bien fundada sobre el panorama de
los métodos presentes, y ofrece así orientación sobre las posibilidades y
límites de estos caminos. Suponiendo todo esto, el documento se pregunta luego
cómo se puede reconocer el sentido de la Escritura, ese sentido en el cual se
compenetran la palabra humana y la palabra divina, el carácter único del
acontecimiento histórico y el carácter permanente de la palabra eterna,
contemporánea a todo momento. La palabra bíblica viene desde un pasado real,
pero no solamente desde el pasado, sino al mismo tiempo desde la eternidad de
Dios. Nos conduce hacia la eternidad de Dios, pero, una vez más, por el camino
del tiempo, al cual corresponden pasado, presente y futuro.
Creo que el documento es verdaderamente útil
para resolver la gran cuestión del camino justo para comprender la Sagrada
Escritura, y ofrece elementos que nos hacen avanzar en nuestra comprensión. El
documento retoma las líneas de las encíclicas de 1893 y 1943 y las prolonga
fructuosamente.
A los miembros de la Comisión Bíblica
quisiera agradecer por la tarea, paciente y con frecuencia fatigosa, en la cual
el texto ha crecido poco a poco. Auguro una amplia divulgación al documento, de
modo que sea una colaboración eficiente en la búsqueda de una apropiación más
profunda de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura.
Roma, en la fiesta del evangelista san Mateo,
1993.
CARD. JOSEPH RATZINGER
INTRODUCCIÓN
La interpretación de los textos bíblicos
continúa suscitando en nuestro tiempo un vivo interés y provoca importantes
discusiones, que han tomado en los últimos años dimensiones nuevas. Dada la
importancia fundamental de la Biblia para la fe cristiana, para la vida de la
Iglesia y para las relaciones de los cristianos con los fieles de otras
religiones, la Pontificia Comisión Bíblica ha sido invitada a expresarse sobre
este tema.
A. PROBLEMÁTICA ACTUAL
El problema de la interpretación de la Biblia
no es una invención moderna, como a veces se querría hacer creer. La Biblia
misma testimonia que su interpretación presenta dificultades. Al lado de textos
límpidos, tiene también pasajes oscuros. Leyendo algunos oráculos de Jeremías,
Daniel se interrogaba largamente sobre su sentido (Dn. 9, 2). Según los Hechos
de los Apóstoles, n etíope del primer siglo se encontraba en la misma situación
a propósito de un pasaje del libro de Isaías (Is. 53, 7-8) y reconocía la
necesidad de un intérprete (Hech. 8, 30-35). La segunda carta de Pedro declara
que "ninguna profecía de la Escritura puede ser interpretada por cuenta propia"
(2 Ped. 1, 20), y observa, por otra parte, que las cartas del apóstol Pablo
contienen "algunos puntos difíciles de comprender, que los que carecen de
instrucción y firmeza interpretan erróneamente, como hacen con el resto de las
Escrituras, acarreándose así su propia perdición" (2 Ped. 3, 16).
El problema es pues antiguo, pero se ha
acentuado con el paso del tiempo: por lo pronto, para llegar hasta los hechos y
las palabras de los cuales habla la Biblia, los lectores deben volver atrás
veinte o treinta siglos, lo que no deja de suscitar dificultades. Por otra
parte, las cuestiones de interpretación se han vuelto más complejas en los
tiempos modernos, a causa de los progresos realizados por las ciencias humanas.
Los métodos científicos para el estudio de textos antiguos se han precisado.
Pero, ¿en qué medida estos métodos son apropiados para la interpretación de la
Sagrada Escritura? A esta pregunta, la prudencia pastoral de la Iglesia ha
respondido durante largo tiempo con reticencia, porque con frecuencia los
métodos, a pesar de sus elementos positivos, se encontraban ligados a opciones
contrarias a la fe cristiana. Pero se ha producido una evolución positiva,
marcada por toda una serie de documentos pontificios, desde la encíclica
Providentissimus Deus de León XIII (18 de noviembre de 1893) hasta la encíclica
Divino afflante Spiritu de Pío XII (30 de setiembre de 1943), y ha sido
confirmada por la declaración de la Pontificia Comisión Bíblica Sancta Mater
Ecclesia (21 de abril de 1964) y sobre todo por la Constitución Dogmática Dei
Verbum del Concilio Vaticano II (18 de noviembre de 1965).
La fecundidad de esta actitud constructiva se
ha manifestado de una manera innegable. Los estudios bíblicos han tomado un
notable impulso en la Iglesia católica, y se reconoce cada vez más su valor
científico en el mundo de los especialistas y entre los fieles. El diálogo
ecuménico se ha facilitado considerablemente, se ha hecho más profunda la
influencia de la Biblia sobre la teología, contribuyendo así a la renovación
teológica. El interés por la Biblia entre los católicos ha aumentado y ha
favorecido el progreso de la vida cristiana. Quienes han adquirido una seria
formación en este campo, consideran ya imposible volver a un estado de
interpretación precientífico, que juzgan, no sin razón, claramente insuficiente.
Pero en el momento mismo en que el método científico más corriente
(el método "histórico-crítico"),
es practicado habitualmente en exégesis, y también en la exégesis católica, este
método se encuentra sujeto a discusión: por una parte, en el mundo científico
mismo, por la aparición de otros métodos y acercamientos, y por otra parte, por
las críticas de numerosos cristianos, que lo juzgan deficiente desde el punto de
vista de la fe. Particularmente atento, como su nombre lo indica, a la evolución
histórica de los textos o de las tradiciones a través del tiempo
(a la diacronía), el método
histórico-crítico se encuentra actualmente, en algunos ambientes, en competencia
con métodos que insisten en una comprensión sincrónica de los textos, ya se
trate de su lenguaje, de su composición, de su trama narrativa o de su esfuerzo
de persuasión. Por lo demás, al cuidado que tienen los métodos diacrónicos de
reconstituir el pasado, se sustituye, frecuentemente, una tendencia a interrogar
los textos situándolos en las perspectivas filosóficas, psicoanalíticas,
sociológicas, políticas, etc., del tiempo presente. Este pluralismo de métodos y
acercamientos es apreciado por unos como un índice de riqueza, pero a otros les
da la impresión de una gran confusión.
Real o aparente,
esta confusión ofrece nuevos argumentos a los adversarios de la exégesis
científica. El conflicto de las interpretaciones manifiesta, según ellos, que
nada se gana sometiendo los textos bíblicos a las exigencias de los métodos
científicos, sino que, al contrario, mucho se pierde. Subrayan que la exégesis
científica provoca la perplejidad y la duda sobre innumerables puntos, que eran
hasta ahora admitidos pacíficamente, empujando a algunos exegetas a tomar
posiciones contrarias a la fe de la Iglesia sobre cuestiones tan importantes
como la concepción virginal de Jesús y sus milagros, e incluso sobre su
resurrección y divinidad.
Aun cuando no llegue a tales negaciones, la
exégesis científica se caracteriza, según ellos, por su esterilidad en lo que
concierne al progreso de la vida cristiana. En lugar de permitir un acceso más
fácil y más seguro a las fuentes vivas de la palabra de Dios, hace de la Biblia
un libro cerrado, cuya interpretación siempre problemática requiere una refinada
técnica, que hace de ella dominio reservado a algunos especialistas. A estos,
algunos aplican la frase del evangelio: "Os habéis apoderado de la llave de la
ciencia. No habéis entrado vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis
impedido" (Lc. 11, 52; cfr. Mt. 23, 13).
En consecuencia, se considera necesario
sustituir el paciente trabajo de la exégesis científica con acercamientos más
simples, como tal o cual práctica de lectura sincrónica, que se considera
suficiente; o inclusive, renunciando a todo estudio, se favorece una lectura de
la Biblia llamada "espiritual". Con este término se entiende una lectura guiada
únicamente por la inspiración personal subjetiva y destinada a nutrir esta
inspiración. Algunos buscan en la Biblia sobre todo el Cristo de su visión
personal y la satisfacción de su religiosidad espontánea. Otros pretenden
encontrar en ella respuestas directas a todo tipo de cuestiones personales o
colectivas. Numerosas sectas proponen como única interpretación verdadera
aquella de la cual afirman haber tenido la revelación.
B. LA FINALIDAD DE ESTE DOCUMENTO
Es, pues, oportuno considerar seriamente los
diferentes aspectos de la situación actual en materia de interpretación bíblica,
prestar atención a las críticas, a las quejas y aspiraciones que se expresan
sobre esta cuestión, valorar las posibilidades abiertas por los nuevos métodos y
acercamientos y procurar, en fin, precisar la orientación que corresponde mejor
a la misión de la exégesis en la Iglesia católica.
Tal es la finalidad de este documento. La
Pontificia Comisión Bíblica desea indicar los caminos que conviene tomar para
llegar a una interpretación de la Biblia tan fiel como sea posible a su carácter
a la vez humano y divino. Ella no pretende tomar posición sobre todas las
cuestiones que se presentan a propósito de la Biblia, como, por ejemplo, la
teología de la inspiración. Lo que desea es examinar los métodos capaces de
contribuir eficazmente a poner de relieve todas las riquezas contenidas en los
textos bíblicos, a fin de que la palabra de Dios pueda ser siempre y cada vez
más el alimento espiritual de los miembros de su pueblo, la fuente, para ellos,
de una vida de fe, de esperanza y de amor, y una luz para toda la humanidad
(cfr. Dei Verbum, 21).
Para alcanzar esta finalidad, este documento:
1. describirá brevemente los diferentes
métodos y acercamientos1, indicando sus posibilidades y sus límites;
2. examinará algunas cuestiones de
hermenéutica;
3. propondrá una reflexión sobre las
dimensiones características de la interpretación católica de la Biblia, y sobre
sus relaciones con las otras disciplinas teológicas;
4. considerará, finalmente, el lugar que
tiene la interpretación de la Biblia en la vida de la Iglesia.
I. MÉTODOS Y ACERCAMIENTOS PARA LA
INTERPRETACIÓN
A. MÉTODO HISTÓRICO-CRÍTICO
El método histórico-crítico es el método
indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos.
Puesto que la Sagrada Escritura, en cuanto "palabra de Dios en lenguaje humano",
ha sido compuesta por autores humanos en todas sus partes y todas sus fuentes,
su justa comprensión no solamente admite como legítima, sino que requiere la
utilización de este método.
1. Historia del método
Para apreciar correctamente este método en su
estadio actual, conviene echar una mirada sobre su historia. Algunos elementos
de este método de interpretación son muy antiguos. Han sido utilizados en la
antigüedad por los comentaristas griegos de la literatura clásica, y más tarde,
en el período patrístico, por autores como Orígenes, Jerónimo y Agustín. El
método estaba entonces menos elaborado. Sus formas modernas son el resultado de
perfeccionamientos, aportados sobre todo a partir de los humanistas del
Renacimiento y su recursus ad fontes. Mientras la crítica textual del Nuevo
Testamento no pudo desarrollarse como disciplina científica sino a partir de
1800, después de producirse el distanciamiento del Textus receptus, los
comienzos de la crítica literaria se remontan al siglo XVII, con la obra de
Richard Simon, que llamó la atención sobre los duplicados, las divergencias en
el contenido y las diferencias de estilo observables en el Pentateuco;
constataciones difícilmente conciliables con la atribución de todo el texto a un
autor único, Moisés. En el siglo XVIII, Jean Astruc se contentaba aún con la
explicación de que Moisés se había servido de diferentes fuentes (sobre todo de
dos fuentes principales) para componer el libro del Génesis. Después, la crítica
rechazó cada vez más decididamente la atribución a Moisés de la composición del
Pentateuco. La crítica literaria se identificó largo tiempo con el esfuerzo por
discernir en los textos fuentes diferentes. Se desarrolló así, en el siglo XIX,
la hipótesis de los "documentos", que procura explicar la redacción del
Pentateuco. Cuatro documentos, en parte paralelos entre ellos, pero que
provienen de épocas diferentes, se habrían fusionado: el yavista (Y), el
elohista (E), el deuteronomista (D) y el sacerdotal (P: del alemán "Priester",
"sacerdotes"). De este último se habría servido el redactor final para
estructurar el conjunto. De modo análogo, para explicar las convergencias y las
divergencias constatadas entre los tres evangelios sinópticos, se recurrió a la
hipótesis de las "dos fuentes", según la cual los evangelios de Mateo y Lucas
habrían sido compuestos a partir de dos fuentes principales: el evangelio de
Marcos, y una colección de palabras de Jesús (llamada Q, del alemán "Quelle",
"fuente"). En lo esencial, estas dos hipótesis tienen aún vigencia en la
exégesis científica, aunque sean objeto de contestación.
En el deseo de establecer la cronología de
los textos bíblicos, este género de crítica literaria se limitaba a un trabajo
de distinción y estratificación para distinguir las diferentes fuentes, y no
otorgaba suficiente atención a la estructura final del texto bíblico y al
mensaje que expresa en su estadio actual (se mostraba así poca estima por las
obras de los redactores). Por esto, la exégesis histórico-cítica podía aparecer
como disolvente y destructiva, tanto más, que algunos exegetas, bajo la
influencia de la historia comparada de las religiones, tal como se practicaba
entonces, o partiendo de concepciones filosóficas, emitían juicios negativos
sobre la Biblia.
Hermann Gunkel liberó el método del ghetto de
la crítica literaria comprendida de este modo. Aunque continuaba considerando
los libros del Pentateuco como compilaciones, dedicó su atención a la textura
particular de las diferentes unidades. Procuró definir el género de cada una
(por ejemplo, "leyenda" o "himno") y su ambiente de origen o "Sitz im Leben"
(por ejemplo, situación jurídica, litúrgica, etc.). Con esta investigación de
los géneros literarios está emparentado el "estudio crítico de las formas" ('Formgeschichte"),
inaugurado en la exégesis de los sinópticos por Martín Dibelius y Rudolph
Bultmann. Este último integró en los estudios de la "Formgeschichte" una
hermenéutica bíblica inspirada por la filosofía existencialista de Martín
Heidegger. El resultado fue que la Formgeschichte suscitó frecuentemente serias
reservas. Pero este método, en sí mismo, ha dado como resultado manifestar más
claramente que la tradición neotestamentaria tiene su origen y ha tomado su
forma en la primera comunidad cristiana, pasando de la predicación de Jesús
mismo a la predicación que proclama que Jesús es el Cristo. A la "Formgeschichte"
se ha añadido la "Redaktionsgeschichte", "estudio crítico de la redacción". Este
procura poner en claro la contribución personal de cada evangelista, y las
orientaciones teológicas que han guiado su trabajo de redacción. Con la
utilización de este último método, la serie de diferentes etapas del método
histórico-crítico ha quedado más completa: de la crítica textual se pasa a una
crítica literaria que descompone (búsqueda de las fuentes), luego a un estudio
crítico de las formas; por último a un análisis de la redacción, atenta al texto
en su composición. Es así posible una comprensión más precisa de la intención de
los autores y redactores de la Biblia, así como del mensaje que han dirigido a
los primeros destinatarios. El método histórico-crítico ha adquirido de este
modo una importancia de primer orden.
2. Principios
Los principios fundamentales del método
histórico-crítico en su forma clásica son los siguientes:
Es un método histórico, no solamente porque
se aplica a textos antiguos (en este caso los de la
Biblia) y porque se estudia su alcance histórico, sino
también y sobre todo, porque procura dilucidar los procesos históricos de
producción del texto bíblico, procesos diacrónicos a veces complicados y de
larga duración. En las diferentes etapas de su producción, los textos de la
Biblia se dirigen a diferentes categorías de oyentes o de lectores, que se
encontraban en situaciones espacio-temporales diferentes.
Es un método crítico, porque opera con la
ayuda de criterios científicos tan objetivos como sea posible en cada uno de sus
pasos (de la crítica textual al estudio crítico de la redacción), para hacer
accesible al lector moderno el sentido de los textos bíblicos, con frecuencia
difícil de captar.
Es un método analítico que estudia el texto
bíblico del mismo modo que todo otro texto de la antigüedad, y lo comenta como
lenguaje humano. Sin embargo, permite al exegeta, sobre todo en el estudio
crítico de la redacción de los textos, captar mejor el contenido de la
revelación divina.
3. Descripción
En el estadio actual de su desarrollo, el
método histórico-crítico recorre las etapas siguientes:
La crítica textual, practicada desde hace
mucho tiempo, abre la serie de operaciones científicas. Apoyándose sobre el
testimonio de los manuscritos más antiguos y mejores, así como sobre el de los
papiros, de las traducciones antiguas y de la patrística, procura, según reglas
determinadas, establecer un texto bíblico tan próximo al texto original como sea
posible.
El texto es sometido entonces a un análisis
lingüístico (morfología y sintaxis) y semántico, que utiliza los conocimientos
obtenidos gracias a los estudios de filología histórica. La crítica literaria se
esfuerza luego por discernir el comienzo y el final de las unidades textuales,
grandes y pequeñas, y de verificar la coherencia interna de los textos. La
existencia de duplicados, de divergencias irreconciliables y de otros indicios
manifiesta el carácter compuesto de algunos textos, que se dividen entonces en
pequeñas unidades, de las cuales se estudia su posible pertenencia a fuentes
diferentes. La crítica de los géneros procura determinar los géneros literarios,
su ambiente de origen, sus rasgos específicos y su evolución. La crítica de las
tradiciones sitúa los textos en las corrientes de tradición, de las cuales
procura precisar la evolución en el curso de la historia. Finalmente, la crítica
de la redacción estudia las modificaciones que los textos han sufrido antes de
quedar fijados en su estadio final y analiza ese estadio final, esforzándose por
discernir las orientaciones que le son propias. Mientras las etapas precedentes
han procurado explicar el texto por su génesis, en una perspectiva diacrónica,
esta última etapa se concluye con un estudio sincrónico: se explica allí el
texto en sí mismo, gracias a las relaciones mutuas de sus diversos elementos,
considerándolos bajo su aspecto de mensaje comunicado por el autor a sus
contemporáneos. La función pragmática del texto puede ser tomada entonces en
consideración.
Cuando los textos pertenecen a un género
literario histórico o están en relación con acontecimientos de la historia, la
crítica histórica completa la crítica literaria, para precisar el alcance
histórico, en el sentido moderno de la expresión, de los textos estudiados.
De este modo quedan en claro las diferentes
etapas del concreto desarrollo de la revelación bíblica.
4. Evaluación
¿Qué valor se debe acordar al método
histórico-crítico, en particular en el actual estadio de su evolución?
Es un método que, utilizado de modo objetivo,
no implica de por sí ningún a priori. Si su uso se acompaña de tales a priori no
es debido al método mismo, sino a opciones hermenéuticas que orientan la
interpretación y pueden ser tendenciosas.
Orientado en sus orígenes en el sentido de la
crítica de las fuentes y de la historia de las religiones, el método ha abierto
un nuevo acceso a la Biblia, mostrando que es una colección de escritos, y que
con frecuencia, en particular los del Antiguo Testamento, no son la creación de
un autor único, sino que han tenido una larga prehistoria, indisolublemente
ligada a la historia de Israel o a la historia de la Iglesia primitiva.
Precedentemente, la interpretación judía o cristiana de la Biblia no tenía una
clara conciencia de las condiciones históricas concretas y diversas en las
cuales la palabra de Dios estaba enraizada, sino un conocimiento global y
lejano. La confrontación de la exégesis tradicional con un acercamiento
científico, que, en sus comienzos, conscientemente hacía abstracción de la fe y
a veces se oponía a ella, fue ciertamente dolorosa. Pero se reveló seguidamente,
provechosa. Una vez que el método se liberó de prejuicios extrínsecos, condujo a
una comprensión más exacta de la verdad de la Sagrada Escritura (cfr. Dei
Verbum, 12). Según Divino afflante Spiritu, la búsqueda del sentido literal de
la Escritura s una tarea esencial de la exégesis, y para llevarla a término es
necesario determinar el género histórico de los textos (cfr. Enchiridion
Biblicum 560). Esto se realiza con la ayuda del método histórico-crítico.
Ciertamente, el uso clásico del método
histórico-crítico manifiesta límites, porque se restringe a la búsqueda del
sentido del texto bíblico en las circunstancias históricas de su producción, y
no se interesa por las otras posibilidades de sentido que se manifiestan en el
curso de las épocas posteriores de la revelación bíblica y de la historia de la
Iglesia. Sin embargo, este método ha contribuido a la producción de obras de
exégesis y de teología bíblica de gran valor.
Desde hace mucho tiempo se ha renunciado a
amalgamar el método con un sistema filosófico. Recientemente, una tendencia
exegética ha inclinado el método en el sentido de una insistencia predominante
sobre la forma del texto, con menor atención a su contenido. Pero esta tendencia
ha sido corregida, gracias a la contribución de una semántica diferenciada
(semántica de las palabras, de las frases, del texto) y al estudio del aspecto
pragmático de los textos.
Se debe reconocer que la inclusión en el
método de un análisis sincrónico de los textos es legítima, porque es el texto
en su estadio final, y no una redacción anterior, el que es expresión de la
palabra de Dios. Pero el estudio diacrónico continúa siendo indispensable para
captar el dinamismo histórico que anima la Sagrada Escritura, y para manifestar
su rica complejidad: por ejemplo, el código de la Alianza (Ex. 21,23)
refleja un estadio político, social y religioso de la sociedad israelita
diferente del que reflejan las otras legislaciones conservadas en el
Deuteronomio (Deut. 12,26) y en el Levítico (código de
santidad. Lev. 17,26). A la tendencia historicizante
que se podría reprochar a la antigua exégesis histórico-crítica, no debería
suceder el exceso inverso, el olvido de la historia, por parte de una exégesis
exclusivamente sincrónica.
En definitiva, la finalidad del método
histórico-crítico es dejar en claro, de modo sobre todo diacrónico, el sentido
expresado por los autores y redactores. Con la ayuda de otros métodos y
acercamientos, él ofrece al lector moderno el acceso a la significación de la
Biblia, tal como la tenemos.
B. NUEVOS MÉTODOS DE ANÁLISIS LITERARIO
Ningún método científico para el estudio de
la Biblia está en condiciones de corresponder a toda la riqueza de los textos
bíblicos. Cualquiera que sea su validez, el método histórico-crítico no puede
bastar. Deja forzosamente en la sombra numerosos aspectos de los escritos que
estudia. No es de admirarse, pues, si actualmente se proponen otros métodos y
acercamientos para profundizar tal o cual aspecto digno de atención.
En este apartado B, presentaremos algunos
métodos de análisis literario que se han desarrollado recientemente. En los
apartados siguientes (C, D, E), examinaremos brevemente diferentes
acercamientos, algunos de los cuales tienen relación con el estudio de la
tradición, otros con las "ciencias humanas", otros con situaciones
contemporáneas particulares. Consideraremos finalmente (F) la lectura
fundamentalista de la Biblia, que rechaza todo esfuerzo metódico de
interpretación.
Aprovechando los progresos realizados en
nuestro tiempo por los estudios lingüísticos y literarios, la exégesis bíblica
utiliza cada vez más métodos nuevos de análisis literario, en particular el
análisis retórico, el análisis narrativo y el análisis semiótico.
1. Análisis retórico
En realidad, el análisis retórico no es en sí
mismo un método nuevo. Nuevo es, sin embargo, por una parte, su uso sistemático
para la interpretación de la Biblia, y por otra, el nacimiento y el desarrollo
de una "nueva retórica".
La retórica es el arte de componer un
discurso persuasivo. Puesto que todos los textos bíblicos son en algún grado
textos persuasivos, un cierto conocimiento de la retórica forma parte del
instrumentario normal del exegeta. El análisis retórico debe ser conducido de
modo crítico, ya que la exégesis científica es una tarea que se somete
necesariamente a las exigencias del espíritu crítico.
Muchos estudios bíblicos recientes han
acordado una gran atención a la presencia de la retórica en la Escritura. Se
pueden distinguir tres acercamientos diferentes: el primero se apoya sobre la
retórica clásica greco-latina; el segundo se preocupa de los procedimientos
semíticos de composición; el tercero se inspira en las investigaciones modernas
llamadas "nueva retórica".
Toda situación de discurso comporta la
presencia de tres elementos: el orador (o autor), el discurso (o texto), y el
auditorio (o destinatario). La retórica clásica distingue, en consecuencia, tres
factores de persuasión que contribuyen a la cualidad de un discurso: la
autoridad del orador, la argumentación del discurso y las emociones que suscita
en el auditorio. La diversidad de situaciones y de auditorios influye
grandemente sobre el modo de hablar. La retórica clásica, desde Aristóteles,
admite la distinción de tres géneros de elocuencia: el género judicial (delante
de los tribunales), el deliberativo (en las asambleas políticas), y el
demostrativo (en las celebraciones).
Constatando la enorme influencia de la
retórica en la cultura helenística, un número creciente de exegetas utiliza los
rasgos de la retórica clásica para analizar mejor ciertos aspectos de los
escritos bíblicos, sobre todo del Nuevo Testamento.
Otros concentran su atención sobre los rasgos
específicos de la tradición literaria bíblica. Enraizada en la cultura semítica,
ésta manifiesta un gusto pronunciado por las composiciones simétricas, gracias a
las cuales se establecen relaciones entre los diferentes elementos del texto. El
estudio de múltiples formas de paralelismo y de otros procedimientos semíticos
de composición debería permitir discernir mejor la estructura literaria de los
textos y llegar así a una mejor comprensión de su mensaje.
Desde un punto de vista más general, la
"nueva retórica" quiere ser algo más que un inventario de figuras de estilo, de
artificios oratorios y de tipos de discurso. Ella investiga por qué tal uso
específico del lenguaje es eficaz y llega a comunicar una convicción. Quiere ser
"realista", rehusando limitarse al simple análisis formal. Otorga a la situación
del debate la debida atención. Estudia el estilo y la composición como medios de
ejercitar una acción sobre el auditorio. Con esta finalidad, aprovecha los
aportes recientes de disciplinas como la lingüística, la semiótica, la
antropología y la sociología.
Aplicada a la Biblia, la "nueva retórica"
quiere penetrar en el corazón del lenguaje de la revelación en cuanto lenguaje
religioso persuasivo y medir su impacto en el contexto social de la
comunicación.
Porque aportan un enriquecimiento al estudio
crítico de los textos, los análisis retóricos merecen mucha estima, sobre todo
sus recientes profundizaciones. Ellos reparan una negligencia que ha durado
largo tiempo, y permiten descubrir o ponen más en claro perspectivas originales.
La "nueva retórica" tiene razón de llamar la
atención sobre la capacidad persuasiva y convincente del lenguaje. La Biblia no
es simplemente un enunciado de verdades. Es un mensaje dotado de una función de
comunicación en un cierto contexto, un mensaje que
comporta un dinamismo de argumentación y una estrategia retórica.
Los análisis retóricos tienen, sin embargo,
sus límites. Cuando se contentan con ser descriptivos, sus resultados no tienen
frecuentemente más que un interés estilístico. Fundamentalmente sincrónicos, no
pueden pretender constituir un método independiente que se bastaría a sí mismo.
Su aplicación a los textos bíblicos suscita más de una cuestión: ¿pertenecían
los autores de estos textos a los medios más cultivados? ¿Hasta qué punto han
seguido las reglas de la retórica para componer sus escritos? ¿Qué retórica es
más pertinente para el análisis de tal escrito determinado: la greco-latina o la
semítica? ¿No se corre el peligro de atribuir a ciertos textos bíblicos una
estructura retórica demasiado elaborada? Estas preguntas (y
otras) no deben disuadir de emplear este género de
análisis. Ellas invitan solamente a no recurrir a él sin discernimiento.
2. Análisis narrativo
La exégesis narrativa propone un método de
comprensión y de comunicación del mensaje bíblico que corresponde a las formas
de relato y de testimonio, modalidades fundamentales de la comunicación entre
personas humanas, características también de la Sagrada Escritura. El Antiguo
Testamento, en efecto, presenta una historia de salvación cuyo relato eficaz se
convierte en sustancia de la profesión de fe, de la liturgia y de la catequesis
(cfr. Sal. 78, 3-4; Ex. 12, 24-27; Deut. 6, 20-25; 26, 5-11). Por su parte, la
proclamación del kerigma cristiano comprende la secuencia narrativa de la vida,
de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, acontecimientos de los cuales
los evangelios nos ofrecen el relato detallado. La catequesis se presenta
también bajo forma narrativa (cfr. 1 Cor. 11, 23-25).
A propósito del acercamiento narrativo,
conviene distinguir método de análisis, y reflexión teológica.
Numerosos métodos de análisis se proponen
actualmente. Algunos parten del estudio de modelos narrativos antiguos. Otros se
apoyan sobre tal o cual "narratología" actual, que puede tener puntos comunes
con la semiótica. Particularmente atento a los elementos del texto que
conciernen a la intriga, a los personajes y al punto de vista tomado por el
narrador, el análisis narrativo estudia el modo cómo se cuenta un historia para
implicar al lector en el "mundo del relato" y en su sistema de valores.
Varios métodos introducen una distinción
entre "autor real" y "autor implícito", "lector real" y "lector implícito". El
"autor real" es la persona que ha compuesto el relato. "Autor implícito" designa
la imagen de autor (con su cultura, su temperamento, sus tendencias, su fe,
etc.) que el texto engendra progresivamente en el curso de la lectura. Se llama
"lector real" toda persona que tiene acceso al texto, desde los primeros
destinatarios que lo han leído o escuchado leer hasta los lectores o auditores
de hoy. Por "lector implícito" se entiende aquél que el texto presupone y
produce, que es capaz de efectuar las operaciones mentales y afectivas
requeridas para entrar en el mundo del relato, y de responder del modo
pretendido por el autor real a través del autor implícito.
Un texto sigue ejerciendo su influencia en la
medida en que los lectores reales (por ejemplo, nosotros mismos, al final del
siglo XX) pueden identificarse con el lector implícito. Una de las tareas
mayores de la exégesis es facilitar esta identificación.
Con el análisis narrativo se relaciona una
manera nueva de apreciar el alcance de los textos. Mientras el método
histórico-crítico considera más bien el texto como una "ventana", que permite
entregarse a observaciones sobre tal o cual época (no solamente sobre los hechos
narrados, sino también sobre la situación de la comunidad para la cual han ido
narrados), el análisis narrativo subraya que el texto funciona igualmente como
un "espejo", en el sentido de presentar una cierta imagen de mundo
(el "mundo del relato"), que
ejerce su influjo sobre los modos de ver del lector y lo lleva a adoptar ciertos
valores más bien que otros.
A este género de estudio, típicamente
literario, se asocia la reflexión teológica, que considera las consecuencias que
comporta, para la adhesión a la fe, la naturaleza del relato
(y por tanto el testimonio) de la Sagrada
Escritura, y deduce de allí una hermenéutica práctica y pastoral. Se reacciona
así contra la reducción del texto inspirado a una serie de tesis teológicas,
frecuentemente formuladas según categorías y lenguaje no escriturísticos. Se
pide a la exégesis narrativa rehabilitar, en contextos históricos nuevos, los
modos de comunicación y de significación propios del relato bíblico, a fin de
abrir mejor el camino a su eficacia para la salvación. Se insiste sobre la
necesidad de "narrar la salvación" (aspecto "informativo" del relato), y de
"narrar en vista de la salvación" (aspecto "performativo"). El relato bíblico,
en efecto, contiene explícita o implícitamente, según los casos, una llamada
existencial dirigida al lector.
Para la exégesis de la Biblia, el análisis
narrativo presenta una utilidad evidente, porque corresponde a la naturaleza
narrativa de un gran número de textos bíblicos. Puede contribuir a facilitar el
paso, frecuentemente difícil, del sentido del texto en su contexto histórico
(tal como el método histórico-crítico procura
definirlo), al alcance del texto para el lector de
hoy. Como contrapartida, la distinción entre "autor real" y "autor implícito"
aumenta la complejidad de los problemas de interpretación.
Cuando se aplica a los textos de la Biblia,
el análisis narrativo no puede contentarse con aplicar modelos preestablecidos.
Mas bien debe esforzarse por corresponder a su carácter específico. Su
acercamiento sincrónico a los textos exige ser completado por estudios
diacrónicos. El análisis narrativo debe cuidarse, por otra parte, de una posible
tendencia a excluir toda elaboración doctrinal de los datos que contienen los
relatos de la Biblia. Se encontraría en tal caso en desacuerdo con la tradición
bíblica misma, que practica este género de elaboración, y con la tradición
eclesial, que ha continuado por este camino. Conviene notar, finalmente, que no
se puede considerar la eficacia existencial subjetiva de la palabra de Dios
trasmitida narrativamente como un criterio suficiente de la verdad de su
comprensión.
3. Análisis semiótico
También entre los métodos llamados
sincrónicos, que se concentran sobre el estudio del texto bíblico en su estadio
final, se sitúa el análisis semiótico, que desde hace unos veinte años se ha
desarrollado notablemente en algunos ambientes. Llamado inicialmente con el
término general de "estructuralismo", este método puede reclamar como su
fundador el lingüista suizo Ferdinand de Saussure, quien, al comienzo de este
siglo, elaboró la teoría de que toda lengua es un sistema de relaciones, que
obedece a reglas determinadas. Muchos lingüistas y literatos han tenido una
señalada influencia en la evolución del método. La mayor parte de los biblistas
que utilizan la semiótica para el estudio de la Biblia siguen a Algirdas J.
Greimas y la escuela de París, de la cual es el fundador. Acercamientos o
métodos análogos, fundados sobre la lingüística moderna, se desarrollan también
en otras partes. Es el método de Greimas el que presentaremos brevemente.
La semiótica s apoya sobre tres principios o
presupuestos principales:
Principio de inmanencia: cada texto forma un
sistema de significación; el análisis considera todo el texto, pero solamente el
texto. No recurre a datos "exteriores", como el autor, los destinatarios, los
acontecimientos narrados, la historia de la redacción.
Principio de estructura del sentido: el
sentido no existe sino por la relación y en la relación, especialmente la
relación de diferencia. El análisis de un texto consiste, pues, en establecer el
tejido de relaciones (de oposición, de homologación...) entre los elementos, a
partir del cual se construye el sentido del texto.
Principio de la gramática del texto: cada
texto respeta una gramática, es decir un cierto número de reglas o estructuras;
en un conjunto de frases llamado discurso, hay diferentes niveles, cada uno de
los cuales tiene su gramática.
El contenido global de un texto puede ser
analizado en tres niveles diferentes:
El narrativo. Se estudian, en el relato, las
transformaciones que permiten pasar del estado inicial al estado terminal. En el
interior de un "itinerario narrativo", el análisis procura descubrir las
diversas fases, lógicamente ligadas entre ellas, que marcan la transformación de
un estado en otro diferente. En cada una de estas fases, se precisan las
relaciones entre los "papeles" asumidos por los "actantes" que determinan los
estados y producen las transformaciones.
El nivel discursivo. El análisis consiste en
tres operaciones: a) la identificación y clasificación de las figuras, es decir,
de los elementos de significación de un texto (actores, tiempos y lugares);
b) el establecimiento de los itinerarios de
cada figura en un texto para determinar el modo cómo el texto la utiliza; c) la
búsqueda de los valores temáticos de las figuras. Esta última operación consiste
en determinar "en nombre de qué cosa" (= valor) las figuras, en un texto
concreto, siguen tal itinerario.
El nivel lógico-semántico. Es el nivel
llamado profundo. Es también el más abstracto. Supone el postulado de que las
formas lógicas y significativas subyacen a las organizaciones narrativas y
discursivas de tal discurso. El análisis en este nivel consiste en precisar la
lógica que preside las articulaciones fundamentales de los itinerarios
narrativos y figurativos de un texto. Para lograrlo se emplea frecuentemente un
instrumento llamado el "cuadrado semiótico", figura que utiliza las relaciones
entre dos términos "contrarios" y dos "contradictorios" (por ejemplo: blanco y
negro, blanco y no blanco, negro y no negro).
Los teóricos del método semiótico no dejan de
aportar nuevos desarrollos. Las investigaciones actuales se centran sobre la
enunciación y sobre la intertextualidad. El método, aplicado inicialmente a los
textos narrativos de la Escritura, que se prestan más fácilmente a tal análisis,
se utiliza cada vez más para otros tipos de discursos bíblicos.
La descripción de la semiótica presentada y
sobre todo el enunciado de sus presupuestos, dejan ya entrever los aportes y los
límites de este método. La semiótica contribuye a nuestra comprensión de la
Escritura, palabra de Dios expresada en lenguaje humano, haciéndonos más atentos
a la coherencia de cada texto bíblico como un todo, que obedece a mecanismos
lingüísticos precisos.
La semiótica no puede ser utilizada para el
estudio de la Biblia si no se distingue este método de análisis de ciertos
presupuestos desarrollados en la filosofía estructuralista, es decir, la
negación de los sujetos y de la referencia extratextual. La Biblia es una
Palabra sobre la realidad, que Dios pronunció en una historia y que nos dirige
hoy por medio de autores humanos. El acercamiento semiótico debe estar abierto a
la historia: la de los actores de los textos, primero; la de su autores y sus
lectores, después. Existe el grave riesgo, entre quienes utilizan el análisis
semiótico, de quedarse en un estudio formal del contenido, y de no explicitar el
mensaje de los textos.
Si el análisis semiótico no se pierde en los
arcanos de un lenguaje complicado, sino que es enseñado en términos simples y en
sus elementos principales, puede dar a los cristianos el gusto de estudiar el
texto bíblico y de descubrir algunas de sus dimensiones de sentido, sin poseer
todos los conocimientos históricos que se refieren a la producción del texto y a
su mundo socio-cultural. Puede también demostrarse útil en la pastoral misma,
por medio de una cierta apropiación de la escritura en medios no especializados.
C. ACERCAMIENTOS BASADOS
SOBRE LA TRADICIÓN
Aunque se diferencian del método
histórico-crítico por una mayor atención a la unidad interna de los textos
estudiados, los métodos literarios que acabamos de presentar permanecen
insuficientes para la interpretación de la Biblia, porque consideran cada
escrito aisladamente. Pero la Biblia no se presenta como una suma de textos
desprovistos de relaciones entre ellos, sino como un conjunto de testimonios de
una misma gran tradición. Para corresponder plenamente al objeto de su estudio,
la exégesis bíblica debe tener en cuenta este hecho. Tal es la perspectiva
adoptada por varios acercamientos que se desarrollan actualmente.
1. Acercamiento canónico
Constando que el método histórico-crítico
experimenta a veces dificultades para alcanzar, en sus conclusiones, el nivel
teológico, el acercamiento canónico, nacido en los Estados Unidos hace unos
veinte años, procura conducir a buen término una tarea teológica de
interpretación, partiendo del cuadro explícito de la fe: la Biblia en su
conjunto.
Para hacerlo interpreta cada texto bíblico a
la luz del canon de las Escrituras, es decir, de la Biblia en cuanto recibida
como norma de fe por una comunidad de creyentes. Procura situar cada texto en el
interior del único designio divino, con la finalidad de llegar a una
actualización de la Escritura para nuestro tiempo. No pretende sustituir al
método histórico-crítico, sino que desea completarlo.
Se han propuesto dos puntos de vista
diferentes:
Brevard S. Childs centra su interés sobre la
forma canónica final del texto (libro o colección), forma aceptada por la
comunidad como autoritativa para expresar su fe y dirigir su vida.
Más que sobre la forma final y estabilizada
del texto, James A. Sanders pone su atención en el "proceso canónico" o
desarrollo progresivo de las Escrituras, a las cuales la comunidad creyente ha
reconocido una autoridad normativa. El estudio crítico de este proceso examina
cómo las antiguas tradiciones han sido utilizadas en nuevos contextos, antes de
constituir un todo a la vez estable y adaptable, coherente y unificante de datos
diversos, del cual la comunidad de fe extrae su identidad. En el curso de este
proceso se han puesto en acción procedimientos hermenéuticos, y ellos continúan
actuando después de la fijación del canon. Frecuentemente son de género
midrásico, que sirven para actualizar el texto bíblico. Favorecen una constante
interacción entre la comunidad y sus escrituras, recurriendo a una
interpretación que procura hacer contemporánea la tradición.
El acercamiento canónico reacciona con razón
contra la valorización exagerada de lo que se supone ser original y primitivo,
como si ello fuera lo único auténtico. La escritura inspirada es ciertamente la
Escritura tal como la Iglesia la ha reconocido como regla de fe. A propósito de
esto se puede insistir, sea sobre la forma final en la cual se encuentra
actualmente cada uno de los libros, sea sobre el conjunto que ellos constituyen
como canon. Un libro no es bíblico sino a la luz de todo el canon.
La comunidad creyente es efectivamente el
contexto adecuado para la interpretación de los textos canónicos. La fe y el
Espíritu Santo enriquecen su exégesis. La autoridad eclesial, que se ejerce al
servicio de la comunidad, debe vigilar para que la interpretación sea siempre
fiel a la gran tradición que ha producido a los textos (cfr. Dei Verbum, 10).
El acercamiento canónico debe enfrentar más
de un problema, sobre todo cuando procura definir el "proceso canónico". ¿A
partir de cuándo se puede decir que un texto es canónico? Parece admisible
decirlo desde que la comunidad atribuye a un texto una autoridad normativa, aún
antes de la fijación definitiva de ese texto. Se puede hablar de una
hermenéutica "canónica" mientras la repetición de las tradiciones, que se
efectúa teniendo en cuenta los aspectos nuevos de la situación (religiosa,
cultural, teológica), mantenga la identidad del mensaje. Pero se presenta una
cuestión: ¿el proceso de interpretación que ha conducido a la formación del
canon debe ser reconocido como regla de interpretación de la Escritura hasta
nuestros días?
Por otra parte, las relaciones complejas
entre el canon judío de las Escrituras y el canon cristiano suscitan numerosos
problemas de interpretación. La Iglesia cristiana ha recibido como "Antiguo
Testamento" los escritos que tenían autoridad en la comunidad judío-helenística,
pero algunos de ellos están ausentes de la Biblia hebrea, o se presentan bajo
una forma diferente. El corpus es pues diferente. Por ello, la interpretación
canónica no puede ser idéntica, porque cada texto debe ser leído en relación con
el conjunto del corpus. Pero, sobre todo, la Iglesia lee el Antiguo Testamento a
la luz del acontecimiento pascual (la muerte y
resurrección de Jesucristo), que aporta una radical
novedad y da, con una soberana autoridad, un sentido decisivo y definitivo a las
Escrituras (cfr. Dei Verbum, 4). Esta nueva determinación de sentido forma parte
integrante de la fe cristiana. Ella no puede, sin embargo, quitar toda
consistencia a la interpretación canónica anterior, la que ha precedido la
pascua cristiana, porque es necesario respetar cada etapa de la historia de
salvación. Vaciar el Antiguo Testamento de su sustancia sería privar al Nuevo
Testamento de su enraizamiento en la historia.
2. El recurso a las tradiciones judías de
interpretación
El Antiguo Testamento ha tomado su forma
final en el judaísmo de los últimos cuatro o cinco siglos que han precedido la
era cristiana. Este judaísmo ha sido también el medio de origen del Nuevo
Testamento y de la Iglesia naciente. Numerosos estudios de historia judía
antigua y especialmente las investigaciones suscitadas por los descubrimientos
de Qumrân han puesto de relieve la complejidad del mundo judío, en la tierra de
Israel y en la diáspora, durante todo este período.
Es en este mundo donde comenzó la
interpretación de la Escritura. Uno de los más antiguos testimonios de la
interpretación judía de la Biblia es la traducción griega de los Setenta. Los
Targumim arameos constituyen otro testimonio del mismo esfuerzo, que se ha
proseguido hasta nuestros días, acumulando una prodigiosa cantidad de
procedimientos técnicos para la conservación del texto del Antiguo Testamento y
para la explicación del sentido de los textos bíblicos. Desde siempre, los
mejores exegetas cristianos, a partir de Orígenes y san Jerónimo, han procurado
sacar provecho de la erudición bíblica judía, para una mejor comprensión de la
Escritura. Numerosos exegetas modernos siguen este ejemplo.
Las tradiciones judías antiguas permiten, en
particular, conocer mejor los Setenta, la Biblia judía que se convirtió
seguidamente en la primera parte de la Biblia
cristiana durante al menos los primeros cuatro siglos de la Iglesia, y en
Oriente hasta nuestros días. La literatura judía extracanónica, llamada apócrifa
o intertestamentaria, abundante y diversificada, es una fuente importante para
la interpretación del Nuevo Testamento. Los variados procedimientos de exégesis
practicados por el judaísmo de diferentes tendencias se encuentran en el mismo
Antiguo Testamento, por ejemplo en las Crónicas en relación a los libros de los
Reyes, y en el Nuevo Testamento, por ejemplo en ciertos razonamientos
escriturísticos de san Pablo. La diversidad de las formas (parábolas, alegorías,
antologías y colecciones, relecturas, pesher, relaciones entre textos distintos,
salmos e himnos, visiones, revelaciones y sueños, composiciones sapienciales) es
común al Antiguo y al Nuevo Testamento así como a la literatura de todos los
medios judíos antes y después del tiempo de Jesús. Los Targumim y los Midrasim
representan la homilética y la interpretación bíblica de amplios sectores del
judaísmo de los primeros siglos.
Numerosos exegetas del Antiguo Testamento
buscan iluminación, además, en los comentadores, gramáticos y lexicógrafos
judíos medievales y más recientes para comprender pasajes oscuros o palabras
raras y únicas. Más frecuentemente que antes, aparecen hoy referencias a obras
judías en la discusión exegética.
La riqueza de la erudición judía puesta al
servicio de la Biblia, desde sus orígenes en la antigüedad hasta nuestros días,
es una ayuda permanente de primer orden para la exégesis de ambos Testamentos, a
condición, sin embargo, de emplearla correctamente. El judaísmo antiguo era muy
diversificado. La forma farisea, que ha prevalecido después en el rabinismo, no
era la única. Los textos judíos antiguos se escalonan a lo largo de varios
siglos. Es importante, pues, situarlos cronológicamente antes de proceder a
comparaciones. Sobre todo, el cuadro de conjunto de las comunidades judías y
cristianas es fundamentalmente diferente: del lado judío, según formas muy
variadas, se trata de una religión que define un pueblo y una práctica de vida a
partir de un escrito revelado y de una tradición oral, mientras que del lado
cristiano, es la fe en el Señor Jesús, muerto, resucitado y vivo para siempre,
Mesías e Hijo de Dios, la que reúne una comunidad. Estos dos puntos de partida
crean, para la interpretación de las Escrituras, dos contextos, que a pesar de
muchos contactos y semejanzas, son radicalmente diferentes.
3. La historia de los efectos del texto
Este acercamiento reposa sobre dos
principios: a) un texto no se convierte en una obra literaria si no hay lectores
que le dan vida, apropiándose de él; b) esta apropiación del texto, que puede
efectuarse de modo individual o comunitario y toma forma en diferentes dominios
(literario, artístico, teológico, ascético y místico), contribuye a hacer
comprender mejor el texto mismo.
Sin ser completamente desconocido en la
antigüedad, este acercamiento se ha desarrollado, en los estudios literarios,
entre 1960 y 1970, cuando la crítica se interesó en las relaciones entre el
texto y sus lectores. La exégesis bíblica no podría sino sacar beneficio de esta
investigación, tanto más que la hermenéutica filosófica afirma, por su parte, la
necesaria distancia entre la obra y su autor, así como entre la obra y sus
lectores. En esta perspectiva, se comenzó a introducir en el trabajo de
interpretación la historia del efecto provocado por un libro o por un pasaje de
la escritura ("Winkungs-geschichte"). Se trata de medir la evolución de la
interpretación en el curso del tiempo en función de las preocupaciones de los
lectores, y de evaluar la importancia del papel de la tradición para aclarar el
sentido de los textos bíblicos.
La confrontación
del texto con sus lectores suscita una dinámica, porque el texto ejerce un
influjo y provoca reacciones, su llamada es escuchada por los lectores
individualmente o en grupos. El lector no es, por lo demás, un sujeto aislado.
Pertenece a un espacio social y se sitúa en una tradición. Viene al texto con
sus preguntas, opera una selección, propone una interpretación y finalmente,
puede crear otra obra o tomar iniciativas que se inspiran directamente de su
lectura de la Escritura.
Los ejemplos de tal acercamiento son ya
numerosos. La historia de la lectura del Cantar de los cantares ofrece un
excelente testimonio. Nos muestra cómo este libro ha sido recibido en la época
de los Padres de la Iglesia, en el ambiente monástico latino de la Edad Media, y
todavía en un místico como san Juan de la Cruz. Permite así descubrir mejor
todas las dimensiones de sentido de este escrito. Del mismo modo, en el Nuevo
Testamento, es posible y útil aclarar el sentido de una perícopa (por ejemplo la
del joven rico en Mt. 19, 16-26) mostrando su fecundidad en la historia de la
Iglesia.
Pero la historia testimonia también la
existencia de corrientes de interpretación tendenciosas y falsas, de efectos
nefastos, que impulsan, por ejemplo, al antisemitismo o a otras discriminaciones
raciales, o crean ilusiones milenaristas. Es claro, por tanto, que este
acercamiento no puede ser una disciplina autónoma. Un discernimiento es
necesario. Se debe evitar el privilegiar tal o cual momento de la historia de
los efectos de un texto para hacer de él la única regla de su interpretación.
D. ACERCAMIENTO POR LAS
CIENCIAS HUMANAS
Para comunicarse, la palabra de Dios se
enraiza en la vida de grupos humanos (cfr. Eclo. 24, 12), y se abre camino a
través de condicionamientos psicológicos de las diversas personas que han
compuesto los escritos bíblicos. Las ciencias humanas, por tanto, en particular
la sociología, la antropología y la psicología, pueden contribuir a una mejor
comprensión de algunos aspectos de los textos. Conviene notar, sin embargo, que
existen muchas escuelas, con divergencias notables entre ellas, sobre la
naturaleza misma de tales ciencias. No obstante ello, un buen número de exegetas
ha sacado provecho recientemente de este tipo de investigaciones.
1. Acercamiento sociológico
Los textos religiosos están ligados con
relaciones recíprocas a las sociedades en las cuales nacen. Esta constatación
vale evidentemente para los textos bíblicos. En consecuencia, el estudio crítico
de la Biblia necesita un conocimiento tan exacto como sea posible de los
comportamientos sociales que caracterizan los diferentes medios en los cuales
las tradiciones bíblicas se han formado. Este género de información
socio-histórica debe ser completado por una explicación sociológica correcta,
que interpreta científicamente, en cada caso, el alcance de las condiciones
sociales de existencia.
En la historia de la exégesis, el punto de
vista sociológico ha encontrado su lugar desde hace mucho tiempo. La atención
que la "Formgeschichte" ha otorgado al medio de origen de los textos ("Sitz im
Leben") es un testimonio de ello: se reconoce que las tradiciones bíblicas
llevan la marca de los ambientes socio-culturales que las han transmitido. En el
primer tercio del siglo XX, la escuela de Chicago estudió la situación
socio-histórica de la cristiandad primitiva dando así a la crítica histórica un
impulso apreciable en esta dirección. En el curso de los últimos veinte años
(1970-1990), el acercamiento sociológico a los textos bíblicos se ha vuelto
parte integrante de la exégesis.
Numerosas son las cuestiones que se presentan
en este campo a la exégesis del Antiguo Testamento. Se
debe preguntar, por ejemplo, cuales son las diversas formas de organización
social y religiosa que Israel ha conocido en el curso de su historia. Para el
período anterior a la formación de un estado, ¿proporciona el modelo etnológico
de una sociedad acéfala segmentaria un punto de partida satisfactorio? ¿Cómo se
ha pasado de una liga de tribus, sin gran cohesión, a un estado organizado en
monarquía, y de allí a una comunidad basada simplemente sobre lazos religiosos y
genealógicos? ¿Qué transformaciones económicas, militares u otras, provocó en
las estructura de la sociedad el movimiento de centralización política y
religiosa que condujo a la monarquía? ¿Contribuye el estudio de las normas de
comportamiento en el Antiguo Oriente y en Israel a la comprensión del Decálogo
más eficazmente que los intentos puramente literarios de reconstrucción de un
texto primitivo?
Para la exégesis del Nuevo Testamento, las
cuestiones son evidentemente diferentes. Citemos algunas: para explicar el
género de vida pre-pascual adoptado por Jesús y sus discípulos, ¿qué valor se
puede conceder a la teoría de un movimiento de carismáticos itinerantes, que
vivían sin domicilio, ni familia, ni bienes? ¿Hay una continuidad, basada sobre
la llamada de Jesús a seguirlo, entre la actitud de desprendimiento radical,
adoptada por Jesús, y la del movimiento cristiano post-pascual, en los medios
más diversos de la cristiandad primitiva? ¿Qué sabemos acerca de la estructura
social de las comunidades paulinas, teniendo en cuenta en cada caso, la cultura
urbana correspondiente?
En general, el acercamiento sociológico da
una gran apertura al trabajo exegético y comporta muchos aspectos positivos. El
conocimiento de los datos sociológicos que contribuyen a hacer comprender el
funcionamiento económico, cultural y religioso del mundo bíblico, es
indispensable a la crítica histórica. La tarea que incumbe a la exégesis, de
comprender bien el testimonio de fe de la Iglesia apostólica, no puede ser
llevada a buen término de modo riguroso sin una investigación científica que
estudie las estrechas relaciones de los textos del Nuevo Testamento con la vida
social de la Iglesia primitiva. La utilización de los modelos proporcionados por
la ciencia sociológica asegura a las investigaciones de los historiadores sobre
las épocas bíblicas una notable capacidad de renovación; pero es necesario,
naturalmente, que los modelos sean modificados en función de la realidad
estudiada.
Es oportuno señalar algunos riesgos que el
exegeta corre frente al acercamiento sociológico. En efecto, si el trabajo de la
sociología consiste en estudiar sociedades vivientes, es necesario esperar
dificultades cuando se quieren aplicar sus métodos a medios históricos que
pertenecen a un lejano pasado. Los textos bíblicos y extrabíblicos no
proporcionan necesariamente una documentación suficiente para dar una visión de
conjunto de la sociedad de la época. Por lo demás, el método sociológico tiende
a conceder a los aspectos económicos e institucionales de la existencia humana
más atención que a las dimensiones personales y religiosas.
2. Acercamiento por la antropología cultural
El acercamiento a los textos bíblicos que
utiliza las investigaciones de la antropología cultural está en relación
estrecha con el acercamiento sociológico. La distinción de estos dos
acercamientos se sitúa a la vez a nivel de la sensibilidad, a nivel del método,
y al de los aspectos de la realidad que retienen la atención. Mientras el
acercamiento sociológico (acabamos de decirlo)
estudia sobre todo los aspectos económicos e institucionales, el acercamiento
antropológico se interesa por un vasto conjunto de otros aspectos que se
reflejan en el lenguaje, el arte y la religión, pero también en los vestidos,
los ornamentos, las fiestas, las danzas, los mitos,
las leyendas y todo lo que concierne a la etnografía.
En general, la antropología cultural procura
definir las características de los diferentes tipos de personas en su medio
social (como, por ejemplo, el hombre mediterráneo),
con todo lo que ello implica de estudio del medio rural o urbano y de atención a
los valores reconocidos por la sociedad (honor y deshonor, secreto, fidelidad,
tradición, género de educación y de escuelas); al modo como se ejerce el control
social; a las ideas sobre la familia, la casa, la relación familiar, la
situación de la mujer; a los binomios institucionales (patrón-cliente,
propietariorendatario, benefactor-beneficiario, hombre libre-esclavo), sin
olvidar el concepto de sagrado y profano, los tabúes, el ritual de pasaje de una
situación a otra, la magia, el origen de los recursos, del poder, de la
información, etc.
Sobre la base de los diferentes elementos, se
constituyen tipologías y "modelos" comunes a varias culturas.
Este género de estudio puede evidentemente
ser útil para la interpretación de los textos bíblicos, y es efectivamente
utilizado para el estudio de concepciones del parentesco en el Antiguo
Testamento, la posición de la mujer en la sociedad israelita, el influjo de los
ritos agrarios, etc. En los textos que presentan la enseñanza de Jesús, por
ejemplo las parábolas, muchos detalles pueden ser clarificados gracias a este
acercamiento. Lo mismo ocurre con concepciones fundamentales, como la del reino
de Dios, o con el modo de concebir el tiempo en la historia de la salvación, así
como con los procesos de aglutinamiento de las comunidades primitivas. Este
acercamiento permite distinguir los elementos permanentes del mensaje bíblico
que tienen su fundamento en la naturaleza humana, y las determinaciones
contingentes, debidas a culturas particulares. Sin embargo, al igual que otros
acercamientos particulares, este acercamiento no está en condiciones, por sí
mismo, de dar cuenta de la contribución específica de la revelación. Conviene
ser consciente de ello en el momento de apreciar el alcance de sus resultados.
2. Acercamientos psicológicos y
psicoanalíticos
Psicología y teología nunca han dejado de
estar en diálogo una con la otra. La extensión moderna de las investigaciones
psicológicas para estudio de las estructuras dinámicas del inconsciente, ha
suscitado nuevas tentativas de interpretación de los textos antiguos, y por
tanto también de la Biblia. Obras enteras han sido consagradas a la
interpretación psicoanalítica de los textos bíblicos, seguidas de vivas
discusiones: ¿en qué medida y en qué condiciones las investigaciones
psicológicas y psicoanalíticas pueden contribuir a una comprensión más profunda
de la Sagrada Escritura? Los estudios de psicología y psicoanálisis aportan a la
exégesis bíblica un enriquecimiento, porque gracias a ellas, los textos de la
Biblia pueden ser comprendidos mejor en cuanto experiencias de vida y reglas de
comportamiento. La religión, como se sabe, está siempre en una situación de
debate con el inconsciente. Ella participa, en una amplia medida, en la correcta
orientación de las pulsiones humanas. Las etapas que la crítica histórica
recorre metódicamente tienen necesidad de ser completadas por un estudio de los
diferentes niveles de la realidad expresada en los textos. La psicología y el
psicoanálisis se esfuerzan por progresar en esta dirección. Ellas abren el
camino a una comprensión pluridimensional de la Escritura, y ayudan a
decodificar el lenguaje humano de la revelación.
La psicología y, de otro modo, el
psicoanálisis, han aportado, en particular, una nueva comprensión del símbolo.
El lenguaje simbólico permite expresar zonas de experiencia religiosa no
accesibles al razonamiento puramente conceptual, pero que tienen un valor para
la cuestión de la verdad. Por eso, un estudio interdisciplinar, conducid en
común por exegetas y psicólogos o psicoanalistas, presenta ventajas ciertas,
fundadas objetivamente y confirmadas en la pastoral.
Se pueden citar numerosos ejemplos que
muestran la necesidad de un esfuerzo común de exegetas y de psicólogos: para
clarificar el sentido de ritos del culto, de los sacrificios, de las
prohibiciones, para explicar el lenguaje bíblico, rico en imágenes, el alcance
metafórico de los relatos de milagros, los resortes dramáticos de las visiones y
audiciones apocalípticas. No se trata simplemente de describir el lenguaje
simbólico de la Biblia, sino de captar su función de revelación y de
interpelación: la realidad "numinosa" de Dios entra allí en contacto con el
hombre.
El diálogo entre exégesis y psicología o
psicoanálisis, en vista de una mejor comprensión de la Biblia, debe
evidentemente ser crítico, y respetar las fronteras de cada disciplina. En todo
caso, una psicología o un psicoanálisis ateo, sería incapaz de dar cuenta de los
datos de la fe. La psicología y el psicoanálisis, aunque son útiles para
precisar la extensión de la responsabilidad humana, no pueden eliminar la
realidad del pecado y de la salvación. Se debe, por lo demás, evitar confundir
religiosidad espontánea y revelación bíblica, o poner en duda el carácter
histórico del mensaje de la Biblia, el cual le asegura su valor de
acontecimiento único.
Notemos, además, que no se puede hablar de
"exégesis psicoanalítica", como si hubiera una sola. Existe en realidad una
multitud de conocimientos, que provienen de diferentes dominios de la psicología
o de diferentes escuelas, capaces de aportar iluminaciones útiles a la
interpretación humana y teológica de la Biblia. Absolutizar tal o cual posición
de una de las escuelas no favorece la fecundidad del esfuerzo común, sino que le
es más bien dañoso.
Las ciencias humanas no se reducen a la
sociología, a la antropología cultural y a la psicología. Otras disciplinas
pueden también tener su utilidad para la interpretación de la Biblia. En todos
estos campos, es necesario respetar las competencias y reconocer que es poco
frecuente que una misma persona esté cualificada a la vez en exégesis y en una u
otra de las ciencias humanas.
E. ACERCAMIENTO CONTEXTUAL
La interpretación de un texto depende siempre
de la mentalidad y de las preocupaciones de sus lectores. Estos conceden una
atención privilegiada a ciertos aspectos, y sin siquiera pensar en ello,
descuidan otros. Es, pues, inevitable que los exegetas adopten en sus trabajos
puntos de vista nuevos, correspondientes a las corrientes de pensamiento
contemporáneo que no han obtenido hasta aquí un lugar suficiente. Conviene que
lo hagan con discernimiento crítico. Actualmente, los movimientos de liberación
y feminista retienen particularmente la atención.
1. Acercamiento liberacionista
La teología de la liberación es un fenómeno
complejo que no se debe simplificar arbitrariamente. Como movimiento teológico
se consolida al comienzo de los años '70. Su punto de partida, además de las
circunstancias económicas, sociales y políticas de los países de América Latina,
se encuentra en dos grandes acontecimientos eclesiales: el Concilio Vaticano II,
con su declarada voluntad de aggiornamento y la orientación del trabajo pastoral
de la Iglesia hacia las necesidades del mundo actual, y la 2ª Asamblea plenaria
del CELAM (Conferencia Episcopal de América Latina) en Medellín en 1968, que ha
aplicado las enseñanzas del Concilio a las necesidades de la América Latina. El
movimiento se ha propagado también en otras partes del mundo (África, Asia,
población negra de los Estados Unidos).
Es difícil discernir, si existe "una"
teología de la liberación y definir su método. También es difícil determinar
adecuadamente su modo de leer la Biblia, para indicar luego sus aportes y
límites. Se puede decir que ella no adopta un método especial, sino que
partiendo de puntos de vista socio-culturales y políticos propios, practica una
lectura bíblica orientada en función de las necesidades del pueblo, que busca en
la Biblia el alimento de su fe y de su vida.
En lugar de contentarse con una
interpretación objetivante, que se concentra sobre lo que dice el texto situado
en su contexto de origen, se busca una lectura que nace de la situación vivida
por el pueblo. Si éste vive en circunstancias de opresión, es necesario recurrir
a la Biblia para buscar allí el alimento capaz de sostenerlo en sus luchas y
esperanzas. La realidad presente no debe ser ignorada, sino al contrario
afrontada, para aclararla a la luz de la Palabra. De esta luz surgirá la praxis
cristiana auténtica, que tiende a transformar la sociedad por medio de la
justicia y del amor. En la fe, la Escritura se transforma en factor de
dinamismo, de liberación integral.
Los principios son los siguientes:
Dios está presente en la historia de su
pueblo para salvarlo. Es el Dios de los pobres, que no puede tolerar la opresión
ni la injusticia.
Por ello, la exégesis no puede ser neutra,
sino que, siguiendo a Dios, debe tomar parte por los pobres y comprometerse en
el combate por la liberación de los oprimidos.
La participación en este combate permite
precisamente hacer aparecer los sentidos que no se descubren, sino cuando los
textos bíblicos son leídos en un contexto de solidaridad efectiva con los
oprimidos.
Puesto que la liberación de los oprimidos es
un proceso colectivo, la comunidad de los pobres es el mejor destinatario para
recibir la Biblia como palabra de liberación. Además, puesto que los textos
bíblicos han sido escritos para las comunidades, es a estas comunidades a
quienes es confiada en primer lugar la lectura de la Biblia. La palabra de Dios
es plenamente actual, gracias sobre todo a la capacidad que poseen los
"acontecimientos fundadores" (la salida de Egipto, la pasión y la resurrección
de Jesús) de suscitar nuevas realizaciones en el curso de la historia.
La teología de la liberación comprende
elementos cuyo valor es indudable: el sentido profundo de la presencia de Dios
que salva; la insistencia sobre la dimensión comunitaria de la fe; la urgencia
de una praxis liberadora enraizada en la justicia y en el amor; una relectura de
la Biblia que busca hacer de la palabra de Dios la luz y el alimento del pueblo
de Dios, en medio de sus luchas y de sus esperanzas. Así subraya la plena
actualidad del texto inspirado.
Pero una lectura tan comprometida de la
Biblia comporta riesgos. Como está ligada a un movimiento en plena evolución,
las observaciones que siguen no pueden ser sino provisorias.
Esta lectura se concentra sobre textos
narrativos y proféticos que ilustran situaciones de opresión y que inspiran una
praxis que tiende a un cambio social. A veces puede ser parcial, no prestando
igual atención a otros textos de la Biblia. Es verdad que la exégesis no puede
ser neutra; pero también debe cuidarse de no ser unilateral. Por lo demás, el
compromiso social y político no es la tarea directa de la exégesis.
Queriendo insertar el mensaje bíblico en el
contexto socio-político, teólogos y exegetas se han visto conducidos a recurrir
a instrumentos de análisis de la realidad social. En esta perspectiva, algunas
corrientes de la teología de la liberación han hecho un análisis inspirado en
doctrinas materialistas, y en este marco han leído la Biblia, lo cual no ha
dejado de suscitar problemas, particularmente en lo que concierne al principio
marxista de la lucha de clases.
Bajo la presión de enormes problemas
sociales, el acento ha sido puesto en particular sobre una
escatología terrestre, a veces en detrimento de la dimensión escatológica
trascendente de la escritura.
Los cambios sociales y políticos conducen
este acercamiento a presentar nuevas cuestiones y a buscar nuevas orientaciones.
Para su desarrollo ulterior y su fecundidad en la Iglesia, un factor decisivo
será poner en claro los presupuestos hermenéuticos, sus métodos y su coherencia
con la fe y la tradición del conjunto de la Iglesia.
2. Acercamiento feminista
La hermenéutica bíblica feminista nació hacia
fines del siglo XIX en los Estados Unidos, en el contexto socio-cultural de
lucha por los derechos de la mujer, con el comité de revisión de la Biblia. Este
produjo "The Woman's Bible" en dos volúmenes (New York, 1885, 1898). Esta
corriente se ha manifestado con nuevo rigor y ha tenido un enorme desarrollo a
partir de los años '70, en unión con el movimiento de liberación de la mujer,
sobre todo en América del Norte. Para hablar precisamente, se deben distinguir
varias hermenéuticas bíblicas feministas, porque los acercamientos utilizados
son muy diversos. Su unidad proviene de su tema común, la mujer, y de la
finalidad perseguida: la liberación de la mujer y la conquista de derechos
iguales a los del varón.
Es oportuno mencionar aquí las tres formas
principales de la hermenéutica bíblica feminista: la forma radical, la forma
neo-ortodoxa, y la forma crítica.
La forma radical rechaza completamente la
autoridad de la Biblia, diciendo que ha sido producida por varones para
asegurarse la dominación del varón sobre la mujer (androcentrismo).
La forma neo-ortodoxa acepta la Biblia como
profética y capaz de servir, en la medida en que ella toma partido por los
débiles, y por tanto también por la mujer. Esta orientación es adoptada como
"canon dentro del canon", para poner en claro todo lo que hay en la Biblia en
favor de la liberación de la mujer, y de sus derechos.
La forma crítica utiliza una metodología
sutil y procura redescubrir la posición y el papel de la mujer cristiana en el
movimiento de Jesús y en las iglesias paulinas. En esta época se habría adoptado
el igualitarismo. Pero esta situación habría sido disimulada en su mayor parte,
en los escritos del Nuevo Testamento y más aún después, porque el patriarcalismo
y el androcentrismo han prevalecido progresivamente.
La hermenéutica feminista no ha elaborado un
método nuevo. Se sirve de los métodos corrientes en exégesis, especialmente del
método histórico-crítico. Pero agrega dos criterios de investigación.
El primero es el criterio feminista, tomado
del movimiento de liberación de la mujer en la línea del movimiento más general
de la teología de la liberación. Utiliza una hermenéutica de la sospecha: la
historia ha sido escrita regularmente por los vencedores. Para llegar a la
verdad es necesario no fiarse de los textos, sino buscar los indicios que
revelan otra cosa distinta.
El segundo criterio es sociológico: se apoya
sobre el estudio de las sociedades de los tiempos bíblicos, de su
estratificación social, y de la posición que ocupaba en ellas la mujer.
En lo que concierne a los escritos
neotestamentarios, el objeto de estudio, en definitiva, no es la concepción de
la mujer expresada en el Nuevo Testamento, sino la reconstrucción histórica de
dos situaciones diferentes de la mujer en el siglo primero: la que era habitual
en la sociedad judía y greco-latina, y la otra, innovadora, instituida en el
movimiento de Jesús y de las iglesias paulinas, en las cuales se habría formado
"una comunidad de discípulos de Jesús, todos iguales". Uno de los apoyos
invocados para fundamentar esta visión de las cosas es el texto de Gál. 3, 28.
El objetivo es redescubrir para el presente la historia olvidada del papel de la
mujer en a Iglesia de los orígenes.
Numerosos aportes positivos provienen de la
exégesis feminista. Las mujeres han tomado así una parte activa en la
investigación exegética. Han logrado, con frecuencia mejor que los hombres,
percibir la presencia, la significación, y el papel de la mujer en la Biblia, en
la historia de los orígenes cristianos y en la Iglesia. El horizonte cultural
moderno, gracias a su mayor atención a la dignidad de la mujer y su papel en la
sociedad y en la Iglesia, hace que se dirijan al texto bíblico preguntas nuevas,
ocasiones de nuevos descubrimientos. La sensibilidad femenina lleva a entrever y
corregir ciertas interpretaciones corrientes tendenciosas, que intentaban
justificar la dominación del varón sobre la mujer.
En cuanto concierne al Antiguo Testamento,
muchos estudios se han esforzado por llegar a una mejor comprensión de la imagen
de Dios. El Dios de la Biblia no es la proyección de una mentalidad patriarcal.
El es Padre, pero es también el Dios de la ternura y del amor maternal.
En la medida en que la exégesis feminista se
apoya sobre una posición tomada, se expone a interpretar los textos bíblicos de
modo tendencioso y por tanto discutible. Para probar sus tesis debe recurrir
frecuentemente, a falta de otros mejores, al argumento ex silentio. Tales
argumentos, se sabe, deben ser tratados cautelosamente. Jamás bastan para
establecer sólidamente una conclusión. Por otra parte, el intento de
reconstruir, gracias a indicios fugitivos encontrados en los textos, una
situación histórica que estos mismos textos, se supone, querían ocultar, no
corresponde ya a un trabajo de exégesis propiamente dicho, porque conduce a
rechazar el contenido de los textos inspirados para anteponerles una
construcción hipotética diferente.
La exégesis feminista suscita frecuentemente
cuestiones de poder en la Iglesia, que son, como se sabe, objeto de discusión y
aún de confrontación. En este campo, la exégesis feminista no podrá ser útil a
la Iglesia sino en la medida en que no caiga en las trampas que denuncia, y no
pierda de vista la enseñanza evangélica sobre el poder como servicio, enseñanza
dirigida por Jesús a todos sus discípulos, hombres y mujeres2.
F. LECTURA FUNDAMENTALISTA
La lectura fundamentalista parte del
principio de que, siendo la Biblia palabra de Dios inspirada y exenta de error,
debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Por
"interpretación literal" entiende una interpretación primaria, literalista, es
decir, que excluye todo esfuerzo de comprensión de la Biblia que tenga en cuenta
su crecimiento histórico y su desarrollo. Se opone, pues, al empleo del método
histórico-crítico, así como de todo otro método científico para la
interpretación de la Escritura.
La lectura fundamentalista tuvo su origen en
la época de la reforma, en una preocupación de fidelidad al sentido literal de
la Escritura. Después del Siglo de las Luces, se presentaba, en el
protestantismo, como una protección contra la exégesis liberal. El término
"fundamentalista" se relaciona directamente con el Congreso Bíblico Americano
tenido en Niágara, en el estado de New York, en 1895. Los exegetas protestantes
conservadores definieron allí "cinco puntos de fundamentalismo": la inerrancia
verbal de la Escritura, la divinidad de Cristo, su nacimiento virginal, la
doctrina de la expiación vicaria, y la resurrección corporal en la segunda
venida de Cristo. Cuando la lectura fundamentalista de la Biblia se propagó en
otras partes del mundo, dio origen a otros tipos de lecturas, igualmente
"literales", en Europa, Asia, África y América del Sur. Este género de lectura
encuentra cada vez más adeptos, a finales del siglo XX, en grupos religiosos y
sectas, pero también entre los católicos.
Aunque el fundamentalismo tenga razón de
insistir sobre la inspiración divina de la Biblia, la inerrancia de la palabra
de Dios, y las otras verdades bíblicas incluidas en los cinco puntos
fundamentales, su modo de presentar estas verdades se enraiza en una ideología
que no es bíblica, a pesar de cuanto digan sus representantes. Ella exige una
adhesión incondicionada a actitudes doctrinarias rígidas e impone, como fuente
única de enseñanza sobre la vida cristiana y la salvación, una lectura de la
Biblia que rehúsa todo cuestionamiento y toda investigación crítica.
El problema de base de esta lectura
fundamentalista es que, rechazando tener en cuenta el carácter histórico de la
revelación bíblica, se vuelve incapaz de aceptar plenamente la verdad de la
encarnación misma. El fundamentalismo rehuye la relación estrecha de lo divino y
de lo humano en las relaciones con Dios. Rechaza admitir que la palabra de Dios
inspirada se ha expresado en lenguaje humano, y que ha sido escrita, bajo la
inspiración divina, por autores humanos, cuyas capacidades y posibilidades eran
limitadas. Por esto, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido
dictado palabra por palabra por el Espíritu, y no llega a reconocer que la
palabra de Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una fraseología
condicionadas por tal o cual época. No concede ninguna atención a las formas
literarias, y a los modos humanos de pensar presentes en los textos bíblicos,
muchos de los cuales son el fruto de una elaboración que se ha extendido por
largos períodos de tiempo, y lleva la marca de situaciones históricas bastante
diversas.
El fundamentalismo insiste también, de un
modo indebido, sobre la inerrancia de los detalles en los textos bíblicos,
especialmente en materia de hechos históricos, o de pretendidas verdades
científicas. Frecuentemente considera como histórico lo que no tenía pretensión
de historicidad, porque incluye en tal categoría cuanto es referido o narrado
con verbos en pretérito, sin la atención necesaria a la posibilidad de un
sentido simbólico o figurativo.
El fundamentalismo tiene frecuentemente la
tendencia a ignorar o negar los problemas que el texto bíblico presenta en la
formulación hebrea, aramea o griega. Está frecuentemente ligado a una traducción
determinada, antigua o moderna. Omite igualmente considerar las "relecturas" de
ciertos pasajes en el interior mismo de la Biblia.
En lo que concierne a los evangelios, el
fundamentalismo no tiene en cuenta el crecimiento de la tradición evangélica,
sino que confunde ingenuamente el estadio final de esta tradición (lo que los
evangelistas han escrito) con el estadio inicial (las acciones y las palabras de
Jesús en la historia). Descuida por eso mismo un dato importante: el modo como
las primeras comunidades cristianas han comprendido el impacto producido por
Jesús de Nazaret y su mensaje. Ahora bien, éste es un testimonio de origen
apostólico de la fe cristiana y su expresión directa. El fundamentalismo
desnaturaliza así la llamada lanzada por el evangelio mismo.
El fundamentalismo tiene tendencia también a
una gran estrechez de puntos de vista, porque considera conforme a la realidad
una cosmología antigua superada, solamente porque se encuentra expresada en la
Biblia. Esto impide el diálogo con una concepción más amplia de las relaciones
entre la cultura y la fe. Se apoya sobre una lectura no crítica de algunos
textos de la Biblia para confirmar ideas políticas y actitudes sociales marcadas
por prejuicios, racistas, por ejemplo, y completamente contrarias al evangelio
cristiano.
Finalmente, en su fijación sobre el principio
de "sola Scriptura", el fundamentalismo separa la
interpretación de la Biblia de la Tradición guiada por el Espíritu, que se
desarrolla auténticamente en conexión con la Escritura en el seno de la
comunidad de fe. Le falta reconocer que el Nuevo Testamento ha tomado forma en
el interior de la Iglesia cristiana, y que es Sagrada Escritura de esta Iglesia,
cuya existencia ha precedido a la composición de sus textos. El fundamentalismo,
por ello, es frecuentemente antieclesial: desprecia los credos, los dogmas y las
prácticas litúrgicas que se han vuelto parte de la tradición eclesiástica, así
como la función de enseñanza de la misma Iglesia. Se presenta como una forma de
interpretación privada, que no reconoce que la Iglesia ha sido fundada sobre la
Biblia, y nutre su vida y su inspiración en las Escrituras.
El acercamiento fundamentalista es peligroso,
porque seduce a las personas que buscan respuestas bíblicas a sus problemas
vitales. Puede engañarlas, ofreciéndoles interpretaciones piadosas pero
ilusorias, en lugar de decirles que la Biblia no contiene necesariamente una
respuesta inmediata a cada uno de sus problemas. El fundamentalismo invita
tácitamente a una forma de suicidio del pensamiento. Ofrece una certeza falsa,
porque confunde inconscientemente las limitaciones humanas del mensaje bíblico
con su sustancia divina.
II. CUESTIONES DE HERMENÉUTICA
A. HERMENÉUTICAS FILOSÓFICAS
El desarrollo de la exégesis se debe repensar
teniendo en cuenta la hermenéutica filosófica contemporánea, que ha puesto en
evidencia la implicación de la subjetividad en el conocimiento, en particular en
el conocimiento histórico. La reflexión hermenéutica ha tomado un nuevo impulso
con la publicación de los trabajos de Friedrich Schleiermacher, Wilhelm Dilthey
y, sobre todo, Martín Heidegger. En las huellas de estos filósofos, pero también
apartándose de ellos, otros autores han profundizado la teoría hermenéutica
contemporánea y sus aplicaciones a la Escritura. Entre ellos, mencionaremos
especialmente Rudolf Bultmann, Hans Georg Gadamer y Paul Ricoeur. Es imposible
resumir aquí su pensamiento. Bastará indicar algunas ideas centrales de su
filosofía, que tienen una incidencia sobre la interpretación de textos
bíblicos3.
1. Perspectivas modernas
Constatando la distancia cultural entre el
mundo del primer siglo y el del siglo XX, y preocupado por lograr que la
realidad de la cual trata la Escritura hable al hombre contemporáneo, Bultmann
ha insistido sobre la precomprensión necesaria a toda comprensión, y ha
elaborado la teoría de la interpretación existencial de los escritos del Nuevo
Testamento. Apoyándose sobre el pensamiento de Heidegger, afirma que la exégesis
de un texto bíblico no es posible sin presupuestos que dirigen la comprensión.
La precomprensión ("Vorverständnis") se funda sobre una relación vital ("Lebensverhältnis")
del intérprete a la cosa de la cual habla el texto. Para evitar el subjetivismo,
es necesario profundizar y enriquecer la precomprensión, más aún, modificarla y
corregirla por medio de aquello que dice el texto.
Interrogándose sobre las cuestiones, a partir
de las cuales los textos de la Escritura podrían ser comprendidos por el hombre
de hoy, Bultmann pretende encontrar la respuesta en las formulaciones de la
analítica existencial de Heidegger. Los existenciales heideggerianos tendrían un
cierto alcance universal y ofrecerían las estructuras y los conceptos más
apropiados para la comprensión de la existencia humana revelada en el mensaje
del Nuevo Testamento.
Gadamer subraya igualmente la distancia
histórica entre el texto y su intérprete, y retoma y desarrolla la teoría del
círculo hermenéutico. Las anticipaciones y las preconcepciones que marcan
nuestra comprensión provienen de la tradición que nos sostiene. Esta consiste en
un conjunto de datos históricos y culturales que constituyen nuestro contexto
vital, nuestro horizonte de comprensión. El intérprete debe entrar en diálogo
con la realidad de la cual se trata en el texto. La comprensión se opera en la
fusión de los diferentes horizontes, del texto y de su lector ("Horizon-tverschmelzung"),
y no es posible si no hay una pertenencia ("Zugehörigkeit"), es decir, una
afinidad fundamental entre el intérprete y su objeto. La hermenéutica es un
proceso dialéctico: la comprensión de un texto es siempre una comprensión más
amplia de sí mismo.
Del pensamiento hermenéutico de Ricoeur se
debe retener primeramente el poner de relieve la función de la distancia como
preámbulo necesario para una justa apropiación del texto. Una primera distancia
existe entre el texto y su autor, porque, una vez producido, el texto adquiere
una cierta autonomía en relación a su autor, comienza una carrera de sentido.
Otra distancia existe entre el texto y sus lectores sucesivos. Estos deben
respetar el mundo del texto en su alteridad. Los métodos de análisis literario e
histórico son, pues, necesarios para la interpretación. Sin embargo, el sentido
de un texto no se da plenamente si no es actualizado en la vivencia de lectores
que se lo apropian. A partir de su situación, éstos son llamados a descubrir
significaciones nuevas, en la línea del sentido fundamental indicado por el
texto. El conocimiento bíblico no debe detenerse en el lenguaje, sino alcanzar
la realidad de la cual habla el texto. El lenguaje religioso de la Biblia es un
lenguaje simbólico que "da que pensar", un lenguaje del cual no se termina de
descubrir las riquezas de sentido, un lenguaje que procura alcanzar una realidad
trascendente y que, al mismo tiempo, despierta a la persona humana a la
dimensión profunda de su ser.
2. Utilidad para la exégesis
¿Qué se puede decir sobre estas teorías
contemporáneas de la interpretación de textos? La Biblia es palabra de Dios para
todas las épocas que se suceden. En consecuencia, no se podría prescindir de una
teoría hermenéutica que permita incorporar los métodos de crítica literaria e
histórica en un modelo de interpretación más amplio. Se trata de franquear la
distancia entre el tiempo de los autores y de los primeros destinatarios de los
textos bíblicos, y nuestra época contemporánea, para poder actualizar
correctamente el mensaje de los textos y nutrir la vida de fe de los cristianos.
Toda exégesis de los textos debe ser completada por una "hermenéutica" en el
sentido reciente del término.
La necesidad de una hermenéutica, es decir,
de una interpretación en el hoy de nuestro mundo, encuentra un fundamento en la
Biblia misma y en la historia de su interpretación. El conjunto de los escritos
del Antiguo y del Nuevo Testamento se presenta como el producto de un largo
proceso de reinterpretación de los acontecimientos fundadores en relación con la
vida de las comunidades de creyentes. En la tradición eclesial, los primeros
intérpretes de la Escritura, los Padres de la Iglesia, consideraban que su
exégesis de los textos no estaba completa, sino cuando sacaban de ella el
sentido para los cristianos de su tiempo en su situación propia. No se es fiel a
la intención de los textos bíblicos, sino cuando se procura encontrar, en el
corazón de su formulación, la realidad de fe que expresan, y se enlaza esta a la
experiencia creyente de nuestro mundo.
La hermenéutica contemporánea es una sana
reacción al positivismo histórico y a la tentación de aplicar al estudio de la
Biblia los criterios de objetividad utilizados en las ciencias naturales. Por
una parte, los acontecimientos relatados en la Biblia son acontecimientos
interpretados. Por otra parte, toda exégesis de los relatos de esos
acontecimientos implica necesariamente la subjetividad del exegeta. El justo
conocimiento del texto bíblico no es accesible sino a quien tiene una afinidad
vivida con aquello de lo cual habla el texto. La
cuestión que se presenta a todo intérprete es, pues, la siguiente: ¿Qué teoría
hermenéutica hace posible la justa percepción de la realidad profunda de la cual
habla la Escritura y permite expresar su significado para el hombre de hoy?
Es necesario reconocer, en efecto, que
ciertas teorías hermenéuticas son inadecuadas para interpretar la Escritura. La
interpretación existencial de Bultmann, por ejemplo, conduce a encerrar el
mensaje cristiano en una filosofía particular. Además, los presupuestos de esta
hermenéutica conducen a vaciar, en buena parte, el mensaje religioso de la
Biblia de su realidad objetiva (consecuencia de una "desmitologización"
excesiva), y tienden a subordinarlo a un mensaje antropológico. La filosofía se
vuelve norma, más bien que instrumento, de comprensión de aquello que es el
objeto central de toda interpretación: la persona de Jesucristo y los
acontecimientos de salvación que se han verificado en nuestra historia. Una
auténtica interpretación de la Escritura es, pues, primeramente, aceptación de
un sentido presente en los acontecimientos, y de modo supremo, en la persona de
Jesucristo.
Este sentido se expresa en los textos. Para
evitar el subjetivismo, una buena actualización debe estar fundada sobre el
estudio del texto, y los presupuestos de lectura deben ser constantemente
sometidos a la verificación por el texto.
La hermenéutica bíblica, si por una parte
pertenece al ámbito de la hermenéutica general de todo texto literario e
histórico, por otra es un caso único de esta hermenéutica. Sus características
específicas le vienen de su objeto. Los acontecimientos de salvación y su
cumplimiento en la persona de Jesucristo dan sentido a toda la historia humana.
Las interpretaciones históricas nuevas no podrán sino descubrir y desarrollar
estas riquezas de sentido. El relato bíblico de estos acontecimientos no puede
ser plenamente comprendido solamente por la razón. Ciertos presupuestos
particulares, como la fe vivida en la comunidad eclesial y la luz del Espíritu
dirigen su interpretación. Con el crecimiento de la vida en el Espíritu, aumenta
en el lector la comprensión de las realidades de las cuales habla el texto
bíblico.
B. SENTIDOS DE LA ESCRITURA
INSPIRADA
El aporte moderno de las hermenéuticas
filosóficas y los desarrollos recientes del estudio científico de la literatura,
permiten a la exégesis bíblica profundizar la comprensión de su tarea, cuya
complejidad se ha vuelto más evidente. La exégesis antigua, que evidentemente no
podía tomar en consideración las exigencias científicas modernas, atribuía a
todo texto de la Escritura diferentes niveles de sentido. La distinción más
corriente se establecía entre el sentido literal y el sentido espiritual. La
exégesis medieval distinguía en el sentido espiritual tres aspectos diferentes,
que se relacionan, respectivamente, a la verdad revelada, a la conducta que se
debía mantener, y al cumplimiento final. De allí el célebre dístico de Agustín
de Dinamarca (siglo XIII):
"Littera gesta docet, quid credas allegoria,
moralis quid agas, quid speres anagogia".
En reacción contra esta multiplicidad de
sentidos, la exégesis histórico-crítica ha adoptado, más o menos abiertamente,
la tesis de la unidad de sentido, según la cual un texto no puede tener
simultáneamente diferentes significados. Todo el esfuerzo de la exégesis
histórico-crítica se dirige a definir "el" sentido de tal o cual texto bíblico
en las circunstancias de su producción.
Pero esta tesis choca ahora con las
conclusiones de las ciencias del lenguaje y de las hermenéuticas filosóficas,
que afirman la polisemia de los textos escritos.
El problema no es simple y no se presenta del
mismo modo en todos los géneros de texto: relatos históricos, parábolas,
oráculos, leyes, proverbios, oraciones, himnos, etc. Se pueden dar, sin embargo,
algunos principios generales, teniendo en cuenta la diversidad de opiniones.
1. Sentido literal
Es no solamente legítimo, sino indispensable,
procurar definir el sentido preciso de los textos tal y como han sido producidos
por sus autores; sentido llamado "literal". Ya santo Tomás de Aquino afirmaba su
importancia fundamental (S. Th., I, q. 1, a. 10, ad 1).
El sentido literal no se debe confundir con
el sentido "literalista" al cual se adhieren los fundamentalistas. No basta
traducir un texto palabra por palabra para obtener su sentido literal. Es
necesario comprenderlo según las convenciones literarias de su tiempo. Cuando un
texto es metafórico, su sentido literal no es el que resulta inmediatamente de
una comprensión palabra por palabra (por ejemplo: "Tened ceñida la cintura", Lc.
12, 35) sino el que corresponde al empleo metafórico de los términos ("Tened una
actitud de disponibilidad"). Cuando se trata de un relato, el sentido literal no
comporta necesariamente la afirmación de que los hechos narrados se han
producido efectivamente, ya que un relato puede no pertenecer al género
histórico, sino ser una obra de imaginación.
El sentido literal de la Escritura es aquel
que ha sido expresado directamente por los autores humanos inspirados. Siendo el
fruto de la inspiración, este sentido es también querido por Dios, autor
principal. Se lo puede discernir gracias a un análisis preciso del texto,
situado en su contexto literario e histórico. La tarea principal del exegeta es
llevar a buen término este análisis, utilizando todas las posibilidades de
investigación literaria e histórica, para definir el sentido literal de los
textos bíblicos con la mayor exactitud posible (cfr. Divino afflante Spiritu,
Enchiridion Biblicum, 550). Con este fin, el estudio de los géneros literarios
antiguos es particularmente necesario (ibíd., 560).
El sentido literal de un texto, ¿es único? En
general sí, pero no se trata de un principio absoluto, y esto por dos razones.
Por una parte, un autor humano puede querer referirse al mismo tiempo a varios
niveles de realidad. El caso es corriente en poesía. La inspiración bíblica no
desdeña esta posibilidad de la psicología y del lenguaje humano. El IV evangelio
ofrece numerosos ejemplos de esta situación. Por otra parte, aun cuando una
expresión humana parece no tener más que un significado, la inspiración divina
puede guiar la expresión de modo de producir una ambivalencia. Tal es el caso de
la palabra de Caifás en Jn. 11, 50. Ella expresa a la vez un cálculo político
inmoral y una revelación divina. Estos dos aspectos pertenecen, uno y otro, al
sentido literal, ya que ambos son puestos en evidencia por el contexto. Este
caso es significativo, aunque sea extremo, y pone en guardia contra una
concepción demasiado estrecha del sentido literal de los textos inspirados.
Conviene en particular estar atento al
aspecto dinámico de muchos textos. El sentido de los salmos reales, por ejemplo,
no debería estar limitado estrechamente a las circunstancias históricas de su
producción. Hablando del rey, el salmista evoca a la vez una institución
concreta, y una visión ideal de la realeza, conforme al designio de Dios, de
modo que su texto sobrepasa la institución monárquica tal como se había
manifestado en la historia. La exégesis histórico-crítica ha tenido demasiado
frecuentemente la tendencia a limitar el sentido de lo textos, relacionándolos
exclusivamente con circunstancias históricas precisas. Ella debería, más bien,
procurar precisar la dirección de pensamiento expresada por el texto; dirección
que, en lugar de invitar al exegeta a detener el sentido, le sugiere, al
contrario, percibir las extensiones más o menos previsibles.
Una corriente de hermenéutica moderna ha
subrayado la diferencia de situación que afecta a la palabra humana puesta por
escrito. Un texto escrito tiene la capacidad de ser situado en nuevas
circunstancias, que lo iluminan de modo diferente, añadiendo a su sentido
determinaciones nuevas. Esta capacidad del texto escrito es especialmente
efectiva en el caso de los textos bíblicos, reconocidos como palabra de Dios. En
efecto, lo que ha llevado a la comunidad creyente a conservarlos, es la
convicción de que ellos continúan siendo portadores de luz y de vida para las
generaciones venideras. El sentido literal está, desde el comienzo, abierto a
desarrollos ulteriores, que se producen gracias a "relecturas" en contextos
nuevos.
De aquí no se sigue que se pueda atribuir a
un texto bíblico cualquier sentido, interpretándolo de modo subjetivo. Es
necesario, por el contrario, rechazar, como no auténtica, toda interpretación
heterogénea al sentido expresado por los autores humanos en su texto escrito.
Admitir sentidos heterogéneos equivaldría a cortar el mensaje bíblico de su
raíz, que es la palabra de Dios comunicada históricamente, y abrir la puerta a
un subjetivismo incontrolable.
2. Sentido espiritual
Conviene, sin embargo, no tomar "heterogéneo"
en un sentido estrecho, contrario a toda posibilidad de perfeccionamiento
superior. El acontecimiento pascual, la muerte y resurrección de Jesús, ha
establecido un contexto histórico radicalmente nuevo, que ilumina de modo nuevo
los textos antiguos y les hace sufrir una mutación de sentido. En particular,
algunos textos que, en las circunstancias antiguas, debían ser considerados como
hipérboles (por ejemplo, el oráculo donde Dios, hablando de un descendiente de
David, prometía afirmar "para siempre" su trono, 2 Sam., 7, 12-13; 1 Crón. 17,
11-14), deben ser tomados ahora a la letra, porque "el Cristo, habiendo
resucitado de los muertos, no muere más" (Rom. 6, 9). Los exegetas que tienen
una noción estrecha, "historicista", del sentido literal, considerarán que hay
aquí heterogeneidad. Los que están abiertos al aspecto dinámico de los textos,
reconocerán una continuidad profunda, al mismo tiempo que un pasaje a un nivel
diferente: el Cristo reina para siempre, pero no sobre el trono terrestre de
David (cfr. también Sal. 2, 7-8; 110, 1. 4).
En estos casos se habla a veces de "sentido
espiritual". Como regla general, se puede definir el sentido espiritual
comprendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos
bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto
del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Este
contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento reconoce en él el
cumplimiento de las Escrituras. Es, pues, normal releer las Escrituras a la luz
de este nuevo contexto, que es el de la vida en el Espíritu.
De la definición dada se pueden deducir
varias precisiones útiles sobre las relaciones entre sentido espiritual y
sentido literal.
Contrariamente a una opinión corriente, no
hay una necesaria distinción entre ambos. Cuando un texto bíblico se refiere
directamente al misterio pascual de Cristo o a la vida nueva que resulta de él,
su sentido literal es un sentido espiritual. Este es el caso habitual en el
Nuevo Testamento. Por eso es el Antiguo Testamento la parte de la Biblia a
propósito de la cual la exégesis cristiana habla más frecuentemente de sentido
espiritual. Pero ya en el Antiguo Testamento los textos tienen, en numerosos
casos, un sentido religioso y espiritual como sentido
literal. La fe cristiana reconoce en estos textos una relación anticipada con la
vida nueva traída por Cristo.
Cuando hay distinción, el sentido espiritual
no puede jamás estar privado de relación con el sentido literal. Este continúa
siendo la base indispensable. De otro modo, no se podría hablar de
"cumplimiento" de la Escritura. Para que haya "cumplimiento", es esencial una
relación de continuidad y de conformidad. Pero es necesario también que haya un
pasaje a un nivel superior de realidad.
El sentido espiritual no se debe confundir
con las interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la
especulación intelectual. Aquel proviene de la relación del texto con datos
reales que no le son extraños: el acontecimiento pascual y su inagotable
fecundidad, que constituyen el punto más alto de la intervención divina en la
historia de Israel, para beneficio de la humanidad entera.
La lectura espiritual, hecha en comunidad o
individualmente, no descubre un sentido espiritual auténtico si no se mantiene
en esta perspectiva. Hay entonces una relación de tres niveles de realidad: el
texto bíblico, el misterio pascual y las circunstancias presentes de vida en el
Espíritu.
Persuadidos de que el misterio de Cristo da
la clave de interpretación de todas las Escrituras, los exegetas antiguos se
esforzaban por encontrar un sentido espiritual en los menores detalles de los
textos bíblicos (por ejemplo, en cada prescripción de
las leyes rituales), sirviéndose de métodos rabínicos
o inspirándose en el alegorismo helenístico. La exégesis moderna no puede
considerar este tipo de intentos como interpretación válida, no obstante cuál
haya podido ser en el pasado su utilidad pastoral (Divino afflante Spiritu,
Enchiridion Biblicum, 553).
Uno de los aspectos posibles del sentido
espiritual es el tipológico, del cual se dice habitualmente que pertenece, no a
la Escritura misma, sino a las realidades expresadas por la Escritura: Adán es
figura de Cristo (cfr. Rom. 5, 14), el diluvio figura del bautismo ( 1 Ped. 3,
20-21), etc. De hecho, la relación tipológica está basada ordinariamente sobre
el modo cómo la Escritura describe la realidad antigua (por ejemplo la voz de
Abel: Gn. 4, 10; Heb. 11, 4; 12, 24), y no simplemente sobre esta realidad. En
consecuencia, se trata propiamente, en tal caso, de un sentido de la Escritura.
3. Sentido pleno
La categoría relativamente reciente de
"sentido pleno" (sensus plenior) suscita discusiones. El sentido pleno se define
como un sentido profundo del texto, querido por Dios, pero no claramente
expresado por el autor humano. Se descubre la existencia de este sentido en un
texto bíblico, cuando se lo estudia a la luz de otros textos bíblicos que lo
utilizan, o en su relación con el desarrollo interno de la revelación.
Se trata, pues, del significado que un autor
bíblico atribuye a un texto bíblico anterior, cuando lo vuelve a emplear en un
contexto que le confiere un sentido literal nuevo; o bien de un significado, que
una tradición doctrinal auténtica o una definición conciliar, da a un texto de
la Biblia. Por ejemplo, el contexto de Mt. 1, 23 da un sentido pleno al oráculo
de Is. 7, 14 sobre la almah que concebirá, utilizando la traducción de los
Setenta (parthenos): "La virgen concebirá". La doctrina patrística y conciliar
sobre la Trinidad expresa el sentido pleno de la enseñanza del Nuevo Testamento
sobre Dios, Padre, Hijo y Espíritu. La definición de pecado original del
Concilio de Trento proporciona el sentido pleno de la enseñanza de Pablo en Rom.
5, 12-21 a propósito de las consecuencias del pecado de Adán para la humanidad.
Pero cuando falta un control de esta naturaleza, por un texto bíblico explícito
o por una tradición doctrinal auténtica, el recurso a un pretendido sentido
pleno podría conducir a interpretaciones desprovistas de toda validez.
En definitiva, se puede considerar el
"sentido pleno" como otro modo de designar el sentido espiritual de un texto
bíblico, en el caso en que el sentido espiritual se distingue del sentido
literal. Su fundamento es que el Espíritu Santo, autor principal de la Biblia,
puede guiar al autor humano en la elección de sus expresiones de tal modo que
ellas expresen una verdad de la cual él no percibe toda su profundidad. Esta es
más completamente revelada en el curso del tiempo; por una parte, gracias a
realizaciones divinas ulteriores que manifiestan mejor el alcance de los textos;
y por otra, gracias a la inserción de los textos en el canon de las Escrituras.
Así se constituye un nuevo contexto, que revela potencialidades de sentido que
el contexto primitivo dejaba en la oscuridad.
III.
DIMENSIONES CARACTERÍSTICAS DE LA INTERPRETACIÓN CATÓLICA
La exégesis católica no procura distinguirse
por un método científico particular. Ella reconoce que uno de los aspectos de
los textos bíblicos es ser obra de autores humanos, que se han servido de sus
propias capacidades de expresión y de medios que su tiempo y su medio social
ponían a su disposición. En consecuencia, ella utiliza sin segundas intenciones,
todos los métodos y acercamientos científicos que permiten captar mejor el
sentido de los textos en su contexto lingüístico, literario, socio-cultural,
religioso e histórico, iluminándolos también por el estudio de sus fuentes y
teniendo en cuenta la personalidad de cada autor (cfr. Divino afflante Spiritu,
Enchiridion Biblicum, 557). La exégesis católica contribuye así activamente al
desarrollo de los métodos y al progreso de la investigación.
Lo que la caracteriza es que se sitúa
conscientemente en la tradición viva de la Iglesia, cuya primera preocupación es
la fidelidad a la revelación testimoniada por la Biblia. Las hermenéuticas
modernas han puesto en evidencia, como hemos recordado, la imposibilidad de
interpretar un texto sin partir de una "precomprensión" de uno u otro género. El
exegeta católico aborda los escritos bíblicos con una precomprensión, que une
estrechamente la cultura moderna científica y la tradición religiosa proveniente
de Israel y de la comunidad cristiana primitiva. Su interpretación se encuentra
así en continuidad con el dinamismo de interpretación que se manifiesta en el
interior mismo de la Biblia, y que se prolonga luego en la vida de la Iglesia.
Ella corresponde a la exigencia de afinidad vital entre el intérprete y su
objeto, afinidad que constituye una de las condiciones de posibilidad de la
empresa exegética.
Toda precomprensión comporta sin embargo
peligros. En el caso de la exégesis católica, existe el riesgo de atribuir a los
textos bíblicos un sentido que no expresan, sino que es el fruto de un
desarrollo ulterior de la tradición. El exegeta debe prevenir este riesgo.
A. LA INTERPRETACIÓN EN
LA TRADICIÓN BÍBLICA
Los textos de la Biblia son la expresión de
tradiciones religiosas que existían antes de ellos. El modo cómo se relacionan
con las tradiciones es diferente en cada caso, ya que la creatividad de los
autores se manifiesta en diversos grados. En el curso del tiempo, múltiples
tradiciones han confluido poco a poco para formar una gran tradición común. La
Biblia es una manifestación privilegiada de este proceso que ella ha contribuido
a realizar y del cual continúa siendo norma reguladora.
"La interpretación en la tradición bíblica"
comporta una gran variedad de aspectos. Se puede atender como el modo con el
cual la Biblia interpreta las experiencias humanas fundamentales o los
acontecimientos particulares de la historia de Israel, o como el modo en el cual
los textos bíblicos utilizan las fuentes, escritas u orales (de
las cuales algunas pueden provenir de otras religiones o culturas),
reinterpretándolas. Siendo nuestro tema la interpretación de la Biblia, no
queremos tratar aquí estas amplias cuestiones, sino simplemente proponer algunas
observaciones sobre la interpretación de los textos bíblicos en el interior de
la Biblia misma.
1. Relecturas
Lo que contribuye a dar a la Biblia su unidad
interna, única en su género, es que los escritos bíblicos posteriores se apoyan
con frecuencia sobre los escritos anteriores. Aluden a ellos , proponen
"relecturas" que desarrollan nuevos aspectos del sentido, a veces muy diferentes
del sentido primitivo, o inclusive se refieren a ellos explícitamente, sea para
profundizar el significado, sea para afirmar su realización.
Así, la herencia de una tierra, prometida por
Dios a Abraham para su descendencia (Gn. 15, 7. 18), se convierte en la entrada
en el santuario de Dios (Ex. 15, 17), en una participación en el reposo de Dios
(Sal. 132, 7-8), reservada a los verdaderos creyentes (Sal. 95, 8-11; Hech. 3, 7-4,
11), y, finalmente, en la entrada en el santuario celestial (Heb. 6, 12. 18-20),
"herencia eterna" (Heb. 9, 15).
El oráculo de Natán, que promete a David una
"casa", es decir, una sucesión dinástica "estable para siempre" (2 Sam. 7,
12-16), es recordado en numerosas oportunidades (2 Sam. 23, 5; 1 Rey. 2, 4; 3,
6; 1 Crón. 17, 11-14), especialmente en el tiempo de la angustia (Sal. 89,
20-38), no sin variaciones significativas, y es prolongada por otros oráculos
(Sal. 2, 7-9; 110, 1-4; Am. 9, 11; Is. 7, 13-14; Jer. 23, 5-6; etc.), de los
cuales algunos anuncian el retorno del reino de David mismo (Os. 3, 5; Jer. 30,
8; Ez. 34, 24; 37, 24-25; cfr. Mc. 11, 10). El reino prometido se vuelve así
universal (Sal. 2, 8; Dn. 2, 35. 44; 7, 14; cfr. Mt. 28, 18). El realiza en
plenitud la vocación del hombre (Gn. 1, 28; Sal. 8, 6-9; Sab. 9, 2-3; 10, 2).
El oráculo de Jeremías sobre los setenta años
de castigo merecidos por Jerusalén y Judá (Jer. 25, 11-12; 29, 10) es recordado
en 2 Crón. 25, 20-23, que constata la realización; pero es meditado de un modo
nuevo, mucho después, por el autor de Daniel, en la convicción de que esta
palabra de Dios contiene aun un sentido oculto, que debe irradiar su luz sobre
la situación presente (Dn. 9, 24-27).
La afirmación fundamental de la justicia
retributiva de Dios, que recompensa a los buenos y castiga a los malvados (Sal.
1, 1-6; 112, 1-10; Lev. 26, 3-33; etc.), choca con la experiencia inmediata que
frecuentemente no corresponde a aquella. La Escritura expresa entonces con vigor
el desacuerdo y la protesta (Sal. 44; Jb. 10, 1-7; 13, 3-28; 23,24)
y profundiza progresivamente el misterio (Sal. 37; Jb. 38,42;
Is. 53; Sab. 3,5).
2. Relaciones entre el Antiguo Testamento y
el Nuevo Testamento
Las relaciones intertextuales toman una
extrema densidad en los escritos del Nuevo Testamento, todos ellos tapizados de
alusiones al Antiguo Testamento y de citas explícitas. Los autores del Nuevo
Testamento reconocen al Antiguo Testamento valor de revelación divina. Proclaman
que la revelación ha encontrado su cumplimiento en la vida, la enseñanza y sobre
todo la muerte y resurrección de Jesús, fuente de perdón y vida eterna. "Cristo
murió por nuestros pecados según las Escrituras y fue sepultado; resucitó al
tercer día según las Escrituras y se apareció..." (1 Cor. 15, 3-5). Este es el
núcleo central de la predicación apostólica (1 Cor. 15, 11).
Como siempre, entre las Escrituras y los
acontecimientos que ls llevan a cumplimiento, las relaciones no son de simple
correspondencia material, sino de iluminación recíproca y de progreso
dialéctico: se constata a la vez, que las Escrituras revelan el sentido de los
acontecimientos y que los acontecimientos revelan el sentido de las Escrituras;
es decir, que obligan a renunciar a ciertos aspectos de la interpretación
recibida, para adoptar una interpretación nueva.
Desde el tiempo de su actividad pública,
Jesús había tomado una posición personal original, diferente de la
interpretación tradicional de su tiempo, la "de los escribas y fariseos" (Mt. 5,
20). Numerosos son los testimonios: las antítesis del Sermón de la montaña (Mt.
5, 21-48), la libertad soberana de Jesús en la observancia del sábado (Mc. 2,
27-28 y par.), su modo de relativizar los preceptos de pureza ritual (Mc. 7,
1-23, y par.), su exigencia radical, al contrario en otros campos (Mt. 10, 2-12
y par.; 10, 17-27 y par.) y sobre todo su actitud de acogida hacia los "publicanos
y pecadores" (Mc. 2, 15-17 y par.). Esto no era un capricho contestatario sino,
al contrario, fidelidad profunda a la voluntad de Dios expresada en la Escritura
(cfr. Mt. 5, 17; 9, 13; Mc. 7, 8-13 y par.; 10, 5-9 y par.).
La muerte y la resurrección de Jesús han
llevado al extremo la evolución comenzada, provocando, en algunos puntos, una
ruptura completa, al mismo tiempo que una apertura inesperada. La muerte del
Mesías, "rey de los judíos" (Mc. 15, 26 y par.), ha provocado una transformación
de la interpretación histórica de los salmos reales y de los oráculos
mesiánicos. Su resurrección y su glorificación celestial como Hijo de Dios han
dado a esos mismos textos una plenitud de sentido, antes inconcebible.
Expresiones que parecían hiperbólicas deben, a partir de ese momento, ser
tomadas literalmente. Ellas aparecen como preparadas por Dios para expresar la
gloria de Cristo Jesús, ya que Jesús es verdaderamente "Señor" (Sal. 110, 1), en
el sentido más fuerte del término (Hech. 2, 36; Flp. 2, 10-11; Heb. 1, 10-12).
El es el Hijo de Dios (Sal. 2, 7; Mc. 14, 62; Rom. 1, 3-4), Dios con Dios (Sal.
45, 7; Heb. 1, 8; Jn. 1, 1; 20, 28). "Su reino no tendrá fin" (Lc. 1, 32-33;
cfr. 1 Crón. 17, 11-14; Sal. 45, 7; Heb. 1, 8), y él es al mismo tiempo
"sacerdote eterno" (Sal. 110, 4; Heb. 5, 6-10; 7, 23-24).
A la luz del acontecimiento de la pascua, los
autores del Nuevo Testamento han releído el Antiguo Testamento. El Espíritu
Santo enviado por el Cristo glorificado (cfr. Jn. 15, 26; 16, 7) les ha hecho
descubrir el sentido espiritual. Han sido así llevados a afirmar, más que nunca,
el valor profético del Antiguo Testamento; pero, por otra parte, a relativizar
fuertemente su valor como institución salvífica. Este segundo punto de vista,
que aparece ya en los evangelios (cfr. Mt. 11, 11-13 y par.; 12, 41-42 y par.;
Jn. 4, 12-14; 5, 37; 6, 32), se manifiesta con todo su vigor en algunas cartas
paulinas, así como en la carta a los Hebreos. Pablo y el autor de la carta a los
Hebreos demuestran que la Torah, como revelación, anuncia ella misma su propio
fin como sistema legislativo (Gál. 2, 15;5, 1; Rom. 3,
20-21; 6, 14; Heb. 7, 11-19; 10, 8-9). Por ello, los paganos que se adhieren a
la fe en Cristo no deben ser sometidos a todos los preceptos de la legislación
bíblica, reducida ahora, como conjunto, a la institución legal de un pueblo
particular. Pero ellos deben, sí, nutrirse del Antiguo Testamento como palabra
de Dios, que les permite descubrir mejor todas las dimensiones del misterio
pascual del cual viven (cfr. Lc. 24, 25-27. 44-45; Rom. 1, 1-2).
Las relaciones entre el Nuevo y el Antiguo
Testamento en la Biblia cristiana no son, pues, simples. Cuando se trata de
utilizar textos particulares, los autores del Nuevo Testamento han recurrido
naturalmente a los conocimientos y procedimientos de interpretación de su época.
Sería un anacronismo exigir de ellos que estuvieran conformes a los métodos
científicos modernos. El exegeta debe más bien adquirir el conocimiento de los
procedimientos antiguos, para poder interpretar correctamente el uso que se hace
de ellos. Es verdad, por otra parte, que no se puede otorgar un valor absoluto a
lo que es conocimiento humano limitado.
Conviene finalmente añadir que en el Nuevo
Testamento, como ya en el Antiguo Testamento, se observa la yuxtaposición de
perspectivas diferentes, a veces en tensión unas con otras; por ejemplo sobre la
situación de Jesús (Jn. 8, 29; 16, 32 y Mc. 15, 34), o sobre el valor de la Ley
mosaica (Mt. 17-19 y Rom. 6, 14), o sobre la necesidad de las obras para la
justificación (Sant. 2, 24 y Rom. 3, 28; Ef. 2, 8-9). Una de las características
de la Biblia es precisamente la ausencia de un sistema, y por el contrario, la
presencia de tensiones dinámicas. La Biblia ha acogido varios modos de
interpretar los mismos acontecimientos o de pensar los mismos problemas. Ella
invita así a rechazar el simplismo y la estrechez de espíritu.
3. Algunas conclusiones
De cuanto se acaba de decir, se puede
concluir que la Biblia contiene numerosas indicaciones y sugestiones sobre el
arte de interpretarla. La Biblia es, ella misma, desde los comienzos,
interpretación. Sus textos han sido reconocidos por las comunidades de la
Antigua Alianza y del tiempo apostólico como expresiones válidas de su fe. Según
la interpretación de las comunidades y en unión con ellas, han sido reconocidos
como Sagrada Escritura (así, por ejemplo, el Cantar de los cantares ha sido
reconocido como Sagrada Escritura en cuanto se aplica a la relación entre Dios e
Israel). En el curso de la formación de la Biblia, los escritos que la componen
han sido, en numerosos casos, reelaborados y reinterpretados para responder a
situaciones nuevas, antes desconocidas.
El modo de interpretar los textos, que se
manifiesta en la Sagrada Escritura, sugiere las siguientes observaciones:
Puesto que la Sagrada Escritura se ha
constituido sobre la base del consenso de las comunidades creyentes, que han
reconocido en su texto la expresión de la fe revelada, su interpretación misma
debe ser, para la fe viviente de las comunidades eclesiales, fuente de consenso
sobre los puntos esenciales.
Puesto que la expresión de la fe, tal como se
encuentra en la Sagrada Escritura reconocida por todos, se ha renovado
continuamente para enfrentar situaciones nuevas (lo cual explica las
"relecturas" de numerosos textos bíblicos), la interpretación de la Biblia debe
tener igualmente un aspecto de creatividad y afrontar las cuestiones nuevas,
para responder a ellas a partir de la Biblia.
Puesto que los textos de la Sagrada Escritura
tienen a veces tensiones entre ellos, la interpretación debe necesariamente ser
plural. Ninguna interpretación particular puede agotar el sentido del conjunto,
que es una sinfonía a varias voces. La interpretación de un texto particular
debe, pues, evitar la exclusividad.
La Sagrada Escritura está en diálogo con las
comunidades creyentes, porque ha surgido de sus tradiciones de fe. Sus textos se
han desarrollado en relación con esas tradiciones y han contribuido,
recíprocamente, a su desarrollo. La interpretación de la Escritura se debe
hacer, pues, en el seno de la Iglesia en su pluralidad y su unidad, y en la
tradición de fe.
Las tradiciones de fe forman el medio vital
en el cual se ha insertado la actividad literaria de los autores de la Sagrada
Escritura. Esta inserción comprendía también la participación en la vida
litúrgica y en la actividad exterior de las comunidades, en su mundo espiritual,
su cultura, y en las peripecias de su destino histórico. La interpretación de la
Sagrada Escritura exige, pues, de manera semejante, la participación de los
exegetas en toda la vida y la fe de la comunidad creyente de su tiempo.
El diálogo con la Sagrada Escritura en su
conjunto, y por tanto con la comprensión de la fe propia de épocas anteriores,
se acompaña necesariamente con un diálogo con la
generación presente. Esto implica establecer una relación de continuidad, pero
también constatar las diferencias. La interpretación de la Escritura comporta,
por tanto, un trabajo de verificación y de selección: está en continuidad con
las tradiciones exegéticas anteriores, de las cuales conserva y vuelve a emplear
muchos elementos, pero sobre otros puntos se distancia de ellas para poder
progresar.
B. LA
INTERPRETACIÓN EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA
La Iglesia, pueblo de Dios, tiene conciencia
de ser ayudada por el Espíritu Santo en su comprensión e interpretación de las
Escrituras. Los primeros discípulos de Jesús sabían que no estaban en grado de
comprender inmediatamente, en todos sus aspectos, la plenitud que habían
recibido. Experimentaban, en su vida de comunidad vivida con perseverancia, una
profundización y una explicitación progresiva de la revelación recibida.
Reconocían en esto la influencia y la acción del "Espíritu de verdad" que el
Cristo les había prometido para guiarlos hacia la plenitud de la verdad (Jn. 16,
12-13). La Iglesia continúa su camino del mismo modo, sostenida por la promesa
de Cristo: "el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre,
os enseñará todas las cosas y os hará recordar todo lo que yo os había dicho"
(Jn. 14, 26).
1. Formación del canon
Guiada por el Espíritu Santo y a la luz de la
Tradición viviente que ha recibido, la Iglesia ha discernido los escritos que
deben ser conservados como Sagrada Escritura en el sentido que "habiendo sido
escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, han
sido trasmitidos como tales a la Iglesia" (Dei Verbum, 11) y contienen "la
verdad que Dios ha querido consignar en las sagradas letras para nuestra
salvación" (ibíd.).
El discernimiento del "canon" de la Sagrada
Escritura ha sido el punto de llegada de un largo proceso. Las comunidades de la
Antigua Alianza (a partir de grupos particulares como los círculos proféticos o
el ambiente sacerdotal, hasta el conjunto del pueblo) han reconocido en un
cierto número de textos la palabra de Dios que suscitaba su fe y los guiaba en
la vida. Ellas han recibido esos textos como un patrimonio que debía ser
conservado y trasmitido. Así, los textos han dejado de ser simplemente la
expresión de la inspiración de autores particulares; se han convertido en
propiedad común del pueblo de Dios. El Nuevo Testamento testimonia su veneración
por esos textos sagrados, que él recibe como una preciosa herencia trasmitida
por el pueblo judío. Los considera "Sagradas Escrituras" (Rom. 1, 2),
"inspiradas" por el Espíritu de Dios (2 Tim. 3, 16; cfr. 2 Ped. 1, 20-21), que
"no pueden ser abolidas" (Jn. 10, 35).
A estos textos que forman "el Antiguo
Testamento" (cfr. 2 Cor. 3, 14), la Iglesia ha unido estrechamente los escritos
donde ella ha reconocido, por una parte, el testimonio auténtico, proveniente de
los apóstoles (cfr. Lc. 1, 2; 1 Jn. 1, 1-3) y garantizados por el Espíritu Santo
(cfr. 1 Ped. 1, 12), sobre "todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar" (Hech.
1, 1) y, por otra parte, las instrucciones dadas por los mismos apóstoles y por
otros discípulos para constituir la comunidad de los creyentes. Esta doble serie
de escritos ha recibido, seguidamente, el nombre de "Nuevo Testamento".
En este proceso, numerosos factores han
jugado un papel: la certeza de que Jesús (y los
apóstoles con él) habían reconocido el Antiguo
Testamento como Escritura inspirada, y de que el misterio pascual constituía su
cumplimiento; la convicción de que los escritos del Nuevo Testamento provienen
auténticamente de la predicación apostólica (lo cual no implica que hayan sido
todos ellos compuestos por los apóstoles mismos); la constatación de su
conformidad con la regla de fe, y de su uso en la liturgia cristiana; en fin, la
de su acuerdo con la vida eclesial de las comunidades y de su capacidad de
nutrir esa vida.
Discerniendo el canon de las Escrituras, la
Iglesia discernía también y definía su propia identidad, de modo que las
Escrituras son, a partir de ese momento, un espejo en el cual la Iglesia puede
redescubrir constantemente su identidad, y verificar, siglo tras siglo, el modo
como ella responde sin cesar al evangelio, del cual se dispone a ser el medio de
trasmisión (Dei Verbum, 7). Esto confiere a los escritos canónicos un valor
salvífico y teológico completamente diferente del de otros textos antiguos. Si
estos últimos pueden arrojar mucha luz sobre los orígenes de la fe, no pueden
nunca sustituir la autoridad de los escritos considerados como canónicos, y por
tanto fundamentales para la comprensión de la fe cristiana.
2. Exégesis patrística
Desde los primeros tiempos, se ha comprendido
que el mismo Espíritu Santo, que ha impulsado a los autores del Nuevo Testamento
a poner por escrito el mensaje de salvación (Dei Verbum, 7; 18), asiste a la
Iglesia continuamente para interpretar los escritos inspirados (cfr. Ireneo,
Adv. Haer., 3. 24. 1; 4. 33. 8; Orígenes, De princ., 2. 7. 2; Tertuliano, De
Praescr., 22).
Los Padres de la Iglesia, que tienen un papel
particular en el proceso de formación del canon, tienen, de modo semejante, un
papel fundador en relación a la tradición viva, que sin cesar acompaña y guía la
lectura y la interpretación que la Iglesia hace de las Escrituras (cfr.
Providentissimus Deus, Enchiridion Biblicum, 110-111; Divino afflante Spiritu,
28-30, Enchiridion Biblicum, 554; Dei Verbum, 23; PCB, Instr. de Evang. histor.,
1). En el curso de la gran Tradición, la contribución particular de la exégesis
patrística consiste en esto: ella ha sacado del conjunto de la Escritura las
orientaciones de base que han dado forma a la tradición doctrinal de la Iglesia,
y ha proporcionado una rica enseñanza teológica para la instrucción y la
alimentación espiritual de los fieles.
En los Padres de la Iglesia, la lectura de la
Escritura y su interpretación ocupan un lugar considerable. Lo testimonian
primeramente las obras directamente ligadas a la comprensión de las Escrituras,
es decir, las homilías y los comentarios, pero también las obras de controversia
y teología, donde la referencia a la Escritura sirve como argumento principal.
El lugar habitual de la lectura bíblica es la
Iglesia, durante la liturgia. Por eso, la interpretación propuesta es siempre de
naturaleza teológica, pastoral y teologal, al servicio de las comunidades y de
cada uno de los fieles.
Los Padres consideran la Biblia ante todo
como el libro de Dios, obra única de un único autor. No reducen, sin embargo, a
los autores humanos a meros instrumentos pasivos, y saben asignar a tal o cual
libro, tomado individualmente, una finalidad particular. Pero su tipo de
acercamiento no concede sino ligera atención al desarrollo histórico de la
revelación. Numerosos Padres de la Iglesia presentan el Logos, Verbo de Dios,
como autor del Antiguo Testamento y afirman así que toda la Escritura tiene un
alcance cristológico.
Salvo algunos exegetas de la Escuela
Antioquena (Teodoro de Mopsuestia en particular), los Padres se sienten
autorizados a tomar una frase fuera de su contexto para reconocer allí una
verdad revelada por Dios. En la apologética, frente a los judíos, o en la
controversia dogmática con otras teologías, no dudan en apoyarse sobre
interpretaciones de este tipo.
Preocupados sobre todo por vivir de la Biblia
en comunión con sus hermanos, los Padres se contentan frecuentemente con
utilizar los textos bíblicos corrientes en su ambiente. Orígenes se interesa
metódicamente por la Biblia hebrea, sobre todo animado por la preocupación de
argumentar frente a los judíos a partir de textos aceptables para ellos. San
Jerónimo resulta una excepción cuando exalta la hebraica veritas.
Los Padres practican de modo más o menos
frecuente el método alegórico para disipar el escándalo que podrían sentir
algunos cristianos y los adversarios paganos del cristianismo, frente a tal o
cual pasaje de la Biblia. Pero la literalidad y la historicidad de los textos
son raramente anuladas. El recurso de los Padres a la alegoría supera
generalmente el fenómeno de una adaptación al método alegórico de los autores
paganos.
El recurso a la alegoría deriva también de la
convicción de que la Biblia, libro de Dios, ha sido dado por él a su pueblo, la
Iglesia. En principio nada se debe dejar de lado, como fuera de uso o
definitivamente caduco. Dios dirige a su pueblo cristiano un mensaje siempre
actual. En sus explicaciones de la Biblia, los Padres mezclan y entrecruzan las
interpretaciones tipológicas y alegóricas de un modo difícilmente discernible,
siempre con una finalidad pastoral y pedagógica. Cuanto ha sido escrito, lo ha
sido para nuestra instrucción (cfr. 1 Cor. 10, 11).
Persuadidos de que se trata del libro de
Dios, el cual es, por tanto, inagotable, los Padres creen poder interpretar tal
pasaje según tal esquema alegórico, pero consideran que cada uno queda libre de
proponer otra cosa, mientras respete la analogía de la fe.
La interpretación alegórica de las Escrituras
que caracteriza la exégesis patrística, puede desorientar al hombre moderno.
Pero la experiencia de Iglesia que refleja esta exégesis, ofrece una
contribución siempre útil (cfr. Divino afflante Spiritu, 31-32; Dei Verbum, 23).
Los Padres enseñan a leer teológicamente la Biblia en el seno de una tradición
viva, con un auténtico espíritu cristiano.
3. Papel de los diferentes miembros de la
Iglesia en la interpretación
Las Escrituras dadas a la Iglesia son el
tesoro común del cuerpo completo de los creyentes: "La Sagrada Tradición y la
Sagrada Escritura constituyen un sólo depósito sagrado de la palabra de Dios,
encomendado a la Iglesia, al que se adhiere todo el pueblo santo unido a sus
pastores, y así persevera constantemente en la doctrina de los apóstoles..." (Dei
Verbum, 10; cfr. también 21). La familiaridad de los fieles con el texto de las
Escrituras ha sido más notable en unas épocas de la historia de la Iglesia que
en otras. Pero las Escrituras han ocupado una posición de primer plano en todos
los momentos importantes de renovación en la vida de la Iglesia, desde el
movimiento monástico de los primeros siglos hasta la época reciente del Concilio
Vaticano II.
Este mismo Concilio enseña que todos los
bautizados, cuando participan, en la fe de Cristo, en la celebración de la
eucaristía, reconocen la presencia de Cristo también en su palabra, "pues cuando
se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla" (Sacrosanctum
Concilium, 7). A este escuchar la palabra ellos aportan "el sentido sobrenatural
de la fe de todo el pueblo. (...) Con ese sentido de la fe, que el Espíritu de
verdad suscita y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del sagrado
magisterio, al que sigue fielmente, recibe, no ya la palabra de los hombres,
sino la verdadera palabra de Dios (cfr. 1 Tes. 2, 13); se adhiere
indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (cfr. Jds.
3), penetra más profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica con
mayor plenitud en la vida" (Lumen gentium, 12).
Así pues, todos los miembros de la Iglesia
tienen un papel en la interpretación de las escrituras. En el ejercicio de su
ministerio pastoral, los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, son los
primeros testigos y garantes de la tradición viva en la cual las Escrituras son
interpretadas en cada época. "Iluminados por el Espíritu de verdad, deben
conservar fielmente la palabra de Dios, explicarla, y difundirla por su
predicación" (Dei Verbum, 9; cfr. Lumen gentium, 25). En tanto que colaboradores
de los obispos, los sacerdotes tienen como primera obligación la proclamación de
la Palabra (Presbyterorum ordinis, 4). Están dotados de un carisma particular
para la interpretación de la Escritura, cuando trasmitiendo, no sus ideas
personales, sino la palabra de Dios, aplican la verdad eterna del evangelio a
las circunstancias concretas de la vida (ibíd). Corresponde a los sacerdotes y a
los diáconos, sobre todo cuando administran los sacramentos, poner de relieve la
unidad que forman Palabra y Sacramento en el ministerio de la Iglesia.
Como presidentes de la comunidad eucarística
y educadores de la fe, los ministros de la Palabra tienen como tarea principal,
no simplemente enseñar, sino ayudar a los fieles a comprender y discernir lo que
la palabra de Dios les dice al corazón cuando escuchan y meditan las Escrituras.
Así, el conjunto de la iglesia local, según el modelo de Israel, pueblo de Dios
(Ex. 9, 5-6), se convierte en una comunidad que sabe que Dios le habla (cfr. Jn.
6, 45), y se apresura a escuchar la Palabra con fe, amor y docilidad (Deut. 6,
4-6). Tales comunidades, que escuchan verdaderamente, se convierten en vigorosos
núcleos de evangelización y diálogo, así como de transformación social, a
condición de estar siempre unidos en la fe y en el amor de la totalidad de la
Iglesia (Evangelii nuntiandi, 57-58; CDF, Instrucción sobre la libertad
cristiana y la liberación, 69-70).
El espíritu también ha sido dado,
ciertamente, a los cristianos individualmente, de modo que pueden arder sus
corazones dentro de ellos (cfr. Lc. 24, 32), cuando oran y estudian en la
oración las Escrituras, en el contexto de su vida personal. Por ello, el
Concilio Vaticano II ha pedido con insistencia que el acceso a las Escrituras
sea facilitado de todos los modos posibles (Dei Verbum, 22; 25). Este tipo de
lectura, hay que notarlo, no es nunca completamente privado, ya que el creyente
lee e interpreta siempre la Escritura en la fe de la Iglesia y aporta a la
comunidad el fruto de su lectura, para enriquecer la fe común.
Toda la tradición bíblica, y de un modo más
particular, la enseñanza de Jesús en los evangelios, indican como oyentes
privilegiados de la palabra de Dios a aquéllos que el mundo considera como gente
de humilde condición. Jesús ha reconocido que las cosas ocultas a los sabios y
prudentes han sido reveladas a los simples (Mt. 11, 25; Lc. 10, 21) y que el
reino de Dios pertenece a aquellos que se asemejan a los niños (Mc. 10, 4 y
par.).
En la misma línea, Jesús ha proclamado:
"Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios" (Lc.
6, 20; cfr. Mt. 5, 3). Entre los signos de los tiempos mesiánicos se encuentra
la proclamación de la buena noticia a los pobres (Lc. 4, 18; 7, 22; Mt. 11, 5;
cfr. CDF, Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación, 47-48).
Aquellos que, en su desamparo y privación de recursos humanos, son llevados a
poner su única esperanza en Dios y su justicia, tienen una capacidad de escuchar
y de interpretar la palabra de Dios, que debe ser tomada en cuenta por el
conjunto de la Iglesia y exige también una respuesta a nivel social.
Reconociendo la diversidad de dones y de
funciones que el Espíritu pone al servicio de la comunidad, en particular el don
de enseñar (1 Cor. 12, 28-30; Rom. 12, 6-7; Ef. 4, 11-16), la Iglesia estima a
aquellos que manifiestan una capacidad particular de contribuir a la
construcción del cuerpo de Cristo por su competencia
en la interpretación de la Escritura (Divino afflante Spiritu, 46-48;
Enchiridion Biblicum, 564-565; Dei Verbum, 23; PCB, Instrucción sobre la
historicidad de los evangelios, Intr.). Aunque sus trabajos no siempre hayan
obtenido el apoyo que se les da hoy, los exegetas que ponen su saber al servicio
de la Iglesia, se encuentran situados en una rica tradición que se extiende
desde los primeros siglos, con Orígenes y Jerónimo, hasta los tiempos más
recientes, con el padre Lagrange y otros, y se prolonga hasta nuestros días. En
particular, la búsqueda del sentido literal de la Escritura, sobre el cual se
insiste tanto hoy, requiere los esfuerzos conjugados de aquellos que tienen
competencias en lenguas antiguas, en historia y cultura, crítica textual y
análisis de formas literarias, y que saben utilizar los métodos de la crítica
científica. Además de esta atención al texto en su contexto histórico original,
la Iglesia cuenta con exegetas, animados por el mismo Espíritu que ha inspirado
la Escritura, para asegurar que "un número tan grande como sea posible de
servidores de la palabra de Dios, esté en grado de procurar efectivamente al
pueblo de Dios el alimento de las Escrituras" (Divino afflante Spiritu, 24;
53-55; Enchiridion Biblicum, 551, 567; Dei Verbum, 23; Pablo VI, Sedula Cura
[1971]). Es motivo de satisfacción ver el número creciente de mujeres exegetas,
que contribuyen a la interpretación de la Escritura, con puntos de vista
penetrantes y nuevos, y ponen de relieve aspectos que habían caído en el olvido.
Si las Escrituras, como se ha recordado
antes, son el bien de la Iglesia entera, y forman parte de la "herencia de la
fe", que todos, pastores y fieles, "conservan, profesan y ponen en práctica con
un esfuerzo común", continúa siendo verdad que "la función de interpretar
auténticamente la palabra de Dios, trasmitida por la Escritura o por la
Tradición, sólo ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya
autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo" (Dei Verbum, 10). Así, pues, en
último término, es el Magisterio quien tiene la misión de garantizar la
auténtica interpretación, y de indicar, cuando sea necesario, que tal o cual
interpretación particular es incompatible con el evangelio auténtico. Esta
misión se ejerce en el interior de la koinonía del Cuerpo, expresando
oficialmente la fe de la Iglesia para servir a la Iglesia. El Magisterio
consulta para ello a los teólogos, los exegetas y otros expertos, de los cuales
reconoce la legítima libertad y con quienes queda ligado por una recíproca
relación en la finalidad de "conservar al pueblo de Dios en la verdad que hace
libres" (CDF, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, 21).
C. LA TAREA DEL EXEGETA
La tarea de los exegetas católicos comporta
varios aspectos. Es una tarea de Iglesia, que consiste en estudiar y explicar la
Sagrada Escritura para poner sus riquezas a la disposición de pastores y fieles.
Pero es al mismo tiempo un tarea científica, que pone al exegeta católico en
relación con sus colegas no católicos y con diversos sectores de la
investigación científica. Esta tarea comprende a la vez el trabajo de
investigación y el de enseñanza. Uno y otro desembocan habitualmente en
publicaciones.
1. Orientaciones principales
Aplicándose a su tarea, los exegetas
católicos deben considerar seriamente el carácter histórico de la revelación
bíblica, ya que ambos Testamentos expresan en palabras humanas, que llevan la
marca de su tiempo, la revelación histórica que Dios ha hecho, por diferentes
medios, de sí mismo y de su designio de salvación. En consecuencia, los exegetas
deben servirse del método histórico-crítico, sin atribuirle, sin embargo, la
exclusividad. Todos los métodos pertinentes de interpretación de los textos
están capacitados para contribuir a la exégesis de la Biblia.
En su trabajo, los exegetas católicos no
deben jamás olvidar que ellos interpretan la palabra de Dios. Su tarea común no
está terminada cuando han distinguido fuentes, definido las formas o explicado
los procedimientos literarios, sino solamente cuando han iluminado el sentido
del texto bíblico como actual palabra de Dios. Para alcanzar esta finalidad,
deben tomar en consideración las diversas perspectivas hermenéuticas que ayudan
a percibir la actualidad del mensaje bíblico y le permiten responder a las
necesidades de los lectores modernos de las Escrituras.
Los exegetas tienen que explicar también el
alcance cristológico, canónico y eclesial de los escritos bíblicos.
El alcance cristológico de los textos
bíblicos no es siempre evidente; se debe sacar a la luz cada vez que es posible.
Aunque Cristo haya establecido la Nueva Alianza en su sangre, los libros de la
primera Alianza no han perdido su valor. Asumidos en la proclamación del
evangelio, adquieren y manifiestan su plena significación en el "misterio de
Cristo" (Ef. 3, 4), del cual aclaran los múltiples aspectos, al mismo tiempo que
son iluminados por él. Estos libros, en efecto, preparan al pueblo de Dios a su
venida (cfr. Dei Verbum, 14-16).
Aunque cada libro de la Biblia haya sido
escrito con una finalidad diferente y tenga su significado específico, todos son
portadores de un sentido ulterior cuando se vuelven parte del conjunto canónico.
La tarea de los exegetas incluye, pues, la explicación de la afirmación
agustiniana: "Novum Testamentum in Vetere latet, et in Novo Vetus patet" (cfr.
san Agustín, Quest. in Hept., 2, 73, CSEL 28, III, 3, p. 141).
Los exegetas deben también explicar la
relación que existe entre la Biblia y la Iglesia. La Biblia ha llegado a la
existencia en las comunidades creyentes. Ella expresa la fe de Israel; luego,
las de las primeras comunidades cristianas. Unida a la tradición viva, que la
precede, la acompaña y la nutre (cfr. Dei Verbum, 21) es el medio privilegiado
del cual Dios se sirve para guiar, aún hoy, la construcción y el crecimiento de
la Iglesia, en cuanto pueblo de Dios. Inseparable de la dimensión eclesial es la
apertura ecuménica.
Puesto que la Biblia expresa la salvación
ofrecida por Dios a todos los hombres, la tarea de los exegetas católicos
comporta una dimensión universal, que requiere una atención a las otras
religiones y a las expectativas del mundo actual.
2. Investigación
La tarea exegética es demasiado vasta como
para poder ser realizada adecuadamente por un solo individuo. Se impone una
división del trabajo, especialmente para la investigación, que requiere
especialistas en diferentes dominios. Los posibles inconvenientes de la
especialización se evitarán gracias a esfuerzos interdisciplinares.
Es muy importante, para el bien de toda la
Iglesia y para su influencia en el mundo moderno, que un número suficiente de
personas bien formadas estén consagradas a la investigación en diferentes
sectores de la ciencia exegética. Preocupados por las necesidades más inmediatas
del ministerio, los obispos y superiores religiosos están tentados,
frecuentemente, de no tomar suficientemente en serio la responsabilidad que les
toca de proveer a esta necesidad fundamental. Una carencia en esta materia
expone la Iglesia a graves inconvenientes, ya que los pastores y los fieles
corren el riesgo de quedar a merced de una ciencia exegética extraña a la
Iglesia, y privada de relaciones con la vida de fe. Declarando que "el estudio
de la Sagrada Escritura" debe ser como el "alma de la teología" (Dei Verbu, 24),
el Concilio Vaticano II ha mostrado toda la importancia de la investigación
exegética. Al mismo tiempo ha recordado implícitamente a los exegetas católicos
que sus investigaciones tienen una relación esencial con la teología, de lo cual
deben mostrarse conscientes.
3. Enseñanza
La declaración del Concilio hace comprender
el papel fundamental que corresponde a la enseñanza de la exégesis en las
facultades de teología, los seminarios y los escolasticados. Es obvio que el
nivel de estudio en tales instituciones no puede ser uniforme. Es deseable que
la enseñanza de la exégesis sea impartida por hombres y mujeres. Tal enseñanza
tendrá una orientación más técnica en las facultades, más directamente pastoral
en los seminarios. Pero no podrá jamás carecer de una seria dimensión
intelectual. Proceder de otro modo sería falta de respeto hacia la palabra de
Dios.
Los profesores de exégesis deben comunicar a
los estudiantes una profunda estima por la Sagrada Escritura, mostrando cómo
ella merece un estudio atento y objetivo, que permita apreciar mejor su valor
literario, histórico, social y teológico. No pueden contentarse con trasmitir
una serie de conocimientos que los estudiantes registran pasivamente, sino que
deben introducir a los métodos exegéticos, explicando sus operaciones
principales, para hacer a los estudiantes capaces de un juicio personal. Dado el
limitado tiempo de que se dispone, conviene utilizar alternativamente dos modos
de enseñar: por una parte, exposiciones sintéticas, que introducen al estudio de
libros bíblicos completos y no dejan de lado ningún sector importante del
Antiguo o del Nuevo Testamento. Por otra, análisis más profundo de algunos
textos bien escogidos, que sean al mismo tiempo una iniciación a la práctica de
la exégesis. En uno y otro caso, hay que evitar ser unilateral, es decir, no
limitarse ni a un comentario espiritual desprovisto de base histórico-crítica,
ni a un comentario histórico-crítico desprovisto del contenido doctrinal y
espiritual (cfr. Divino afflante Spiritu, EB, 551-552; PCB, De Sacra Scriptura
recte docenda, EB. 598). La enseñanza debe mostrar a la vez el enraizamiento
histórico de los escritos bíblicos, su aspecto de palabra personal del Padre
celestial que se dirige con amor a sus hijos (cfr. Dei Verbum, 21) y su papel
indispensable en el ministerio pastoral (cfr. 2 Tim. 3, 16).
4. Publicaciones
Como fruto de la investigación y complemento
de la enseñanza, las publicaciones tienen una función muy importante para el
progreso y la difusión de la exégesis. En nuestros días, la publicación no se
realiza solamente por los textos impresos, sino también por otros medios más
rápidos y potentes (radio, televisión, técnicas electrónicas), de los cuales
conviene aprender a servirse.
Las publicaciones de alto nivel científico
son el instrumento principal de diálogo, de discusión y de cooperación entre los
investigadores. Gracias a ellas, la exégesis católica puede mantenerse en
relación con otros ambientes de la investigación exegética, así como con el
mundo científico en general.
Hay otras publicaciones que proporcionan
grandes servicios a breve plazo, adaptándose a diferentes categorías de
lectores, desde el público cultivado hasta los niños del catecismo, pasando por
los grupos bíblicos, los movimientos apostólicos y las congregaciones
religiosas. Los exegetas dotados para la divulgación hacen una obra
extremadamente útil y fecunda, indispensable para asegurar a los estudios
exegéticos el influjo que deben tener. En este sector, la necesidad de la
actualización bíblica se hace sentir de modo apremiante. Esto requiere que los
exegetas tomen en consideración las legítimas exigencias de las personas
instruidas y cultivadas de nuestro tiempo y distingan claramente, pensando en
ellas, lo que debe ser considerado como detalle secundario, condicionado por la
época, lo que se debe interpretar como lenguaje mítico, y lo que hay que
apreciar como sentido propio, histórico e inspirado. Los escritos bíblicos no
han sido compuestos en lenguaje moderno, ni en estilo del siglo XX. Las formas
de expresión y los géneros literarios que utilizan en su texto hebreo, arameo o
griego, deben ser hechos inteligibles a los hombres y mujeres de hoy, que, de
otro modo, estarían tentados o a desinteresarse de la Biblia, o a interpretarla
de modo simplista, literalista o fantasioso.
En toda la diversidad de sus tareas, el
exegeta católico no tiene otra finalidad que el servicio de la palabra de Dios.
Su ambición no es sustituir los textos bíblicos con el resultado de su trabajo,
se trate de la reconstrucción de documentos antiguos utilizados por los autores
inspirados, o de una presentación moderna de las últimas conclusiones de la
ciencia exegética. Su ambición es, al contrario, poner más a la luz los textos
bíblicos mismos, ayudando a apreciarlos mejor y a comprenderlos con mayor
exactitud histórica y profundidad espiritual.
D. RELACIONES CON
LAS OTRAS DISCIPLINAS TEOLÓGICAS
Siendo ella misma una disciplina teológica, "fides
quaerens intellectum", la exégesis mantiene relaciones estrechas y complejas con
las otras disciplinas teológicas. Por una parte, la teología sistemática tiene
un influjo sobre la precomprensión, con la cual los exegetas abordan los textos
bíblicos. Pero por otra, la exégesis proporciona a las otras disciplinas
teológicas datos que son fundamentales para éstas. Relaciones de diálogo se
establecen, pues, entre la exégesis y las otras disciplinas teológicas, en el
mutuo respeto de su especificidad.
1. Teología y precomprensión de los textos
bíblicos
Cuando abordan los textos bíblicos, los
exegetas necesariamente tienen una precomprensión. En el caso de la exégesis
católica, se trata de una precomprensión basada sobre certezas de fe: la Biblia
es un texto inspirado por Dios y confiado a la Iglesia para suscitar la fe y
guiar la vida cristiana. Estas certezas de fe no llegan a los exegetas en estado
bruto, sino después de haber sido elaboradas en la comunidad eclesial por la
reflexión teológica. Los exegetas están, pues, orientados en su investigación
por la reflexión dogmática sobre la inspiración de la Escritura y sobre la
función de ésta en la vida eclesial.
Pero, recíprocamente, el trabajo de los
exegetas sobre los textos inspirados les proporciona una experiencia que los
teólogos deben tener en cuenta para esclarecer la teología de la inspiración y
de la interpretación eclesial de la Biblia. La exégesis suscita, en particular,
una conciencia más viva y más precisa del carácter histórico de la inspiración
bíblica. Muestra que el proceso de inspiración es histórico, no solamente porque
ha ocurrido en el curso de la historia de Israel y de la Iglesia primitiva, sino
también porque se ha realizado por la mediación de personas humanas marcadas
cada una por su época y que, bajo la guía del Espíritu, han jugado un papel
activo en la vida del pueblo de Dios.
Por lo demás, la afirmación teológica de la
relación estrecha entre Escritura inspirada y Tradición de la Iglesia, es
confirmada y precisada gracias al desarrollo de los estudios exegéticos, que
lleva a los exegetas a otorgar una creciente atención al influjo sobre los
textos del medio vital en el cual se han formado ("Sitz im Leben").
2. Exégesis y
teología dogmática
Sin ser el único locus theologicus, la
Sagrada Escritura constituye la base privilegiada de los estudios teológicos.
Para interpretar la Escritura con exactitud científica y precisión, los teólogos
tienen necesidad del trabajo de los exegetas. Por su parte, los exegetas deben
orientar sus investigaciones de tal modo que "el estudio de la Sagrada
Escritura" pueda efectivamente ser como "el alma de la teología" (Dei Verbum,
24). Con esta finalidad, es necesario que concedan una particular atención al
contenido religioso de los escritos bíblicos.
Los exegetas pueden ayudar a los teólogos a
evitar dos extremos: por una parte el dualismo, que separa completamente una
verdad doctrinal de su expresión lingüística, considerada como no importante; y
por otra el fundamentalismo, que confundiendo lo humano y lo divino, considera
como verdad revelada aun los aspectos contingentes de las expresiones humanas.
Para evitar ambos extremos, es necesario
distinguir sin separar, y aceptar una tensión persistente. La palabra de Dios se
expresa en las obras de autores humanos. Pensamiento y palabra son al mismo
tiempo de Dios y del hombre, de modo que todo en la Biblia viene a la vez de
Dios y del autor inspirado. No se sigue de ello, sin embargo, que Dios haya dado
un valor absoluto al condicionamiento histórico de su mensaje. Este es
susceptible de ser interpretado y actualizado, es decir, de ser separado, al
menos parcialmente, de su condicionamiento histórico pasado para ser
trasplantado al condicionamiento histórico presente. El exegeta establece las
bases de esta operación, que el teólogo continúa, tomando en consideración los
otros loci theologici que contribuyen al desarrollo del dogma.
3. Exégesis y teología moral
Análogas observaciones se pueden hacer sobre
la relación entre exégesis y teología moral. A los relatos que se refieren a la
historia de salvación, la Biblia une estrechamente múltiples instrucciones sobre
la conducta que se debe observar: mandamientos, prohibiciones, prescripciones
jurídicas, exhortaciones e invectivas proféticas, consejos sapienciales. Una de
las tareas de la exégesis consiste en precisar el alcance de este abundante
material y en preparar así el trabajo de los moralistas.
Esta tarea no es simple, ya que con
frecuencia los textos bíblicos no se preocupan de distinguir los preceptos
morales universales de las prescripciones de pureza ritual o de reglas jurídicas
particulares. Todo se encuentra junto. Por otra parte, la Biblia refleja una
evolución moral considerable, que encuentra su perfeccionamiento en el Nuevo
Testamento. No basta, pues, que una cierta posición en materia de moral esté
testimoniada en el Antiguo Testamento (por ejemplo, la práctica de la esclavitud
o del divorcio, o la de exterminación en caso de guerra), para que esta posición
continúe siendo válida. Se debe efectuar un discernimiento, que tenga en cuenta
el necesario progreso de la conciencia moral. Los escritos del antiguo
Testamento contienen elementos "imperfectos y caducos" (Dei Verbum, 15), que la
pedagogía divina no podía eliminar desde el comienzo. El Nuevo Testamento mismo
no es fácil de interpretar en el dominio de la moral, porque se expresa con
frecuencia en imágenes o paradojas, o inclusive en modo provocatorio, y en él la
relación de los cristianos con la ley judía es objeto de ásperas controversias.
Los moralistas tienen, pues, el derecho de
presentar a los exegetas muchas cuestiones importantes, que estimulen sus
investigaciones. En más de un caso, la respuesta podrá ser que ningún texto
bíblico trata explícitamente el problema presentado. Pero aun entonces, el
testimonio de la Biblia, comprendido en su vigoroso dinamismo de conjunto, no
puede dejar de ayudar a definir una orientación fecunda. Sobre los puntos más
importantes, la moral del Decálogo continúa siendo fundamental. El Antiguo
Testamento contiene ya los principios y los valores que guían un actuar
plenamente conforme a la dignidad de la persona humana, creada "a la imagen de
Dios" (Gn. 1, 27). El Nuevo Testamento ilumina esos principios y valores por la
revelación del amor de Dios en Cristo.
4. Puntos de vista diferentes e interacción
necesaria
En su documento de 1988 sobre la
interpretación de los dogmas, la Comisión Teológica Internacional ha recordado
que, en los tiempos modernos, se ha creado un conflicto entre la exégesis y la
teología dogmática. Después observa los aportes positivos de la exégesis moderna
a la teología sistemática (La interpretación de los dogmas, 1988, C. I, 2). Para
mayor precisión, es útil añadir que el conflicto ha sido provocado por la
exégesis liberal. Entre la exégesis católica y la teología dogmática, no ha
habido un conflicto generalizado, sino solamente momentos de fuerte tensión. Es
verdad, sin embargo, que la tensión puede degenerar en conflicto, si de una y
otra parte se hacen más rígidas las legítimas diferencias de puntos de vista,
hasta transformarlas en oposiciones irreductibles.
Los puntos de vista, en efecto, son
diferentes, y deben serlo. La tarea primera de la exégesis es discernir con
precisión los sentidos de los textos bíblicos en su contexto propio; es decir,
primero en su contexto literario e histórico particular, y luego en el contexto
del canon de las Escrituras. Al realizar esta tarea, el exegeta pone a la luz el
sentido teológico de los textos, cuando éstos tienen un alcance de tal
naturaleza. Es así posible una continuidad entre la exégesis y la reflexión
teológica ulterior. Pero el punto de vista no es el mismo, porque la tarea del
exegeta es fundamentalmente histórica y descriptiva, y se limita a la
interpretación de la Biblia.
El teólogo dogmático realiza una tarea más
especulativa y sistemática. Por esta razón, no se interesa sino por algunos
textos y aspectos de la Biblia, y por lo demás, toma en consideración muchos
otros datos que no son bíblicos (escritos patrísticos,
definiciones conciliares, otros documentos del magisterio, liturgia),
así como sistemas filosóficos y la situación cultural, social y política
contemporánea. Su tarea no es simplemente interpretar la Biblia, sino intentar
una comprensión plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas sus
dimensiones, y especialmente en su relación decisiva con la existencia humana.
A causa de su orientación especulativa y
sistemática, la teología ha cedido con frecuencia a la tentación de considerar
la Biblia como un depósito de dicta probantia, destinados a confirmar las tesis
doctrinales. En nuestros días, los teólogos dogmáticos han adquirido una más
viva conciencia de la importancia del contexto literario e histórico para la
correcta interpretación de textos antiguos, y recurren siempre más a la
colaboración de los exegetas.
Como palabra de Dios puesta por escrito, la
Biblia tiene una riqueza de significado que no puede ser completamente captado
en una teología sistemática ni quedar prisionero de ella. Una de las principales
funciones de la Biblia es lanzar serios desafíos a los sistemas teológicos y
recordarles continuamente la existencia de aspectos importantes de la divina
revelación y de la realidad humana, que a veces son olvidados o descuidados por
la reflexión sistemática. La renovación de la metodología exegética puede
contribuir a esta toma de conciencia.
Recíprocamente, la exégesis se debe dejar
iluminar por la investigación teológica. Esta la estimulará a presentar a los
textos cuestiones importantes y a descubrir mejor todo el alcance de su
fecundidad. El estudio científico de la Biblia no puede aislarse de la
investigación teológica, ni e la experiencia espiritual y del discernimiento de
la Iglesia. La exégesis produce sus mejores frutos, cuando se efectúa en el
contexto de la fe viva de la comunidad cristiana, orientada hacia la salvación
del mundo entero.
IV.
INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Aunque la interpretación de la Biblia sea
tarea particular de los exegetas, no les pertenece, sin embargo, como monopolio,
ya que comporta, en la Iglesia, aspectos que van más allá del análisis
científico de los textos. La Iglesia, en efecto, no considera la Biblia
simple-mente como un conjunto de documentos históricos concernientes a sus
orígenes. Ella la acoge como palabra de Dios que dirige a ella y al mundo
entero, en el tiempo presente.
Esta convicción de fe tiene como consecuencia
la práctica de la actualización y de la inculturación del mensaje bíblico, así
como los diversos modos de utilización de los textos inspirados, en la liturgia,
la "Lectio divina", el ministerio pastoral, y el movimiento ecuménico.
A. ACTUALIZACIÓN
Ya en la Biblia misma (como
hemos notado en el capítulo anterior) se puede
constatar la práctica de la actualización: textos más antiguos son releídos a la
luz de circunstancias nuevas y aplicados a la situación presente del pueblo de
Dios. Basada sobre estas mismas convicciones, la actualización continúa siendo
practicada necesariamente en las comunidades creyentes.
1. Principios
Los principios que fundan la práctica de la
actualización son los siguientes:
La actualización es posible, porque la
plenitud de sentido del texto bíblico le otorga valor para todas las épocas y
culturas (cfr. Is. 40, 8; 66, 18-21; Mt. 28, 19-20). El mensaje bíblico puede a
la vez relativizar y fecundar los sistemas de valores y las normas de
comportamiento de cada generación.
La actualización es necesaria porque, aunque
el mensaje de la Biblia tenga un valor duradero, sus textos han sido elaborados
en función de circunstancias pasadas y en un lenguaje condicionado por diversas
épocas. Para manifestar el alcance que ellos tienen para los hombres y las
mujeres de hoy, es necesario aplicar su mensaje a las circunstancias presentes y
expresarlo en un lenguaje adaptado a la época actual. Esto presupone un esfuerzo
hermenéutico que tiende a discernir a través del condicionamiento histórico los
puntos esenciales del mensaje.
La actualización debe tener constantemente en
cuenta las relaciones complejas que existen en la Biblia cristiana entre el
Nuevo Testamento y el Antiguo, ya que el Nuevo Testamento se presenta a la vez
como cumplimiento y superación del Antiguo. La actualización se efectúa en
conformidad con la unidad dinámica, así constituida.
La actualización se realiza gracias al
dinamismo de la tradición viviente de la comunidad de fe. Esta se sitúa
explícitamente en la prolongación de las comunidades donde la escritura ha
nacido, ha sido conservada y trasmitida. En la actualización, la tradición
cumple un doble papel: procura, por una parte, una protección contra las
interpretaciones aberrantes, y asegura, por otra, la trasmisión del dinamismo
original.
Actualización no significa, pues,
manipulación de los textos. No se trata de proyectar sobre los textos bíblicos
opiniones o ideologías nuevas, sino de buscar sinceramente la luz que contienen
para el tiempo presente. El texto de la Biblia tiene autoridad en todo tiempo
sobre la Iglesia cristiana; y aunque hayan pasado siglos desde el momento de su
composición, conserva su papel de guía privilegiado que no se puede manipular.
El magisterio de la Iglesia "no está por encima de la palabra de Dios, sino a su
servicio, no enseñando sino lo que fue trasmitido; por mandato de Dios, con la
asistencia del Espíritu Santo, la escucha con amor, la conserva santamente y la
explica fielmente" (Dei Verbum, 10).
2. Métodos
Partiendo de estos principios, se pueden
utilizar diversos métodos de actualización.
La actualización, practicada ya en la Biblia
misma, se ha continuado luego en la tradición judía por medio de procedimientos
que se pueden observar en los Targumim y Midrasim: búsqueda de pasajes paralelos
(gezerah shawah), modificación en la lectura del texto ('al tiqrey), adaptación
de un segundo sentido (tartey mishmà), etc.
Por su parte, los Padres de la Iglesia se han
servido de la tipología y de la alegoría para actualizar los textos bíblicos de
un modo adaptado a la situación de los cristianos de su tiempo.
En nuestra época, la actualización debe tener
en cuenta la evolución de las mentalidades y el progreso de los métodos de
interpretación.
La actualización presupone una exégesis
correcta del texto, que determina el sentido literal. Si la persona que
actualiza no tiene ella misma una formación exegética, debe recurrir a buenas
guías de lectura, que permiten orientar la interpretación.
Para llevar a cabo adecuadamente la
actualización, la interpretación de la Escritura por la Escritura es el método
más seguro y más fecundo, especialmente en el caso de textos del Antiguo
Testamento que son releídos en el Antiguo Testamento mismo (por ejemplo el maná
de Ex. 16 en Sab. 16, 20-29) y/o en el Nuevo Testamento (Jn. 6). La
actualización de un texto bíblico en la existencia cristiana no puede hacerse
correctamente sin establecer una relación con el misterio de Cristo y la
Iglesia. No sería normal, por ejemplo, proponer a cristianos, como modelos para
una lucha de liberación, únicamente episodios del Antiguo Testamento (Éxodo, 1y
2 Macabeos).
Inspirada por filosofías hermenéuticas, la
operación hermenéutica comporta luego tres etapas: 1) escuchar la Palabra a
partir de la situación presente; 2) discernir los aspectos de la situación
presente que el texto bíblico ilumina o pone en cuestión; 3) sacar de la
plenitud de sentido del texto bíblico los elementos que pueden hacer evolucionar
la situación presente de un modo fecundo, conforme a la voluntad salvífica de
Dios en Cristo.
Gracias a la actualización, la Biblia ilumina
múltiples problemas actuales, por ejemplo: la cuestión de los ministerios, la
dimensión comunitaria de la Iglesia, la opción preferencial por los pobres; la
teología de la liberación; la condición de la mujer. La actualización puede
también estar atenta a los valores cada vez más reconocidos por la conciencia
moderna, como los derechos de la persona, la protección de la vida humana, la
preservación de la naturaleza, la inspiración a la paz universal.
3. Límites
Para estar de acuerdo con la verdad salvífica
expresada en la Biblia, la actualización debe respetar ciertos límites y
abstenerse de posibles desviaciones.
Aunque toda lectura de la Biblia sea
forzosamente selectiva, se deben eliminar las lecturas tendenciosas, es decir,
aquéllas que, en lugar de ser dóciles al texto, no hacen sino utilizarlo con
fines estrechos (como es el caso de la actualización
hecha por sectas, por ejemplo la de los Testigos de Jehová).
La actualización pierde toda validez si se
basa sobre principios teóricos que están en desacuerdo con las orientaciones
fundamentales del texto de la Biblia mismo; como, por ejemplo, el racionalismo
opuesto a la fe o el materialismo ateo.
Es necesario proscribir también,
evidentemente, toda actualización orientada en un sentido contrario a la
justicia y a la caridad evangélicas, como las que querrían apoyar sobre textos
bíblicos la segregación racial, el antisemitismo o el sexismo, masculino o
femenino. Una atención especial es necesaria, según el espíritu del Concilio
Vaticano II (Nostra aetate, 4), para evitar absolutamente actualizar algunos
textos del Nuevo Testamento en un sentido que podría provocar o reforzar
actitudes desfavorables hacia los judíos. Los acontecimientos trágicos del
pasado, al contrario, deben ayudar a recordar sin cesar que, según el Nuevo
Testamento, los judíos siguen siendo "amados" por Dios, "ya que los dones y la
llamada de Dios son sin arrepentimiento" (Rom. 11, 28-29).
Las desviaciones serán evitadas, si la
actualización parte de una correcta interpretación del texto y se efectúa en la
corriente de la tradición viva, bajo la guía del Magisterio eclesial.
De todas maneras, los riesgos de desviación
no pueden constituir una objeción válida contra el cumplimiento de una tarea
necesaria: la de hacer llegar el mensaje de la Biblia a los oídos y al corazón
de nuestra generación.
B. INCULTURACIÓN
Al esfuerzo de actualización, que permite a
la Biblia continuar siendo fecunda a través de la diversidad de los tiempos,
corresponde el esfuerzo de inculturación, para la diversidad de lugares, que
asegura el enraizamiento del mensaje bíblico en los más diversos terrenos. Esta
diversidad no es, por lo demás, jamás completa. Toda cultura auténtica, en
efecto, es portadora, a su modo, de valores universales establecidos por Dios.
El fundamento teológico de la inculturación
es la convicción de fe, que la palabra de Dios trasciende las culturas en las
cuales se expresa, y tiene la capacidad de propagarse en otras culturas, de modo
que pueda llegar a todas las personas humanas en el contexto cultural donde
viven. Esta convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del Génesis
toma una orientación universal (Gn. 1, 27-28), la mantiene luego en la bendición
prometida a todos los pueblos gracias a Abraham y a su descendencia (Gn. 12, 3;
18, 18) y la confirma definitivamente extendiendo a "todas las naciones" la
evangelización cristiana (Mt. 28, 18-20; Rom. 4, 16-17; Ef. 3, 6).
La primera etapa de la inculturación consiste
en traducir en otra lengua la Escritura inspirada. Esta etapa ha sido franqueada
ya en tiempos del Antiguo Testamento, cuando se tradujo oralmente el texto
hebreo de la Biblia en arameo (Neh. 8, 8. 12) y más tarde, por escrito, en
griego. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple trascripción
del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un
cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los
símbolos es diferente, ya que ellos ponen en relación con otras tradiciones de
pensamiento y otras maneras de vivir.
Escrito en griego, el Nuevo Testamento está
marcado todo él por un dinamismo de inculturación, ya que traspone en la cultura
judío-helenística el mensaje palestino de Jesús, manifestando por ello mismo una
clara voluntad de superar los límites de un medio cultural único.
Aunque es una etapa fundamental, la
traducción de los textos bíblicos no basta, sin embargo, para asegurar una
verdadera inculturación. Esta se debe continuar,
gracias a una interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más
explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios
de la cultura local. De la interpretación se pasa en seguida a otras etapas de
inculturación, que llegan a la formación de una cultura local cristiana,
extendiéndose a todas las dimensiones de la existencia (oración, trabajo, vida
social, costumbres, legislación, ciencias y artes, reflexión filosófica y
teológica). La palabra de Dios es, en efecto, una semilla, que saca de la tierra
donde se encuentra los elementos útiles para su crecimiento y fecundidad (cfr.
Ad gentes, 22). En consecuencia, los cristianos deben procurar discernir "qué
riquezas, Dios, en su generosidad, ha dispensado a las naciones; deben al mismo
tiempo esforzarse por iluminar estas riquezas con la luz evangélica, por
liberarlas, y conducirlas bajo la autoridad de Dios Salvador" (Ad gentes, 11).
No se trata, ya se ve, de un proceso en un
sentido único, sino de una "mutua fecundación". Por una parte las riquezas
contenidas en las diversas culturas permiten a la palabra de Dios producir
nuevos frutos; y por otra, la luz de la palabra de Dios permite operar una
selección en lo que aportan las culturas, para rechazar los elementos dañosos y
favorecer el desarrollo de los elementos válidos. La completa fidelidad a la
persona de Cristo, al dinamismo de su misterio pascual, y a su amor por la
Iglesia, permite evitar dos soluciones falsas: la de la "adaptación" superficial
del mensaje, y la de la confusión sincretista (cfr. Ad gentes, 22).
En el Oriente y el Occidente cristianos, la
inculturación de la Biblia se ha efectuado desde los primeros siglos y ha
manifestado una gran fecundidad. Pero no se la puede considerar, sin embargo,
concluida. Hay que reanudarla constantemente, en relación con la continua
evolución de las culturas. En los países de evangelización más reciente, el
problema se presenta en términos diferentes. Los misioneros en efecto, aportan
inevitablemente la palabra de Dios bajo la forma en la cual se ha inculturado en
sus países de origen. Las nuevas Iglesias locales deben realizar grandes
esfuerzos para pasar de esta forma extranjera de inculturación de la Biblia a
otra forma, que corresponda a la cultura del propio país.
C. USO DE LA BIBLIA
1. En la liturgia
Desde los comienzos de la Iglesia, la lectura
de las Escrituras ha formado parte de la liturgia cristiana, parcialmente
heredera de la liturgia sinagogal. Hoy, todavía, es sobre todo en la liturgia
donde los cristianos entran en contacto con las Escrituras, en particular en
ocasión de la celebración eucarística dominical.
En principio, la liturgia, y especialmente la
liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre,
realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa
su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos al- rededor
de Cristo para aproximarse a Dios. Cristo está entonces "presente en su Palabra,
porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas a la
Iglesia" (Sacrosanctum Concilium, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez
más, palabra viva.
La reforma litúrgica decidida por el Concilio
Vaticano II se ha esforzado en presentar a los católicos un más rico alimento
bíblico. Los tres ciclos de lecturas de las misas dominicales otorgan un lugar
privilegiado a los evangelios, para poner a la luz el misterio de Cristo como
principio de nuestra salvación. Al poner en relación, regularmente, un texto del
Antiguo Testamento con el texto del evangelio, este ciclo sugiere frecuentemente
el camino tipológico para la interpretación de la
Escritura. Como se sabe, ésta no es la única lectura posible.
La homilía, que actualiza explícitamente la
palabra de Dios, forma parte de la liturgia. Volveremos a hablar de ella a
propósito del ministerio pastoral.
El leccionario surgido de las directivas del
Concilio (Sacrosanctum Concilium, 35), debía permitir una lectura de la Sagrada
Escritura "más abundante, más variada y más adaptada". En su estado actual, no
responde sino en parte a esta orientación. Sin embargo, su existencia ha tenido
felices efectos ecuménicos. En algunos países, ha permitido, además, medir la
falta de familiaridad de los católicos con la Escritura.
La liturgia de la palabra es un elemento
decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia. No consiste en una
simple sucesión de lecturas, sino que debe incluir igualmente tiempos de
silencio y de oración. Esta liturgia, en particular la Liturgia de las Horas,
acude como fuente al libro de los Salmos para hacer orar a la comunidad
cristiana. Himnos y oraciones están impregnados del lenguaje bíblico y de su
simbolismo. Esto sugiere la necesidad de que la participación en la liturgia
esté preparada y acompañada por una práctica de lectura de la Escritura.
Si en las lecturas "Dios dirige su palabra a
su pueblo" (Misal Romano, 33), la liturgia de la Palabra exige un gran cuidado,
tanto para la proclamación de las lecturas como para su interpretación. Es,
pues, deseable que la formación de futuros presidentes de asambleas y de
aquellos que los acompañan, tenga en cuenta las exigencias de una liturgia de la
palabra de Dios fuertemente renovada. Así, gracias a los esfuerzos de todos, la
Iglesia continuará la misión que le ha sido confiada, "de tomar el pan de vida
de la mesa de la palabra de Dios, como de la del cuerpo de Cristo, para
ofrecerlo a los fieles (Dei Verbum, 21).
2. La Lectio divina
La Lectio divina es una lectura, individual o
comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como
palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación,
oración y contemplación.
La preocupación de una lectura regular, más
aún, cotidiana, de la Escritura, corresponde a una antigua práctica en la
Iglesia. Como práctica colectiva, está testimoniada en el siglo III, en la época
de Orígenes. Este hacía la homilía a partir de un texto de la Escritura leído
cursivamente durante la semana. Había entonces asambleas cotidianas consagradas
a la lectura y a la explicación de la Escritura. Esta práctica, que fue
posteriormente abandonada, no tenía siempre un gran éxito entre los cristianos
(Orígenes, Hom. Gen. X, 1).
La Lectio divina como práctica sobre todo
individual está testimoniada en el ambiente monástico muy temprano. En el
período contemporáneo, una Instrucción de la Comisión Bíblica, aprobada por el
papa Pío XII, la ha recomendado a todos los clérigos, tanto seculares como
regulares (De Scriptura Sacra, 1950; Enchiridion Biblicum, 592). La insistencia
sobre la Lectio divina bajo este doble aspecto, individual y comunitario, ha
vuelto a ser actual. La finalidad pretendida es suscitar y alimentar un "amor
efectivo y constante" a la Sagrada Escritura, fuente de vida interior y de
fecundidad apostólica (Enchiridion Biblicum, 591 y 567), favorecer también una
mejor comprensión de la liturgia y asegurar a la Biblia un lugar más importante
en los estudios teológicos y en la oración.
La constitución conciliar Dei Verbum, 25
insiste igualmente sobre una lectura asidua de las Escrituras, para los
sacerdotes y los religiosos. Además (y es una novedad)
invita también "a todos los fieles de Cristo" a adquirir "por una lectura
frecuente de las escrituras divinas la 'eminente ciencia de Jesucristo' (Flp. 3,
8)". Diversos medios son propuestos. Junto a una lectura individual, se sugiere
una lectura en grupo. El texto conciliar subraya que la oración debe acompañar a
la lectura de la Escritura, ya que ella es la respuesta a la palabra de Dios
encontrada en la Escritura bajo la inspiración del Espíritu. En el pueblo
cristiano han surgido numerosas iniciativas para una lectura comunitaria. No se
puede sino animar este deseo de un mejor conocimiento de Dios y de su designio
de salvación en Jesucristo, a través de las Escrituras.
3. En el ministerio pastoral
Recomendado por Dei Verbum, 24, el recurso
frecuente a la Biblia en el ministerio pastoral toma diversas formas, siguiendo
el género de hermenéutica del cual se sirven los pastores y que pueden
comprender los fieles. Se pueden distinguir tres situaciones principales: la
catequesis, la predicación, y el apostolado bíblico. Numerosos factores
intervienen, en relación con el nivel general de vida cristiana.
La explicación de la palabra de Dios en la
catequesis (Sacrosanctum Concilium, 35; Direct. catec.
gen., 1971, 16), tiene como primera fuente la Sagrada
Escritura, que explicada en el contexto de la Tradición, proporciona el punto de
partida, el fundamento y la norma de la enseñanza catequística. La catequesis
debería introducir a una justa comprensión de la Biblia y a su lectura
fructuosa, que permite descubrir la verdad divina que contiene, y que suscita
una respuesta, la más generosa posible, al mensaje que Dios dirige por su
palabra a la humanidad.
La catequesis debe partir del contexto
histórico de la revelación divina, para presentar personajes y acontecimientos
del Antiguo y del Nuevo Testamento a la luz del designio de Dios.
Para pasar del texto bíblico a su
significación salvífica para el tiempo presente, se utilizan hermenéuticas
variadas, que inspiran diversos géneros de comentarios. La fecundidad de la
catequesis depende del valor de la hermenéutica empleada. Existe el peligro de
contentarse con un comentario superficial, que se queda en una consideración
cronológica de la sucesión de acontecimientos y de personajes de la Biblia.
La catequesis no puede, evidentemente,
explotar sino una pequeña parte de los textos bíblicos. En general, utiliza
sobre todo los relatos, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento e insiste
sobre el Decálogo. Pero debería emplear igualmente los oráculos de los profetas,
la enseñanza sapiencial, y los grandes discursos evangélicos, como el Sermón de
la montaña.
La presentación de los evangelios se debe
hacer de modo que provoque un encuentro con Cristo, que da la clave de toda la
revelación bíblica y trasmite la llamada de Dios, a la cual cada uno debe
responder. La palabra de los profetas y la de los "servidores de la Palabra"
(Lc. 1, 2) deben aparecer como dirigidas ahora a los cristianos.
Observaciones análogas se aplican al
ministerio de la predicación, que debe sacar de los textos antiguos un alimento
espiritual adaptado a las necesidades actuales de la comunidad cristiana.
Actualmente, este ministerio se ejerce sobre
todo por la homilía, que sigue a la proclamación de la palabra de Dios en la
celebración eucarística.
La explicación de los textos bíblicos durante
la homilía no puede entrar en muchos detalles. Conviene, pues, poner a la luz
los aportes principales de esos textos que sean más esclarecedores para la fe y
más estimulantes para el progreso de la vida cristiana, comunitaria o personal.
Presentados esos aportes, es necesario hacer obra de actualización e
inculturación, según cuanto ha sido dicho antes. Para esta finalidad, son
necesarios principios hermenéuticos válidos. Una falta de preparación en este
campo tiene como consecuencias la tentación de
renunciar a profundizar las lecturas bíblicas, contentándose con moralizar o
hablar de cuestiones actuales, sin iluminarlas con la palabra de Dios.
En diversos países, se han hecho
publicaciones con la colaboración de exegetas, para ayudar a los responsables
pastorales a interpretar correctamente las lecturas bíblicas de la liturgia y a
actualizarlas de manera válida. Es deseable que esfuerzos semejantes se
generalicen.
Seguramente se debería evitar una insistencia
unilateral sobre las obligaciones que se imponen a los creyentes. El mensaje
bíblico debe conservar su carácter principal de buena noticia de salvación
ofrecida por Dios. La predicación será más útil y conforme a la Biblia si ayuda
a los fieles, primero a "conocer el don de Dios" (Jn. 4, 10), tal como ha sido
revelado en la Escritura, y luego a comprender de modo positivo las exigencias
que de allí derivan.
El apostolado bíblico tiene como objetivo
hacer conocer la Biblia como palabra de Dios y fuente de vida. En primer lugar
favorece la traducción de la Biblia en las diversas lenguas y la difusión de
esas traducciones. Suscita y sostiene numerosas iniciativas: formación de grupos
bíblicos, conferencias sobre la Biblia, semanas bíblicas, publicación de
revistas y libros, etc.
Una importante contribución es la de
asociaciones y movimientos eclesiales que ponen en primer plano la lectura de la
Biblia en una perspectiva de fe y de compromiso cristiano. Numerosas
"comunidades de base" centran sobre la Biblia sus reuniones y se proponen un
triple objetivo: conocer la Biblia, construir la comunidad y servir al pueblo.
También aquí la ayuda de los exegetas es útil, para evitar actualizaciones mal
fundadas. Pero hay que alegrarse de ver que gente humilde y pobre, toma la
Biblia en sus manos y puede aportar a su interpretación y actualización una luz
más penetrante, desde el punto de vista espiritual y existencial, que la que viene
de una ciencia segura de sí misma (cfr. Mt. 11, 25).
La importancia siempre creciente de los
medios de comunicación de masa, diarios, radio, televisión, exige que el anuncio
de la palabra de Dios y el conocimiento de la Biblia sean propagados activamente
por estos medios. Las exigencias muy particulares de estos, y por otra parte, su
influjo sobre un vasto público, requieren para su utilización una preparación
específica, que permita evitar las improvisaciones penosas, así como los efectos
espectaculares de mal gusto.
Se trate de la catequesis, la predicación o
el apostolado bíblico, el texto de la Biblia debe ser presentado siempre con el
respeto que merece.
4. En el ecumenismo
Si el ecumenismo, en cuanto movimiento
específico y organizado, es relativamente reciente, la idea de la unidad del
pueblo de Dios, que este movimiento se propone restaurar, está profundamente
enraizada en la Escritura. Tal objetivo era la preocupación constante del Señor
(Jn. 10, 16; 17, 11. 20-23). Supone la unión de los cristianos en la fe, la
esperanza y la caridad (Ef. 4, 2-5), en el respeto mutuo (Flp. 2, 1-5) y la
solidaridad (1 Cor. 12, 14-27; Rom. 12, 4-5); pero también, y sobre todo, la
unión orgánica a Cristo, como los sarmientos con la vid (Jn. 15, 4-5), como los
miembros y la cabeza (Ef. 1, 22-23; 4, 12-16). Esta unión de-be ser perfecta, a
imagen de la del Padre y del Hijo (Jn. 17, 11. 22). La Escritura define su
fundamento teológico (Ef. 4, 4-6; Gál. 3, 27-28). La primera comunidad
apostólica es un modelo concreto y viviente (Hech. 2, 44; 4, 32).
La mayor parte de los problemas que afronta
el diálogo ecuménico tiene una relación con la interpretación de los textos
bíblicos. Algunos problemas son de orden teológico: la escatología, la
estructura de la Iglesia, el primado y la colegialidad, el matrimonio y el
divorcio, la concesión del sacerdocio ministerial a las mujeres, etc. Otros son
de orden canónico jurisdiccional: se refieren a la administración de la Iglesia
universal y de las Iglesias locales. Otros, en fin, son de orden estrictamente
bíblico: la lista de libros canónicos, ciertas cuestiones hermenéuticas, etc.
Aunque no pueda pretender resolver ella sola
todos esos problemas, la exégesis bíblica está llamada a contribuir al
ecumenismo con una importante ayuda. Progresos notables se han realizado ya.
Gracias a la adopción de los mismos métodos y de puntos de vista hermenéuticos
análogos, los exegetas de diversas confesiones cristianas llegan a una gran
convergencia en la interpretación de las Escrituras, como lo muestran el texto y
las notas de varias traducciones ecuménicas de la Biblia, así como otras
publicaciones.
Hay que reconocer, además, que sobre puntos
particulares, las divergencias de interpretación de las Escrituras son
frecuentemente estimulantes y pueden revelarse complementarias y enriquecedoras.
Tal es el caso, cuando expresan valores de tradiciones particulares de diversas
comunidades cristianas, y traducen así los múltiples aspectos del Misterio de
Cristo.
Puesto que la Biblia es la base común de la
regla de fe, el imperativo ecuménico comporta, para todos los cristianos, una
llamada apremiante a releer los textos inspirados en la docilidad al Espíritu
Santo, la caridad, la sinceridad y la humildad, a meditar esos textos y a vivir
de ellos, para llegar a la conversión del corazón y a la santidad de vida que,
unidas a la oración por la unidad de los cristianos, son el alma de todo
movimiento ecuménico (cfr. Unitatis redintegratio, 8). Habría que hacer
accesible, para esto, al mayor número posible de cristianos, la adquisición de
la Biblia, animar las traducciones ecuménicas (ya que
un texto común ayuda a una lectura y comprensión comunes),
promover grupos de oración ecuménicos, para contribuir, por un testimonio
auténtico y viviente, a la realización de la unidad en la diversidad (cfr. Rom.
12, 4-5).
CONCLUSIÓN
De cuanto ha sido dicho en el curso de esta
larga exposición (breve, sin embargo, sobre numerosos
puntos) la primera conclusión que se sigue es la que
la exégesis bíblica cumple, en la Iglesia y en el mundo una tarea indispensable.
Querer prescindir de ella para comprender la Biblia supondría una ilusión y
manifestaría una falta de respeto por la Escritura inspirada.
Pretendiendo reducir los exegetas al papel de
traductores (o ignorando que traducir la Biblia es ya hacer obra de exégesis) y
rehusando seguirlos más lejos en sus estudios, los fundamentalistas no se dan
cuenta de que, por una muy loable preocupación de completa fidelidad a la
palabra de Dios, se lanzan en realidad por caminos que los alejan del sentido
exacto de los textos bíblicos, así como de la plena aceptación de las
consecuencias de la encarnación. La Palabra eterna se ha encarnado en una época
precisa de la historia, en un medio social y cultural bien determinados. Quien
desea comprenderla, debe buscarla humildemente allí donde se ha hecho
perceptible, aceptando la ayuda necesaria del saber humano. Para hablar a
hombres y mujeres, desde el tiempo del Antiguo Testamento, Dios utilizó todas
las posibilidades del lenguaje humano; pero al mismo tiempo, debió someter su
palabra a todos los condicionamientos de este lenguaje. El verdadero respeto por
la Escritura inspirada exige que se cumplan los esfuerzos necesarios para que se
pueda captar bien su sentido. No es posible, ciertamente, que cada cristiano
haga personalmente las investigaciones de todo género que permiten comprender
mejor los textos bíblicos. Esta tarea es confiada a los exegetas, responsables,
en ese sector, del bien de todos.
Una segunda conclusión es que la naturaleza
misma de los textos bíblicos exige que, para interpretarlos, se continúe
empleando el método histórico-crítico, al menos en sus operaciones principales.
La Biblia, en efecto, no se presenta como una revelación directa de verdades
atemporales, sino como el testimonio escrito de una serie de intervenciones por
las cuales Dios se revela en la historia humana. A diferencia de doctrinas
sagradas de otras religiones, el mensaje bíblico está sólidamente enraizado en
la historia. Los escritos bíblicos no pueden, por tanto, ser correctamente
comprendidos sin un examen de sus condicionamientos históricos. Las
investigaciones "diacrónicas" serán siempre indispensables a la exégesis.
Cualquiera que sea su interés, los acercamientos "sincrónicos" no están en grado
de reemplazarlas. Para funcionar de modo fecundo, deben aceptar las conclusiones
de aquellas, al menos en sus grandes líneas.
Pero, una vez cumplida esta condición, los
acercamientos sincrónicos (retórico, narrativo, semiótico y otros) son
susceptibles de renovar en parte la exégesis y de aportar una contribución muy
útil. El método histórico-crítico, en efecto, no puede pretender el monopolio.
Debe tomar conciencia de sus límites y de los peligros que lo amenazan. El
desarrollo reciente de hermenéuticas filosóficas, y por otra parte, las
observaciones que hemos podido hacer sobre la interpretación, en la tradición
bíblica y en la tradición de la Iglesia, han arrojado luces sobre diversos
aspectos del problema de la interpretación que el método histórico-crítico tenía
tendencia a ignorar. Preocupados en efecto, de fijar exactamente el sentido de
los textos situándolos en su contexto histórico de origen, este método se
manifiesta a veces insuficientemente atento al aspecto dinámico del significado
y a los posibles desarrollos del sentido. Cuando no llega hasta el estudio de la
redacción, sino que se absorbe completamente en los problemas de fuentes y de
estratificación de los textos, no cumple completamente la tarea exegética.
Por fidelidad a la gran tradición, de la cual
la Biblia misma es un testigo, la exégesis católica debe evitar, en cuanto sea
posible, ese género de deformación profesional y mantener su identidad de
disciplina teológica, cuya finalidad principal es la profundización de la fe.
Esto no significa un menor compromiso en la más rigurosa investigación
científica, ni la manipulación de los métodos por preocupaciones apologéticas.
Cada sector de la investigación (crítica textual, estudios lingüísticos,
análisis literarios, etc.) tiene sus reglas propias, que es necesario seguir con
toda autonomía. Pero ninguna de esas especialidades es el fin en sí misma. En la
organización de la tarea exegética, la orientación hacia el fin principal debe
ser siempre efectiva, evitando pérdidas de energía. La exégesis católica no
tiene el derecho de asemejarse a una corriente de agua que se pierde en la arena
de un análisis hipercrítico. Tiene que cumplir, en la Iglesia y en el mundo, una
función vital, la de contribuir a una trasmisión más auténtica del contenido de
la Escritura inspirada.
A esta finalidad se dirigen sus esfuerzos, en
unión con la renovación de las otras disciplinas teológicas y con el trabajo
pastoral de actualización y de inculturación de la palabra de Dios. Examinando
la problemática actual, y expresando algunas reflexiones sobre este tema, la
presente exposición espera facilitar, una más clara toma de conciencia de todos,
acerca de la tarea de los exegetas católicos.
Roma, 15 de abril de 1993.
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